NdA: Le dedico este fic a Alma, porque le debía una historia desde hace mucho tiempo. Espero que te guste.

Creo que la historia tendrá dos capítulos y un rating no muy alto, pero aún no la he terminado. Si veo que me va a salir un lemon al final, ya subiré el rating. Y subiré la continuación en Navidad.

Todo es de Rowling y no obtengo beneficio económico de esta historia, sólo el placer de jugar con Harry y Draco.


Cuando un ángel consigue sus alas

I

-No me quedo nada tranquila dejándote aquí solo, Draco –dijo Narcissa, de pie en el umbral de la puerta de Malfoy manor.

Draco resistió el impulso de poner los ojos en blanco.

-Madre, ya tengo prácticamente veinte años.-En realidad estaban en febrero, así que le faltaban cuatro meses para cumplirlos, pero él nunca dejaba que los detalles se interpusieran en su camino-. Soy perfectamente capaz de cuidarme solo.

En realidad, después de dos años bajo el terror de Voldemort y año y medio largo de juicios y arrestos domiciliarios, se sentía capaz de enfrentarse ya a cualquier cosa.

-Inglaterra no es ahora mismo el mejor lugar para nosotros, hijo –dijo su padre, como si las Vociferadoras que recibían diariamente no fueran suficiente pista.

-No os preocupéis, no pienso dejarme ver mucho. Me reuniré con vosotros cuando haya terminado con lo que tengo que hacer aquí, ¿de acuerdo?

-¿Y cuándo será eso? –preguntó Narcissa.

-No lo sé, madre. Quizás un par de meses o un par de años. No lo sé.

Después de más miradas de inseguridad y algunos débiles intentos por hacerle cambiar de opinión, Lucius y Narcissa Malfoy partieron hacia el continente para "ampliar horizontes", que era una manera fina y digna de decir "poner tierra por medio hasta que pasen unos años y las cosas se calmen", dejando a su joven hijo solo en la mansión.

A Draco también le habría gustado irse a ampliar horizontes, pero era un hombre con una misión. De nuevo. Al menos esta la había escogido libremente. Más o menos. Todo lo libre que podía ser cuando se le revolvían las tripas al pensar que le debía la vida a Harry Potter.

No es que Draco no se alegrara de estar vivo. Lo estaba. Pero lo único peor de deberle la vida a Potter habría sido debérsela a Longbottom. O a la comadreja. Sí, daba gracias por no debérsela a la comadreja.

Pero en unas circunstancias así de ignominiosas era cuando los Slytherin daban lo mejor de sí. Draco había encontrado la solución perfecta a su problema. Una de tantas veces en las que había estado buscando argumentos que probaban que Potter era un fraude –uno de sus pasatiempos favoritos- se había dado cuenta de que el muy desvergonzado había jugado todo aquel tiempo con ventaja; si la estúpida profecía decía que sólo él podía matar a Voldemort y sólo Voldemort a él, se había estado enfrentando a los mortífagos y corriendo riesgos mortales con las espaldas bien cubiertas, el muy tramposo. Draco había compartido aquella reflexión con todos sus allegados, orgulloso de sí mismo, pero lo que importaba allí era la deducción siguiente, que para él era más que obvia: ahora que Potter ya no tenía un destino que cumplir, ahora que ya no tenía esa red de seguridad, su tendencia a correr irreflexivamente hacia cualquier peligro le llevaría sin lugar a dudas hacia la muerte.

Y ahí era donde entraba en juego él. Todo lo que tenía que hacer era seguir a Potter y esperar pacientemente la oportunidad de salvarle la vida. Dos veces y dejaría de rechinar los dientes por la noche. Y podría irse tranquilamente a ampliar horizontes con sus padres.

Un plan impecable.


II

Gracias a los periódicos, Draco tenía una idea general de los últimos movimientos de Potter. Vivía en Grimmauld Place aunque iba mucho a La Madriguera –el nombre perfecto para ese nido de comadrejas, por cierto- y de nueve a cinco estaba en el Centro de Entrenamiento de Aurores, situado en un cochambroso callejón de Whitechapel. Los sábados por la noche solía salir con sus amigos y su novia, que ya había terminado Hogwarts. Draco aún recordaba la sorpresa que se había llevado al ver a una Ginny Weasley repentinamente adulta en una foto del Profeta antes de descubrir que en realidad era Lily Potter, la madre del Elegido y amor fou de ese Hufflepuff en el armario conocido como Severus "Cervatillo" Snape.

Cubierto por la mejor Capa de Invisibilidad que se podía encontrar en el mercado y llevando al hombro una mochila con pociones curativas de todo tipo, Draco se dedicó a la tarea de seguir a Potter de la mañana a la noche. Los primeros días tuvo muchos fallos, pero poco a poco empezó a conocer mejor su rutina. Por las mañanas, temprano, Draco se Aparecía cerca de Grimmauld Place, ya libre de su Fidelius, y observaba cómo Potter salía de casa y se iba a comprar un periódico muggle a un establecimiento situado a unos doscientos metros de allí. Después volvía a casa, seguramente para desayunar, justo cuando una lechuza llegaba para entregarle El Profeta. Como Potter se Aparecía directamente en el Centro de Entrenamiento, un lugar infranqueable para Draco, éste dedicaba el resto de la mañana a sus propios asuntos, hasta que llegaba la hora del almuerzo, a las doce y media. Los estudiantes podían comer allí, pero Draco había averiguado que a Potter le gustaba irse con sus amigos a un pub muggle que había dos calles más lejos. Draco lo vigilaba atentamente desde la ventana de la calle y le seguía después hasta el Centro. Hasta las cinco no tenía que volver a ocuparse de él.

A esa hora se abrían varias opciones, todas ellas bastante aburridas o directamente repugnantes, como cuando se iba con la Weasley a practicar su complejo de Edipo. Lo más normal era que se fuera a casa a estudiar y muchas veces, Potter ya no volvía a salir hasta la mañana siguiente; Draco se quedaba fuera, de plantón, vigilando atentamente los alrededores por si alguno de los seguidores de Voldemort que seguían en libertad se animaba de una vez a intentar matar a Potter. Otras veces, después de cenar, Potter se acercaba a La Madriguera. En cualquier caso, Draco estaba pendiente de él hasta que veía que se apagaban las luces de la casa; dormir en mitad de la calle habría sido llevar las cosas demasiado lejos, y cuando Potter se acostaba, él regresaba a casa y hacía lo mismo.

Los fines de semana ofrecían un poco más de variedad, aunque fueran igual de rutinarios. Visitas a Teddy Lupin, comida dominical con los Weasley, más complejo de Edipo… Después de un mes, Draco empezaba a temer que sus previsiones sobre la esperanza de vida de Potter habían sido un poco prematuras.


III

Cada vez eran menos los momentos en los que Potter escapaba realmente a su vigilancia y Draco, más seguro de sí mismo, empezó a acercarse un poco más. Cuanto más cerca estuviera de él, más rápido y mejor podría reaccionar cuando llegara la ocasión y, además, estaba aburriéndose tanto que tratar de perfeccionar sus habilidades como sombra era una manera de pasar el rato sin descuidar su misión.

Una noche, saliendo de un restaurante muggle con la Wesley, una chica que parecía ir algo borracha estuvo a punto de cruzar la calle justo cuando pasaba un coche y Potter, que estaba de casualidad a su lado, la sujetó rápidamente del brazo e impidió que la atropellaran. Draco, que estaba a dos metros de distancia, puso los ojos en blanco: más de dos meses de seguimiento y eso, eso era lo más cerca que había estado Potter de estar en peligro. Ni siquiera había tenido la decencia de tirarse en plancha o algo así para que Draco pudiera salvarlo, no; simplemente había estirado de la chica, sin ponerse en peligro en lo más mínimo. Un asco.

No era justo, se dijo aquella noche, ya en su casa, algo desanimado. Potter estaba corriendo peligro constantemente cuando estaban en Hogwarts. Típico del universo: ahora que él necesitaba que ese imbécil se pusiera a hacerse el héroe de verdad, se volvía sensato y dejaba de arriesgar su vida.

Pero nuevo día, nueva actitud. Draco no pensaba dejar que eso le desanimara y continuó adelante con su plan.


IV

No mucho después, Draco volvió a encontrarse siguiendo a Potter y su cuadrilla por el Londres muggle, en dirección a una discoteca. Potter, en su opinión, iba un poco a rastras: no parecía seducirle mucho el plan. Pero Draco no tenía tiempo para pensar en su falta de entusiasmo, pues estaba más ocupado en decidir qué iba a hacer cuando llegaran a su destino. La discoteca podía contener mil peligros potenciales, seguro, y Draco se sentía remiso a dejar pasar esa oportunidad, pero sabía que habría mucha gente y no veía cómo iba a poder moverse por allí bajo la Capa de Invisibilidad.

Cuando entraron a la discoteca, Draco se quedó atrás unos segundos y después, con un suspiro de resignación, buscó un portal oscuro donde quitarse la Capa y guardarla en su mochila. Desde que había empezado a seguir a Potter llevaba ropa que podía pasar por muggle, por si acaso tenía que salir al descubierto, así que en ese sentido, su aspecto no iba a ser un problema. Sin embargo, sí que tenía que hacer algo con su cara. Usando la varita conjuró un pequeño espejo para cambiar su color de pelo y alterar un poco sus rasgos. Después volvió la mochila invisible con otro hechizo, se metió la varita en el bolsillo trasero de sus pantalones, oculta por los faldones de su cazadora de piel de dragón y se aseguró de que llevaba dinero muggle encima.

Draco nunca había estado en una discoteca; no existían en el mundo mágico y él no era precisamente un aficionado al mundo muggle. Lo primero que notó fue la música, si es que a eso se le podía llamar música. Era horrible, simplona y machacona y encima estaba a un volumen demencial. Lo siguiente fue el calor, denso como el de una sauna. Y lo último fue la gente –los muggles- ocupando cada centímetro cuadrado de espacio como si estuvieran a punto de batir algún record. Draco nunca había estado encerrado en un sitio con tantos muggles y estaba empezando a encontrar la situación de lo más desagradable. Las chicas parecían competir entre ellas para ver cuál de todas podía enseñar más carne e iban pintadas como fulanas baratas del callejón Knockturn. Los chicos tenían pinta de delincuentes de baja estofa y entre todo aquel rebaño sólo había media docena de ejemplares lo suficientemente atractivos como para merecer su renuente aprobación.

Cuando Potter empezó a moverse espasmódicamente los ojos de Draco se iluminaron con esperanza, pensando que quizás se trataba de algún ataque, pero la falta de reacción de sus amigos y una observación más atenta le hicieron comprender que simplemente estaba bailando. Decepcionado por un lado y divertido por otro, se dedicó a observarlo desde la barra.

Al cabo de un rato, más por aburrimiento, Draco acabó dejando la barra y acercándose a la pista para intentar bailar aquel horror. (Los Malfoy siempre estaban listos para cualquier desafío). No estaba muy lejos de Potter, así que podía vigilarlo igual. Desde allí podía ver su expresión ligeramente agobiada, que Draco quería considerar una promesa de que no tardarían en marcharse de aquel lugar. Entonces, de pronto, sus miradas se cruzaron y Draco no le habría dado más importancia si no hubiera sido porque, durante un par de segundos, los ojos de Potter parecieron decir mmmm.

A Draco se le escapó una pequeña sonrisa mientras comprendía que a Potter tenían que gustarle los hombres –al menos tanto como las mujeres- y se preguntaba si la chica comadreja estaría al tanto de aquella particularidad de su amado. Potter debió malinterpretar su sonrisa, porque apartó la vista rápidamente, con apuro y unos segundos más tarde se movió para quedar de espaldas a él.

Draco ladeó la cabeza, comprendiendo, divertido, que Potter estaba poniendo todos los medios a su alcance para resistir la tentación y que eso significaba que dicha tentación era bastante poderosa. Sólo de pensar la cara que pondría Potter si supiera que el chico que le había puesto tan nervioso era él tuvo que soltar una risilla.

Y la verdad es que Potter no estaba tan mal. Había ganado algo de musculatura, tenía un buen culo y cierto atractivo. El suyo era más bien un problema de personalidad, pero si no hubiera sido tan insufrible y no le cayera tan mal, a Draco no le habría importado llevárselo a la cama.

Llevaban ya dos horas en aquel infierno cuando Draco empezó a ver señales de que el grupo podía estar ya pensando en marcharse, aunque no tardó en darse cuenta también de que el instigador de aquel movimiento era Potter y que su novia parecía estar acusándole de aguafiestas. Ahora que Draco había sido forzado por el aciago destino a contemplar un poco más de cerca esa relación –no digamos al descubrir que Potter bateaba también para el otro equipo-, entendía menos que nunca qué había visto éste en aquella chica, más allá de su inquietante parecido con su madre. A él le parecía una presumida repelente.

Cuando salieron de la discoteca, Draco aprovechó el primer portal que vio para echarse la Capa de nuevo por encima y empezar a seguirles. Suponía que estaban buscando un sitio en el que Desaparecerse. Potter y su comadreja caminaban cuidadosamente separados y en silencio; la empollona y su mascota tampoco hablaban, pero su lenguaje corporal no indicaba que no querían saber nada el uno del otro, y eso era más de lo que la otra parejita feliz podía decir.

De pronto, Potter giró la cabeza para mirar hacia atrás con expresión inquisitiva, como si hubiera oído algo y Draco frenó en seco, conteniendo la respiración. Pero fue solo un momento; Potter ni siquiera alteró el paso. Draco esperó un poco más antes de permitirse un suspiro de alivio.


V

-Os va a parecer una tontería, pero… a veces noto… bueno, noto como una presencia.

Draco, que estaba sólo a dos metros de Potter y le había oído perfectamente, se tensó con una ligera alarma. Le había seguido hasta el Caldero Chorreante, donde se había reunido con sus secuaces. Y todos intercambiaron miradas de ohs y ahs ante aquella revelación y lo miraron con consternación. Claro que Draco se sentía aún más consternado. Si Potter podía sentirle es que no estaba haciendo bien su tarea. Y si le descubría, tendría que resignarse a estar en deuda con él el resto de su vida, un destino que era mejor no contemplar. En aquella misión no había lugar para el fracaso.

-¿Qué quieres decir?

-No sé, como si alguien me observara, como si… -Bajó aún más la voz, pero Draco seguía oyéndole –, como si alguien me hiciera compañía. Es una cosa muy rara.

Entonces Potter se subió las gafas y miró a su alrededor como si esperara ver de pronto un dedo enorme bajando del cielo y señalando el lugar donde dicha "presencia" se escondía.

-¿Qué crees que puede ser? –le preguntó la sabelotodo.

-¿Has probado con algún hechizo? –le preguntó la comadreja.

-¿Por qué no me has dicho nada? –preguntó la chica comadreja.

Draco arqueó las cejas. Definitivamente, aquella muchacha era una egocéntrica. A Draco no le gustaba la gente egocéntrica: si el mundo giraba alrededor de alguien era de él, muchas gracias. Y Potter, a pesar de ser un imbécil presuntuoso y todo eso, no carecía del todo de algunas virtudes.

-Sólo es una sensación, no sé. Por eso no he dicho nada.

-¿Lo notas ahora?

Potter miró a su alrededor y sus ojos pasaron por Draco sin verlo.

-No, creo que no. Cuando hay tanta gente no suelo notarlo.

La conversación continuó sin que nadie dijera nada interesante –no era una novedad- y Draco empezó, como casi siempre, a aburrirse, un sentimiento que se le pasó al instante en cuanto oyó pronunciar su nombre. Al parecer la comadreja lo había visto pasear por el callejón Diagon con las hermanas Greengrass –Potter estaba en ese momento en el Centro - y como su vida era así de patética, lo consideraba algo emocionante que contar.

-Pensaba que se había ido con sus padres –dijo la chica comadreja-. Lo mejor que nos podría pasar sería perderlos de vista a los tres para siempre.

-Malfoy no es tan malo –replicó Potter.

A Draco casi se le escapó una exclamación de sorpresa, que se hizo mayor cuando vio, por la cara de los otros tres, que no era la primera vez que le escuchaban decir algo así.

Pero claro, comprendió enseguida, simplemente se estaba haciendo el San Potter, como siempre.

-Sí, Harry, ya –dijo la comadreja, condescendiente-, seguro que la guerra le ha enseñado sus errores y no quiso reconocernos en Malfoy manor y blablabla, pero cuanto más lejos, mejor.

Draco consideró qué posibilidades tenía de escupirle dentro de su cerveza de mantequilla sin que lo notara.

-Tendrían que haberles roto la varita a los tres –dictaminó la chica comadreja.

O las de matarlos a todos y salir impune.

-Bueno, dejemos el tema –dijo la sabelotodo-. Harry, ¿ya sabes qué vas a comprarle a Teddy por su cumpleaños?

Potter empezó a hablar de un caballo de madera que se movía por su cuenta. Draco, que había tenido uno de pequeño, decidió que era a él a quien tenía que salvar y no, gracias a Merlín, a los idiotas de los Weasley y con aire aún un poco renuente volvió a guardarse la varita en el bolsillo.


VI

Un par de semanas después, cuando empezó a seguir a Potter a su salida de la Academia, escuchó la conversación que estaba teniendo con sus amigos y le costó no empezar a dar gritos de exasperación. Al parecer, la noche anterior había tenido un ataque de insomnio, había salido a dar una vuelta en escoba para ver si le entraba el sueño y mientras volaba había visto a unos muggles atracando a otros, lo cual le había llevado a intervenir y casi recibir un tiro directo a la cabeza. Draco no podía creer su mala suerte. ¡Era la oportunidad que había estado esperando durante casi cuatro meses ya! ¡Cuatro! Y tenía que pasar justo cuando él no estaba. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dormir a la puerta de su casa, como un perro?

Draco no había estado tan tentado de abandonar como en aquel momento, pero entonces escuchó cómo uno de ellos mencionaba a la chica comadreja y otro afirmaba que pronto se sentiría mejor. Poco a poco, Draco comprendió, que Potter y ella habían roto. ¿Cuándo había sido eso? Probablemente Potter había usado la Red Flú para ir a La Madriguera –o ella para ir a Grimmauld Place- y habían hablado entonces. Draco calculó las posibilidades de que Potter, destrozado y con el corazón roto, intentara suicidarse y tuvo que concluir, desalentado, que no eran muy altas. Esperaba que las posibilidades de que la chica comadreja hiciera lo mismo fueran mejores.

-¿Vamos al Caldero? –propuso uno de los estudiantes.

Todos asintieron, incluido Potter, y buscaron un rincón en el que Desaparecerse. Draco le siguió; estaba cerca de rendirse pero aún no lo había hecho del todo y había una pequeña parte de él, la más orgullosa y tenaz, que se resistía a conformarse a vivir en deuda con Potter.

Y quizás su plan no resultara tan penoso de cumplir, ahora que había roto con su novia. Iría menos a La Madriguera –no se atrevía a soñar con una ruptura total de relaciones con los pobretones, eso habría sido mucho pedir- y ya no se vería forzado de vez en cuando a ver cómo se magreaba con ese espantajo pelirrojo; con un poco de suerte, Potter podía hasta decidirse a explorar su lado gay y empezar a salir con chicos. Quizás alguno de ellos estaría bueno.

Draco suspiró mientras entraba con ellos al Caldero Chorreante. Siempre podía darle un poco más de tiempo.


VII

Potter había sido el artífice de la ruptura. Más o menos. Por las conversaciones que tenía con sus mascotas, Draco había averiguado que le había pedido a la chica comadreja más tiempo y más espacio para aclarar sus ideas y ella lo había enviado al infierno. Aunque Draco la odiaba, tenía que admitir que había hecho bien en no tragarse esas memeces porque, obviamente, si Potter quería más tiempo y más espacio no era para aclarar sus ideas, sino para irse directo a un bar gay muggle y restregarse en un callejón con el primer chico mono que le hizo cuatro mohínes. Draco, que había observado el espectáculo con interés profesional y no profesional –por no hablar de una erección- había llegado a la conclusión empírica de que Potter besaba muchísimo mejor a los chicos que a la chica comadreja.

Y no mucho después de que Potter se estrenara como gay, Draco averiguó que tenía una cita con Oliver Wood, un Gryffindor algo mayor que ellos que se dedicaba al quidditch profesional. Aquel sábado, Potter se presentó razonablemente bien vestido y con expresión nerviosa en la puerta de un restaurante nuevo que acababan de abrir en Hogsmeade. Draco le siguió al interior, donde Wood ya le esperaba con una sonrisa de bienvenida.

Pero hasta donde Draco pudo discernir, aquella cita no iba a ir bien. Potter parecía haberse presentado allí con la idea de charlar un poco con Wood y ver cómo iban las cosas, pero estaba claro que Wood estaba demasiado impaciente por meterle mano y llevárselo a la cama. Lo que le había funcionado al muggle de la discoteca no le funcionó a él y a Draco no le extrañó que después del quinto intento de Wood de dejar "casualmente" la mano prácticamente encima de la bragueta de Potter, éste se levantara y pusiera fin a la cita antes de lo previsto. A Draco le pareció muy bien; el Wood ese no era feo, pero Potter podía conseguir alguien mejor.

Potter no se Desapareció nada más salir del restaurante; echó a caminar hacia las afueras del pueblo, como si necesitara un paseo. Draco lo siguió a cierta distancia. De pronto, Potter se detuvo y se dio media vuelta. Draco se detuvo también, comprendiendo que debía de haber notado su presencia.

-¿Quién eres? –preguntó, con tono vacilante.

Draco no contestó. No podía ni respirar. Potter parecía estar mirándolo directamente a los ojos, aunque él sabía que era imposible que pudiera verlo. Y había una vulnerabilidad en su mirada que no le había visto nunca, algo que le hacía parecer casi un niño de nuevo y que a él le puso un nudo extraño en el estómago.

Después de lo que parecía una eternidad, Potter agachó la cabeza un poco y se Desapareció. Draco supuso que se había marchado ya a su casa, pero no fue capaz de ir a Grimmauld Place para asegurarse. Estaba demasiado nervioso. Y quiso creer que era sólo porque Potter había estado cerca de descubrirle.


VIII

-Te lo juro, Harry; mis padres quieren que vengas a comer con nosotros este domingo –le dijo la comadreja-. Lo que pasó con Ginny no cambia las cosas.

-Es en serio, Harry –le aseguró la sabelotodo-. Se sentirán muy decepcionados si no apareces por allí.

Draco les observaba a unos metros de distancia, pero desde el aire. El buen tiempo habían atraído a tanta gente al callejón Diagón que le habría sido tan difícil evitar que alguien chocara contra él como en la discoteca. Pero subido a su escoba, no había tal peligro, y estaba en posición de intervenir tan efectivamente como desde tierra, o incluso mejor.

Después de prometer que sí iría a la comida dominical, la parejita se fue por un lado y Potter por otro. Draco le siguió, pensando melancólicamente que sólo faltaban dos días para su cumpleaños. Veinte años, ya se le había acabado la adolescencia. Cuando terminara aquel asunto con Potter tendría que empezar a pensar seriamente en qué quería hacer con su vida. Blaise estaba llevando una vida de play-boy desenfrenado y parecía bastante divertido.

Potter se detuvo en un escaparate y por lo que Draco podía ver desde su altura, esperaba que estuviera pensando en denunciar a su dueño por atentar contra el buen gusto, y no en comprar algo. Pero entonces, en el mismo reflejo del escaparate, vio a un hombre vestido con una túnica corriente pararse en mitad de la calle, sacar su varita y apuntar con ella a Potter.

Draco se quedó tan sorprendido de ver que realmente iban a atacarlo que durante una fracción de segundo se quedó paralizado. Pero reaccionó casi al momento y embistió a Harry con su escoba para apartarlo del peligro. Un dolor terrible, agónico en la espalda le hizo gritar mientras el escaparate parecía estallar en mil pedazos y al perder el control de la escoba, los dos terminaron rodando por el suelo. El batacazo, la confusión, los mil gritos que se elevaron a su alrededor y la agonía de su espalda dejaron a Draco medio mareado durante unos segundos; después, un nuevo hechizo pasó rozando sus cabezas y eso fue capaz de espabilarlo y hacer que se diera cuenta de que uno de sus pies y uno de sus brazos eran ahora visibles bajo la arrugada Capa, que estaba prácticamente tumbado encima de Potter, que también empezaba a reaccionar.

Draco gateó torpemente, obstaculizado por la Capa, hasta salir de encima de él. Todo eran gritos, estallidos, hechizos que cubrían el aire. Había más de un atacante, comprendió, tratando de hacerse una idea de lo que estaba pasando. Potter ya estaba en pie, lanzándose de lleno a la pelea. Cerca de Draco, alguien tirado en el suelo chillaba de dolor mientras la carne se le parecía estar desprendiendo a trozos del cuerpo. Draco tragó saliva, sudoroso y mareado por su propia herida; conocía esa maldición, se la había visto usar a su tía Bellatrix. Los gritos a sus espaldas indicaban que Potter seguía vivo, que estaban capturando o matando a los atacantes. Draco, sin ni siquiera saber por qué, le lanzó la contramaldición al mago herido, corrió hacia él, se arrodilló a su lado y se quitó rápidamente la mochila de la espalda para sacar una de sus pociones y hacérsela beber, alzando un poco la Capa para sacar las manos. El otro mago estaba demasiado alterado para fijarse siquiera en que estaba siendo atendido por dos manos que parecían flotar en el aire, mucho menos para preguntarse por la experiencia que podían tener en pociones. Pero Draco sabía que la poción que le estaba dando, sin ser realmente la que necesitaba, ayudaría a calmar el dolor y curar lo más grave hasta que pudieran llevarlo a San Mungo.

Lo que no sabía era qué tenía en la espalda ni si alguna de las pociones que llevaba encima servirían. El dolor era cada vez más intenso y enviaba latigazos por todo su cuerpo. Todavía arrodillado, vio que los atacantes habían sido reducidos por fin y algunas voces, entre ellas las de Potter, estaban poniendo orden, tranquilizando a la gente y atendiendo a los heridos. Haciendo un esfuerzo, Draco gateó hasta su escoba, la cogió y, tratando de sobreponerse a su agonía, se Desapareció.


IX

Draco nunca supo cómo había sido capaz de Aparecerse en Malfoy manor sin escindirse; desde luego, no habría sido capaz de llegar hasta el laboratorio de Pociones sin la ayuda de los elfos. Una vez allí, se quitó la túnica y la camisa que llevaba debajo, conjuró un espejo y armándose de valor, miró el estado de su espalda.

Entre sus omoplatos, la carne estaba corroída, llena de ampollas que parecían llenas de pus. Aquello parecían los efectos de la maldición Infeccio, que podía causar la muerte en menos de veinticuatro horas. Draco, pálido y asustado, buscó una poción genérica para retrasar los efectos de la maldición y después tomó algo para el dolor. Cuando este disminuyó un poco y pudo pensar con algo más de claridad, comprendió que tenía que actuar rápido si no quería morir. La primera poción que había tomado le había permitido comprar unas horas de margen, pero eso no era suficiente. Tenía que preparar un antídoto más potente y específico: por suerte, sabía cómo hacerla, tenía los ingredientes necesarios allí y si no pasaba nada, la habría terminado antes de que fuera demasiado tarde.

Draco tomó una dosis de poción reconstituyente, que nunca venía mal, puso un caldero al fuego con dos dedos de agua de manantial y empezó a preparar los ingredientes. Cuando el agua rompió a hervir empezó a echarlos al caldero, siguiendo meticulosamente las instrucciones del libro que tenía delante, pues en su estado no confiaba del todo en su memoria. Por fin, su tarea finalizó; sólo necesitaba dejar que cociera durante una hora y reposara durante otra más.

-Amo Draco –dijo uno de los elfos, apareciendo a su lado-, el señor Harry Potter está en la puerta de la casa y como el mago maleducado e insoportable que es asegura que no se irá hasta que usted hable con él.

Draco maldijo entre dientes, preguntándose qué querría. No podía haberse presentado en peor momento; el dolor de su espalda era insoportable a pesar de la poción calmante y se sentía muy lejos de tener ganas de ver a nadie. Pero ¿y si Potter pensaba que el ataque había sido cosa de mortífagos y pensaba que podía estar implicado? Negarse a verlo resultaría sospechoso.

-Hazle pasar al salón verde y dile que me espere allí unos minutos.

Cuando el elfo desapareció con una reverencia, Draco llamó a otro y le ordenó que le trajera una túnica limpia. Con un par de hechizos se aseó lo mejor que pudo y después, ya con su túnica limpia, fue a enfrentarse con Potter.


X

Tal y como Draco había dispuesto, Potter esperaba en el salón verde, dando vueltas entre los costosos muebles como una fiera enjaulada. Por simple hábito, Draco chequeó su estado; probablemente Potter tenía un millón de veces mejor aspecto que él. Potter frenó en seco en cuanto lo vio, mirándole con una cara que Draco no estaba con fuerzas de ponerse a interpretar.

-¿Qué quieres? –dijo, asegurándose de que su voz sonara firme y razonablemente hostil-. Estoy un poco ocupado ahora mismo.

-¿Dónde estabas hace hora y media?

Draco arqueó una ceja.

-Y eso es asunto tuyo porque…

-¿Dónde estabas?

-Aquí, Potter –mintió-. ¿Contento? Uno de mis elfos te acompañará a la puerta.

Potter frunció un poco el ceño, aunque no parecía exactamente enfadado.

-¿Puedo…?

Antes de que Draco pudiera asimilar muy bien qué pasaba, Potter dio dos pasos hacia él y le cogió la mano derecha. Tenía los ojos fijos en su anillo. Draco dio un gruñido desabrido y nervioso y apartó rápidamente la mano.

-¿Qué diablos te pasa, Potter?

Su expresión había cambiado y Draco se sintió incómodo y fuera de lugar bajo aquella especie de… ¿admiración?... El dolor le estaba haciendo alucinar.

-Eras tú… En el callejón Diagón…

-No sé de qué me hablas.

-He visto tu anillo cuando te has tirado encima de mí…

-Potter, no seas ridículo, yo no…

Pero su capacidad de convicción debía de estar bajo mínimos, porque Potter le interrumpió, mirándolo con súbita preocupación.

-Mierda, te ha dado, ¿verdad? Sabía que tenía que haberte dado. Necesitas ir a San Mungo, Malfoy, hemos examinado la varita del tipo que me atacó primero y esa maldición puede matarte.

-Te digo que…

-Malfoy, hablo en serio –dijo, sonando exasperado-. Me has salvado la vida y no voy a dejar que te mueras, así que vámonos ahora mismo o te llevo a rastras.

Draco comprendió que estaba demasiado débil para poder hacer frente a tanta insistencia.

-Potter, déjame en paz. No necesito ir a San Mungo, ¿de acuerdo? Estoy preparando el antídoto que necesito y dentro de menos de tres horas estará lista. Sobreviviré hasta entonces. Y ahora lárgate.

También podría habérselo dicho a una montaña. Potter se quedó donde estaba, con la admiración de nuevo presente en su mirada. Sí, no había sido una alucinación. Pero esa admiración estaba mezclada no sólo con confusión, sino también con la terquedad más insoportable.

-Entonces me quedaré aquí hasta que te la tomes.


XI

Potter tuvo el buen juicio de, al menos, quedarse callado mientras esperaban a que la poción estuviera lista. Draco, realmente, no tenía fuerzas para hablar. Si Potter fuera una persona normal y se hubiera marchado, a Draco le habría quedado el consuelo de ponerse a gimotear, pero teniéndolo delante no le quedaba otro remedio que soportarlo con estoicismo e ignorar las miradas pensativas, dubitativas, que recibía de vez en cuando.

Cuando por fin pudo tomarse la poción, Potter se mordió los labios con inseguridad.

-¿Seguro que es la medicina que necesitas?

-Sí, Potter, algunos somos buenos en pociones.

A él no pareció importarle la pulla.

-¿Cuánto tiempo tardará en empezar a hacer efecto?

-En un par de horas debería empezar a sanar el tejido. ¿Contento? Ya puedes irte.

Pero Potter meneó la cabeza.

-Malfoy, ¿qué está pasando? ¿Acaso sabías que se iba a producir un ataque?

Ahora parecía desconfiado y Draco se alarmó. No podía consentir que lo relacionaran con aquel ataque; era lo último que necesitaba la reputación de los Malfoy.

-Eh, alto ahí. Yo no sabía absolutamente nada, ¿está claro? No sé quiénes eran ni qué pretendían, aparte de matarte, claro está. Como te atrevas a echarme la culpa…

Potter alzó rápidamente las manos.

-Vale, Malfoy, tranquilo. Tranquilo. –Parecía decirlo en serio-. Pero apareciste de pronto… y llevabas una Capa de Invisibilidad y… ¿Qué está pasando? ¿Me estás siguiendo? ¿Me has seguido otros días?

-Yo no tengo por qué seguirte, Potter, no soy uno de tus fans. Pasaba casualmente por ahí, vi que iban a matarte y te salvé porque te la debía. Eso es todo.

Quizás Potter se había quedado un poco tonto por el ataque, porque no reaccionaba de manera normal a las cosas.

-Estás mintiendo.

-Claro que no, no seas ridículo.

-Estás mintiendo –repitió, aún con más convicción-. Y creo que también salvaste a ese tipo que no para de hablar de unas manos que aparecieron flotando en el aire y le daban una poción curativa. Pero, ¿por qué?

¿Por qué? Draco se sintió más que ofendido.

-Oh, ¿piensas que lo normal habría sido dejarlo morir? ¿Como soy yo no puedo salvar a nadie? ¿Eso es propiedad exclusiva de los Gryffindor?

-No, sólo…

Pero Draco ya había tenido bastante. Aquel día había sido una absoluta mierda, le dolía horriblemente la espalda y no necesitaba que el maldito Harry Potter se plantara delante de él y empezara a insultarlo con total descaro.

-Pues déjame decirte algo, Potter –continuó, dándole con el dedo en el pecho-. Te guste o no te he salvado la vida y pienso volver a hacerlo para estar en paz contigo, así que si tienes algún problema con eso me importa tres cojones. Tú no eres quién para decirme a quién puedo salvar y a quién no, ¿te has enterado? ¡Hasta ahí podríamos llegar!

Potter se lo quedó mirando unos segundos con el desconcierto pintado en la cara.

-Joder, Malfoy, pero qué raro eres.

-Como quieras. Y ahora lárgate. Quiero acostarme.

Potter volvió a morderse los labios.

-¿Seguro que estarás bien?

-En cuanto te pierda de vista.

-Está bien –suspiró-. Cuídate.