Capítulo 2

Guarida del Guasón

Época Actual, Ciudad Gótica

Horas de la madrugada.

- Debe ser excitante perder tu propio juego.

Arrugó la frente, presionando inconcientemente la copa con más fuerza.

- No tanto como crees – murmuró.

Observó impávido cómo ella se estaba rompiendo el labio inferior a propósito. Ni siquiera con los dientes, utilizaba sus largas uñas para sacar la piel. Esperaba un momento, luego se llevaba las yemas de los dedos al labio y comprobaba si obtenía el resultado esperado. Cuando no, volvía a escarbar.

- Creí que sería antes – dijo entonces, dejando la copa sobre el apoyabrazos del sillón.

Ella lo miró con sus oscuros y vacíos ojos.

- Yo también – contestó ella, viendo sus dedos manchados de sangre. – Pero he venido.

- Dos años… tarde… - comentó, con su voz inexpresiva al igual que sus gestos faciales.

- Había mucho que romper – se excusó ella, tirando un trozo de piel. Lo sacó bruscamente, y su labio comenzó a sangrar.

Se levantó. Caminó hasta ella, y posó los dedos enguantados en púrpura sobre sus labios y mentón, deteniendo el chorreo. Ella, sin embargo, lo alejó de un manotazo.

- ¿Qué no era eso precisamente lo que tenía que hacer? ¿Esperar? – le espetó.

- Sigues siendo… tan delicada… como el día que te conocí… - dijo el Guasón, volviendo a su asiento. Ella le hizo una mueca socarrona. – Y con la misma fiereza de siempre… ¿Lo recuerdas, pequeña Amanda? -

De pequeña ya no tenía mucho. Lo único que parecía conservar de ese tiempo eran sus cabellos, negros y lacios, completamente pacíficos. Había crecido un par de palmos, las curvas habían adoptado forma, y no era tan delgada como la recordaba. La figura que el Guasón estaba mirando no era la de una niña, sino la de una mujer, en el absoluto sentido de la palabra.

- ¿Qué si me acuerdo? ¿Cómo podría olvidarlo? -

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Hace seis años

Apartamento de la Dra. Quinzel

8:55 pm

"He notado la llegada de algunos cambios desde que llegaste a mi vida. He recordado cómo era sentirse parte de una pareja. Cuidar de alguien que cuida de mí. Es la primera vez en mi memoria reciente que tengo esos sentimientos... ¡Y odio tener esos sentimientos!"

Guasón.-

- Me haces daño – chilló, tirada en el suelo. Tenía las rodillas raspadas, la blusa que llevaba puesta manchada y rota, el cabello desparramado sobre el rostro, cada vez más lleno de moretones y cortes, aunque algunos más leves que otros.

- Shh, shh… - susurró él, pasándole toscamente el dorso de la mano por la mejilla mientras la sujetaba de un brazo. – Calla, calla… si sigues abriendo… esa preciosa boquita tuya… - le apretó las comisuras, haciendo que estirara los labios – Terminarás lamentándolo… - y rió estruendosamente.

Ninguno estaba enterado de la chica escondida tras el sillón, quien enterró las partidas uñas para reprimir cualquier exclamación, esperando no ser vista. Llevaba semanas pudiendo encontrarlo, pero esa no era la manera en que ella pretendía hallarlo.

- Ahora que estamos… más calmados… - prosiguió él - … hablemos seriamente… - se llevó una mano a la boca para morder el borde del guante.

- ¿Por qué haces esto? Si tú sabes que te… - la golpeó en la boca con el mango del cuchillo.

- Thathatha… no, no, no… parece que no has entendido… - la jaló del brazo, obligando a que levantara la cabeza. Los perfectos dientes de la mujer se hallaban teñidos de sangre.

- Olvídalo; olvida todo lo que dije… - murmuró ella de pronto con la voz pastosa. La chica tras el sillón arrugó la nariz en un gesto de asco. La mujer se apoyó de él para incorporarse, tratando de colocarse de pie a pesar de los tacos rotos de sus zapatos – Sólo… volvamos a ser lo que éramos antes… olvida lo que dije; soy una idiota, una estúpida, una… - el hombre alzó una ceja ante la avalancha de insultos.

Desesperada, la mujer tomó el rostro del payaso en sus manos e intentó besarlo, pero él la aferró de las muñecas con fuerza, y la lanzó al piso. Le hizo algo que Amanda no pudo distinguir, pero que le sacó espantosos gritos a la mujer. Sin más, él salió a grandes zancadas del departamento por la puerta que permanecía entreabierta.

A Amanda el corazón estaba por salírsele de la boca; había pasado a unos centímetros de distancia suyo… sólo tenía que seguirlo, aún escuchaba sus pasos pesados por el pasillo e imaginaba que se iba con su andar desarmado…

Oyó un gemido que la alertó; Harleen había comenzado a sollozar encima del charco de sangre que empezaba a dejar en la alfombra. Decidida a no escuchar eso, Amanda no lo pensó más, y salió en cuclillas por la puerta.

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No había ido muy lejos. Había entrado a un callejón, uno por el cual no debía de frecuentar mucha gente. Estaba sentado, o más bien, tirado en el suelo, apoyando la espalda en la muralla. Amanda se inmiscuyó sigilosa, dejando, como siempre, que la oscuridad la protegiera.

Dio unos pequeños y torpes pasos, pegada a la misma muralla en la que estaba apoyado, hasta llegar a una distancia que consideró prudente de él.

Jamás había sentido ese órgano del pecho moverse tan deprisa.

El silencio se mantuvo por unos momentos, aunque Amanda escuchara los latidos retumbándole en los oídos.

- ¿Sabes? No me enamoro, no – dijo él, al parecer, a la nada, a la oscuridad, a la noche helada que albergaba Gótica.

No supo por qué lo hizo, ni siquiera se había propuesto hacerlo; despegó los labios, y dijo bastante segura:

- Lo sé. -

- ¿Y cómo podrías tú saberlo? – preguntó él, con los ojos fijos en la muralla de ladrillos.

Y ella, otra vez respondió:

- Porque yo tampoco. Puede ser cualquier otra cosa, menos amor -

- Parece que eso… precisamente no entendió de mí – era más que obvio que se refería a la rubia que había dejado agonizando en el apartamento.

- Ella no te entiende. Ella sólo… te ama. Por eso soporta que la trates así. Pero ella no comprende la necesidad imprescindible de quebrantar el status quo. Ella no posee la sutileza como para percibir la hipocresía que nos rodea todos los días, a cada segundo que pasa… - las palabras salían de su boca impulsadas por sí solas, anhelantes de tener a alguien que las escuchara y comprendiera.

Él frunció el ceño.

- ¿Cómo… entiendes lo que…?

- Lo siento y lo profeso. – esta vez, el Guasón giró la cabeza para verla.

La examinó de arriba a bajo sin pestañear. Sus ojos oscuros y vacíos la recorrieron profundamente, como nunca había percibido, sintiéndose expuesta. Tenía el presentimiento de que el Guasón había entendido sus intenciones por completo.

- Eso es interesante… Me gusta eso… Eres Amanda, ¿verdad? -

- Sí -

- Así que… Amanda – se puso de pie, desechando la distancia existente entre ambos - ¿Estás cansada de que las cosas salgan "de acuerdo al plan"? -

- Sí, sí lo estoy – no recordaba haber dicho palabras más ciertas.

- Presiento… que tú y yo… vamos a ser muy buenos amigos… ¿te gustaría?

- En este momento, no hay nada que quiera más que eso – la emoción era sólida, tanto que el Guasón sonrió a su manera.

- Tómalo con calma, pequeña… - le pasó el dorso de la mano por la mejilla, pero mucho más suave y atento que como había visto que hacía con Harleen.

Se dejó llevar, cerró los ojos, e intento sentir la caricia causada por las mismas manos que obraban esplendorosas obras de arte, el arte del caos. Prácticamente no se percataba de lo pegajoso que estaba por la sangre, tantas veces derramada por esas manos.

- Es… - susurró lo más bajo posible, intentando no romper el encanto.

- Sí… - escuchó su susurro, igual de bajo, despacio y cerca. Amanda levantó los párpados lentamente. Él estaba cerca. Muy cerca.

Automáticamente, la respiración se le aceleró, al igual que el pulso. El Guasón ladeó la cabeza, divertido al ver los síntomas que estaba experimentando su acompañante. Amanda se enojó consigo misma, y se obligó a regular la respiración. Cuando ya la tenía bajo control, enterró los ojos en él, sonriéndole.

- Eres tan… inocente. – murmuró. Amanda no supo si era un halago o un insulto, si se estaba bufando de ella por su reacción o la estaba tranquilizando. Pero él la aferró de la muñeca con fuerza, no demasiada para hacerle daño. – Vamos, pequeña. Nos esperan – y obsequiándole una sonrisa, tiró de Amanda y echó a correr con ella.

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