Hey!

Hemos empezado de nuevo ya que nos habíamos estancado en el último capítulo, lo veíamos bastante mal hecho para nuestro 'talento' y por eso lo colgaremos de nuevo: capítulos más largos y retocados (en la estructura). Si tardamos lo sentimos. Gracias.


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Dis. twilinght no es nuestro, que pena...


Prefácio

El pasado carecía ya de importancia -era solamente una puerta cerrada, imposible de retroceder y volver a experimentar todo aquello que nos hizo ser quienes somos- salvo por el hecho de que había sido éste quien nos condujo al presente.

El presente era terriblemente incierto, un lugar de terrores y dudas, inquietante.

Pero el futuro estaba ahí para despejar aquellos temores y hacer soportables el pasado y el presente. Era un lugar donde toda la gente deposita siempre sus esperanzas y sus sueños con la fe de que algun día se cumplan.

Sin embargo, el futuro estaba totalmente fuera de nuestro alcance.

Todavía me preguntó como llegué aquí. ¿No debería estar muerta, debajo de una lápida aguardando inconscientemente que los gusanos se comiesen mi cadáver mientras yo viajaba plácidamente por el tan conocido sendero de luz a un lugar que llaman el paraiso? Creí que después de tanto tiempo, diez apocalípticos años, podría ser feliz.

Al menos esperaba tener una vida corta y plena, o quizá una existéncia monótona como cualquier otra persona. Ya sabes, viajar aquí y allá haciendo mi trabajo por dinero y cuando me casase tirarme un tiempo sin mover un solo dedo. Tener noches apasionadas con mi marido perfecto y sorprenderme gratamente cuando empiece a tener vómitos por las mañanas descubriendo así que estaba a nueve meses de ser madre. Dedicarme con total adoración y amor a mis hijos mientras los veía crecer e ir al colegio más caro posible, o por lo menos, tenerlos en casa sabiendo que estaban siendo bien educados. Ponerme nostálgica al verlos ya que me recordaban a mi de pequeña, y llorar tontamente pensando que mis bebés estaban creciendo y que pronto se irían de casa como lo había hecho yo.

Pero como siempre, nada salió como lo había esperado. Debo decir que Edward tampoco era el típico hombre mediocre y desconocido que se dedica a hacer papeleo y cuando regresa bebe para celebrar que todavía no le han despedido.

En realidad, no era el marido que yo había esperado resignada, pensando que no podía aspirar a más. O que mi madre había soñado para mi, con la certeza que comería todos los días y que viviría una existencia llena de lujos. No, nada fue como lo habíamos planeado. Más, él era, verdaderamente, mi alma gemela.

Pero quizá será mejor que empiece por el principio...


Capítulo 1

The closer I get to you

Cada día pasaba exactamente de la misma forma. Cuando se alzaba el amanecer mi criada me levantaba, dejaba mi delicioso y exquisito desayuno en la mesa de madera caoba, que mi madre compró expresamente para mi habitación, y se iba recordándome respetuosamente, sin hacer contacto visual, que mi institutriz me estaba esperando en el estudio. Hoy no iba a ser diferente.

Pasé horas encerrada en el estudio, soportando con exasperación la voz irritante de mi institutriz, que me dictaba como tenía que comportarme cada vez que hacía algo fuera de lugar. La paciencia nunca fue uno de mis puntos fuertes. Cuando sonó el gran relog, que marcaba la una del mediodía, literalmente, me enfrasqué en una carrera hacía el comedor dejando a la señora Banner con la palabra en la boca.

Mi madre y elegante modelo de perfección: cabello castaño ondulado, ojos azul cielo y cuerpo esbelto; Renée Joyce Swan, ya estaba sentada en la mesa con Ángela sirviendo su plato.

-Llegas temprano, querida. ¿Pasó algo con la señora Banner?-preguntó sin desviar la vista del libro que estaba leyendo-.

-No, en realidad todo está perfecto-vi como me miraba de reojo así que añadí con sarcasmo-, tan perfecto como es posible.

Suspiró. Cerró el libro pulcramente justo en el momento en que apareció mi padre. Charles Alexander Swan era un hombre apuesto: cabello oscuro y rizado, ojos color chocolate con leche y buen porte. Tanto él como mi madre poseían una alta posición social, en Washintong y en otros estados. Charles, o Charlie como suelo llamarlo en privado, trabaja en el parlamento y además es un importante empresario ganador de fortunas. Sin embargo Renée, sin preocupaciones economicas y con un exceso de tiempo libre, empezó a escribir una saga de novelas románticas que solo pueden permitirse las personas adineradas y con alto nivel cultural.

Y yo, la única hija de una de las famílias más ricas de Washington. Mi nombre es Isabella Marie Swan, aunque me gusta Bella. Tengo 16 años, nací en 1845, y llevo toda la vida viviendo aquí. Me considero una persona normal: pelo caoba ondulado hasta la cintura, ojos chocolate y cuerpo fino pero femenino. En resumen, mi vida es espantosamente corriente y falta de intensidad. ¿No era eso todo lo que el mundo quiere?

-Ah, mis dos mujeres-dijo Charlie alegremente, sentándose en la punta de la mesa-. ¿Habéis tenido una buena mañana?

-Claro, Charles, querido...-ignoré la conversación que habían iniciado y, deliberadamente, empecé a comer dándole una sonrisa a Ángela.

-¿Sabes, Bella, hija mía? El señor Cheney al fin a propuesto a la señorita Weber, así que, el último domingo de este mes, ambos se desposarán y partirán hacía un pueblecillo llamado Forks -comentó Charlie con voz alegre y extrovertida, algo extraño en él-. Tendré que buscarte un nuevo acompañante, Bella.

Sonreí sin mucho entusiasmo, no me molestaba que Ángela se casara sino que, no me gustó el tono que empleó mi padre en la palabra acompañante. Supuse, como siempre, que él se encargaría de todo el alboroto mientras que mi madre y yo trabajaríamos felizmente en el asunto peliagudo de la boda. Boda...

Todavía recuerdo el rostro sonrojado de mi amiga cuando escuchó su nombre en nuestra conversación. Ella, que era mi 'haya' personal, me conocía lo sufiente como para notar mi desagrado en cuanto a conseguir un nuevo ayudante. No obstante, la felicité y la bendecí con mis mejores deseos.

Intenté mantener la compostura y ser una dama de una definitiva vez, sin embargo, ese reto se vio aplazado cuando vi entrar por la puerta al hombre que marcaría mi destino. Era rubio, con cara aniñada y ojos azul cielo. Sus ropas eran un desastre, parecía que no se había bañado en siglos y posiblemente fuera así. Mi padre mantenía la vista posada en nuestro mayordomo, el señor Yorkie, quien hablaba calladamente con Erik -su hijo- y demandaba información sobre el recién llegado.

-Bella, cariño, el es Mike Newton y, cuando Ángela se marche con el señor Cheney, estará encargado de todas tus peticiones -me explicó Charles, entonces se giró para mirar a Mike y continuó hablando-. Esta semana la señorita Weber te explicará como hacer tus tareas y después empezarás tu solo. Recuerda tratar bien a mi hija, solo tengo una.

Me guiñó un ojo y luego salió de la entrada. No le dió tiempo, y gracias a Dios, no vio mi cara de horror. ¿Desde cuando una dama tenía como ayudante a un hombre? Ah, claro, yo no era una dama. Miré desconfiadamente a el señor Newton, me devolvió la mirada y me sonrió bobamente. Utilicé toda mi voluntad para no crispar mi cara en una mueca de asco. ¿Quién se creía que era?

Y así fueron pasando los días, la primera semana fue la mejor de todas -Ángela todavía estaba en la casa-, pero luego, una vez solos, se prendió la llama de la tortura. Mike era un total bobalicón, mandándome sonrisas y miradas insinuantes, que cargaban mi paciencia y hacían cada vez más estrecho mi límite. Justo cuando me acostaba por las noches se acababa mi cúmulo de serenidad, y el muy desgraciado tenía la suerte de no estar presente cuando empezaba a despotricar contra él. Como ayer.

Me encontraba yo sentada en una de mis butacas de cuero rojo de mi habitación, leyendo uno de mis libros mientras ignoraba olímpicamente la palabrería del señor Newton. Pero entonces, después de media hora, se colmó el vaso.

-¿Señorita Swan, no querrá que le prepare un té? -dejé que hablara y pasé la página con rápidez- ¿Le gustaría que le preparara un baño caliente?

Sentí como la sangre seguía su camino hacía mi frente en un ritmo más rápido de lo normal, calentándome las mejillas a su paso y haciéndome sentir la tensión especial que solo experimentas cuando estas cerca del desmayo.

-¿Mike? -esperé que contestara, pues hoy le había dedicado una de mis mejores voces.- ¿Escuchas algo?

-...-me miró sin comprender y luego frunció las cejas mientras se esforzaba por escuchar alguna cosa.- No, no escucho nada.

-Eso se llama silencio -le sonreí con sarcasmo y me perdí otra vez en mi lectura, no sin antes contestar-. Gracias.

Los días pasaron un poco más tranquilos y el pesado de Newton rebajó su idiotez a un nivel aceptable. No era compatible con mi personalidad pero era lo bastante soportable como para salir por la ciudad con él. ¡No me malinterpreteis! Nunca quise ir con Mike pero mi padre, que ya había suplantado a Ángela de su cargo, se emperró a que me acompañase. Mejor dicho, me prohibió salir sola si no iba con un hombre...Newton no era ni un bebé, todavía estaba a la altura de feto.

El caso es que, paseando por las calles del mercado, vi a la señorita Stanley. Una de las más cotillas de la ciudad, pero ni siquiera se fijó en mi ni en mi acompañante pues tenía los ojos pegados a un costado. Junto a ella había un hombre, no tenía apariencia rica pero él era perfectamente un ángel. Pelo cobrizo y rebelde, ojos verdes de intenso esmeralda, mandíbula fuerta y masculina y el cuerpo de un Dios Griego.

Entonces, por casualidad, sus ojos fueron a parar en los mios. Sentí una conexión, me sentí deslumbrada y poco lúcida. Mi cuerpo parecía gravitar hacía él aunque mis piernas temblaban violentamente bajo mi vestido celeste. Era absolutamente incapaz de moverme, parecía estar en un estado de shock o coma, en una visión demasiado fantástica. Pero de nuevo, el inútil de Newton, me devolvió a la realidad.

-¡Edward! -gritó Mike con entusiasmo, corrió con grandes zancadas y yo no tuve más remedio que seguirle.- ¡Cuánto tiempo sin verte!

-¿Mike? -su voz era de terciopelo, musical como el fluir del mar. Estaba anonadada.- Hace 4 años que no te veía. ¿Cómo has estado?

-Bien, bien. Te presento a la señorita Swan -entonces Edward cogió mi mano delicadamente y la llevó a sus labios. Fue un roce ligero pero basto para hacerme sonrojar sutilmente y aumentar el ritmo de mi corazón-. Trabajo para ella, soy su ayudante.

-Encantado de conocerla, señorita Swan -una extraña sombre pasó por sus ojos pero decidí no preguntar.

No sabía que más decir, ¿que se supone que debes contestar cuando te encuentras alguien tan angelical? Me supo como un balde de agua fría o un trago amargo tener que vivir con la certeza de que una amistad con Edward sería fatal. Así que, ignorando la palabrería de Jesica, seguí a Mike que me guiaba hacía mi destino. No sin antes girarme y observar por última vez esos ojos verdes y relucientes que a su vez también observaban los mios con curiosidad e interés.

Esperé a que la señorita Stanley bajará por las grandes escaleras. Siempre más arreglada que de costumbre. Todavía no sabía como había aceptado tan alegremente su propuesta de volver al mercado, sabiendo que ella quería lucir a su nuevo criado, alardeando de tener mucho dinero. El caso es que solo había pensado en unos ojos marrones cuando asentí.

Y es que parece como una eternidad desde que la vi con el idiota de Newton. No supe porqué, pero al ver que era su acompañante sentí un enorme fuego recorriendo mi espina dorsal. Tenía que arrancarlo de su lado. Desde siempre Mike había sido uno de mis mejores amigos, si es posible para un esclavo huérfano tener amigos. Algo similar, diría.

-Edward, vamos -Jessica me reclamó cuando llegó al pie de las escaleras y movía inútilmente su abanico de seda rosa. Se podía ver claramente que hoy no habría ni un atisbo de calor-.

-Sí, señorita Stanley.

Sujeté la puerta para ella y salí con prisa, cada vez más impaciente por llegar a la calle definitiva. Pero cuando llegamos no vi a nadie especial, no la vi a ella. Solo vi una cabellera rubia y puntiaguda que suponía debía ser de Mike. Llevaba un sobre de papel marfil y parecía bastante distraído pero atareado. Entonces nos vió.

-¡Edward! -se abalanzó corriendo hacía nosotros y, a grandes zancadas, acortó el espacio hasta apoyarse en sus rodillas y jadear de cansancio- Tengo algo importante para la familia Stanley.

Jessica lo miró de arriba a abajo y pareció darle un aprobado, se acercó insinuante y tomó una tarjeta muy elegante con bordeados dorados y marfiles. La leyó curiosamente y entrecerró los ojos con rabia. ¿Qué sería? Ni idea.

El camino a casa fue bastante largo, no podía quitarme de la cabeza esos ojos marrones que me atormentaban incluso en mis sueños. Era como una pesadilla pero sin una trama de horror. Ese pequeño papel con aspecto lujoso resultó ser una invitación al cumpleaños de la señora Swan, que celebraba una fiesta en tres días por todo lo alto.

Los momentos antes de la gran noche fueron un sopor, ir con la señorita Stanley de compras era un suplício. Derrochaba más de lo que tenía y dolía enormemente verla comprar vestidos que solo se pondría una sola vez cuando yo no tenía ni un céntimo.

Y entonces llegó el momento de alistarse, y como no, Jessica pasó horas y horas frente al tocador, quejándose ridículamente sobre su peinado o su maquillaje. Hubo un momento en que vi lo poco decorosa que era.

Me encontraba yo colocando unos nuevos estantes en el vestidor cuando apareció la señorita Jessica, semidesnuda, y con una toalla en las manos; estaba frotándose el cabello.

-¡Ah! Edward -exclamó con voz tremendamente chillona e inconfundible. Luego se tapó-, no sabía que estabas aquí.

-Lo siento, señorita Stanley -miré hacía el suelo y me mordí el labio en un intento de acallar mis risas. Sabía perfectamente que iba a colocarle su nuevo estante, esa misma mañana su padre me lo ordenó frente toda la família-. Ya me voy.

Salí sin mirar atrás, me había librado de acabar la tarea y encima ahora tenía una excusa para escapar de la pesada niña de la casa. Y eso pasó. Luego, después de muchos gritos e insultos por parte de Jessica, bajo por las escaleras hecha un cuadro.

Lucía un vestido de un lila rosado, con los ombros cubiertos pero el cuello expuesto. El escote era como un ovalo tumbado, algo ortopédico. Y se apretaba con demasiada fuerza desde los pechos hacía las caderas con un fruncido poco natural, hasta rozar el suelo. Su pelo estaba recogido en rizos oscuros y su flequillo se estiraba como un tupé bien sujeto. El maquillaje era cargado, labios rojos y un sonrojado rojo excesivo, sus ojos con sombras lilas parecían más pequeños de lo que eran.

Rápidamente se encaminó hacía el brazo de su padre, mirándome provocativamente. Quizá quería que le diera una salva de aplausos. ¡Ha! Sonreí cortésmente y le pasé su peludo abrigo.

-Tenga, a lo mejor tendrá frío -sonreí sin malicia pese que eran otras cosas las que tenía ganas de decirle. Lo único que tenía en mente era volver a ver a Bella.

-Gracias. -sonrió con desagrado al ver que yo no estaba para nada deslumbrado con sus encantos.

No tardamos mucho en llegar aunque pensé que la mansión se había quedado bastante lejos. La casa de los Swan era diez veces mejor que la de los Stanley. Supongo que por eso Jessica era tan celosa con la señorita Bella.

Era enorme, aunque tan solo tenía tres plantas era grandiosa y muy larga. El color era de un toque piedra y color madera, con algun destello dorado en la entrada. El jardín a su alrededor era perfecto y encima del porche, había un enorme balcón con barandas blancas y glamurosas, como sacadas de película.

Lo mejor, pero, estaba dentro. Las dos puertas de roble que daban la bienvenida a los invitados dejaba ver una enorme escalera central con barandas de porcelana y toques dorados. Sin embargo, no pude observar nada más cuando apareció ella, bajando las escaleras como una princesa.

Su vestido era blanco rosado, femenino pero no cargado ni horripilante como el de Jessica. Sus ombros también estaban cubiertos y su cuello también estaba descubierto, aunque el escote era cuadrado. Bajo el pecho tenía una cinta de encaje rosa que realzaba el busto y, éste estaba cubierto por un pequeño fruncido elegante. El resto caía suavemente hacía el suelo y marcaba sus curvas en los lugares precisos. Su cabello era sencillo pero hermoso, dejado caer sutilmente en ondas caobas por la espalda con unos cuantos mechones recogidos en un pequeño moño trás la cabeza. El maquillaje era escaso, sombra rosa sobre sus bellos párpados y un tono rosado en los labios. Aun así, estaba perfecta.

La noche pasó sin sobresaltos y la señorita Swan no se movió de su silla en todo el evento. Hasta que desapareció por una de las puertas. Y yo la seguí.

Vi que estaba recostada en un balcón de la parte trasera de la mansión, completamente ausente e ignorante de mi presencia. Decidí hacerme notar.

-Hola, señorita Swan -llamé con voz queda pues se había vuelto a mirarme y estaba hipnotizado con sus profundos ojos marrones.-. Buenas noches.

-Ah, Edward, ¿no? -sonrió angelicalmente y se volteó con rapidez hacía el jardín, dejándome totalmente paralizado por su belleza.- ¿No tendrías que estar con Jessica? Apuesto a que tendrá mucho frío cuando decida dejar de obsequiarnos con su presencia.

Me reí. Era exactamente lo mismo que había pensado al verla bajar por las escaleras de su casa. Suspiré y me acerqué con precaución hasta su lado, incapaz de estar a menos de dos metros de su ser. Me sintió. No dijo nada.

-¿Conoce mucho a Mike? -pregunté esperanzado por escuchar su dulce voz. Estaba tan desesperado que incluso hablaría del idiota de Newton.

-La verdad es que no mucho -calló e hizo una mueca graciosa.-. Me irrita, ¡pero no se lo digas por favor!

-Yo no podría traicionar su confianza, señorita Swan -llevé las manos a mi pecho, evitando que se fueran hacía ella.-. Sé que no me conoce y que no significo nada para usted, más que un simple trabajador, pero quiero que sepa que yo soy una tumba.

Sonrió y rió musicalmente, entonces se giró para enfrentarme y se dejó caer hasta el suelo. Sé sentó y me contempló con ojos desafiantes y divertidos. Me senté junto a ella cuando vi su ademán de invitación.

-Supongo que si eres una tumba, podrás guardar mi historia en secreto, ¿no? -comenzó con picardía y serenidad.- Primero de todo, puedes llamarme Bella, tenemos la misma edad.

-Yo no podría tutearla, señorita, va contra las normas -iba a seguir hablando pero me interrumpió.

-Entonces te lo ordeno. No vuelvas a llamarme señorita Swan, ni señorita Isabella -sonreí dispuesto a llamarla señorita Bella, pero me volvió a cortar, inclinándose hacía mí-. No me llames señorita Bella.

-De acuerdo Bella, usted gana -rodó los ojos pero esperó a que finalizara la oración.-. En cambio, llámeme Edward. A su servicio -le guiñé un ojo amigablemente.

-¿Quieres escuchar mi historia, Edward? -dijo con voz repentinamente triste- Puedo asegurarte que no es interesante, pero si lo fuera no sería yo quien te la contara. Mi vida está hecha para ser aburrida, un hecho poco importante y común como la vida de otras mil personas más. Sin embargo, hoy fue el zenit de mi existencia. ¿Sabías que mi madre me ha prometido al señor Austin?

No podía esperar nada más de mi madre, no podía quejarme cuando se le iluminó la cara, pensando que aceptaría con una sonrisa en los labios...Empezaré por el principio. Yo nací aquí en Washintong y siempre supe que pasaría toda mi vida aquí, también. Esperaba que el día final no llegara tan pronto pero, ¿cómo pensaba casarme con más de 16 años? Estaría loca de remate si no supiese que mis padres han retrasado lo inevitable.

Esta tarde, durante la preparación de la fiesta, vi como un desconocido carruaje se paraba frente a la puerta de casa. Desconocido para mí, ya que luego comprendí que mis padres habían estado firmando acuerdos con la família que pronto será igual la mía. Me senté despechada y traicionada. ¡Incluso llegué a pensar en la huida como un posible método de libertad a semejente atrocidad!

Odio el compromiso. Odio las bodas. Y más si es la mía. Fui incapaz de mantener una sonrisa durante la boda de Ángela, mi mejor y fiel amiga. Creo que lloraré cuando diga el sí, quiero.

No pude evitar ver el movimiento de sus labios mientras hablaba con dolor. Sus muecas, sus ojos brillantes que amenazaban con colmar de lágrimas. Incluso sus cejas, cuando se contraían o fruncían para expresar la dificultad de sus pensamientos.

En ese momento supe, mientras veía como se llevaba las manos al rostro, que estaba completamente enamorado de Bella Swan.

Había sido una noche larga pero maravillosa. Hablar con Edward fue como si hubiese despejado mi alma y borrado todos mis pecados. Me sentía reconfortada. Era imposible no mirar esos ojos verdes suyos y notar un brillo peculiar, que atrae como las abejas a la miel. Yo era una de esas tontas abejas.

Me encontraba contándole mis penas a un perfecto extraño y, cuando me di cuenta de mi osadía, dejé de hablar tan repentinamente como si me hubiesen abofeteado. Me sonrojé. Por alguna extraña razón cada vez nos fuimos acercando el uno al otro y fue inevitable que no surgiese una electrica corriente entre ambos.

De pronto, el compromiso dejó de tener sentido y mis penas se ventilaron como si nada, quedando nosotros solos. Observé como miraba mis labios, tentado de hacer lo impensable. Eso estaba prohibido entre nosotros por mucho que lo desearamos. ¡Y cuánto lo deseaba yo!

Por un momento rezé porque se olvidase de nuestras diferencias y acercara sus labios a los mios, que me besara apasionadamente pues no sabía cuando nos íbamos a volver a ver. Quise que me apretara fuerte entre sus brazos y que me jurara en vano que siempre estaríamos juntos, aunque fuese una simple ilusión.

Y solo esos sentimientos, esa anticipación, me aterrorizó. ¡Mi vida ya estaba hecha, yo no tenía las riendas de ese caballo indomable! Sin embargo, me sobrecogió la valentía, fúrica al entender que mis voluntades no servían de nada. Y entonces le besé.

No fue suave, no cerré los ojos mientras le rodeé con los brazos el cuello. Le cogí de su hermoso pelo bronce y apreté mi boca a la suya, atemorizada de perder esa repentina valentía que me invadía y arrepentirme en un segundo de lo que estaba haciendo.

Nos abrazamos cuando el beso se tornó desesperado. Edward me sujetaba tan fuerte contra su pecho que perdí el aliento. Empecé a llorar cuando me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Que me había enamorado sin tan solo quererlo y que no podía amar a quien no debía, no podía estar con él.

Sabía que viviría una vida de amargura si no paraba a mis padres con el asunto del compromiso y la boda. Sabía que todo era muy arriesgado, que no conocía a Edward salvo hace apenas unos días y que no nos aceptarían juntos nunca como pareja, menos como amantes. No sabía si después de todo acabaría con el corazón roto.

La noche se arruinó por completo cuando escuchamos el fuerte andar inconfundible de Jessica, que venía a destrozarme mi poca felicidad. Como siempre.

Al cabo de una semana, me desperté con los susurros enfadados de Mike, algo sobre que Jessica había secuestrado a su amigo en su propia casa. Deducí repentinamente que se trataba de Edward, y sin quererlo di un suspiro soñador. Mike se alertó.

-Señorita Isabella, buenos días -sonrió con frustración y dejó de recoger mis vestidos-. Su madre ordenó que bajara inmediatamente, la señorita Rosalie Hale la espera en el salón. Por cierto, sus vestidos deben llegar en unos minutos. Ya se los colocaré cuando arriben.

¡Rosalie! Mi mejor amiga desde la infancia, además de Ángela. Bajé corriendo las escaleras y entre sin llamar al salón, hacía más de 6 meses que no la había visto por Washintong. Había viajado hacía Rochester, con ganas de fiesta y de aventura en la ciudad, pues aquí decía que no había ningún sobresalto.

-¡Bella, amiga mía! -nos abrazamos y saltamos como dos crías pequeñas, luego la miré. Su pelo rubio dorado había crecido hasta las caderas y sus ojos azules brillaban con emoción. Incluso parecía centímetros más alta que yo.- Renée me ha contado lo de Ángela y también lo de ese tal Newton. Espero que te trate como te mereces, hermana. Tío Carlisle da recuerdos, se que no le conoces pero le he hablado tanto de ti que...Por cierto, ¿de verdad estás prometida? Cuéntamelo todo ahora mismo.

Nos pasamos los brazos por la cintura y subimos alegremente las escaleras, con ganas de una gran charla con té y galletas. Miré a Rosalie con complicidad, tenía que contarle algo bastante importante. Tenía que hablarle de Edward. Cruzamos el umbral de la puerta y la cerré, no sin antes mirar dentro y fuera de la habitación.

-¿Y bien, qué es eso tan importante que mueres por contarme? -murmuró Rosalie mientras se sentaba en una de las butacas de piel junto la mesa caoba.

-Vieja amiga, tengo que contarte algo muy especial, demasiado personal -susurré mientras me sentaba cerca de ella, no queriendo alzar la voz algo más-. Mi madre diría que he pecado y, según nuestra regia educación, yo también lo diría.

Rosalie alzó sus cejas y me miró inquisitivamente. Rodó sus ojos en un gesto molesto y se llevó un mechón rubio tras las orejas.

-¿No habrás dado eso más sagrado, Bella? -preguntó Rose, aunque supe que en realidad a ella no le parecía tan grave como a mí.

-Algo así...-escuché un extraño ruido tras de mí, miré a mi amiga pero ni siquiera e inmutó, así que debí imaginarlo-. No se que me pasa pero cada vez que le veo siento una corriente, como si fluyera a través de mí.

-¿Y quién es el afortunado hombre, hermana?-preguntó Rose inclinándose hacía mí, repentinamente absorbida en mi historia.

-Se llama Edward. Edward Masen -sonreí al recordar su hermosa cara-.

-Entonces, ¿qué es lo que te inquieta?

-El trabaja para los Stanley, es el Mike de Jessica -susurré sintiendo unas enormes ganas de llorar.

-Oh.

Pasamos rato hablando, le conté las otros veces que había visto a Edward. Siempre acudía a mi balcón, esperando esperanzado que le abriera mi ventana. Y cada noche nos tumbábamos en mi alcoba, en los brazos del otro. Entonces se iba una vez que caía rendida en su pecho.

Rosalie miró la hora en el gran reloj dorado, entonces se alarmó y, de un salto, se puso en pie. Hasta ahora no nos habíamos dado cuenta de lo tarde y oscuro que era. Agarró su abrigo de latón y se lo puso apresuradamente, mientras gritaba por el pasillo.

-¡Adiós Bella! ¡cojo prestado uno de tu caballos, ya sabes, saldré por la parte de atrás sino quieres que mi padre me mate! -se despidió agitando una mano y sin mirarme mientras cruzaba las escaleras entre zancadas.

Regresé a mi habitación y miré por la ventana, hacía el paisaje negro y frío. Busqué a Rose entre las sombras aunque me supo imposible, así que deducí, cuando escuché el caballo relinchar en su cuadra, que ya se encontraba galopando de vuelta a casa.

Suspiré y caminé hacía el cuarto de baño, cerrando la puerta tras de mi. Dejé que corriera el agua pero entonces me di cuenta que no tenía la ropa conmigo. Fui al vestidor y me sorprendí gratamente al ver que todas mis cosas estaban de vuelta en sus estantes. Sin embargo, no recordaba haberlas visto antes de mi charla con Rosalie. Tampoco me di cuenta, en ese momento, de los guantes mugrosos de Mike. Me encogí de hombros y cogí el primero a la vista.

Pronto se desencadenaría el horror y todavía no lo sabía.


Tenemos que decir que cada capítulo contiene varios POV pero son entendibles y no hace falta especificar quien habla (asi habrá más misterio!) También hemos cambiado el título ya no nos convencía, ahora se llamará "Amor de Ensueño".

R&R !

Lady VK