Cap.1: ¿Cómo?

Ruido, luces, gritos, y después, paz.

Todo esto pasó ante mí en… perdí la noción del tiempo.

Solo sé que no sentía nada. Estaba adormilado, y si pudiese ver mi rostro en un espejo, lo más seguro vería una estúpida sonrisa dibujada en él.

Abrí los ojos esperanzado de encontrarme en la camilla del hospital, ya que me sentía como en un colchón, pero todas mis sospechas se desmintieron. Esto no era un hospital. Todo era de colores brillantes, alegres y algún que otro brillo blanco.

Miré mis ropas, pero me topé con el césped bajo mi rostro. Estaba tumbado en medio del… ¿Paraíso? Imposible…

Me puse en pié y observé a mi alrededor. Estaba a los pies de un frondoso árbol que apenas movía sus hojas, y dos ardillas corrían en el suelo cosquilleando mis piernas descubiertas.

Miré al frente y vi lo que parecía un hermoso bosque donde varias personas caminaban despreocupadas con el mismo estupor que yo tenía, pero la magia tranquila del lugar se rompió gracias a la suave y arrogante voz de una persona a mi lado.

-¡Por fin despiertas!-exclamó con pesadez.

Me giré y vi a una joven cruzada de brazos. Vestía diferente a todas las personas que estábamos presentes: una túnica corta con los hombros descubiertos, pero estos estaban tapados por su larga melena platino lisa; Sin embargo, yo vestía una especie de vestido blanco por las rodillas. Si hubiese podido sentir algo más que aquel sopor, lo más seguro es que me hubiese sonrojado.

-¿Dónde estamos?-pregunté, pero el tono de mi voz no sonó como yo pretendía, sino melodioso y tranquilo.

-Esto es el cielo, chaval

-¿El cielo?-posé mi vista sobre las ardillas que jugueteaban sobre mis pies desnudos, hasta que caí en la cuenta- ¡El cielo!-grité, y aquel sentimiento volvió a impedirme mostrar mis pensamientos.

-Exacto, y ahora debes venir conmigo para arreglar un asuntillo-se giró y empezó a caminar.

La seguí mientras intentaba espantar a las ardillas que parecían haberse pegado a mis talones.

-¿A dónde vamos?

-Tienes que firmar unos papeles…-comentó

-Espera-ordené. Me sentí frustrado de la poca fuerza con la que había dicho esa palabra, y ella pareció molestarse, porque se paró y giró en seco.

-¿Sí?-intentó imitar un tono cordial, aunque no le sirvió de mucho.

-¿Estoy…-me dio miedo decir la palabra siguiente- muerto?

-Sí, y movámonos, que no llego a mi cita en la peluquería.

-¿Qué? ¡Muerto!- El sopor parecía empezar a disminuir, pero aún no me dejaba expresarme con libertad.

-Sí, muerto, ¡Vamos!- se giró y comenzó a caminar de nuevo, pero esta vez casi tuve que trotar para ponerme a su altura.

-No puedo estar muerto… Es una broma, ¿cierto?

Acabábamos de traspasar un hermoso y gigantesco arco que delimitaba el bosque. Estábamos sobre una pequeña plataforma de… ¿nubes? Desde la cual se podía ver una especie de ciudad creada con el mismo material que la plataforma.

Extrañamente, podía sentir que el sopor había desaparecido, aunque no por completo, y empezaba a sentir otros sentimientos, como sorpresa, molestia, ira, e incluso, desesperación.
-No, no es una broma, ¡y cállate de una santa vez!

¿Por qué había pasado esto? Estaba sintiendo de nuevo…
-Eso es por el cambio de lugar, pero pronto volverás a corretear con las ardillas con la sonrisa de tonto que tenías antes.-espetó de pronto mientras subíamos en una extensión de la nube en la que estábamos y pulsó un botón que flotaba en el aire.

-¿Quién eres? ¿Cómo sabes lo que estaba pensando?-Era raro, pero aún podía sorprenderme más de lo que estaba. ¿Quién iba a imaginar que esta era la vida de después de la muerte? Corretear con las ardillas, ¡Vaya diversión!

-Primero, soy tu ángel de la guarda, Énar, o tu ex ángel, según cómo lo quieras mirar… y segundo, así somos los ángeles: Cuidamos humanos, los llevamos al edén y leemos mentes, pero por desgracia todo entra en el mismo pack- rodó los ojos ya molesta por mis preguntas.

-Mi ángel, dices…

-Sí

-Es imposible, ¡debo estar soñando! ¡No puedo morir! ¡Tengo que volver!

-¡No puedes volver! Son órdenes del de arriba

-¡Qué importa el de arriba! Tengo que volver ya junto a mi prometida, ¡iba en el coche! Puede estar muerta, ¿entiendes? ¡Muerta!-empezaba a sentir como mi furia se incrementaba lentamente. Quería explotar, sentirme vivo, lo que aquel lugar me impedía.

Me aguanté a la barandilla del ascensor/nube (espera, ¿barandilla?) para evitar lanzarme a golpes conmigo mismo.
-bien echo, así no tendremos que recoger tu alma del suelo-bromeó con sorna el ángel y acabó con una carcajada sonora. Dios, cómo me molestaba que leyera mi mente.

El ascensor paró y Énar empezó a caminar fuera. La seguí y miré a mí alrededor.

Había miles de casitas echas de nubes y todo estaba lleno de personas vestidas como mi ángel.

-¿Dónde estamos?-pregunté curioso. Aquellas personas se parecían a Énar, pero estas tenían pequeñas alitas doradas en las espaldas y todas sonreían armoniosamente, todo lo contrario a ella.

Énar se paró en seco y se giró hacia mí con cara de pocos amigos. Fijó su vista en mí con el ceño fruncido y se pellizcó el puente de la nariz cerrando los ojos en un gesto muy familiar.

-¿puedes estarte calladito?-murmuró entre dientes- me estoy empezando a agobiar y no es bueno.

-¿y no me puedes responder?-volví a preguntar. Ya lo hacía a conciencia. No se por qué, pero me divertía molestar a aquella muchacha.

-Esto…-señaló con una mano los edificios- esto es Villángeles, donde viven todos los ángeles del mundo… y esto-seguido, señaló una enorme edificación con una puerta gigantesca en la fachada atada con goznes, supuse, de plata-, esto es el edificio principal-sonrió forzadamente-¿contento? Ahora tienes que entrar conmigo, quedarte en una esquina calladito y solo hacer preguntas cuando te llamen, ¿entendido?

-¿puedo hacer mis preguntas ahora?

-¿Qué quieres saber?-parecía estar al borde de la histeria

-¡Todo! Si supuestamente eres mi ángel de la guarda, ¿por qué me dejaste morir?

-Yo no te dejé morir, eso ya estaba dicho en tu ficha

-¿qué?

-como me oyes, que ya estaba decidida tu muerte, ¿más preguntas?

Quedé mirando al vacío. Mi muerte ya estaba prevista, y yo no podía hacer nada para volver.

Segundos después recobre la compostura y negué con la cabeza. Sentía la ira correr por mis inexistentes venas, pero no me serviría de nada pelear con aquel ángel que me miraba molesto y enfadado.

-¿Nada más? Entremos- me agarró del bazo y la seguí hacia las grandes puertas blancas.

Esta se abrió sola y dejó mostrar frente a ella una enorme sala igual de blanca que todo lo demás. Era bastante grande, y el techo parecía nunca acabar, pero lo que más me llamó la atención, fue que aquella fachada tan grande solo escondiese en su interior aquella sala vacía, salvo por una mesa caoba de motivos muy antiguos en medio, que desentonaba totalmente con el lugar.

Énar me soltó y la puerta se cerró tras de mí.

La chica tragó saliva y me hizo un gesto con la cabeza indicando que me quedara en una esquina mientras se acercaba a la mesa. Le hice caso y no me moví de al lado de la puerta.

-¡Gabriel!-musitó entrecortada, y una puerta apareció de la nada de la pared.

Un ser majestuoso, vestido con una enorme túnica y grandes y magníficas alas, entró en la sala. Era el ser más hermoso que jamás había visto, pero quité la imagen de mi cabeza evitando que pareciera otra cosa

-¡Gabriel!-gritó Énar sobresaltándome a mí, pero no al arcángel que tenía a su frente. La chica daba saltitos y… ¿se sonrojaba?-te estaba echando mucho de menos…

-ahora no, Énar, ¿qué quieres?-su voz era profunda, fría como el hielo, y parecía molesto. ¿Qué pasaba, qué en el cielo todos estaban enfadados?

-bueno…-puso cara de niña enfadada y volvió pronto a la normalidad- el humano despertó

-¿Qué humano?-preguntó extrañado

-El mío…

-¿El tuyo?

-ese de ahí-me señaló con un dedo aún mirando al hombre.

Gabriel escrutó tras la chica y se fijó en mí. Su mirada no me parecía nada tranquilizadora.

De la nada, un enorme libro apareció sobre la mesa y, como si nada, el arcángel lo abrió y empezó a ojearlo

-Énar… Énar… Énar… aquí- lanzó una mirada casi asesina a la muchacha y esta miró sus sandalias en un gesto inocente- Edward Anthony Cullen…-citó- descripción física… ojos verdes, cabello cobrizo, tez pálida…-siguió leyendo para sí- año de nacimiento: 1991, año de defunción…-de pronto, el ángel se paró y supe que algo andaba mal. Había parado en el año de defunción, cosa que no traía nada bueno.

Miré a Énar, que se movía inquieta y se mordía el labio inferior, y después posé mis ojos en los de Gabriel, que fruncía ligeramente el ceño. Levantó su vista del libro mi me miró

-Edward, ¿puedes venir?-su voz sonaba ahora fraternal, y los vellos se me pusieron de punta.

Asentí y caminé con paso decidido hacia la mesa. Al llegar, puso su mano sobre mi hombro.

-Edward… ¿Hay algo… que te preocupe?

Alcé una ceja divertido por la pregunta ¡¿Qué si me preocupaba algo?! ¿Qué les daban a la gente del cielo?

-Estoy muerto… ¿Crees que puedo estar preocupado por algo?

-Quiero decir que si tenías algún problema cuando estabas allí abajo

-¿Por qué lo dice? Yo tenía una vida perfecta… ¡Me iba a casar!

Gabriel volvió a fruncir el ceño y se giró hacia Énar mientras soltaba mi hombro.

-¿no fue un suicidio?

-¡¿Cómo?!-Pregunté. Ya todo me sonaba a chiste… ¡Yo solo quería volver con Tanya!

Una pequeña puerta apareció en una de las inmaculadas paredes con un gran letrero de colores encima donde se podía leer "SALA DE ESPERA" con luces brillantes.

-¿puedes entrar allí?-me señaló el hombre y obedecí sin rechistar.

Al entrar, la puerta se cerró tras de mí. La habitación era, cómo no, (¿a que no lo adivinan?) blanca, pero al fondo, al igual que en la otra sala, había un mueble antiguo de color caoba. Me acerqué y comprobé que era una silla, pero sentía curiosidad por lo que los ángeles pudiesen estar hablando, así que pegué la oreja sobre la puerta y me esforcé por escuchar tras ella, pero resultó ser demasiado gruesa.

-Énar…-murmuró el arcángel, y maldije por lo bajo que no pudiesen hablar más alto. Ya no me importaba hacer esas cosas, estaba muerto de todos modos.- ¿Qué voy a hacer contigo? -parecía cansado e irritado

-Estoy cansada, Gab… ¡Quiero subir al cielo de una vez!

-¿no lo comprendes? Tienes que cumplir con tu trabajo antes de subir… ¡El chico iba a morir en el año 2087!

¿2087? Eso eran… ¡93 años! Y yo había muerto con 17… Entonces lo comprendí todo, ¡Énar había provocado el accidente! La ira volvió a apoderarse de cada parte de mi ser, por lo que decidí sentarme en la silla y dejar de escuchar aquella conversación que no me pertenecía.

Me senté y me propuse a esperar tranquilo para relajarme. Respiré hondo y conté hasta que me aburrí. Todo estaba en silencio, y no sé cuanto tiempo pasó cuando llegué hasta el 36589, pero de pronto, empecé a oír de nuevo un alboroto en la habitación principal.

Vacilé un poco antes de levantarme, pero la curiosidad venció y volví a pegarme a la puerta.

-¡no lo soporto más!-dijo una tercera voz. Parecía nervioso y su tono no sonaba para nada parecido al de los otros dos.- ¡Me tiene harto! ¿Me habéis oído? ¡Harto!

-¿Qué ocurre, Simón? –preguntó molesto Gabriel, supuse que por la interrupción, pero incluso parecía apesadumbrado

-Es esa niña otra vez… ¿queréis hacerle el favor de ponerle un ángel en condiciones? ¡No puedo con las dos!

- ¿Qué ha pasado ahora?- el arcángel cambió su tono a serio y preocupado, parecía algo grave.

-Hace unos días aquel vago se marchó y me dejó al cargo de la madre y de la hija… tú sabes que soy capaz de manejar a dos personas, pero para cuidar de esa niña ¡haría falta un regimiento! Y no puedo, Gabriel, ¡no puedo!

-¿Qué se marchó?

El tema parecía bastante serio. Intenté separarme de la puerta, pero recordé lo aburrido que estaba y preferí quedarme allí para saber más. Al fin y al cabo, si iba a estar en el cielo, ¿por qué no enterarme de los cotilleos del lugar pronto? Sonreí inconscientemente y recordé a mi hermana Alice con ese pensamiento. Un atisbo de pena se rebeló en mí y decidí desterrar a mi familia de mi mente en aquel momento.

-Sí, se marchó, y esta misma tarde, por poco no la muerden tres perros y la atropella un coche, ¿te lo puedes creer?

Se quedó todo en silencio, pero pude escuchar lo que supuse que era la respiración jadeante del tal Simón. Parecía lo contrario, pero a través de aquella pared se podía oír más de lo que uno pensaba.

-Énar, ¿piensas lo mismo que yo?- en su voz había un tono juguetón que no me gustaba nada, y de pronto sentí que algo había girado entorno a mí en la cabeza del arcángel.

-¿Crees que él…?

-exacto- ya me había perdido

-¿y si falla?

-no perdemos nada por intentarlo

-¿De qué están hablando?-agradecí internamente a aquel señor.

-Ya tenemos al sustituto perfecto-unos pasos empezaron a acercarse hacia mí.

"Oh no…" pensé, y me separe rápidamente de la puerta para sentarme en la silla como si nada.

La puerta se abrió y observé a Gabriel. Tras él, Énar, con una enorme sonrisa arrogante, y otro ángel, bajito y regordete (seguramente era Simón, ya que no había nadie más), me miraban esperando la respuesta a una pregunta que ya creía saber.

-Edward-me llamó el arcángel y me hizo un gesto con la mano. Me levanté y caminé indeciso hasta él.- ¿puedo hacerte una propuesta?

-Según, ¿de qué se trata?

-Hemos estado hablando… tú quieres volver a la tierra, ¿cierto?

-Sí

-¿sea cómo sea?

-su… supongo-murmuré

-pues… ¿quieres ser un ángel de la guarda?

---------FIN DEL CAP