Disclaimer: La historia original de Twilight, lamentablemente, pertenece a la señora Meyer. Ella es la creativa y, obviamente, la que tiene todos los millones. Yo solamente soy una chica con un poco de imaginación que usa todo esto sin ganar ni siquiera para una latita de gaseosa. La trama, los personajes que puedan no conocer y las dosis de locura son completamente de mi autoría.

Summary: Dicen que de la amistad al amor hay un solo paso. Sin embargo, en muchas ocasiones, un paso no es suficiente. Sobre todo si sabes que tu mejor amigo nunca podría fijarse en ti. Pero… ¿será siempre así? ExB. Todos Humanos.

Casi Platónico

By LadyCornamenta

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Capítulo XX: Epílogo.

(Edward's POV)

Esa idiota sonrisa había estado plasmada en mi rostro desde hacía exactamente un mes. Desde aquel perfecto día en el que le había dicho a Bella que la quería para siempre conmigo; desde esa noche en la que podía decir, oficialmente, que Isabella Swan era mi novia.

Mi sonrisa se ensanchó aún más ante el pensamiento, mientras aparcaba mi Volvo en la entrada de una pequeña cafetería en el centro del distrito. Esquivando a un par de muchachos que iban dándose amistosos puñetazos, ingresé en el local, donde unas pocas mesas estaban repartidas de forma simétrica. Localicé un rostro familiar a unos metros de la puerta y caminé con paso lento hasta allí.

—Buenos días —saludó Charles cuando me vio.

Sonreí ampliamente y me senté a la mesa.

—Por Dios, mírate, Edward —comentó, ladeando la cabeza—. Pareces un niño de quince años atravesando su primer amor.

Reí de forma suave, mientras le echaba un rápido vistazo a la carta.

—Supongo que es igual, pero con algunos años más —apunté, encogiéndome de hombros.

—Me alegro por ti —aseguró Charle, con una sonrisa—. Mi hermano me había contado algo, pero no pensaba que fuera tan bueno. En serio, mis felicitaciones.

Volví a sonreír, ante el recuerdo de Jacob. En un fondo de mi corazón, me daba algo de pena…

Bah, ¿a quien quería engañar?

¡Que se joda! —pensé, aún con aquella sonrisa idiota sobre mis labios.

Por suerte, Charles, a diferencia de su hermano, era una persona agradable, con quien se podía conversar a gusto. Me alegraba que se hubiese tomado lo mío con Bella con tanta calma. Aunque claro, como yo me lo imaginaba, él lo sabía.

Suspiré, sin borrar la sonrisa de mi rostro.

¿Por qué yo había sido el último en enterarme que estaba completamente enamorado de mi mejor amiga?

(Bella's POV)

—Sí, muchas gracias por su compra. En la caja le cobrarán. ¡Que tenga un buen día!

Le dirigí una sonrisa cordial a la señora, quien me devolvió el gesto y se dirigió a pagar por las prendas que había decidido comprar. Desde hacía ya tres semanas que había comenzado a trabajar en Armani, y poco a poco iba acostumbrándome al empleo.

Miré el reloj, feliz de que tan sólo faltaran diez minutos para que acabara mi turno.

Cuando la manecilla se movió hacia el doce, abandoné mi puesto y me dirigí a la parte trasera del local para tomar mis cosas. Alice venía dando pequeños saltitos a mi lado, comentándole algo a una compañera, relacionado con una nueva colección exclusiva… o algo por el estilo. Yo estaba demasiado distraída pensando en que por fin era libre y en que mi príncipe vendría en su vehículo plateado a buscarme.

Sonreí ante el pensamiento, mientras salíamos del lugar. Entonces lo vi, tan imposiblemente perfecto a mis ojos como siempre, apoyado contra su auto. Las comisuras de sus labios se alzaron profundamente, mientras caminaba hacia mí. Me envolvió en un suave abrazo y sus labios hicieron contacto con los míos. Como cada beso que compartíamos, sentía que todo a mi alrededor desaparecía.

Bueno, casi todo.

—Hey, «pareja ardiente», tenemos que irnos —comentó una vocecita aguda—. Jazz me está esperando en el DC Coast para cenar.

Como siempre sucedía, me sonrojé ante el mote que Alice nos había dado a Edward y a mí, mientras él reía ante mi permanente reacción. El nombre de «pareja ardiente» nos lo había otorgado mi maquiavélica amiga, después de un día bastante peculiar en la universidad. A la vuelta de nuestro viaje de fin de año, Edward y yo habíamos comenzado felizmente nuestra relación. Claro, aun había un pequeño detalle: Jacob. Apenas había tenido la oportunidad, se me había acercado. Yo había intentado dejarle en claro que no quería tener nada con él porque estaba interesada con otra persona, pero Edward se me había adelantado: dejando de lado su aspecto caballeroso y reservado, me había tomado por la cintura y me había plantado un beso de película… en pleno corredor de la universidad. Claro, Jacob no había tenido ninguna duda de que mi interés estaba puesto en otra persona. Y, a decir verdad, la mitad del alumnado tampoco.

—Debes admitirlo, la cara de Black era impagable —se había defendido Edward, con una pequeña sonrisita arrepentida.

Me había hecho la ofendida por unos minutos, pero la verdad era que tenía toda la razón. Me sentía un poco culpable por haberlo hecho tan directo, pero bastó con que Edward me contara un pequeño detalle sobre un chantajeo para que mi lástima se transformara en furia. Había querido hacer algo al respecto, pero Edward había insistido en que la pequeña escena del beso había sido más que suficiente para dejar a Jacob fuera de combate. Además, su suplencia había terminado la semana siguiente…

No había nada más de que preocuparse.

—Feliz primer mes, por cierto —murmuró Edward, sonriendo radiantemente, y haciéndome volver a la realidad.

—Igualmente.

Un carraspeo por parte de Alice nos hizo volvernos hacia donde se encontraba, golpeando el pavimento con su zapato de tacón y señalando el invisible reloj en su muñeca, con una expresión en su rostro que intentaba ser fastidiosa. Y había dicho intentaba, ya que sus labios estaban curvados en una enorme sonrisa. Si había alguien que estaba más feliz que nosotros con la relación, esa era Alice.

Los tres nos subimos al Volvo de Edward, y él comenzó a conducir por las transitadas calles de la ciudad. En menos tiempo del esperado, ya que mi novio aún conservaba esa manía de conducir como un loco, habíamos llegado al restaurante donde Jasper estaba esperando a Alice. La pequeña se volvió hacia nosotros y, con una enorme sonrisa, pidió:

—Disfruten mucho de la noche.

Y después salió disparada hacia «DC Coast».

Suspiré, con el rostro sonrosado, mientras Edward reía suavemente.

—Bueno, entonces, ¿qué haremos esta noche? —preguntó.

Me volví para observarlo. Se encontraba cómodamente estirado sobre su asiento, con las manos apoyadas despreocupadamente sobre el volante. Me miró perezosamente, con sus ojos brillando intensamente.

—No quiero que gastes dinero —aclaré rápidamente, sabiendo que él tenía esa molesta costumbre de desperdiciar grandes sumas en regalos.

—De hecho, estaba pensando en una cena casera y alguna película —comentó, encogiéndose de hombros—. Si quieres, puedo usar comida enlatada para ahorrar, ¿te parece?

Reí ante su ironía, sacándole la lengua.

—Lo de la cena casera me parece bien —apunté—, pero puedes gastar algunos billetes en la comida —bromeé, dándole un suave golpe en el brazo.

Sonrió radiantemente, antes de inclinarse para besarme.

—Hecho —susurró, antes de juntar sus labios con los míos.

Edward me dejó en mi casa y se despidió, diciéndome tan sólo que estuviera lista en una hora. Llegué a mi apartamento y, tan pronto como entré, me dirigí corriendo hacia mi armario. Estaba nerviosa por nuestra «no-cita» de aquella noche. Después de rebuscar en la gavetas y en las cosas que estaban colgadas desordenadamente, aún no podía elegir que ponerme. Afortunadamente, mi salvación llegó materializada en el cuerpo de Angela.

—¡Angie, necesito tu ayuda! —rogué y, cuando señalé mi armario, pronto supo a qué me refería.

—No te preocupes —tranquilizó, con una sonrisa.

Media hora después, me encontraba dentro de un bonito vestido verde que ni siquiera recordaba cuándo había comprado. Claro, teniendo a Alice como compañera de apartamento, no era extraño que la ropa apareciera en los lugares menos pensados. Angela, conociendo mi poca estabilidad sobre tacones, me pasó un par de zapatos bajos y un abrigo oscuro que hacía juego con ellos. Después de agradecerle innumerables veces, comencé a maquillarme suavemente. Estaba terminando de colocarme máscara para pestañas, cuando el timbre sonó. Corrí y la suave voz de Edward sonó por el intercomunicador.

—¡Suerte! —gritó Angela desde su habitación, cuando estaba por salir.

Agradecí con otro alarido, mientras cerraba la puerta.

Cuando llegué a la entrada, encontré a Edward de pie, tan radiante como siempre. Con una camisa y unos pantalones casuales, hacia que se me dificultara la respiración; sobre todo, porque tenía esa certeza de que era todo para mí. Y para nadie más.

Con una gran sonrisa, me acompañó hasta su vehículo, abriendo caballerosamente la puerta del acompañante.

Edward condujo hasta su apartamento, que yo ya conocía demasiado bien. Subimos, hablando de la reciente loca idea de Alice: llevar a vivir con nosotras a un pequeño perrito, que llegaría la semana siguiente.

—Estoy segura que será adorable —afirmé, mientras Edward abría la puerta.

—Sí, espero que no sea hiperactivo como mi hermana —comentó—, sino tendrán verdaderos problemas…

Reí suavemente, quedándome unos segundos rezagada, contemplando la sala de Edward. La mesa que usualmente estaba ubicada en el centro, estaba colocada cerca del ventanal que daba al balcón, permitiendo que la luz de la luna iluminara la superficie de la misma. El sofá estaba contra la pared, más al centro, y el televisor estaba perfectamente ubicado frente a él. Edward me sonrió y, ayudándome a quitarme el abrigo, me condujo por la sala.

—Te ves asombrosa —me comentó al oído, mientras corría la silla para que me sentara.

Sonreí, con las mejillas sonrojadas.

A pesar del tiempo, nunca me acostumbraría a los halagos de Edward.

Ambos compartimos una cena amena. Aunque nuestra relación había cambiado, nosotros seguíamos siendo los mismos y hablar aún nos resultaba tan fácil y necesario como respirar. Reíamos, hacíamos bromas, conversábamos seriamente y todo era totalmente natural entre nosotros.

—He rentado unas cuantas películas —comentó Edward, cuando habíamos terminado la cena—. No sabía que tendrías ganas de ver, así que…

Le sonreí ampliamente, mientras ambos nos sentábamos en el sofá.

—La que quieras está bien —apunté, mientras me rodeaba los hombros con un brazo.

Él sonrió, con aquella sonrisa torcida tan característica de su persona.

—Te quiero a ti —respondió—, ¿está bien eso?

—Estaría mal si no fuera así —repliqué, alzando las comisuras de mis labios—; muy, muy mal.

Agrandando su sonrisa, se acercó para besarme. El contacto, que comenzó lenta y dulcemente, se volvió más demandante y veloz. Los brazos de Edward estrecharon mi cintura, mientras los míos se aferraban a sus hombros, con una intensidad que rozaba la desesperación.

Edward consiguió ponerse de pie, y mis piernas se aferraron, como acto reflejo, a su fuerte cintura. Tomándome por la espalda, comenzó a depositar suaves besos en mi cuello, mientras nos movíamos. En realidad, no estaba muy segura de si realmente estábamos en movimiento o era yo la que sentía que todo daba vueltas. Mis dudas se despejaron cuando sentí que mi espalda chocaba contra una superficie mullida. Era su cama.

Mi corazón comenzó a latir con violencia, lleno de una nueva y desconocida adrenalina.

El beso se transformó en un juego de caricias que me sobrecogió por completo, al sentir aquellas nuevas sensaciones dominando mi cuerpo. Edward pareció notarlo, porque alzó la cabeza y me miró, con los ojos verdes más brillantes que las mismas esmeraldas. Repentinamente, sentí mi boca seca y mi corazón latiendo aún más rápido… si aquello era humanamente posible, claro.

—¿Estás segura de que quieres esto? —preguntó, con voz inusualmente torpe.

Sentía que mi corazón estaba por salirse de mi pecho.

—Edward, lo he querido… desde siempre —susurré, cerca de sus labios—. Y ahora que sé que sientes lo mismo…

No me dejó continuar. Su boca sobre la mía me silenció por completo.

Sus labios pasearon por mi rostro y mi cuello, dejando alguna huella ocasional en mi clavícula. Con torpeza y ansiedad, llevé mis manos a su camisa, desabrochando los primeros botones y dejando al descubierto la nívea piel de su pecho. Acaricié sus hombros, mientras sentía las suaves yemas de sus dedos sobre mi cintura, quemando ante su tacto. Todo era tan lento y suave otra vez, que la impaciencia estaba comenzando a volverme loca. Antes de que Edward hiciera algo más, giré, dejándolo a él con al espalda sobre la cama. Me miró confundido, pero sólo me encargué de besarlo, mientras terminaba de desabrochar su camisa.

Él no sé quedó con las manos quietas, por supuesto; ávidamente comenzó a quitarme el vestido, haciendo una de las maniobras más ingeniosas que había visto en mi vida. Sentí sus cálidas palmas por mi espalda, hasta que alcanzaron el broche de mi sujetador. Nuestros ojos se encontraron por unos segundos.

—Inconcientemente, he esperado por esto mucho tiempo —comentó, con una tenue sonrisa.

—Yo lo he esperado, pero de forma conciente —confesé, sonriendo de forma cómplice y algo nerviosa—; y puedo asegurarte que eso no es fácil…

Su melodiosa risa llenó la habitación, quitándole un poco la tensión a todo el asunto, antes de que volviera a besarme.

Fue una perfecta inconciencia en la que se mezclaron nuestros cuerpos y mentes en aquel momento, controlados tan sólo por nuestros más básicos instintos y nuestros más profundos sentimientos. Sin embargo, pude oír claramente la voz de Edward:

—Te amo, mi pequeña, para siempre.

Respondí tan sólo con caricias y besos, que hacían las palabras algo insustancial.

Después de todo, los amores imposibles siempre serían perfectos, sin necesidad de nada.

Y los posibles, también.

Bueno, otro final que sale más cursi de lo que espero. Me costó mucho terminar este capítulo, ya que entre responsabilidades, distracciones y trabajo, nunca encontraba momentos para escribir; y, cuando los encontraba, no me convencía mucho lo que hacía. Finalmente tuve algo de tiempo. De hecho, pensaba publicarlo ayer, pero una serie de inconvenientes personales no me lo permitieron, así que les pido disculpas; además, estoy sin conexión a Internet, y esto es provisorio, así que... En fin, espero que lo hayan disfrutado tanto como yo.

Gracias a todos los que siguieron la historia, a cada uno de esos que mandaron sus palabras de apoyo, sus críticas sinceras y sus sugerencias e ideas. Gracias por confiar en esta historia y en mis locuras. ¡Gracias a todos!

Espero sus comentarios sobre el final con ansias.

¡Nos leemos en las otras historias!

Saludos para todos, ¡y gracias de nuevo!

LadyC.