Tras el telón

por

Choco Menta

ACTO XXIV

"Duelo"


Escena I

-Shaoran-

—¿No te da miedo haber venido hasta aquí tú solo? —quiso saber Kurogane, en lo que fue su primer intento de conversación conmigo desde que yo había llegado al teatro.

Él bebía el contenido de una petaca que apestaba a whisky, aunque mi nariz no supiera reconocerlo todavía, mientras observaba a los actores moverse por el escenario bajo las órdenes de Fye. Yo, que me sentaba en la butaca anexa y vestía la holgada ropa que Kurogane me había regalado un par de semanas atrás, negué. Nuestra conversación, si es que podía catalogarse así, murió entonces, con un mudo ofrecimiento de la petaca por su parte y una muda aceptación por la mía.

Kurogane no podía confesarme, como lo haría Fye tiempo después, que estaba preocupado por el bienestar del niño más desamparado que había acogido el teatro hasta entonces. A su vez, yo tampoco podía confesarle a Kurogane que era incapaz de sentir nada en profundidad, así fuera miedo, ni siquiera en una situación tan alarmante como lo sería hallarme solo en un país extraño, rodeado de desconocidos con los que a duras penas sabía comunicarme.

En aquel momento, preferí confiar en que alguien como él me creyera valiente en lugar de explicarle que, desde que había abandonado China, lo único que me mantenía en pie era una inercia sin sentido, alentada por la novedad que suponía el teatro y el pequeño esfuerzo que éste requería por mi parte.

Todo aquello a lo que se había reducido mi mundo durante quince años de vida: ser un digno heredero antes de que mi padre se suicidara y, más tarde, concentrarme en mis estudios para rescatar a mi madre y mis hermanas de la pobreza, había desaparecido. Mi vida ya no tenía un propósito, aunque esto no era algo en lo que reparase conscientemente, ni algo que me obligara a llorar por las noches, acostado en el suelo de mi habitación del teatro, porque echara de menos mi hogar. Era algo que me volvía indiferente a todo cuanto existiera a mi alrededor; algo que me obligaba a observar sin interés en implicarme con nada, ni con nadie, mientras los días continuaban sucediéndose.

Me tomaría años, y unos cuantos problemas, entender que el propósito de mi vida no tenía por qué ser otra cosa que la misma supervivencia. Fue un cambio excesivamente gradual, que no tuvo su origen en la influencia de gente oportuna, como Fye, quien tanto me rescató de la calle como me colocó frente a las puertas del purgatorio, ni tampoco en la del mocoso sin nombre que me seguía a todas partes con la presunta misión de vigilarme. En retrospectiva, puedo ver ahora que la primera persona en lograr que yo interactuase con mi entorno, y en lograr que mi existencia se mezclara con la de otras personas, fue alguien, en apariencia, mucho más casual e insignificante que un director con ínfulas de líder sectario o un fantasma de la providencia.

Tomoyo Daidouji era una chiquilla lánguida y silenciosa, eternamente ignorada por el resto del elenco; la delicada muñeca de porcelana que espera sobre una repisa a que alguien se fije en ella. Siempre comedida en sus observaciones, impoluta y elegantemente vestida aun si era para ensayar entre las paredes húmedas de un teatro de cuarta, atenta y generosa incluso con quienes no sabían o no querían apreciarlo, y gran actriz según Fye aunque, fuera del escenario, no poseyera una personalidad avasalladora ni intentara destacar jamás en una conversación.

A pesar de ello, y de que solía mantenerse alejada de sus compañeros actores, Tomoyo se acercaba a mí de vez en cuando, quizá porque éramos nosotros los únicos niños del elenco, para preguntarme si me sentía cómodo o necesitaba ayuda. Y, a pesar de que yo siempre rechazaba sus ofertas, ella solía sentarse cerca de mí a repasar su guion o a leer algún libro, mientras yo me acostumbraba lentamente a su compañía y, con el paso del tiempo, empezaba a contestar a sus preguntas con algo más que monosílabos.

Fue Tomoyo quien me planteó los primeros retos, como ya no lo eran memorizar la fonética y la entonación de un par de frases para las obras (o incluso diálogos ajenos cuando me aburría demasiado), trayéndome los libros de cuentos que yo me entretendría traduciendo varias horas al día.

Fue gracias a ella que comencé a interesarme por la lectura de novelas y obras de teatro, tras una vida entera limitado a los libros necesarios para mis estudios y a los libros de Historia que leía por afición, descubriendo que no sólo era útil leer acerca de cosas que ocurrieran o hubieran ocurrido en la realidad.

La fantasía me aportó otro tipo de aprendizaje, indirecto, acerca de la humanidad, como quizá también se lo aportaba a Tomoyo. Me enseñó a desarrollar la psicología de mis personajes, por primera vez parándome a considerar que tuviesen una, más allá de lo que dijeran en determinados momentos, y a intentar comprenderlos antes de recitar sus líneas como un loro amaestrado. Me enseñó, incluso, a apreciar la atmósfera emocional de una escena, y la importancia de transmitirla tanto al público como a los propios actores en ella. Y, lo más importante: me enseñó a olvidar mis problemas en el mundo real, no sólo durante aquellas noches en las que me desvelaba intentando descifrar a Mary Shelley, sino también durante aquellas tardes en las que conversaba con Tomoyo sobre la última novela que había leído, inconsciente de que estaba hablando con ella como jamás lo había hecho con ninguna otra persona.

Amparado en mis descubrimientos, y en el hecho de que aprender japonés me ayudaría a cumplir las expectativas de Fye, a quien debía el techo sobre mi cabeza, le permití a Tomoyo acercarse en un plano mucho más íntimo del que requerían sus lecciones de japonés. Y, quizá porque a ella le divirtiera demasiado escucharme tartamudear mientras yo intentaba pensar en un idioma que no era el mío, o porque lo que disfrutaba era ver cómo me cambiaba el rostro de color siempre que sentía el suyo demasiado cerca, Tomoyo alentó mi imprudencia.

Así, nuestras conversaciones dejaron de limitarse a ortografía, sintaxis y novelas, y se llenaron de anécdotas y secretos que no compartíamos con nadie.

No me di cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que Fye me insinuó, de una forma tan clara que incluso un ignorante como yo logró entenderlo, lo que todo el mundo había notado ya.

Aunque mi experiencia en las tablas se redujera, por aquel entonces, a pequeños papeles secundarios en el mejor de los casos, y de que mi pronunciación del japonés necesitara más práctica de la que me habían otorgado los últimos meses, Fye me consideró a mí el candidato perfecto para representar a Romeo en su adaptación de Shakespeare. Su argumento, tan sencillo como que Tomoyo sería Julieta, no necesitó más justificaciones.

Las hubo, sin embargo:

—Creo que no te costará identificarte con Romeo en este momento —había dicho, con aquella sonrisa que tantas desgracias me traería a lo largo de los años—. Adolescente y enamorado, ¿qué más puedo pedir?

Durante varios días, me negué. No al papel protagónico, que acepté de inmediato y con cierto entusiasmo, sino a la repentina consciencia de que yo pudiera sentir algo más que un apego inocente por la primera amiga que tenía, cuando ni siquiera había considerado la posibilidad de que supiera enamorarme de alguien.

Todos mis esfuerzos fueron en vano cuando Tomoyo, en una licencia artística, hizo que Julieta tararease la melodía de Lilac Wine mientras cepillaba su larga cabellera negra frente a un tocador imaginario. A Fye le gustó tanto aquello que la escena se repitió en los sucesivos ensayos, con un tocador real después, y arrancó suspiros entre el público durante cada representación.

Sin embargo, nunca volvió a significar lo mismo para mí que esa primera vez, cuando al fin me permití a mí mismo rendirme a lo evidente.

Buenas noches, buenas noches. La despedida es tan dulce pena que diré buenas noches hasta que amanezca.

—¿Sigues despierto?

Su voz me obligó a apartar la vista del techo, llevándose consigo la imagen del teatro, el balcón y el vestido blanco de Julieta. Sakura estaba apoyada en el marco de la puerta, sin atreverse a entrar a la habitación. De su hombro colgaba el bolso cargado de libros que llevaba a la universidad, y sus manos estaban ocupadas sosteniendo un par de bolsas de plástico.

—¿Tienes hambre? —insistió, aun conociendo la respuesta—. Paré a comprar comida antes de venir, y también te traje una sorpresa. Iré a dejar esto a la cocina. Enseguida vuelvo.

La oí alejarse por el pasillo, lamentando saber que volvería porque yo mismo se lo había permitido, bajo la excusa de que no estuviera sola y encontrara en ello la oportunidad perfecta para hacerse daño. Siempre volvía, y seguiría haciéndolo. Al menos hasta el día en que, de pronto, decidiera lo contrario, del mismo modo en que Tomoyo lo había hecho, y entonces ya no volviese a verla. Al fin y al cabo, era yo quien siempre las elegía iguales: ponzoñosamente hermosas, insufriblemente tercas y absolutamente despiadadas.

Era cuestión de tiempo que me abandonara, pensé, una vez más perdido en la contemplación del techo, en donde el insomnio me permitía dibujar mis recuerdos como si de diapositivas se tratasen. Sólo necesitaba aguantar hasta entonces.

Escena II

-Sakura-

Mi mañana en la universidad estaba resultando particularmente infructuosa; patética aun dentro de los parámetros de la última semana, en la que me esforzaba por asistir a todas las clases pero no lograba concentrarme durante más de cinco minutos seguidos en ninguna.

Estaba triste, sí, y el recuerdo de Tomoyo me distraía a veces, cuando la costumbre me engañaba para hacerme creer que, en cuanto terminara mi última clase, podría ir a charlar con ella sobre los pormenores del día. Sin embargo, no era aquello lo que más me preocupaba, impidiéndome escuchar las explicaciones de los profesores o hacer algo aparte de tomar notas al azar como una autómata, esperando el momento en que al fin pudiera salir de allí y asegurarme de que Shaoran estaba bien.

En contra de mis miedos, yo misma me obligaba a dejarle solo cada mañana para poder cumplir con mis deberes rutinarios, pues sabía que lo último que necesitábamos ambos era que yo también perdiese el contacto con la realidad. Condenándome a una avalancha de dudas sobre su estado anímico y físico, e incluso sobre su paradero, que sólo remitía al volver a su apartamento y encontrarle postrado en cama.

Tras cuatro días, aún no había decidido si lo que más me aterraba era comprobar que no se había movido de su lecho, o la posibilidad de que se le ocurriera salir a la calle y volver a caer en un pozo demasiado profundo para que yo pudiera sacarlo. Imaginar de lo que era capaz, sin saberlo con certeza, me dejaba en un estado de ansiedad constante, bailando en la cuerda floja que se alzaba entre mi decisión de protegerlo a él y mi decisión de protegerme a mí.

Cuando lo que más necesitaba yo era esconderme, cuidar de Shaoran era un calvario tan grande que debía obligarme a soportarlo prácticamente a cada minuto que pasaba. Para mantener mi promesa a lo largo de los días, debí recordarme todas las veces en las que Shaoran había sido quien me ayudó a mí; luego, lo mucho que Tomoyo se preocupaba por él, y, por último, lo mucho que yo misma lo quería.

Pero mi voluntad siempre comenzaba a flaquear, y llegó un momento en el que nada de eso bastaría.

Entonces fue que abandoné la universidad a mitad de una clase, sin que nadie se atreviera a hacer preguntas. Al revisar mi teléfono descubrí un mensaje de Eriol, casi idéntico a los que me había enviado los días anteriores, para preguntarme si estaba bien y si necesitaba algo. Y, pese a que gran parte de mí deseó llamarle para que viniera a rescatarme del problema en el que me había metido, no lo hice. Le contesté con otro mensaje, asegurándole que me mantenía estable y aún dispuesta a acompañar a Shaoran durante su recuperación, y emprendí la marcha hacia el que quizá fuera, en este momento, el último rincón en Tomoeda capaz de mantenerme atada a mis principios.

Me costó encontrarlo, porque sólo había venido una vez y mi recuerdo más próximo se remitía a las ambiguas imágenes de un sueño. Cuando entré, no pude reconocer ninguna de las estanterías, así como tampoco la disposición de los demás muebles o el color de las paredes, llegando a creer que me había equivocado de farmacia al descubrir a un chico de mi edad al otro lado del mostrador.

Estaba a punto de marcharme para seguir buscando cuando un rostro conocido salió de la trastienda y, al verme, le ordenó al muchacho encargarse del recuento de inventario.

—Buenos días —me saludó quien, sin duda, era el mismo farmacéutico que recordaba haber visto no sólo aquella lejana tarde en la que acabé aquí por azares del destino para comprar una caja de Paracetamol, sino también en mi sueño de Tokio. El tal Kakei se mantenía tan lozano como en nuestro primer encuentro real, y durante el segundo, ficticio, sonriéndome con la cortesía de quien no había oído hablar de mí jamás—. ¿En qué puedo ayudarla?

—No es necesario que me trates de usted —le dije, acercándome al mostrador—. Al fin y al cabo, probablemente conozcas de sobra cada detalle de mi vida, al igual que el resto de personas en este pueblo, y yo vengo a buscar algo fuera de lo común. Algo que requiere cierta confianza.

—Ya veo. ¿Un encargo delicado?

—Una información delicada, que sin duda sabrás darme. Necesito saber si conoces a un amigo mío; Shaoran Li. —A la vez que Kakei me observaba en silencio, yo estiré el brazo para alcanzar el bol de cristal repleto de caramelos que había a mi derecha. Hundí mi mano en su interior, saqué un caramelo y lo desenvolví con calma mientras continuaba hablando—. No pretendo que me aclares en qué circunstancias le conociste, ni qué tratos tuviste con él ya que, si estoy en lo cierto, ni tú ni yo necesitamos esas aclaraciones. No tengo interés en indagar sobre esa parte de la historia, ni en hacer nada interesante con ella. No guardo ninguna relación con la policía, aunque conozco el camino hacia la comisaría más cercana. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Siempre me pareciste una chiquilla muy simpática —sonrió él, apoyándose sobre el mostrador—. ¿Puedo saber por qué necesitas preguntarme algo como eso, Sakura?

Me metí el caramelo en la boca, intentando adivinar algún tipo de intención oculta en Kakei más allá de simple precaución o curiosidad. No encontré nada. Y pensé que, si se tratase de algo que tuviese que ver conmigo, habría confiado en aquel hombre capaz de sonreírme amistosamente aun cuando yo lo estaba amenazando.

—No —dije, sin embargo, porque ignoraba en qué términos habría quedado su probable relación con Shaoran y yo no deseaba ponerlo a él en peligro—. ¿Le conoces?

—Le conozco —respondió Kakei en lo que, a esas alturas, fue para mí apenas una confirmación de lo obvio. Gracias a que me había guardado las manos en los bolsillos, pude cerrar los puños hasta sentir que se me enterraban las uñas en la piel sin que nadie más diera cuenta de ello—. Aunque hace años que no estamos en contacto. Lo llamaría para saber qué es de su vida si tuviese su número, pero jamás quiso dármelo. Tú siempre fuiste muy simpática, sí, y él un chico muy listo. ¿Sabes cómo está?

Hasta la más pequeña de las dudas se esfumó en aquel momento, sabiendo lo reacio que era Shaoran a dar su número a otras personas. Aunque a Kakei le hubiera parecido buena idea mentirme por diversión, asegurando conocerle, dudaba que un sexto sentido le hubiese llevado a inventar algo tan acertado como aquello.

—Shaoran está bien.

—Me alegro y le deseo lo mejor. Ahora, si me disculpas, debo seguir trabajando —añadió, señalando la puerta que daba al depósito—. Espero haberte ayudado con tus dudas. ¿Necesitas algo más?

Decidí hacer una pequeña compra a Kakei para compensar las molestias y, al salir de la farmacia, pasé por el supermercado que quedaba de camino al apartamento de Shaoran. Mientras rumiaba mi frustración, me abastecí con provisiones para varios días y esperé que, por primera vez, no fuera yo la única que iba a disfrutarlas.

Entré sin llamar, con las llaves que me llevaba cada vez que salía, y me dirigí a su habitación aún cargada de bolsas. Respiré hondo al comprobar que él seguía allí, al igual que durante los últimos días, aunque no me alivió el hecho de que estuviera tan despierto como lo había visto antes de irme a la universidad, y como lo había visto la noche pasada y todas las anteriores.

Fui a dejar las cosas en la cocina y, cuando regresé, lo hice llevándole su sorpresa. La había encontrado esa mañana, al pasar por mi casa para ir a buscar los libros que necesitaría en las clases del día y revisar el buzón de correos.

—¡Es de Meiling! —anuncié, intentando despertar en él un entusiasmo que no se traslucía en su mueca, ni en la desgana con la que se vio obligado a alzar el brazo para recibir la postal—. Ha llegado hoy. Seguramente no tendrá firma, pero eso es porque teme que mi hermano localice nuestra correspondencia.

Ansiosa, esperé a que Shaoran abriera el sobre y descubriera la postal que yo me había resistido a mirar durante toda la mañana para que él pudiera ser el primero en abrirla. Nunca antes me había atrevido a enseñarle las cartas que tenía de su prima, a sabiendas de lo mucho que él odiaba escarbar en su pasado o en el hecho de que Meiling y yo nos hubiéramos conocido por otra de esas casualidades, pero aún guardaba la esperanza de que éste fuera un buen momento para recordarle que no estaba tan solo como creía, y que al menos ella seguía viva y feliz en alguna playa del mundo.

Pese a todas mis expectativas, Shaoran se detuvo a mirar las palmeras en el frente y leer la dedicatoria en el anverso con el mismo interés que le habría dedicado a un folleto publicitario, antes de devolverme la postal metida en el sobre.

Esperé un amago de sonrisa, o un comentario al respecto, así fuera para quejarse de que yo no lo dejara olvidar a su familia en paz. Pero nada de esto llegó, porque nada parecía importarle ya, como había sabido demostrármelo durante todos los días que llevaba aquí encerrada con él.

Una de las cosas que más miedo me daban era su actitud respecto a la obra. No porque temiera que no fuese a estrenarse, cosa de la que incluso podría encargarme yo si fuese necesario, ni porque no la hubiéramos ensayado lo suficiente para que fuese el éxito que debía ser. Lo que me aterraba era su indiferencia, siendo Shaoran la persona terriblemente obsesiva, controladora y perfeccionista que era, en especial respecto a su trabajo.

—Necesitas levantarte —le dije, dejando la postal sobre la mesita junto a la cama, porque tampoco yo tenía ánimos para centrarme en ella—. Seguir con tu vida, igual que estoy intentando hacerlo yo. Llamar a los demás, reanudar los ensayos, obligarnos a recitar hasta que te odiemos. Si no lo haces, acabaré olvidando si debo levantar el brazo sesenta o sesenta y cinco grados durante la primera escena del tercer acto, y eso sería terrible —bromeé, pero no funcionó—. Por favor, Shaoran. Puedo encargarme yo de los ensayos de mañana, ¿qué te parece? Tú sólo tendrías que ir a mirar. Sentarte en una butaca y estar con nosotros. Haz lo que quieras y lo que puedas, pero no te quedes aquí revolcándote en tu miseria. Tomoyo no habría querido eso.

—Tomoyo está muerta, así que su opinión carece de importancia.

Tanto me alivió oír su voz, a pesar de lo que había dicho, que no pude evitar sonreírle. Llevaba días sin comunicarse conmigo más que mediante algún , algún no, varios déjame y otros gruñidos ininteligibles.

Sentí que había logrado arrastrarlo de vuelta hacia la orilla, momentáneamente al menos. Así que, para mantenerlo de este lado, le confesé algo que hasta entonces no estaba en mis planes:

—Vengo de visitar a Kakei. No ha cambiado mucho desde mi último sueño, y al parecer todavía se acuerda de ti. Me preguntó cómo estabas y yo tuve que mentirle un poco para no preocuparlo. Tal vez fue por algo parecido que me mentiste tú en Tokio cuando juraste no conocerle, ¿verdad?

Me dolió hablarle así, atacándole como no deseaba hacerlo, pero sabía que aquél era el precio a pagar por ver otra grieta en la coraza tras la que se había encerrado.

Ausente, sucio, insomne e inapetente, Shaoran era un animal enfermo que se había retirado del mundo para morir solo. Quizá en un sentido metafórico, quizá en uno literal; no había forma de que yo lo supiera. Sin embargo, a mí sus deseos me importaban muy poco. Iba a ser tan rastrera y egoísta como fuera necesario con tal de mantenerlo atado al mismo plano que yo, así fuera a abandonarlo después, porque necesitaba saber que él seguiría vivo y se daría otra oportunidad de salir adelante, con Tomoyo o sin ella, conmigo o sin mí, porque no soportaba la idea de verlo acabar convertido en un despojo humano a causa de nadie más.

Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, se fijaron en mí con algo que, por primera vez en varios días, se pareció a una emoción humana.

—Sigo creyendo que pensar en eso no va a ayudarnos —me dijo, tras deliberarlo consigo mismo durante mucho tiempo.

Siempre decidiéndolo todo en la intimidad de su mente. Nunca haciéndome partícipe siquiera de las cosas que nos concernían a ambos. Negando todos aquellos paralelismos aterradores en nuestras vidas sólo porque lo hacían sentir incómodo, e ignorando lo que no podíamos explicar.

Yo no comprendía mejor que él con qué propósito alguna fuerza mayor nos había obligado a encontrarnos, así como no comprendía por qué era capaz de ver fantasmas e incluso mantener amistades con ellos, o por qué tenía vívidas pesadillas sobre cosas de las que nadie me había hablado antes. Pero así sucedía, y yo necesitaba que toda esa mierda que nos caía encima empezara a servir para algo de una puta vez.

—Pues yo sigo creyendo que sí. Porque, aun si muchas de las cosas no ocurrieron de la forma en las que las soñé, otras sí lo hicieron. Tuviste esa moto, compraste heroína a Kakei, te prostituiste en los baños de un bar. Me habrías estafado por un par de dosis; me habrías robado y sacrificado toda nuestra relación por ello, desechándome como a una basura cualquiera con tal de colocarte un poco. Me habrías dejado salir por esa misma puerta —señalé en dirección a la entrada del apartamento, aunque no fuera visible desde este ángulo— y luego te habrías muerto aquí, tú solo. Pero ¿crees que voy a quererte menos sabiendo algo de eso? No, Shaoran. ¿Y sabes por qué? Porque entiendo perfectamente lo que eras. Porque yo era igual. Porque la Sakura de entonces se habría ido en cuanto tú la asustaras lo suficiente, encontrando en eso la excusa perfecta para alejarse de alguien que necesita su ayuda. Ella te lo habría consentido todo y después correría a esconderse, pero no es así ahora. Ahora sé que, si cometo un error, no tendré la suerte de despertar en Tokio y que todo haya sido una advertencia. Aunque no entienda de dónde vino, ni qué significa, no voy a ignorarla del mismo modo en que ignoré mis pesadillas sobre Tomoyo.

Me percatado un par de días después del funeral, cuando comencé a asimilarlo. Por supuesto, nada me aseguraba que aquellos sueños hubiesen significado algo más que simple preocupación, pues yo vivía bajo la amenaza de que mi amiga me abandonara y de que tras su secretismo se ocultaran graves problemas. No habían sido nunca más que imágenes inconexas; sensaciones. Miedo, angustia, dolor.

Pero aunque no recordaba con claridad nada de aquello, la boca me sabía a hiel cada vez que pensaba en lo obvio que había sido todo y en mi capacidad para ignorarlo, demasiado concentrada en protegerme de mis propios problemas.

—No sacaré una jeringa para pincharme en cuanto te vayas, ni me dará una puta sobredosis —resopló Shaoran, volviendo la vista al techo. Estaba tan destruido, y le molestaba tanto esta conversación, que ni siquiera era capaz de defenderse como lo habría hecho en cualquier otra circunstancia, arremetiendo contra mí con todos los trapos sucios que conocía—. Ya no soy esa persona.

—Tampoco yo soy la persona que te abandonaría cuando la necesitabas.

—Esperarás a que me recupere antes de hacerlo.

Su comentario no había sonado mordaz, ni tampoco como un lamento. Lo había dicho, simple y llanamente, como la cruda certeza que era para él aun cuando yo no estaba tan segura de ello. Sin embargo, así como yo era incapaz de considerar abandonarle mientras lo veía en estas condiciones, también era incapaz de prometerle que no lo haría en cuanto volviese a poder preocuparme por el futuro.

En lugar de confundirnos a ambos, decidí que estudiaría un rato. Luego, cocinaría e intentaría convencer a Shaoran de que comiera, aunque él dijera no tener hambre. Le propondría ver alguna película en mi portátil, escuchar alguno de sus discos en la sala o leer alguna de las novelas en su estantería. Me acostaría a su lado, le hablaría. Me acostaría sobre él, le susurraría todo tipo de ofertas sexuales al oído. Me pasearía desnuda por la habitación al salir de la ducha y rompería algo a propósito para ver si él se levantaba a castigarme. No me importaba haberlo intentado ya, ni haber fracasado cada una de esas veces.

Saqué un libro al azar de mi bolso y me senté contra el respaldo de la cama, dispuesta a concentrarme en cualquier otra cosa durante una hora o dos.

No pude hacerlo, porque su mano me buscó por primera vez en cuatro días. Fue una caricia inocente, que subió por mi muslo hasta dar con mi camisa para ponerse a jugar con ella, retorciendo la tela entre sus dedos. Una confesión muda en la que yo volvía a existir a su alrededor, y él aceptaba mi compañía.

Me bastaba.

Escena III

-Shaoran-

Regresábamos de casa de Tomoyo cuando se desató la tormenta. Esa tarde, ella me había invitado a escoger de su biblioteca un par de libros nuevos, aprovechando la ocasión para alimentarme con cuanta comida tenía en la despensa e intentando convencerme de que me llevase algo para cenar después.

La tromba de agua había empezado de forma tan repentina, y con tanta fuerza, que nos encontró totalmente indefensos. Yo resguardé los libros en el interior de mi chaqueta, abrazándolos para que no se mojaran, mientras luchaba por convencer a Tomoyo de acompañarla hasta la avenida en donde podría subirse a un taxi que la llevara a su casa. Pero, a pesar de mi insistencia, del frío que hacía y de lo empapada que estaba, no hubo forma de razonar con ella. Se había obsesionado con una idea: conocer el teatro como nunca antes lo había visto; oscuro, silencioso y vacío, como lo vivía yo cada noche desde mi llegada a Japón.

Su deseo no pudo ser cumplido de una forma más literal. Al llegar al teatro, tras una carrera en la que la ensordecedora lluvia apenas nos permitía ver a un par de metros de distancia, descubrimos que se había ido la luz. La tormenta habría dañado el tendido eléctrico, y éste no se repondría en varias horas.

Las risas divertidas de quien era, por aquel entonces, mi única amiga y amor platónico, fueron desvaneciéndose a medida que nos adentramos en el pasillo a oscuras. La sentí caminar arrimada a mi espalda durante todo el camino, confesándome en silencio que incluso la siempre madura Tomoyo era capaz de sentir miedo ante las cosas más inofensivas.

A esas alturas, yo conocía ya el teatro como la palma de mi mano, por lo que no tardé en conducirnos a ambos hasta mi habitación. Allí encendí la lámpara que alumbraba mis noches de insomnio, cada vez más frecuentes, y ésta me mostró la esbelta figura de Tomoyo bañada en un contraste de intensas luces y sombras mientras ella lo observaba todo a su alrededor. La habitación habría cambiado mucho desde su última visita, cuando todavía era un almacén repleto de disfraces y trozos de decorado, guardados ahora en cajas que yo había apilado en los rincones para hacer sitio a mi cama, mi mesa y los libros que comenzaba a acumular a su lado.

Le señalé la cama, que era el único asiento disponible, sintiendo por primera vez vergüenza del colchón duro y las sábanas roídas.

No me torturaba el recuerdo de los lujos en mi infancia, cuando aún tenía padre y vivía en una mansión, sino el recuerdo, mucho más reciente, de la casa de Tomoyo. Ésta se alzaba en lo alto de una colina, frente un mirador que daba a la ciudad. La calefacción se irradiaba desde el suelo aunque no faltara una chimenea en la sala. Su cocina duplicaba en tamaño a esta habitación. El baño de la planta baja tenía una bañera con hidromasaje. Y, pese a no haberme asomado a su alcoba, estaba seguro de que dormía sobre algo mucho mejor de lo que yo podía ofrecerle.

—Es algo incómoda —me disculpé, viéndola dudar sobre si debía sentarse.

—No quiero mojarla.

Hasta aquel momento, yo no había vuelto a reparar en el azul casi negro de su vestido, en la forma en que su cabello ondulado se había vuelto liso de pronto, ni en el charco de agua que comenzaba a formarse a sus pies. Tardé otro par de segundos en razonar que era mi deber como anfitrión quitarme la chaqueta empapada, para poner los libros de Tomoyo a salvo, y solucionar el problema.

—Tengo una toalla —recordé, dándole la espalda para comenzar a buscar entre las cajas—. Sé que está por aquí.

—No importa, me quitaré la ropa.

En aquella época, mi manejo del japonés era algo torpe aún, por lo que creí haber entendido mal. Me asomé sobre mi hombro, esperando ver a Tomoyo curioseando por los alrededores o sentada en mi cama.

La encontré de pie en el centro de la habitación, desabotonando con parsimonia el frente de su vestido.

Inquieto, desvié la mirada de vuelta hacia las cajas y traté de proseguir con mi búsqueda. En mi infantil concepción del mundo, limitada por completo al marco de una educación tradicional aportada por mi madre y mis cuatro hermanas mayores, invadir la privacidad de una mujer mientras ésta se desvestía constaba casi como un delito. Aunque algo me decía que, a diferencia de las anteriores veces en las que había incurrido en él accidentalmente, no era por temor a un castigo que estaba tan nervioso ahora, mientras oía las prendas mojadas caer al suelo, una tras otra, con la espalda agarrotada y un nudo de vértigo en el estómago.

—Creo que no será necesario que sigas buscando esa toalla —habló Tomoyo; el sonido de su voz más cercano de lo que recordaba—. Puedo meterme en tu cama así como estoy. ¿No quieres verme? —insistió, tras un largo silencio en el que yo no me atreví a mover un músculo. Luego, llegó su risa nerviosa y una súplica—: Por favor, Shaoran, no me dejes aquí plantada como una idiota.

Hoy, puedo asegurar que una petición como aquélla no habría bastado para convencerme de nada si se hubiese tratado de cualquier otra persona. Por aquel entonces, a mí no me interesaban las mujeres ni los hombres, ni tampoco tenía el mínimo interés en descubrir por qué, a pesar de lo que opinara mi cerebro, mi cuerpo parecía tener sus propios planes, desbaratándome con un sofoco insufrible y una parálisis permanente en casi todas mis extremidades. La experiencia me enseñaría lo poco que me importaban los problemas ajenos cuando más acorralado me sentía y, en especial, lo poco que me importaban los conflictos de quienes quisieran acostarse conmigo. En el transcurso de los años siguientes, jamás tendría reparos a la hora de largarme en cuanto lo considerase necesario, sin disculpas, sin remordimientos y, a veces, sin auténticos motivos.

No obstante, quizá porque Tomoyo era la única persona con quien yo compartía una amistad, porque era ella la única persona con paciencia suficiente para sentarse a corregir mis balbuceos en un idioma extraño, o porque era la única persona capaz de obligarme, mediante algún sortilegio, a escucharla embobado mientras ella se paseaba tarareando canciones por el escenario, dejé de darle la espalda esa noche.

Aquélla fue la primera vez que vi a Tomoyo desnuda, y también la primera vez que el cuerpo de una mujer me resultó atractivo, a pesar de que el suyo no era voluptuoso y, de hecho, la curva tan poco acentuada de sus caderas y el escaso tamaño de sus pechos la hacían rozar el límite de la androginia. Su piel era pálida y fina, tanto que podía distinguirse la sombra de sus venas abriéndose, como ramas de árboles secos, sobre sus zonas más delicadas. Tenía algo de hermoso, y también algo de grotesco, que avivó mi curiosidad y despertó un apetito que no creía tener.

Tomoyo me leyó en aquel momento con tanta facilidad como lo haría en ocasiones posteriores. Alzó mi mano y la llevó hacia su pecho; sonriendo, casi aliviada, cuando ella me soltó de su agarre pero yo seguí ejerciendo el mío, inmóvil al principio, ambicioso después. Mi pulgar jugó con el pezón que parecía una flor abierta sobre la nieve hasta que la sentí temblar y aparté la mano, temiendo haberla herido. No pude hacer más que sorprenderme cuando ella volvió a ubicar mi mano en donde estaba antes, moviéndola cuando yo no lo hice.

—¿Esto te gusta? —pregunté.

Cuando Tomoyo respondió con una mano dentro de mis pantalones, creí entender por qué se comportaba como lo hacía. En general, yo odiaba que me tocaran y, en concreto, este contacto me resultaba molesto. Pero, paradójicamente, no quería que se detuviera.

Al poco tiempo, cada una de las funciones que mi cuerpo llevaba a cabo para mantenerme con vida, en aquel complejo mecanismo que era yo como resultado de millones de años de evolución, habían quedado subyugadas a una única labor: enloquecerme con una presión punzante; la sangre bombeando sin descanso desde lo más profundo del corazón... de mi entrepierna.

—Tú me gustas —corrigió Tomoyo y, tramposa como era, dejó de mover la mano—. ¿Y yo, te gusto?

Mi desesperado intento por lograr que continuase; esto es, asaltar sus pechos con ambas manos, no obtuvo más que risas por su parte. Y aunque yo tenía constancia de su sadismo tras varias lecciones de japonés bajo su atenta supervisión, jamás lo había sentido con tanta intensidad como entonces.

Aquello sería, claro, un juego de niños comparado con la crueldad que demostraría a lo largo de nuestra relación. Pero nadie se lo advirtió a mi joven yo, que a duras penas lograba mantenerse en pie cuando la mitad del riego sanguíneo corporal se le acumulaba en la ingle y la otra mitad le calcinaba el rostro.

—Ya lo sabes.

—Pero quiero escucharlo. En japonés, en chino o en el idioma que prefieras.

Yo había recostado la cabeza en su hombro, porque el olor de la lluvia impregnado en su pelo me estaba mareando, y porque necesitaba ocultarme de sus ojos burlones. Me tomé unos instantes para respirar, pensar en las palabras exactas y vocalizar mejor de lo que lo había hecho antes. Pero, cuando al fin hablé, seguí haciéndolo como el subnormal en el que Tomoyo me había convertido.

—Sí.

—Sí, ¿qué, Shaoran?

—Me gustas.

Mi premio por aquella confesión consistió en ser arrastrado a mi propia cama. Y fui yo quien la mojó, al final, pues aunque me hubiese entretenido buscando una toalla para Tomoyo, y aunque ella se hubiese desnudado antes de encontrarla, jamás me había preocupado por quitarme el resto de mi ropa empapada.

No diré que aquella noche, en la que nadie reparó la avería eléctrica, significó para ambos el adiós a una inocencia que ya habíamos perdido tiempo atrás, por unas u otras razones. Lo que significó para mí, en realidad, fue una de las advertencias más importantes de mi vida. Una que no aplicaría en absoluto, ni esa noche, mientras me revolcaba con ella en un colchón harapiento, ni al día siguiente, cuando volví a hacerlo, ni en ninguno de los años venideros:

Cierto tipo de mujeres me gustaban mucho más de lo que imaginaba y, desde luego, mucho más de lo que me convenía.

Lo que significó para Tomoyo, más allá de algo tan banal como la pérdida de su virginidad o el inicio de nuestro noviazgo, no lo supe entonces ni lo sabría nunca. La paciencia que tenía conmigo, la dedicación y el afecto incondicional que me mostraba, eran cosas que aún hoy no lograba explicarme a mí mismo. Sobrevivirían, como ella no pudo hacerlo, a las circunstancias más adversas.

Circunstancias como Ritsuko, quien llegó a nuestro teatro una tarde que aparentaba ser como cualquier otra, atraído por sus encantos durante la puesta en escena de Ubú Rey, logrando convencer a Fye de sus aptitudes incluso antes de llevar a cabo la audición que le admitiría como parte del elenco.

Y a mí me enorgullecería poder decir ahora que Ritsuko no me había causado una buena impresión en aquel primer encuentro; que hubo algo en su forma de moverse, hablar o mirarme, que le delataría como el peligro que era, y que yo me dejaría la piel alertando a Tomoyo sobre su auténtica naturaleza desde el momento en que les había visto conversar por primera vez. Sin embargo, apenas recuerdo la impresión que me causó Ritsuko aquel día, cuáles fueron sus palabras o sus gestos, qué ropa vestía o qué zapatos calzaba, pues yo no podía fijarme en nada de lo que ocurriese a mi alrededor mientras tuviera la nariz pegada a una papelina llena de Hache.

Mi caída en la adicción fue gradual, así como lo fue la de Tomoyo en los brazos de Ritsuko, sucediendo ambas a la vez. Y sería yo quien rompiese el vínculo primero, al descubrir en la heroína un consuelo que ni mi novia, ni ningún otro ser humano, podrían ofrecerme jamás.

Así, mientras más me aislaba yo en mi éxtasis solitario, más se acercaba ella a la única persona para quien sus palabras parecían seguir significando algo. Como ella misma quiso explicarme durante una de nuestras discusiones, Ritsuko era amable y atento, la escuchaba cuando yo no quería hacerlo y juntos ensayaban la clase de papeles que ya no podían asignárseme a mí, relegado a secundarios con mayor frecuencia cada vez, a pesar de lo bien que había llegado a desenvolverme con el idioma y sobre el escenario.

No recuerdo el momento en que rompimos definitivamente; tanta importancia tuvo. Recuerdo, eso sí, el momento en que ella me confesó, con cierta tristeza y quizá también cierto temor, que tenía una relación con otra persona y que esa persona era Ritsuko. Lo recuerdo porque aquella fue la primera vez, en varios meses, que sentí algo similar a la tristeza, entendiendo que acababa de perder a mi única amiga y a la persona de la que presuntamente estaba enamorado, sin llegar a temer por ella o comprender el daño que yo hubiera podido provocarle para acabar así.

Aun así, respetaría su decisión sin mayores dilemas ni necesidad de oír sus explicaciones, asumiendo con facilidad que incluso aquel sujeto, prácticamente un desconocido a mis ojos, debía ser mejor partido de lo que era yo.

Me sorprendería descubrir tiempo después, siendo un prófugo descastado sin hogar, huérfano y ex heroinómano, cuán equivocado estaba.

El verdadero rostro de Ritsuko asomaría en pequeños detalles, con el paso de los meses, a medida que yo recuperaba el control de mi vida mientras tomaba él, a su vez, el control sobre la vida de Tomoyo.

El primer paso fue abandonar el teatro por voluntad propia, intentando arrastrarla a ella tras él, sin conseguirlo. Entonces, sus visitas se volvieron esporádicas; los cordiales saludos que encubrían la clase de discusiones por las que Tomoyo debía maquillarse cuidadosamente un corte en el labio, u ocultar las marcas en su cuello con pañuelos de seda.

Irónicamente, yo solía descubrir estas cosas cuando ella accedía a acostarse conmigo, despechada por los malos tratos que recibía de su novio cuando éste se ponía celoso sin motivo alguno. Pero Tomoyo no atendía a razones, así como tampoco lo había hecho yo mientras agonizaba en lo más profundo de mi abismo en compañía de Hache, por lo que todo cuanto pude ofrecerle durante aquella época, y hasta su suicidio, fue la existencia de alguien que supiera qué ocurría en realidad y le hiciera un sitio en su cama siempre que ella lo necesitase. No necesariamente para tener sexo, aunque a veces ocurriera.

Fye me cedería el teatro a mis veintiún años, cuando finalmente recaería sobre mí el poder de vedarle la entrada a Ritsuko, incluso como una visita ocasional, si bien su sombra se cerniría sobre Tomoyo hasta el último momento. Y, con la renuncia de Fye, seguiría la renuncia del resto de su manada. Uno a uno, los actores se acercarían para despedirse de mí con la misma disculpa en los labios: no era nada personal pero, considerando que el teatro pertenecía a Fye y que ellos eran sus criaturas, nada tenían que hacer aquí si era yo quien estaba a cargo.

Ese día, en el que mi mano derecha aún conservaba el calor de la despedida del último de los actores, mi mano izquierda se mantuvo fría gracias a que Tomoyo la sujetaba con determinación.

No me soltó, aunque no debiera estar allí tocándome. Porque los celos de su novio eran peligrosos; porque aquélla sería su única oportunidad de escapar de la jaula; porque era culpa mía, y de lo que el calvario de mi adicción había provocado, que sus dedos fuesen ahora témpanos de hielo. Porque, tal vez, si yo no me hubiese hundido como lo hice, ella jamás habría puesto sus ojos en un tipo como Ritsuko, no se habría encadenado al teatro para vigilarme y no habría comenzado a morir lentamente desde entonces.

Yo no voy a abandonarte nunca, me había dicho, su voz haciendo eco entre las paredes de un antro en el que sólo quedábamos nosotros y la promesa de una nueva estirpe.

—¿En qué piensas tanto?

La mano que me sujetaba ahora era cálida, y verdes los ojos que tenía ante mí. El cabello desparramado sobre el colchón, rojo. El disfraz, tan masculino como femenino lo era el cuerpo que se ocultaba debajo.

A simple vista, Tomoyo y Sakura no se parecían en nada aparte de la altura. Sin embargo, Sakura llevaba días encerrada en mi apartamento, por voluntad propia, para cuidarme. Porque ella, al igual que Tomoyo, tampoco entendía que yo no necesitaba ser cuidado sino eludido como un enfermo de peste.

—En que si yo hubiese hecho las cosas de otra manera, sería Tomoyo, y no tú, quien estaría aquí hoy.

Sakura, que había dejado de estudiar para acostarse frente a mí, darme la mano e insistir en que descansara, desvió la mirada al colchón.

—¿Preferirías eso?

—Sí, si eso implicara que Tomoyo sigue viva.

Sakura asintió. La vi sonreír, con la resignación y el alivio de quien confirma una noticia desagradable que lleva mucho tiempo esperando.

—Una parte de mí también lo preferiría, pero esa clase de deseos no pueden concederse. —Su mano libre me acarició el rostro para acabar posada en mi mejilla, inmóvil, mientras la consciencia de Sakura se ausentaba otro instante antes de volver a hablar—. A veces, tampoco puedo evitar creer que si yo no me hubiese portado como una niña consentida aquella noche en Tokio, y no hubiese insistido en salir del hotel, mi madre seguiría viva. Por ende, también tu padre, si el mío no se hubiese centrado tanto en su trabajo para soportar el dolor. Entonces, tú no habrías perdido el futuro que merecías: habrías tenido a tu familia y todas las oportunidades al alcance de la mano, en lugar de perder todo aquello y de sacrificar tu infancia obsesionado con tus estudios, en un intento por salvar a tu madre y tus hermanas, para luego perderlas a ellas también. No habrías tenido que esconderte en un barco y venir a Japón, en donde nunca has dejado de ser un proscrito. —Respiró hondo, después de aquel lento pero implacable resumen de mi situación actual—. ¿Crees que tengo la culpa de eso, Shaoran?

—No.

Con el paso del tiempo había logrado percatarme de que, si alguien tenía la culpa de lo ocurrido, éramos ambos. Aunque el encargo de su padre hubiese puesto una pistola en la boca del mío, la amenaza llevaba cerniéndose sobre mi familia desde que ésta había comenzado a acumular deudas con la mafia. Por ello, su intervención significaría solo el empujón final; la chispa que dinamitaría una desgracia que estalló en ambas direcciones, porque no fui sólo yo quien se quedó huérfano: el padre de Sakura, al enterarse de lo que había provocado, la abandonaría a ella. Y no sólo él, sino también su hermano quien, alentado por esa misma necesidad de compensación que parecía guiar a Sakura desde que recibió la noticia de su papel en esta obra, se mudaría a China con Meiling para librarla de las garras de lo que quedaba de mi familia.

Nuestra historia no era una simple relación de actos y consecuencias, de culpables y víctimas: Sakura y yo éramos dos imágenes enfrentadas a cada lado del espejo, y cada vez que uno se movía, lo hacía el otro, sin saber quién había impulsado a quién. Yo me veía en ella y viceversa, no porque fuéramos idénticos, sino porque las consecuencias de nuestros actos quedaban plasmadas en el otro, definiéndolo como la persona en la que, poco a poco, se iba convirtiendo.

Había sido así desde antes de conocernos, cuando nuestras familias se destruyeron mutuamente. Era así ahora, cuando sus ojeras eran el resultado de permanecer despierta para obligarme a dormir a mí. Y seguiría siéndolo en un futuro, cuando ya estuviéramos separados, ella con su carcelero y su mocoso, y yo con mi libertad y mi vacío, porque eso era lo mejor para todos.

—Pues yo tampoco creo que tú tengas la culpa de lo que Tomoyo decidió hacer —dijo—. Y tal vez nunca pueda convencerte de ello, así como quizá tú nunca puedas convencerme a mí de que no te he arruinado la vida. Pero, en ese caso, al menos podríamos creerlo el uno por el otro.

Deseé que fuese tan sencillo como la oferta de Sakura lo hacía parecer. Deseé tener, igual que ella, la voluntad de levantarme de la cama en la que llevaba días postrado pues, si alguien conocía mi historia y aun así me creía inocente, realmente debía serlo.

Pero no podía.

Lo que había dejado atrás, siendo un niño, finalmente me había alcanzado ahora. Me había derribado, deteniendo mi eterna fuga para obligarme a contemplar el rastro de cadáveres que arrastraba a mis espaldas. No era fácil mirarlos a los ojos y saber que no había hecho nada para evitar su suerte, o que la había provocado. Y peor aún era saber que volvería a olvidarlo, en cuanto mi instinto luchara en contra de todo aquello que era correcto y razonable, concentrándome en sobrevivir aunque no lo quisiera, ni lo mereciera, ni tuviese un verdadero propósito para seguir destruyendo todo lo que tocaba.

Atraje a Sakura, que se encogió entre mis brazos.

No quería romperla a ella también, o no más de lo que ya lo había hecho. La adoraba, y odiaba saber que no podía evitarle el sufrimiento. No sólo porque ella lo perseguía activamente, sino porque lo único que podía hacer yo mientras siguiese vivo era infligirle más daño, deliberadamente o como un efecto colateral, al igual que Sakura lo hacía conmigo.

Concluí que deberíamos morirnos los dos, porque eso sería lo único capaz de romper el círculo. Y porque, si debía morir con alguien, me habría gustado morir con ella.

De hallarnos en un momento casi idéntico a éste, pensé, la habría ahorcado hasta matarla, para después partir en busca de una de esas sobredosis que Sakura tanto temía. Y digo casi idéntico porque, aun cuando estaba seguro de que ella se habría dejado asesinar por mí con la misma docilidad que mostró la noche en que fingí intentarlo, y aun cuando yo me habría suicidado después sin ningún remordimiento, una vez más la larga mano de la providencia se nos había adelantado, trayendo a nuestras vidas al intruso que nos negaría por siempre la paz.

—Me gustaría tanto matarte ahora, Sakura —suspiré, acariciándole el pelo con las manos, rozándolo con la nariz. Por primera vez en varios días podía captar su perfume, aunque aquél no era su aroma característico a rosas y feromonas desde que se duchaba aquí—. Primero tú, luego yo. Entonces, se acabaría todo y ambos podríamos descansar. Sin pasado, sin Tomoyo, sin teatro, sin parásito... Pero tú ya estás tranquila; es extraño. Te levantas, vas a la universidad, pretendes seguir ensayando y luego estrenar la obra como si nada hubiera ocurrido. ¿Cómo haces eso?

Sus manos se aferraron a mi espalda, ocultó el rostro contra mi cuello y permaneció así durante tanto tiempo que creí que se había quedado dormida. Cuando volvió a moverse, lo hizo para abandonar la cama. Dijo que necesitaba hacer una llamada a Rika y confirmar que se reanudarían los ensayos al día siguiente, aun si sólo acudieran los actores.

Regresó de la cocina con dos tazas humeantes, llenas de algo que olía a canela. Tras mucha insistencia le acepté la mía, porque no había podido recobrar mi temperatura corporal una vez que Sakura se había levantado, pero me quemé la lengua al dar el primer sorbo, gracias a que los conocimientos culinarios de mi inquilina no abarcaban siquiera la temperatura a la que debía calentarse una infusión.

Ignorando su pregunta acerca de la escasez de cucharas en mis cajones, revolví el agua con el tenedor que me había traído y, durante un tiempo, el sonido del metal chocando contra la cerámica fue todo lo que se oyó en la habitación.

—Te lo diré, pero debes guardarme el secreto —habló al fin, todavía sentada a la orilla de la cama, poco después de que yo pudiera empezar a beber sin calcinarme—. Creo que es porque, a pesar de que me duele muchísimo que las cosas hayan sucedido así, y de que vaya a echar de menos a Tomoyo durante el resto de mi vida, también la envidio. No me hace feliz que se haya suicidado, pero sí me hace feliz que haya logrado suicidarse si era eso lo que necesitaba. Si alguien, nosotros por ejemplo, hubiésemos logrado impedírselo a tiempo, ni su vida ni las nuestras habrían sido mejores. Obligar a alguien a quedarse en contra de su voluntad es muy egoísta, sádico e incluso contraproducente. Pero, claro, ¿quién no intentaría mantener vivos a quienes ama, por todos los medios? —Rio suavemente, como si acabara de contarse a sí misma un chiste privado, antes de beber de su taza—. Sí, me alegro de que lo haya conseguido, y de no haberme dado cuenta jamás de lo que pretendía. ¿Te gusta la infusión?

Asentí, perdido en todos los matices ocultos tras sus palabras más que en el sabor de la canela, porque no quería que virase el rumbo de la charla como lo hacía siempre. Recordé que Sakura ya me había confesado semanas atrás, aunque sin dar demasiados detalles, su intento de suicidio. Según sabía, fue durante el último año de instituto, con pastillas, y se salvaría porque su padre volvió de su viaje antes de lo previsto.

Cerrando los ojos, recreé la escena. Y a pesar de que aquélla era la primera vez que intentaba imaginar a una Sakura adolescente, y de que esa primera vez tuviera que ser con ella prácticamente muerta, su imagen apareció ante mí con total claridad. La vi acostada en su cama, en una habitación que seguía siendo la de una niña, pintada y amoblada en colores cálidos y peluches adornando las repisas. Tenía el bote de pastillas vacío en una mano y la mirada perdida en el techo. Sus facciones eran apenas más infantiles de lo que eran ahora, pero su piel se había azulado y un rastro de espuma blanca se le deslizaba desde la comisura de la boca. El cabello se le desparramaba sobre la almohada, largo y cobrizo como lo era cuando la conocí, pero el morbo quiso que le añadiese dos pequeñas coletas a ambos lados de la cabeza, como las que se hacía durante algunos juegos. Jamás se había quitado su uniforme de colegiala; su jersey negro salpicado por las pocas pastillas que no llegó a tragar, y su falda blanca, demasiado larga, abierta sobre el colchón como un lirio.

—¿Fue en tu habitación? —pregunté, sin poder contenerme, cuando ya había vaciado mi taza. Sentía calor y un ligero mareo, quizá por las cosas en las que me había abstraído pensando y me parecían tan perturbadoras como, de alguna forma, excitantes. Sakura apartó la vista del suelo para mirarme, confusa—. Tu intento de suicidio. ¿Te encontraron en tu habitación?

—En el baño —corrigió, erradicando mi inquietud sobre lo detallada que había resultado aquella escena en mi mente, agradecido a la vez que decepcionado porque hubiese sido un simple delirio de mi imaginación—. Ahí era donde mi padre guardaba las pastillas, así que, tan pronto como las tuve en mis manos, me senté en el suelo a tragármelas. Podría haber sido más decorosa, e ir a morir a mi habitación como haría un ser humano digno, pero yo no me consideraba digna ni tenía ganas de prolongar lo inevitable.

—Y aún hoy preferirías que te hubiesen dejado morir.

—Así es, pero las cosas no salen siempre como uno quiere. —Sakura recogió mi taza y dejó el par vacío sobre la mesa, con un golpe que hizo eco en mis oídos durante varios segundos. Parpadeé, intentando enfocar la vista, mientras ella se sentaba más cerca de mí y me hacía apoyar la cabeza en su regazo. Habló con calma, tomándose su tiempo, mientras a mí comenzaba a invadirme un sopor agradable y más denso a cada segundo que pasaba—. En aquel momento hubo gente que me obligó a desistir, y yo les di la oportunidad de convencerme de que valía la pena aguantar en pie otro par de años. Lo hice porque los quería, porque confiaba en que pudieran tener razón y porque me bastaba verles felices ante el simple hecho de que yo viviera, como no sentía que les hubiese ocurrido a mi padre y a mi hermano. Me parecía algo nuevo, reconfortante. Ahora, las cosas han cambiado un poco: a una de esas personas ya no le debo lealtad, y la otra se ha... ausentado por una temporada. Pero, aun si ninguno de los dos está conmigo, yo sigo sin tener pleno derecho a decidir sobre mi vida porque tengo otra de la que hacerme cargo. Y tampoco tú tienes pleno derecho a decidir sobre la tuya, Shaoran. —Mientras hablaba, Sakura no había dejado de acariciarme el cabello, jugando con él. Sin embargo, yo sentía el tacto de sus dedos cada vez un poco menos, mientras un suave hormigueo se extendía a lo largo de mis extremidades. Intenté decírselo, pero sólo pude gemir algo ininteligible, presa del sopor que ya se había transformado en un cansancio aplastante—. ¿Sabes por qué no puedes morir? Porque, si lo hicieras, yo no me repondría nunca del golpe. ¡Me volvería más loca! ¿Te lo imaginas? Sí, sé que es difícil.

Requirió un esfuerzo titánico alzarme sobre los brazos, que me temblaban, para girarme, quedar boca arriba y poder verla. Sakura me sonreía de forma tan inocente que resultó espeluznante.

Entonces, mi aletargado cerebro lo entendió.

—¿Qué me... diste?

—No podría criar a nuestro hijo en esas condiciones, y estoy segura de que tú también quieres lo mejor para él. Por eso, yo seguiré limitándome a envidiar sanamente a Tomoyo durante mis clases y mis ensayos, y tú harás lo que te dé la gana, pero será fuera de esta cama y de esta habitación. Aunque no ahora, claro. Necesitas una siesta para recuperarte.

—Puta... enferma. Eres una...

Así terminaron todas mis acusaciones, no sólo porque la lengua me pesaba demasiado, sino porque comenzaba a ser incapaz de hilar pensamientos. No sabía qué cóctel de estupefacientes habría incluido Sakura en mi infusión, ni cuántos días seguidos llevaba yo sin dormir, pero la combinación de ambos factores resultó en un desmayo casi inmediato.

El mundo a mi alrededor se sumió en oscuridad, salpicado por las gotas de una tinta imaginaria, lentamente al principio y vertiginosamente después.

Los márgenes desaparecieron en apenas un instante. En mi último recuerdo consciente, vi a Sakura extender una mano con la que iba a cubrirme los ojos, y la oí recitar a Horacio antes del fundido en negro:

Buenas noches, dulce príncipe. Que coros de ángeles arrullen tu sueño.

Escena IV

-Sakura-

No quise asistir a la universidad esa mañana, demasiado pendiente del estado de Shaoran para distraerme con cuestiones mundanas y, lo confieso, algo preocupada por si, al regresar, encontraba la puerta atrancada con muebles o la cerradura llena de pegamento. Por eso me había quedado a su lado en la cama desde la noche anterior, levantándome sólo cuando era estrictamente necesario, durmiendo durante los breves intervalos en que me descuidaba, y despertando abruptamente para seguir velando sus sueños.

Los sedantes comprados a Kakei habían resultado tan efectivos que temía haber superado la dosis indicada, por lo que me mantenía atenta a cada pequeño detalle: la intensidad de su respiración, su ritmo cardíaco, su temperatura corporal y hasta la mínima mueca en su rostro, aunque apenas se moviera, pues estaba tan profundamente inconsciente que ni siquiera parecía soñar.

Aparté el cabello que caía sobre sus ojos, sin una pizca de arrepentimiento por los métodos a los que debí recurrir en pos de su salud física y mental, mientras seguía descubriendo la extraña sensación de cuidar a otra persona. No lo estaba haciendo muy bien, quizá, pero me reconfortaba un poco haber logrado que Shaoran descansara tras tantos días despierto, y confiaba en estar sirviéndole como algún tipo de apoyo por primera vez desde que lo conocía.

Aquél era mi consuelo, aunque no toda mi motivación. Por desgracia, alguien como yo necesitaba mucho más que cariño o deudas morales para superar el pánico al compromiso; un compromiso que no sabía de qué clase era, pero estaba adquiriendo sin duda al quedarme aquí para protegerle. Y es que, a pesar de querer ahorrarle a Shaoran el peligro de estar a mi cuidado, y de ahorrarme a mí el peligro de seguir implicándome emocionalmente, entendía que ésta era la única opción que teníamos, y que yo no estaba dispuesta a perderle bajo ningún concepto.

La idea me resultaba insoportable, más aún que la de haber perdido a Tomoyo, por desconsiderado y horrible que esto pudiera ser: sabía que podría superar la muerte de mi mejor amiga, pero no la de Shaoran. Tal vez porque me sentía demasiado responsable de todas las cosas malas que le habían ocurrido en el pasado; tal vez porque nos entendíamos a niveles que no podría compartir jamás con ninguna otra persona; tal vez porque me había enamorado de él y sentía una necesidad enfermiza por retenerlo, hasta el punto de atentar contra aquella libertad sobre la propia vida que yo defendía siempre, convirtiéndome en la suicida más hipócrita sobre la faz de la Tierra sin que tal cosa me importara un bledo.

Era un panorama tragicómico el que se había formado a nuestro alrededor, cuando mi relación con Shaoran se había basado siempre en la seguridad que él me aportaba a mí. No una seguridad física, ni tampoco la seguridad emocional que se suele esperar en una relación sana, sino una que nadie más había podido ofrecerme hasta entonces: la certeza de que él no me necesitaba, ni me necesitaría nunca. Shaoran no necesitaba a nadie, ni quería a nadie, y eso me incluía a mí; un rechazo que dolería un poco al principio, pero se iría transformando en aliciente después. Asumiendo que, si Shaoran no tenía la intención de involucrarse conmigo más allá de un par de revolcones, ni yo tampoco la tenía de involucrarme con él más allá del mismo motivo, podríamos mantenernos eternamente en aquel punto de equilibrio, beneficiándonos el uno del otro como las criaturas inocentes que éramos, sin que nadie saliese herido con expectativas que ninguno de los dos podría cumplir.

No resultó como esperaba. Cada día me jugué el pellejo un poco más y así, sin darme cuenta, dejé de idealizarlo y de fantasear con el personaje apático y cruel que me gustaba imaginar que era, para transformarlo en algo mucho más temible: una persona real que no siempre deseaba hacerme daño.

Me preguntaba, ahora, si a Shaoran le había ocurrido lo mismo conmigo, pero quería creer que no. Me convencía de que, si él estaba enamorado de algo, sería de mi faceta como actriz. Porque, si resultaba estar enamorado de la persona tras la máscara; la demente que se ocultaba tras la otra Sakura y sólo salía para lastimar a todo el mundo sin pretenderlo, habría temido por su cordura más incluso de lo que ya lo hacía.

Con cuidado de no despertarle, me levanté de la cama. A pesar de que habría preferido quedarme a vigilarlo, debía acudir al teatro como le había prometido a Rika por teléfono, no sólo para continuar los ensayos, sino también para poner al tanto de la situación al resto del grupo y discutir con ellos nuestras alternativas, en caso de que Shaoran necesitara más tiempo para reintegrarse.

Cuando llegué al teatro, encontré a lo que quedaba del elenco reunido a sus puertas. Temí haber llegado tarde hasta que me fijé en sus rostros preocupados, entendiendo que aún faltaban los diez minutos de margen que había calculado de camino a aquí, pero ellos no estaban dispuestos a esperarlos.

La torpeza no estuvo de mi lado mientras intentaba dar con la llave correcta, perdida entre el manojo que Shaoran dejaba en la entrada de su apartamento. Sin embargo, todo el mundo a mis espaldas había venido armado de su impaciencia más silenciosa, por lo que apenas comenzó el asedio cuando llegamos al salón de actos.

—¿Cómo está?

—Dormido —contesté, a falta de una mejor respuesta, sin ánimos de mentirle a Takashi como le había mentido a Kakei en la farmacia—. Logré convencerlo de que descansara.

Ése había sido un bonito eufemismo.

—¿Y crees que vendrá más tarde, cuando despierte?

—Dudo que esté de humor. Necesita poner sus pensamientos en orden antes de eso.

—Podemos esperar —intervino Chiharu—, todavía nos quedan un par de semanas. Lo importante es que se recupere.

—Debe estar siendo muy difícil para él. Nadie aquí era tan cercano a Shaoran como Tomoyo. Sin ofender —dijo Rika, con una consideración hacia mí tan inusual como innecesaria, pues ambas sabíamos que decía la verdad y aquél era un hecho que jamás me había molestado—. Creo que ella era la única que lo conocía realmente, porque nunca compartió sus problemas con el resto de nosotros. A todos nos gustaría poder ayudarle, pero no se nos ocurre de qué forma. Ni siquiera podemos ir a visitarle porque no sabemos dónde vive.

No pasé por alto la mirada anhelante que me dedicaron las cuatro personas ante mí, convencidas de que yo era su última esperanza, pues no sólo sabía en dónde vivía Shaoran sino que me estaba alojando en su apartamento, pudiendo entrar y salir a mi antojo. Pero, aun cuando contaba con todos los medios para guiarlos hasta allí y permitirles una breve visita de cortesía, en la que se asegurasen de que él seguía vivo, no estaba dispuesta a hacerlo.

Me consideraba afortunada porque Shaoran no me hubiese asfixiado en alguno de sus achaques psicóticos, cuando su abrazo comenzaba a tornarse en un agarre demasiado fuerte, cuando formulaba aquellas preguntas extrañas sobre mi intento de suicidio, o cuando me miraba sin parpadear más tiempo del que cualquier persona soportaría hacerlo, porque la muerte de Tomoyo, la amenaza de mi abandono y el insomnio latente lo estaban volviendo definitivamente loco. Había dicho que deseaba matarme, y yo no dudaba de sus palabras ni me parecía seguro exponer a nadie más a eso.

—No creo que tolere más compañía, cuando apenas me tolera a mí —repliqué, con tanta delicadeza como pude—. Pero prometo hacer todo lo posible por mantenerlo estable.

Para mi propia sorpresa, el elenco completo asintió. Ni siquiera hubo un amago de rebelión, lo cual era extraño si considerábamos que, a pesar de que Takashi soliera mantenerse neutral, mi posición dentro del grupo jamás había sido ventajosa.

Cada persona en esta sala sabía de mí más incluso que el resto del pueblo, gracias a que habíamos asistido al colegio juntos y, además, a que compartíamos ensayos desde hacía varios meses. Rika me detestaba por haberle robado el papel protagonista a su novio, provocando que lo expulsaran del teatro, y tanto Naoko como Chiharu la amparaban en su decisión. A sus ojos, yo era una trastornada suertuda que se había ganado el favor del líder de la manada; una novata con ínfulas de diva, salida de la nada para destruir el statu quo bajo el que llevaban años viviendo. ¿Y podía ser más odiosa? ¡Por supuesto! Desde su perspectiva, mis privilegios ni siquiera se debían a mi trabajo sobre el escenario, sino a mi destreza entre las sábanas del director.

La docilidad que mostraban ante mí ahora, cuando yo me había convertido en la única persona a cargo de la salud de Shaoran, me habló de lo mucho que se preocupaban por él. Lamenté no haberlo notado antes, asumiendo que las llamadas de Rika se debían a un interés exclusivo por el futuro de la obra en lugar de admitir que el resto de actores tenían tanto derecho como yo, o más, a estar pendientes de quien llevaba las riendas del teatro y de buena parte de sus vidas. Pues aun si tuvieran, como Rika, otras ocupaciones al margen de la actuación, o si esto fuera, como en el caso de Naoko, sólo un canal entre tantos para dar a conocer sus obras, yo sabía que el teatro significaba para ellos más que un pasatiempo o el sueño frustrado con el que gustaban de jugar por las tardes. Era un lugar de reunión entre gente que se hacía compañía, aun si fuera sólo porque no tenían más remedio que aguantarse mutuamente cuando nadie en el mundo exterior compartía sus aficiones, ni funcionaba según su dinámica.

Y es que ¿quién, aparte de la gente que se reunía en este antro, iba a comprenderlos? ¿Quién iba a consentir tal pérdida de tiempo y esfuerzo, dedicados a obras que apenas un puñado de gente se interesaría en ver, y probablemente ninguna en recordar? ¿Quién iba a tolerar sus juegos crueles, sus desprecios? ¿Quién iba a escuchar sus historias sin tomarlas como una locura, o como la burla definitiva a sus principios morales? ¿Quién sería capaz de aceptar que, tras el suicidio de uno de los integrantes más queridos del grupo, todo el mundo prefiriese actuar como si aquello fuese la consecuencia lógica e inevitable de cuanto había sucedido hasta el momento?

Contemplando sus rostros apesadumbrados, me sentí abrumada por la simpatía y algo que ya había intuido muchas veces se presentó claro como nunca antes: si bien cada uno de nosotros era una persona diferente al resto, el nivel de resignación que habíamos alcanzado ante la vida nos mantenía a todos al mismo lado del muro. Pero, además, existía una clara jerarquía, basada en el poder que otorgaba la capacidad de mantenerse firme ante los aluviones de desgracias que le cayeran a uno encima. Y en este instante, entre nosotros, no había nadie más resignado a las injusticias de la vida, ni más enajenado mentalmente, que yo: aquella pobre demente de la madre asesinada, intento fallido de suicida a quien su única amiga se le había adelantado, novia de un psicópata controlador, y enfermera improvisada del ex drogadicto padre de su futuro hijo.

La mierda me llegaba hasta el cuello. Había sobrepasado los límites de lo humanamente soportable y seguía con vida, sonriente, ajena a todo. Por tanto, era la siguiente en la lista más capacitada para hacerme cargo de la situación.

—¿Sabéis lo que ayudaría a Shaoran? —pregunté, como si me dirigiera a un grupo de niños perdidos a los que Peter Pan había abandonado—. Recibir buenas noticias cuando vuelva a verme esta noche. Escuchar anécdotas sobre lo bien que salieron hoy los ensayos, lo mucho que nos hemos esforzado y lo preparados que seguimos estando para el estreno.

Sorprendentemente, mi propuesta lograría animarles. Pronto comenzamos a acomodar sobre el escenario los elementos del primer acto, mientras Chiharu insistía en grabar un vídeo de los ensayos para poder llevarle a Shaoran algo más que historias. Naoko y yo fuimos las postuladas para el papel de director provisional, si bien resulté la ganadora, no sólo porque Naoko pareciese aún menos apta para dirigir que yo sino porque, además, mi personaje aparecía al final de la obra, mientras que el suyo, aun siendo menos importante, intervenía a lo largo de escenas previas. Acepté, a mi pesar, porque era necesario que alguien hiciera el trabajo tras bambalinas y, en este caso, se encargase también de filmar las escenas más relevantes con su teléfono.

Adaptarme al cargo de director no resultó tan sencillo como esperaba. Me costó intervenir al principio, sin saber qué decir ni cómo hacerlo y, confiando en que los ensayos previos hubiesen bastado para trabajar las emociones de los personajes, los diálogos y las mímicas, intenté dedicarme sólo a supervisar los aspectos técnicos y hacer de apuntadora, teniendo que revisar todo el tiempo el guion para ello. E incluso Rika debió recordarme la importancia de mi trabajo a mitad de la tercera representación, mientras yo pasaba por alto una vez más que Naoko, supliéndome en mi papel como Kaito en las escenas finales, no estuviese de pie sobre la marca correcta.

—Se supone que eres tú quien debe decírselo, no yo —reclamó, avanzando hasta el borde del escenario.

—¡Pero ella ni siquiera tendrá que interpretar a Kaito durante el estreno! No creí que tuviera importancia, así que preferí no desconcentrarte.

—Claro que tiene importancia, Sakura. Si Naoko no está donde debe, o no dice lo que debe, yo no puedo tomármelo en serio. ¡Y apenas te escuchamos, hablas demasiado bajo! ¿Qué te pasa, sólo sufres el pánico escénico cuando no estás aquí arriba?

—Lo siento —me disculpé, con el rostro oculto entre la copia del guion y mi teléfono, que en este momento no estaba grabando nada, pues suficiente tenía ya con la bronca que me estaba echando Rika como para aguantar una peor de Shaoran en cuanto le mostrase el vídeo—. Creo que no he nacido para dirigir.

—¡Entonces actúa como alguien que sí!

La timidez me abandonó en cuanto comprendí su idea, o la interpreté como me pareció a mí mejor, y con ánimos renovados corrí hasta el despacho de Shaoran. Del primer cajón de su escritorio saqué el tabaco de reserva, y del mueble contra la pared una chaqueta vieja que, junto a la boina que yo ya tenía puesta, se convirtió en lo más parecido a un disfraz que pude conseguir. Me froté los ojos, esparciendo el maquillaje bajo los párpados inferiores, y me recogí el pelo bajo la boina antes de regresar al salón de actos portando mi nuevo atuendo, acompañándolo de un cigarrillo entre los labios y mi mejor cara de resentimiento contra el mundo.

Era cierto que yo no había nacido para dirigir. Sin embargo, conocía de memoria cada gesto y muletilla en el repertorio de mi personaje: un ser forjado en las llamas del infierno que había ascendido al mundo mortal para instaurar su pequeño régimen del terror, torturando a inocentes actores con ensayos eternos, nubes de humo y sarcasmos vespertinos.

Encendí el cigarrillo, dando una larga calada que jamás alcanzaría mis pulmones. Mantuve el humo en la boca y luego lo expulsé por el lateral, torciendo los labios en una mueca de impaciencia.

—¿Y a ti qué cojones te parece tan gracioso? —le espeté a Takashi con mi voz más seca, mascullando entre dientes para que no se me cayera el cigarro de la boca, mientras caminaba hasta el escenario con las manos guardadas en los bolsillos—. ¿Por qué no lo cuentas en voz alta, así nos reímos todos? O mejor aún, ¿por qué no te pones a trabajar de una vez y nos permites a los demás dejar de perder el tiempo?

—¡Espera, espera! —pidió Chiharu, corriendo a buscar el teléfono que yo había abandonado antes sobre la butaca. Ya de vuelta en el escenario, sostuvo el teléfono ante mí, retrocediendo unos pasos por recomendación de Naoko—. Repítelo.

—¡No grabes esto, Chiharu! ¡Por favor! ¡Me estrangulará si lo ve! —Reí, cubriéndome el rostro con el brazo como Béla Lugosi tras su capa, pero apenas logré resistir la tentación durante un par de segundos antes de que el personaje volviera a poseerme—: ¡Deja la cámara en donde estaba y haz algo útil, joder! ¡¿O te crees que estamos en una puta fiesta?!

Escena V

-Shaoran-

La ventana del salón seguía abierta horas después de que me hubiese asomado a ella para descubrir que mi calle, y el mundo, no habían cambiado un ápice durante la última semana. Nada importante había sucedido para un planeta habitado por más de siete mil millones de personas, para un país como Japón, ni tan siquiera para un pequeño pueblo como Tomoeda: la brisa aún se volvía helada a la caída de la tarde y las putas salían a trabajar como cada viernes, vestidas con sus mejores galas mientras sus tacones luchaban por no engancharse entre las baldosas. Se consumiría el cigarrillo entre mis dedos mientras acostumbraba la vista a la luz del ocaso, y la nariz al aire fresco del exterior, todavía atontado a causa de la intensa jaqueca que mi siesta había provocado, y a causa de la incómoda certeza de que la mayoría de la gente desaparecía del mundo con tanta facilidad como había aparecido, sin que esto tuviese grandes consecuencias.

Me había trasladado al sofá hacía mucho tiempo. Ya no fumaba ni sentía el frío abrirse paso por la habitación mientras repasaba hasta el cansancio la postal de Meiling, otra de mis desaparecidas, intentando imaginar su aspecto tras tantos años sin vernos, preguntándome cómo sería la habitación desde la que había escrito esta carta o qué clase de paisaje habría al otro lado de su ventana. Lo único que tenía de ella ahora era la fotografía de una playa de arena blanca, cocoteros y el azul turquesa de algún mar del Caribe. Su nombre no figuraba en ninguna parte pero, aun así, podía adivinarla en aquella sencilla frase garabateada con líneas delgadas, veloces, casi violentas: el exceso de energía que la hacía ir corriendo de un lado a otro, la potente voz que anunciaba su presencia entre las multitudes, y la llama de un genio terrible ardiendo en sus ojos felinos; todo aquello contrastando con la forma tan adorable en la que se peinaba siempre, enrollando su largo cabello negro en dos rodetes a cada lado de su cabeza como si éstos fuesen las orejas de Mickey Mouse.

Meiling pertenecía a esa parte de mi familia que, pese a llevar una vida acomodada, no podía darse la misma clase de lujos que mis padres, como lo eran la crianza de cuatro hijas mujeres antes de un varón digno de heredar poder y fortuna. Viviendo a la sombra de unos valores jerárquicos tan tradicionales, y a pesar de que supongo que la querían, mis tíos tomaron el nacimiento de Meiling casi como una ofensa, pues al igual que les había ocurrido a mis padres durante los años previos a mi nacimiento, sufrirían la presión del resto de la familia al ser incapaces de engendrar a un sucesor adecuado, si bien ellos jamás tendrían la oportunidad de redimirse: la delicada salud de mi tía no permitió otro vástago, por lo que Meiling fue hija única hasta donde yo supe.

Tal vez debido a la opinión general, murmurada con desprecio entre los miembros más respetables de nuestra estirpe, el resto de mis primos no solían invitarla a participar en sus juegos durante las reuniones familiares. Así, mientras yo correspondía a las ilimitadas atenciones de niños y adultos con la deferencia que se me había inculcado, deseando en secreto volver a quedarme solo, ella debía irrumpir en el grupo sin que nadie la llamara e imponerse como parte de éste si no quería permanecer invisible.

Uno de los recuerdos más vívidos que conservo de Meiling se remonta a una de aquellas escenas, cuando, durante un gran banquete, mi prima se había sentado a la mesa sin reparar en la silla que estaba ocupando. Y tal carencia de modales no habría sido una cuestión alarmante viniendo una niña de preescolar, ni siquiera en mi familia, de no ser porque, en el momento en que uno de los adultos le ordenó que me cediera a mí el lugar que me correspondía por rango, Meiling tuvo la ocurrencia de anunciar que se sentaría en donde ella quisiera tarde o temprano, pues demostraría ser capaz de patearme el culo a mí y a cualquiera de los niños presentes.

Mentiría si dijera que Meiling me caía bien, o mal, pues su existencia era tan irrelevante para mí como la del resto de seres humanos por aquel entonces, cuando toda mi atención se centraba en las tareas que se me habían ido asignando ya desde muy pequeño. Incluso antes de que mi padre muriese, y con él nuestra fortuna, los estudios habían sido el centro de mi vida, debiendo compaginar mi educación en uno de los más prestigiosos colegios de Hong Kong con clases particulares de refuerzo y entrenamientos en artes marciales. Disfrutaba mucho de esto último, prolongando innecesariamente las clases de mi maestro, un hombre llamado Wei, de la misma forma en que me escabullía a la biblioteca para leer sobre el mausoleo de Qin Shi Huang y Abu Simbel por afición. El ejercicio metódico me ayudaba a concentrarme, prefiriéndolo siempre a la meditación, que me aburría sobremanera: golpear postes durante horas era para mí tan relajante como lo sería, durante el inicio de mi adultez, golpear a cuanto imbécil se atreviera a plantarme cara, aprovechando algunas de las técnicas de lucha que aún podía recordar.

Poco después de mi sexto cumpleaños, aquella rutina se vería afectada por una intromisión que me desconcertó tanto o más de lo que llegó a molestarme: mi madre había invitado a Meiling a asistir a los entrenamientos como alumna, así como, semanas atrás, le había regalado aquel pájaro que cantaba todas las mañanas en la galería de nuestro jardín.

Jamás llegué a saber si las inusuales atenciones que una mujer tan distante como mi madre tenía con Meiling se debían a que ésta le despertaba compasión, o simpatía, o si se deberían a sus esperanzas de que me las provocase a mí, que no me relacionaba con gente de mi edad salvo en aquellas ocasiones en las que estaba obligado a hacerlo. Pero, a pesar de no entender sus intenciones, y de que la presencia de Meiling me provocaría cierta frustración al tener que esperar mi turno para usar el poste, respeté las órdenes de mi madre y entrené, con ello, mi escasa paciencia como no lo había hecho nunca antes.

La primera vez que mi prima y yo interactuamos fuera de combate sucedería varios meses más tarde, cuando el pájaro que mi madre le había regalado escapó de su jaula mientras Meiling llenaba su cuenco de semillas. No la había visto llorar hasta entonces, sentada en las escalinatas de la galería, tan desconsolada que creí que iba a ausentarse por primera vez en los entrenamientos. Entonces me acerqué siguiendo a Wei y, antes de que ella terminase de explicarle a él cómo su pájaro había escapado, yo ya había puesto rumbo a mi habitación.

Cuando volví a cruzar el jardín y abandoné la casa por la entrada que daba a la arboleda, lo hice con la convicción de que traería al pájaro de regreso a su jaula.

Busqué durante horas, pensando en que, si había sido un obsequio de mi madre y Meiling lloraba por su pérdida como no lo hacía por ninguna herida, aquel ave debía ser sumamente importante aun cuando yo no entendiera los motivos.

La encontré siguiendo su canto hasta un abedul, descartando al instante la idea de treparlo y arriesgarme a que el pájaro huyera en el proceso. Tan pronto como pude, saqué la honda de mi bolsillo y coloqué una piedra en el extremo del elástico, apuntando entre las ramas que la brisa veraniega mecía suavemente.

Di en el blanco al primer tiro. Pero, al acercarme al pie del árbol donde el pájaro había aterrizado descubriría que, si bien no estaba muerto, estaba malherido. Mientras que yo le había destrozado un ala con la piedra, la caída parecía haberle roto algunos huesos.

Aun sabiendo que mi decisión había sido la única con cierta posibilidad de éxito, lamenté no haber tenido oportunidad de usar la red, estando mi objetivo a tanta altura, o de fabricar una trampa inofensiva que podría haber atraído a aquel pájaro tanto como al resto de pájaros en la arboleda. Con cuidado levanté del suelo al animal, que se había convertido en un amasijo de carne emplumada, trémula y caliente, sintiendo entre los dedos el tacto de unos huesos que no debían sobresalir bajo la piel como lo hacían ahora.

Corrí tan rápido como pude, encontrando a Wei y a Meiling todavía en los jardines, sentados a la mesa que yo solía usar para leer por las tardes o comer tras los entrenamientos. Ambos se levantaron al verme llegar, pero yo la evité a ella y acudí directamente al anciano para explicarle que el pájaro necesitaba ser atendido.

Al separar las manos para enseñárselo, Meiling ahogó un sollozo a mis espaldas y Wei negó. Me quitó delicadamente al animal para cubrirlo con un pañuelo a modo de sudario y depositarlo sobre la mesa, en donde poco tiempo después cesó de respirar.

Wei jamás permitió que Meiling se acercara demasiado, quizá porque no quería que tocase la masa amorfa en la que su mascota se había convertido, consolándola con promesas sobre la bonita caja que conseguiría para el cadáver y recordándole todo aquel cuento sobre el Tao y la energía fluyendo eternamente por el universo. Mientras tanto, yo callaba, demasiado contrariado por mi error al creer que Wei podría sanar a un animal moribundo con la misma facilidad con la que curaba nuestras lesiones durante los entrenamientos. La idea de un ciclo universal, que no entendía de inicios ni finales, no podría interesarme menos en aquel momento, cuando lo único que tenía relevancia para mí era el hecho de que Meiling ya nunca volvería a ver al pájaro que mi madre le había regalado, y que eso había sido culpa mía.

Recuerdo haber interrumpido a mi maestro para disculparme ante Meiling, quien ya casi había logrado sobreponerse al llanto, por no haber discurrido a tiempo una forma de capturar al pájaro sin herirlo. No me extrañó entonces, ni me extrañaba ahora, que Meiling se hubiese echado a llorar otra vez al oír aquello, pues incluso yo sentía ganas de llorar ante la ineficiencia con la que había obrado. Lo que sí me extrañó entonces, y seguía extrañándome ahora, fue que, en lugar de enfadarse, lo que hizo Meiling fue darme un abrazo.

Desde aquel día, y hasta el suicidio de mi padre y la pérdida de todas nuestras posesiones, Meiling se esforzaría por trabar una amistad conmigo aun cuando yo no correspondía sus propósitos, ni mucho menos sus esfuerzos, incapaz de comprender su empeño ni de tolerar su presencia más de lo estrictamente necesario.

Diecisiete años después, ella vivía fugada en las playas del Caribe, libre del yugo de una familia que la había repudiado por el simple hecho de haber nacido mujer. Mientras tanto yo, el legítimo heredero varón destinado a las más grandes cosas, llevaba una semana enclaustrado en mi ruinoso apartamento japonés, intentando asimilar con poco éxito el suicidio de mi ex novia, arriesgando el éxito de la única representación de mi primera obra original, y permitiendo que una loca a la que había embarazado por accidente me drogase con infusiones de canela.

Probablemente, Meiling siempre había tenido razón: podría patearme el culo en cualquier circunstancia. Aun así, a mí me habría gustado volver a verla ahora y preguntarle por qué me había abrazado, en lugar de alejarse luego de que yo asesinara a su pájaro, del mismo modo en que Tomoyo había elegido permanecer a mi lado, en lugar de abandonarme cuando yo la había dejado por la heroína, y del mismo modo en que Sakura insistía regresar a mi apartamento hoy, tras haberme sedado a la fuerza, en lugar de huir a un lugar seguro ahora que yo había expresado abiertamente mi deseo de matarla.

En silencio, la observé quitarse la chaqueta y arrojarla sobre el perchero con tan poco cuidado que ésta acabó en el piso, al igual que su bolso, antes de escabullirse rumbo a mi habitación. Apenas cuando descubrió que yo no estaba allí volvió sobre sus pasos, asomándose a la puerta de la sala para mirarme con sorpresa, primero, y una sonrisa deslumbrante después. Exclamó algo sobre que al fin me había librado de las garras del colchón, y ya estaba parloteando acerca de lo bien que habían salido los ensayos cuando yo dejé la postal sobre la mesa, me puse de pie y avancé en su dirección.

La sonrisa se le fue borrando de los labios conforme me acercaba. Lentamente empezó a retroceder, sin darme la espalda ni romper el contacto visual. Siguió el pasillo que daba a la puerta del apartamento a la vez que su mano tanteaba a ciegas la pared, arriba y abajo, buscando cualquier cosa que tuviera al alcance y le sirviera como arma.

—Sé que no fue la mejor forma de hacer las cosas, pero necesitabas dormir un poco —habló, conciliadora, sin detenerse. Cuando sus dedos tropezaron con el paragüero junto a la entrada, asió el mango de uno de los paraguas y lo alzó contra mí—. No te acerques más, por favor. No quiero tener que...

—¿De verdad crees que podrías defenderte con eso? —Con una mano intercepté el paraguas que me apuntaba al cuello y, con la otra, le aferré la muñeca—. No, no pudiste.

Tiré de ella, forzándola a caminar conmigo hacia uno de los muebles del pasillo. Cuando estuve lo bastante cerca, solté el paraguas aunque seguía reteniendo su muñeca, y con mi mano libre abrí el segundo cajón.

Apenas tuve que buscar, pues la navaja que saqué ahora fue la misma que había llevado conmigo la noche en que seguí a Sakura, sin avisarle, para escoltarla durante su cita. Su cita con Eriol; ese psicópata que quizá pretendía rajarla de arriba a abajo, descuartizarla y luego guardar sus restos en el congelador, en caso de que tuviera uno más grande que el mío, en donde ni siquiera ella cabría, como yo ya había razonado alguna vez.

A pesar de su resistencia, de que la punta de un paraguas amenazara con dejarme tuerto, y del horror con el que Sakura miró la hoja metálica cuando yo la abrí para enseñársela, logré acercarla tras forcejear otro poco.

Me incliné sobre ella, apoyando mi frente contra la suya hasta que su respiración agitada me calentó el rostro, mientras le daba la vuelta a la navaja con un giro de mis dedos. Sentí a Sakura sobresaltarse cuando el cuchillo rozó su mano, dudando aún varios segundos antes de decidirse a empuñarlo por el mango.

—Ésta es mi pequeña consentida —le presenté a la navaja, sin apartar la vista de sus ojos vidriosos—. No la he usado mucho, pero jamás me falló en las ocasiones importantes. El acero de la hoja está muy afilado, la madera de la empuñadura es ligera y su forma se adapta bien a la mano. Además, cabe en la mayoría de los bolsillos, u oculta en la pierna de un botín como los que usas tú todo el tiempo. ¿Me harías un favor, Sakura? —Ella asintió, confusa todavía, cuando cerré mi mano sobre la suya que sujetaba el cuchillo—. Quédatela, por si alguna vez vuelves a sentirte como ahora. Úsala de ser necesario, y con quien sea necesario. Llévala siempre contigo. Prometo que no te molestará. —No la solté hasta que volvió a asentir. Entonces, fui yo quien se apartó de ella para ir hasta la cocina, impulsado por un dolor familiar que llevaba días sin sentir. Me alivió encontrar las bolsas del supermercado que Sakura había traído la mañana anterior todavía sobre la mesa, pues dudaba que en mis alacenas quedase algo comestible—. Antes estabas diciendo algo acerca de los ensayos —apunté, abriendo el primer paquete a mi alcance, que resultaron ser galletas con formas de dinosaurio. Se notaba que las había escogido ella.

—Salieron... bien —la oí decir, recobrando poco a poco el color en el rostro, mientras ya se guardaba su nueva navaja en el botín derecho—. Te echamos un poco de menos, pero mi papel como director suplente casi logró convencernos de que estabas ahí.

—¿Tu papel? —La señalé, deteniendo una galleta a medio camino de mi boca—. ¿Te ofreciste para dirigir? Creí que mi trabajo te parecía aburrido... Espera, ¿ellos te hicieron caso?

—Ellos me eligieron —corrigió—. Por orden de aparición y cantidad de escenas, yo era la más adecuada. Las pruebas están en mi teléfono, en caso de que necesites asegurarte. Grabamos un ensayo al completo, y otras cosas que nos gustaría que vieras.

De reojo, busqué el reloj en la pared de la cocina.

Si bien nuestro régimen de visitas jamás había sido muy estricto, la hora se prestaba hoy para una importante toma de decisiones. Al fin y al cabo, yo ya estaba en pie, comiendo por mis propios medios, y había tenido la estabilidad mental necesaria para no cometer un asesinato seguido de suicidio en el pasillo momentos atrás, por lo que, técnicamente, Sakura volvía a ser libre para marcharse cuando quisiera. Entonces, ella podría regresar a casa y darse un baño de burbujas, o cenar alguna elaborada receta preparada por el otro demente que la llamaba a diario, en lugar de quedarse aquí a enseñarme los vídeos en su teléfono.

Al volver mi atención a ella, y encontrar la mirada anhelante que me dedicaba desde la distancia, yo recordé con qué excusa había logrado convencerme de que la dejara dormir conmigo la primera noche.

—¿Sigues temiendo hacerte daño si no estás aquí? —le pregunté.

—Muchísimo —contestó Sakura, sin hacer esfuerzo alguno por que su tono o su mueca resultaran creíbles.

Ambos sabíamos que mentía, que era improbable que hubiera dejado de cortarse sólo por el hecho de dormir en mi casa, y que yo no la vigilaba en absoluto.

Con eso en mente, guardé el paquete de galletas de nuevo en una de las bolsas, y cargué la bolsa repleta de comida rumbo al salón.

—En ese caso, puedes enseñarme tus pruebas en el sofá.

Escena VI

-Sakura-

No recuerdo haber acompañado a Shaoran durante más que los primeros dos o tres minutos de vídeo, pues en cuanto me recosté contra él para ver la pantalla de mi teléfono caí rendida, agotada por el peso del estrés y la vigilia a las que me había sometido durante días. No desperté hasta el mediodía siguiente, cuando el sol que entraba por la ventana me dio de lleno en los ojos y descubrí que seguíamos en el sofá y que Shaoran dormía plácidamente, quizá sufriendo aún las secuelas de los somníferos que yo le había dado.

Me acurruqué mejor, en lugar de despertarlo, para disfrutar del reconfortante calor que volvía a generar su cuerpo, del susurro de su respiración acompasada y el tímido atisbo de felicidad que me embargaba con sólo estar así.

De puertas hacia afuera, mi vida seguía siendo un desastre. Pero aquí, entre estas cuatro paredes, lo único importante era la tranquilidad de saber que él volvía a estar a salvo. Que había logrado dormir, comer e interesarse por los ensayos; que había resistido la tentación de matarme, o matarse, o ambas, y que daba todas las señales de empezar a recomponerse poco a poco.

A pesar de todo, me sentía en paz.

El suicidio de Tomoyo interrumpiría, con toda su fuerza, la vorágine en la que mi vida se había convertido desde que supe sobre mi embarazo. Me obligaría a detenerme, a recordar un presente que el terror estaba opacando por completo, y a centrarme en las personas a mi alrededor como no había sido capaz de centrarme en mi amiga cuando aún estaba aquí. No sólo porque ella me lo hubiera encargado implícitamente durante nuestra última charla, que ahora podía catalogar como la despedida que fue, sino porque también era una pausa necesaria para mantenerme estable y tomar las decisiones que pretendía.

Necesitaba tomar distancia, calmarme y reflexionar; ver el panorama completo y no sólo promesas a futuro. Necesitaba saber que podía sentirme cómoda entre los brazos de alguien sin que esa persona se hubiese visto forzada a consolarme, ni yo a aceptarlo, tras algún derrumbe emocional. Necesitaba saber que podía desnudarme, meterme con alguien en la ducha y jugar a llenarle el pelo de espuma sin que ninguno de los dos albergase la intención de tener sexo después. Necesitaba saber que podía cocinar, tallarines al menos, si alguien me indicaba el procedimiento y se encargaba de recordarme los tiempos de cocción en lugar de dejarme quemar la comida para divertirse con ello o, en el caso contrario, evitar que me acercase a cualquier cosa que no fuese el microondas para no ponerme en peligro. Necesitaba saber que podía actuar de forma espontánea: parlotear, reírme de mis propios chistes, enfadarme tras algún comentario insidioso y, al instante siguiente, mojar un trozo de pan en salsa para ofrecérselo amorosamente a alguien que no viviera sopesando mi hospitalización. Necesitaba saber que podía hacer sonreír a una persona que llevaba días sin levantarse de la cama y animarlo a pisar la calle una vez más, así fuera a rastras. Necesitaba saber que también podía ser buena, útil, cariñosa y valiente si la situación lo requería, si la persona ante mí me daba el espacio suficiente y, sobre todo, si yo me lo permitía a mí misma.

Necesitaba saber que había cosas malas, muy malas, con Shaoran y conmigo. Pero también había cosas buenas, y lo que yo estaba considerando perder para siempre no era sólo la faceta inoportuna de nuestra relación, sino todas, con todos sus matices, su impacto en mí y en él; en las vidas de ambos y en la vida de alguien que aún no estaba aquí para ayudarme a decidirlo.

Caía el sol cuando llegamos al parque de mi infancia, en cuyos columpios me había sentado yo tantas veces y estaban ocupados ahora por tres niños; dos de ellos sentados y otro esperando su turno. Los tres huyeron despavoridos en cuanto nos vieron andar en su dirección, luego mirándonos desde el sendero que circunvalaba el parque mientras nosotros ocupábamos sus puestos y a mí se me escapaba una sonrisa rota, de payaso tragicómico, al comprobar el don de Shaoran para espantar niños, o engendros, como él acababa de llamarlos.

Pero no me interesó preguntarle por ellos, ni por aquel odio que les profesaba y era, al parecer, mutuo. Eso, yo ya lo sabía.

Lo que aún no sabía, y había pospuesto muchos días averiguar, era la situación que había llevado a Tomoyo a donde estaba hoy; es decir, sepultada en el cementerio. Se lo pregunté a Shaoran, explicándole que ella me había hablado sobre su infancia solitaria, su adolescencia en París y su viaje a Japón, huyendo de los planes de su madre, pero nada había querido decirme sobre sus problemas con Ritsuko, o sobre cómo llegaría su relación a convertirse en lo que fue.

Cigarro en mano, Shaoran accedió a disipar algunas dudas. Si bien aseguró no entender del todo lo ocurrido, me habló sobre la dinámica de aquella relación en los últimos años: sobre cómo Tomoyo debía correr a ocultarse al teatro algunas noches, sobre cómo Ritsuko insistía en alejarla de su afición, y de sus amigos, para arrebatarle hasta el último atisbo de independencia que le quedara y aislarla en una cárcel donde sólo existiera él. Y, a pesar de que Tomoyo era una persona muy inteligente, y una gran manipuladora a la que Ritsuko jamás lograría someter por completo, sí la había anulado en los aspectos suficientes para tomar la decisión que tomó, adelantándose, quizá, a las intenciones de su marido.

—O eso me gusta creer a mí —dijo Shaoran, expeliendo la densa nube de humo que había retenido tras llegar a aquella conclusión—. Que Tomoyo logró quedarse con la última palabra en su contienda. Siempre fue su costumbre.

—Debió ser difícil tenerla de novia.

—Al menos a mí me perdonó la vida.

Desvié la mirada de su sonrisa, tentada a imitarle, y con disimulo sequé la lágrima traidora que se había deslizado por mi mejilla. Recordé que a Tomoyo no le gustaría verme llorar, y que ella estaba bien ahora. Tal vez, disfrutando del humor negro de su amigo desde alguna parte.

Meciéndome en el columpio, me perdí en algún punto entre el silencio de Shaoran y el ruido de mis pensamientos. Cuando regresé, lo hice consciente de varias cosas y cargada de una sinceridad que, por lo general, no tenía.

Admití en voz alta comprender la dinámica de la relación entre Tomoyo y Ritsuko. Aunque mi experiencia era distinta, y aunque Eriol jamás me hubiese golpeado, ni reaccionado de ninguna forma físicamente violenta contra mí, yo percibía la violencia con la que me sometía en otros aspectos. Eran, casi siempre, no más que desprecios sutiles; comentarios hirientes de formas que ni siquiera sabía explicar a terceros. Era, otras veces, su obsesión por mantenerme siempre vigilada, controlando incluso cada una de las pocas cosas que él me permitía hacer; las únicas seguras bajo su punto de vista. También, su tendencia a mantenerme prisionera en casa; sedada si era posible. Sus desmedidas atenciones, que me asfixiaban, me exprimían la voluntad para malearla a su antojo, y me impedían escapar hacia un mundo hostil en el que alguien como yo jamás podría sobrevivir sin la ayuda de alguien como él.

Todo era por mi bien, yo lo sabía, o de eso había logrado convencerme. Pero cada vez que su crueldad excedía los límites de mi masoquismo, yo me echaba a llorar en la soledad de una cama en la que no habíamos hecho más que dormir durante cinco años, porque su dominio absoluto me causaba el profundo terror de una violación que cometía sin tocarme; acostada allí, en posición fetal, sin ningún otro refugio disponible ni nadie a quien pedir ayuda.

—Cuando Fye me dio el folleto, yo atravesaba una de esas épocas —confesé, jugando a dibujar círculos sobre la gravilla con la punta de mis botines—. Llevaba demasiado tiempo sobria; es decir, sin medicarme. Eso significa que era capaz de entender la verdad y que comenzaba la cuesta abajo en mi montaña rusa, al menos hasta que alguien me llevase de vuelta al psiquiatra. Siempre ocurre igual, ¿sabes? Sakura se da cuenta de que no es feliz, ni tiene una motivación en la vida. Recuerda que está loca, que está sola, que odia la carrera que estudia para contentar a su padre, quien, por cierto, no ha vuelto a fijarse en ella desde que su esposa murió; que Touya está demasiado lejos y ocupado con su vida para poder encargarse de la inútil de su hermana, y que Eriol se divierte experimentando con su cerebro como si ella fuese su rata de laboratorio predilecta. De pronto, empieza a decir cosas malas, a mirar con anhelo el cúter sobre el escritorio o las tijeras en la cocina, y entra en crisis cada vez con mayor asiduidad. Entonces es cuando la obligan a visitar a Yukito, y las pastillas se lo llevan todo —concluí, moviendo las manos como un mago que enseña las palmas vacías al público—. ¡Abracadabra, Sakura está cuerda otra vez!

—Dudo que existan pastillas suficientes para obrar ese milagro —dijo Shaoran, con la respiración contenida para no atragantarse entre una risa seca y el humo del cigarro—. Estabas tomando... Prozac, ¿cierto? Al poco tiempo de aparecerte entre nosotros.

—Sí. Pero, esta vez, ni la fórmula mágica de Eriol pudo competir con el descubrimiento del teatro. Fue una derrota absoluta: de sus antidepresivos, de su control sobre mí, y de nuestra relación en general. Me arranqué los hilos con los que me conducía siempre por donde a él le interesaba, y dejé de ser su marioneta —anuncié, con un orgullo innegable y la vista perdida en un cielo que se iba volviendo cada vez más azul—. Por primera vez en cinco años, volví a ser libre.

—¿Estás segura de eso?

Shaoran parecía extrañamente divertido con la situación. Me miraba con la complicidad con que lo hacía en público tras un polvo en su despacho, o cuando sabía que le estaba mintiendo pero él prefería seguirme la corriente. La diferencia fue que, esta vez, yo no entendí lo que me insinuaba.

—Yo no iba a volver con él —le dije—. Estaba segura de que eso jamás ocurriría hasta que recibí la noticia del embarazo, y mis dudas actuales al respecto no tienen nada que ver con mis verdaderos deseos. Esperaba que lo hubieras entendido la última vez que discutimos el tema. —Shaoran negó, sonriente todavía, apartando sus ojos de mí para fijarlos en el horizonte—. ¿Qué es tan gracioso?

—Nada. Sigue con lo que me estabas contando.

Él volvió a fumar, y yo a columpiarme, a sabiendas de que no pretendía explicarme su chiste interno. No me entretuve con ello. Tenía asuntos importantes que tratar.

—Lo que quiero decir es que yo estaba atrapada en un bucle similar al de Tomoyo, y por eso la entiendo. Y aun si tuviera que volver a él, todo esto me ayudó a comprender que no permitiré que Eriol me manipule de la misma forma; sin límites, sin encontrar ningún tipo de resistencia por mi parte. Yo ya no soy la misma, ni tampoco lo son mis prioridades. —Me llevé una mano al vientre, que no había cambiado pero sí lo había hecho—. Encontrar el teatro me salvó de esa tortura y me alegro de que así haya ocurrido, a pesar de lo que pueda llegar a pensar cuando estoy demasiado desesperada, o a pesar de lo que tú estés pensando en este momento. Me alegro de haber descubierto algo que me gusta de verdad; algo a lo que podría dedicar mi vida por el placer de hacerlo, sin sentir que estoy pagando las cuentas en nombre de terceros. Me alegro de haber conocido a Tomoyo, y de haber sido su amiga, aunque ella prefiriese suicidarse tras un par de meses aguantándome. Y me alegro de haberte conocido a ti, aunque eso haya acarreado consecuencias con las que ninguno de los dos contaba. No me arrepiento. Lo volvería a hacer todo, incluso si supiera cuáles son los resultados. No me importa haber probado la libertad sólo para resignarme a perderla después; no me importa estar esperando un hijo que no quiero y que probablemente arruine mi futuro; no me importa tener que rebanarme las piernas cada noche para soportar la presión. No me importaría volver a pagar el precio cuantas veces fueran necesarias porque, por un instante, tuve cosas que de ninguna otra forma habría tenido.

—¿Te estás escuchando?

—Sí, y es extraño porque no estoy acostumbrada a oírme decir la verdad. —Shaoran me miraba como si no entendiera nada de lo que le decía. Intentó replicar, quedándose con las palabras a medio camino, al igual que el cigarrillo quedaba a medio camino de su boca cada vez que pretendía volver a fumar. Yo no me detuve. Había tenido demasiado tiempo para pensar, mientras lo veía a él tenido en su cama, culpándose de todo lo ocurrido a Tomoyo—. Me aferré al teatro como a mi última esperanza, con demasiada intensidad, y de la misma forma me aferré a la persona que me ofrecía todo eso. Sé que puedo resultar muy pesada y dependiente, y te pido disculpas por ser así contigo. No puedo evitarlo. ¡Hay veces en las que me haces sentir tan bien que creo que está mal! No siempre, claro, porque tenemos nuestros altibajos. Pero aunque los tengamos, y aunque a veces nos peleemos, y a ti te guste colgarme de balcones y a mí me guste morderte hasta hacerte sangrar, también recuerdo que tú jamás intentarías sacarme del teatro para obligarme a vivir encerrada y que, en lugar de esconder todos los objetos afilados de mi alcance, eres la persona que me regala un cuchillo para que pueda defenderme con él, así sea de ti de quien debo defenderme...

—Eso es muy tierno, desde luego —me interrumpió Shaoran, sin darme la oportunidad de confesar que sí, en cierto modo me lo parecía. Todavía sentado en el columpio, se giró hacia mí, quizá esperando que le escuchara mejor, como si cualquier cosa que fuera a decir para disuadirme surtiese más efecto gracias a ello. ¡Era tan inocente a veces, aun con todo su cinismo! Me gustaba eso de él—. No sé qué conclusiones habrás sacado de todo esto, pero quiero que entiendas que yo arrastré a Tomoyo a los brazos de ese energúmeno. Ella se estaba escapando de mí, de lo que yo le había hecho. La dejé tirada por la heroína, igual que a ti en ese sueño que tuviste, a pesar de todo lo que ella había hecho por mí y a pesar de lo enamorado que yo creía estar. No fue diferente, Sakura. No lo habría sido contigo entonces, y quizá tampoco vaya a serlo ahora. Yo puedo decirte que quiero ser un buen tipo, una persona madura que sepa mantener su palabra, y cumplir con la obligación que he decidido que me corresponde por haberte hecho un mocoso aunque fuera un accidente, pero mi ex se suicidó, y hace dos días yo fantaseaba con asesinarte a ti. Vamos, ni siquiera puedo asegurar haber abandonado esa idea del todo: muchas veces resultas insoportable.

—Sin embargo, aquí sigo. —Fui yo quien le sonrió ahora, tan segura de mis palabras como pocas veces podía estarlo—. Me encantaría que fueses tú quien me matara, Shaoran. Aparte de mí misma, eres la única persona a quien se lo permitiría sin oponer resistencia. Pero, desgraciadamente, no podemos concedernos ese capricho ahora. En unos años, tal vez.

Durante otra eternidad, él me miró en silencio. Luego, le vi catapultar los restos de su cigarro a la gravilla del parque.

Gruñendo algo que no entendí, apoyó los codos sobre sus piernas y se cubrió el rostro con ambas manos.

—¡Que no hay pastillas suficientes! —me gritó, frustrado, cuando yo me acerqué a preguntar.


Notas: Ha pasado un tiempo desde la última actualización. Un tiempo bastante intenso para mí (en el mejor de los sentidos), cargado de viajes, trabajo y nuevos proyectos. Lo cierto es que pretendía actualizar en abril, pero no pudo ser, de modo que hice lo posible para subir capítulo como auto-regalo de cumpleaños. ¡Y qué auto-regalo! Es uno de mis capítulos favoritos porque, hasta ahora, no había tenido oportunidad de profundizar tanto en el personaje de Shaoran ni en su relación (pasada) con Tomoyo, ni en Meiling. Disfruté muchísimo escribiéndolo, y espero que los lectores lo hayan disfrutado (casi) tanto como yo.

Esta vez, quiero dedicar un momento a hablar sobre mi frecuencia de actualización. Lo veo necesario, debido a los comentarios que recibí últimamente. Sospecho que los ha dejado gente que, aparte de no conocerme, no conoce tampoco el trabajo que da escribir una historia con una media de 50 páginas por capítulo, con su consecuente investigación, horas de escritura en sí misma, horas de corrección, horas de imaginación... y, en fin, compaginar todo eso con una vida laboral, una vida personal, y una vida literaria aparte (porque, no, esto no es lo único que escribo). A esa gente quiero decirle que yo no tendré más prisa por terminar la historia conforme más insistan ustedes; de hecho, a cada comentario para que me apure, más ganas me provocan de dejarlos esperando, porque siento que no respetan ni mi trabajo, ni mi vida, ni mi tiempo lo suficiente. Por suerte, existen esos otros lectores a los que no quiero hacer esperar más aún, y que me ayudan constantemente con sus comentarios: por ellos es que ustedes reciben este capítulo hoy.

A esa gente impaciente quiero decirle que, si de verdad quieren colaborar con la historia y verla avanzar, lo mejor que pueden hacer no es gritarme que me "dé prisa" porque es "molesto" que lleve años trabajando en este proyecto, sino hacer como el resto de lectores y dejar comentarios productivos con sus dudas, sus opiniones, sus teorías, etc. Eso es lo que me ayuda y me motiva. Por otro lado, a quien no sepa o no quiera esperar: ya sabe en dónde está la puerta. Personalmente, los pocos fics que sigo aún hoy actualizan cada meses, o cada años, y no me he muerto esperando todavía, gracias a releer o a entretenerme leyendo otras cosas (hay tantas). Pero cada quien conoce el límite de su paciencia.

La historia se tomará, como siempre, el tiempo que sea necesario para su siguiente publicación. Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.

Muchas gracias por el apoyo a quien lo da. Las respuestas a los reviews están, también como siempre, esperando en su bandeja de entrada.

No olviden pasar por deviantART (Choco-menta) para ver los dibujos del capítulo.