Disclaimer: Este fic surgió allá por junio del 2009, y se terminó el 31 de diciembre del 2011. En un inicio, pretendía ser unicamente un one-shot, pero con el tiempo, la historia fue creciendo y cambiando hasta convertirse en algo más grande: 14 capitulos, uno por cada Santo Dorado. El objetivo, era contar Saint Seiya unificando en lo posible manga y anime, añadiendo toques personales, para que fuera coherente. Obviamente, el estilo, la narración y la estructura han ido cambiando con el tiempo. Pero espero que os animeis a leerlo completo y lo disfrutéis. ¡A leer!


NUESTRO CAMINO


Capítulo 1: Shion

A veces nada en la vida resulta como uno había imaginado. Es curioso… que una frase que todo el mundo se repite miles de veces a lo largo de su vida, tome sentido para mí tras más de 240 años en este mundo.

Cuando era apenas un chiquillo, las historias y leyendas de grandes héroes del pasado eran cosa del día a día. Cuentos lejanos que resonaban en nuestras infantiles mentes, despertando algo en nuestro interior que jamás podré describir. Despertando aquella emoción que te llenaba de pies a cabeza por ser algún día tan grande como aquellos héroes…

Sin embargo, éramos niños con un poder muy grande y a pesar de que siempre nos advirtieron de que no debíamos confiarnos… lo hicimos. Llegamos a olvidar que daba igual lo fuerte que fueras, siempre habría alguien que lo era mas que tu. Llegamos a olvidar que éramos personas… unos chiquillos con ansias de gloria. Éramos arrogantes, orgullosos, inteligentes, fuertes… pero también mortales. Echamos en el olvido las palabras del entonces Patriarca. "Moriréis siendo apenas unos niños". Pero nosotros decidimos que desafiaríamos a los Dioses, a las Parcas y al Destino. Porque luchábamos en el bando correcto, decidimos que nosotros ganaríamos…

¡Cuan equivocados estuvimos! La última Guerra Santa fue demasiado dolorosa. Una batalla es algo que nadie debería vivir, niño o adulto. En aquella época, los mayores apenas teníamos 17 años. Mi mente, aun hoy, se pregunta muchas cosas que jamás comprenderé pues al fin y al cabo, solo somos humanos sobreviviendo entre los juegos de los Dioses. Parte de mis recuerdos se han extinguido con el tiempo y otros, simplemente fueron enterrados con mis compañeros caídos, pues eran demasiado dolorosos. Pero si me esfuerzo, aun puedo recordar con un escalofriante realismo el perfil de Dohko, ataviado con su armadura, sobre las ruinas de lo que quedó del Santuario. Cabizbajo, envuelto en su capa desgarrada y embadurnada de sangre; mientras la lluvia castigaba sin piedad el que un día fue nuestro glorioso hogar. Aquella era la viva imagen de una victoria amarga y de la cruel realidad. No había alegría, no había celebraciones… No había nadie. Estábamos solos y destrozados.

Entonces, sucedió algo que ninguno de los dos hubiéramos imaginado jamás. Vos seguíais con nosotros, mi Señora. Nos obsequiasteis con algo que no entendíamos, pero que ahora… valoramos en su justa medida. En aquel entonces, nos pareció un regalo cruel. Habíamos visto morir uno a uno a nuestros amigos y compañeros. Lo único que nos quedaba… era la amistad llena de tristeza que el otro aun se atrevía a dar. Pero no era nuestro destino envejecer juntos. Fue duro, quizá demasiado, pero aún así lo superamos.

Comenzamos desde cero, rememorando los viejos ideales de antaño y mezclándolos con nuestros propios sueños. Las inalcanzables ilusiones de dos muchachos soñadores que confiaban en que algún día… esos sueños, esas esperanzas e ilusiones… tomaran forma en el cuerpo de un niño. Un niño con ese brillo tan extraño como especial. Un brillo innato… que te embelesa cuando tus ojos reparan en el, o tus oídos escuchan su voz. Quizá exigimos demasiado, pues en más de 200 años ningún niño mostró tal don.

El tiempo pasó demasiado lento al principio, cuando todo era cuesta arriba, pero demasiado rápido al final cuando vuestra llegada era próxima. Recuerdo el día en que desperté tremendamente agitado de una de las premoniciones que a menudo invadían mis sueños. La emoción fue tal, que Dohko pudo percibir el nerviosismo de mi cosmos desde los lejanos Cinco Picos. Recuerdo sus palabras llenas de sabiduría y tranquilidad en mi mente, tremendamente alegres y llenas de ilusión porque finalmente el momento se acercaba. Aquel día, mi Princesa, en mis sueños hubo un llanto. Un llanto lleno de vida y energía.

Era un 30 de mayo, lluvioso y triste quizá. Pero había algo que hacia de aquel día de primavera uno extraordinario. Pronto, mis agudizados sentidos percibieron el esperado llanto de un bebé. No pude evitar dibujar una sonrisa en mi rostro que hacia demasiado tiempo que no mostraba. Caminé tan rápido hasta el lugar de donde provenía aquel quejido infantil que mi agitada respiración sorprendió a más de uno. Y de pronto… otro llanto. Apenas habían pasado un par de minutos. Cuando abrí la puerta de la habitación, mi sonrisa se ensanchó de tal modo que por un momento… olvidé que debía guardar la compostura. Frente a mí, dos bebes exactamente iguales compartían todo desde el primer segundo de sus vidas: el aire, sus lagrimas...

Nunca hubo otro par de hermanos semejante a ellos en este Santuario. Jamás podré olvidar la viveza de sus ojos al observar el más ínfimo detalle que para ellos era un mundo.

A partir de entonces… el tiempo pareció disolverse entre mis manos. Como la mayoría de los Caballeros, esos bebés no tuvieron oportunidad siquiera de elegir que hacer con su vida, pues esta… había sido tremendamente cruel e injusta. Estaban solos, su madre que era apenas una niña había muerto durante el parto; únicamente se tenían el uno al otro en este lugar, donde la vida no es fácil para nadie, pero menos aún para los niños. Nadie tenía en cuenta tu sexo, edad o condición. Aquí… solo sobrevivía el más fuerte.

Los tomé a mi cuidado y en menos de lo que tardo en escribir estas palabras, dos niños tremendamente traviesos correteaban entre las altas columnas de mi Templo y lo llenaban con sus risitas infantiles. Me hicieron recordar quien era, y porque estaba en el Santuario después de tanto tiempo. Porque mirar a aquellos dos pares de ojos, con la misma expresión y pestañeando al mismo tiempo, me hizo comprender. Ahí fuera… había miles de niños, con miradas tan inocentes como las suyas que merecían una oportunidad para vivir. Y ellos... lucharían por ese ideal.

La idea de ser padre nunca pasó por mi mente. Somos guerreros, poco dados a mostrar cariño hacia nadie, poco dados a dejar ver que tras esta majestuosa fachada que todos lucimos, existe un corazón que en más de una ocasión suplica en silencio por un poco de amor. Un Caballero de la Elite de esta orden no puede permitirse amar, mi Señora. No debe. No es sencillo pelear hasta la muerte sabiendo que dejas alguien amado atrás, ni hacerlo cuando ves que la vida abandona segundo a segundo a quien amas.

Y sin embargo… todos esos ideales quedaron en entredicho para mí cuando ellos llegaron. Recuerdo con cariño una noche de tormenta como tantas otras. Apenas tenían dos años, y ese hermoso fenómeno les aterrorizaba. Aquella noche… no habían dejado escapar una sola lágrima que atestiguase miedo alguno. No… Velé sus sueños hasta que la lluvia cesó. Descubrí que a pesar de que mi presencia les tranquilizaba, era la cercanía del otro la que les hacía olvidar el miedo y ser más fuertes. Allí estaban, profundamente dormidos, acurrucados bajo una manta y tomados de la mano.

En aquel instante me reprendí internamente. Aquellos niños no serían solamente Caballeros algún día, Athena. Sino que aquellos dos pequeños… habían llegado a ser parte de mí y la sola idea de que algo malo les pasara… me aterraba.

¿Como no hacerlo? Si eran quienes habían traído luz a mi vida llena de tristeza y nostalgia. Podía pasarme horas escuchándolos, cuando apenas sabían hablar y discutían hasta caer rendidos. Se peleaban y se querían. Hubieran dado su vida por el otro sin siquiera comprender lo que aquello significaba.

Pero el tiempo pasó veloz entre travesuras y enseñanzas. Me recuerdo sentado en la misma terraza desde la que os escribo ahora, con ellos dos a mi lado escuchándome atentamente mientras observaban fijamente el cielo estrellado, asombrados. Por un instante permanecí en silencio, mirándolos. Y entonces, boquiabierto descubrí en aquellos rostros el don innato con que soñábamos Dohko y yo. Lo tenían y era tan perceptible que daba miedo… No solo eso, sino que sus cosmos, se habían dejado sentir desde el mismo instante en que habían llegado a este mundo.

Sin embargo, como ya dije, el Santuario no es el lugar ideal para que un niño crezca. Pronto se les concedió un Maestro, si bien yo seguí siendo el responsable de su educación. Dohko y yo conversamos a menudo sobre ese tema, compartíamos ilusiones y esperanzas que pretendíamos inculcar a aquellos dos niños. Porque eran los mayores, los primeros, y debían ser los mejores para que los que estaban por venir aprendieran de ellos. Fueron educados como dos príncipes. Saga y Kanon. Sabíamos… que harían grandes cosas.

Aioros no tardó en llegar con su hermano en brazos. Habían pasado 6 años desde el nacimiento de los gemelos y para mi parecía que habían transcurrido unas pocas horas. Recuerdo perfectamente la primera vez que Aioros supo de ellos dos.

Tras una de aquellas miles de travesuras que normalmente acababan en catástrofe; Saga caminaba tomado de mi mano, luciendo orgulloso la escayola que acaban de colocar en su brazo roto. Sus ojos aun enrojecidos por las lágrimas, se esforzaban por no mostrar dolor. Porque los Caballeros no lloraban, Princesa. Nuestros pasos se cruzaron con los de Arles, que acompañaba al pequeño Aioros al lugar que a partir de entonces, llamaría hogar. El chiquillo intentaba ahogar sus lágrimas, pero le era imposible. Mentiría si no dijese que me sentí acongojado al percibir el sufrimiento que atravesaba.

Y de pronto… Los niños se miraron fijamente unos segundos, estudiándose. Ya no cayeron mas lagrimas. Los enormes ojos de Saga reflejaban tal curiosidad que no pude evitar sonreírme. No tardo en soltarse de mi mano y acercarse al otro niño. Se detuvo frente a él y le dedicó una mirada llena de comprensión. Sin saber como, antes de que nos diésemos cuenta, Aioros dibujó una enorme sonrisa. Arles y yo los observamos sorprendidos.

¿Verdad que puede ir a jugar con Kanon y conmigo? –recuerdo que preguntó Saga lleno de ilusión.

Arles me miro expectante, quizá temiendo el desastre que se podía organizar si los gemelos tenían un nuevo amigo con el que destrozar el Templo. Pero yo sabia que hubiera dado igual lo que hubiera respondido. Porque antes de decir una sola palabra Saga ya mostraba esa genuina sonrisa de triunfo. Apenas pude asentir. Saga tomó la mano de su nuevo amigo y hecho a correr por los pasillos del Templo. Ni siquiera había preguntado su nombre. A ninguno les importaba.

Sus risas se escuchaban desde cualquier rincón, lo cual irritaba ligeramente a Arles, que siempre defendió que aquel era un lugar de culto y no de juegos. Quizá tenía razón… Pese a ello, Princesa, si vos hubierais visto la complicidad que apareció en aquellas infantiles miradas desde el primer momento en que repararon en la presencia del otro… hubierais sabido tan bien como yo, que no tenia caso negarles la oportunidad de ser niños. Porque transmitían algo diferente y especial… Un vínculo que soportaría todas las trampas que el destino les quisiera interponer. Yo lo supe, no se como… pero lo hice.

A veces me pregunto quien tuvo una vida más difícil, si los gemelos o Aioros y Aioria. Después de todo, Saga y Kanon nunca tuvieron a nadie que se pudiera considerar familia a parte de mi, nadie a quien extrañar. No era ese el caso de los otros dos. Hacia mucho que los había encontrado, pues las estrellas ya me habían advertido de su llegada. Pero me lo tomé con más calma. Al fin y al cabo… tenían un hogar. Sin embargo, el destino es caprichoso… y aquel hogar pronto desapareció. Se quedaron solos, con el recuerdo de lo que era una familia en la infantil mente de Aioros y la cruel soledad que lo perseguía.

Del mismo modo que los gemelos, Aioros ya tenia un maestro y los tres evolucionaban increíblemente rápido. Por aquel entonces, llegó Mu y las cosas cambiaron. Los tres mayores tenían unos siete años y una habilidad excepcional con el cosmos. Sus entrenamientos absorbían cada vez mas energía y tiempo. Seguí encargándome de su educación, aunque la atención que les dedicaba era cada vez menor pues ahora, había otro bebé más en el Santuario del que encargarme y no uno cualquiera: un lemuriano.

Recuerdo la mirada llena de decepción de Aioros cuando comenzaron a pasar menos tiempo conmigo. La mirada pensativa de Saga y la mandíbula apretada de Kanon. Sin duda, tres maneras totalmente diferentes de expresar el mismo sentimiento. Y a pesar de ello… cada vez les conocía mejor. Me maravillaba la manera en que Aioros reparaba siempre en lo bueno de las cosas, a pesar de que su terquedad me sacaba de quicio de vez en cuando. Entonces me di cuenta… que aquellos dos niños exactamente iguales, estaban comenzando a diferenciarse.

Kanon seguía siendo tan perspicaz y sincero como siempre. Solía decir lo primero que le venia a la mente sin reparar en el efecto que producían sus palabras. No tenia reparo alguno en protestar cuando algo le parecía injusto, por lo que se gano grandes castigos en numerosas ocasiones, tanto conmigo como con su maestro. Pero tras aquel deje irreflexivo que le impedía escuchar ningún consejo… se escondía la confianza ciega que tenia en su hermano. Todo el mundo podía contradecirle y no le importaba en absoluto. La única opinión importante para el era la de Saga. Era al único al que escuchaba.

El cambio fue más brusco en Saga. Fue el que más rápido creció de los tres, olvidando rápidamente la inocencia y los juegos. Manteniéndose siempre cauto y expectante, buscando continuamente la explicación a las cosas. Con aquellos ojos, antes extremadamente expresivos, levemente apagados. Menos sonriente, menos… feliz. Quizá comprendió más rápido que su vida no sería un camino de rosas, que más bien sería lo contrario. Y es que… inconscientemente le obligue a erigirse como el ejemplo a seguir, sin reparar siquiera en los efectos que podía tener aquello sobre un niño. Saga tenia algo que le hacia diferente, que hacia que llamara la atención sobre el resto. Solo ahora comprendo que le puse un peso demasiado grande sobre si mismo.

Y aquello no fue algo que Kanon aceptase con gusto. Ya no tenía con quien jugar y meterse en líos. Ya no tenía con quien hablar sin pensar lo que debía decir.

Ni siquiera me di cuenta del momento en que ambos se alejaron… Su maestro tampoco me advirtió. Fui demasiado ingenuo, si. Porque conocía bien a aquel hombre y sabia que no dudaría en enfrentarlos si de aquel modo conseguía su objetivo. Sin darme apenas cuenta, aquellas charlas con los tres se fueron reduciendo hasta ser casi inexistentes.

Lo poco que les veía era suficiente, o eso creía, para saberlo todo de ellos. Nunca me paré a pensar que aquella nueva distancia les hacía verdadero daño, pues consideraba que habían crecido lo suficiente como para comprenderlo y además, la rivalidad que sentían les hacía ser infinitamente mejores que cualquier otro Caballero en este Santuario. Para ellos, pelear contra el otro era como pelear contra si mismo en un continuo afán por ser el mejor.

Pequé de ingenuo. Pues lo que yo creía sana competencia había alcanzado un nivel preocupante. Me había equivocado estrepitosamente y cuando me di cuenta, fue tarde para remediarlo. Kanon, haciendo gala de su sinceridad no tenía reparo alguno en escupir todo la rabia que se guardaba dentro, porque de un modo u otro, yo le había arrebatado a su alma gemela. El era el rebelde de los tres, y no se doblegaba ante nadie aun a sabiendas del castigo que le esperaba. No tenía miedo. Su mirada, abandonó la calidez que siempre derrochó por una frialdad insoportable. Los tiempos de juegos por el Templo se habían esfumado. Las peleas y reproches tomaron el lugar de las risas.

Saga, sin embargo, era mucho más dócil. Era tan perceptivo como Kanon, pocas cosas escapaban a sus sentidos; aunque aparentemente no las prestara atención. Nada caía en el olvido para él e hizo de ello un arma letal. Siempre escuchaba y pocas eran las veces en que hablaba a la ligera pues era tremendamente reflexivo. Dos cualidades que le hicieron destacar sobremanera.

El poco tiempo libre que les quedaba, Aioros y Saga lo compartían. Aprendieron mucho el uno del otro y ahí fue donde nació la confianza y admiración mutua. Sin saber como, Saga y Aioros se habían convertido en el equipo perfecto. Solo Aioros era capaz de sacar una sonrisa sincera de aquel rostro. Ambos eran el complemento ideal del otro. La razón y la templanza de Saga era letal si se combinaba con el estilo arrojado de Aioros, que sin duda era un diestro guerrero. Y ambos lo sabían. Saga y Kanon tenían una energía cósmica extraordinariamente desarrollada y además, sabían manejarla. Aioros sin embargo, aun aprendía a controlarla mientras que sus ataques físicos, eran literalmente perfectos. Pero Saga no daba un golpe que no fuera necesario y así, Aioros aprendió a manejarse. Donde uno pensaba, el otro golpeaba. Una mirada les bastaba para saber como y donde golpear.

Sin saberlo, esa confianza que tanto me enorgullecía, forjaba un abismo mucho mayor del que jamás pude imaginar entre los dos gemelos. En aquel entonces quise pensar que eran cosas de adolescentes, pues al fin y al cabo, antes que Caballeros… es lo que eran. Dos chiquillos que habían crecido compartiendo todo y al fin, reclamaban su propia vida. Me equivoqué de nuevo. Pronto las peleas alcanzaron un nivel insostenible donde la vida de uno de los dos peligraba constantemente. No porque uno fuera más débil que otro… que no era así, sino porque ambos se convirtieron en maestros del arte de jugar con la mente humana.

Sólo Kanon podía hacer perder los nervios a su hermano. No había nadie más que lo consiguiera. Podía obligarle a actuar sin pensar. Sabia perfectamente que debía decir para hacerle daño aunque estoy seguro, que muchas veces lamentó sus palabras pues aunque para él era fácil llevar al límite al usualmente tranquilo Saga… no le resultaba tan sencillo apaciguarlo.

Del mismo modo, solamente Saga podía hacer que Kanon se tragase sus palabras, solo él se atrevía a llegar hasta el limite… haciendo de Kanon, sin darse cuenta, un guerrero tan bueno como el. No se tenían miedo. Los dos peleaban por motivos distintos, o eso pensaban. Pues estoy seguro que aquellas peleas maquilladas con odio, no eran más que su modo de exteriorizar la rabia que sentían por saberse separados de su única familia.

Siempre fui más duro castigando los errores de Saga. Quizá en parte porque eran pocas las veces que dejaba que su fuerte carácter tomara el control y alguien como él, pensaba yo, no podía permitírselo. No podía permitirse mostrarse humano. La mirada de Aioros me confesaba en aquellos momentos que estaba siendo demasiado injusto, pero nunca le presté atención a esas súplicas silenciosas. En contadas ocasiones se atrevió Saga a levantarme la voz, y cuando lo hacía… Sus palabras dolían más que las de cualquier otro. No había nada que le hiciera retirar lo dicho, aunque supiera que se había equivocado, su orgullo podía mas. A pesar de todo, siempre supo cual era su lugar. Todo ello hacia que fuera infinitamente más fácil tratar con él que con Kanon. Supongo que quizá me aferré a lo sencillo, pues a mi edad, ya no tenía la voluntad y paciencia necesaria para tratar con un chiquillo conflictivo como Kanon.

No habían cumplido aún los 12 años y eran tras de mi las personas con más poder de este Santuario. Era inquietante. Envidiados y odiados por ello del mismo modo en que eran amados y admirados. En esa guerra entre hermanos, Aioros no fue más que un espectador que tenia muy claro a quien debía su lealtad, pues Saga y él hacia mucho que habían dejado de ser amigos y compañeros de armas, para convertirse en hermanos.

Los demás niños ya habían llegado para el día en que los gemelos pelearon por la Armadura. Sin embargo, la edad comenzaba a hacer mella en mi, mi Señora y vuestra llegada cada vez era más cercana. Yo podía sentirlo. Me parecía imposible e inapropiado educar a aquellos niños del mismo modo que lo había hecho con los mayores. Al menos aquello fue lo que me dije en aquel momento. Intente mentirme a mi mismo, pues sabia que hacía 12 años había comenzado a temer por la vida de dos niños a los que quería como si fueran mis hijos, del mismo modo que paso con Aioros más tarde. Había traicionado mis principios de Caballero, amaba a alguien más que a vos, y daría mi vida por ellos si fuera necesario. No soportaba la idea de enviarlos a la muerte. Y la verdad es que estaba sufriendo infinitamente viéndolos pelear día a día. Entendí que no seria capaz de criar a los demás del mismo modo, pues no comprendía donde me había equivocado con ellos.

De ese modo, tome la decisión de que su educación corriera a cargo de sus respectivos maestros, tanto el tiempo que pasaron en el Santuario como el tiempo que pasaron fuera. Contemplé de cerca sus avances, pero nunca me inmiscuí. Los conocí, pero intenté no tomarles el cariño que tenia por los otros tres. Ni siquiera con Mu y Aioria, que crecieron cerca de mí, contemplando como aquellos tres niños acariciaban las estrellas con la yema de sus dedos.

Se que lo que estoy diciendo es injusto. Pero no me sentía capaz de hacer otra cosa. No me sentía capaz de verlos sufrir a ellos también. Sin embargo, eso no significaba que no les conociera mejor que ellos a si mismos.

La bondad de Mu, su inocencia y terquedad: su afán por encontrar el lado bueno de todo el mundo. El buen corazón de Aldebarán, y su eterna tranquilidad, siempre intentando mediar entre los demás. Ese lado emocional que Máscara trata con todas sus fuerzas de ocultar, su intuición… pero su fiereza cuando se siente atacado. El cariño que desprende tras su orgullo la mirada de Aioria si lo miras con los ojos adecuados, y lo poco que le gusta que le den consejos. La extrema timidez de Shaka y su modestia, que contrasta demasiado con lo crítico que puede resultar de vez en cuando. El magnetismo que derrocha Milo y la pasión con la que hace todo, frente a lo rencoroso que puede llegar a ser si se lo propone. La paciencia y el eterno buen humor de Shura, con el pesimismo que se apodera de él alguna vez. La simpatía que esconde Camus tras esa fachada impenetrable, su lealtad, que para él es tremendamente importante… La oculta faceta compasiva de Afrodita y su sensibilidad, que sin duda ha provocado que mantenga tanto secretismo sobre si mismo.

Ame a aquellos niños desde el día en que llegaron a este mundo, Athena, a los trece. No puedes si quiera imaginar el dolor que sentí al contemplar el combate por la Tercera Armadura. Los once niños restantes, contemplaron la pelea del mismo modo que yo. Sin moverse, sin decir una sola palabra: horrorizados. Sus infantiles mentes comenzaban a entender que aquel era su destino. Pude sentir sobre mí en varias ocasiones la suplicante mirada de Aioros porque hiciese gala de mi autoridad y detuviese el combate. Fue una pelea cruel. No la detuve porque inocentemente pensé que a partir de ese momento, fuera quien fuera el vencedor… todo se solucionaría. Me equivoque una vez más.

Empujé aquellos pensamientos a lo más oscuro de mi mente, como había hecho tantas veces ya, porque no quería enfrentarme a la verdad. No quería enfrentarme al hecho de que Kanon y Saga habían dejado de compartir todo… para compartir únicamente el rencor y odio que sentían por el otro. Ya no se consideraban hermanos. Eran rivales. Uno era el héroe, y el otro el olvidado; todos contribuimos a ello.

Escuché en tantas ocasiones las inverosímiles excusas de Saga para proteger a Kanon, que yo mismo perdía los nervios. ¿Cómo era posible después de todo? Deje de ver el sufrimiento de Kanon para ver únicamente sus errores, pues mi paciencia parecía agotada. Ya no tenía edad para andar con aquellos juegos. Aioros siempre permaneció leal a Saga; a su lado sin decir nada, solomente ahí. Porque Saga odiaba reconocer que tenia problemas y él lo sabia. Lo sabía mejor que yo.

Por ello, el momento en que las miradas llenas de comprensión que ambos se dirigían disimuladamente, cambiaron; para ser unas repletas de desconfianza… me preocupé. Tenía que nombrar a un sucesor y mis opciones eran claras. No me plantee una sola vez si quiera que otro pudiera ostentar ese cargo. Siempre pensé que Saga ocuparía mi lugar, porque tenía ilusión, fuerza, templanza e inteligencia más que de sobra para hacerlo mejor que yo. Pero aquella inquietud en Aioros, aquel ligero nerviosismo en Saga cuando volvía del Cabo… Me alerto de que algo andaba mal.

Entonces llegasteis vos, mi Princesa. Vuestra presencia me maravillo tanto que parecía que nunca había tenido un bebé entre mis manos. Aioros y Saga fueron los primeros en conoceros, contemplándoos embelesados uno a cada lado de la cuna. Mirándoos con emoción y miedo, por vuestra divina fragilidad. Teníais que haber visto el modo en que vuestra diminuta manita se aferro al dedo índice de Saga, sacándole la sonrisa más hermosa que pude ver en toda su vida. Aioros, os contemplaba embobado, acariciando vuestro cabello violeta, sacándoos una encantadora risita. Los observé un rato. Solamente tenían quince años y parecían tan mayores…

Kanon llegó mas tarde, trayendo consigo una atmósfera cargada de tensión. Recuerdo sus ojos, totalmente inexpresivos. Pero vuestra mirada, rápidamente se fijó en la suya y removisteis algo en él. Lo se, a pesar de todo. Llevó su mano hasta vuestro rostro y acarició con ternura vuestra rosada mejilla. Abandono la habitación rápidamente, dirigiendo una mirada cargada de desafió a su hermano, que Saga contestó de igual modo. Aquella fue la última vez que le vi.

Más tarde pude sentir el cosmos totalmente descontrolado de Saga y el suyo propio, allá en el Cabo. Comprendí nuevamente que el mayor había perdido los nervios ante él, pero no era como las otras veces. No peleaban de aquel modo. Saga transmitía miedo, un pánico incontrolable. Estoy seguro de que si le hubiera tenido delante, hubiera podido ver las lágrimas brotar de sus ojos. Pero no fue así. Después solo hubo calma.

A partir de entonces, todo cambio radicalmente. No más peleas. No más gritos. No más heridas. Los niños pequeños habían marchado a su lugar de entrenamiento a excepción de Mu y Aioria. Por primera vez comprobé como Saga agachaba los ojos ante la mirada persistente de Aioros e ignoraba su presencia. Supe que algo se había roto entre los dos, y fue entonces que tome la decisión.

Saga no podía asumir el puesto. No por que no tuviera capacidad. No porque aquel no fuera su destino… porque lo era. Sino porque había perdido el brillo de sus ojos y si te fijabas bien… podías distinguir miedo en ellos. Su apabullante seguridad en si mismo se tambaleaba.

Entonces les comunique la noticia. Tanto mi mirada como la de Arles estaban fijas en él. Pero volvió a ser frío e inalterable y nada de lo que realmente sintió en aquel momento se dejó ver. Esbozó una sonrisa y felicitó a su amigo, que lo miraba tan expectante como nosotros. Apenas estuvo un par de minutos más en la habitación. Se excusó y abandonó el Templo.

Lo vi salir, con su Armadura y la capa revoloteando tras él. Sabía de sobra que aquella elección había herido su orgullo, pero él no lo mostraría y en parte me sentí aliviado. Hubiera sido infinitamente más difícil si compartiera el carácter de Kanon. Las estrellas hablaban y no decían nada bueno. Sólo había oscuridad e inquietud.

Mi salud empeoraba a pasos agigantados. Y solamente fue aquel día cuando llegó Shura de vuelta de España y fuimos atacados por el Dragón Marino, que supe que era cuestión de tiempo abandonar este mundo.

Recuerdo aquel momento como si hubiera sido esta misma mañana, pues primero me sorprendió la mirada, antes llena de admiración y en aquel instante, de decepción en Shura al ver el aparente desinterés mostrado por Saga aquel día. Pero después… cuando vi aquella silueta en mi salón… supe que era él. Mi pulso se aceleró. Yo conocía aquellos movimientos, aquella seguridad en si mismo. Sorprendentemente, Saga había sido capaz de saltarse la orden más estricta que le puse: adentrarse en el Reino Marino, y no sólo eso, había conseguido vestir una de las Escamas. El Dragón de los Mares nada más y nada menos; desde luego que el destino es caprichoso…

Lo supe desde el primer momento y no hice ni dije nada. No alerté a nadie. Porque aquel niño que se escondía tras aquella armadura, estaba asustado. Yo podía sentirlo. Su aura distaba mucho de la que lucía normalmente. Era oscura y agresiva pero igual de fuerte. Tras mi máscara cayó una lágrima. Aquel… era mi hijo.

Yo me sentía herido pues primero había perdido a su hermano, y mi corazón se negaba a perderle a él. No a Saga. Contuve la respiración en el momento en que fue atacado con Excalibur. Esquivó el ataque en su casi totalidad con maestría. Y yo, dejé escapar el aire con alivio cuando desapareció dejando tras de si solamente unas gotas de sangre. Yo sabía… que aunque aquel cuerpo adolescente le pertenecía… no era él quien tenia el control. Que había algo mucho más fuerte que le obligaba a hacer aquello.

En un par de minutos, apareció en el Salón donde Shura y Aioros le recriminaron su ausencia. Contemplé su rostro, mientras mi pulso volvía a la normalidad. Estaba tan pálido que apenas se distinguían sus labios del resto de la piel. Parecía exhausto. Encajó las acusaciones de Shura sin inmutarse y obedeció mi orden, volvería a Cabo Sunion.

Sin embargo, Arles habló de mas. Al igual que yo, vio la sangre que goteaba peligrosamente por la mano de Saga. Quizá si el no le hubiera pedido que se quedara todo hubiera sido diferente. Saga necesitaba alejarse del Santuario lo antes posible y respirar. Quitarse el peso que soportaba. Y yo unicamente acerté a mandarle de vuelta al Cabo… Ahora reparo en que aquello posiblemente hizo mas daño.

Cuando los vi alejarse por los pasillos, supe que había llegado el momento de las despedidas. Me encaminé hacia vuestra cuna, y os sostuve entre mis brazos por última vez. Estabais asustada y nerviosa. No dejabais de llorar. Vos podíais sentirlo, aquella presencia amenazadora. En el precio instante en que percibí como el cosmos de Arles desaparecía… besé vuestra frente y os arropé. Me fui sin mirar atrás. Porque el destino ya estaba en marcha y nada podía pararlo. Si mis sospechas eran ciertas, Arles solo había despertado la sed de sangre de Ares. Porque después de todo… imaginaba que aquello se relacionaba con él.

Horas después, me encontraba en Star Hill. Me maravillé con el espectáculo que ofrecía aquel lugar con lo que sabia seria la última vez y me acomodé en el trono de mármol. Solo había que esperar. Primero había desaparecido Kanon, luego Arles. Era un peligroso ataque a la escala de poder, perfectamente planeado, donde sólo se había omitido a Aioros. Quizá porque Saga aun mantenía un poco de control sobre si mismo. Espere unos minutos mas… y mis sospechas se cumplieron.

Me levante de mi asiento y tranquilamente, voltee en la otra dirección. Entonces lo supe. Cuando vi sus mal disimuladas lagrimas y aquella expresión que pedía a gritos ayuda. Cuando vi el dolor de manera tan clara en aquel rostro y sus manos temblorosas. No llevaba su armadura y su aspecto no era más que el de un niño asustado.

Me sorprendió. Pues por primera vez, no oculto sus lágrimas, sino que me miro a los ojos y se permitió el gusto de poder desahogarse, haciéndome comprender hasta que punto le había fallado. Les había fallado. Porque también lo hice con Kanon.

Saga era un maestro ocultando sus sentimientos, pero a mi jamás pudo engañarme en uno solo de sus intentos. Desde que apenas sabía hablar había adoptado la posición del fuerte de los dos. Llorando a escondidas. Pensando en ello, después de tanto tiempo… entendí porque lo hacia. Su influencia sobre los demás era tal, que si el se permitía caer, si se mostraba humano por una vez… temía que todo a su alrededor se desmoronase. Yo mismo lo enseñe a pensar así. No hay lugar para la debilidad entre la Elite.

Aquella fue la única vez en mi vida en que le vi derrotado. Cansado de pelear contra un destino mas fuerte que el. Entonces, sentí miedo. Sabía de sobra que ocurriría esa misma noche. No iba a hacérselo mas difícil, porque tras el aura del asesino… estaba él. Me quité mi mascara, dejando bien visibles mis propias lágrimas.

Saga… -susurré.

No digas nada. –alcanzó a contestar con su voz entrecortada.

Supe que aquellas serian las últimas palabras que escucharía de su voz. Asentí quedamente y me dejé ganar. Me dejé ganar por el dolor que me provocaba ver a mi hijo convertido en el rostro de un dios sanguinario, que a pesar de todo, había elegido tremendamente bien a su reencarnación. Mis brazos cayeron lánguidos a mis costados mientras me acerque hasta él.

Hacia mucho tiempo que les había alejado de mí, mucho tiempo en que no les mostraba la más mínima muestra de afecto, porque ellos tenían que ser invencibles. Él tenía que serlo… El era lo que yo siempre quise ser. Debía ser el mejor. No había lugar para la ternura. ¿Por qué le presione tanto, mi Señora, por qué? Quizá porque jamás se quejó. Kanon no hubiera dejado que le empujara tan lejos. No es que Saga fuera conformista, no lo era; pero confiaba ciegamente en mí.

Cuando lo tuve frente a mi, desvió su mirada de nuevo. Pero yo fui más rápido y sujeté su rostro con fuerza y lo forcé a mirarme. Aparté un mechón de su rebelde cabello. Sentí como se tensaba ante mi contacto y cerraba los ojos con fuerza, evitando mirarme. Dos nuevas lágrimas cayeron en ese instante.

Perdóname… -logré escuchar, aunque no supe si llegó a pronunciar aquellas palabras de viva voz… o simplemente pude escucharle en mi mente.

Pronto aquella voz aterciopelada se disipó entre el punzante dolor que sentí. Había asestado el único golpe necesario para acabar con mi frágil vida. Hacia mucho que era consciente de que en una batalla en igualdad de condiciones, no tenia oportunidad frente a él. Porque hacia tiempo que me había superado. No podía pensar en nada más que en el chiquillo que se había dejado caer a mi lado y lloraba desconsolado mientras su cabello abandonaba aquel hermoso tono azulado para adoptar uno grisáceo. Mis sospechas eran ciertas. Ares había vuelto y con él, la primera Guerra Santa de esta Era había comenzado.

Mi vida se escapaba rápidamente y ni siquiera me paso por la mente la idea de avisar a Dohko o Aioros… No. Me sentía tan derrotado… Supe entonces que debí mantenerme alejado de ellos desde el principio, pues lo que dolía ahora… no era el hecho de morir bajo su mano, lo cual, para mi era un honor. Sino saber que aquellos niños que habían sido mi vida los últimos quince años iban a enfrentar el peor de los tormentos. Kanon había desaparecido, y Saga… estaba condenado a lidiar con el Dios más sádico del Olimpo. Me aterrorizaba la idea de saber que les había traído a una vida llena de muerte donde la vida, era un regalo para otros, no para ellos. Maldije a los Dioses… por hacer de niños inocentes sus marionetas.

Aquel fue mi último pensamiento. Hoy quince años después, me encuentro en el mismo Templo donde Kanon y Saga correteaban y gritaban cuando eran pequeños. Si alzo mi rostro puedo observar el contorno de las Doce Casas, levemente iluminadas por las antorchas y la blanquecina luz de la luna llena. Es una vista hermosa.

Pero como siempre… la apariencia engaña. Jamás hubiera imaginado vivir 243 años, pero mucho menos aún, volver victorioso de cada una de las Guerras Santas a las que nos enfrentamos. Dohko y yo buscamos guerreros con aquella cualidad innata. No solo encontramos a los gemelos… sino que a ellos, les siguieron 11 niños más. Quizá mas felices, porque vivieron lejos de aquí, lejos de mi y ajenos a este drama. Aunque en sus cortas vidas les haya tocado vivir acontecimientos aún más duros que los que yo mismo enfrente.

No puedo imaginar siquiera el infierno que atravesó Aioria, del mismo modo que no imagino el que enfrento Shura tras la muerte de Aioros. No… no puedo. Kanon demostró que era tremendamente inteligente y lo suficientemente osado como para manejar a Poseidón y tratarle de tu a tu, sabiendo que tenía opciones de ganar; aunque su mente estuviera nublada por el odio a todo lo referente a nosotros.

Hades volvió… y nos utilizo de igual modo. Volví a tener frente a mi aquellos ojos esmeralda de Saga, pero entonces ya no distinguí nada en ellos… nada excepto un profundo vacío e indiferencia con respecto a su propio futuro, respecto a si mismo. Se que por su mente pasaron las mismas imágenes que por la mía. Aquella noche de Star Hill. Pero entonces, él asintió; solo una mirada bastó y los demás lo siguieron sin pensar. Porque lo seguían a el, no a mi. De su respuesta ante mi propuesta dependía el éxito de aquella misión suicida.

Era el quien se había ganado el respeto después de todo. Había dejado de ser el niño adorable al que todo el mundo amaba, para convertirse en el guerrero implacable y temido que es hoy. Después de todo, ¿Qué conocían de mi Mascara, Afrodita, Camus o Shura? Bastante poco. Le habían visto demostrar porque era el Caballero de Géminis. Era a el… al que habían servido, por el motivo que fuera. Conocían su poder más que el mío y eso les hizo sentirse capaces de todo. Pues a pesar de todos los acontecimientos pasados y las traiciones, confiaban en el.

Y lo hicieron, Athena. Lo hicieron. Por dos veces utilizaron la Técnica prohibida, y aunque pude sentir la duda de Camus y Shura, la tranquilidad inmutable de Saga y su decisión era algo que siempre se agradecía como Aioros cuando era niño, y ellos... lo hicieron. No hubiera habido otro capaz de convencerles.

No sabes el miedo que sentí cuando apenas los podía percibir pero podía sentir su pena, mi Señora. Porque ni un solo quejido salió de sus labios o sus cosmos. Se enfrentaron a hermanos y amigos sin pestañear. ¿Dime, no es para sentirse orgulloso? Porque lo hago, aunque no son mis guerreros. Ellos son mis hijos. Llegaron a ser quien son cuando Ares gobernaba este Santuario y la mente de Saga peleaba día a día por sobrevivir.

La emoción que sentí en el momento en que vi a Kanon envestido con esa armadura y ese rostro sereno, es indescriptible. Se había esfumado el odio en su mirada. Persistía la misma fiereza… pero acompañada por una convicción renovada. Si, me sentí terriblemente orgulloso, porque mi hijo prodigo había vuelto… para tomar el lugar que se le había reservado y le pertenecía por derecho.

Pese a ello, ahora miro esos Doce Templos y puedo ver a sus Trece Guardianes derrotados por la vida y ninguno sobrepasa los 30 años. Explicadme por favor… ¿como deje que dos niños que no tenían nada mas en el mundo que al otro se odiasen hasta hacer temblar los cimientos del Olimpo? Al menos, de eso me siento orgulloso, pues demostraron que los Caballeros no son marionetas en manos de dioses. ¿Cómo fue posible que olvidaran aquellas sonrisas que alegraron mi vida durante tanto tiempo?

¿Cómo ha llegado Saga a ser ese joven carente de toda inocencia, emoción y sentimiento que no sea la culpa? Porque yo se lo que siente, aunque se esfuerce por aparentar que todo esta bien. Sigue sin poder engañarme. Sigo mirando esos ojos y viendo más allá, aunque cada día que pasa resulta más difícil. Se que jamás dejara que nadie descubra el dolor que siente su corazón. Aunque Kanon, Aioros y yo, podamos percibirlo del mismo modo que cuando era niño. Después de todo, ese es el Caballero que yo primero, y Ares después, forjamos. Un Caballero perfecto y letal con un alma… destruida.

Cuando miro a Aioros sin embargo, no encuentro rencor. Solo encuentro confusión y la inocencia que no tuvo tiempo de perder. Sigo percibiendo la confianza que tiene tanto en mi como en Saga, aunque también se que siente ligeramente fuera de lugar. Fue devuelto a una vida ajena, que ya no le pertenecía. Paso tanto tiempo fuera de aquí como yo. Los niños que una vez conoció, a los que cuido y a los que enseñó a jugar, han crecido. Han cambiado. ¿En donde queda él en todo esto? Hoy aquella falsa conformidad que mostraban, se ha esfumado. Ya no son los niños a los que yo podía moldear a mi antojo con palabras. Y yo… siento no ser capaz de ayudarlos a entender, mi Señora.

Esto es lo que me pedisteis. Os sorprenderéis al encontrar en vuestras manos un relato en lugar de una historia a viva voz. Ansiabais conocer el Santuario y sus intrigas para comprender a vuestros Guardianes. No puedo describiros la totalidad de la historia, pues no la viví. No penséis que es una historia únicamente llena de dolor, pues no es así. Como en muchas ocasiones… la oscuridad enmascara un pequeño resquicio de felicidad, que incluso en este lugar, el glorioso Santuario de Athena; iluminó nuestros días. Sin embargo, hace mucho que dejé que los sentimientos inundaran mi corazón y son ellos… los que hacen para mi tremendamente difícil pronunciar todas y cada una de estas palabras.

Únicamente os pediría una cosa, mi Señora. Ayudadme a devolverles la sonrisa a estos muchachos de ilusiones rotas. Porque yo se… que es posible. Incluso en el momento más oscuro hay esperanza. Ayudadme a obrar el milagro. Ellos lo merecen.

Shion de Aries


NdA: Después de una conversación muy interesante con Silentforce666... se me ocurrió esto. Espero que os haya gustado.

La Dama de las Estrellas