El destino en nuestras manos -

¡Hola! Los personajes de esta obra pertenecen a CLAMP ante todo y la historia me pertenece.

Espero que disfrutes el nuevo capítulo y me escribas algún Review.

¡Opina! y ¡Disfruta!

- Capitulo I –

- El principio de todo -

El aire olía a pólvora, a sangre y muerte. Llevábamos tres años soportando a duras penas que nos hubieran sitiado los Dragones de Hong Kong. Apenas quedan alimentos que tomar y los enfermos se cuentan por decenas. El ambiente caótico era dueño de todo el castillo, allá por donde mirases te encontrabas con personas gravemente heridas, niños llorando y gente corriendo de un lado a otro, después de tanto tiempo el enemigo se había decidido a atacarnos al fin. Estábamos perdidos.

Mi nombre es Sakura Kinomoto y soy la princesa de este castillo. A pesar de tener una belleza con la que todo pintor soñaría retratar en sus lienzos, no me he casado y a mis veinticinco años ya estaba echada a perder. Era una solterona que no había sido capaz de encontrar un marido y tener descendencia, mi padre nunca se ocupó de ello y siempre me tuvo escondida entre las piedras del castillo de Tomoeda, mi hogar que siempre había estado en peligro.

- ¡Alteza!

Oí que me llamaban detrás de mí y al girarme vi que se aproximaban las dos personas ajenas a mi familia que más quería en el castillo. Una era mi mejor amiga, mi hermana del alma y mi leal confidente, Lady Tomoyo Daidouji; Y el otro el clérigo del castillo y mejor amigo de mi hermano Toya, Yukito. A Tomoyo la conozco casi de cuna, siempre hemos estado juntas y desde nacimiento estuvo destinada a ser mi compañera de juegos. Era una mujer refinada y muy bien hacedora, se le daban muy bien las labores y era una experta en el arte de cantar, siempre me regalaba hermosas canciones todas las tardes mientras el sol se ponía tras el horizonte, se casó con Lord Hiragizawa hacía cuatro años, pero murió en la cruenta batalla en Tokio. Tal era el amor que Tomoyo le profesaba a su esposo que nunca volvió a casarse.

Yukito era un hombre en todos los sentidos, tenía treinta años y se había convertido en el clérigo más joven del castillo años atrás. Desde que tengo memoria le he visto acompañar a mi querido hermano mayor allá por donde fuera, como Tomoyo había sido su compañero de juegos. Sus padres murieron con la peste negra y a él le trajeron al castillo siendo un bebé, mi bendita madre se apiadó de él y le juntó con mi hermano y están muy unidos. Conforme creció en vez de buscar una mujer se consagró a la lectura, rara vez se le veía a solas al aire libre sin un pesado libro. Era un hombre muy apuesto y tierno, he de confesar que estoy enamorada de él, y me apena el hecho que no me vea como una mujer que está debajo de una corona de oro.

-Alteza… Toya ha…

- ¡No!

La cara y las palabras llenas de angustia provenientes de mi mejor amiga me rompieron el corazón. Mi hermano mayor ha muerto. No podía creérmelo, sinceramente no podía. ¿Y mi padre seguiría con vida?, ¡Qué sería de mí sin mi hermano! El dolor me desgarró el alma, me sentía vacía, como una muñeca rota. Las náuseas invadieron mi garganta y tuve que asomarme a una ventana a vomitar. Toya había muerto, me niego a creérmelo.

- ¡No!, no, no, no y no ¡TOYAAAAAAAAA!

- Apresúrese alteza, debéis poner a salvo vuestra vida.

- ¿Y mi padre, dónde está mi padre?

- No lo sabemos…

- Mi hermano ha muerto…- las lágrimas no me dejaban respirar, comencé a toser-. Mi padre está desaparecido, ¿Qué será de mí entonces, qué será de mi pueblo?

- No habrá un pueblo del que preocuparse si no ponemos tu vida a salvo Sakura.

Las palabras de mi amiga me devolvieron a la realidad. No podía llevarme por mis sentimientos en aquel momento, debía permanecer fría a todo y salir adelante. Finalmente asentí y me dejé llevar por los pocos fuertes brazos de mi amado Yukito. Sentí un vacío que no pude expresar, aún no puedo. Sabía perfectamente que jamás volvería a pisar el castillo, si es que conseguía salir viva de él. Me despedí de mi vida y recé una plegaria a Dios. Si me estás escuchando, acoge a mi hermano bajo tu ala, fue buen hermano y buen marido para su esposa, madre mía esperaban un hijo.

Apresuradamente corríamos entre las galerías de la torre del homenaje a contracorriente de la gente que avanzaba desesperada buscando alguna salida. El castillo de Tomoeda era una ratonera, construido en piedra sobre un acantilado, solo tenía una entrada provista de un puente levadizo, que yo supiera no había pasadizos secretos. Salimos al patio de armas y con horror observamos que había guardias de los dragones de Hong Kong luchando contra los caballeros de mi castillo.

- Majestad debemos apresurarnos.

- ¿Majestad?

- Dese prisa.

Asentí y comenzamos a correr de nuevo. Entre arcos de piedra sobre los que había guerreros de mi insuficiente y débil ejército luchando sobre ellos en los adarves de las murallas. Seguía todo oliendo a sangre, angustia y desesperación. Con lágrimas en los ojos y el corazón latiéndome tan rápido como bate las alas un pequeño colibrí me introdujeron dentro de las escaleras que conducían a las mazmorras. Recorrimos el pasillo y con horror escuché a los pocos prisioneros que se encontraban detrás de aquellas de hierro pesadas pedir por sus vidas, al fondo me introdujeron en la última mazmorra que se encontraba vacía. Era completamente de piedra, y había dos lechos de heno en el suelo, apenas cabían cuatro personas en aquel cubículo. Yukito me soltó por primera vez y se puso a escarbar entre la paja.

- ¿Qué estás haciendo Yukito?

- Os pongo a salvo majestad.

Oír que era la nueva Reina de Tomoeda me cortó la respiración de nuevo. Nunca quise el poder, pero como princesa había sido entrenada para ocuparlo si alguna vez pasaba lo que ahora estaba ocurriendo, me había quedado completamente sola, sin familia y ahora prontamente sería exiliada de mi reino para poner mi vida a salvo. Al fin Yukito descubrió la esquina y con sus manos retiró las piedras del suelo descubriendo una puerta de hierro con una gran argolla, tiró de ella con esfuerzo, el chirriar de las bisagras de hierro me estremeció. Estaba descubriendo uno de los secretos de mi castillo, el pasadizo secreto.

Cuando era niña, solía jugar con los hijos de los guardias a buscar la entrada de los pasadizos secretos del Rey. Muchos se jactaron de mí, porque no podían creer que existiera, pero yo estaba convencida de ello, todos los castillos tenían uno, y el mío no sería la excepción, pero nunca lo encontré y por más que le pregunté a mi querido hermano nunca me dio a entender que existiera siquiera. Ahora estaba bajando las escaleras que me llevarían a mi futuro.

En fila fuimos bajando por el estrecho pasillo que apenas medía cuarenta centímetros. Sumidos en la oscuridad dejé de escuchar los gritos que se producían en el exterior, me estaba adentrando entre las sombras, no sé cuantos metros había descendido, pero ya habíamos caminado casi diez minutos por ese claustrofóbico pasillo. Yukito iba encabezando la marcha, yo me encontraba en medio tomando de la mano a Tomoyo que temblaba detrás de mí. Le daba miedo la oscuridad.

- Hermano Yukito hagamos una pausa, no veo nada.

- ¿No ves?

Su pregunta dirigida a Tomoyo me desconcertó.

- Pues no, la verdad.

- ¿Y usted majestad, podéis ver?

- ¿Cómo va a ver si no tenemos la luz de una antorcha que nos guíe?- se quejó Tomoyo, a la vez que se tropezaba con la falda de su vestido.

- La Reina debería poder ver en la oscuridad.

- ¿Qué estás queriendo decir?- preguntó Tomoyo angustiada.

- ¿Tomoyo quieres decir que no ves nada?

- No, ¿Me pasa algo, me he quedado ciega?

Apreté la mano de Tomoyo y miré a Yukito, al principio cuando entramos en la galería es cierto que no veía nada, pero poco a poco la oscuridad se fue convirtiendo en una penumbra y en una claridad al final. Yukito no quiso parar y nos costó un poco de trabajo alcanzarle. Tomoyo sollozaba angustiada y me agarraba la mano con fuerza, yo debía mantener la calma por las dos, pero en realidad estaba muy preocupada por mi querida amiga, ¿Qué le pasaba en los ojos?

Seguimos bajando peldaños, cada vez hacía más frío y el fuerte olor a humedad era insoportable. En ningún momento el pasadizo se ensanchó, tuve que pensar otra cosa para no caer en el abismo de la desesperación, debía mantenerme tranquila y confiar en mi Yukito, en algún momento saldríamos al exterior. Me pregunto cuál sería el final del pasadizo, porque ya llevábamos veinte minutos de incesable bajar escaleras y todo me resultaba igual, las mismas piedras, el mismo silencio y la misma estrechez. Desde luego quién construyó el pasadizo pensó en todo, con esa sensación de claustrofobia a cualquiera se le quitaban las ganas de seguir bajando.

- Su pueblo quiere que os pongáis a salvo, en ningún momento penséis que van a odiaros.

- Los he abandonado- las lágrimas se agolparon bajo mis párpados y me escocían los ojos.

- Los Dragones de Hong Kong no les harán ningún daño a vuestro pueblo, solo os buscan a vos y nadie salvo nosotros tres sabemos dónde estáis, ellos con sus tretas no podrán averiguar nunca qué pasó con la Reina.

- Una Reina debe quedarse con su pueblo y morir con él si se diera el caso.

- Sakura, vos sois más que una Reina.

- ¿Qué quieres decir?

De pronto callé y dejé de caminar a la vez que pegaba un salto hacia atrás. Agua, era agua.

- Apresúrese Majestad.

- ¿Agua?

- Nos mojaremos un poco, pero no temáis os lo pido, estaréis a salvo.

- Bien.

Tomoyo ahogó un gemido cuando comenzó a bajar los escalones, pronto el agua nos llegaba por la cintura. Los metros de tela de nuestras faldas nos complicaban el paso, como podíamos sacábamos el aire del vestido y bajábamos los escalones. Tuve la sensación que me iba a caer y pegué un grito a la vez que me hundí, Tomoyo que me había soltado asustada me buscó entre la oscuridad, Yukito se dio la vuelta y me ayudó a tenerme en pie, estaba completamente empapada.

- Ya no hay más escalones su Majestad.

Asentí en silencio. El agua nos llegaba por el pecho, avanzábamos como podíamos, cada dos por tres observaba a Tomoyo que caminaba muy lento y con desconfianza. Poco a poco el agua nos fue llegando hasta el cuello, hasta que finalmente nos cubrió por completo, a duras penas podíamos caminar de puntillas. Yukito paró en seco y se giró hacia mí, a él el agua le llegaba por la barbilla.

- No temáis, buscad en las paredes unos salientes y a partir de aquí avanzaremos más despacio, tened cuidado y caminad por ellos, como perdáis el equilibrio os hundiréis por el precipicio.

- ¡Precipicio!

- Todas las medidas de seguridad son pocas Majestad.

Gemí angustiada por mí y por Tomoyo. Desde allí el suelo desapareció bajo nuestros pies y con dificultad encontramos el saliente que nos había descrito Yukito, palpé la pared y a la cintura me di cuenta que había un entrante que servía como barandilla, introduje las manos de Tomoyo dentro y a continuación las mías. Le susurré palabras de aliento y muy despacio fuimos avanzando. Ya había dejado de contar el tiempo hacía ya mucho. Parecía que lleváramos años en aquel túnel.

- Ya queda menos, aguantad- Yukito estaba nervioso, pero intentaba mantener la calma.

- ¿Cuánto tiempo llevamos caminando?

- Dos horas y cincuenta minutos.

- ¡Tres horas!- Exclamó Tomoyo que casi pierde el equilibrio.

- Tomoyo cántame algo, sin duda el sol está bajando y se esconderá tras el horizonte.

Mi amiga nada convencida comenzó a cantar, normalmente lo hacía como los ángeles pero hoy tenía roto los nervios y canturreaba más para sí misma que para nosotros. Yukito nos animaba también a continuar, estábamos cansados y teníamos mucho frío, el pasillo parecía no tener fin, además teníamos hambre. No habíamos probado bocado desde el amanecer, desde hacía año y medio las provisiones comenzaron a escasear y mi familia nunca aprobó los grandes banquetes en tiempos de necesidad, así que como todos los habitantes del castillo la comida se racionó.

- Estamos llegando.

Aquellas palabras me quitaron un peso de encima, me sentía aliviada. Poco a poco nos dimos cuenta que el nivel del suelo se elevaba y al fin pudimos poner pie sobre el suelo sin el temor de ahogarnos, el agua con forme avanzábamos iba descendiendo el nivel y finalmente salimos de ella, pero para nuestra desgracia nos topamos con unas escaleras con sentido ascendente. Creí morir cuando comenzamos la subida, sentía un pinchazo en el pecho por culpa del esfuerzo, estaba demasiado mayor para aquellas cosas.

Tomada de la mano con Tomoyo quisimos parar y sentarnos en uno de los escalones, pero Yukito nos regañó, según él no podíamos parar hasta llegar al final de todo. Me enfurecí, ¿Qué era el final de todo?, Nos había arrastrado por unos caminos infernales, estábamos cansadas y mojadas. Aún así no le conmovieron mis palabras y tuvimos que seguir subiendo peldaños de piedra. Treinta y tres escalones y al fin el estrecho pasillo se convirtió en una gran galería de un metro de ancho, sentía que volvía a tener espacio vital, un gran alivio.

Al final del pasillo se hallaba una gran puerta de madera tallada. Sobre el marco había un dintel de piedra y en ella a pico y martillo habían labrado una inscripción, pero había que fijarse bien para verla, sin embargo la había visto como ves en un bosque árboles, la inscripción había llamado a mis ojos. Yukito al parecer no la vio y no pudo abrir la puerta a pulso, intentó empujarla, pero tampoco dio resultado. Le dio una fuerte patada pero no se movió.

- No puedo moverla, hay algo que lo impide.

- ¿Qué hacemos ahora?- le preguntó Tomoyo acercándose a él a tientas.

- Las casualidades no existen.

Yukito y Tomoyo miraron hacía mi dirección, yo señalé al dintel y solo Yukito se volvió a verlo, pero me miró confundido.

- ¿Qué queréis decir?

- ¿No veis la inscripción que está tallada en la piedra?

- No, majestad.

- Pone "Las casualidades no existen".

Hubo un momento en el que nadie dijo nada, parecíamos confusos y Tomoyo comenzaba a desesperarse, ella que habitualmente tenía los nervios de plomo, aunque claro el hecho de perder la vista en un momento así minaría la tranquilidad de cualquiera. Las casualidades no existen. No claro que no existen, mi madre me lo había explicado muchas veces antes de morir, al parecer era el lema de mi familia, las casualidades no existen…

- Esa frase la he oído antes.

- ¿Dónde querida Sakura?

- Mi madre me dijo de pequeña muchas veces antes de morir que: "Las casualidades no existen y que solo existe lo inevitable" y lo inevitable es que estas puertas se abran para que podamos salir de este infierno.

De pronto las letras talladas en la pared se iluminaron, sentí una sensación de calidez inmensa. Tomoyo no había dejado de gritar desde que se iluminaron y se abrazó a mí como lo hacía mi gato cuando queríamos bañarle en el río. Poco a poco las puertas se abrieron provocando un ruido ensordecedor a causa del óxido de las bisagras.

- La cerradura era mágica, la felicito majestad, sabía que la magia latente en usted tarde o temprano saldría a la luz.

- ¿Magia en mí, qué quieres decir?

- Lady Tomoyo no ha perdido la vista, el don de ver entre las sombras es un poder bastante difícil de aprender, es innato en vos majestad, por eso no os distéis cuenta.

- No entiendo nada y estoy asustándome Yukito.

- Lo primordial es ponerla a salvo, debemos continuar Majestad, ya habrá tiempo para hablar después.

- Pero…

- Os lo ruego, después sabrá todo.

Me mordí la lengua evitando así que salieran de mi boca una queja, Yukito tenía razón pero tenía que comprender que no podía decirme las cosas sin tacto, era una actuación extraña en su persona, normalmente cuando conversábamos lo hacíamos en un sitio cómodo dónde podíamos pasar toda la tarde discutiendo sobre cualquier cosa, sobre libros e incluso de comida. Teníamos buena confianza y siempre le confesé mis preocupaciones cuando necesitaba un consejo sabio u otra opinión. Pero ahora evitaba a toda costa el decirme las cosas y eso me ponía de mal humor.

Enfadada alcé altanera la cabeza y avancé por la puerta de madera. La siguiente estancia era una habitación gigantesca, más que una habitación parecía una gruta con sus estalagmitas y estalactitas colgando del techo o paredes. A la derecha había un camino que se dirigía a una escalinata de piedras que desembocaba en el mar, donde había apostada una barca que se mecía al compás del vaivén de las olas que llegaban desde el final del túnel. Mi salvación, el principio de mi nueva y dura vida.

A la izquierda las estalactitas habían formado un círculo natural, y en el centro una acumulación de agua formaba una fuente de agua natural. Los pocos rayos del sol que se filtraban por la salida de la cueva y por una gran abertura en la pared convertían en un espectáculo de luces el que se formaba sobre la fuente, los arcoíris eran hermosos y las piedras parecían de oro. Aunque sabía que me llamaban y que debía ir por la derecha y abandonar Tomoeda, caminé para ver mejor la fuente.

El agua era cristalina y no se veía el fondo, no creo que sea muy profunda. Quise tocar el agua pero no podía alcanzarla, además que el grito de Tomoyo me alertó. Me giré para verla mejor y vi que se agarraba fuertemente la cara, sobre los ojos. Con angustia me acerqué rápidamente, quería saber qué le había pasado a mi querida amiga. Yukito tenía una mano apoyada en su hombro y le susurraba palabras de aliento.

- ¡Tomoyo, qué te pasa?

- Mi… mis ojos.

- ¿Qué le ocurren?- le pregunté angustiada.

- La luz, puedo ver la luz, vuelvo a ver Sakura.

- Ya no estás ciega- la abracé para ocultar mis ojos llenos de lágrimas de emoción, no podía verme mal.

- En realidad nunca lo ha estado.

Las palabras de Yukito no pasaron desapercibidas por nosotras y rompiendo el abrazo le miramos con verdadera expectación. Entreabrí los labios para contraatacarle con una pregunta pero no pude. Detrás de él se dio un fenómeno que me llamó la atención, el sol se había puesto y todos los rayos del sol que entraban en la gruta desaparecieron sumiéndonos por unos instantes en la oscuridad. A mi espalda otra luz blanquecina apareció a la vez que un fuerte viento que mecía nuestros cabellos con violencia. Entrecerré los ojos para que el polvo no dañara mis ojos y de pronto cesó todo.

Cuando abrí los ojos grité de espanto, Yukito y Tomoyo estaban convertidos en piedra y el mar tampoco se movía, parecía como si el tiempo se hubiera detenido súbitamente convirtiéndolo todo en estatuas. Toqué a Tomoyo queriendo hacer que reaccionara, pero no lo hizo, estaba fría como el mármol. Por un momento el pánico me hizo un agujero en el estómago y tuve náuseas, ¿Y si era un truco de los Dragones de Hong Kong?

Sakura

- ¿Quién anda ahí?

"No Temas"

- ¿Cómo no voy a temer si no te muestras?

"Te lo contaré todo"

Una luz blanca iluminó el lugar cegándome, cerré los ojos y me cubrí con los brazos. Un zumbido ensordecedor me estremeció por completo, me sentía angustiada por culpa de la incertidumbre por no saber lo que iba a pasar. Una fuerza extraña me comprimía e intenté resistirme, no en vano empecé a gritar intentando ahuyentar aquella fuerza que intentaba penetrar en mi interior, quería huir, quería escapar, quería llorar.

"No te resistas déjate llevar"

- ¡No!

"Te contaré el secreto de tu nacimiento
Lo sabrás todo."

Aquello me hizo vacilar y en ese instante en el que bajé mis defensas aquella fuerza entró dentro de mí. Me dejé llevar y en vez de sentir dolor o desasosiego, sentí paz. Abrí los ojos y me encontré en un lugar desconocido, parecía la nada, todo era luz. Ante mí se materializó un cuerpo juvenil, estaba vuelto del revés como si su suelo estuviera en el cielo, sin embargo su cabello no caía a lo que suponía que era mi suelo, la gravedad parecía no afectarle, y como yo estaba en cueros.

Era una niña que apenas tendría diez años, tenía el pelo de un castaño claro muy bonito y unos ojos verdes grandes que me miraban con curiosidad, sus rasgos infantiles la hacían tan hermosa como un ángel venido del cielo. Tenía el rostro ovalado y la piel muy blanca adornada por unas sonrosadas mejillas, su boquita de piñón conjuntaba con unos labios cereza de color carmín, una boca dispuesta a regalar sonrisas que iluminarían los corazones, porque su sonrisa llegaba hasta sus ojos.

Estaba destinada a ser muy hermosa cuando creciera, pero vaticino que como yo vivirá sola y pasaría por muchas dificultades, sentí lástima por ella. La conocía bastante bien, por eso me acerqué a la pequeña y agarrándola por la cabeza le planté un beso en la frente. Quería decirle tantas cosas, susurrarle por todas las penalidades que pasaría, protegerla del horror de la vida, guiar sus pasos.

Esa niña soy yo.

"Es tiempo de soñar"

- Pero no son buenos tiempos para los soñadores.

"Déjate llevar
Es tiempo de soñar"

Había una vez el secreto de un nacimiento, solo lo sabían cuatro personas, pero esa misma noche una de ellas reveló el secreto a su hermano menor. Éste codiciaba el trono del hermano primogénito y no se había alegrado jamás por el nacimiento de ninguno de sus hijos. No se alegró por el heredero al trono, ni tampoco lo haría por un hijo que jamás llegaría a reinar. Dicho secreto le puso en sobre aviso, pues era un erudito de la magia arcana, las cábalas y magia negra; y como maestro de dichas artes sintió que a él le había tocado vivir el tiempo que habían estado temiendo todos sus iguales. El nacimiento de un niño que si llegaba a desposarse y reinar, sería el fin de su señor.

Galopó toda la noche por sendas y caminos, cruzó ríos y atravesó montañas, muchas leguas recorrieron aquel villano y su caballo, y finalmente se encontró con su señor. "Maestro llegó la hora", le dijo el vil que un día fue príncipe. "Hágase entonces, el niño debe morir". Cuatro ejércitos se encontraron y atravesaron montañas, cruzaron ríos, galoparon día y noche por caminos y sendas, entonces llegaron al castillo. Aquella noche se celebraba la ceremonia que uniría el destino de dos niños. El de un varón y una mujer, que apenas acababan de empezar a vivir.

Rompieron las murallas y lucharon contra los valientes guardas de aquel castillo, pero fue en vano. Los dragones eran más fuertes y como serpientes reptaron y dieron caza a Rey y Reina, cobrándose la vida in situ del Rey y malhiriendo a la Reina que moriría después. El castillo era un caos, las catapultas molían a polvo las piedras centenarias de aquel castillo. Muchos perecieron aquella noche, y entre ellos el niño. El niño que descansaba en la misma cuna de su prometida. Una hora y siete minutos duró su promesa de matrimonio, aquella que los hubiera unido en carne y alma.

El destino se truncó para ellos y para todos nosotros, sembrando la guerra, la enfermedad y la destrucción para los años venideros.

La Reina de Tomoeda abrió los ojos y recordó el vacío en su pecho que la acompañó desde que era niña. Creyó que había sido por la pronta muerte de su amada madre, pero resultó ser la muerte de un prometido, comprendió por qué no estaba casada y tenía hijos. Nadie querría acercarse a ella, a la sombra de un prometido a quién mataron los Dragones de Hong Kong, era un estigma que había cargado durante toda su vida. Muchas noches lloró durante su etapa casadera culpándose por tener algún fallo. Todos le decían que era hermosa, pero eso que era uno de los motivos por los cuales sus vecinas princesas tenían un séquito de pretendientes y enamorados, ella lo tenía y no tenía más que el amor no correspondido del clérigo del castillo.

En el centro de la laguna un ser con cuerpo de mujer volaba a ras del agua. Estaba vestida de luz, como lo eran sus cabellos y sus mejillas. La observaba a través de sus pestañas que eran rayos de sol.

"Mi nombre es Afabianel y soy una de las ninfas que ha velado por ti desde el día de tu nacimiento"

- Tenía un prometido.

"Así lo fue, estabais destinados a una felicidad que solo obtienen unos pocos"

- ¿Cuál era su nombre?

"Su nombre no puedo revelártelo, tanto el suyo como el de toda su familia es un tabú para nosotras, sus nombres fueron borrados"

- ¿Por qué le mataron?

Las lágrimas que recorrían su rostro eran como el agua de la luna, la ninfa observó a Sakura y titubeó unos instantes, pero al ver que la Reina quería realmente saber el porqué de las cosas decidió hacer lo impensable.

"Su prometido tenía el don de la magia, y como tú tendrían que haberla desarrollado, pero la magia que residió en él cuadriplicaba el nivel del hechicero más poderoso"

- ¿Magia en mí?

"Así es, nunca te has preguntado por qué haces cosas que el resto soñaría por hacer"

- ¿A qué te refieres?

"Ves el futuro en tus sueños"

- Por eso dije antes que no eran buenos tiempos para los soñadores, cuando era niña podía ver el futuro en mis sueños, ya solo sueño con pequeñas predicciones cotidianas.

"Hasta las pequeñas cosas son trascendentales, Sakura y no te preguntas por qué puedes ver en la oscuridad"

- Yo no…

"Sabes que sí puedes y cuando eras niña jugabas con los elementos, no eran juegos infantiles, por lo menos para ti no"

- Pero no recuerdo que hubieran sido más que juegos.

"Te obligaron a olvidar, no podías llamar la atención más que como la llamabas entonces, lo hicieron para protegerte"

- ¿Y qué debo hacer ahora? Me buscan y temo que si me encuentran acabarán conmigo.

"Por eso voy a hacer lo impensable, será mi regalo antes de morir"

- ¿Vas a morir, por qué? Eres joven y hermosa, no es justo.

"Cuanto más hermosa es una ninfa, menos tiempo tiene para vivir. Yo ya he vivido una larga existencia, y ya no puedo ser más bella que como lo soy hoy, en el día de mi muerte"

- Oh Afabianel, me siento desdichada por ti- dijo mientras se enjugaba las lágrimas que no habían dejado de caer después de haber visto la verdad.

"No debes sentirte triste, debes pensar en cómo puedes arreglar el futuro y equilibrar así el poder de todas las dimensiones, si no las criaturas mágicas como yo tienen los días contados"

- ¿Y qué se supone que debo hacer?

"Eso lo verás por ti misma, hallarás la solución"

La ninfa sonrió mostrando una fila de dientes tan blancos como el nácar de las perlas que había visto en algunas de las joyas reales. Sus ojos de plata, siempre fijos en mí, querían decirme más que lo que habían dicho sus labios. Aunque eran tan hermosos como toda ella en su conjunto, eran antiguos y eso asustó un poco a Sakura. Afabianel sonrió de nuevo, aunque su sonrisa era triste, por un momento sus labios recitaron un conjuro en el idioma mágico. A su alrededor bajo ella, unas lenguas de agua la rodeaban como lo haría un tornado y a continuación se abalanzaron sobre la reina que gritó sorprendida.

"Sakura no tengas miedo a morir"

Sakura abrió los ojos súbitamente. Se encontraba en una de las galerías de lo que reconocía como la torre del homenaje en su castillo, Tomoeda. Como horas atrás la gente corría. El aire olía a pólvora, sangre y muerte. Los tambores de los Dragones de Hong Kong resonaban, como lo hacían también las grandes piedras que molían las piedras centenarias del castillo. Se asomó por la ventana y vio luchar a sus soldados bravamente contra el enemigo. Pero uno a uno murieron, eran muy pocos y ellos gozaban de un poder superior sobre mi ejército.

El sentimiento de angustia y desesperación acudió de nuevo a mi alma. ¿Volvían a atacarnos o todo había sido un sueño?, la gente corría a contracorriente a mis lados, había heridos y seguramente muertos. Una mujer joven corrió hacia mí y me tomó de las manos con fuerza.

- Tienes que ayudarme- me pidió desesperada- tienes que ponerlos a salvo.

La confusión se mezcló con infinitos sentimientos. Aquella joven era mi madre, estaba viva y era un poco más joven que como la recordaba. Creí haberla olvidado, pero no había sido así. Cuando la escuché supe que era ella. Quería abrazarla fuertemente, quería que no volviera a irse, quería a mi madre viva.

Viva.

Mi madre había muerto años atrás, y si ahora vivía eso significaba que Afabianel me había llevado justamente al pasado, al día en el que había muerto mi prometido. Mi madre ahora era joven y desesperada me pedía ayuda. Decidí prestársela, ella en mi tiempo había sobrevivido a este día, tal vez en unos pocos años podría volver y evitar que ella muriese de aquella enfermedad avisándola con tiempo, por ahora me tocaba disimular.

- Dígame mad… Majestad.

- Pon al niño a salvo, van a por él, han matado al Rey Hien.

- ¿Dónde se encuentra?

- En la cámara de los niños, por cierto ¿Te conozco de algo? Tu cara me resulta familiar.

- Tal vez en otro momento podremos conversar largo y tendido, por ahora tengo que poner a salvo al niño.

- Sal del castillo por las caballerizas y cruza los dedos para que puedas salir por el puente levadizo, en estos momentos los Dragones de Hong Kong se encuentran luchando contra mi Fujitaka en el patio de armas.

Mi Padre.

- Claro.

Nadeshico Kinomoto, Reina de Tomoeda salió corriendo pasillo abajo, no sin antes arrancar una espada de la pared e ir al encuentro de su marido. No les preocupaban realmente, porque habían salido vivos de…

- ¡Cuidadoooooo!

Giré la cabeza y todo me pareció ir a cámara lenta. Un soldado enemigo había llegado a la galería y su arco me disparaba a mí. La flecha voló y certeramente se clavó en mis entrañas. Ahogué un gemido y suspiré. No sentía el dolor. Mi madre alzó la espada para atacarle y cuando la hundió en la carne del enemigo, salió otro a su encuentro con una lanza y se la clavó en sus entrañas.

En lo que tardé en reaccionar y darme cuenta que aún estaba viva, salí corriendo de allí aun y sabiendo que estaba sangrando. Afortunadamente la sangre aún no llegaba al suelo y solo empapaba mi ropa. Mi madre acababa de morir delante de mis ojos, no entendía lo que estaba pasando, mi madre debía vivir por lo menos cuatro años más. ¿Qué serían de mi padre y de mi hermano?

Llegué al cuarto de los niños y cerré detrás de mí. Me dolía el hombro, me ardía la herida. Pero tenía que ser fuerte, tenía que coger a mi prometido y sacarle de allí para ponerle a salvo. Me acerqué a la gran cuna y la escena me enterneció. En su interior había dos bebés iguales, uno de ellos tenía agarrado un dedo del otro. Era una escena muy bonita, pero no podía entretenerse más. Debía coger a uno de los niños y salir de allí. El problema ahora ¿Cuál?

Estaba claro, el bebé que tuviera los ojos verdes era ella misma. Pero ambos tenían los ojos cerrados y estaban durmiendo, tampoco te podías fiar de los ojos de un bebé puesto que solían cambiar durante los primeros días. Pero ¿Y si su prometido tenía los ojos verdes como ella? Ya escuchaba las pisadas de los guardias muy cerca y el tiempo se le agotaba. Rezó una plegaria a dios y cogió al más moreno de los dos, había deducido aquello puesto que el bebé que tenía más pelo era ella, a parte que su piel era muy clara.

Así que con un bebé calvo y blancuzco, Sakura abandonó la habitación por la puerta que había a su espalda y con suerte no había ningún dragón cerca. Abrazó más a su prometido y salió de la torre del homenaje introduciéndose en las caballerizas. Había un caballo perfectamente ensillado y con ayuda de una banqueta pudo subirse. Le dolía mucho el hombro, puesto que aún tenía colgando la flecha.

Salió galopando con el bebé agarrado fuertemente en su pecho. Tenía que marcharse de Tomoeda como fuera, y lo estaba consiguiendo, no había rastro del enemigo, muchos campesinos huían como yo. Sabía a dónde tenía que ir, así que espoleé con fuerza al caballo. Cada hora que pasaba sobre el caballo me sentía más enferma, incluso había vomitado algo de sangre. Pero al fin veo sobre las colinas el castillo amigo. Allí seguro que nos daban cobijo, y me proporcionarían un médico. No podía morir porque tenía que volver a mi tiempo.

El niño estaba despierto y había llorado, pero no me había quedado otra que ignorarle, no tenía nada con qué alimentarle. Pronto llegaríamos, prometí para los dos. Ya casi… grité para que me abrieran y así lo hicieron. Cuando las puertas estuvieron completamente abiertas logré entrar con el caballo. Estaba sentada de una forma poco ortodoxa, pues solía montar como toda mujer de lado y erguida. No encorvada como estaba.

Salieron a mi encuentro un grupo de personas, dos hombres me bajaron y me colocaron sobre un camastro de espaldas. Otros dos me sujetaron a la vez que partían en dos la flecha y me la arrancaban. Volví a no sentir nada, las lágrimas anegaban mis ojos. Solo podía mirar al niño en los brazos de una de las mujeres. Y entonces lo comprendí, iba a morir.

- Tráiganme una pluma y un pergamino- pedí en un susurro-. El niño…

Una de las mujeres salió corriendo y al cabo de unos minutos apareció con lo que había pedido. Sé que estaba pálida y tenía grandes ojeras bajo mis ojos, sé que mis labios cortados estaban cubiertos de mi propia sangre. Tenía que escribirle una nota antes de morir, pero no podía moverme. Otro hombre apareció y le quitó rápidamente el pergamino y se acercó a mí. Era un hombre muy apuesto, de mediana edad, con una melena negra muy bonita y cuidada.

- ¿Qué quieres que escriba?

Las palabras no salían de mi garganta por mucho que quisiera escupirlas. Quería decirle todo, pero el tiempo se me terminaba y no me acordaba de las palabras que tenía que decir, salvo una frase.

- Las coincidencias no existen… solo existe lo inevitable…

- ¿Cuál es su nombre?- me preguntó el médico que había venido.

Y el tiempo se terminó para mí. Me dejé llevar en la oscuridad. De la muerte solo puedo decir que es como quedarse dormido, no sientes nada. Es un trance tranquilo, incluso placentero, después del inmenso dolor que había sufrido durante horas. Había fallado mi misión, Afabianel no se había equivocado. Yo no estaría para ver crecer al niño. Solo quedaba que el destino pusiera las cosas en su lugar, y mientras tanto esperar…

Me llamo Sakura

Las mujeres que habían presenciado la muerte de aquella joven sintieron pena por el infante que se había quedado sin madre. El bebé no dejó de llorar desde que había cambiado de brazos. Una de ellas se fue a por mantas y algo de leche de vaca para alimentar al niño llorón.

- ¿Y cómo se llama el niño?- preguntó una.

- ¿No lo dijo verdad? Pobre criaturita- le susurró la mujer sobre la cabeza del niño.

La mujer que se había ido volvió con una manta para cambiarle la otra que estaba cubierta de sangre, y al desnudarle se dio cuenta de un hecho que sorprendió a todos los presentes.

- ¡Vaya si es una niña!

- Entonces se llamará…- dijo el enigmático hombre que había enrollado el pergamino y guardado en su cinturón. A continuación arrebató de los brazos de la mujer a la niña y se dirigió a su casa para hacerse cargo de ella-. Sakura.


Konnichiwa! Aquí te dejo la primera parte de mi fanfic, espero que te haya gustado.

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