NdA Y aquí está el final de mi fic navideño :) Espero que os guste mucho y os deseo a todos/as una Feliz Navidad llena de slash y felicidad (más o menos es lo mismo, jaja). Besos!

A Mery Lupin, Aliena, Pao y Lauren, muchas gracias por comentar, que no os puedo contestar de otra forma. Y en general, muchas gracias a todos/as por los comentarios. Prometo contestarlos todos!

XX

A la mañana siguiente, Draco se quedó en casa. Se negaba a ir a montar guardia frente a la casa de Belby. Le había dicho a Kreacher que le avisara cuando su amo volviera y el elfo había prometido hacerle ese favor; Draco sabía que Harry iría a comer a La Madriguera, así que si no tenía noticias de Kreacher hasta entonces, iría allí a reunirse con él. Y entonces pensaba decirle todo lo que pensaba de él y de su desconsiderado y desvergonzado comportamiento.

Su plan se echó a perder cuando uno de sus propios elfos le anunció que Harry estaba en la puerta de la mansión. Era la primera vez que iba allí desde que le había salvado la vida y Draco se sintió un poco menos enfadado.

-Hazle pasar.

Harry entró pálido, con los ojos rojos e hinchados y sombra de barba, la viva imagen de un hombre con una terrible resaca. Draco se alegró de que estuviera sufriendo.

-No has venido a casa –dijo Harry, con voz tentativa-. ¿Estás muy enfadado?

-Oh, ¿has notado que no estaba? –replicó Draco, fingiendo indiferencia-. Pensaba que ni te acordarías de mi existencia.

-Lo siento –dijo, apesadumbrado-. Siento mucho no haberte avisado. Me emborraché y… Dios, bebí un montón… Apenas recuerdo nada de lo que pasó.

-Te fuiste a follar a casa de Marcus Belby –dijo, sorprendido por el tono tan acusador que le había salido.

Harry abrió los ojos de par en par.

-¿Me seguiste hasta allí? –Draco se encogió de hombros a modo de respuesta para que pensara lo que quisiera. No quería meter en líos a Kreacher. Pero por alguna razón, Harry bajó la vista y meneó la cabeza como si estuviera maldiciendo entre dientes. Cuando volvió a mirar a Draco, éste tuvo la impresión de parecía aún más arrepentido que antes-. He alucinado esta mañana al despertarme y verme allí con Marcus. Ni siquiera recuerdo haber follado con él. Estaba tan borracho que si Hagrid se me hubiera insinuado le habría dicho que sí.

-Oh, vaya, veo que eres un hombre con standards –replicó Draco, arqueando una ceja.

-Ya sabes lo que quiero decir. Marcus ni siquiera me gusta. Si hubiera estado sobrio no me habría ido a la cama con él. ¿No ves que…?

-¿Qué?

Harry se mordió los labios y meneó la cabeza.

-Nada –dijo con un suspiro-. Pero siento de verdad lo de anoche, Draco. Venga, deja que te invite a cenar para compensarte. Tú escoges el sitio, ¿vale?

Draco pensó que debía de estar incubando algo. Una grave neumonía, quizás, de pasar tantas horas a la intemperie. Eso explicaría esa debilidad repentina que le aquejaba de vez en cuando. Casualmente Harry solía estar cerca en esos episodios de debilidad, pero eso no tenía nada que ver.

-¿Sabes que conozco restaurantes que podrían arruinarte?

Harry sonrió, aliviado, y su alivio hizo que Draco sintiera algo cálido y agradable por dentro.

-¿Eso es un sí?

-Supongo.

XXI

Era verdad que Harry no quería saber nada de Belby. Draco pudo observar en persona cómo rechazaba sus intentos y tuvo que admitir que se sentía demasiado satisfecho. Tanto tiempo junto a Harry empezaba a afectarle; soñar con él se había vuelto algo demasiado frecuente y algunos de esos sueños tenían una naturaleza en la que Draco prefería no pensar mucho. Obviamente, la culpa era sobre todo de su abstinencia: hacía meses que no follaba y Harry era la persona con la que más tiempo pasaba. A los dos, además, les gustaban los chicos. Y Harry era bastante atractivo, además de una buena compañía. ¿Qué tenía de raro que en esas circunstancias extremas, extraordinarias, se descubriera de pronto fantaseando con él?

Cuando todo terminara, las cosas cambiarían. Volvería a recuperar su vida, se iría al extranjero a ver a sus padres, se acostaría con todos los chicos que quisiera… Vería menos a Harry y sus estúpidos sueños sobre él desaparecerían.

XXII

Los exámenes de Navidad no estaban lejos y Harry había empezado a dedicarle más horas a los estudios. Draco aprovechaba ese rato para leer un poco, ojear los libros de los aurores sobre maldiciones o charlar con Kreacher; a veces, si Harry se quedaba algo atascado con Aritmancia o Pociones también le echaba una mano. Pero aquel día estaba algo resfriado y se había tumbado en el sofá, desde donde le daba órdenes a Kreacher cada cinco minutos para que le acercara libros o vasos de agua o pañuelos limpios. Para salvar un poco las apariencias tenía la varita en la mano, dispuesto a hacer su papel si alguien les atacaba, pero esperaba de corazón que no pasara absolutamente nada porque no tenía energías para salvarle la vida a nadie.

Estaba medio adormilado cuando alguien entró por Red Flú. Draco entreabrió los ojos, molesto por la interrupción, y vio a Granger y al otro entrando en la sala de estar; por alguna razón, se lo quedaron mirando un par de segundos con expresión rara. Draco les puso mala cara mientras se incorporaba.

-¿Qué?

-Draco no se encuentra bien hoy –les explicó Harry a sus amigos, ruborizándose un poco.

Draco se preguntó por qué Granger estaba mirando a Harry con la expresión de una madre al descubrir que su hijo ha asaltado todas las cajas de dulces de la despensa.

-No es nada grave, así que no pongáis a enfriar el champán.

-Hum, mala hierba nunca muere –replicó a su vez la comadreja, sin demasiado sentimiento.

Harry dio un falso suspiro de satisfacción.

-Aww, ya se nota el espíritu navideño, ¿verdad?

Los amigos de Harry habían ido allí para discutir sobre lo que iban a hacer en Navidades. Draco le había escrito a sus padres diciendo que aún no podía reunirse con ellos y ellos habían decidido volver a Malfoy manor durante las fiestas para que al menos pudieran cenar juntos el día de Navidad. Harry iba a ir a La Madriguera y Draco suponía que nadie intentaría atacarlo sabiendo que eso suponía enfrentarse también al clan Weasley al completo.

-Aclárame una cosa, Malfoy –dijo la comadreja, cuando ya se iban-. ¿Por qué sigues obsesionado con pagarle a Harry tu deuda de vida si os habéis… bueno, si ahora os lleváis bien?

-Yo no estoy obsesionado, Weasley –puntualizó, con toda la dignidad que permitía su catarro-. Y no veo qué tiene que ver. Lo hizo antes de que nos lleváramos bien.

Guau, decir en voz alta que se llevaba bien con Harry Potter sonaba muy raro…

-Bueno, Malfoy, que te mejores –le dijo Granger, dirigiéndose a la chimenea.

-Gracias.

La comadreja hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y por fin los dos se marcharon por la Red Flú, dejándolos solos de nuevo a él y a Harry. Draco volvió a tumbarse en el sofá con un gruñido de fastidio.

-Me alegra que también te lleves mejor con ellos –dijo Harry entonces, sentándose junto a sus pies.

Draco se encogió de hombros; después de disfrutar de la compañía de Voldemort, su tía Bellatrix, Greyback y los otros, le resultaba fácil tolerar a cualquiera que no pretendiera torturarle ni comerle.

-Estoy demasiado enfermo para tener ganas de insultar a nadie.

Harry meneó la cabeza condescendientemente.

-Ya… No puedes engañarme, ¿sabes? Andromeda me está enseñando a entender vuestro idioma.

-Hum, eso va contra nuestras reglas secretas.

Harry sonrió un poco y luego se mordió los labios con aire entre nervioso y decidido.

-Draco, escucha…

Pero Draco no pudo escuchar nada porque le sobrevino un violento ataque de tos. Harry le dio unas palmaditas en la espalda y le pidió a Kreacher que trajera otro vaso de agua. Poco a poco, Draco consiguió parar de toser y se dejó caer de nuevo en el sofá, cansado.

-¿Qué ibas a decirme?

Harry meneó negativamente la cabeza.

-Nada, no te preocupes.-Le dio unas palmaditas en el brazo-. Intenta dormir un poco; yo te despertaré cuando esté lista la cena.

Draco le dedicó una pequeña sonrisa. La verdad era que Harry no tenía por qué preocuparse así por él, pero resultaba agradable. Lástima que no fuera a durar eternamente, porque podría acostumbrarse.

XXIII

Faltaban tres días para Nochebuena. Sus padres llegarían al día siguiente, él tenía ya todos sus regalos comprados, incluido el de Harry, y ya había ordenado a los elfos que adornaran la mansión como de costumbre. El callejón Diagón volvía a estar abarrotado de gente ultimando las compras y Draco seguía a Harry, que iba con la comadreja, sobre su escoba.

Weasley quería comprarle a Granger un regalo de Navidad y, confiando poco en su buen gusto –al menos lo reconocía, que ya era un paso- le había pedido a Harry que le echara una mano. En opinión de Draco eso era un ciego guiando a otro ciego.

Los dos Gryffindor hablaban entre susurros. La comadreja era muy paranoica y no le hacía ninguna gracia saber que él había estado escuchando conversaciones entre ellos y que aún lo hacía. A Draco le parecía muy inmaduro por su parte, ya que no había repetido nada de lo que había escuchado durante aquellos meses.

Ejem, bueno, casi nada.

Cuando Harry y la comadreja entraron a la joyería de Prettystuff, que había abierto meses después de la guerra, Draco decidió acompañarles. Todavía oculto bajo la Capa –las alarmas sólo se dispararían si trataba de salir de ahí con algún objeto – le echó una ojeada a los otros clientes de la tienda. Aparte de ellos y de la dependienta, había dos hombres más que parecían embarcados en la misma misión que Harry y Weasley. No tenían aspecto peligroso y Draco se acercó a Harry para hacerle saber que estaba allí. Mientras le ponía la mano en el hombro, una señal convenida, pudo ver los pendientes que estaba examinando Weasley.

-¿Son para alguna anciana tía? –le susurró a Harry, disfrutando más de la cuenta al olerle, al sentir su oreja al alcance de un beso-. Seguro que le encantan.

Harry se estremeció, haciendo que Draco sintiera un terrible anhelo por descubrir qué otras reacciones podía causarle. Pero mientras Harry le pasaba el recado a Weasley, quien se quedó mirando estúpidamente los pendientes, Draco se reprochó por centésima vez su enajenación mental. Oh, aquello tenía que acabar. No podía perder el juicio de ese modo. Saltaba a la vista que Harry no quería nada con él; después de todo el tiempo que habían pasado juntos, si hubiera estado interesado le habría dado una señal, ¿no? ¿Y qué señal le había dado? Acostarse con Marcus Belby. Además, él realmente tampoco quería nada con Harry. Sí, era atractivo e interesante y alguien que le hacía sentirse siempre más vivo de lo normal, y a pesar de pasar juntos la mayor parte del día, cuando estaban separados había empezado a echarlo de menos de la manera más ridículamente sentimental del mundo. Pero la idea de ellos dos juntos… bueno, era como imaginar a su padre con Molly Weasley. Algo que la realidad no estaba preparada para consentir ni contemplar.

Lástima que ni su propio cuerpo ni su corazón atendieran a razones.

XXIV

Weasley había encontrado por fin algo mínimamente decente que regalar cuando Draco oyó la puerta de la joyería abriéndose y se giró para ver quién era. No vio a nadie. Su mente apenas había empezado a barajar distintas explicaciones cuando varios rayos rojos salieron en dirección hacia ellos. Igual que la vez anterior, Draco estiró a Harry con fuerza del brazo para quitarlo de la trayectoria de uno de los rayos. Weasley no tuvo tanta suerte, pero mientras caía al suelo con Harry, Draco alcanzó a ver su varita y la del dependiente saliendo disparada en dirección al origen de los rayos.

-¡Hominum Revelo! –bramó Harry, apuntando hacia allí-. ¡Expeliarmus!

Los magos, visibles ahora gracias al primer hechizo de Harry, esquivaron el segundo. Eran cinco, y Draco vio que uno de ellos se había quedado cerca de la puerta, lanzando un hechizo tras otro. Otro había desarmado a los dos hombres que también habían entrado buscando un regalo y Harry trataba desesperadamente de batirse contra los tres que quedaban y proteger a Weasley, que se había golpeado la cabeza al caer y estaba medio inconsciente. Draco le lanzó un Desmaius a uno de ellos por la espalda, pero otro, grandote y pelirrojo, apareció de pronto apuntando a uno de los clientes a la cabeza.

-¡Suelta la varita o lo mato! –le gritó a Harry-. ¡Suelta la varita!

Draco estaba a punto de lanzarle otro Desmaius, pero entonces vio que uno de los atacantes apuntaba a Harry y cambió de objetivo. El mago quedó inconsciente, pero con ese gesto, Draco había traicionado su posición, y otro atacante le lanzó un Petrificus Totalis. Draco no pudo esquivarlo y cayó al suelo bocabajo, rígido como una tabla.

-¡No! –exclamó Harry.

-¡Desmaius!

El hechizo le dio de lleno y Draco lo oyó caer. Todo había terminado, comprendió, mientras el miedo le helaba la sangre. Entonces oyó pasos en su dirección y sintió un puntapié en las costillas.

-Aquí está –dijo, quitándole la Capa-. Joder, ¿este es el hijo de Lucius Malfoy? ¿Qué coño hace aquí?

El mago le dio la vuelta y Draco, incapaz de hablar por culpa del hechizo, pudo ver que era un tipo alto y de mejillas chupadas.

-Peor para él –dijo el pelirrojo-. Anda, vamos a ocuparnos de ellos y vayamos a por las joyas de una vez.

XXV

Al principio, Draco pensó sinceramente que iban a matarlos y si no gritó de desesperación fue porque se lo impedía el hechizo. Pero antes de que pudiera empezar a asustarse de verdad, a pensar que él y Harry no podían morirse así, no ese día, se dio cuenta de que los estaban llevando hacia un pequeño almacén. Sus esperanzas se vieron truncadas en cuanto oyó el conjuro que usaban para sellar la puerta.

Vacúmitus. El vacío perfecto.

Los ladrones habían dejado inconscientes a la otra pareja antes de meterlos allí; Draco era el único que estaba consciente, pero no podía ni parpadear, mucho menos exteriorizar su desesperación. El almacén tenía unos cuatro o cinco metros cuadrados, no más, y ellos eran seis. ¿Cuánto tiempo de aire tendrían? ¿Minutos? ¿Horas? Si alguien no acudía pronto a rescatarlos, morirían allí asfixiados.

Un gemido atrajo su atención. Alguien estaba despertando. ¿Harry?

-¿Draco? –Sí, era Harry. Draco se esforzó como nunca en contestar, pero no le salía la voz. Por suerte, Harry era insistente-. ¡Draco!

Estaba bastante oscuro, pero Draco vio su silueta recortándose frente a él, sus manos palpando ansiosamente sus brazos y su cara como si quisiera asegurarse de que no tenía nada roto. Draco, curiosamente, en ese momento sólo tenía un pensamiento en la cabeza, totalmente alejado del peligro en el que se encontraban: lo primero que había hecho Harry al despertar había sido ir a por él. A por él. No la comadreja sino él.

-Era un Petrificus Totalis, ¿verdad? Déjame intentar… -Harry puso sus manos sobre su pecho y después de unos segundos su voz sonó con absoluta determinación-. Finite Incantatem.

Draco sintió la magia tintineando en su cuerpo y para su asombro, descubrió que había funcionado.

-¡Harry!

-Oh, menos mal…

Harry le abrazó débilmente, casi cayéndose sobre él. Draco lo sujetó como pudo, algo alarmado, y quedó prácticamente en su regazo.

-Eh, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

-La magia sin varita… me deja hecho polvo… ¿Ron?

-Les han lanzado un Desmaius antes de meterlos aquí. Harry, han hecho un Vacúmitus. Si no nos sacan pronto de aquí, estamos jodidos.

Draco oyó cómo dejaba escapar una exclamación de alarma, pero aun así se quedó donde estaba, seguramente intentando recuperar las fuerzas. Su peso era lo más reconfortante que Draco había experimentado nunca.

-Lo siento –dijo Harry al final.

-¿El qué?

-No estarías aquí si no hubiera sido por mí.

-No seas idiota, Harry. Se supone que debía salvarte la vida. Yo sí que lo siento.

Harry se incorporó un poco hasta quedar sentado sobre sus talones frente a él.

-Probablemente me la has salvado, ahí fuera. Esto no ha sido culpa tuya, Draco –dijo, con vehemencia-. Eres un gran guardaespaldas.

-No, he vuelto a fallar –insistió, con culpabilidad.

-No es cierto, no lo es –replicó, apretándole un momento la mano-. Aún no estamos muertos, ¿verdad? ¿Puedes ayudarme a ponerme de pie?

Draco lo hizo y fueron juntos hasta la puerta. Parecía imposible abrirla y Harry no habría podido romper ese hechizo sin varita aunque hubiera estado totalmente descansado. Draco, intentando ser tan optimista como él, se dijo que aún podía llegar ayuda. No sabía cuáles eran los planes de los ladrones, pero si al marcharse dejaban la tienda abandonada, antes o después entraría alguien y se daría cuenta de que pasaba algo raro.

Tras ver que no había manera de abrir la puerta, Harry fue a examinar el estado de los demás, sobre todo el de Weasley, pero no intentó despertarlos. Draco no necesitaba explicaciones: la gente inconsciente consumía menos oxígeno que la gente consciente y además un Weasley despierto no era algo que fuera a mejorar lo que podían ser sus últimos instantes sobre el planeta.

-Es Navidad –dijo Harry de pronto-. Alguien intentará entrar en la tienda.

-Eso espero –contestó, en tono un poco lúgubre.

Casi antes de que se diera cuenta, Harry estaba frente a él, las manos sobre sus hombros, mandándole un calor y una energía inesperados.

-No vamos a morir. Hoy, no.-Draco se lo quedó mirando, incapaz de articular palabra. Harry le sostuvo la mirada unos segundos y luego la apartó a la vez que retiraba las manos-. Pero por si acaso…

-Merlín, no digas eso –dijo Draco, cerrando los ojos.

-Es que… Draco, estos meses… el tiempo que hemos pasado juntos…

Draco apenas había tenido tiempo de abrir los ojos y de preguntarse a qué venía esa voz repentinamente vacilante cuando Harry se inclinó hacia él y le besó.

XXVI

Durante un par de segundos, Draco se quedó demasiado sorprendido para reaccionar. Pero de repente su cerebro asimiló lo que estaba pasando.

Harry le estaba besando.

Sus labios se sentían maravillosamente bien sobre los suyos, haciendo que su cuerpo empezara a tintinearle. Draco quería más de aquello y le correspondió con entusiasmo, enredando las manos en su alborotado pelo. Harry dejó escapar un gemido de aprobación y entreabrió la boca en una muda invitación. Draco buscó su lengua; en ese momento, era realmente más necesaria que el oxígeno, y cuando la encontró, sintió un exquisito latigazo de placer que le recorría el cuerpo y convertía sus huesos en fuego.

-Harry…

Harry siguió besándole con una desesperación similar a la del propio Draco, estrechándole con fuerza entre sus brazos. Draco perdió la noción del tiempo, sólo quería seguir besándole eternamente. Pero al final, Harry se separó ligeramente de él, lo justo para poder hablar y que su aliento se sintiera como una caricia sobre sus labios.

-No sabía si tú…–cuchicheó.

-Ni yo que tú también…

Harry volvió a besarle, como si quisiera despejar cualquier posible duda que pudiera albergar. Draco nunca había estado más a favor de despejar dudas.

-Cuando salgamos de aquí, ¿querrías…? ¿Podríamos…?

Draco iba a decir que sí, pero por el rabillo del ojo vio un fulgor extraño y se giró para ver qué era.

-¡La puerta, Harry! ¡Mira!

Los dos se pusieron rápidamente en pie, con la vista fija en la puerta, divididos entre la esperanza de que fuera el presagio de un rescate y el temor a que fueran los ladrones dispuestos a demostrar que también eran unos asesinos. La puerta destelleó con un brillo azulado y con un crack tan sonoro que hizo moverse a dos de los magos inconscientes, se abrió y una mujer entró con su varita en la mano.

-¿Quién hay ahí? ¿Estáis bien?

Aquella era probablemente la primera vez que Draco se alegraba de ver a un auror.

XXVII

La agente no había llegado sola. Dos aurores más entraron al pequeño almacén y empezaron a atender a los magos inconscientes, despertándolos con Ennervates. La mujer los hizo salir, mientras les preguntaba qué había pasado y Harry empezó a explicárselo. Draco escuchaba sólo a medias, un poco conmocionado por la experiencia y todavía afectado por los concienzudos besos de Harry. La cabeza le daba vueltas y le costaba pensar con claridad. Harry le había besado. Y él, desde luego, había besado también a Harry, de eso no había duda alguna. Cabía la pequeña posibilidad de que Harry se hubiera dejado llevar por una especie de euforia pre mortem. Los Gryffindor eran tan peculiares… Pero Draco estaba bastante seguro de que era algo más. A medida que repasaba las últimas semanas lo iba viendo con más claridad.

-¿Estás bien? –le preguntó Harry, pasándole la mano por la cintura.

Ese gesto, de algún modo, lo volvió todo real.

-Estoy muy bien –dijo, esbozando una sonrisa.

Harry sonrió también y le besó.

-En fin, sabíamos que esto era inevitable –dijo de pronto Weasley, sonando cerca de ellos-. Lo asombroso es que os haya costado tanto.

-Quién fue a hablar –replicó Harry.

-Sí, bueno, Hermione y yo teníamos la excusa de ser unos críos, pero vosotros ya sois mayorcitos.

A Draco le alegró ver que Weasley no le ponía pegas a su relación con Harry. Quizás no era tan horrible, después de todo.

-Eh, Draco… -dijo una voz familiar a sus espaldas.

Draco se giró y saludó a su amigo Greg Goyle con sorpresa.

-Greg, hola. ¿Qué haces aquí?

-Yo he avisado a los aurores. ¿Qué haces tú? ¿Ahora estás con Potter?

-Es una larga historia –contestó Draco-. ¿Has sido tú? Nos has salvado la vida.

Greg asintió.

-Menos mal, me estaba hartando de seguirlo –dijo, señalando con su manaza a Weasley.

Draco abrió los ojos de par en par.

-¿Qué? –exclamaron los tres a la vez.

Una mirada con Harry y Weasley le bastó para saber que ellos también estaban estupefactos. Greg, ajeno a la sorpresa que había causado, miró a Weasley con el ceño fruncido.

-Ahora estamos en paz.

-¿Me… me has estado… siguiendo? –balbuceó la comadreja, empezando a ponerse de un color rojo muy poco atractivo.

-No me gustaba deberte la vida. –Y después se giró hacia Draco, que aún estaba atónito-. Me voy, Draco. Hay chuletas de cordero para cenar.

Sin más, se Desapareció. Draco miró a los dos Gryffindor. Weasley estaba aún rojo y con expresión horrorizada; Harry parecía estar aguantándose la risa.

-Me ha estado siguiendo –musitó la comadreja-. Goyle me ha estado siguiendo.

-Es un Slytherin –explicó Draco.

Harry ya no pudo contenerse más y le dio una palmadita a Weasley en la espalda antes de echarse a reír.

-Bienvenido a mi mundo.

XXVIII

Unas horas después, Draco descansaba, feliz y satisfecho, en los brazos de Harry. Ambos yacían sobre una manta en el suelo, frente a la chimenea. El fuego chisporroteaba alegremente y sacaba destellos rojizos y anaranjados de los adornos del árbol de Navidad. La mano de Harry trazaba dibujos sobre su estómago y él frotaba la nariz contra su cuello y le daba besos de vez en cuando.

-¿Sabes, Harry? Me he dado cuenta de que me equivoqué al calcular tu esperanza de vida.

-¿Sí?

-Es verdad que tienes impulsos suicidas, pero me olvidé de incluir en mis cálculos un factor aún más importante.

-¿Cuál?

-También tienes más suerte de la que es humanamente posible.

Harry se rió entre dientes.

-Bueno, me alegra saber que no me aguarda una muerte inminente.

-A mí también –dijo Draco, moviéndose un poco para besarlo en los labios-. De todos modos, ahora que sabes que te esperan dosis diarias de sexo y más sexo fabuloso, espero que tengas algo más de cuidado.

-Es un buen incentivo –admitió Harry, sonriente.

-Naturalmente, toda la suerte del mundo no bastaría para salvarte la vida si vuelves a emborracharte tanto como para acabar en la cama que no debes –le advirtió.

-Aquella noche ya habría preferido acabar en tu cama –replicó, sin dejar de sonreír-. Pero no volverá a pasar, lo prometo. Si me emborracho, la tuya será la única cama en la que terminaré.

Harry rodó hasta colocarse encima de él y empezó a besarlo. Draco sintió cómo su cuerpo despertaba de nuevo y se restregó contra él golosamente. Los labios de Harry abandonaron los suyos y se movieron entre pequeños mordisquitos hacia su cuello. Draco gimió suavemente y echó la cabeza atrás, ofreciéndole mejor ángulo. Una pequeña corriente de aire hizo sonar las campanillas que adornaban el árbol y Draco pudo sentir la risa de Harry vibrando deliciosamente sobre la piel de su cuello.

-¿Qué?

Harry se irguió un poco y lo miró con unos ojos que hicieron sentirse a Draco pequeño y gigante a la vez.

-Los muggles dicen que cuando tintinean las campanas es porque un ángel ha conseguido sus alas. –Le acarició la mejilla-. Esas han debido ser las tuyas.

Vale, era cursi. Y muggle. Y no creía en los ángeles. Pero de todos modos pensó que de aquel momento iban a salirle unos Patronus perfectos.

-He sido un gran ángel de la guarda, ¿verdad?

-El mejor.

-Si mi padre deja a mi madre para liarse con Molly Weasley nunca te lo perdonaré.

Harry parpadeó, confuso.

-Eso tiene sentido dentro de tu cabeza, ¿verdad?

Draco se echó a reír y le dio un beso.

-Significa que te quiero.

La sonrisa de Harry habría podido iluminar todo el hemisferio norte.

-Yo también te quiero.

Mientras seguían intercambiando besos y confidencias, en la calle empezó a nevar.

Fin.