Disclaimer: Casi todos los personajes le pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.


Realidad Innegable # 33: "A cada santo le llega su día"

—Necesito que me expliques cuál es tu idea de una relación porque esto no es exactamente lo que yo tenía en mente—exclamó Alice sin una pizca de temblor en su voz, tan segura y molesta que James tragó en seco. Él aun no entendía como había sido arrastrado hasta ese callejón sin salida.

La sala común de Gryffindor estaba desierta, las clases de la tarde habían empezado y los dos o tres alumnos de sexto que tenían una hora libre fueron ahuyentados por una previa advertencia de la Premio Anual. Se encontraban solos, con la única compañía del crepitar del fuego de la chimenea de fondo.

—No entiendo por qué estás tan molesta. Nada de lo que están diciendo es verdad—y en realidad era así. James no comprendía de donde sacaba su novia que la engañaba con toda la escuela, era cierto que había cosas que hizo en el pasado que no le hacían sentir muy orgulloso pero eso era otra historia.

—Esta vez no te creeré, James. Todo el colegio me está viendo la cara de estúpida— le dirigió una mirada de desprecio y, por primera vez desde que iniciaron la conversación, sus palabras sonaron entrecortadas.

A los ojos de Alice, James era el chico más lindo e inteligente de la escuela. Recordaba el día más feliz de su vida como aquel en que, en medio de una clase de Encantamientos de quinto, él hechizó una mariposa de pergamino que se posó en su dedo índice aleteando tímida y que, al abrirse, contenía una invitación para ir a Hogsmeade juntos el siguiente fin de semana.

Para sus amigas podía ser muy atractivo, pero también el insoportable y presumido hijo mayor de Harry Potter, que se creía con derecho a ir pisoteando y humillando a todos con sus bromas. Sin embargo, para ella y en privado, era el novio perfecto; tan romántico y de tantos detalles que ninguna de las chicas de su curso le podía creer nada de lo que ella les contaba, por lo que un día desistió simplemente de darles pormenores de su relación.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, y se odió por eso, al recordar sus citas en la Torre de Astronomía y sus picnics a las orillas del lago en las vacaciones de Pascua. Alice guardaba todas y cada una de sus cartas en un pequeño cofre que había pertenecido a su abuela y, a veces a comienzos de ese año, cuando sentía que los rumores la iban a volver loca; las leía una y otra vez para convencerse que sus sentimientos por ella eran sinceros, pero ya no podía más con la duda y la desesperación.

James, por su parte, sabía que había comenzado a arruinar las cosas cuando se dejó llevar por la atracción que sentía por la mejor amiga de Rose. De algún modo que no comprendía, Alice notó que algo había cambiado en él y eso era, claro, que se estaba besando con otra chica a escondidas. Fue un error, de eso estaba convencido, pero ni sabía cómo se había enterado ni tampoco cómo hacer para tranquilizarla.

—Alice, sólo cálmate y escúchame— en un principio creyó que se había llenado de valentía, pero luego entendió que realmente se estaba despojando de su orgullo para evitar que una chica, que era demasiado buena para él, se fuera de su lado—. Hubo alguien… me refiero a que… —suspiró largamente y trató de tomar sus manos pero ella las apartó—. El curso pasado yo… no fue nada… estuve… yo… me vi con otra chica— las lágrimas que su novia había luchado por contener, se deslizaron ahora libres por sus mejillas aunque logró con éxito contener un sollozo—. Pero no fue nada, me refiero… te quiero a ti. No sé que es todo esto que te están diciendo pero, te juro que ni he salido con la mitad de Hogwarts, ni… sólo nada, olvídalo. Perdóname por favor, yo… yo soy un idiota.

James puso ambas manos en su cabeza y desordenó su cabello con desesperación mientras ella le miraba con sus grandes ojos azules y negaba con la cabeza.

—En eso estamos de acuerdo— murmuró ella mientras pasaba sus manos por su rostro. Sentía que su mundo acababa de derrumbarse y trataba de entender que había hecho mal—. Todo esto es porque no quise hacerlo, ¿Cierto?

—¡Por Merlín, Alice! —exclamó él al tiempo que caminaba en círculos por la habitación.

—Es eso—continuó ella molesta—. Como no quise acostarme contigo comenzaste a buscar a otras que si estuvieran dispuestas a hacerlo.

—¡Claro que no fue por eso! Estas diciendo tonterías—pero enseguida se arrepintió de haber dicho eso. Ella lo miró con furia y avanzó hasta él.

—¡Ahora yo soy la tonta! ¡Antes era la paranoica! ¡Pero resulta que acabé teniendo la razón! Resulta que no es una locura que te andas besuqueando con las niñitas de cuarto y quinto—le golpeó el pecho con su puño cerrado y, sin dejar de llorar, se dio la vuelta y buscó la salida de la sala común. Se giró a verle y encontró puro arrepentimiento, pero no dudó un instante—. Puedes hacer lo que te venga en gana. Puedes seguir siendo el chisme más comentado de los baños de las chicas y besarte hasta con McGonagall si quieres. Me das asco, James Potter. Esto se acabó.

Y sin decir más nada salió del lugar y él sólo atinó a ver su cabellera pelinegra desaparecer por el agujero del retrato.

Quiso gritar de impotencia, pero se contuvo porque una voz desde las escaleras que llevaban a los dormitorios de las chicas, le sorprendió:

—¿Problemas en el paraíso? —se volteó para encontrarse de frente con Marie Hanks que lo miraba con algo parecido a la burla brillando en sus ojos café oscuros, casi negros. James estaba furioso y con cero humor para hablar con ella.

—Piérdete, Marie— ella hizo una mueca adolorida porque en el fondo lo seguía queriendo. Tragó en seco y se dio media vuelta de regreso a su habitación, pero antes de dar el primer paso él continuó—. Lo siento, no… no debí. No tenías por qué haber escuchado nada de esto.

Marie se acercó hasta él que se había sentado en un sofá frente al fuego y miraba con tristeza el baile de las llamas sobre los leños. No sabía cómo sentirse: una parte de ella estaba feliz porque ya Alice no estaba en su camino, pero otra, más realista; entendía que nunca tendría una oportunidad porque él no la quería a ella, por difícil que fuera aquello de entender.

Se quedó de pie a una distancia prudente, donde James no pudiera sentir su corazón latir desbocado ni ver sus manos temblar de ansiedad. Aclaró su garganta e hizo lo que sería su último gesto de amor hacia él, ese tipo de sacrificios que se hacen por la persona amada a costa de la propia felicidad.

—Las chicas de mi año no paran de decir lo atractivo y coqueto que es Potter— James alzó los ojos y la miró confundido.

—¿De qué estás hablando…?

—En las dos últimas fiestas, ha terminado enredado con dos chicas diferentes de Ravenclaw—siguió Marie y apretó el espaldar del sillón frente a ella.

—¿Fiestas? ¿Cuáles fiestas? — murmuró él aún más perdido, pues tanto él como Dominique, desde que inició el año escolar; entendieron que si querían pasar sus ÉXTASIS debían dedicar todo su tiempo libre a estudiar—. Nos han invitado a todas, no he ido a ninguna.

—El comentario de los baños es que nadie besa como Potter y que no saben quién será la chica a la que invite a salir a Hogsmeade el próximo mes.

—¿Cómo se supone que voy a invitar a alguien si ya tengo novia? —Esas palabras golpearon a Marie como un mazazo de trol en la cabeza—. O bueno, tenía…

Ella puso los ojos en blanco y murmuró con exasperación mientras se abría el agujero del retrato y llegaban unos chicos de sexto año cuyas clases acababan de finalizar.

—Porque no hablan de ti. Hablan del otro Potter: Albus Potter, tu hermano, mi amigo; que está haciendo de las suyas. Creo que… creo que debes hablar con él— la boca de James estaba abierta y tardó en entender lo que le estaba diciendo la chica a la que tanto daño había hecho el curso pasado. Lamentaba todo lo que había pasado entre ellos porque sabía que ella lo quería mucho más de lo que él podría llegar a hacerlo algún día. Sólo se enredó con Marie porque le gustó y porque podía hacerlo, sin tomar en cuenta en lo más mínimo sus sentimientos ni el dolor colateral que le causaría a Alice y, al parecer, su hermano estaba siguiendo sus pasos. Ahora, estaba viviendo las consecuencias de sus actos—. Creo también que… que puedes explicar esto a Alice.

James la miró sin creerlo y, por primera vez desde que la conocía, comprendió que él tampoco merecía una chica como ella. Se puso de pie, avanzó dos pasos y, ante la mirada curiosa de algunos presentes, le dio un fuerte abrazo y un beso en la frente que hizo que ella temblara hasta la punta de los pies. Le devolvió el abrazo, mientras ahogaba las lágrimas de sus ojos, y dejó que su nariz se llenara por última vez de su aroma porque ese gesto tenía un sabor amargo de despedida: James olía a madera de canela y chocolate y, mientras su corazón le dolía con cada latido, aspiró su esencia para guardarla como recuerdo de su accidentado primer amor.

—Gracias Marie. Tengo que ir a hablar con el enano de Albus y aclarar unas cuantas cosas—se separó de ella que asintió con torpeza, recogió su mochila del pie de las escaleras y le dijo:

—Puede ser después, ahora tenemos Historia de la Magia. Suerte con eso.

Y sin más, se fue por el mismo camino por el que desapareció Alice y fue entonces cuando James, al fin, comprendió el lugar al que lo habían llevado sus propias decisiones y del cual sólo él podría salir.


—Se nos hace tarde Al, deberíamos irnos ya—Scorpius miró su reloj preocupado pero nada parecía perturbar a su amigo. Albus estaba echado bajo la sombra de un olmo gigante, con el Libro Transfiguraciones Avanzadas y Materia Mágica tapando su rostro, a la orilla del Lago Negro. Movió sus ojos grises hasta él y llegó a pensar que se había dormido hasta que escuchó su voz.

—Si tuvieras que elegir entre Valery Wilson y Priscilla Adams, ¿Con cuál te quedarías? —Scorpius cerró el libro que había estado leyendo de golpe y tragó en seco, incómodo. Albus se incorporó y quedó sentado junto a él, lo miró, esbozó una sonrisa ladeada y le dio dos golpecitos suaves en la espalda con su mano abierta—. No te preocupes, ya sé exactamente a quien preferirías…

Scorpius resopló molesto y se puso de pie. Las bromas y comentarios del Gryffindor sobre lo que había sucedido en su habitación en el verano con Rose, aparecían de repente en medio de sus conversaciones como algo casual, tanto, que le asustaba demasiado que un día lo hiciera frente a los demás.

—Vamos a llegar retrasados a Historia de la Magia—soltó aparentando normalidad mientras se ponía en marcha hacia la escuela. Albus dejó salir una carcajada y lo siguió corriendo:

—Podríamos entrar a clase encima de un hipogrifo y Binns no lo notaría. Aunque creo que a ti te gustaría estar encima de otras cosas—Scorpius lo miró enfadado y le ignoró sin detenerse—. Oye, no puedes molestarte. No fui yo quien me enrollé con tu prima ebria y la metí en tu cama—en ese punto ya habían llegado hasta el vestíbulo y Scorpius volteó a decirle secamente:

—No me he enrollado con nadie—lo había pensado tantas veces que casi creía aquello. Después de la fiesta de Hufflepuff entendió que las cosas con Rose no tenían nada de futuro. Ella seguía con Montague y él ya había decidido que no seguiría a sus faldas como un cachorro abandonado. Sólo le faltaba entonces encontrar la voluntad para aquello.

Albus alzó una ceja y comentó sarcástico:

—¿Ah no? ¿Y entonces que fue eso que vi con mis propios ojos? —antes, nunca había pasado de tirarle una o dos frases en broma, pero esta vez era serio, Scorpius lo podía sentir— ¿Es que sueles desnudar a muchas chicas como hiciste con Rose? Tienes que darme la fórmula secreta…

—Ella y yo no tenemos nada— respondió Scorpius zanjando la discusión—. Quizás fue el Whiskey o las ganas. Quizás Rose me gusta un poco.

Albus puso los ojos en blanco cuando escuchó esas palabras y se detuvieron frente a la puerta del aula de Historia. ¿Un poco? ¿Podía Scorpius ser tan descarado mintiendo? Que Rose era la más torpe cuando se trataba se sentimientos, eso ya lo sabía, pero Scorpius era bastante astuto y tenía que tener claridad de lo que le pasaba cuando Rose Weasley andaba cerca de él.

Entraron a la clase que ya había empezado veinte minutos atrás. Casi nadie se giró a verlos llegar pues la mitad de los estudiantes estaban dormidos y la otra mitad se pasaban pergaminos encantados con movimientos suaves de sus varitas.

Albus caminó hasta la única mesa libre del salón en la última fila, justo detrás de donde Rose estaba sentada con Emily McDouall. Le pareció extraño verlas a ambas juntas, pero haló por la manga a Scorpius y se hicieron en ese lugar.

Ralph estaba junto a Jerry en la mesa de la derecha y leía con atención un libro que quizás era de Pociones. Alzó la vista un instante, movió su cabeza a modo de saludo y siguió estudiando. Marie estaba sentada junto a Timothy, que cabeceaba luchando contra el sueño, mientras ella estaba con la vista perdida en la ventana abierta de par en par, por donde entraba una brisa suave pero gélida.

La voz metálica del fantasma parloteaba algo acerca de una convención mágica del siglo XII pero Albus si acaso podía distinguir las palabras. Sus ojos estaban fijos en la nuca blanca y perfecta de Emily sentada frente a él.

Era común que, aunque discutieran todo el tiempo, en su mente no la llamara McDouall sino Emily, a secas. Pero eso no lo reconocería ni si le lanzaban cien Cruciatus.

Estaba molesto de sobremanera porque desde que había comenzado la escuela, la presumida Slytherin ni siquiera se había molestado en dirigirle la palabra. Antes lo saludaba o se dirigían uno que otro comentario hiriente pero ahora, la pelirroja estaba decidida a ignorarlo por completo.

Habían compartido tiempo antes, solos, y nadie lo sabía. Siempre era por accidentes, siempre era por casualidad y siempre terminaban amenazándose: y eso podía ser absurdo, pero eso le gustaba.

Ahora, ella pretendía que él no existía y eso lo traía loco.

"En 1138, los duendes se levantaron en una revuelta en contra de las autoridades mágicas, quisieron incluir a los seres del agua, pero…"

Albus sabía que, gracias a él, su campamento había sido un desastre. Emily se negó rotundamente a estar más de un día en su compañía, sobre todo después que él soltara en varias oportunidades comentarios desagradables sobre ella, su forma de ser y su apariencia. Todo para sacarla de sus casillas. Le gustaba ver el rictus enojado de sus labios cuando se molestaba.

Al llegar a su casa al día siguiente, conocieron a su madre que les esperaba con un desayuno especial tras haber sido informada por su elfo doméstico que los chicos regresarían antes de tiempo. Su nombre era Demelza McDouall y por lo que le contó, jugó Quidditch en el equipo de Gryffindor cuando su padre fue capitán.

—¿Cómo es que no te pareces en nada a tu mamá? Ella aparenta ser agradable…—susurró al oído de Emily cuando salían del comedor. Ella lo miró con desdén y le dirigió sus últimas palabras hasta ese día cuando todavía no le hablaba:

—Intenté que todos nos lleváramos decentemente por el bien de Scorpius pero por mí, puedes irte al mismísimo infierno, Potter.

Toda una dulzura esa chica.

Suspiró y detalló con lentitud su cabello liso y brillante que caía perfecto de una coleta alta. Su piel se veía suave y de pronto le entraron unas ganas irrefrenables de tocarla. Era como si ella tuviera un imán que lo halara a hacer algo por lo que se ganaría un golpe seguro.

"Centauros, gigantes y hombres lobo fueron citados, pero ninguno se presentó a la reunión, por lo que…"

Albus tomó su pluma y recordó a las nueve chicas que había besado desde que comenzó el año escolar. Nada había servido siquiera para llamar su atención. Ahora sabía que quería estar con ella porque tenía un poder inexplicable sobre él, uno que no entendía ni tampoco quería hacerlo.

Hizo cosquillas sobre su cuello con la punta de su pluma y ella se removió en sus sueños, pues a pesar que quiso evitarlo, cayó profunda en el sopor de la tarde y el aburrimiento de su clase. Albus, que esperaba una maldición de piernas de gelatina como respuesta a su atrevimiento, sonrió quedamente y llevó sus ojos hasta el profesor semi transparente antes de seguir haciendo tonterías que le hicieran terminar en la enfermería.

Scorpius ni siquiera notaba lo que acababa de hacer Albus a su lado, estaba totalmente desconcentrado por la cascada de cabello pelirrojo que tenía al frente y que no paraba de imaginar regado sobre una cama mientras su dueña le sonreía.

Sin saber cuándo ni cómo, estiró sus dedos largos y blancos, tomó un mechón entre ellos y comenzó a juguetear con él. Rose le sintió perfectamente, podía percibir su presencia y sentir su aroma desde el momento mismo que llegó. Ella siguió tomando apuntes, o al menos lo intentó, pues su mente la traicionaba recordándole el sabor de sus besos.

"Concilio mágico internacional. 1225. Memoricen esa fecha. Somos lo que somos gracias a eso que pasó en París…"

Rose ya ni siquiera podía recordar por qué era que no podía permitirse sentir algo por Scorpius Malfoy. Algo dentro de su cabeza le hablaba de odios y rencores del pasado pero él ahora entraba y salía de la casa de los Potter como si fuera la suya. Ella suspiró. A los ojos de todos era un amigo más, aunque Albus le había dicho que nunca se quedaba a cenar y que más bien evitaba compartir con sus padres; aun así no lo culpaba pues los Potter podían ser intimidantes.

Entonces la asaltó una idea tonta: ¿Y si lo invitaba a su casa? Como amigos, claro. Se sonrojó con ese sólo pensamiento y quiso imaginarse qué podría hacer toda una tarde con Scorpius Malfoy en su casa diferente a besarse por horas encerrados en su habitación.

Aun así, quería ver la reacción de sus padres. Malfoy era su amigo, o al menos, eso intentaba con todas las fuerzas de su corazón, cuando la sonrisa de Luke aparecía en su mente como en aquel momento y se sentía como la peor de todas las personas sobre la faz de la tierra.

Necesitaba el consejo de alguien. Y lo necesitaba urgente. El que su vida quedara sumida en el caos, era sólo cuestión de tiempo.

Scorpius Malfoy sentía que su corazón se quería reventar dentro de él, pero haciendo caso a su promesa de olvidarla y seguir adelante, haló con fuerza de su mechón pelo y ella se volteó enojada. Él amaba ese brillo de rabia en sus ojos cafés:

—¿Qué quieres, Malfoy? —y él sonrió de medio lado, era una sonrisa ladeada y pequeña, de esas que esbozaba cuando estaba realmente feliz y ella lo sabía.

—¿En qué página del libro están? —él sabía que ella era la única en todo el salón capaz de responder aquello.

-Cuatrocientos veintitrés—dijo Rose rodando los ojos antes de girarse otra vez al frente y sintiendo que él dejaba de jugar con su cabello y todo terminaba. Como si los besos, el calor, las caricias y todos los sentimientos que había entre los dos se desvanecieran en el aire como un Demiguise asustado.

"Los magos y brujas sabían que estos seres debían ser clasificados, pero la sola idea despertaba controversia y desagrado…"

—Son un par de idiotas ¿No crees? —susurró Jerry a Ralph que se alzó de hombros y apenas miró a su par de amigos por encima de su libro, que estaban concentrados en las chicas de la banca de adelante.

—Ni que lo digas—fue toda su respuesta y siguió leyendo como si nada después de soltar un largo suspiro.


Un poco tarde pero volví. Llamemos a este un capítulo de transición, ahí voy cerrando tramas y abriendo otras. Ya se vienen una avalancha de cosas para todos. Esperemos por lo pronto que los chicos no se olviden de estudiar para sus TIMO's.

Espero les guste y nos leemos en los reviews.

Ldny