NdA:Bueno, con este capi acaba la primera parte. No sé aún cuándo subiré la segunda parte porque ahora quiero sobre todo concentrarme en escribir. Muchas gracias a todos y todas por haberme acompañado hasta aquí, especialmente a los que comentaron. Vuestros rr me alegraron muchos lunes por la mañana ^^ Besos a todos!

Capítulo 28 Fin de curso.

Scorpius se reunió con sus amigos al día siguiente, en el desayuno, y nada más entrar supo que algo había cambiado. Los rostros de los Slytherin resplandecían; eran los segundos, no los últimos, y uno de los suyos le había salvado la vida a un Gryffindor. Que probaran los leones a meterse con ellos ahora. Les faltaba tiempo para preguntarles, con voz cargada de censura, si es que odiaban a Urien Sutherland, o si se creían que sólo ellos podían salvar gente, o para decirles que Sutherland no parecía odiar mucho a los Slytherin cuando estaba dejando que uno de ellos le salvara la vida. La moral de la Casa no había estado tan alta en todo el curso, y si a Albus parecía incomodarle un poco el caluroso recibimiento de los Gryffindor, él estaba encantado sabiendo que hasta los alumnos más mayores de su Casa lo miraban con auténtico y visible respeto.

Las clases también habían cambiado. Slughorn había empezado a hacerse el simpático con él –no tanto como con el pobre Albus, que tenía que aguantarlo encima a todas horas, pidiéndole que acudiera a sus reuniones del Club de Eminencias, pero ya no lo ignoraba-, Longbottom le dejó en paz y no le quitó ningún punto y algunos profesores que le habían estado ignorando hasta le sonrieron o le felicitaron. Watson intentó congraciarse con él; Scorpius bufó con incredulidad ante su atrevimiento, lo miró de arriba abajo y le contestó con voz cruel que a él lo habrían dejado al alcance de los dementores por traidor.

-Yo no soy un traidor –se defendió.

-Sí que lo eres, eres la mascota de los Gryffindor. Por mí ya puedes ir a besarle el culo a James Potter; en Slytherin no te quiere nadie, patético.

Ver cómo Watson se marchaba llorando no era un espectáculo nuevo, pero siempre resultaba entretenido.

-Vete y no vuelvas –dijo Damon, riendo burlonamente.

-Qué cara más dura –dijo Morrigan, con desprecio-. Con todo lo que nos ha dicho a lo largo del curso…

Todos sus amigos pensaban que era como diez veces mejor que el Chico-que-vivió, cosa que le encantaba. Aunque Damon estaba un poco indignado porque había tenido su aventura con Albus, y no con él. Scorpius le juró que no había sido nada planeado y que intentaría tener una aventura con él cuando estuvieran en segundo; sin embargo, no pudo dejar de pensar que si él hubiera estado con Damon, Urien probablemente sería una manchita en el suelo. La idea de cargar con él había sido de Albus, no suya, y Scorpius estaba bastante seguro de que Damon tampoco habría sentido el impulso de arriesgar su vida para salvar la de un niño al que realmente no conocía de nada.

El clan Weasley también había decidido dejarlo tranquilo aquellos últimos días; saliendo de la biblioteca estuvo a punto de chocar contra Michael Weasley y éste no le había dicho ni una palabra. Victoire se lo había cruzado media docena de veces por los pasillos y no le había quitado ningún punto. Y aunque seguía encontrando algo en los ojos de James Potter que no terminaba de gustarle, mientras no se metiera con él o con sus amigos, podía seguir mirándole como le diera la gana. El simple hecho de poder pasear por los pasillos sin necesidad de ir con todos sus sentidos alertas era ya más que suficiente.

Y tal y como imaginaba, no pasaba nada si saludaba a Albus al entrar a Pociones o si él decía alguna tontería en Cuidado de Criaturas Mágicas y Albus contestaba con otra tontería mayor. No podían actuar como dos amigos de verdad, pero sí podían tratarse como dos compañeros de clase que no estuvieran obligados o destinados a odiarse, igual que podían hablar con un Ravenclaw o con un Hufflepuff. Scorpius no se dio cuenta hasta entonces de la tensión extra que había supuesto evitar cuidadosamente mirar a Albus durante las clases que compartían. Dejar de hacerlo era un descanso tan grande como poder bajar la guardia en los pasillos.

El último día del curso, las clases terminaron después del almuerzo y poco después, las calificaciones aparecieron en los tablones de anuncios. Scorpius corrió a leer las suyas, colándose sin demasiada dificultad entre alumnos más mayores y en cuanto las vio empezó a dar saltos de alegría. Había quedado primero en Vuelo y en Defensa, aunque en esta última compartía el primer puesto con el propio Albus. Era el tercero en Encantamientos, Pociones y en Cuidado de Criaturas Mágicas, el cuarto en Transformaciones e Historia de la Magia y el quinto en Estudios Muggles y Astronomía. En Herbología sólo había conseguido un aprobado justito, pero contaba con ello y no le importó demasiado. Lo que sí importaba era que sus padres iban a ponerse tan contentos que seguro que le compraban la mejor escoba de quidditch que hubiera en el mercado.

Britney también destacaba entre los Slytherin, y Morrigan, Damon, Cecily y Hector habían hecho un papel aceptable, sin suspender ninguna. Diana las había aprobado casi todas, excepto Herbología y Encantamientos. En primero y segundo, los suspensos se compensaban con trabajos especiales durante el verano, así que al año siguiente seguiría yendo a las mismas clases que ella. Watson también había suspendido dos, Defensa y Transformaciones. Scorpius se habría alegrado si eso no hubiera significado menos puntos para Slytherin.

Allí estaban todas las notas de los alumnos de primero, así que Scorpius pudo ver también las de Albus. Además de en Defensa, había quedado primero en Encantamientos y estaba entre los cinco mejores de todas las asignaturas, excepto en Astronomía, donde había quedado el sexto. A Scorpius le hizo gracia ver que su prima Rose, aunque lo había hecho bastante bien, no había sacado tan buenas notas como ellos dos; se creía muy lista, pero él no pensaba que lo fuera tanto. También se fijó en las de Urien, sin preguntarse por qué. Había quedado el sexto en Defensa y sus otras notas tampoco eran malas. Por su parte, aquel completo idiota de Paltry había aprobado Herbología, Estudios Muggles, Criaturas Mágicas y Vuelo –y en los tres primeros casos, Scorpius estaba convencido de que lo habían aprobado por pena- y había suspendido todas las demás.

Después del té, Scorpius y Albus se escaparon un momento para encontrarse en las caballerizas y recoger las cosas que habían ido dejando allí a lo largo de los últimos meses. Habían llevado ya hasta una manta, para cuando el frío era demasiado intenso. Algunas cosas, como los naipes y el ajedrez, eran fáciles de llevar de nuevo a la Sala Común. Otras, no tanto.

-¿Sabes qué? Podría llevárselo todo a Hagrid –propuso Albus, cuando estuvo todo recogido-. Él puede guardárnoslo todo para el año que viene y no hará preguntas.

-Si crees que es seguro…

-Claro.

Albus miró a su alrededor y Scorpius hizo lo mismo. Aquel pequeño altillo se veía de pronto demasiado vacío y era extraño porque a la vez estaba también lleno de buenos recuerdos. Se lo había pasado en grande con sus compañeros, pero esos momentos con Albus tenían algo especial. Quería tener la certeza de que el año siguiente seguirían encontrándose allí.

-En septiembre volveremos a organizarlo todo –le dijo a Albus, solemnemente.

Él le sonrió.

-Hecho.


Aquella noche, el Gran Comedor estaba engalanado con los colores de Gryffindor, el ganador de las Copas de las Casas. Muchos Slytherin hacían comentarios despectivos sobre ello, pero Scorpius también notaba que estaban orgullosos del segundo puesto que habían conseguido cuando todos les daban ya por últimos. A Scorpius no le hacía demasiada gracia tampoco que Gryffindor quedara en primer lugar porque James y los demás no hacían más que pavonearse, pero tenía que alegrarse por Albus, que aquella noche no podía sonreír más.

Oh, ojalá Albus hubiera sido Sorteado en Slytherin… Con doscientos puntos habrían quedado los primeros y además podrían sentarse juntos en clase, en las comidas, y dormir en la misma habitación.

La profesora McGonagall se puso en pie y comenzó su discurso de fin de curso. Primero expresó su esperanza en que no olvidaran todo lo aprendido durante el curso y después pidió un aplauso de despedida para la profesora Daskalova, que ya no volvería después del verano. Scorpius se preguntó a quién pondrían en su lugar. Daskalova había sido bastante justa con ellos después de todo y no quería que contrataran a algún tipo como Longbottom.

-En cuanto a los puntos, en cuarto lugar tenemos a Ravenclaw con trescientos doce puntos. –Todos empezaron a aplaudir cortésmente, aunque los Ravenclaw no parecían muy contentos con su posición-. En tercer lugar, con trescientos veintidós puntos, Hufflepuff.

Todos aplaudieron de nuevo. Hufflepuff había conseguido cincuenta de esos puntos con sus dos victorias al quidditch.

-En segundo lugar, con trescientos cincuenta y tres puntos, Slytherin –continuó McGonagall.

Los Slytherin rompieron en aplausos, pero, para sorpresa de Scorpius, no eran los únicos. Mucha gente de las otras Casas, incluso de Gryffindor, estaban aplaudiendo y la mayoría de ellos le estaban mirando a él mientras lo hacían.

-Bien hecho, Scorpius –le felicitó su prima.

-Y podríamos haber sido los primeros –dijo Damon, lanzándole una mirada de animosidad a Longbottom.

La profesora McGonagall hizo un ademán con las manos pidiendo silencio.

-Y en primer lugar, con cuatrocientos ochenta puntos, ¡Gryffindor!

Esta vez fueron ellos quienes se pusieron a aplaudir y a lanzar vítores. Después de haber recibido felicitaciones de la mesa de Gryffindor, Scorpius se sentía obligado a devolver el gesto. No era el único; la mayoría de los Slytherin aplaudieron también, con más o menos desgana. Daba un poco de rabia ver tan contenta a gente que le caía tan mal, aunque se alegrara mucho por Albus. Había que verlo, sonriendo de oreja a oreja, felicitando y siendo felicitado. Sí, sólo por eso podía alegrarse. Y cuando Albus le buscó con la mirada, Scorpius le dedicó una sonrisa fugaz y le guiñó el ojo. Porque los amigos eran los amigos y eso estaba por encima de las Casas.


-Vacaciones –decía Amal, sonriente, paladeando cada sílaba. Aquella era una especie de tradición que había empezado en Navidad-. Coca-Cola. Ordenador. Fútbol. Consola.

Después de varias horas de viaje, el tren empezaba a acercarse a las afueras de Londres. Albus estaba impaciente por llegar a casa y disfrutar de dos meses de absoluta libertad, por ver a su familia. Aunque aquel año… al final aquel año había estado genial.

-Puedes traerte Coca-Colas a Hogwarts el año que viene –propuso Rose, sonriente.

-Ya lo veo el curso que viene subiendo al tren un carrito de supermercado lleno de latas y botellas –se rió Albus.

-Me haría rico vendiéndoselas a los otros chicos de origen muggle. Hogwarts es lo mejor, en serio, pero ¿por qué en el mundo mágico no puede haber Coca-Cola? ¿Cómo puede ser algo mágico si no hay Coca-Cola?

Albus intercambió una mirada divertida con su prima.

-Suenas como uno de esos anuncios de la televisión –le dijo a Amal.

Camilla, la amiga de Rose, hizo un mohín.

-Jo, ahora me apetece una y ni siquiera sé a que saben.

La conversación continuó entre risas y bromas; pronto empezaron a oír ruido de puertas corredizas y de gente en los pasillos. Los alumnos estaban ya preparándose para la entrada en la estación. Ellos se levantaron también, cogieron sus maletas y baúles y abrieron la puerta de su compartimento justo cuando el tren se detenía en King's Cross. Había una riada de estudiantes en los pasillos, molestándose mutuamente con el equipaje, quejándose, chillando y riendo, mientras trataban de acercarse a las puertas. Albus miró a ver si veía a Diana Goyle –no tenía sentido tratar de buscar directamente a Scorpius porque los dos seguían siendo los niños más bajitos de Hogwarts- y como no la vio, supuso que seguirían en su compartimento o incluso en otro vagón. Le había parecido ver a Scorpius por allí, cargando con la jaula de su gato, cuando subían todos al tren en Hogsmeade, pero quizás había tenido que irse a otro.

-¡Albus! ¡Rose! –les gritó una de las gemelas desde la otra punta del pasillo-. ¿Lleváis todas vuestras cosas?

Ellos asintieron y trataron de abrirse hueco entre los demás. Todos tenían prisa por salir y chillaban si veían a sus padres por alguna ventana. Albus se dejó llevar por la corriente y cuando llegó a la puerta, bajó del tren intentando no perder el equilibrio por los empujones. El alboroto era absoluto y Albus se puso de puntillas y alargó el cuello, intentando encontrar a sus padres.

-¿Los ves? –dijo Rose, que había bajado justo detrás de él.

-No.

Los niños que bajaban tras ellos les empujaban hacia delante. Albus se giró, aún pendiente de echarle un último vistazo a Scorpius antes de irse. Entonces lo vio, aún dentro del tren y asomado con su prima y su amigo Damon a una de las ventanas. Scorpius le vio también, le sonrió y le hizo un fugaz gesto de despedida con la mano.

-¡Allí están! –exclamó Rose, dándole un pequeño codazo.

Albus los vio también; estaban juntos y les hacían señales con la mano. Victoire, las gemelas y Michael ya estaban allí, saludando a todo el mundo. Albus y Rose se colaron como pudieron entre la gente y consiguieron llegar hasta sus padres. Su madre lo estrujó con fuerza, diciendo algo sobre los dementores y lo loco que estaba, el susto que se había llevado al oír lo que había pasado y lo orgullosa que se sentía de él. Albus sonreía cuando se separó de ella.

-Estoy bien.

Entonces abrazó a su padre, y a todos sus tíos. James llegó poco después, seguido de Fred y se unieron a la avalancha de saludos, abrazos y preguntas sobre el curso y las notas. Albus se despidió por última vez de Amal con promesas de escribirse y verse aquel verano, le echó un último vistazo a Scorpius –que ya estaba acercándose a sus padres- y se marchó de la estación con su familia, dispuesto a disfrutar de las bien merecidas vacaciones.


Era extraño, pensó Draco, observando a Scorpius parlotear alegremente mientras se iban a la salida del andén. No había cambiado, no más de lo que lo había hecho después de ese primer trimestre en Hogwarts, cuando había dejado de ser realmente un niño. No andaba de manera diferente, ni hablaba de manera diferente ni se movía de manera diferente. Quizás era su propia mirada la que había cambiado, la que observaba a aquel niño rubio, sangre de su sangre, carne de su carne, con una sensación de maravilla e incredulidad aún mayor que la que había experimentado al verlo por primera vez, pequeño y vulnerable en brazos de su madre.

Scorpius había conseguido ganarse el respeto de sus compañeros de casa, quizás de gran parte de Hogwarts, sin apelar a la pureza de sangre, ni al patrimonio familiar, ni a una posición que ya no tenían. Scorpius le había vencido a los once años. Podría haber dolido, como le dolía siempre que le recordaban todos sus fracasos, si no hubiera sido porque también lo sentía como un triunfo.

-… y yo, la verdad, me habría ido corriendo, pero ese idiota de Potter estaba ahí, con ese pobre chico colgando de la ventana, y no sé, no podía dejarlos ahí y que los dementorizaran, ¿no?

Había estado contentando a las preguntas curiosas de Daphne y Theo, pero al llegar a ese punto miró a Draco, esperando claramente su opinión. Draco, que se había quedado absorto en sus cosas y no se lo esperaba, se rehizo lo mejor que pudo y esbozó una sonrisa de aprobación.

-Bueno, no me gustaría que lo tomaras como costumbre, porque nos diste a todos un susto de muerte, pero no me cabe duda de que les has demostrado unas cuantas cosas sobre los Slytherin y sobre los Malfoy, ¿no es cierto?

Scorpius le respondió con una sonrisa radiante, justamente satisfecho consigo mismo, y Draco se encontró sintiéndose casi agradecido, porque a pesar de todo, su hijo aún pensaba que su opinión era importante.

Él, Astoria y los niños se fueron a Malfoy manor, donde sus abuelos les esperaban con una estupenda merienda, y allí Scorpius volvió a contar la historia de los dementores y cómo había conseguido que Slytherin quedara en segundo lugar, y no en el último. Draco estuvo callado casi todo el rato, observándole, pensando en todas las diferencias que había entre ellos, en lo que cada uno había conseguido en su primer año en Hogwarts. ¿Cómo habría sido su vida si sus padres le hubieran educado de otra forma? Él había sido probablemente el primer niño mágico con el que Potter había hablado; de otra manera, ¿habrían podido ser amigos? ¿Disfrutaría ahora de la misma gloria que Weasley y los demás?

Pero no era la primera vez que Draco pensaba "y si..." y conocía la trampa que encerraba. Podría haberse convertido en un héroe, pero también podría haber muerto en la batalla. Podría haberse encontrado cara a cara con su padre. Y aunque hubiera sobrevivido, su vida habría seguido un camino distinto y probablemente no se habría casado con Astoria y entonces ni Scorpius ni Cassandra habrían nacido y él no quería imaginar una vida en la que ellos tres no estuvieran. Los "y si…" no valían de nada.

Astoria se sentó junto a él y puso su mano sobre la suya, entrelazando los dedos.

-¿Estás bien? –dijo, en voz baja-. Estás muy callado.

Draco asintió.

-Estoy bien.

Astoria se quedó callada unos segundos, mirando también a Scorpius; después se inclinó de nuevo sobre Draco y apoyó ligeramente la cabeza en su hombro.

-Podríamos haberlos educado de muchas maneras distintas, Draco –dijo entonces, también en voz baja, llena de afecto-. Puede que no supieras hacerlo tan bien como él en Hogwarts, pero... Scorpius es la prueba de que como padre, no podrías haberlo hecho mejor.

Draco la miró, súbitamente conmovido, hallando una paz que no esperaba en sus palabras. Ella sonrió, le acarició la mejilla y se quedó recostada contra él. Mientras Scorpius seguía explicando por qué estaba absolutamente convencido de que iba a ser el próximo Buscador de Slytherin, Draco decidió que el futuro de los Malfoy estaba en buenas manos, después de todo.

Fin.