La historia no es completamente mía, sino que está basado en un libro de Laura Gallego que me ha conmovido en extremo. Cambian las situaciones y esas cosas, pero la esencia sigue ahí. Quería hacer esa pequeña aclaración para que no hubiese malentendidos.

Por si no os habéis dado cuenta aún, se supone que son los personajes de Harry Potter, solo que en un universo diferente.

Besos a todos, y espero que disfrutéis con el primer capítulo de ésta historia.

Shashira

Introducción

La discoteca estaba abarrotada de gente, y la música me golpeaba los tímpanos y el pecho, martilleándome las sienes. La luz era tenue, tan solo se podía percibir siluetas amontonadas a través del humo formado por los cañones y los cigarros. Los cuerpos a mi alrededor bailaban desenfrenados, poseídos por la sensualidad y la lascivia propia del alcohol y las drogas. Las mujeres vestían ropas estrechas, los hombres camisas abiertas y pantalones vaqueros. Todos se movían de forma erótica con el ritmo de la música, sudados, tocándose provocativos, tan solo exhibiendo una milésima parte de lo que más tarde sucedería al salir de allí.

Olía a sexo. Ah sí, conocía ese aroma, mezcla de hormonas, miedo y excitación. Piel con piel dispuesta a darlo todo por nada. Suspiré. A veces, el mundo me daba bofetadas de realidad, y esta era una de ellas. Aún así tenía esperanzas: Debía de estar ahí, oculto, éste era un buen lugar para ellos, lleno de todos los pecados del mundo. Humanos corrompidos, con almas de hielo.

Debía estar ahí.

Deambulé varios minutos alrededor de la sala de baile situada en el centro del local, esperando un brillo, un destello que me confirmara que "uno de ellos" se encontraba allí. De momento no había signos de su presencia. Vaya chasco.

Me dirigí a la barra, abatida pedí un refresco, y me apoyé en ella, observando la discoteca a través del espejo que tenían los camareros tras la barra.

Como siempre, nadie reparó en la espada que llevaba sujeta con un cinto a mi espalda.

Como siempre, eso no me importó. Ya estaba acostumbrada a ese efecto mágico en humanos.

De todos modos ¿quién iba a reparar en la espada de un Ángel?

Me estremecí incontroladamente, y el velo de la nuca se me erizó a continuación. POR FIN había hecho acto de presencia. Observé de nuevo la pista de baile, con aquellos cuerpos sumergidos aún en la orgía colectiva, sedientos por morder la manzana de Eva y ser expulsados del Paraíso. Bueno, al menos espero no les vaya mal.

Fue entonces cuando lo vi, en la otra punta del pub. Los ojos centelleaban aún bajo la escasa luz del lugar. Sombra de entre las sombras, acechante, vigilante y peligrosa. Ahí estaba. Decidida, dejé mi copa sobre la barra, y avancé con paso rápido hacia esa figura que se escondía entre la oscuridad.

Ni siquiera me vio venir. Se encontraba apoyado en una de las columnas de estilo griego del bar. Sus brazos parecían esposas de carne aprisionando la cintura de una muchacha de cabello oscuro que le cuchicheaba cosas al oído. El chico no contaría más de 25 años, vestía con camisa roja y pantalones negros; su cabello caía desordenado por su frente -bah, rubio platinado, ese tono estaba pasado de moda-, observando con frenesí la espalda pálida y suave de la joven. Él le besaba el nacimiento del cuello, y noté como la chica se estremecía de placer. Entonces sus caricias cesaron.

Sabía que alguien le estaba observando.

Levantó el rostro, y vi unos ojos claros, grises, que centellearon con malicia.

- ¿Qué ocurre, porqué no sigues? - la muchacha parecía molesta, pero al girar su cabeza y encontrarse conmigo, su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio - ¿Quién es ésta?

El joven abrió la boca para decir algo, pero con un rápido movimiento desenvainé mi espada y le apunté directamente al cuello. Silencio. Alzó su mano para tocarse la espalda, y me miró con una mezcla entre asombro y abatimiento. Entonces me percaté de algo ¡No tenía espada para defenderse! Hoy era mi día de suerte.

- Dile que se vaya - fue apenas un murmullo, pero no hizo falta que gritara: Sabía con certeza que él me escuchaba perfectamente. Tenían esa absurda habilidad de oír todo, incluso a los muertos.

La joven se cruzó de brazos, como si de una niña pequeña se tratara. Claro, ella no veía el peligro en esa espada que parecía de juguete, cosas de la magia que expedía el arma.

- Tenemos que hablar - amenacé, contrariada por su sonrisa siniestra, cínica como pocas - Ella no tiene nada que ver.

La observé de reojo, y pude ver que llevaba un traje naranja-nada discreto, todo hay que decirlo-que resaltaba todos sus atributos. Por unos instantes me sentí tremendamente ridícula, incluso fuera de lugar; yo tan solo vestía unos vaqueros, unas botas sin tacón y un jersey que me abrigaba del frío. Interiormente me encogí de hombros, resignada. Bueno, de todos modos estaba allí para cazar, no para divertirme; no es bueno estar muy emperifollada cuando estás al acecho de una presa ¿verdad? ¿cómo iba a correr sino? ¿cómo podría luchar y matar?

- ¡Dile que se vaya! - grité con todas mis fuerzas, acercando la hoja de la espada a su cuello peligrosamente. Reflejos dorados destellaron en el arma. Bien, ella también olía la carne del joven que tenía frente a mí. Y quería su sangre, la empuñadura, caliente, me lo transmitía. Quería venganza.

La muchacha dio un respingo, confusa aún por mi presencia. Creo que por primera vez esa espada le impuso respeto. El joven, situado a su derecha, quiso retroceder por instinto -como siempre hacen, los muy cobardes-, pero la columna de estilo griego evitó el movimiento. Ladeo la cabeza, pensativo, y frunció el ceño con desenfado.

- Esto es ridículo, sabes que no puedes vencerme - sonaba como una amenaza, más aún cuando sus ojos grises relampaguearon de indignación. Seguro que estaba pensando en mi osadía: ¿Cómo una humana se atrevía a…?¿Cómo pretendía desafiarle a él que era…?

- Pruébame - lo desafié, escupiendo las palabras de puru odio. No especialmente hacia él; se trataba de un odio profundo - de eso que no se olvidan- hacia toda su especie, a lo que significaba su persona, su origen. Su raza.

Chasqueó la lengua, obviamente se estaba enfadando. Eso no estaba en los planes que tenía esta noche

-Vete - le dijo a la muchacha, y está se volvió hacia el joven, incrédula, humillada y conteniendo su rabia. Apretó los puños, clavando las uñas en las palmas de las manos, sus numerosas pulseras tintinearon en sus muñecas como campanas repicando de una iglesia. Bufó despectiva.

- ¿Pero que…? - no le dio tiempo de continuar con la pregunta, porque del la mirada del muchacho rubio la paralizó. Sus ojos ya no eran grises, sino que tenían un brillo maligno, quizás rojo ¿o era negro? Hasta yo me estremecí ¿y quién no tendría miedo en esa situación, con ese hombre y esa mirada glacial, indiferente?

Volvió a repetir que se fuera, y ella se marchó sin decir nada, podría jurar que casi corría despavorida con aquel traje ridículo. Contoneando sus caderas con un vaivén sensual. Suspiré aliviada.

Esa joven me debía la vida.

Nadie sale viva cuando un demonio te elige.

Me volví hacia el hombre que tenía frente a mí, y para mi sorpresa, sonreía con suficiencia.

- Eres una simple humana. Esa espada no te pertenece.

Su voz era autoritaria, decidida, y aún cuando le apuntaba una hoja angélica al cuello, no tenía ni una pizca de miedo. Acerqué mi rostro al suyo, infundiéndome ánimos para que mis piernas no temblaran muy a mi pesar.

- Quiero que me respondas algunas preguntas, demonio, y quiero la verdad.

- Yo no acepto órdenes de nadie, humana, ya deberías saberlo.

Aferré la espada con fuerza, haciendo que la hoja le acariciara el cuello de la camisa. De repente ahogó un alarido de temor, y se agarró con fuerza a la columna. Oí sus dientes rechinar despidiendo toda su indignación oculta bao aquel semblante adusto y serio. Estaba enfadado, muy, muy enfadado.

- Creo - le dije pausadamente, casi masticando las palabras - que no estás en posición de decidir.

Bien, hay que saber que los demonios, a diferencia de los ángeles, no tienen sentido de la lealtad, es más, creo que les encanta matarse unos a otros, traicionar, y hacer todo tipo de barbaridades. Antónimos puros vaya. Por eso lo único que puede matar a un demonio, es la espada de un ángel, o de otro demonio. Y evidentemente, un demonio sabe cuando su vida está en peligro. Y aunque este sea un idiota confiado que no lleva ni la espada encima, es cobarde cómo todos. Así que diría la verdad si o si.

El joven me miraba desdeñoso, sin pronunciar palabra, y supe que había aceptado responder a mis preguntas. Lancé al aire mi perorata de siempre:

- Me llamo Hermione Jean Granger, y hace apenas un mes un demonio mató a mi prometido, Ronald Weasley, en una gasolinera de Francia - me quedé en silencio, pero él continuaba imperturbable, sus ojos grises, glaciales, fijos en mí - Quiero saber qué demonio le mató.

- ¿Y crees que tu prometido sería tan importante como para que un demonio lo recordase? - preguntó, y vi que su voz tenía un deje de repugnancia, mezclado con cierta superioridad. Soltó una carcajada siniestra, oscura y cruel - Demasiado ingenua, humana. Demasiado ingenua para estos tiempos que corren.

Intenté parecer calmada, lo suficientemente estable para que no le fuera indiferente. Es curioso, pero un demonio jamás se fija en un humano más tiempo del que necesita para matar y pervertir, para provocarle la peor de sus desgracias. Cuando un demonio te toca, acabas loca o terminas muerta. Ninguna de las dos opciones eran aconsejables. Además, como ya dije antes, un demonio no recuerda casi nunca a un humano si no es estrictamente necesario, y evidentemente, yo estaba fuera de ese grupo en la mente de aquel rubito con aires principescos. Tenía que hacer algo para retener su interés hacia mi persona. Pero ya.

- No era su nombre - susurré, y él me miró expectante, un destello de interés y curiosidad en sus ojos grises. Iba por buen camino.

- He oído bien? - preguntó - Eso quiere decir que…

- Sí - mierda, se suponía que yo tenía que preguntar, pero de alguna manera tenía que captar su atención. De todos modos, estaba realmente sorprendida de que su cuerpo pareciera ahora más que relajado a pesar de tener una espada junto al cuello a punto de matarle. Qué complicado es entender a los demonios.

- Ah, entonces ya nos comprendemos - alzó una ceja, divertido, se cruzó de brazos, de forma desenfadada. Ya no me temía, lo percibía - ¿Y bien? ¿Esperas que adivine cómo se llamaba?

- El verdadero nombre de Ronald Weasley era Ie - Rahhel.

El demonio dio un respingo, perplejo. Aquello no lo esperaba.

- El ángel Rahhel - murmuró, pero yo no estaba dispuesta a desistir en mi intento por saber.

- Sé que mantenía de vez en cuando luchas con un demonio con el que le unía una profunda enemistad desde hacía siglos... Quizás milenios - el demonio se tensó, su cabello rubio despeinado le ocultó a medias los ojos grises, y una mueca divertida se dibuja en sus labios - Me comentaron que paraba por esta zona. Era un demonio llamado Lanrek, pero que ahora toma otro nombre, un nombre inusual… se llam…

- Draco Malfoy - lo miré atónita, asintiendo lentamente.

Mi espada aún permanecía empuñada apuntando a su cuello con fiereza. Un despute de temor en sus ojos grises, glaciales, me llamaron la atención. Entonces lo supe instante. Menuda ignorante, me regañé interiormente ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo pude ser tan torpe?

- Hola Draco - le dije, a modo de saludo siniestro.

- Vaya - sonrió abatido, pasándose una mano por el cabello alborotado rubio platino, soltando reflejos mortecinos. Sonreía, el maldito sonreía. - Esto no debía terminar así.

*******************************************************

Bueno esta es la introducción, espero que os haya gustado, para que continúe rápido haga clikc abajo y dejen rewiews.

Besitos.