Cuatro Paredes

Tres paredes rodean el escenario. La cuarta pared, el 'agujero negro', es el constante desafío de quienes se atreven a poner sus pies sobre las tablas y se permiten hablar con el lenguaje corporal. Hermione y Ron no saben que, mientras trabajan en un nuevo proyecto para el taller del Instituto al que asisten, le dan libre albedrío a la maraña de sentimientos que tienen por el otro. Con la complicidad de sus amigos Harry y Ginny, lograrán mostrar algo más que simple y pura sensualidad.


5. Ensayos

-Levántate, Ron.

-No quiero.

-¡Tienes que ir a clases!

-Me haré pasar por enfermo.

-¿Y pasarás del examen de Historia del Arte?

-Lárgate ya.

-Levántate, Ronald Billius Weasley, o te vaciaré la jarra de agua en la cabeza.

-Atrévete.

Harry se quitó los anteojos y se dejó caer sentado en la cama, apretándose el puente de la nariz entre los dedos índice y pulgar. Ron estaba acostado sobre el pecho, todavía en pijama, con la cabeza enterrada bajo la almohada y los brazos sobre ésta. Su amigo sabía que estaba completamente despierto –de hecho, sabía que casi no había dormido en toda la noche-, y hasta comprendía, en parte, la razón de su rabieta. Pero no podía volverse su niñero personal justo ahora que tenían que asistir a un examen, en menos de veinte minutos.

-Mira Ron, no soy tu madre. No tengo paciencia ni patria potestad sobre ti. Si no me importaras, te dejaría hacer lo que se te venga en gana. Pero me importas, porque somos amigos. Y sé que te arrepentirás si no sales de esa cama en menos de cinco minutos y te preparas para ir a clase.

El pelirrojo se quitó la almohada de la cabeza para mirar a su amigo con una expresión torturada y enferma, aunque, físicamente hablando, se encontraba en perfecto estado. Lo que estaba mal era su estado anímico. 'Mal' era decir poco. Estaba pésimo.

-Me arrepentiré si sigo tu consejo y salgo de este maldito cuarto.

-¿Podrías dejar de actuar como un crío? –preguntó Harry, hastiado.

-¿Podrías decirle a la Tierra que deje de rotar?

-Es bueno saber que todavía te queda algo de sarcasmo. –comentó el moreno sin sonreír. –Pero no te hice una pregunta retórica. Te lo estoy pidiendo de verdad. Compórtate, Ron, sé un hombre. Ponle el pecho a las balas, hermano, por el amor de Dios.

Habían pasado tres días desde el incidente con Hermione, la renuncia de Neville y la pelea con Ginny. Tres días, setenta y dos tortuosas horas. Y ahora todo era tan distinto a como había sido alguna vez, que Ron simplemente no podía terminar de comprender lo que estaba pasando dentro y fuera de su cabeza.

Desde el primer día Hermione se había limitado a ignorarlo. Lo pasaba olímpicamente por alto, como si no fuera más que una columna o un adorno de mal gusto. No le dirigía la palabra en absoluto. No lo miraba, ni siquiera de reojo.

Él había intentado entablar una conversación, tratar de hacer que la relación que estaban perdiendo volviera a ser la de antes. Pero ella se veía decidida a hacer de cuenta que Ron no existía. Cuando le hablaba, miraba hacia otra parte. Podía mirarla fijo durante media hora sin que ella hiciera siquiera un amago de levantar la vista de su libro. Ron pasó todo el día en un estado de constante nerviosismo, hasta que el fin de las clases se anunció con una larga campanada y ella se despidió –de Harry y Ginny- hasta el día siguiente, diciendo que tenía muchas cosas por hacer. Entonces volvió a su habitación arrastrando los pies y se arrojó una vez más sobre la cama, cayendo en un estado crepuscular. ¿Jamás volvería a hablarle? ¿Su mejor amiga no iba a dirigirle la palabra nunca más?

El alba del segundo día lo encontró levantado. Harry se sorprendió de despertar por la mañana y ver a su amigo sentado en la cama, vestido y preparado para ir a clases, intercambiando sus trabajos de una carpeta a otra. Sabía que a Ron le era difícil hablar sobre lo que le preocupaba, por lo que no quiso molestarlo. Lo dejó pasar, sabiendo que de un momento a otro estallaría.

Al igual que el día anterior, Ron se pasó toda la mañana intentando, sin éxito, entablar una conversación con Hermione. Pero ella ni siquiera participaba en las conversaciones grupales en las que Ron se autoincluía. Harry se preguntó a sí mismo cuánto tiempo más serían capaces de soportar tratándose de esa manera, pero se llevó una sorpresa cuando, en un tenso momento de silencio durante el almuerzo, vio a Ginny sonreír con malicia pasando la mirada de uno a otro.

-¿Se puede saber qué fue lo que hiciste? –le preguntó Harry en un murmullo ahogado cuando iban saliendo del comedor, a cuatro pasos de distancia de los otros dos, que caminaban sin mirarse. Su novia se hizo la desentendida, mirándolo con falsa perplejidad. –Conozco esa mirada, Ginevra, a mi no me engañas.

-No sé de que me estás hablando, mi amor.

-Ginny… -la mirada de advertencia de Harry fue suficiente para que ella se encogiera de hombros, otra vez con un rastro de sonrisa maligna, y señalara a su amiga con un gesto de la cabeza.

-Yo no hice nada, ella tomó una decisión.

-¿Y por qué se supone que estás tan conforme con que esté pasando esto? Tú querías tanto como yo que ellos se dieran cuenta… -protestó Harry, pero Ginny no lo dejó terminar. Le dio un suave y casto beso en los labios para acallarlo.

-Deja que acaben esto a su manera, Harry. Eventualmente, si tiene que pasar, pasará. –sentenció, y se giró para tomar el pasillo de la izquierda, por donde se iba a su propia clase. El moreno tuvo que pasar un día de tenso silencio entre sus dos amigos, porque compartían casi todas las clases de la jornada. Y cuando le tocó estar a solas con Ron en un aula, él ni siquiera levantó la mirada de sus apuntes. Aquello era un verdadero dolor de cabeza.

El tercer día comenzó exactamente igual al anterior, exceptuando el incidente de la mañana. A Harry le costó convencer a Ron de que se levantara de una maldita vez y se alistara para ir a rendir su examen, pero se dio cuenta de que él seguía sin encontrar la manera de acercarse a Hermione, en gran parte porque ella no se lo permitía. Era evidente que comenzaba a desesperarse. Su compañero de cuarto lo escuchaba gemir entre sueños por la noche y lo encontraba ya despierto temprano en la mañana; pero seguía sin querer tocar el tema con nadie. Ese día Harry y Hermione llevarían a cabo el primer ensayo del proyecto del profesor Lupin, y fue entonces cuando él se dio cuenta de que Ron no era el único en un estado ciertamente deplorable.

Hermione era muy vivaz con todo lo relacionado al Instituto y se comprometía a fondo con todos y cada uno de los trabajos relacionados al teatro y la puesta escénica. Harry sabía que, estando juntos, la regla de oro era ensayar hasta que saliera perfecto. Pero después de una hora de improvisación de la escena, todavía con la canción tronándole en los oídos, se dio cuenta de que no avanzarían un solo paso mientras Hermione siguiera tan distraída. Era la primera vez que la veía tan desanimada al actuar. Sin decir nada, Harry alcanzó el equipo de música en mitad de la escena que estaban montando y lo apagó. Hermione tardó un momento en volver a la realidad.

-¿Qué sucede, Harry? ¿Qué está mal?

Su amigo se volteó a mirarla con actitud renuente y se acercó hasta ella, arrodillándose a su lado y tomándola de las manos.

-Tú eres la que está mal, Hermione. ¿Qué es lo que te pasa? Has estado muy ida todos estos días, no te veo concentrada…

En seguida notó cómo los ojos de ella se llenaban lentamente de lágrimas y ella no hacía nada por impedir que éstas fluyeran por sus mejillas con total libertad. Harry se incorporó un poco para atraerla hacia sí y abrazarla por los hombros, sentándose a su lado en la cama, apoyándole la cabeza en su pecho y arrullándola como a un niño. Aquel gesto le dio la confianza a Hermione para liberar todas las presiones que había tenido que soportar silenciosamente hasta ese momento, y lloró y lloró durante un tiempo que pareció eterno, hasta que por fin se calmó el tambor en su pecho y el temblor del resto de su cuerpo. Entonces se mordió el labio, se limpió las lágrimas y se incorporó para mirar a Harry a los ojos.

-Lo siento mucho, de verdad lo siento. –se disculpó, sacándose a manotazos el pelo de la cara. –Quiero hacer esto bien, quiero… no quiero arruinar tu trabajo…

-No se trata de eso, Mione. –replicó Harry severamente, apoyando sus manos en los hombros de ella y mirándola fijamente a la cara. –Se trata de ti. De ti y de Ron. Necesitas hablar de lo que pasó. –ella negó con la cabeza, cerrando los ojos para impedir que nuevas lágrimas le nublaran la vista. –¿Podrías al menos decirme por qué estás tan decidida a hacer de cuenta que ni siquiera existe?

-¿Y qué es lo que quieres que haga? –estalló ella, soltándose con violencia de él, poniéndose de pie y alejándose a zancadas. Se quedó de pie junto al escritorio de su habitación, donde estaban ensayando, y apoyó las manos en la pared para sostenerse. –No puedo permitirme volver a hablar con él… no quiero estar cerca suyo.

-¿Por qué no? Es evidente que esto no está haciéndote bien. –objetó él con el entrecejo fruncido.

-No… ahora mismo, no me hace bien. Pero terminaré acostumbrándome. Y entonces será más fácil para mí olvidarme… -no terminó la frase, cavilando en sus propias reflexiones. Harry comenzó a comprender, a su manera, lo que le pasaba. Pero supo que aquella no era la solución. Tendría que aportar su propio grano de arena para que ella comprendiera la dimensión de su determinación. Se puso de pie y caminó hasta ella para tomarla por los hombros otra vez y obligarla a enfrentarlo.

-Mírame, Hermione. –demandó, obligándola a levantar la vista. –Esto es ridículo. Ron y tú han sido los mejores amigos por mucho tiempo. Tu actitud sólo logra hacerte daño a ti misma, y también a él.

-¿A él? –replicó ella con incredulidad, entrecerrando los ojos. –Nada de esto debería dañarlo a él. Él no está ni cerca de pasar por lo que estoy pasando yo. No siente lo mismo.

-Eso es egoísta. –puntualizó Harry, frunciendo el ceño. –Estás regodeándote en tu propio dolor sin tener idea de lo que le pasa a él. –ella abrió la boca para protestar, pero él se adelantó. –Escucha, Hermione, míralo de esta forma. Imagina por un momento que no es a él a quien estás ignorando. Imagina que es a mí a quien le estás haciendo esto. ¿Cómo crees que me sentiría yo si mi amiga, mi mejor amiga desde hace seis años, hiciera de cuenta que ni siquiera existo? ¿Cómo crees que reaccionaría yo si tú dejaras de hablarme de un día para el otro?

-Yo jamás te haría algo así, Harry, sin importar el motivo por el que peleemos. –rebatió, decidida.

-Entonces, ¿por qué se lo estás haciendo a él? ¿Por qué te lo estás haciendo a ti?

Hermione abrió y cerró la boca varias veces, sin encontrar las palabras con las que defenderse.

-¿Lo ves ahora?

-No es lo mismo. Él no me quiere.

-No seas terca, Hermione. Tú no eres estúpida. Ron te quiere tanto o más que yo. ¿No te das cuenta? ¡Estás lastimándolo a él también con tu actitud! Son los mejores amigos, se necesitan el uno al otro. ¿O me vas a decir que no es por eso por lo que no puedes concentrarte ahora mismo?

-Si yo volviera a hablarle… si yo lo hiciera, no borraría lo que siento por él. Tú lo sabes, Harry, lo entiendes. –sollozó ella, mirándolo con intensidad a los ojos mientras se aferraba a las solapas de su camisa, como si no pudiera sostenerse sobre sí misma.

-Mira, Mione, yo sólo estoy intentando darte un consejo. Tú tómalo o déjalo. Replantéate si te conviene quererlo e ignorarlo, o quererlo y tenerlo a tu lado, como ha sido siempre.

-Está bien. –aceptó ella, rindiéndose. Dejó caer las manos a ambos costados del cuerpo y cerró los ojos, dando un largo suspiro. –Lo pensaré.

Sintió cómo Harry volvía a rodearla con sus fuertes brazos en un fraternal gesto de apoyo y comprensión, y se permitió inundarse de su afecto. Necesitaba ese gesto mucho más de lo que era capaz de admitir. No podía siquiera imaginar un mundo sin Harry y Ron siendo sus mejores amigos, apoyándola en sus momentos malos, acompañándola cuando era feliz. ¿Cómo iba a continuar ignorándolo, si pensaba en él a cada instante, si sabía que aquella actitud suya lo hacía sufrir, si lo quería tanto que casi dolía? Imposible. Iba a replantearse todas sus posibilidades y a empezar desde el principio.

oOoOo

-Esto es ridículo, Ginny. –protestó Ron con desgana cuando su hermana apagó la música que utilizarían para la puesta en escena. Se dejó caer en el borde del escenario en el que habían estado ensayando y se enterró los dedos en el desordenado cabello, suspirando. –No puedo hacerlo.

-Sí que puedes, y lo harás. –replicó la joven, enfadada, sentándose a su lado y abanicándose el rostro con ambas manos, perlado de sudor al igual que el de él. –Fuiste tú el que propuso que trabajáramos juntos. No te vas a echar atrás ahora.

-¿Pero es que no podías haber pensado en algo más sencillo? –reclamó sin mirarla. Ginny entornó los ojos con furia.

-¿¡Y por qué no te sentaste tú a pensar en una escena que transmita sensualidad!? ¿Tienes una idea mejor? ¡Adelante, soy toda oídos!

Ron sabía que su hermana tenía razón. Y también sabía que, por mucho que se exprimiera el cerebro, en ese momento no podía pensar en absolutamente nada. No le dijo nada, sino que se limitó a quedarse mirándola con los ojos vacíos, carentes de expresión. Ginny se mordió el labio inferior y pensó que su hermano ya había tenido castigo suficiente por los errores que había cometido, pero en verdad no tenía idea de cómo reparar lo que ella misma había comenzado. Sabía que parte de la culpa que Ron sentía recaía sobre ella, porque había sido quien incitó a Hermione a actuar como lo estaba haciendo ahora. Pero no podía ir corriendo a pedirle a su amiga que dejara de ignorar a su hermano, siendo que ella misma la había incitado a hacerlo; aunque tampoco podía continuar viendo como su hermano se hundía más y más en esa patética depresión silenciosa. Podían vivir peleando y gritándose el uno al otro, pero eran los más cercanos de todos los Weasley. Se llevaban poco más de un año y, por ser los menores de la familia, siempre se habían protegido el uno al otro, defendiéndose de las bromas de los gemelos y confiándose los secretos de la infancia. Lo quería demasiado como para no sentir como propia su agonía.

Este era el momento en el que comenzaba a pensar que se había equivocado al entrometerse en aquel asunto. Harry tenía razón, pensó, abatida, desviando la mirada para no prestar atención a las orbes azules de Ron, llenas de ansiedad. No debí haber dicho nada.

-No te enfades, enana, pero creo que será mejor que lo dejemos aquí por esta vez. –musitó Ron, sacándola de su ensimismamiento. Ginny asintió y se puso de pie, tendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse.

-¿Qué vas a hacer ahora? –inquirió, echando una ojeada rápida al reloj.

-¿Eh? –Ron miró a su hermana como sin comprender. –Bueno… no sé. Tal vez… -alzó una ceja con suspicacia, e inquirió- ¿por qué preguntas?

Ginny sabía que Ron evadía la pregunta porque no tenía absolutamente nada para hacer. Harry le había dicho que los dos últimos días se había pasado las tardes que no ensayaban tirado por ahí, pasando los canales en la televisión sin prestar verdadera atención a lo que veía. Había descuidado sus deberes y apenas había tenido concentración para sentarse a leer un poco antes del examen de Historia del Arte. Acababa de ocurrírsele una idea y sabía que Ron no iba a negarse.

-Bueno… hace mucho tiempo que no pasamos tiempo juntos, como lo hacíamos antes. –titubeó, tanteando el terreno. Ron levantó la vista y pudo ver un asomo de sonrisa sobre sus labios, aunque aquella mueca no le llegaba a los ojos. -¿Ocio a la Weasley?

-Está bien. –aceptó Ron tras pensarlo por un momento. No tenía nada mejor que hacer. De hecho, no tenía nada que hacer. Podía concederle ese deseo a su hermana. No estaría realmente allí de todos modos, así que daba igual lo que hiciera. No estaría en ninguna parte donde pusiera sus pies, porque los pensamientos acababan volando en una única dirección por mucho que intentara evitarlo.

-Genial, entonces. Iré a mi habitación a ducharme y pasaré por ti en media hora. –sonrió Ginny, dándole una palmada amistosa en el antebrazo antes de pasar junto a él para recoger el CD con una única pista del equipo de música. Se apresuró a quitarse los incómodos zapatos de tacón alto que se había puesto para el ensayo para ponerse sus propias zapatillas deportivas antes de salir corriendo, dejando a su hermano solo recogiendo las pocas cosas que habían llevado a la sala.

Cuando estuvo fuera, en el pasillo, recordó que ya había hecho planes para esa noche. Sin dejar de caminar apresuradamente por el corredor sacó su pequeño móvil del bolsillo y marcó el número que ya sabía de memoria.

-¿Diga?

-Harry, ¿dónde estás?

-Aquí, en tu habitación. Acabamos de terminar el ensayo con Hermione. ¿Pasó algo malo?

El tono de Harry sonaba preocupado.

-Oh, cierto, lo había olvidado. No, amor, todo está bien. ¿Podrías hacerme un favor?

-Claro, bonita. Dime de qué se trata.

-No podré salir contigo esta noche. Voy a ir a darle un poco de apoyo moral a Ron, tú sabes. Está muy deprimido, me exaspera verlo así. Así que toma a Hermione y ve a cenar con ella. Llévala al cine, también.

-Pero, Ginny…

-Hazme caso, Harry, todo estará bien. Ella necesita salir y despejarse un poco también. Intenta hablar con ella y solucionar este embrollo. Haz un esfuerzo, convéncela de que vuelva a hablarle a Ron. Yo estaré con mi hermano, haciendo lo mismo. ¿Podrías hacerlo por mí? ¿Por favor?

-Sí, está bien, lo haré. –dijo Harry tras un momento.

-No le digas a Hermione dónde voy a estar yo. Limítate a decirle que yo te planté, y llévatela pronto de mi habitación. Te quiero.

Y, sin esperar una respuesta, colgó. Tan pronto como guardó el teléfono en el bolsillo otra vez, volvió sobre sus pasos para subir por las escaleras de emergencia hacia su habitación y no tener que encontrarse frente a frente con su amiga y su novio. Esperaba que él fuera lo suficientemente rápido como para que, cuando llegara al pasillo, ya no hubiera nadie allí. Pero no tuvo tanta suerte. Cuando apenas estaba alcanzando el corredor escuchó la voz de Hermione preguntando a dónde iban.

-Deja de preguntar, Mione, no te lo diré. Es una sorpresa. –se oyó la voz de Harry, caminando hacia donde ella estaba escondida tras una columna.

-Diablos. –masculló, girándose otra vez y corriendo lo más silenciosamente que pudo escaleras abajo. Pasó por el descanso a toda velocidad y se escondió nuevamente al final del pasillo del piso inferior, donde no la verían ni por asomo. Esperó a escuchar sus pisadas alejarse hasta que decidió salir y correr de vuelta a su cuarto, aliviada de no haber sido descubierta. Cuando estaba cerrando la puerta tras de sí recibió un mensaje de texto de Harry:

Todo listo. No te atrevas a volver a dejarme con la palabra en la boca. Te quiero.

Riendo, se metió en el baño para tomar una rápida ducha y llegar a la habitación de los chicos antes de que Ron comenzara a deprimirse otra vez. Tendría que verlo con sus propios ojos para creerlo, porque era difícil imaginar a su hermano tendido en la cama, mirando el techo; aunque, por otro lado, aquella actitud no estaría muy lejos de la que había tenido a cada momento del día en las últimas setenta y dos horas.

Antes de salir, tomó al azar algunas de las películas de la estantería junto a su escritorio y encargó por teléfono una pizza para que enviaran a la habitación de Ron. Grande y sin anchoas, como a él le gustaban. Finalmente cerró con llave la puerta de la habitación detrás de sí y se encaminó al ala oeste del edificio, donde Ron ya estaría esperándola.

Eran contadas la cantidad de veces que había estado allí. Sólo en una ocasión en que Ron se enfermó del estómago y pasó dos días en cama, y una vez más cuando pasaron la navidad en el colegio, porque sus padres se habían ido a Rumania a visitar a su hermano Charlie. Era una habitación común y corriente, como la de cualquier otro estudiante de un Instituto de Arte, Diseño y Comunicaciones; amplia, con dos camas individuales, una ventana que daba al campus y dos escritorios enfrentados repletos de papeles y cosas de trabajo. Aún así se sorprendió cuando Ron le abrió la puerta y le permitió pasar con un gesto de la mano. Allí había algo diferente.

No recordaba que los trabajos de Ron estuvieran esparcidos por todas partes la última vez que había estado ahí. Sabía que a su hermano no le gustaba que todo el mundo viera sus obras de arte, aunque no encontraba razón para su vergüenza, porque no conocía a nadie que pintara tan bien como él. Su especialidad eran los retratos humanos. Ron le había pedido muchas veces a Ginny que posara para él, y ella había aceptado gustosa siempre y cuando le permitiera ver el trabajo terminado. Lo que no sabía, era que muchas veces Ron se dedicaba a retratar a las personas cuando éstas estaban completamente desprevenidas.

Sobre el escritorio, en la mesa de luz junto a la cama, desordenados sobre un caballete en el rincón, e incluso olvidados en el suelo, había una gran cantidad de dibujos. Casi todos eran retratos de personas que Ginny conocía muy bien. Sin decir nada, mientras Ron elegía una entre las películas que había traído, recorrió el cuarto mirándolos de cerca.

Los rostros de sus hermanos mayores, de sus padres, de Harry y de ella misma le devolvían la mirada desde diferentes escenarios. Los personajes más queridos en la historia de su hermano habían cobrado vida propia gracias a sus delicados y puntillosos trazos a lápiz y plumilla. Se sorprendió de ver la gran cantidad de dibujos, casi todos bocetos, en los que ella aparecía acompañada de Harry, íntimos y enamorados. La calidad de aquellas imágenes era tan asombrosa que daba la sensación de que se estaba entrometiendo en la intimidad de aquellos dos, aún sabiendo que era su propia intimidad la que estaba reflejada en esos papeles.

-Esto es… maravilloso. –dejó escapar con un suspiro cuando los hubo revisado todos detenidamente. Se giró hacia su hermano, que estaba poniendo la película elegida en su DVD, y preguntó: -Ron, ¿puedo quedarme con uno de éstos?

El muchacho se encogió de hombros.

-Puedes quedártelos todos. –replicó sin mirarla. Ginny frunció el ceño y paseó la mirada entre los dibujos y su hermano con gesto enfurruñado. ¿Cómo podían importarle tan poco aquellos dibujos tan hermosos? ¡Eran sus propias creaciones! Entonces escuchó detrás de sí a Ron cuando volvió a hablar, buscando el mando a distancia entre los cajones de su mesa de noche. –Tenía pensado tirarlos, ocupan mucho espacio. Pero si los quieres…

Indignada, Ginny se apresuró a recoger todos los dibujos en una sola pila y dejarlos junto a su bolso para llevárselos más tarde. No dijo nada, porque sabía que si abría la boca en aquel momento comenzaría una pelea que no deseaba provocar. Pero estaba decidida a colgarlos en su propio cuarto en cuanto volviera de su noche de 'Ocio a la Weasley', porque no iba a permitir que semejantes obras de arte acabaran como desperdicio en el cubo de basura. Sabía que había algo extraño en ellos, aunque no sabía exactamente qué cosa.

Ron acababa de darle play a la película y estaba haciéndole un gesto con la mano para que se acercara al sillón donde estaba sentado. Tendría que dejar el asunto de las pinturas para más tarde.