Título:

Tu nombre en el viento

¡Hace ya tanto tiempo! Te creí tan distante,

Tan perdida en el hondo sendero del olvido,

Y ha bastado este aroma en el aire dormido,

Y estas sombras profundas y este vago claror de la luna en creciente,

Para que yo te tienda mi alma

A través de todo…

(Manuel Magallanes Moure)

Desperté adolorida, acalambrada y muy, muy triste. La pena se había apoderado de mí con solo abrir los ojos. Mi habitación estaba vacía. Y como si algo muy pesado se sentara encima mío, sentí la soledad invadiendo mi cuerpo hasta hacer estragos con mi alma. La soledad, que tanto me gustaba, ahora sólo me aterraba. No podía moverme. Vi mi pierna enyesada, respiraba con dificultad y en mi brazo una aterradora aguja me impedía moverme con libertad. Miré a mi alrededor, claramente estaba en un hospital aunque no me di cuenta de ello sino hasta que levanté la mirada. Estaba muy confundida y no recordaba cómo había llegado allí. Sentía que acababa de despertar de un sueño profundo, de esos con sueños de colores, de los que no quieres despertar y a los que nunca vuelves por más que lo intentes.

Miré la ventana con desagrado. La persiana dejaba entrar mucha luz y esta empezaba a marearme. Cerré los ojos. Una risa casi diabólica me estremeció apareciendo de repente en mis pensamientos. Sólo veía sombras, escuchaba esa risa y como el viento, un susurro que, con una dulce voz, acariciaba mi nombre.

Abrí los ojos nuevamente y las voces desaparecieron. Hice ademán de sacarme la intravenosa, pues ya tenía la mitad de brazo morado, cuando entró una enfermera.

-¿Cómo te sientes cariño?-me preguntó.

-Bien-acarició mi frente y extrañé a mi madre.

Como si la llamara con el pensamiento cuando la enfermera ya se iba apareció Renée con un vaso en la mano.

-¡Bella despertaste!

Asentí con la cabeza ante aquella obviedad.

-¿Qué me pasó mamá?

-Te caíste de las escaleras de un hotel camino a Phoenix. Te rompiste un pie y una par de costillas.

-Oh-si, bueno, siempre me caía. Aún cuando no existiera obstáculo alguno. Mis pies simplemente estaban mal diseñados y por ende pésimamente sincronizados. Conmigo no resultaba eso del "paso a pasito". Paso a pasito, paso a pasito, paso al suelo.

Pero no recordaba nada.

-Por los calmantes-respondió mi madre cuando le pregunté al respecto.

-¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí?

-Sólo una semana más. Llamé a Charlie y ya viene a verte. Le pedí que trajera todas tus cosas. No se lo tomó muy bien-comentó en tono confidente.

-¿Qué cosa?

-El que vuelvas a vivir conmigo. En casa.

-Pero mamá, tu recién te casaste. Necesitas tiempo para ti y yo estoy perfectamente en Forks.-¿cierto?

-¿Y por qué volvías a Phoenix, entonces?

-No lo se. No lo recuerdo.

Volví a mi casa. Entré en mi habitación. Parecía como si nunca la hubiera dejado y, sin embargo, ¡cuanto tiempo había pasado! Según mamá habían sido cerca de seis meses. Yo no…no recordaba casi nada de aquellos meses en Forks.

Según el doctor, un tipo de lo más lúgubre, debido al trauma tanto del accidente como del golpe, mi cabeza se había defendido borrando casi completamente los últimos meses de mi vida.

Recordaba por qué había ido a Foks, que había bajado del avión y que Charlie me esperaba en la radiopatrulla. Pero, ¿y todo lo demás?

Suspiré cansada pues el esfuerzo hacía que me doliera la cabeza. El médico también había dicho que no me preocupara mucho al respecto que los recuerdos volverían solos, eventualmente.

-¡¿Eventualmente?!

-Si, con el tiempo. No debes forzar la memoria. Ella poco a poco irá hilando las imágenes perdidas y recuperarás todo aquello que sea vital.

-¿Y el resto?

-Nunca se sabe con la memoria-dijo restándole importancia-pero considéralo una segunda oportunidad. Un comenzar de cero.

Bajé las escaleras y me encontré con Phil, quién diciendo:

-Campeona, saliste airosa de esta batalla.-chifló-¡Cielos chica, eres de hierro!.-desapareció con la sección de deportes bajo el brazo. Phil acababa de firmar con los Suns y dentro de poco partirían hacia Jacksonville.

Con mi madre habíamos, por fin, intercambiado los papeles. Se comportaba como toda una madre responsable y en extremo pendiente de mi comodidad. Hacía de todo para mantenerme contenta y lograr así que yo me fuera con ella hacia donde fuera que iban a irse. Pero yo, con el paso de los días, comprendí que mis sentimientos hacia aquélla casa ya no eran los de antes. Ya no podía llamarla hogar.

Me devolví, en medio de las escaleras, camino a mi cuarto con la sensación de que olvidaba algo. Hice lo que tantas otras veces había hecho desde que llegué del hospital. Revisé todas las cosas que había mandado Charlie una y otra vez. No me convencía, sentía que algo faltaba. Y lo extrañaba. Pero como siempre estaba todo ahí. Todo lo que había empacado para irme a Forks sin pensar que volvería tan luego.

Abrí una ventana, me sentía ahogada y hacía mucho calor. El aire tibio y la humedad hicieron que me sintiera atrapada, enjaulada. Presa fácil de la melancolía. Aunque no supiera por qué. Supuse que por mi condición era normal estar confundida y con el recuerdo, siempre, en la punta de la lengua sin poder retenerlo o revivirlo.

Aún así, no llevaba más de diez días con mamá y ya no aguantaba más.

-Todo aquello que sea vital-me había dicho el doctor. Ciertamente sentía que había perdido algo de suma importancia para seguir viviendo.