El Potterverso pertenece a Rowling. La sorg expansión española es mía y solo míaaaa...

Esta historia la escribí para el concurso de S. Valentín 09 del Foro de las Tres Escobas. Y lo hice porque una lectora me tentó con la manzana de retar mi ingenio. Pensé que, como mucho, ganaría la mención honorífica a la historia más atípica (todas las mías lo son). Bueno, al final lo que ha ganado eeeessss:

¡TACHÁN!

Premio "Corazón Rojo" a la obra con mejor Narración

"Este Fan Fiction tiene una increíble narración y desarrollo de los personajes, las situaciones y los escenarios. Nos sitúa en el mundo Potteriano, sin siquiera mencionar a los personajes más conocidos de la saga más que para un chiste o dos; y ambos protagonistas (Maureen Wood y Javier Lizzara) son de su completa invención, lo que la hace para mi, también una historia muy creativa. La historia es bastante romántica y simpática, con algún toque de humor, sin contar ortográficamente pulcra. ¡Felicitaciones!"

Y....y....¡Ganadora final del Concurso por votación popular!

Algo más que Quiddich

Capítulo I: Febrero de 2008, hace justamente un año

Era aburridísimo. Todos los medios, fueran o no especializados, llevaban ya varios días dale que te pego con la misma cantinela: el partido de Quidditch. Incluso en la Radio Mágica la incombustible Celestina Warbick había sido silenciada para informar sobre el ambiente que se vivía en todo Gloucestershire. Los seguidores de ambos equipos habían comenzado a hacerse notar por el condado, con sus túnicas de colorines, sus bufandas y banderolas. Y algunos hasta con unas bocinas que hacían un ruido equiparable a un dragón en celo. Hasta los muggles habían notado el revuelo.

La mayoría, por supuesto, lo calificaba de acontecimiento. Yo lo definía como un terrible engorro. Y eso en plan suave. Semifinales de la Copa de Europa de Clubes. Partidazo de vuelta entre el Tutshill Tornados y un equipo español de nombre estrafalario y túnica ajustada rojo chillón, el Herensuge, de un remoto valle del pirineo navarro.

No me gustaba y no me gusta el Quidditch ¿tan difícil es de entender? Bueno, tal vez sí es un poco extraño cuando viene de alguien cuyo hermano mayor, Oliver, ha sido durante unos tres lustros jugador profesional. En realidad, os contaré un secreto: él tiene gran parte de culpa de que aborrezca el Quidditch, puesto que me caí de su escoba cuando era una cría de siete años y desde entonces soy súper prudente a la hora de volar y no me gusta que otros hagan tonterías en una escoba.

Pero lo cierto es que no es la única causa. Siete personas, generalmente tíos, vestidos con túnicas ajustadas de modernos materiales transpirables pasándose pelotitas y haciendo acrobacias en sus escobas mientras el personal ruge como una jauría de trolls salvajes no es algo que vaya con mi temperamento pausado, mi inteligencia lógico-analítica, mis convicciones de bruja sensata y, no me queda más remedio que reconocerlo, mi absoluta nulidad para sentir empatía con los grupos en cuanto su tamaño empieza a ser mediano.¡Qué se le va a hacer! Nadie es perfecto ¿no?

Y, aunque como ya he dicho, no me interesa en absoluto, tengo que reconocer que en aquel momento me fue imposible ignorar, porque por todas partes se voceaba, que los españoles estaban en racha triunfal: Primeros en la liga, a mogollón de puntos de los segundos y aportando medio equipo a su selección, mientras que los nuestros, los TTs, tristemente antepenúltimos en una de sus peores actuaciones ligueras, se habían encontrado de carambola en la semifinal gracias a la descalificación en un despacho del Puddlemere United, antiguo equipo de Oliver, todo sea dicho, debido a los altercados provocados por fans salidos de madre.

A mi innata aversión por nuestro Deporte Rey se añadía otra cosa. Gracias a la normativa del sempiterno Ministro de Magia, Señor Shackelbolt, en caso de partido internacional, al dispositivo de medimagos en el estadio debe añadirse un retén de sanadores. Y, como la mayoría no quieren perderse los partidos, siempre recae en los que están en prácticas, como era mi caso, o como mucho alguno que tenga su formación recién completada. Así que, además de la cháchara monotema, los seguidores enfervorizados y los sentimientos encontrados de la familia (que se dividían entre apoyar a muerte a los TTs o desear que cayeran vilmente por haber apeado a los Puds),implicaba trabajo extra en un área poco interesante. Lesiones, mágicas o no, borracheras, y a veces algún infarto, son las patologías habituales relacionadas con estos eventos deportivos. Lo dicho, nada de interés.

Así que allí estaba, doce horas antes del comienzo del partido, como prescribe la normativa, leyendo un aburrido tratado sobre verrugas mutantes que me llevé porque no encontré otra cosa que no fuera una de esas novelas rosa que ahora regalan con cada número de Corazón de Bruja, cuando llegó un paciente. Mejor dicho, cuando llegó aquel paciente.

Era un chico de alrededor de metro noventa, atlético, de pelo castaño claro un poco ondulado y ojos muy oscuros, y una sonrisa que iba ni pintada para un anuncio de pasta de dientes. Llevaba un barbour, un polo rojo de manga larga con un pequeño dragón dorado dormitando en el lado izquierdo y pantalones chinos beige. "Un pijo que ha venido al partido", pensé.

- Me he caído en un lecho de erizos multiformes.- dijo en un correcto inglés, aunque se notaba a la legua que era de los españoles.

- ¿Erizos multiformes? ¿Te has estado bañando en la isla de Skye, en zona de las rocas?.- Los erizos multiformes, criaturas cuyo sutil diseño habría hecho las delicias de cualquier estudioso de la acupuntura china, son unas criaturas mágicas que se enuentran únicamente en la mencionada isla, cuyo reciente descubrimiento se debe a una tal Luna Lovegood, mujer un tanto excéntrica, por lo que tengo entendido, pero sin duda competente en lo que a zoología mágica se refiere.

- Er…si. Se trataba de una apuesta con un amigo…- dijo medio sonriendo.

Alcé las cejas y procuré que no se me notara todo lo que estaba pensando, que no era otra cosa que un lote completo de descalificaciones que incluían lo idiota que me parecía semejante comportamiento, una reflexión personal sobre los efectos perniciosos del fanatismo deportivo y, además, la terrible convicción de que el español aquel estaba como un queso.

- Bien. Tendré que quitar los pinchos y desinfectar.- dije adoptando un tono de lo más profesional.- Y después aplicar esencia de murtlap para que no te duela… ¿dónde te has pinchado?

- En el muslo derecho.- contestó él. Y ni corto ni perezoso se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones dejando a la vista unas piernas perfectas y unos boxers de marca.

¡La madre de Merlín! pensé, aunque intenté no mover ni una pestaña. Estaba acostumbrada a ver gente con poca o ninguna ropa con total indiferencia, pero, por alguna misteriosa razón no pude evitar hacer un registro mental completo de sus piernas. Algo que ya nunca olvidaría. Eran largas y rectas, y estaban cubiertas con un vello no muy espeso del mismo castaño suave de su cabeza. Sus músculos y tendones parecían una detallada lección de anatomía a mi entera y única disposición.

Me costó, pero lo conseguí. Me concentré en mi trabajo y bloqueé en mi mente un perentorio deseo de repasar otros extremos anatómicos, si no completamente disponibles muy bien insinuados. Y todo eso sin perder mi cara de póker, que pretendía darme la apariencia de una sanadora muy, muy profesional.

- Por lo menos cuatro pinchos.- dije asombrada.- Esto te va a doler un poco, pero después quedará como nuevo. Eres español ¿no? Supongo que has venido con la hinchada.

- Con el Herensuge.- dijo él señalando el dragón bordado en su polo mientras yo extraía unas pinzas largas de un aparador.

- ¿Qué significa?

- ¿Herensuge?

- Si.

- Es una palabra en euskera, un galimatías imposible que se habla en algunos sitios, incluida mi tierra. Se refiere a u dragón mitológico de siete cabezas. Como éste…¿ves? El muñequito dorado se desperezó, sacudió sus siete pequeñas cabezas y, orgullosamente, vomitó fuego por la del centro. Todo ello sin perder su naturaleza de minimarca en dos D.

"Un pijo de Pamplona. Seguro que será un bruto"- Muy propio para un equipo de quidditch. Son siete jugadores, siete cabezas de dragón...- dije en plan entendido.

El sonrió.- Vaya, lo has pillado. ¿Te gusta el Quidditch?

- No. No me gusta nada en absoluto. Lo siento...- y me quedé sorprendida porque no tenía ni idea de por qué le había pedido disculpas.

- ¡Vaya…!

- Tiene que ver con que soy muy prudente volando. Me caí de la escoba de mi hermano mayor cuando era pequeña y le cogí miedo. Fue jugador profesional hasta el año pasado.- "¿Por qué? ¿Por qué estaba yo dando explicaciones de mi vida a un completo desconocido, aunque estuviera como éste estaba?"

- ¿De veras? ¿Cómo se llama?

- Oliver Wood. "¡Otra vez!"

- ¡Ah! Si. Fue guardián del Puddlemere. Se retiró el año pasado. Así que...te llamas Wood. En español significa madera ¿sabes?

"Pues Oliver a veces más bien lo que parece es un tarugo" pensé. Y tiré con fuerza del primer pincho, sin contemplaciones. El aguantó el tipo sin pestañear ¡Encima un tipo duro!

- Y ¿Cuál es tu nombre, señorita Wood?

- Maureen.

- Bonito nombre. Muy escocés. ¿Sabes? mi padre también es sanador. El chico sonrió. "¡Pues qué bien!" Seguramente era una trola completa. Titubeé por unos instantes. No sabía qué decir.

- ¿Algún problema? .- dijo él poniendo cara un poco seria.

- No...no. Estoy pensando cuál sacar a continuación. Para que te haga menos daño...

- Aguantaré...me lo merezco por hacer la tontería...

No, si encima seguía haciendo esfuerzos por caer bien. Me mordí la lengua. Había estado a punto de preguntarle cual había sido el objeto de semejante apuesta descabellada, pero eso era hacer equilibrios peligrosamente alrededor de lo que suponía un ámbito muy personal. Y lo que es peor, darle pie para que siguiera atontándome con su voz suave, sus maneras correctas y su físico esplendoroso.

- Esto ya está.- dije al cabo de un rato. La verdad es que un extraño sentimiento, parecido a lo que una experimenta cuando algo bueno se acaba, me invadió cuando volvió a colocar su sastrería en su sitio.

- Muchas gracias. Has sido sumamente amable. No se qué hubiera hecho sin tu ayuda.

- No importa, es mi trabajo.- dije mientras abría un cajón y rebuscaba en su interior. Saqué un pergamino y pluma para rellenar el formulario de atención al paciente.

- ¿Tu nombre?.- pregunté alzando la vista. Esperaba encontrar sus ojos oscuros, esos enmarcados en largas pestañas negras y cejas finas ligeramente más oscuras que el pelo de su cabeza. Y me quedé con la boca abierta, pasmada. ¡Qué grosero! ¡Habrase visto!

Se había marchado. Y sin decir nada. Y ahora ¿Qué diablos iba a hacer yo con el papeleo?