Capítulo 14: Saga de Géminis

Cuando Kanon y yo éramos pequeños, era capaz de soñar despierto con cada uno de los mitos griegos que había terminado por aprenderme de memoria. A como mis ojos infantiles lo veían, el Santuario era el mismo Olimpo en la tierra. Allá donde mirase, cada hombre y mujer envestido con un armadura, despedía gloria y magia. Porque desde allí, desde aquella baranda de piedra en el Templo Papal, uno podía contemplarlo todo. Aquella era la cima del mundo, el único lugar que conocía que te envolvía en la sensación de que solamente con estirar los dedos, acariciarías las mismas nubes. Uno se sentía invencible, inigualable, mirando desde allí arriba: en brazos del Maestro.

No éramos igual que los demás niños. Eso lo sabíamos sin importar lo pequeños que fuéramos. Kanon y yo estuvimos resguardados de todo lo oscuro, del sufrimiento que nuestro hogar proveía sin excepción, durante nuestros primeros años. Nacimos aquí, nunca conocimos una vida que no fuera esta. Y desde aquel preciso instante, fueron las manos de las niñeras quienes nos proveían de mimos y caricias. Ellas, en su infinita dulzura, y Shion.

En aquel entonces, poco nos importaba el motivo por el que estábamos allí. Solamente éramos niños, bebés, en medio de un mundo donde la fantasía coloreaba cada segundo. Pasábamos nuestros días a la sombra segura del Maestro, observándolo con fascinación, y esperando ansiosos por el momento en que nos cargara en brazos o nos tomara de la mano. Escuchando ensimismados todas las maravillosas historias de héroes y aventuras, mientras sus manos nos señalaban las estrellas… Adoptando expresiones angelicales tras cada una de las miles de travesuras, sabiendo de antemano que él jamás nos lo tendría en cuenta.

Poco sabíamos nosotros lo que significaba la palabra "papá", mucho menos aún todo lo que implicaba o era la figura de un "padre". Pero a como Kanon y yo lo sentíamos, nosotros éramos sus niños, y él… era, simplemente, nuestro. Era él quien nos dormía cada noche, quien acariciaba nuestra cabeza, curaba las pequeñas heridas y enjugaba nuestras lágrimas. Solo a él escuchábamos en nuestras interminables rabietas sin sentido, mientras íbamos tomados de sus manos.

De alguna manera, fue el único que olvidó por un tiempo cual era nuestro destino. Nos regaló cinco años de infancia que aún hoy podemos atesorar en la memoria como pocas otras cosas. O quizá nunca lo olvidó: quizá simplemente sabía que lo que quedaba por llegar era demasiado cruel y, que al menos así, tendríamos un recuerdo feliz al que aferrarnos.

Cuando fuimos entregados a nuestro maestro, fue como si nos arrancaran el corazón. Toda la vida que conocíamos, en los apenas cinco añitos que teníamos, se caía en pedazos con cada paso que dábamos alejándonos de Shion y de la seguridad de su templo. Todo lo que había allí afuera era dolor, y él lo sabía mejor que nadie.

Pataleamos, gritamos y lloramos, mientras mirábamos atrás, con la esperanza de que fuera lo que fuera lo que hicimos mal para que él nos quisiera lejos… Se olvidara. Pero eso nunca sucedió. Descubrimos la parte insolente de nosotros, y averiguamos dolorosamente cómo se pagaba la desobediencia. Todo había terminado. A partir de entonces ya no éramos niños, ya no éramos sus pequeños príncipes… Solamente éramos dos aprendices que podían morir al día siguiente sin que nadie se preocupara por ello: sin que nadie nos llorara. No nos quedó más opción que acostumbrarnos. Aprendimos a aguantar las lágrimas y a controlar la lengua, al menos, en la mayor parte de los casos. Sabíamos que en medio de aquel cruel camino que nos había tocado atravesar, nadie más que el otro estaría allí. Solamente tenía que alzar la mirada, para encontrarme con unos ojos iguales que los míos, que sentían tanto dolor como yo, sin que ninguno de los dos hubiéramos dejado que un quejido abandonara nuestros labios.

Nadie me comprendía mejor que Kanon, ni nadie le comprendía a él mejor que yo.

Era suficiente, más que suficiente. Aunque al principio mirásemos al Templo Papal con recelo y tristeza; de soslayo, para que nadie lo notara. Con el tiempo todo eso cambió. Íbamos y veníamos de Géminis al Templo, entre entrenamientos y clases, lecciones que resultaban terriblemente aburridas, pero que, al final, llegaron a ser la única vía de escape. La Tercera Casa era lúgubre, igual que el aura de mi maestro. Nunca se mostró amable ni se preocupó por serlo, nos entrenaba porque tenía que hacerlo: no porque aquel fuera su deseo. Los días pasaban bajo el peso de aquel sentimiento, ese que nos susurraba que lo mejor que podía pasarle, era que cayéramos por el camino más pronto que tarde.

No le gustábamos, y él tampoco a nosotros, y pese a ello… era un santo dorado: un buen santo dorado. Sus principios podían ser difíciles de comprender y prácticamente imposibles de compartir. Cada cual tenía una manera de ver la vida que nos había tocado vivir, una manera de aceptar el destino que se nos había impuesto… Y nadie sentía el valor suficiente para cuestionarlo a él o a ninguno de los otros.

Al principio fue poco menos que una tortura. Éramos demasiado pequeños, e ingenuos. Vivíamos, como él decía, aferrados a un cuento de hadas que había acabado ya, y no nos habíamos dado cuenta. En Géminis no había tiempo para jugar, mucho menos permiso para hacerlo. Abandonamos los cuentos, la inocencia y las travesuras, por el arte de la guerra. Nuestro cosmos siempre había estado ahí, aunque no por ello despertarlo era fácil. Pero lo peor de todo era pelear. Kanon y yo lo compartíamos todo, siempre había sido así: hasta el mismo aire desde el segundo en que nacimos. Habíamos reído, nos habíamos querido y consolado, y también nos habíamos peleado: como todos los hermanos del mundo.

Sin embargo, la sola idea de aprender a pelear sabiendo que cada golpe ya no era más una riña estúpida que se nos olvidaría antes de que nos diéramos cuenta… era aterradora. Era difícil asestar golpes que, sabíamos de sobra, iban a doler, a dejar marca. Sobretodo cuando nos obligaban a ello; cuando si te negabas, el castigo era mucho peor para ambos. Nuestro maestro siempre nos repetía que deberíamos estar contentos de entrenar juntos. "¿Quién mejor que un hermano?" Preguntaba. "De esa manera os esforzareis mucho más." Pero el hecho de que fuera un hermano, lo hacía mil veces más terrible.

Aprendimos rápido a manejarnos con los puños, pero cada puñetazo lo asestábamos casi con los ojos cerrados; como si no quisiéramos ver el efecto, como si de aquella manera no notáramos la sangre resbalando por la piel. Éramos tan inocentes que ni siquiera nos dimos cuenta de cuando nos pusieron uno frente a otro, manejándonos, alentándonos a competir, a imponernos, a ganar sin importar qué.

Por eso las odiosas clases de Shion terminaron siendo un refugio, al menos lo eran para mi. Allí no peleábamos, no en serio, solo aprendíamos miles de palabras en más idiomas de los que éramos capaces de recordar. Milenios enteros de historia que me hipnotizaban, y me hacían olvidar lo mucho que dolían las heridas y lo doloroso que sería volver a entrenar horas después. Allí, en aquellas historias escritas en polvorientos libros y pergaminos, solamente quedaba la gloria y el triunfo. Se olvidaba la sangre, las heridas y el sufrimiento que dibuja el tortuoso camino hacía lo más alto…

Mientras tanto, Shion actuaba como siempre. Amable, siempre paciente, siempre sonriente aún con el gesto cansado. Hablaba con una voz tan pausada y suave, que me envolvía en una seguridad indestructible: mientras él estuviera allí, y continuara hablando de viejas batallas, todo estaría bien. Yo al menos, lo sentía así. Cuando llegaba al Templo cada día, me olvidaba de lo enfadado que estaba con él. Lo quería, lo adoraba. Pero como todo hermano mayor, sentía envidia del más pequeño. No de Kanon, para mi nunca fue menor, ni yo mayor. Sin embargo, Mu era un asunto muy distinto. A nosotros nos habían exiliado al mismo infierno, sin que supiéramos siquiera que habíamos hecho, mientras un bebé de lo más mono y adorable, al que queríamos muchísimo, sonreía y ocupaba nuestro lugar en aquel palacio.

Ya no pertenecíamos allí… nos lo habían dejado bien claro, y aún así, era imposible aplacar aquella necesidad de volver. Aquel deseo incontrolable de que volviera a cargarnos en brazos una vez más, para ver las cosas desde lo más alto... Aquella certeza que teníamos, de que su cariño era la única cara amable del Santuario, y sus arrumacos capaces de curar cualquier dolor. Porque si una cosa es cierta, es que este lugar es amargo y triste, su suelo esta bañado con sangre y lágrimas, y la muerte ha besado sus columnas más veces que la vida. La amargura y el dolor mal contenido era tan palpable como la arena bajo los pies.

Todos hemos sufrido aquí, ninguno tuvimos la suerte de que no fuera así. Aunque muchos pensaran que nosotros, los niños dorados, éramos príncipes que reinaban en palacios en medio de lujo y cuidados innumerables… Nadie parecía ver las heridas, o las cicatrices que comenzaban a aparecer en nuestra piel. Solamente veían un lejano futuro brillante, y el esplendor que supuestamente nos rodeaba. No había manos amigas, solo miradas hostiles plagadas de desdén, y ojos que esperaban impacientes el momento del tropiezo, de la caída.

Aprendimos por las malas que no había nadie ahí fuera en quien pudiéramos confiar, nunca encontraríamos una mano amiga fuera de las Doce Casas, y probablemente, dentro tampoco. Nos habían condenado a la inevitable soledad del rango más alto, sin que supiéramos a ciencia cierta que se esperaba de nosotros.

Supongo que a estas alturas, os habréis dado cuenta de ello.

El Santuario es un lugar anclado muchos siglos atrás. Todos aquí somos orgullosos hasta el extremo, y en algún momento de nuestras vidas, todos quisimos ser los protagonistas de las grandes leyendas. Aparentemente, lo peor que podía sucederte siendo un aprendiz… era ser aprendiz dorado o extranjero. Cuando eres un niño, nadie aquí confía en ti, ni en tu capacidad para salir adelante. La mayoría se olvida de que tiempo atrás, ellos mismos lloraron mares soñando con una vida mejor. La vida era lo suficientemente difícil de por si, pero todos… desde el guardia más torpe, hasta el santo más fuerte, fuimos chiquillos menospreciados.

Kanon y yo no éramos más que dos ratoncitos solitarios, intrépidos, que a pesar de todos los temores que nos acechaban, no veíamos el peligro. Hasta que un buen día, algo cambió. Quizá era la hermosura hipnotizante de la armadura de Sagitario, o la mirada siempre tranquila pero rebosante de fuerza de su portador. Pero cuando lo vi en el Templo, igual que un ángel guardián a espaldas de un niñito desconsolado que tendría nuestra edad… la idea de que no estábamos solos resonó en mi mente como una dulce melodía. No me preguntéis por qué, no sabría responder. De pronto, aquel crío de ojos llorosos, transmitía confianza. Su presencia no resultaba amenazadora, no nos miraba de aquella manera… Él era uno de nosotros.

Nuestra curiosidad interrumpió una importante reunión en el salón del trono, pero nos daba igual; siempre habíamos corrido por allí a nuestro antojo. Lo miré, susurré mi nombre, pregunté el suyo… tomé su mano y sonreí. Aioros llegó como un soplo de aire fresco. Recuerdo que pedí permiso para llevármelo, aunque no era más que una formalidad. Me daba lo mismo cual fuera la respuesta, si bien es cierto que sabía me seria favorable: mi decisión ya estaba tomada. Así que en cuanto escuché la risa suave y resignada de Shion, eché a correr con el pobre niño nuevo a rastras y Kanon a mi lado.

A partir de entonces, el horizonte pareció volverse mucho más luminoso. La presencia de Aioros suponía una pequeña salida a nuestra vida en Géminis, y cada minuto cerca de él, hacia que de una manera u otra, volviéramos a ser niños de verdad. Nos olvidábamos de que vivíamos para morir, y de pronto, volvíamos a ser el par de gemelos traviesos que siempre habíamos sido. Aioros transmitía tranquilidad, una tranquilidad perezosa. Era un niño afortunado, aunque nunca lo dijimos, supongo que era difícil no darse cuenta. Su maestro era muy diferente a la gran mayoría: al nuestro sobre todo. Entrenaba y se esforzaba tanto como nosotros, se hacía daño, sangraba y lloraba de igual manera… pero en los ojos del mayor, siempre había una expresión orgullosa y preocupada que nosotros no encontrábamos en el nuestro.

¿Lo envidiábamos? ¡Ya lo creo! No solamente por lo afortunado que había sido de tener semejante tutor, sino porque Aioros había tenido una familia: una vida de verdad, lejos de toda aquella historia de violencia. No solía hablar mucho al respecto, pero cuando lo hacía… Kanon y yo escuchábamos ensimismados sus palabras tristes, como si estuviera contando la mejor historia del mundo. La manera en que pronunciaba las palabras papá, mamá… Hasta aquel momento, nunca nos habíamos parado a pensar en cómo sería ser normal, cómo sería tener una familia.

Sin embargo, aquel sentimiento era fugaz. La única familia que tenía, eran ellos: mi hermano, Aioros y Shion. Me bastaba y me sobraba. Quizá no éramos lo que se podría definir como normal, pero… poco importaba.

A medida que fuimos creciendo, las piedras del camino parecían cada vez más difíciles de sortear. Pasábamos todo el tiempo que nos era posible juntos, entre juegos, entrenamientos, castigos… Y sin darnos cuenta, fuimos dejando de ser niños, sin importar la edad que tuviéramos, aunque el cambio fue muy distinto entre los tres.

Kanon era, probablemente, el más niño de todos. En cierta manera, aquello era una bendición, especialmente para él. Tenía una facilidad inmensa para olvidar lo malo, todas aquellas cosas que hacían daño. No importaba que hubiéramos tenido un día terrible, que apenas pudiéramos movernos por culpa de las heridas… En cuanto el maestro nos dejaba solos, Kanon lo olvidaba todo: desconectaba. En su horizonte solamente quedaban los juegos, las risas… Todo le era infinitamente más llevadero.

Aioros, por su lado, era el término medio entre los tres. Para mi, ambos hablaban demasiado, aunque probablemente, lo correcto sería decir que yo hablaba demasiado poco. Pasar el tiempo con ellos dos, suponía estar inmerso en una marea de interminables discusiones sin sentido, igual que las que manteníamos mi hermano y yo cuando apenas sabíamos hablar. Bastaba una palabra… solo una, para que pudieran pasar una tarde entera discutiendo, mientras yo miraba de uno a otro en completo silencio. Aioros era, simplemente, un mocoso adorable. Mucho más inocente de lo que cualquiera pudiera esperar de un aprendiz en el Santuario. Terco hasta niveles que podían resultar tan divertidos comoo molestos… pero sobre todas las cosas, era tal cual como lo veías: noble y cariñoso.

¿Y yo? Yo era… yo. Silencioso, pero me pasaban desapercibidas pocas cosas. Terminaba ejerciendo de mediador entre ellos la mayor parte de las veces, y en otras ocasiones, cuando me resultaba divertido… simplemente me limitaba a echar un poco de leña al fuego. Pero el cambio más importante que había sufrido, era el que me iba diferenciando de Kanon poco a poco, y el que me iba acercando a Aioros cada vez más.

Mi hermano siempre decía que me tomaba las cosas demasiado en serio. Probablemente tuviera razón, pero… ¿Cómo iba a jugar, como si nada, cuándo sabía de sobra cual era el final del camino que nos esperaba? No me preguntéis cuándo lo supe, quizá fue desde siempre. Preguntad más bien, cuándo acepté que uno de los dos caería en el proceso. Era como si Kanon nunca hubiera pensado en ello, como si no lo creyera o viera el momento demasiado lejano… Yo era incapaz de sacarlo de mi cabeza, era incapaz de mirarlo y no pensar en ese instante. Quizá, analizándolo bien, todo el desastre que rodeaba a Kanon desde siempre, fuera su manera de evadirse de ello.

Mi hermano era como era, hacía lo que hacía porque quería hacerlo, y poco le importaba lo que pasara al no cumplir las normas establecidas. Aquel no era mi caso… era mucho más miedoso que él, mucho más dócil y débil. Prefería obedecer antes que buscarme los líos premeditadamente, aunque aquello supusiera morderme la lengua, y acatar unas normas con las que no estaba de acuerdo… Nunca le agradó demasiado aquella manera de comportarme, menos aún que me esforzará tanto por ser lo que se esperaba que fuera desde el primer día que llegamos a Géminis.

Siempre nos habían hablado del destino, que era él quien decidiría nuestro lugar. Kanon se esforzaba cada segundo de su vida por demostrar lo contrario: que sería él mismo quien escribiera su camino, que todo hombre es el fabricante de su propia suerte. Y quizá estaba en lo cierto, pero yo no estaba dispuesto a ponerlo a prueba y dejar que todo lo que podíamos ser se esfumara en la nada. Siempre me reprochaba que era demasiado calculador, que nunca hacía nada sin pensar en las consecuencias… esas que para él no existían.

Terminé acercándome más y más a Aioros. Su manera de ser, dentro de ser polos opuestos, era muchísimo más afín a mi, que la de Kanon. Era tranquilo, y tan transparente, que terminaba siendo una calamidad adorable. Veía las cosas desde un prisma mucho más parecido al mío, aunque era mucho más espontáneo que yo. Con él podía hablar de lo que fuera… no solo de juegos y travesuras. Podía compartir mis sueños sin temor a lo que pudiera pensar de mi, porque los suyos complementaban a los míos.

A medida que crecíamos, los tres nos íbamos definiendo cada vez más. Kanon se negaba a ver las cosas desde nuestro punto de vista. Se burlaba de los sueños que para él no eran más que tonterías, y que para nosotros eran lo único que nos mantenía a flote. Probablemente, mi hermano sea la persona más divertida que haya conocido nunca… pero también la más provocadora.

Con el tiempo, las constantes bromas entre él y Aioros empezaron a tornarse más en serio, hasta que en algún punto, dejaron de ser bromas. Quizá debí hacer algo más, interceder… No lo se. Sinceramente nunca pensé que pudieran llegar hasta aquel extremo. Yo les quería a ambos, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y no concebía mi mundo sin ellos. La sola idea de tener que elegir entre uno y otro, me parecía injusta y egoísta por su parte.

Los niños habían llegado hacía poco, y a diferencia de lo que nos pasó al principio con Mu, les recibimos con toda la ilusión del mundo. Probablemente eran aquellos los únicos momentos en que volvíamos a ser nosotros tres.

En ellos nos podíamos ver a nosotros. Tan pequeños, tan traviesos, y solamente pensando en juegos. Corriendo tras nosotros cada vez que tenían ocasión, y esforzándose cada segundo por un poquito de atención. Sin embargo, ellos eran mucho más afortunados. Venían después, y en cierta manera, parte del camino estaba allanado. Y lo que era mejor aún, nunca se sintieron tan solos. De la noche a la mañana nos habíamos convertido en una familia numerosa, y era a ellos a quienes guardábamos nuestras sonrisas. Sin que hubiéramos mencionado nada al respecto, nos habíamos propuesto cuidar de todos como nadie lo había hecho de nosotros.

Aunque en algún caso era ligeramente complicado. Milo y Aioria tenían una capacidad innata de crear desastres aún mayores que los nuestros, arrastrando a Camus en el proceso. Aunque lo mejor de todo, era la expresión de satisfacción en sus caritas después de la travesura. Nunca se amedrentaban, ni les preocupaba en exceso el regaño posterior, además de que sabían explotar a la perfección su condición... Siempre me pregunté si nosotros habíamos sido así, y llegué a la conclusión de que no: ellos eran una versión muy mejorada.

Aioria había sido como nuestra sombra desde que aprendiera a andar. Siempre que podía perseguía a Aioros a todas partes, y por tanto, a nosotros también. Era de lo más gracioso oírlo presumir de ello, como todo buen león. Inflando el pecho, aunque ni siquiera supiera hablar bien. E inevitablemente, Milo terminó siendo exactamente lo mismo. Desde el primer día se encariñó, inexplicablemente, con Kanon y conmigo. Supuse que le resultaba de lo más curioso que fuéramos iguales como dos gotas de agua… a todos les pasaba. Pero con él tiempo, muy poco tiempo, se hizo querer mucho más de lo que podía imaginar.

Aioros tenía a Aioria y a Shura. De la noche a la mañana, Kanon y yo nos habíamos conseguido un hermanito pequeño, que, aparentemente, había heredado el lado pícaro e hiperactivo de nosotros, como por arte de magia. Era un mocosito presumido, parlanchín, que algún día a sus cuatro o cinco añitos, había exigido que le dejaran crecer la melena igual que a nosotros.

No sabría decir cuando fue, pero en algún momento de nuestras vidas, pasamos de querer que Shion se sintiera orgulloso de nosotros, a desear con todas nuestras fuerzas que ellos también lo hicieran. Las expectativas que estaban puestas sobre nuestros hombros eran grandes, si, pero nosotros las aumentábamos cada día. Nunca era suficiente, y aquellas miradas de asombro, fascinación, admiración y cariño, -que nos habíamos ganado sin hacer nada- empezaron a ser adictivas.

Sin embargo, cuando los niños no estaban… volvíamos a la realidad. Cada vez había más silencios, y cuando no eran silencios… eran reproches. La complicidad con la que Kanon y yo habíamos nacido, temblaba peligrosamente. Daba igual cuál fuera el motivo, al final, todo se reducía a lo mismo. Kanon peleaba cada día por ser él mismo, y a mi me sucedía exactamente igual. Solamente que ambos lo veíamos desde lados opuestos de una misma moneda. Para él, yo cada día era más dócil, más callado, más estúpido, más… todo. Multitud de adjetivos que iban en contra de todo lo que él clamaba. Pero es que, todo lo que él hacía y decía tenía poco o nada que ver con lo que yo pensaba y sentía. Kanon quería que yo fuera como él… y, en aquel entonces, a mi me hubiera gustado que él hubiera sido como yo.

Mas, las cosas no eran así. Aioros estaba ahí siempre, le gustaba mi compañía por el mismo motivo que a mi me gustaba la suya. Le agradaba mi manera de ser, probablemente le irritaran muchas cosas, pero… Simplemente, era mi amigo, de Saga, no del Saga que quería que fuera. Siempre me habló con franqueza, fuera de lo que fuera; aunque supiera que en muchas ocasiones ni siquiera fuera a escucharle. Y sobre todas las cosas, aunque nadie lo comprenda, agradecí que no hiciera preguntas.

Me conocía muy bien, sabía cuando debía callar, de igual modo que sabía que si deseaba contarle algo, lo haría a mi debido tiempo. Jamás se me dio bien hablar, o mejor dicho, nunca se me dio bien hablar de mi mismo. Tengo la capacidad de sonar muy convincente, muy seguro… pero cuando no se trata de mi. Solía mirarme de soslayo, como si con aquellos transparentes ojos azules, quisiera atravesarme y averiguar la verdad.

Después del primer par de preguntas acerca de mi hermano, dejó de hacerlas. En realidad, no tenía una respuesta en aquel entonces. Para mi, la situación era tan tensa e incómoda, que ni siquiera podía pararme a pensar en ella y encontrar un por qué. Simplemente, el abismo que se abría entre Kanon y yo era un golpe bajo del que tendría que recuperarme, quisiera o no.

Cada paso que nos alejábamos, me forzaba a gritar por que volviera. Nunca lo hice, quizá le susurré, suave… demasiado suave como para que lo oyera. Pero es que sabía qué iba a decirme. Sus respuestas siempre dolían, y terminaban convirtiéndose en peleas cada vez más grandes e hirientes. Intercambiábamos acusaciones, que a día de hoy carecen de cualquier sentido, pero que en aquel momento eran suficientes para abrir una herida y tambalearnos.

Cuanto más peleábamos, más me esforzaba por llegar cada vez un poco más alto. En aquel entonces, en mi horizonte solo había una única opción. Vestir Géminis. La anhelaba, como siempre había hecho… solamente que quererla, y lo que ello conllevaba para mi hermano, me hacía sentir terrible. ¿Y qué iba a hacer? ¿Detenerme y dejar que fuera él quien ganara?

Era algo que no podía siquiera imaginarme. Él siempre se había burlado de mis esfuerzos. Hacia mucho tiempo que cada uno había tomado un camino, mucho tiempo desde que habíamos empezado a ser Saga y Kanon por separado. ¿Tenía que renunciar a mis sueños solo para ver si así Kanon estaba más contento y me quería más? ¿A mi vida, por insignificante que fuera, y a mi mejor amigo? Yo no era propiedad suya… ni él mía. Si me quería, como hermanos que éramos, debía hacerlo de todos modos, y aceptar que había muchas más cosas en el mundo además de él.

Quizá si se lo hubiera explicado de esta manera, lo hubiera comprendido un poco mejor. No lo hice. Desde siempre fui un tipo que podía ser excesivamente paciente, o excesivamente poco. Nunca supe lo que son los términos medios. Y así como casi nadie parecía capaz de sacarme de mis casillas, él lo conseguía siempre. No importaba cual fuera el motivo… ni lo mucho que me esforzara por comportarme correctamente y no hacer nada mal. Si Kanon quería, podía hacerme explotar en solo un segundo y, por supuesto, eso siempre sucedía.

Llegó un momento que comencé a rehuirle. Cuanto más alejados estuviéramos, menos problemas tendríamos: tanto él como yo. O al menos, es lo que pensé. Kanon tenía un peculiar modo de llamar la atención. Sin embargo, parecía que rehuía de todas las virtudes que tenía. Era como si fuera sumamente feliz rebelándose ante todo y todos, por el mero hecho de rebelarse.

Empecé a entrenar solo, y con el tiempo, el arquero que siempre vigilaba, me hizo compañía. Aquellos fueron, probablemente, los meses más fructíferos de mis años de entrenamiento. Éramos buenos, si, pero entrenando juntos, ambos habíamos alcanzado un nivel mucho más allá, cercano a la perfección. Nuestros estilos eran distintos, pero se compenetraban con tanta facilidad como con la que podíamos leer los pensamientos del otro, y saber cómo íbamos a reaccionar. Los sueños crecían y crecían… y a medida que lo hacían, mi momento se acercaba rápidamente por el horizonte.

Acallé el nerviosismo con los sueños compartidos, que cada vez eran más. Con el extraño entusiasmo con el que me encontré hablando de todo, y con la sensación de que nunca era suficiente: de que siempre debía ser un poco mejor. Distinguía el orgullo en la mirada de Shion, y en sus palabras cada vez que mencionaba que era el mayor… el ejemplo a seguir; porque de verdad quería serlo, sin importar cuan difícil fuera.

Hasta que llegó el gran día. Era perfectamente consciente, de que uno de los dos podía morir aquella mañana; de que sería un milagro si no sucedía así. Kanon y yo hacía tiempo que apenas nos hablábamos. Había escuchado los rumores acerca del posible vencedor, así que imaginaba que él también. No era difícil imaginar que no iba a estar nada contento con aquello, y que por ende, se iba a esforzar al máximo por demostrar que todos estaban equivocados.

Ahora, las grandes preguntas que todos se hacían y que nadie se atrevió a formular. ¿Estaba dispuesto a matarme? ¿Yo lo sabía? ¿Yo estaba dispuesto a matarlo a él?

Peleamos prácticamente al amanecer. El sol apenas iluminaba el Santuario, y la mayor parte del camino desde Géminis hasta el Coliseo estaba en penumbra. Durante todo el trayecto, no podía dejar de preguntarme todas aquellas cosas, una y otra vez, sin parar. Yo no quería matarlo, no estaba dispuesto a hacerlo… ni a cumplir con los deseos de mi maestro. Quizá las cosas ya no eran como antes, pero Kanon seguía siendo mi hermano. Él único regalo de verdad que me había dado la vida. Podía soportar que me odiase, más o menos. Pero no podía imaginar siquiera que matarlo fuera una opción.

Estaba nervioso, más de lo que he estado nunca probablemente. Me esforcé por mantenerme tranquilo durante la espera, mientras el Coliseo gritaba y amenazaba con caerse en pedazos por la emoción de un público enfermo y sediento de sangre. Y cuando finalmente pisamos la arena y lo tuve frente a frente… Solo pude preguntarme cómo habíamos llegado hasta aquel extremo. Me daba miedo, un miedo atroz. El destino que yo consideraba mío estaba al alcance de mi mano, y sabía que podía ganar. Aunque también era de sobra consciente de que me lo pondría difícil.

Nunca imagine que lo fuera tanto.

De todos los combates que he peleado en mi vida, aquel siempre será el peor y el más difícil para mi. Obviamente no éramos más que un par de chiquillos a los que nos faltaban muchas cosas por aprender. Pero ya habíamos aprendido lo suficiente como para ser letales a niveles mucho más amplios que en el sentido estricto de la palabra. Cuando todo terminó, y me vi convertido en Santo de Géminis… No supe si reír o llorar. Había conseguido todo lo que había deseado: jamás había perdido, el cosmos de Shion brillaba resplandeciente de orgullo, igual que la mirada de Aioros y los enanos. ¿Pero a qué precio?

Era la primera vez que terminaba con la vida de alguien. En aquel momento, verme envuelto en un charco de sangre, me impactó casi menos que la mirada de mi hermano. No iba a echar de menos a mi maestro, ni un poco. Para mi, haberlo superado era mucho más significativo que el hecho de haberlo matado. Aunque su vida pesara sobre mi el resto de lo que quedaba de la mía… Lo peor de todo era Kanon.

Supe que le había perdido definitivamente, que a partir de entonces ya no había manera posible de que pudiéramos solucionar nuestros problemas, sin importar el empeño que pusiera. Transmitía un odio tan puro, que su mirada agonizante era imposible de aguantar.

Aquel día gané mi título, mi status, mi armadura… pero perdí cosas mucho más importantes.

Después de aquello, el tiempo pasó volando. Mis responsabilidades aumentaban día a día, las misiones fuera del Santuario, las idas y venidas… Cada vez veía menos a los chicos, que crecían rapidísimo, y a los que echaba más de menos de lo que nunca me hubiera atrevido a admitir. Aioros andaba cerca siempre que podía, tan ansioso por vestir a Sagitario que la ilusión de sus ojos era imposible de describir.

Durante el tiempo que pasé en casa aquellos meses, aprendí lo importante que era la política para el funcionamiento del Santuario. Las apariencias lo eran todo. No importaba lo mal o débil que te sintieras, si lograbas aparentar lo contrario. No había lugar para las lágrimas o los sentimientos que te convirtieran en humano. Al menos no en las Doce Casas. Se suponía que nosotros éramos la roca a la que los demás debían aferrarse y no podíamos mostrar debilidad alguna.

El problema de eso, es que no importa cuan dura sea la superficie si esta construida sobre cimientos de arena. Cada día que pasaba, las cosas se tornaban cada vez más difíciles. Obviamente, porque me estaban poniendo a prueba desde el primer momento… pero el asunto iba mucho más allá. Un lado de mi se esforzaba por mostrarse fuerte, tan perfecto como debía y quería ser, aunque nunca fuera suficiente. El otro… lloraba en silencio. Deseaba con todas mis fuerzas poder gritar, llorar… suplicar ayuda o simplemente que alguien me diera un abrazo. Pero aquello no tenía nada que ver con lo que se esperaba de mi. Así que me esforcé por ignorar todos lo sentimientos que me atenazaban, y ser únicamente lo que debía ser. Funcionó asombrosamente bien.

Después, cuando Aioros vistió finalmente a Sagitario, nuestras vidas adoptaron un ritmo vertiginoso. Habíamos conseguido hacer realidad nuestros sueños, nos habíamos reivindicado ante todos aquellos que en algún momento no dieron nada por nosotros. Y era fantástico. Todo el mundo nos quería, todos nos sonreían y agachaban la cabeza respetuosamente. Inundaban nuestras vidas de regalos y lujos que no podíamos aceptar, y los aduladores susurraban a nuestros oídos. Nos habían advertido de ello, nos habían preparado para mantener los pies en la tierra. Sin embargo, el camino que debíamos recorrer iba a poner a prueba, hasta el límite, nuestro sentido de la responsabilidad y el deber. Era como si pudiéramos comernos el mundo de un solo bocado.

Me enviaron a Cabo Sunion cuando llegó el momento de que los peques se fueran. Verlos marchar, uno a uno, fue duro. Sabíamos de sobra que aquel momento llegaría, que lo enfrentarían y sufrirían como nos había pasado a nosotros. Pero ya no estaríamos ahí para jugar, para consolarles… Ni siquiera para celebrar sus pequeños triunfos. A medida que se fueron marchando, el Santuario pareció agonizar. Ya no había gritos por las Doce Casas, ni pequeños traviesos que pusieran en entredicho la paz de la escalinata… No habría más miradas orgullosas ni fascinadas en nuestra compañía. No habría ninguna sensación igualable a aquella.

Despedirse de todos, de cualquiera, fue difícil. Sin embargo, cuando llegó el turno de Milo, el último en marchar… Aquel par de enormes ojos celestes era un mar de lágrimas mal contenidas, mezcla de tristeza y enfado. No quería irse, menos aún decir adiós. Pataleó y gritó, aunque a día de hoy siga empeñado en negarlo. Kanon intentó animarlo como pudo, pero hacía demasiado tiempo que los tres no nos veíamos. Mi hermano y yo nos habíamos convertido en poco menos que desconocidos, y Milo lo sabía bien.

Escapó. Corrió tan rápido como pudo, aunque no lo suficiente. Le di su tiempo, y lo seguí hasta la playa. Cuando se percató de mi presencia, buscó mis ojos. Sabía bien lo que aquella mirada significaba: para él, Aioros y yo éramos capaces de cambiar el mundo por el mero hecho de ser santos dorados. Era la última esperanza que le quedaba para permanecer en el Santuario con Aioria y Mu, con nosotros: que yo pudiera hacer algo. Pero no podía.

Comenzó a hablar atropelladamente, como siempre hacía cuando sabía que ya no había remedio alguno, y se esforzaba por no llorar. Estaba tan enfadado porque me fuera al Cabo antes de que él se marchara a las Cícladas, y por no haber podido enseñar a Camus a hablar griego correctamente… que admito tuve que aguantar la risa. Era su manera de darle mil rodeos al asunto que de verdad lo tenía así. Hasta que al final lo escupió. Cuando murmuró cuánto nos iba a echar de menos… se me rompió el corazón.

No acerté a decirle que también lo extrañaría, que lo extrañaría muchísimo. Desordené su melenita azulada por última vez. Sabía que si hablaba demasiado, terminaría igual que él, aguantando las lágrimas de mala manera, y no quería verme en aquella posición. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había pasado el tiempo, de lo lejos que habíamos llegado. No volvería a verlo hasta seis después.

¿Qué queríamos conseguir de la vida a partir de entonces?

Esperábamos pacientemente el momento de vuestra llegada y el día en que por fin pudiéramos pelear. Pero mientras tanto, ¿qué sería de nosotros? Aioros tenía tan claro que quería ser el maestro de Aioria, que apenas unos días después de su nombramiento como Santo, ya lo era. No me quedaba más remedio que observarlos, cuando tenía un par de minutos para hacerlo, con una sonrisa disimulada. Conocía a Aioria desde que era un bebé demasiado llorón para nuestro gusto. Había pasado mi tiempo jugando con él y con Aioros, llenando su cabeza de fantasías… viéndolo crecer; tanto, que había terminado siendo tan hermano mío como suyo. Estaba seguro de que no había nadie más adecuado para él que Aioros. Aunque, a decir verdad, Aioros hubiera sido un excelente maestro para cualquiera. Tenía esa cualidad. Era paciente y a la vez exigente, su rostro siempre estaba adornado con una sonrisa que ofrecía respeto, pero mucha más calidez.

Aquel par había encontrado su sitio. Aunque pasaban más tiempo llevándose la contraria y jugando que otra cosa. Aioros no necesitaba decirlo… era su manera de compensar a Aioria por el tiempo que no había podido dedicarle, por lo mucho que el gatito extrañaría a sus compañeros de juegos. Y su manera de llenar el hueco que había dejado Shura. Desde que llegó al Santuario, había sido una sombra prolongada de Aioros, había aprendido todo lo que había podido de él. ¡Incluso alguno de sus gestos! Era un niño tímido, y silencioso, que en compañía de Aioros había crecido muchísimo. Ambos se habían ayudado mucho… Pero parecía que era el momento en que la verdadera soledad llamaba a nuestra puerta.

¿Qué había de mi y de lo que yo quería hacer con mi vida? Desde luego que ser maestro no estaba en mis planes, al menos no para un futuro cercano. Mi visión de las cosas era mucho más amplia, iba mucho más lejos. Aioros siempre se había conformado con la satisfacción que las pequeñas cosas podían darle. Yo siempre había querido un poquito más, no importaba cuan alto o lejos hubiera llegado, siempre luchaba por llegar un paso más arriba.

Con la mirada perdida en el horizonte del Cabo, viendo romper las olas a la espera de que Poseidon llegara; reflexioné mucho. A como yo lo veía, la historia de nuestra Orden no era más que una historia de repetición: siempre pasaba lo mismo, no importaba cuantos siglos pasaran… Siempre peleábamos las mismas guerras, temíamos a los mismos enemigos y regábamos el suelo con sangre propia y ajena. No podía dejar de pensar que debía haber una solución mejor, más justa. Se suponía que nosotros seríamos la generación dorada, la mejor de los últimos siglos porque estábamos destinados a caminar junto a vos. Traíamos esperanza y salvación a costa de nuestro sacrificio. Pero… ¿Por qué debía ser así?

El equilibrio de las cosas, carecía de sentido para mí. Si tan solo tuviéramos la oportunidad de pelear de verdad, y luchar por una victoria definitiva… Nadie más tendría que morir una y otra vez. Hubiéramos terminado con todo de un plumazo.

Las ilusiones de un crío son así. Ilusiones. Parecen demasiado fáciles de cumplir… cuando en realidad no son más que un imposible.

Entonces, Shion nos nombró herederos al trono. Fue como si aquella ingenua ilusión mía estuviera aún más cerca. Quería el puesto con todas mis fuerzas, aunque aquello significara desprenderme de Géminis, después de todo el sufrimiento y esfuerzo que me había costado ganarla. ¡Pero no importaba! Si lograba ser el elegido, Kanon podría vestirla. Quizá de aquella manera él también encontrara su lugar en el mundo y abandonara el camino tan oscuro por el que se había adentrado.

Luego reparé en que Aioros no sería un rival fácil, ni mucho menos. Aquello ya no era como la rivalidad con mi hermano, había pasado por aquel trago y no tenía intención alguna de repetirlo. La diferencia estribaba en que yo quería tanto aquel puesto, como Aioros lo rehuía. Me esforcé cada día por hacer mi trabajo mucho mejor de lo que se esperaba. Le dedicaba el tiempo que no tenía a todo el mundo que lo quisiera, salvo a mi. El cansancio empezó a hacer mella.

Me dediqué a observar cada detalle de la Orden, de la parte más compleja: los consejeros, sus idas y venidas… Hasta que reparé en que no era nada más que un juego de estrategia, una partida de ajedrez. Saber estar, qué palabras decir, cómo decirlas, cuándo y a quién… Las mil maneras de complacer a unos para que dieran de si mismos lo que necesitabas, sin que se dieran cuenta si quiera… Era igual que un teatro de marionetas, y me resultaba de lo más divertido e interesante.

Aioros detestaba todo aquello. Le provocaba tanto dolor de cabeza la política, como a mi estar recluido viendo las olas. Cada vez formábamos parte en más y más asuntos del Maestro. El tiempo pasaba para todos, y nunca antes lo habíamos visto tan vulnerable y envejecido. Pronto llegaríais vos, y nuestra vida se revolucionaría.

Sin embargo, en aquellos tiempos tan ajetreados, el brillante horizonte comenzó a oscurecerse. Primero fueron las inexplicables pesadillas, luego la jaqueca, las riñas cada vez más fuertes con Kanon, y después las pérdidas de conciencia. Estaba tan cansado que había perdido las pocas ganas que solía tener de hablar. Aioros, dentro de lo inquieto que estaba con el asunto de la sucesión, intentaba por todos los medios seguir como siempre; pero tal cosa ya no era posible.

¿Qué sucedía? No tenía la menor idea, pero una sensación de creciente temor comenzaba a hacerse conmigo. Tenía miedo a cerrar los ojos, por lo que allí pudiera encontrar, por lo que allí pudieran susurrar en mi oído. Tenía miedo a estar despierto y que aquella extraña situación en que me había metido, me delatara a los ojos de todos. Quizá solamente necesitaba un tiempo de descanso… unos días para calmarme y aliviar el desgaste de los últimos meses donde no habían parado de sucederme cosas importantes.

Sin embargo, algo dentro de mi sabía que aquello no serviría. No encontraría consuelo en unas pocas horas de sueño, ni alivio al contárselo a nadie. Mi angustia crecía por momentos, porque lejos de mejorar… la cosa iba a peor. Estaba irascible y de permanente mal humor. Mas, dentro de mi ingenua fe en mi mismo, confiaba en poder solucionarlo de un modo u otro. Necesitaba creer que podía salvar la situación, que nada de aquello iba a perjudicarme ni entorpecer mi meteórico camino rumbo a mis sueños.

Para cuando Shura volvió, envestido prematuramente como Santo de Capricornio… Ya no distinguía las pesadillas de la realidad. Mis días eran como un perpetuo sueño lúgubre, donde cada vez había menos alegría, y más odio contenido. La sensación comenzaba a superarme… porque yo no era así. Podía ser frío, callado e incluso tímido, pero no era rencoroso, no era fácil que odiara a nadie. Por aquella época, Kanon encontraba más divertido que nunca poner mis frágiles nervios a prueba, y Aioros, que pocas veces se había atrevido a preguntar si estaba bien, conformándose con un rotundo "si"; estaba ocupado con Shura y Aioria.

Entonces llegó el gran día: nacisteis. Inesperadamente, Shion logró juntarnos a mi hermano, Aioros y a mi en la misma habitación. Ya no había risas, ni bromas o juegos. Solamente existía un pesado silencio que nadie sabía como romper. Nos condujo hasta vuestro dormitorio, y cuando abrió la puerta y pudimos escuchar vuestro balbuceo… Fue como si por un instante, no cargáramos ningún peso sobre nuestros hombros. Erais el bebé más bonito que habíamos visto jamás, vuestros ojos parecían verlo todo, hasta el detalle más pequeñito… y vuestra sonrisa era el mejor recordatorio de por qué existíamos. Con vos allí, aferrándoos a nuestros dedos y riendo ante nuestras carantoñas, el haberos entregado nuestra vida antes de saber que hacíamos… cobró sentido. Nada parecía suficiente sacrificio con vos ahí, a nuestro lado. Todo merecía la pena.

Sin embargo, imagino que no todos pensamos lo mismo al veros. Kanon se marchó de la habitación rápidamente, dedicándonos a todos una última mirada que no sabría estaba cargada de odio… o simplemente desdén. No fui el único que lo observó marcharse con interés. Las miradas de Aioros y Shion viajaban de él a mi, en lo que pretendía ser un gesto disimulado. Lástima que no lo fuera. Internamente, sabía lo que significaban. De una manera u otra, se preguntaban si algún día aceptaría que el lugar de Kanon ya no estaba en el Santuario. ¡Claro que lo sabía! El vínculo que nos unía se había debilitado hasta el extremo, pero aún estaba ahí. Aún podía sentir un poquito de su dolor como si fuera propio… De sus ganas de volar fuera de allí. Aunque me negara a creerlo y darlo por perdido. Pero nunca me había gustado ser el centro de atención, no al menos con mi parte íntima y personal.

Nunca supe cual de todos esos detalles fue el definitivo. Quizá simplemente fueron los augurios de las estrellas, o mis intentos inútiles por rescatar a Kanon… o el hermetismo en que me había cerrado desde hacía unos pocos meses. Quizá, Shion me conocía demasiado bien como para saber que algo se había estropeado, que ya no era la brillante promesa de futuro esplendoroso en la que siempre había confiado ciegamente.

La realidad es, que eligió a Aioros. Aunque tenía todas mis esperanzas en que el puesto fuera mío… interiormente sabía que no sería así. Mis pesadillas me lo recordaban diariamente, cada segundo de mi vida. Sentí la mirada del arquero puesta inmediatamente en mi, y yo, ni siquiera parpadeé. Me limité a sonreír, y a felicitarlo. Lo cierto era que él lo merecía tanto como yo, lo quisiera aceptar o no. Los ojos de ambos no dejaban de verme: uno buscaba una explicación a mi extraña tranquilidad y a lo q consideraba debía ser un error. El otro, simplemente estaba ahí, tras su máscara, analizando cada pestañeo y escudriñándome en busca de aquello que escondía.

Si alguna vez lo encontró… desgraciadamente nunca me lo dijo.

Salí de allí sin que nada delatara el remolino de emociones que sentía: la grandísima frustración, el sentimiento que la aliviaba diciendo que sabía que iba a ser así… y otra vez la frustración, recordándome que aquella era mi primera derrota. Mi gran derrota. Aioros me sujetó del brazo cuando me alejaba, suplicándome con aquella mirada suya por ayuda. "Me ayudaras, ¿verdad?" Recuerdo el tono de su voz como si estuviera aquí, a mi lado, susurrándome. Le di mi palabra, se lo prometí… aún a sabiendas de que no podría cumplirlo, por mucho que lo deseara.

Él creía ciegamente en mi, y de pronto, yo mismo había dejado de hacerlo.

Volví directamente al Cabo, dispuesto a dejarme hipnotizar por el cansino rugir de las olas, con la esperanza de calmar mis ánimos. Pero lejos de encontrar paz, me encontré a Kanon con una sonrisa en el rostro, que significaba muchas cosas salvo la tranquilidad que buscaba. Lo miré, cansado de que la misma historia se repitiera una y otra vez. Mas cuando abrió los labios, me dejó boquiabierto.

Nunca esperé escuchar nada parecido de boca de nadie… pero desde luego, que escuchar el modo en que Kanon protestaba porque el trono no había sido para mi, me dejó helado. Por un momento pensé que quizá no me odiaba tanto, que aún nos quedaba un poco de esperanza: una oportunidad. Pero siguió hablando sin parar… hasta que terminó siendo esclavo de sus propias palabras.

"Mata a Athena. Mata a Shion, a Aioros. Ocupa el puesto que te pertenece por derecho."

Simplemente no daba crédito a nada de lo que escuchaba. Le miraba fijamente, sin comprender.

"Si no quieres hacerlo, yo haré el trabajo sucio por ti. Pero nadie más que tú puede gobernar."

Había pasado de creer que aún me quería aunque fuera un poco… a entender, segundo a segundo, lo que de verdad estaba diciendo.

"El poder es para los fuertes. Podríamos dominar el mundo a nuestro antojo… sin prestar obediencia a nadie salvo a nosotros mismos."

Lo siguiente que se es que le golpeé con todas mis fuerzas. Deseaba meter un poco, solo un poco, de sentido común en aquel cerebro suyo. Pero se limpió la sangre casi con desgana y siguió hablando, quizá más rápido… sabiendo que no iba a escucharlo por mucho tiempo más. Apuraba su última oportunidad. Repetía lo mismo una y otra vez.

"Mátala. Mátalos."

Sin duda no esperaba mi reacción… Y no puedo decir que yo mismo lo hiciera. Lo arrastré hasta la prisión escuchando sus maldiciones, sus gritos cargados de odio, miedo y sus promesas de venganza. Me pregunté donde había quedado la sonrisa alegre de mi hermano, aquella que había sido sustituida por un macabro gesto retorcido. Todo aquello que estaba diciendo era tan grave, tan peligroso…

Lo encerré. No podía pensar en nada más, salvo en que estaba haciendo lo correcto, protegiéndoos a todos. Kanon había terminado siendo un peligro no solamente para si mismo. Y sinceramente, prefería ser yo quien terminara con aquello. Sabía de sobra que si aquel fallido golpe de estado hubiera llegado a otros oídos, la condena hubiera sido la misma, pero la gente hubiera hablado, hubiera juzgado… se hubiera aventurado a emitir juicios apresurados.

Allí estaba yo. Tenía tal nudo en la garganta que no podía siquiera respirar. Yo, que me había negado a matar a mi hermano arriesgando a Géminis en el proceso, que me había prometido que jamás atentaría contra él... que mi deber, como Santo que era, era protegerlo. Lo miré a través de los barrotes, y lo encontré completamente desquiciado. Me maldijo, dijo un montón de cosas dolorosas que me hubiera gustado creer no sentía. Aunque dijo otras tantas que eran verdad.

"No eres una blanca paloma."

Miré sus ojos por última vez, y me dí la vuelta. Deseaba llorar con todas mis fuerzas, pero no encontré las lágrimas por ninguna parte. Lo había condenado a una muerte espantosa, sabiendo de antemano que con él moriría yo también. Apenas pude avanzar unos metros, lo suficiente para subir a lo alto del acantilado. Sentí tanto dolor de golpe que fue imposible mantenerme en pie. Mi cerebro parecía a punto de partirse en dos… y era incapaz de articular palabra alguna.

Una blanca paloma.

Esas palabras se repetían una y otra vez, acallando el furioso rugido de las olas. Hasta que una voz más seca y dura, más grave y burlona, se abrió paso en mi cabeza con asombrosa nitidez. No quedó nada más: ni el mar, ni el viento, ni el graznido de las gaviotas o los gritos de mi hermano. Nada. El más absoluto de los silencios rodeaba aquel sonido. Era como, si de pronto, hubiera perdido todos mis sentidos.

"Eres mio." Susurró.

Y lo era. Kanon quizá moriría aquel día, si los dioses así lo querían. Saga de Géminis, ya estaba muerto.

Podía caminar, respirar… vestir mi armadura y hablar como yo lo hacía. Pero no había nada allí que me perteneciera. Había perdido el control de mi mismo, de mi cuerpo, de mi mente y de mi corazón. Ya no latía para mi… si lo hubiera hecho, se habría parado cuando el agua de la playa aún mojaba mis pies. Me habría hecho ese favor.

A partir de entonces, todo se tornó difuso. Intenté rebelarme, una y otra vez. Pero tras cada intento, el castigo era mucho más de lo que podía soportar. El dolor físico era insoportable, pero aún más el peso de mi conciencia. Cada día que pasaba era un nuevo engaño, una perfecta farsa de la que nadie pareció darse cuenta jamás. Ni aquel al que consideraba mi padre, ni el único hermano que me quedaba… ¿Qué podía esperar del resto del mundo? Nada, aparte de un respeto absoluto que rayaba en el miedo.

Yo les había fallado a todos. Había sido débil y había sido estúpido, me había sobrevalorado y me había creído invencible. No había sabido defenderme… Pero desde mi prisión de carne y hueso, los demás me habían fallado a mi de igual manera. Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres de bien no hagan nada para detenerlo. Y nadie se dio cuenta. Nadie supo distinguir al Dios de la Guerra, de mi. ¿Qué podía haber peor que eso? Solamente Arles se atrevió a dudarlo, y le costó la vida.

Una vez muerto él, el camino se allanó considerablemente. No tenía fuerza, ni ideas para poder entorpecerlo… Desaparecí, y me buscaron sin éxito alguno. Así llegué hasta Shion igual que una sombra: silenciosa, casi invisible. Me movía sin querer hacerlo, sabía lo que continuaba… y las lágrimas que Ares no me dejaba derramar, ardían en mis ojos, nublándome la vista. Star Hill estaba vedado incluso para mi, pero viéndome allí envestido en mi brillante armadura, el Maestro no supo que decir. Preguntó que hacía allí, sabiendo que estaba rompiendo las normas.

Y Ares no contestó. De pronto, sentí como mis músculos respondían a mi voluntad. Me sentí torpe, como un niño cuando aprende a hablar o andar. Arrastré las palabras, carraspeé, y volví a mirar sus ojos rosados. Las lágrimas que anegaban los míos, se desbordaron, y Shion arrugó los lunares de su frente. Se acercó a mi un par de pasos, queriendo consolarme, preguntándose, seguramente, qué me sucedía, dónde había estado escondido todo aquel tiempo.

"¿Por qué?"

Aquello fue lo único que atiné a preguntar. Hubiera querido decir más. "¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me advertiste? ¿Por qué no me salvaste?" Pero supongo, que pareció que solo preguntaba por qué no había sido yo el elegido. Suspiró y me miró con cierta lástima, se acercó, estrechándome en un abrazo por primera vez en años. Quise devolver el gesto, aferrarme a él como cuando era pequeño, sentir la seguridad que me prodigaba en aquel entonces… Mas no pude siquiera volver a hablar. Me disolví en la nada por unos segundos. Los suficientes como para que al despertar, mis manos estuvieran bañadas en su sangre, y en mis oídos solo resonase una palabra pronunciada con su voz.

"Saga."

Mi nombre, susurrado con el mismo tono cariñoso que cuando me acunaba en sueños, cuando deseaba ahuyentar los fantasmas y lo conseguía de un modo tan sencillo como aquel. Me miró por última vez, con gesto triste, desolado. ¿Decepcionado, tal vez? ¿Él sabría la verdad?

Dicen que hay pocas cosas más dolorosas que cuando alguien a quien quieres, te oculta algo que deberías saber. Primero había sido Kanon, y en aquel entonces, dentro del terror que me consumía, no podía evitar pensar que Shion también me había ocultado mis propios demonios. Quizá era un juicio injusto, pero ¿qué importaba? ¿Qué importaba nada en mi situación?

Evita sospechas. Manipula a tus amigos. Elimina a tus enemigos. A aquello se resumía todo.

Y vos, mi dulce princesita, erais la siguiente en la lista. Erais, aún siendo un bebé, el mayor enemigo que Ares pudiera encontrar. Se las había ingeniado para dejaros, prácticamente, aislada, indefensa. Aioros estaba ahí, si. ¿Y qué? En algún pequeño rinconcito de mi mente, no había dejado de llorar por Kanon y Shion, cuando me encontraba sentado en el trono que tanto había ansiado. Aún estaba caliente… Pero Ares saboreaba el poder y la gloria: desde allí, no había nada que pudiera resistírsele.

Mi única esperanza residía en Aioros. Tenía lo poco de mi fe que quedaba, puesta en él… en que reclamara lo que era suyo por derecho: que se impusiera a los deseos del nuevo Arles. Espantado, contemplé como agachaba la cabeza y aceptaba la decisión. Ni siquiera lo intentó, no peleó: se rindió a la primera oportunidad. La voluntad inquebrantable de Aioros se había esfumado. Me había abandonado.

Cada uno de nosotros, había tenido un héroe. Alguien a quien mirabas, admirabas y en cierto modo envidiabas porque te gustaría ser como él. Para mi, Aioros había sido eso precisamente: todo lo que yo no era, una persona asombrosa, con un corazón inmenso, y mejor santo aún. En aquel momento, me di cuenta con todo el dolor de mi corazón, de que un héroe no es nada más que algo que creamos, que necesitamos, para comprender lo que nos resulta incomprensible y para mantenernos a flote.

Entonces, ya no me quedaba ni siquiera eso. No tenía nada a lo que aferrarme.

Ares podía sentir cada matiz de mis pensamientos y emociones. Todos mis conocimientos eran suyos, mientras que él elegía con sumo cuidado cuales de los suyos me dejaba entrever. Sabía de sobra cuales eran las enormes debilidades de la Orden, y al sentir mi reacción ante la docilidad de Aioros, supo que era el momento perfecto para dar el golpe de gracia. Después de todo, un gran ejército no es vencido desde fuera, hasta que no se ha destruido a si mismo por dentro.

Caminó lentamente, con parsimonia, hasta vuestro dormitorio. Al entrar, la tenue luz de las velas resultó de una calidez casi asfixiante tras la máscara metálica. Supliqué tantas veces porque se detuviera, que si hubiera permitido que mis gritos abandonaran mi garganta, me hubiera quedado sin voz. Allí estabais, dulcemente dormidita, mientras la nana del móvil de estrellas, que Aioria y Mu os habían construido, resonaba suavemente en la habitación. Sin embargo, tal y como si hubierais notado nuestra presencia, despertasteis. Observabais entre risas y gorgoteos divertidos el brillo de la daga que tanto os afanabais por alcanzar.

Hasta que sucedió lo inevitable. Ares no conocía de alegría, de dulzura, o inocencia. Para él solo valía la sangre y la retorcida victoria. Ni siquiera tengo la menor idea de dónde salió Aioros o cuando llegó. Estaba tan aterrado contemplando como acontecía todo… que su mirada furiosa me resultó de lo más alentadora. Intenté retomar el control, al menos lo suficiente como para ser un estorbo y permitirle a Aioros interponerse. Me golpeó con tanta fuerza, que por un segundo el mundo pareció reubicarse en el lugar apropiado, pero había perdido la máscara.

En lo más hondo de mi cerebro suspiré aliviado, aunque su expresión de pánico, decepción, confusión… me rompiera el corazón y me acosara el resto de mi vida. Verme allí, imagino que fue para él un varapalo enorme. Estaba atentando contra todo lo que habíamos soñado, por lo que habíamos peleado. Era fácil atar cabos y comprender que era yo quien había matado a Shion. Incluso él, que llegó un momento en que no toleraba la presencia problemática de mi hermano, se espantó cuando se dio cuenta de lo que había pasado con él en realidad. No necesitaba decir nada, yo podía sentirlo tan nítidamente como si me estuviera gritando.

Apenas recuerdo lo que dijo. Solamente podía pensar en que me mataría, en que terminaría con aquella pesadilla. Solo él podía ayudarme cuando yo no había sido capaz de pedir ayuda. Sin embargo, no lo hizo. Se tomó su tiempo para mirarme, para darse cuenta de que, efectivamente, aquel era mi cuerpo, pero no era yo y aquello fue nuestra perdición. Le dio el tiempo suficiente a Ares para reaccionar, para trazar un plan asombrosamente eficaz: nadie mejor que Shura para otorgarle validez a aquella inverosímil historia de traición. La Explosión de Galaxias lo habría matado de alcanzarlo completamente. Todo se hubiera acabado de una manera mucho más rápida y menos cruel… Pero solamente atiné a estorbar una vez más.

Después de aquella noche, llorar dolía tanto como respirar. Ya no tenía a nadie. Había matado a mi familia. Shion, Kanon, Aioros. Los había perdido a todos y el vacío era mucho más grande de lo que podía manejar. Al parecer, mi ambición había superado por mucho a mi talento. Solamente Shura, Mu y Aioria permanecían en el Santuario. El primero, se convirtió en un fantasma. Su sentido del deber había sido mucho más fuerte que cualquier otro sentimiento. Ares se carcajeó cuando saboreó tal éxito. No había cosa más placentera para él que ver lo fácil que era destruir a la magnifica Orden de Athena.

Su rango más alto, aquel que protagonizaba las leyendas, los sueños y las historias, era un completo sin sentido. Ares solamente tenía que susurrar las palabras adecuadas para que todos asintieran y creyeran en él ciegamente. Convirtió a Aioros en un traidor de la noche a la mañana. A Aioros. ¿Cómo era posible?

¿Creéis que hubo alguien que salió en su defensa? Solamente Aioria, y su vida se convirtió en un infierno a costa de eso. Era pequeño, pero sobre todo, era terco y orgulloso. En aquel momento, solamente pude pensar que lo mejor que podía haberle ocurrido era estar lejos, fuera del Santuario. Pero ya estaba atrapado, ya no había manera de huir. Ares lo convirtió en el pasatiempo favorito de todos simplemente porque era su hermano. Se aprovechó de lo muchísimo que lo quería y admiraba… y todos los demás actuaron con una mezquindad propia de los soldados de Ares.

Lloró y peleó tanto, que resultaba admirable. Se esforzó durante años demostrar que nada de lo que todos decían era cierto. Era adorablemente altivo, auténtico y desafiante. No era más que un niñito, pero era capaz de sacar de sus casillas al mismo Dios de la Guerra. Desde mi extraña posición, compartiendo mi cuerpo y parte de mi mente, cada ataque de rebeldía era un pequeño triunfo. Mientras Aioria siguiera firme defendiendo la inocencia de su hermano, aún quedaba algo que mereciera la pena salvar de entre toda la Orden.

Sin embargo, como muchos habíamos hecho antes, terminó rindiéndose. No puedo culparle, todos nos esmeramos de un modo u otro porque así fuera, y no encontró su merecidísimo reconocimiento hasta que dobló las rodillas.

Para cuando él y los demás vistieron sus armaduras, el Santuario ya había sucumbido. Aunque no por ello se veían menos fantásticos envestidos en sus ropajes. Todos habían cambiado, habían crecido y habían aceptado las cosas como habían venido. Se habían amoldado. Y estaban asombrosamente solos. Ya no compartían el vínculo que les convirtió en familia siendo niños. Algunos seguían siendo amigos, si. Otros no eran más que conocidos, y algunos ni siquiera se miraban a la cara. No por ello me sentí menos orgulloso de lo que habían conseguido ellos solos, sin la ayuda de nadie.

Ver a Aioria y Milo envestidos con Leo y Escorpión era impresionante. De pronto me hicieron sentir terriblemente viejo, como si hiciera siglos desde que gané mi armadura. Pero… ¿Cuánto había pasado en realidad? Unos pocos años: yo, siendo el mayor, apenas llegaba a los veinte.

Sin embargo, mientras el tiempo pasaba… Ares parecía encontrar aliados en cada esquina, tras cada columna caída y puerta semiabierta. Máscara Mortal y Afrodita fueron otro gran triunfo más para él y otro gran golpe bajo para mi. Sabían que ya no eran los niños que se habían ido, que habían enfrentado muchas cosas a las que no tenían porque haberlo hecho. Habían cambiado. Mas ¿era posible que hubieran cambiado tanto como para venderse al enemigo con plena conciencia de ello? Una vez más, creí que ellos serían mi salvación, la nuestra. ¡No podía haber estado más equivocado! Los aduladores seguían apareciendo de debajo de las mismas piedras, todo el mundo tenía algún favor que ganarse o algo por lo que venderse. Ellos no eran menos.

¿Sus motivos? No me importan, aunque en aquella época no podía dejar de pensar en ellos, en buscarlos. ¿Podían ser tan retorcidos? ¿Tanto me odiaban como para condenarme de aquella manera? Adulaban a Ares, jugaban con fuego… y eran muy buenos en ello, porque sino no hubieran sobrevivido. Para hacer lo que estaban haciendo había que ser muy valiente o, simplemente, haber perdido la cabeza.

Yo siempre me había considerado el hermano mayor y me sentía orgulloso de serlo. En aquel momento, no era más que un manso animalillo atrapado. No era a mi a quien respetaban y temían. Yo, probablemente, solo les provocaba lástima; si es que les provocaba algún sentimiento. No dejaba de preguntarme qué había hecho tan mal para me odiaran tanto. Porque había que odiar mucho a alguien para seguir adelante con aquella farsa aún viendo mi tortura. Cuando pensé que no podía odiar, empecé a hacerlo.

Y de la nada, surgió Kanon. Yo solía ir al Cabo, escapando de la prisión en que se había convertido el palacio que tanto había anhelado. Ares me concedía aquello, igual que en muchísimas ocasiones sus susurros me ponían en preaviso. Siempre había creído que mi hermano había muerto, que yo lo había condenado… pero nada más lejos de la realidad. Solamente lo vi una vez, apenas un par de minutos. Ataviado con la Escama del Dragón de los Mares y con la mirada tan orgullosa como desquiciada. Solamente los dioses podían haberlo salvado de aquella condena… y solamente él, podía moverse entre ellos como pez en el agua. Kanon era así: sabía adaptarse a las situaciones con asombrosa facilidad. Siempre sacaba partido de algo… Aunque era obvio que la ambición y su sed de venganza no habían terminado. Sonrió al darse cuenta de lo que había sucedido conmigo. Imagino que era un gran triunfo ver que alguien con mis sueños había caído tan abajo.

"Vigila bien a quién pisas al subir, porque te lo encontrarás al bajar." No dijo nada más, era innecesario. Se dio la vuelta y se zambulló al maravilloso torbellino que lo llevaría de vuelta al hogar. Y ahí estábamos, los dos hermanos de Géminis: uno siendo mansa marioneta del Dios de la Guerra y el otro marionetista del Dios de los Mares. Toda una historia digna de contar.

Fueron trece larguísimos años en los que fui más espectador que otra cosa. Peleé, inútilmente, con la poca fuerza que me quedaba y mis estúpidos intentos de rebeldía no le provocaban más que risa. "Viví" como un mismo dios todo aquel tiempo, nada de lo que se le antojaba faltaba en el templo. Sin embargo, con todos mis respetos, los dioses son muy caprichosos e irascibles. Las cosas se hacían a su manera, cuándo quería y cómo quería. Era un ser cruel, que disfrutaba de todo aquello que produjera dolor y miseria, hasta el punto de que el solo olor de la sangre le producía una sensación orgásmica.

Hay muchas que no recuerdo… y otras que simplemente no quiero recordar.

Después de tantos años de muerte y desolación, al fin habíais crecido. Nosotros éramos los caballeros de la esperanza, si, pero yo la había perdido toda. Desde mis ojos enrojecidos, el mundo avanzaba precipitadamente a su final. Había perdido todas las cosas que en algún punto de mi vida me habían mantenido a flote y me habían empujado hacia delante. Lo único que me quedaba era aquella pequeña chispa que se negaba a morir, que se esforzaba por creer que algún día vos regresaríais y solucionaríais todo.

Lo hicisteis. Ares se puso inesperadamente nervioso cuando envestí a Seiya con su armadura. A decir verdad, no tengo la menor idea de por qué, ni qué fue lo que vio en el chico que no le gustó. En aquella época, Ares tenía las cosas bajo tal control, que cada vez me permitía recuperar más a menudo la conciencia, dejándome alguna migaja de mi mismo. Yo ya no suponía peligro alguno para él. Mis torpes intentos por terminar con todo, habían sido inútiles. Sino era él, eran Máscara Mortal o Afrodita quienes salían de la nada con el único objetivo de mantenerme vivo. Y después… todo era mucho peor. Me sumía en una dolorosa oscuridad por días, donde respirar parecía matarme lentamente más que darme vida.

Pero la reacción ante el chico… Supe que aquella era la última oportunidad: él ganaría o yo perdería. Todos sufristeis demasiado en aquella guerra, pero valía la pena si de esa manera podía terminar con todo. Cada día me atrevía a desafiarle un poquito más, aunque solamente fueran palabras. Estaba lo suficientemente inquieto ya, como para soportarme también a mi. En mi mente, no dejaba de aparecer una y otra vez Aioria con su insolencia, y mi hermano con sus burlas… yo solamente quería hacer lo mismo.

El Torneo Galáctico le desquició. Sabía que había muchos santos menores desperdigados por el mundo, pero no imaginaba que estaban tan cerca vuestro. De pronto se sintió amenazado y caminaba por el templo igual que un león enjaulado. No paraba de pensar en los mil y un modos en que podía haceros frente y eliminar vuestra amenaza: en la manera de que nadie se diera cuenta que era a una niña a la que temía y no a sus santos. Toda la Orden pensaba que estabais aquí… vuestra sola presencia pondría en jaque todo su esfuerzo.

Eso fue exactamente lo que sucedió. Se permitió un tiempo calma, mientras os veía pelear entre vosotros, con las dudas de Ikki, y la compañía de los caballeros negros… Confiaba en que podría eliminaros antes de que recordarais quién erais en verdad, antes de que los chicos comprendieran que significa ser un Santo de Athena: algo que estaba muy alejado de participar en un torneo de televisión cual estrellas.

Obviamente, sus planes no salieron bien. Por un motivo u otro, vuestros santos tenían muchísima más humanidad y corazón del que nos quedaba a nosotros. No se esforzaban por aniquilar sus sentimientos, al contrario: se aferraban a ellos, al cariño… al recuerdo. Eso les mantuvo en pie y les declaró ganadores antes de empezar. Tal vez lucharon cada una de sus batallas por su deber, pero estaban dispuestos a morir por sus amigos, por los que peleaban allí a su lado.

Ares pensó, acertadamente, que la ausencia de Dohko y Mu era un problema. Sabía de sobra que su fidelidad era para con Athena, no para quién gobernara. Y tristemente, yo era consciente de que Dohko nunca me ayudaría. Seguirían siendo santos pasara lo que pasara, pero ellos no eran simples niños de bronce. Igual había pasado con Albiore. Pretendía aniquilarlos a todos, con la misma facilidad, sin importarle lo limpios o sucios que fueran los métodos. No quería un solo enemigo, y de pronto aparecían por todas partes.

Máscara y Afrodita eran los emisarios de lo oscuro. Siempre habían sido sus eficaces manos derechas, pero cuando les envió tras Dohko y Albiore, Ares quedó en evidencia. Se estaba apresurando, tenía en demasiada estima a unos e infravaloraba a otros. Aioria fue tan temerario como para atreverse a exigir una explicación, y aquello le costó demasiado caro. El Satán Imperial no conocía de convicciones, solamente tenía un objetivo. Sin querer, le había conseguido un aliado más al odiado enemigo.

Entre error y error, os dio tiempo a llegar a nuestras puertas. Estaba furioso como nunca antes le había sentido, y yo… asombrosamente tranquilo. Sabía que el final había llegado. Él estaba segurísimo de que cinco niños no podrían atravesar las Doce Casas, lo cual hubiera sido lógico. Pero nuestra escalinata Zodiacal estaba construida sobre mentiras y desconfianza. Un simple y débil rayo de luz podría derrumbarla antes de lo que pensaba. Mu fue el primero en darme la razón… luego llegó Aldebarán, y tristemente Géminis, que pudo haberles costado demasiado caro.

Máscara Mortal murió, y desde el salón del trono, admito que sentí alivio. Era parte de la lacra que necesariamente había que erradicar. Luego Aioria… y Libra. Uno tras otro iban cayendo, presos de la desesperación y la mentira, del peso de la verdad. No puedo siquiera imaginar como debieron sentirse, al descubrirse partícipes de tal engaño. Al verse tan increíblemente ciegos. Pero aquel dolor, merecía la pena. Cada Templo que atravesaban, cada santo que caía… era un paso menos que les quedaba para llegar hasta mi.

Y llegaron, ya lo creo. Probablemente no lo hubieran conseguido sin toda la ayuda que recibieron de Marin, de Shaina… de los demás chicos. Pero estaban ahí, ¿qué importaba cómo habían llegado? Seiya seguía peleando con la misma fuerza de voluntad que al principio, aunque era más un cadáver que otra cosa. Fue el primero en contemplar mi rostro… en ver con sus propios ojos lo profunda que había sido la traición y lo inestable que era la situación entera.

Unos pocos segundos de cordura, no necesitaba más que eso para que supiera como salvaros. Pero también necesitaba solo unos pocos segundos para matarlo. Si Ikki no hubiera llegado, en medio de aquel caos mental que me atenazaba, ninguno hubiera pasado de aquel salón. Ares estaba dispuesto a aniquilarlos, y a provocarles tanto sufrimiento como fuera posible. Después Hyoga, Shun y Shiryu llegaron, con la única intención de darle la poca vida que les quedaba con tal de ganar.

A aquellas alturas, la traición ya estaba desvelaba. Los pocos que quedaban en las Doce Casas ya sabían quién había gobernado durante aquellos trece años y de qué manera. Mientras Ares hacía gala de su fuerza soberbia, era cuestión de segundos que los demás llegaran allí, y tuviera que contemplarles con mis propios ojos. Por primera vez, cara a cara. Mu, Aldebarán, Aioria, Milo, Shaka… No estaba preparado para recibir las miradas de odio y desprecio, aunque sabía que no encontraría otra cosa. No estaba preparado para que me dejaran vivir y tener que explicar todo lo que pasó...

Pero también sabía que por mucha fuerza de voluntad que Seiya y los demás se empeñaran en demostrar, no tenían oportunidad alguna de ganarme. Al fin y al cabo, era un Santo Dorado, habían matado a muchos otros de mi mismo rango… pero no era ningún inútil sin recursos, y además… el poder de Ares, un dios, sumado al mío, era demasiado para las condiciones en que se encontraban.

Géminis me dejó en el preciso instante en que los chicos dorados llegaron. No sabía que era más doloroso en medio de aquel caos en que me había metido: si que mi preciosa armadura no me considerase digno de ella… o las miradas en los santos a los que tanto había querido. Decepción, odio, desprecio. Eran sensaciones que provocaba tan a menudo, que me había terminado por acostumbrar a ellas. Yo, que algún día había sido la estrella más brillante de todas.

Ares estaba seguro de que aún así ganaría. Era un dios después de todo, pero había perdido la cabeza: estaba totalmente desquiciado y solo a vos podía veros. Supe que el momento había llegado. Yo era rápido, confiaba en que vos no lo fuerais tanto, porque no tendría más oportunidad que aquella. Lo escuché gritar furioso cuando supo lo que pretendía hacer, cuando eché a correr hacia vos a toda velocidad en medio de los gritos de todo el mundo. Pero yo no os veía, mis ojos solamente contemplaban el brillo cálido de Nikè.

El tiempo se detuvo. Gritasteis y después solamente hubo silencio. Rápidamente sentí el inconfundible sabor de la sangre en mi boca, y bajé la vista. Mi mano seguía aferrada al báculo y el oro se había hundido en mi pecho. Sonreí.

No sentía dolor, solo paz. Una paz inmensa, después de que la conciencia de Ares hubiera desaparecido: vencida. "Miradme." Quise decir, porque aquella sería la única vez que tendríais la oportunidad de ver al verdadero Saga. Pero no podía hablar, igual que nadie acertó a pestañear siquiera. Yo apenas podía abrir los ojos, pero sabía que estabais ahí, apenas a un paso de mi. Me esforcé porque mis parpados me obedecieran, solamente quería veros por última vez.

Erais la chiquilla más hermosa que había visto jamás. Vuestros ojos, anegados de lágrimas, lloraban mi decisión final. No queríais aceptar lo que habíais visto, pues vuestra conciencia de niña y de diosa, se preguntaba qué había pasado para que vuestra Orden sucumbiera de aquella manera.

Nunca fue vuestra culpa. Los únicos culpables fuimos nosotros, quise decir. Solo pude pronunciar un débil "perdóname". Y al segundo siguiente, ya no estaba aquí. Nunca le tuve miedo a morir, para mi… aquel final era la mayor bendición que se me podía otorgar: la liberación. Una vez muerto ya no habría más sangre, ni más intrigas, ni lágrimas. Solamente quedaba la paz, aunque fuera la del mismo Infierno. Estaba seguro de que los Eliseos no eran para mi… pero confiaba en que en algún lugar del basto reino de la muerte, pudiera volver a ver todos los seres queridos a quienes había perdido.

Me suicidé sin que tuvierais oportunidad de escuchar una explicación, sin daros la ocasión de aplicar el castigo conveniente. Vos no necesitabais más. Vuestros chicos vivían, y los Santos Dorados que os quedaban eran maravillosos… igual que los que se habían ido. Os habíais reivindicado como la diosa que erais, y por fin volvíais a casa.

No podía hacerme una idea de lo que tendríais que enfrentar después, del mismo modo en que tampoco imaginé que volvería a recorrer el mundo de los vivos envestido con una armadura. Cuando Hades nos despertó, deseé con todas mis fuerzas continuar muerto. Sabía de sobra que no estaba solo en aquel lugar oscuro, podía sentirles a todos… Pero no tenía el valor suficiente como para alzar el rostro y mirarles a los ojos. No después de lo que mi ineptitud les había causado. ¡Shion estaba allí! ¿Cómo iba a…? No me dio tiempo a pensármelo demasiado. Fue él quien busco mi mirada, quien me dedicó una sonrisa y posó su mano en mi hombro. Supe al instante todo lo que aquello significaba. Su perdón, su manera de decir que seguía siendo su chico. No lo comprendía del todo, ¿por qué iba a tener que olvidar todo lo que hice…? Pero cuando comenzó a hablar, considerándonos uno solo, supe que nada de lo que hubiera sucedido en el pasado importaba. No podía esperar que el mundo olvidara mis pecados, pero podía pelear una sola vez más por ese mundo y demostrar quién era verdad. Hacerles recordar quién era el verdadero Saga de Géminis.

Ignoré las miradas avergonzadas de Máscara Mortal y Afrodita, y cumplí con el cometido que se me había dado: eran dos Santos, y como tal pelearían hombro con hombro. Estaban a nuestro lado y ya habían cumplido su propia condena, no tenía más sentido torturarlos, era suficiente. Shura y Camus no actuaron diferente a mi. Si sabían la verdad de lo sucedido tiempo atrás… hicieron un buen trabajo ignorando sus sentimientos al respecto. Su comportamiento no transmitía más que una entrega y lealtad absolutas.

Así llegamos al Santuario, como los emisarios del Apocalipsis. Sabíamos cuál era nuestro objetivo, y éramos conscientes de que debíamos cumplirlo sin importar como. Pero los ojos de Mu… Cuando nos tuvo enfrente, se veía tan espantado que sentí como lo poco que quedaba de mi corazón se rompía en pedazos. Le había arrebatado a la persona que más había querido una vez: solo era un niño y lo afrontó con valentía, convirtiéndose en un magnífico Santo. Mas, en aquella ocasión, le llevaba a su adorado Maestro, envestido con las ropas del enemigo.

Era, como si de alguna manera, todo lo que me rodeaba estuviera contagiado por la lacra de la traición.

Afrodita y Máscara no duraron demasiado. Supongo que el remordimiento y el cargo de conciencia atenazó sus músculos cuando menos lo necesitaban, dejando que el miedo se abriera paso, olvidando que el miedo hiere más que los golpes. Nosotros, mientras tanto, pasamos igual que un huracán.

Fue doloroso ver el modo en que se habían deshecho de Aldebarán. Pero a pesar de aquello, y de nuestras esperanzas inútiles porque Mu se hubiera dado cuenta de nuestros verdaderos motivos… estaba el brillo fantasmal que manaba de Géminis. Sentía las miradas de Camus y Shura clavadas en mi, en absoluto silencio, sin atreverse a preguntar que estaba pasando. No se lo hubiera podido decir de todos modos, porque aunque podía identificar a la perfección aquel cosmos… era demasiado para asimilar.

Entramos en la penumbra, y el frío que reinaba en mi antiguo Templo me hizo estremecer. Ralentizamos el paso levemente, cuando vimos el resplandor dorado en el salón de batallas, y tragué saliva. Aquella era mi armadura. Mi sueño. Mi templo. Todo por lo que había peleado cuando la vida me pertenecía. Kanon me había odiado, había llegado a despreciar profundamente todo lo que tuviera que ver con Géminis y aún así, allí estaba.

Les pedí que se marcharan, a lo que accedieron a regañadientes. Y allí, por primera vez, mi hermano y yo estábamos frente a frente después de tantos años. Solo que él brillaba con el resplandor que siempre me había pertenecido, y a mi alrededor todo se oscurecía a la sombra del Sapuri.

No esperaba que me recibiera con los brazos abiertos, ni mucho menos. Pero que Kanon tuviera el valor suficiente para reprocharme lo que estaba haciendo, después de la vida que había llevado por aquel que había sido su deseo… se sintió peor que una puñalada. Me pareció injusto, hipócrita y doloroso, me sacó de mis casillas. Igual que siempre había pasado. Golpeé con todas mis ganas, y solo entonces me di cuenta de lo que estaba sucediendo.

Había sido estúpido al no darme cuenta, soy un ilusionista después de todo y aquella era la ilusión más básica de todas, la que yo mismo había utilizado. Conociendo a Kanon aunque fuera un poco, resultó sencillo saber qué estaba haciendo y desde dónde. Kanon nunca dejaba de jugar, y yo no era demasiado paciente para sus juegos. Me preguntaba si a aquellas alturas sería lo suficientemente rápido como para seguirme el ritmo y salir ileso… y por supuesto que lo fue.

Cuando la ilusión se desvaneció, no sabía si reírme o llorar. Estaba enfadado y dolido, pero por sobre todas las cosas… estaba orgulloso. Aquella fe que siempre había tenido en él, que había muerto con ambos en el Cabo, parecía revivir poco a poco. Quizá uno de los dos no estuviera condenado después de todo.

Corrí todo lo rápido que pude, recordando que aún era capaz de llorar y casi disfrutando de la sensación. Sabía que aquella batalla sería prácticamente un segundo suicidio, pero de alguna manera, Kanon había logrado que ya no importara tanto. Yo era Saga, no había nada… absolutamente nada que pudiera perder, y por eso podía hacerlo todo. Había perdido el miedo, solamente me movía la certeza de que estaba haciendo lo correcto. Poco importaba lo que nadie tuviera que decir, ya no era cuestión de reconocimiento. Era ocupar mi lugar por primera vez, aunque ya no vistiera a Géminis.

Lo duro de verdad empezó en Cáncer. Era posible que Ángelo ya no estuviera allí, pero el viejo templo parecía haber caído a lo más hondo del Yomotsu sin un guardián que lo cuidara. Envuelto en ilusiones era tan tenebroso como cualquier otro rincón del infierno. Quizá Shaka debió pensar en eso primero, nosotros veníamos de allí. La muerte, los gritos desgarradores y los cadáveres, poco nos impresionaban. Claro que podía hacernos perder tiempo de un forma magistral, y aquello no podíamos consentirlo.

Shura y Camus continuaban viéndome de soslayo a casa segundo. No eran miradas desconfiadas, no se sentían así en absoluto. Más bien, provocaban una sensación opuesta: una que hacia al menos trece años que no sentía. El por qué confiaron tanto en mi, en mi presencia o mis decisiones, aún hoy día no lo se. La cuestión es que lo hicieron, era como si no se atrevieran a dar un paso sin que yo les diera "permiso" primero. Quizá no necesitaban mis palabras, pero si algo más. Aquella era la primera vez que peleábamos juntos, mano a mano. Hasta aquel momento, Camus y Shura nunca me habían visto formar parte de una guerra, nunca me habían tenido de su lado, igual que me sucedía a mi. Estaba acostumbrado a hacer las cosas solo, para bien o para mal. Aquella era la primera vez en que de verdad formaba parte de un equipo. Un equipo que me gustaba muchísimo. Quizá era lo desesperado de nuestra misión, o simplemente el sentimiento de que en aquello estábamos solos y que nadie más salvo nosotros tres, estaría allí para ayudarnos. La certeza de que si no era juntos, nunca lo conseguiríamos.

¿Qué importaba? Inmediatamente supe que lo importante era precisamente eso, conseguirlo. Yo ya no tenía nada que me causara reparo alguno, ellos probablemente si. Si para que fuéramos capaces de terminar aquella empresa, debía empujarles mucho o poco… así sería. Yo podía ser un caso perdido, pero quizá podía serles de utilidad.

Atravesamos Leo en medio de la improvisación. Siempre con el escalofriante aliento de Radamanthys tras nosotros. Aioria se veía soberbio, magnífico, nunca antes me había parecido a la vez tan fiero y tan sereno; como si al fin hubiera encontrado el lugar que le correspondía. ¿Si nos sintió? Estoy seguro de que si. ¿Por qué nos dejó pasar? No lo se, el chico tenía demasiadas cosas que hacer como para además darnos el alto estando rodeado de espectros. Así que seguimos, hasta que Virgo se levantó en medio de la noche.

Shaka nos había estado tanteando desde el principio, aunque a decir verdad no se decir muy bien por qué. Era cierto que las Doce Casas estaban semivacias y aquello nos ponía las cosas un poquito más fáciles; pero no entendía del todo porque toda su atención estaba en nosotros aún cuando estábamos cuatro templos más abajo. ¿Qué importaba? Cuando llegamos hasta él, en medio de aquel desordenado grupo de espectros, supe que el gran momento había llegado. En Virgo se decidiría todo.

Y no me equivoqué en absoluto. Nos quitamos la máscara tan pronto el teatro comenzó a ser inútil. Sorprendentemente, nos miraba con sus ojos celestes bien abiertos, y por un segundo me sentí halagado de que mi pequeño equipo le resultara tan interesante y peligroso. No era para menos, tres Santos Dorados dispuestos a acabar con todo pueden resultar un tanto… destructores.

Sin embargo, una vez dentro del Jardín de los Salas Gemelos, las cosas cambiaron totalmente. Shaka sabía que no podía ganar, no mientras los tres permaneciéramos unidos, y a aquellas alturas, ya no había modo de separarnos: había surgido un vínculo invisible que nada podría romper. Se había resignado a morir, aunque eso no implicaba que se hubiera rendido. Quiso que le confesáramos la verdad, la para nosotros evidente verdad. Estando vigilados como estábamos, fue imposible. ¿Hubiera cambiado algo? No lo se, aunque supongo que aquello no hubiera terminado así.

Por primera vez, sentí a Shura y Camus flaquear, dudar y temblar de miedo. Cuando Shaka pronunció aquellas palabras, el mundo pareció detenerse por un momento. La Exclamación de Athena, la técnica prohibida, el sinónimo del deshonor y la crueldad. Comprendía sus dudas, por supuesto. Hubo un tiempo en que yo era tan puro como ellos, en que el honor lo era todo y cada decisión tomada era milimétricamente meditada. Pero Shaka no iba a esperar, sentido a sentido iba a reducirnos a muertos vivientes.

Apenas intercambié una mirada con él, lo suficiente. Ninguno de los dos necesito más. Él sabía que yo lo haría, y yo estaba seguro de que lo único que había hecho él, era darme la solución para que yo la tomara. No había más vuelta de hoja, era aquello o fracasar.

Soné duro, despiadado. Sus caras de espanto lo dijeron todo cuando accedí sin pensarlo, antes de que pudieran decir nada. Pero sabía como convencerles, solamente era cuestión de que lo vieran desde otra perspectiva. Estábamos muertos, las promesas de Hades no eran más que una obvia pantomima que ninguno nos habíamos creído. ¿De verdad importaba tanto la manera en que se nos recordase? Si lográbamos nuestro objetivo, el cómo lo hubiéramos conseguido no importaría.

El fin justifica los medios.

Mis palabras solo fueron seguidas por un pesado silencio. Estábamos malheridos, con heridas que iban mucho más allá de lo físico. Lo que les había dicho no era ninguna mentira, el tiempo corría en nuestra contra. Y accedieron. La convicción marcada en sus rostros magullados fue suficiente. Nuestros cosmos ardieron como uno, nunca antes lo habían hecho con semejante potencia. Nuestros corazones latían como uno…

Cuando todo acabo, Shaka continuaba allí. Igual que una estatua dorada, con una expresión de paz increíble en el rostro. Los pétalos de los Salas parecían acariciar sus dedos movidos por hilos invisibles. Desee decirle la verdad, gritársela si hubiera podido hablar… Más no estábamos solos, ni siquiera allí, en aquel recóndito lugar. Me sentí tan desesperado como pocas veces antes. Una cosa era saber lo que debía hacer. Otra muy distinta que el deber no pesara. Y pesaba, mucho. Lloré, pataleé… y aunque apenas fueron unos segundos, fueron los suficientes para recobrar las fuerzas.

Las necesitaríamos cuando volviéramos al templo.

Con el rosario entre mis manos temblorosas, avance unos pasos. Los suficientes para alcanzar a Mu. Si me acercaba a Aioria lo único que conseguiría era que, inevitablemente, me rompiera la cara; y aún me quedaba un poquito de instinto de supervivencia. Había tanta tensión en aquella sala, que podía perder el último sentido que me quedaba, y aún así lograría saber donde estaba cada uno exactamente. Se veían tan desolados, tan llenos de rabia… que cuando Mu aceptó el rosario, la fiereza de su cosmos cosquilleó en mi mano. Supe que todo atisbo de duda hacia nosotros se había disuelto. No importaba ya lo que hubieran visto o no… solo quedaba la certeza de que habíamos usado la Exclamación de Athena para asesinar a Shaka. Uno de los suyos, como si todo lo que yo ya les había hecho sufrir años atrás no fuera suficiente.

Obviamente, Aioria fue incapaz de controlarse. Mi instinto no me había traicionado cuando me impidió acercarme a él. Me recordaba a Aioros en algunos momentos, sobre todo en aquellos arranques de justicia. Estaría orgulloso, sin duda. Golpeaba igual de bien, y dolía todavía más. Claro que tenía todos los incentivos necesarios: la muerte de Shaka, la guerra, Shura y yo frente a él… Pero tenía una gran debilidad: hablaba demasiado y se distraía con facilidad. Si hubiera sido capaz, hubiera sonreído al ver su cara de espanto cuando reparó en que había detenido su Plasma Relámpago. Aún me quedaba un poquito de orgullo. Cada palabra que le dije, fue sincera. Ojala pudiera darle la oportunidad de tener su vendetta.

Luego llegó Milo. Tan oportuno que estuve a punto de echarme a reír de desolación. Ambos eran temibles, y tenían algo que les hacía mucho más poderosos independientemente de su fuerza: la seguridad en si mismos. Les sobraba. Eran, simplemente, impresionantes. Formaban un magnífico equipo, tanto como nosotros. Pero subestimaron desde el principio la resistencia de la que te dota la desesperación. Podíamos estar moribundos, pero no muertos, ni mucho menos. Seguíamos gozando del mismo poder que nos había dado fama, y éramos tan peligrosos como ellos, quizá más. Poco importaba ya lo que era justo o no. Solamente había una cosa que debíamos tener en cuenta: no podríamos ganarles en combate uno a uno en aquellas condiciones. No con los niños de bronce cerca… La única manera, era la Exclamación, otra vez.

En aquella ocasión no hubo dudas. Simplemente convicción. Nos sorprendió a los tres que ellos nos imitaran y estuvieran dispuestos a rebajarse a nuestro nivel, pero ¿qué más nos quedaba? Fuera como fuera, la suerte estaba echada, y tristemente no nos era favorable. En aquellos momentos escuché tantas cosas que casi me olvidé del dolor. En algún punto de mi cabeza podía escuchar los lamentos de Shion, los vuestros, las quejas de mi hermano, las maldiciones de aquellos tres, y nuestras propias lágrimas.

No queríamos matarles, ni a ellos, ni a Shaka. ¿Pero que otra opción nos quedaba? Cuando la energía se descontroló, todo se vino abajo. No se cuanto tiempo pasamos bajo los escombros, solamente recuerdo el dolor de mis pulmones en su necesidad de alcanzar un poco de aire. Tuve tan buena suerte, que aparecí a los pies de Milo, y si no hubiera sido por vos, ahí hubiera terminado nuestra aventura.

Hablaba con tanta rabia y con tanto dolor, que era casi imposible mantener la mirada fija en sus ojos: hacerlo dolía. Era como si en algún punto hubiera aceptado todos nuestros errores, mis errores… y la nueva decepción resultara demasiado grande como para manejarla. Se me rompía el corazón al escucharlo hablar así… pero solo deseaba que un milagro sucediera. Y debisteis oírme, porque nos salvasteis in extremis.

El camino hasta vos, fue poco menos que una tortura. Ya no podíamos apenas andar o respirar. Éramos cargados como meros prisioneros de guerra: lo que éramos. Y cuando todo amenazó con disolverse en la oscuridad de la inconsciencia… Os vi. Me sentí tan aliviado… tan feliz de poder volver a veros con vida una vez más, que no me di cuenta si quiera que Shura y Camus jamás habían puesto sus ojos sobre vos. No habían tenido aquella fortuna, y desde luego, aquella no era la mejor ocasión.

Llamasteis a Kanon, que actuaba como fiel guardián, y por un momento me quedé petrificado mirándolo. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que lo vi luciendo unos ojos tan puros? No podía recordarlo. Pero lo envidiaba. Él siempre fue más fuerte. Quizá no en cuestión de poder, pero si de espíritu, si emocionalmente. Si tan solo me hubiera parecido un poco más a él…

Luego todo sucedió demasiado rápido. Sostuve la daga entre mis manos, espantado. Demasiados malos recuerdos. Al instante supe que era lo que pretendíais, y busqué vuestro rostro desesperadamente. Estabais ahí, arrodillada frente mi, tan bonita como siempre. Tomasteis mis manos entre las tuyas, y simplemente susurraste un "hazlo" que me heló la sangre en las venas. No me di cuenta de nada de lo que sucedía a mi alrededor, de las reacciones de los otros… solo podía veros con aquella expresión de paz.

Y grité. Tan fuerte que mi pecho destrozado se quejó con rabia. No importaba, vuestra sangre lo bañaba todo, vuestra luz se diluía… y por un segundo, mientras os abrazaba como a una muñeca, solo atiné a pensar que me habías pagado con la misma moneda que yo tiempo atrás. Yo me quité la vida entre vuestros brazos, y vos hiciste lo mismo conmigo. Pero no eras ningún santo, no eras nada de lo que nosotros conocíamos y lo eras todo a la vez. Eras nuestra princesa, nuestra pequeña niña convertida en reina.

Desolación. Es la única manera en que puedo describir los minutos que siguieron. Lágrimas, gritos, reproches… Comprensión. La sensación de que finalmente, las piezas iban encajando en su lugar y que poco a poco íbamos cumpliendo cada cuál con su cometido.

Nos despedimos una vez más, deseando que de verdad fuera la última… deseando no tener que volver a pasar por nada como aquella odisea nunca más. Y desaparecimos dejando atrás a los hermanos que tantísimo habíamos extrañado. Lo que nos esperaba no era fácil, y probablemente no funcionaría. ¡Pero nos faltó tan poco para conseguirlo! Solamente un minuto antes, y la cabeza de Pandora hubiera sido nuestra. Unos segundos más y…

La muerte nos envolvió de nuevo. Era raro volver a pasar por lo mismo una vez más. Mas no tenía nada que ver con la anterior. Los chicos habían llegado, Camus y Shura estaban ahí… Era agradable tenerlos a mi lado. Me sentía feliz de no estar solo, de que fueran ellos quienes me acompañaran… de poder ser yo quien estuviera ahí, dejando tras de nosotros una sonrisa y un rastro de esperanza.

Sin embargo, cuando uno creé que no hay nada en la vida que pueda sorprenderle, nos levantamos de entre los muertos una vez más. Con la firme sensación de que aquella sería la definitiva, como la anterior: el momento en que rubricaríamos nuestro final dorado. Desperté de un pesado sueño, escuchando la risa desenfadada de mi hermano en algún lugar de mi: con las fuerzas renovadas. Éramos uno solo.

Estábamos todos, sin excepción. Lucíamos alegres, como si todas las preocupaciones se hubieran esfumado de golpe y por fin hubiéramos comprendido la magnitud de nuestra historia. Sin miradas incómodas. Hasta que Aioros se abrió paso entre nosotros. Me quedé helado, se me humedecieron los ojos cuando lo vi con Aioria: cuando presencié aquel merecido momento que yo mismo les había robado. Quise decirle a Shura que no era culpa suya, que yo había sido la mente que movió los hilos, que levantara la mirada, pero… ¿Con qué fuerza?

Fue Aioros quién me buscó. Era extraño, había pasado demasiado tiempo. Y aún así, seguía siendo él. Tan auténtico como nadie, tan… bueno que sobrepasaba la excelencia. ¿En qué momento creí poder hacerlo sombra? Era simplemente imposible. Aunque no parecía que a él le importara demasiado todo aquello. Alzó el puño, esperando que yo lo chocara, y cuando lo hice, titubeante… supe que estábamos listos. Ya estaba. El pasado quedaba en el pasado, su sonrisa era suficiente. Me coloqué a su lado, como quiso que hiciera mucho tiempo atrás y me prometí a mi mismo que lo ayudaría como fuera, que no volvería a fallarle. Se lo merecía, se lo debía.

El sentimiento de querer hacer las cosas bien, era unánime, podía sentirlo en el mismo aire que nos rodeaba. Sabíamos que solamente nos quedaba un pasito por dar, y que entonces, la misión de nuestra vida estaría completa. Solo un paso, solo una flecha… trece como si fuéramos uno.

Y un nuevo día, inesperadamente, la luz del sol baño nuestros ojos. Una nueva oportunidad. ¿Cuántas iban ya? Volvimos con la promesa de enmendar nuestros errores, de olvidar los reproches y convertir los defectos en virtudes. Pero las palabras siempre fueron mucho más fáciles de pronunciar que de cumplir, y lo que nos habíamos prometido era una tarea demasiado ardua. ¿Cómo seguir adelante, cuando en tu corazón sabes que no hay regreso posible? ¿Qué hay cosas que hieren muy dentro y dejan una cicatriz imposible de curar? ¿Cómo se retoma el hilo de una vida perdida?

Los veía, y no podía dejar de preguntarme por qué. ¿Por qué más oportunidades? ¿Por qué me daban a mi las mismas que a ellos? Comprendí que aquella intimidad que me habían dado hacia mucho tiempo, aquellas preguntas que agradecí nadie formulara… en realidad habían sido un error. Les necesitaba, a todos, pero sobre todo a Shion, a mi hermano, a Aioros… No supe pedir ayuda, y ellos no supieron oír los gritos mudos. Siempre habíamos estado condenados a la soledad, pero yo me hundí en la más oscura: en la que te ahoga, en la que te va silenciando con dedos de hielo, y termina matándote. No tuve a nadie que me llevara la contraria, que se atreviera… que se empeñara en sacarme de ahí. Alguien que recordara que no era más que un chiquillo y que no era en absoluto invulnerable: que mantuviera mis pies en el suelo. Ellos me querían, no lo dudo, igual que yo a ellos. Pero confiaban demasiado en mi y mi fortaleza.

La gente dice que el tiempo lo cura todo, cuando en realidad, solo hace que duela más. Intento recordar aquellos años, encontrar la manera de enmendarlos. Pero es como si mirara a través de una ventana cubierta de polvo. El pasado es algo que podemos recordar pero no tocar. Queramos o no, siempre estará ahí… como fiel testigo de nuestros fracasos. Y los míos, son grandes.

Puede que a lo largo de esta carta haya contado mi historia desde la perspectiva de otros ojos… como si Ares y yo fuéramos cosas distintas. Aparentemente, todo el mundo se esfuerza por convencerme y convencerse de ello, pero la manera en que yo lo viví es considerablemente diferente. Eran mis manos las que mataban, mi piel la que se manchaba de sangre, mi voz quien daba órdenes y mi cuerpo quien caminaba con soberbia. Mi corazón sufría la pasividad de aquellos que lo sabían y no hicieron nada por ayudarme. Mis ojos lo contemplaban todo, mis oídos escuchaban los lamentos y mi conciencia es la que carga con cada monstruosidad de esos trece años. Condené a mi hermano gemelo, maté a mi padre y a mi otro hermano.

¿Cómo puedo desprenderme de todo eso? ¿Retomar la vida donde la dejamos como si simplemente hubiéramos despertado de un sueño? ¿Cómo alguien puede ser capaz de perdonar tales afrentas? ¿Cómo puedo echar al olvido los detalles que recuerdo? Solamente puedo agradecer a quien sea, porque borraran de mi memoria parte de ese infierno. Tristemente ya no puedo agradecer nada a los dioses. Mi fe en ellos pareció esfumarse con mi propia vida. He vivido más tiempo como demonio, que como santo. ¿Si son tan justos… por qué dejaron que sucediera todo esto? ¿Por qué nos castigaron de esa manera? No lo merecíamos.

Ya no importa. Puede que de vez en cuando, me haga todas esas preguntas, sabiendo de antemano que jamás obtendré respuesta. Somos los elegidos de los dioses, y eso, no siempre es una bendición. Debemos olvidarlo, cerrar los ojos y seguir hacia delante. Lo único que importa, es que al final, en la vida, hay dos únicas cosas importantes: para qué vale la pena vivir, y para qué vale la pena morir. Solamente existe una respuesta: el amor. Pero el poco que tuvimos, el que conocimos… se disolvió hace demasiado tiempo y es muy difícil revivirlo.

Dicen que cuando se comete un error, nuestra obligación es levantarnos. Yo creo, que antes de hacerlo, debemos permanecer un rato en el suelo. Al fin y al cabo, la historia esta escrita con sangre. Podemos encubrirla, pero no cambiarla. Solamente nos queda adaptarnos a ella lo mejor posible, lidiar con lo más oscuro de nosotros mismos, y aceptar todo aquello de lo que somos capaces. Los errores propios, los errores ajenos, las heridas provocadas por amigos…

No puedo pediros perdón, a ninguno, por toda una vida de macabros despropósitos. Yo nunca me perdonaría.

Sin embargo, hay hombres que jamás han luchado por nada, y nada han conseguido. Los hay que luchan en alguna ocasión, y alguno puede llegar a ver su recompensa. Pero existe otra clase de hombres: hombres que luchan a lo largo de toda una vida, y su recompensa es tener el valor suficiente en su corazón para seguir luchando hasta el final. Supongo que ese es el lugar que le corresponde a la Orden, a sus Santos. Nunca se han rendido, nunca se han cansado: siempre están dispuestos a pelear… sea cual sea el enemigo.

Hubo un tiempo en que ellos deseaban ser igual que yo. Pero todo lo admirable que había en mi, ya lo superaron con creces hace mucho tiempo. Aquel chico murió a los quince años para no volver jamás. Lo que soy hoy día, no tiene nada que ver con él. Ahora soy yo, el que se encuentra mirándolos desde abajo… buscando la fuerza en algún lado, para poder brillar aunque sea un poco como lo hacen ellos.

Aunque… pensándolo bien, para eso somos los hermanos mayores, ¿verdad? Siempre estamos ahí, de un modo u otro… aunque sea como meros obstáculos. Somos ese muro al que derribar y superar. Y si tengo que sentirme orgulloso de algo, es que toda esta tragedia sirvió para convertirlos en los mejores santos que jamás existieron, y en los más humanos. Plagados de virtudes y defectos por igual. Aunque solo sea por eso, quizá mereció la pena.

He tardado muchísimo tiempo en reunir el valor necesario para escribirla, pero esta es la historia de la Orden contada desde el punto de vista del gran artífice. Tenía un futuro prometedor y una vida llena de sueños. Quizá esos sueños ya no existen… no en mi. Pero para cumplirlos, alcanzarlos y sobrepasarlos… están en ellos: Mis hermanos. Del primero al último. Los niñitos que alegraron nuestra vida.

He pasado demasiado tiempo en las tinieblas… Supongo que solamente necesito tiempo para acostumbrarme a la vida. Tiempo para hacerme a la idea de que mi hermano ha vuelto, de que Shion vuelve a estar ahí, ocupando el lugar que merece, para volver a ganarme mi lugar. Para aprender a reír y recordar como llorar, para volver a disfrutar de la palabra amistad y de las calamidades de Aioros.

Tiempo para perdonar.

Solamente puedo pediros una cosa. Sonreídles, queredles… igual que, a pesar de todo, me habéis querido a mi, princesa. Se lo merecen, se lo han ganado.

Saga de Géminis.

-Fin-

NdA: Y… hasta aquí ha llegado Nuestro Camino. Catorce historias en las que me he esforzado por mostrar un lado más humano de los chicos. Catorce historias que han sido un quebradero de cabeza, y que al final provocaron las tan buscadas lágrimas. He intentado hacer una sola historia entre el manga y el anime, unificar lo mejor de cada una, lo que más me gusto… y rellenar los huecos para hacer que este fic fuera coherente. Creo que no me ha ido mal. Han sido tres largos años, solo lamento haberme retrasado tanto al principio. Ahora miro atrás, y veo el considerable cambio que mi manera de escribir ha sufrido.

Espero que Saga os haya gustado tanto como los demás… porque, en efecto, nadie más podía cerrar esta historia. Él la comenzó, él debía terminarla. Y espero, aún con más emoción vuestras palabras… Ha sido un lindo camino, con unos lindos lectores. No me queda más que agradecer a esas personas que han estado siempre ahí. Sunrise Spirit, sabes que tú eres la principal, siempre alentándome con todo. Y quiero dedicarle este último capítulo a otra personita muy especial: AngelElisha.

Encontrareis los replies anónimos en el profile. Pasad todos una buena noche… y nos veremos el próximo año. ¡Feliz 2012!

La Dama de las Estrellas