Gracias a K-chan y Polgara por leer... SIno fuera por ellas, hubiera dejado esta historia hace tiempo.

Disclaimer: No sólo los "hermanos Grimm" no me pertenecen, la versión que llevaron al cine de ellos, fue escrita por Ehren Kruger, producida por Daniel Bobker y Charles Roven… sino que, también, el cuento en el que se inspira este fanfic, se llama el "El Zar Saltán", escrito por Alexandr Pushkin.

PRÓLOGO

ANHELO

Ahí estaba, con los ojos fijos en esa mujer.

La expectación de verla nuevamente entraba en su pecho desde el inicio, cuando veía el lago de un color azul oscuro, en medio de árboles bajos de altura, pero muy frondosos. Con sólo eso, ya sabía que ella iba a aparecer de un momento a otro.

Luego, un aleteo acompasado y sutil llegaba hasta sus oídos. Siguió con la vista el sonido, y supo que provenía de un ave blanca y hermosa que se acercaba por el cielo con sus muy elegantes movimientos.

El firmamento estaba totalmente despejado, negro y agujereado por millares de estrellas y la luna llena en todo su esplendor… cuando la gran ave pasó justo al frente de la regente de la noche, desapareció como si se emborronara hasta fusionarse con ella.

Era justo en ese momento que aparecía.

Cual si fuera una hoja en la suave corriente del lago, ella iba sentada a su encuentro. Impresión, sorpresa y adoración embargaban su corazón al verla.

La edad de la hermosa aparición aparentaba estar alrededor de ese punto en que una joven se hacía mujer. Vestía de blanco, con una tela vaporosa; estaba sentada de lado, cómodamente. Su cuerpo parecía ser delicadamente delgado por debajo de la holgada ropa. Su piel, muy blanca, suave y perfecta. No había nada en ese rostro bello y delicado que denotara esa palidez como algún signo de enfermedad. Más se convencía de eso al ver sus ojos grandes y brillantes, de un azul claro profundo y llenos de vitalidad.

Mientras ella se acercaba centímetro a centímetro a su encuentro… dos cosas de esa mujer, por sobre su hermosura, maravillaban aún más a la vista: su cabello, lacio y negro como ningún otro, brillaba de cierta forma y tan pronunciadamente, que parecía que llevara la luz de la luna en él. Y, en el centro de su frente, un destello blanco casi llegaba a encandilar sus ojos. La luna en su cabello, una estrella en su rostro… ¡Era tan increíble!

Cuando la persona que esperaba por ella empezaba a poder asimilar lo que estaba mirando, la mujer curvaba sus sonrosados labios y, con esa mirada infinitamente cariñosa; hacía unos movimientos de brazos lentos y gráciles, pero no por eso menos expectantes, como si suplicara un abrazo.

Vuelve a mí —le dijo con su voz más dulce que el murmullo de un riachuelo.

Y la persona a la que iba dirigida ese anhelo que expresaba la joven, veía como sus brazos, aún más urgentes que los de ella, en consonancia con lo que sentía, se extendían hacia la mujer que empezaba a sonreía aún más, con ojos llorosos de la felicidad…