La chica empezó a caminar atontada, por efecto del hechizo. Los ojos se le salían de las orbitas y movía los brazos sin parar. Caminaba sin rumbo y tenía la boca ligeramente abierta.

—¡Sirius! —gritó Remus.

Los Merodeadores y Snape se acercaron a la chica. Snape la tomó de un brazo y ella dejó de caminar; cerró los ojos, intentando volver en sí. Sirius intentó agarrarla del otro brazo, mientras que los otros Merodeadores cuidaban que no se cayera al suelo o algo por el estilo.

—¡No! —exclamó la chica, abriendo por fin los ojos y viendo las intenciones de Sirius— ¡Aléjate de mí!

—No, no, intento ayudarte —le dijo Sirius en voz baja.

—No —repitió Hermione, soltándose con suavidad de la mano de Snape—, gracias —le dijo al chico— ¿Ayudarme? ¿Cómo puedes decir que intentabas ayudarme si fuiste tú el que aventó el hechizo? —le soltó a Sirius, dejando salir su lado de prefecta a flote.

—Eh… —aquello no era parte de sus planes.

—Además, ¿cómo es que querían lanzarle ese hechizo a Snape? No les había hecho nada, ¿o sí? —se giró a ver a Snape, enarcando una ceja. El chico levantó los hombros y negó levemente con la cabeza.

—A ver, a ver… —empezó James.

—¡No! —lo cortó Hermione— ¡Por Merlín! Lily me lo había dicho y tenía que creerle.

—Espera, ¿Lily Evans? —la chica asintió— ¿Qué te dijo?

—Que ustedes, los Merodeadores, eran unos idiotas.

—¿Te dijo que todos éramos unos idiotas? —dijo Peter. Hermione volvió a asentir— ¡Eh! ¿Pero por qué dice eso de mí y de Remus? Los idiotas son éstos —dijo en tono afectado, señalando a James y a Sirius.

—Colagusano, mejor no los ayudes —comentó Remus, sonriendo y viendo las miradas asesinas de sus amigos.

—Granger, no tienes que ayudarme —dijo Severus con voz fría; no aguantaba que lo defendieran, lo hacía sentir débil.

—Tú cállate —le espetó— Si no te vas a defender tú solo, alguien tiene que hacerlo. Y no me importa si te da vergüenza —dijo con un tono mitad maternal, mitad enojado.

Snape frunció el ceño y miró al piso: ¿pero aquella chica qué se creía? Los Merodeadores se miraron mutuamente: ¡pero qué carácter!

Hermione les mandó una última mirada enfurecida a los Merodeadores, que estuvo a punto de ablandarse por los gestos de todos ellos. Tomó a Severus de la muñeca y lo jaló.

—¡Eh! Que sé andar solito —se quejó y se soltó de la mano de ella. Siguió caminando al lado de Hermione. Cuando habían llegado a las puertas del Gran Comedor, Hermione se giró y lo encaró. Tenía el entrecejo fruncido.

—No seas idiota, Snape —le soltó.

—No soy idiota. ¿Quién te crees, niña? —siseó él— ¿Y cómo sabes mi nombre?

—Eres prefecto de Slytherin. Sólo investigué un poco —dijo Hermione— Y sólo…

—Cállate —la cortó Snape. La miró duramente. Aquella chica era… diferente. Pero no podía permitir que hubiera otra Lily Evans en su vida—. Gracias.

Hermione sonrió levemente, dio un paso hacia el Slytherin y le tendió la mano.

—Soy Hermione Granger —dijo jovialmente.

—Soy Severus Snape —no le estrechó la mano. La chica borró su sonrisa del rostro y bajo su mano.

—Mucho gusto —dijo con voz más seria. Y se fue. Snape se fue al lado contrario de por donde ella se había ido, sabiendo que aquello había sido un pacto de paz.

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—Esa Granger —dijo Sirius en la cena.

—Supéralo, Canuto —dijo Remus.

—Me las va a pagar.

—Qué miedo me das —comentó Peter con ironía mientras cortaba su chuleta.

—Ya, Canuto, acéptalo. Nos ha puesto en nuestro lugar —dijo James, dándole unos golpes suaves a su amigo en el hombro.

Sirius negó con la cabeza. La chica Granger era exactamente su tipo.

—Mujeres con cerebro —murmuró para sí.

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El timbre sonó, anunciando el término de la clase de Transformaciones. Hermione recogió todas sus cosas y salió junto con Lily, Danielle y Roxanne.

Los Merodeadores salieron detrás de ellas. Cuando Hermione iba a bajar por unas escaleras, Sirius murmuró, señalando los escalones:

—¡Glisseo! —entonces las escaleras se colocaron en diagonal, la chica resbaló y cayó rodando hasta terminar las escaleras.

Las chicas, los demás Merodeadores y los demás alumnos de Gryffindor bajaron corriendo a ver qué le había pasado. Sirius puso una cara de horror al ver aquello, eso no era parte de sus planes.

—Al final, la señora Promfrey dijo que Granger se tenía que quedar unos cuantos días en la enfermería —comentó Peter al día siguiente.

—Esta vez te pasaste, Canuto —dijo James, dándole unas palmaditas en el hombro a su amigo.

—Está muy lejos de haber pasado —corroboró Remus— Sirius… ¡eres un imbécil!

—¿Crees que no lo sé? Por favor, dejen de apoyarme —refunfuñó el muchacho.

—Deberías ir a verla… —dijo James.

—… y disculparte —completó Peter.

—Sí, y llévale algún presente.

—Bien —gruñó—, ahora dejen de sermonearme.

—¡Oh, no! ¿Qué hace aquí, Black? –—e lamentó la señora Promfrey.

—Vengo a ver a Hermione Granger —contestó, sintiéndose levemente indignado. La enfermera entornó los ojos.

—Bien —lo dejó pasar.

—Err… ¿Granger?

—¿Black? —se extrañó Hermione— ¿Qué haces aquí?

Sirius se sentó en la cama de Hermione, posando su vista en el tobillo roto de la chica. Y sintiéndose el cretino más grande del mundo.

—Lo siento.

—¿Qué?

—Fui yo el que le echó el encantamiento a los escalones.

—¡¿Qué?! –gritó Hermione. Sirius hizo una mueca— ¡Oh, Black!

—Lo sé, soy un…

—… tonto.

—Iba a decir imbécil, pero tonto está bien —le guiñó un ojo a la muchacha. Hermione suspiró— En verdad lo lamento. No creí que fueras a salir lastimada.

—Oh, claro. Caerte de un tobogán sin previo aviso iba a dejarme ilesa. Que inteligente eres —dijo mordaz Hermione.

—Bien, creo que no pensé bien las cosas —la miró a los ojos y la chica notó que era sincero—. Te traje esto —le entregó una caja llena de ranas de chocolate.

Hermione sonrió, impresionada.

—Ah, pues gracias.

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Los últimos días, Sirius, había estado yendo diario a la enfermería a visitar a Hermione, sintiéndose aún culpable.

—Yo ya te he perdonado —dijo la chica—, tú también deberías perdonarte a ti mismo.

El chico levantó los hombros.

—Aunque… —sonrió— supongo que ser un idiota es parte de tu encanto.

Sirius se sorprendió ante aquello. Hermione era inteligente y divertida (a su manera). Y era cierto, talvez no era la chica más guapa, pero algo en ella la hacía verse bien.

Hermione lo había notado desde que lo había visto. Algo en Sirius Black la hacía sentirse extraña, un sentimiento que sólo había experimentado con una persona: Ron Weasley. De alguna manera las relaciones con ambos eran parecidas. Peleaban y se contentaban. Aunque, con Ron, siempre duraba mucho más el enojo; tardaban más en reconciliarse que con Sirius.

Sí, en los días que había estado yendo a la enfermería el muchacho le contaba cosas que hacía con los demás Merodeadores. Y ella se enfuruñaba, pero Sirius tenía algo… algo que hacía que ella no pudiera estar molesta por mucho tiempo.

—… y entonces llegó Evans…

—Espera, ¿le hicieron eso a Snape? —preguntó con un dejo de enfado en su voz. La mayoría de las anécdotas que Sirius le contaba tenían relación con Severus.

—Sí… y, por favor, no me sermones de nuevo.

Hermione siguió refunfuñando, Sirius sonrió y continuó con el relato.

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—Hola —saludó.

Hermione levantó la cabeza: era Snape. En su cara había una pequeña sonrisa un poco forzada.

—Hola.

—Vine a ver cómo estabas… escuché que ya ibas a salir.

—Sí, al parecer mañana salgo por fin —sonrió. Severus se sentó en la cama de ella.

—Estaba… estaba algo preocupado, pero no quería venir porque escuché que Black se la pasaba aquí noche y día —dijo con resentimiento.

—¿Preocupado? ¿Tú?

—Sí, pero que no se te suba demasiado a la cabeza —dijo en un tonito divertido.

Se rieron juntos. Hermione no podía creer que se la pusiera pasar bien con Severus Snape. Pero era una buena persona y estaba segura que algo le había pasado para terminar como estaba en el futuro.

Se abrieron las puertas de la enfermería, era Sirius. Se detuvo en seco.

—¿Qué haces aquí, Quejicus?

—Lo que tú no hacías —contestó mordaz Snape.

—Sirius… por favor, no lo hagas.

—¿Qué no haga qué? Sólo voy a sacar la basura. ¡Levicorpus! —una fuerza invisible jaló a Severus del tobillo y quedó flotando, la túnica cayó y le tapó la mitad del cuerpo— ¡Oh! Quejicus, por fin aprendiste que debes llevar pantalones si no lavas tus calzoncillos. Muy bien, vas progresando —dijo Sirius con crueldad.

—¡Sirius! Bájalo —gritó Hermione con desesperación.

—Pero si se está divirtiendo mucho, Hermione —comentó con inocencia. La chica se levantó de la cama con cuidado.

—No, Hermione —le dijo Snape sosteniendo la túnica—, regresa a la cama, ¡ahora!

—Black… ¡Black! —Sirius se giró a verla— Déjalo. Por favor, intenta ser maduro por una vez en tu vida.

—¿Qu…? —Sirius se quedó algo anonadado.

—Por favor, deja de ser un tonto por una vez.

El muchacho bajó a Snape y salió de ahí. Hermione tenía algo así como una amistad con Snape, pero no quería enojarse con ella. Tendría que tragarse su ego y su orgullo.

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Sonó el timbre y el profesor Slughorn dio la salida.

—Espere, señorita Granger —la llamó el profesor. Hermione se acercó— Querida, el profesor Dumbledore quiere hablar con usted. Vaya a su despacho, por favor.

Hermione se dirigía al despacho del director, estaba feliz. Llevaba poco más de un mes en la época de los padres de Harry, se había encariñado con sus compañeras, se llevaba bien con los Merodeadores, con Severus Snape y, al parecer, empezaba a gustarle Sirius Black. Era un idiota, egocéntrico… pero lo maravilloso de él es que, cuando estaba junto a ella, salía a relucir su lado sensible y maduro.

—¿Quería verme, señor? —preguntó entrando al despacho.

—Sí, señorita Granger, le tengo una gran noticia —dijo jovial Dumbledore— Siéntese.

Hermione se sentó, al parecer, el día iba a mejorar. Se sentía muy optimista.

—No me iré con rodeos —el profesor sonrió—, he encontrado la forma de regresarla a su tiempo.

La sonrisa de Hermione se congeló en su cara. ¿Regresar? Apenas empezaba a agradarle el cambio y Dumbledore le decía que ya tenía que regresar. Talvez… talvez podía decirle que quería quedarse.

—¿No le da gusto? —preguntó el profesor, al parecer, sin percatarse de que a Hermione, efectivamente, no le daba gusto.

No, no podía quedarse. Estaban sus padres, sus amigos… toda su vida.

—No, claro que me da gusto, señor. Es sólo que me tomó por sorpresa. ¿Cuándo voy a regresar?

—Bueno he pensado que quizá quiera despedirse de los que fueron sus compañeros en el tiempo que estuvo aquí. Así que creo conveniente que el sábado puedo regresarla a su tiempo.

Se dirigió a la sala común con paso lento. Era jueves en la tarde. Al día siguiente se despediría.

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—¿Te vas? —gritó Danielle.

—Sí… bueno, mi estancia aquí era indeterminada. Así que no les pude avisar antes porque yo tampoco sabía cuándo me iría.

Se quedaron en silencio por un buen rato. No había nada que decir ni tampoco había nada que hacer.

—Las voy a extrañar —Hermione se levantó y las chicas la rodearon, abrazándola.

—Sirius… —dijo Hermione, entrando a la habitación de los chicos; el muchacho se encontraba solo.

—Hermione —se sorprendió él—, ¿sigues enojada conmigo?

—No, ya no, pero…

—¡Genial! Ven, tengo que enseñarte algo.

—Sirius, yo…

El joven la tomó de la mano y la jaló. La llevó hasta su cama y abrió su baúl. Empezó a rebuscar en él.

—Tienes que verlo, ¡es genial!

—Sirius.

—Te enca…

—Me voy, Sirius —dijo, por fin, Hermione.

—No, primero ve esto. No puede esperar.

—Me voy de Hogwarts.

El joven dejó de rebuscar en el baúl. Se giró y clavó su mirada en ella.

—¿Te vas de Hogwarts? ¿Por qué?

—Mi… —se sentía muy mal, no quería irse— mi estancia aquí era indefinida y… el profesor Dumbledore me dijo que… no es que yo quiera irme, pero… —tenía las ideas revueltas, estaba confundida.

—Hermione, no puedes irte. Tú…

—Me voy el sábado. Sirius, es importante. Quiero que te olvides de mí.

¿Olvidarla? ¿A qué se estaba refiriendo?

—Tienes que olvidarte de mí. Olvídate de nuestra amistad…

—Hermione, no puedes pedirme eso. En primer lugar, porque es imposible que me olvide de ti y en segundo lugar, porque esto no es una amistad.

—No, no… tú estás… —no quería separarse de él.

—Hermione, lo sabes. No lo ocultes, sabes lo que pasa.

—No, yo no sé nada. Olvídame.

Sirius se había sentado al lado de ella. Se fue acercando a ella. Si iba a irse tenía que… tenía que saciarse de ella. Tomó la barbilla de la chica y la obligó a que quedaran de frente.

—Lo sabes.

Unió sus labios con los de Hermione. Un beso tierno, de labios apretados.

—Sirius, no puedo… —se apartó.

—Pero yo sí —tomó el rostro de la chica con ambas manos y la volvió a besar con gran ímpetu. Él sabía que Hermione quería hacerlo, ella quería besarlo. Y él a ella, no podía ocultarlo más.

Hermione estaba luchando contra sus deseos. Varias veces había tenido que luchar contra sus deseos. Pero algo dentro de ella le reclamaba que ella era una adolescente. Que tenía que dejarse llevar a veces; no hacerle caso a su mente y dejar que las hormonas la guiaran. Y decidió, por una vez en su vida, dejar de ser doña perfecta. Olvidarse de lo que era correcto y lo que no. Decidió dejarse llevar.

La chica le devolvió el beso con la misma fuerza. Rodeó el cuello de Sirius con sus brazos y un sentimiento de nostalgia la embargó. Sin darse cuenta, las lágrimas empezaron a brotarle de los ojos.

—¿Qué te pasa? —Sirius preguntó, preocupado.

—No quiero separarme de ti, pero tengo que hacerlo…

—Hermione —la cortó el joven—, entiende que nunca te vas a separar de mí —tomó la mano de la chica y la posó sobre su pecho—. Siempre vas a estar aquí —Hermione rió y se limpió las lagrimas— ¿Qué?

—Eres un cursi.

—Bueno, tú haces que saque mis defectos más ocultos.

Se abrazaron y Hermione deseó que el tiempo se congelara y se quedara así por siempre.

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—¿Se ha despedido de sus amigos? —preguntó el profesor Dumbledore.

—Sí —contestó Hermione con voz apagada. Ya estaba en el despacho del director, y en unos momentos estaría de vuelta con Ron y Harry.

—Bien, entonces —posó una mano sobre el hombro de la chica—, nos vemos en el futuro.

Hermione asintió y soltó un suspiro. Cerró los ojos.

Tempo furo —dijo Dumbledore señalándola con su varita.

Hermione esperaba sentir lo mismo que la última vez, pero no pasó nada. Pensó, con esperanza y culpa, que talvez el contra hechizo no había funcionado. Abrió los ojos y vio, con sorpresa, que se encontraba en su habitación y que, casualmente, no había nadie ahí.

Empezó a examinarla y comprobó que había vuelto al futuro. Bajó a la sala común y observó, con una alegría que no supo de dónde salió, que ahí estaban sus amigos.

—¡Ron, Harry! —exclamó.

—¡Hermione! —gritaron los dos. Su amiga notó que en la cara de ambos había unas grandes ojeras y unas muecas de preocupación. La habían extrañado.

Se abrazaron. Y Hermione supo que aquello era lo correcto y lo mejor. Sus amigos la necesitaban.

Y aquél viaje siempre sería su secreto. El amor que había nacido en ella hacia Sirius jamás sería revelado. Porque siempre le iba a querer. Al arrogante, idiota y cursi Sirius Black.


Como ya dije antes, espero que no sea tan malo. Intenté que los personajes fueran lo más canon posible. Espero, Learilla, que sea un poco como lo que tú querías y ten en cuenta que lo escribí con cariño. Y, bueno, recuerden que por cada review se salva un gatito :)