CAPÍTULO 6

ENEMIGOS OCULTOS, segunda parte

Habían pasado poco más de dos semanas desde que Angélika se le apareciera en aquel callejón, y ya estaba empezando a pensar que vivía en un mundo muy parecido al suyo, pero sin ser su verdadera realidad.

Muchos sucesos hacían que tuviera esa sensación de irrealidad cada vez más seguido. Una de ellas era, precisamente, esa aparición: Angélika en Kassel.

Una bruja-cazadora que podía ser algo escalofriante, hacía bocadillos todos los días en su casa, para llevarlos a la imprenta de su hermano, donde trabajaba como dibujante en el libro de relatos folklóricos que ellos iban a publicar. Lo más extraño, es que eso no era justo lo que lo hacía sentir fuera de su realidad al estar ella en casa.

Tampoco era la forma en que Angélika lo trataba a él. Will podía llegar a sentirla como la mujer más distante y esquiva que había conocido alguna vez, justo antes de que ella lo viera y le sonriera, o le prodigara cualquiera de sus caricias o lo mimara con alguno de sus detalles, como cocinarle algo especialmente a él, anudarle bien la corbata o… y todo lo hacía con una naturalidad pasmosa. Como si fuera muy común, como si ellos dos hubieran vivido juntos por años, siendo familiares o algo por el estilo. Pero ni siquiera el hecho de que él mismo ya no se sorprendía de cómo era Angélika, o de que le fuera muy fácil dejar de pensar en ella como mujer, cuando la misma era muy hermosa y lo tocaba a cada instante como si desafiara adrede su autocontrol… sorprendía mucho a Will.

Pero cuando Angélika y Jacob estaban juntos… No se trataba de que cambiara tanto en su forma de actuar, pues era igual de cariñosa que con Will; sino que su hermano y ella se complementaban de una extraña manera: Hablaban tanto entre ellos, con tal entusiasmo, que cualquiera podía salir excluido de su conversación o temas. Parecían conocerse muy bien, intuir sus gustos, hablarse con la mirada… cuando Will se iba a dormir, Jacob estaba con ella, sentado en su cama, como cuando los encontró aquella mañana viendo dibujos: él vestido, ella en bata, conversando muy juntos. Y, cuando Will se levantaba en las mañanas por el «¡Will! ¡Arriba!» de su hermano, ese grito se producía desde el cuarto de Angélika.

Eran la primera persona que veían en la mañana, y la última en la noche, como si fueran un matrimonio feliz de varios años… ¡Y eso no era lo más extraño de todo!

—¿Duermen juntos? —preguntó Will ese día, a bocajarro.

—¿¡QUÉ!? ¡No! ¡Claro que no! —le había chillado, rojo y nervioso como sólo Jake podía estarlo.

Will miró un instante por la ventanita del carruaje a la calle concurrida… Él ya lo sabía, pero lo tenía que corroborar. ¡Y eso sí que era lo más extraño! ¿Cómo podía Jake, con lo fácil que era de ver que ella accedería muy gustosa, no hacer algo con Angélika en esa cama, además de hablar? ¡Si Will no respetara el código de honor que tenía para con su hermano, él mismo habría intentado algo con ella, para ver si Angélika accedía a tener un acercamiento para con él!

Puede que Jake fuera su favorito de los hermanos Grimm, pero Will tampoco parecía ser totalmente despreciable para ella… Wilhelm se mandó a dejar de pensar en Angélika como mujer y, para que no se le hiciera más difícil, su mente cambió de tema a tratar de explicarse por qué Jake no actuaba.

Unos segundos después, la voz susurrada de Will volvió a oírse en el carruaje:

—Jake… ¿Estás seguro de que…? ¡Ya sabes! —Wilhelm miraba al suelo, muy apenado—. De que tú… sientes cosas por las mujeres.

Un golpe fuerte en el antebrazo acompañó la respuesta indignada y muy enojada de su hermano mayor:

—¡Por supuesto que sí! ¿¡Por qué siempre haces alusión a que yo… no soy normal, cuando me niego a ir con prostitutas o cortejar a alguna joven con el fin de buscar la satisfacción del cuerpo!? ¡Tal vez tú no seas un caballero, Will, pero yo sí!

Lo dijo sin tartamudear, ver hacia el suelo o hacer algún movimiento nervioso. Tan en serio que Will supo que había ido demasiado lejos por alguna razón más que las palabras que usó. Cuando lo pensó un instante, mientras se sobaba el antebrazo herido y veía a dos jovencitas caminar del brazo seguidas de sus padres en la acera del frente; supo que Jake no había defendido su honor, sino el de ella. Algo así como si el hecho de que él pensara que Jacob podía obtener placer de Angélika, la ponía en mala posición a la cazadora.

Wilhelm de repente creyó saber qué pasaba ahí y, luego, se armó de paciencia para hablarle a su hermano.

—Angélika es una dama, pero eso no quita que también sea una mujer.

—Es una dama. —Insistió Jake, terco.

—Las damas también son mujeres, y las mujeres, aunque no lo creas, sienten y desean… —el ceño de Jake se frunció demasiado. Will se dijo que había tenido razón: Su hermano no podía imaginarse a Angélika como una mujer para la cama, porque eso le recordaba a la Condesa. Bufó—. Jake, eres un idiota.

El aludido decidió pasar por alto el comentario.

—¿Pero qué te pasa hoy…? ¿Por qué…?

—No, no. No cambies de tema. Eres un idiota. ¿Qué crees? ¿Qué todas las mujeres que demuestren querer contigo son unas libertinas, como resultó ser la «Condesa»?

Jacob estuvo a punto de responderle algo, hasta había abierto la boca para hacerlo, pero desistió de su intento, bajó la mirada y se encogió de hombros, con algo de vergüenza.

Los dos se sumieron en un silencio cargado de emociones acalladas y recuerdos en la mente. La mención de la «Condesa», como Will le llamaba, hacía alusión a las vivencias por las que Jake dejó de ser catalogado, con intereses, como virgen.

Sólo el mayor conocía los pormenores de la situación, pero Wilhelm podía hacerse un muy buen y exacto resumen: Una joven viuda que vivía prácticamente sola en una gran mansión, y que durante años, había tenido a su esposo en la guerra contra Francia; había pedido un profesor en casa para su hijo de 8 años. Jacob fue el escogido. Y, unos meses después, Will se dio cuenta de que su hermano había perdido «la virtud» con la hermosa mujer y que, al parecer, en dicha casa no sólo era el niño de ocho años el que aprendía. Otros, además de Jacob, se instruían con esa mujer de alta sociedad, en un arte que sólo se conoce en habitaciones con las puertas cerradas.

Según como lo recordaba el menor de los Grimm, su hermano primero pasó por unas semanas de extrañeza, culpa y miedo. Luego, se había enamorado de la mujer con una emoción y entusiasmo puros, posibilitando el que Jake le contara lo que pasaba a Will, el cual oía lo poco que le decía y llenaba los vacíos con su propia imaginación, envidioso de su suerte, pero preocupado por cómo iba a terminar la situación. Finalmente, Jacob había abierto los ojos y decidió alejarse de esa mujer para la que él sólo era uno más de sus «amigos especiales». Menos de un mes después, se había ido de viaje y no regresaron a Kassel en más de seis años.

La «Condesa», le llamaba Will. Jacob no la nombraba. A veces, el menor se preguntaba qué había sido de ella. Lo único que supo al regresar, fue que ella y su hijo ya no estaban en la ciudad.

Pero qué se había hecho esa mujer no era el quid de la cuestión. El punto era que, desde esa gran experiencia que había conseguido su hermano en varios meses hacía algunos años, Jacob no hacía nada por ponerla en práctica con cualquier otra pareja.

Will se exasperaba. Al vivir como estafadores, habían conocido todo tipo de personas y formas de vida. Eso les abrió la perspectiva, los había hecho más comprensivos frente a algunas cosas de la vida. Al menos a Wilhelm, pero con Jacob… Sus ideas románticas propias de quinceañeras, no habían cambiado.

Y menos con Angélika. La respetaba y adoraba demasiado como para dejarse ir más allá con ella.

En resumen: era un idiota.

Will tomó aire y volvió a hablar, lo más comprensivamente posible:

—Jake. Estoy seguro de que ella lo quiere. Mira, hace todo lo posible para estar contigo, siempre te anda acariciando…

—También es cariñosa contigo, y no por eso yo digo…

El menor lo vio con una expresión que le decía: «No seas idiota y déjame seguir», por lo que el mayor dejó de hablar, ya que lo había empezado a hacer sin mucha convicción:

—No es lo mismo y lo sabes. Cuando se despidió de nosotros hace un año, ¿Qué te hizo?

Jacob se sonrojó tanto que Will lo tuvo como toda respuesta, aunque el mayor dijo, bajo y algo tartamudeado:

—Pero ella ya nos había besado, cuando lo de la fiesta por la recuperación de las niñas.

Wilhelm estuvo a punto de darle un golpe en la cabeza, pero tomó aire, se llevó las manos al rostro y miró hacia el cielo (o al techo de madera del carruaje) para suplicar:

—Dios santo, ayúdame… —luego se volvió hacia Jacob, que lo miraba indignado—. ¡No es lo mismo, Jake! ¡Deja de ser gallina y ataca ya! ¡No voy a permitir que te quedes para vestir santos por idiota! Ella te besó, y siempre pasa mucho tiempo contigo hablando y…

—Lo mismo que hace con doña Bárbara, y no por eso…

—Sí, pero no es cariñosa con ella. Angélika es cariñosa conmigo, lo admito; y habla mucho con doña Bárbara, bien: pero sólo contigo hace las dos cosas.

Will sonrió. Veía a su hermano mayor pensativo y esperó algo, cualquier cosa, que dejara ver que Jacob había tomado la decisión de actuar.

El coche paró y el chofer se había vuelto a verlos, por la rendija a espaldas del pescante, para pedirles su dinero. Wilhelm le pagó al anciano, abrió la puerta y se bajó, pero tuvo que devolverse, algo exasperado aunque acostumbrado:

—Jake. Ya llegamos.

Él lo volvió a ver lentamente. Estaba pálido al decirle como ido:

—Tienes razón Will. Angélika sólo habla mucho conmigo y no es cariñosa con la señora Bárbara.

El menor no sabía por cuáles caminos se habían ido los pensamientos de su hermano, pero sí sabía que se las había ingeniado para no decidirse –de una vez por todas– en actuar con Angélika. Desistió de decirle algo más al respecto. Ya había perdido la paciencia y eso se vio en su hablar algo brusco:

—Sí. Ahora baja, camina, entra en la casa y…

—No puedo. Tengo que ir a recoger a Angélika. Hoy se quedaría hasta tarde en la imprenta.

Y, antes de que Will pudiera hacer algo, Jacob le dio la nueva dirección al cochero, el anciano arrió a los dos caballos (uno café y otro blanco con manchas negras) y los sonidos de la carreta moviéndose por arriba de la calle adoquinada, acompañó a Will en el silencio y el temor amenazante de ver, en la acera justo frente a la entrada de su hogar, a uno de los «Siete Hermanos». Estaba apoyado en la columna de la casa esquinera, con las manos en los bolsillos y un sombrero en la cabeza.

Antes de que Wilhelm pudiera terminar de tragar saliva; el hombre subió la cabeza, lo vio directamente a los ojos con esa mirada negra y penetrante, antes de sonreírle sarcásticamente mientras le prodigaba una inclinación de sombrero como saludo.

Will hizo puños sus manos algo sudadas y, haciendo lo posible para hacerlo lo más rápidamente que podía, le dio la espalda al hombre, subió los pocos escalones entre los herrumbrosos barandales y, ya en el estrecho pórtico, abrió la puerta con su llave para entrar con rapidez.

Respiró totalmente aliviado y con los ojos cerrados. Sólo dentro de su casa, se sentía totalmente seguro.

Otro de los acontecimientos extraños en esas casi tres semanas, y que hacía sentir a Will que estaba viviendo en una realidad muy parecida a la suya sin serla, era el creer que estaba siendo seguido por los «Siete Hermanos». Porque, aunque sabía en su cuerpo y en mente por su instinto de supervivencia; que sí estaba siendo seguido, él prefería creer que eran imaginaciones suyas. Eso era mucho mejor a que se sintiera totalmente justificado de sentir el miedo que a veces le atacaba de improviso.

Angélika opinaba muy diferente:

—También me han estado siguiendo.

Ese mismo día, como una hora después de la cena, Will había estado viendo por la ventana, ido. No se asustó cuando ella le habló, porque Angelika se había sentado junto a él en el sillón de tres espacios en que Will estaba casi acuclillado para poder ver a la calle; luego le había dado una suave y cariñosa palmada cerca de la rodilla para, finalmente, tirarle esa frase a bocajarro.

—¿En serio? —fue lo único que dijo el menor de los Grimm, apenas quitando la mirada del frente, hacia la figura del «Siete Hermano».

Ella lo palmeó de nuevo, para darle ánimos, mientras decía:

—No parece que nos quieran atacar. Ya lo habrían hecho si fuera así.

—¿En serio? —repitió él, pero con un tono esperanzado.

Angélika asintió aunque luego se puso seria, frunció el ceño y, viendo hacia fuera, justo a donde Will lo había estado haciendo ese tiempo; dijo con un tono de hielo que lo hizo preocuparse:

—Eso creo. Aunque no sé qué es lo que quieren. —Se puso en pie rápidamente y miró a Wilhelm, casi como un general vería a su pelotón—. Dentro de cinco minutos, sal por la puerta delantera, ve hacia la acera del frente y recórrela hacia la esquina opuesta. No te preocupes, cubriré tus espaldas.

Y, sin más, caminó hacia la cocina.

Will estuvo muy tentado a no hacerle caso, pero el hecho de que fuera Angélika, la cazadora-bruja algo escalofriante, la que le dio la orden, junto al punto de que parecía que los «Siete Hermanos» no lo querían atacar; lo convenció de cooperar con cualquiera que fuera el plan de Angélika.

-o-

La muchacha, encadenada al centro de una gran estancia vacía y en penumbra, tenía nauseas al ver la comida; aunque el hambre le había hecho doler el estómago por casi los dos días que había estado sin probar bocado.

Pero no le importaba. La joven no iba a tocar esa comida que la misma reina madre le había traído. No iba a rebajarse a recibir algo de esa maldita bruja... Su magia había logrado traspasar las protecciones que los había rodeado todo ese tiempo. Eso significaba que la más temida pesadilla que podía imaginar, se iba a hacer realidad esa noche.

Su cuerpo helado y totalmente temblante en fuertes sacudidas sabía que iba a morir aunque seguiría respirando, que después de esa noche su corazón se podriría por dentro de las lágrimas totalmente impotentes que iba a derramar, mientras ella le pediría al cielo que la enloquezca para no sentir lo que iba a pasar, para dejar de saber que su alma estaba totalmente descuartizada… esa noche la maldita usurpadora, la que se hacía llamar «reina madre», le iba a quitar la única razón por la que existir significó algo para la prisionera en todo ese tiempo, y luego la mantendría viva en un tormento que sólo la muerte podría ponerle fin.

Rugiendo de odio, entre lágrimas de lacerante impotencia, la joven tiró con todas sus fuerzas la tinaja hacia la silueta de la reina madre. Y, al ver que ni pudo golpearla con ese último acto hecho con toda la potencia de su corazón y voluntad; la joven empezó a llorar hondo, fuerte, como si lo hiciera con la emoción de más de 20 años de dolor acumulado. Intentaba poder respirar, poder suplicar, pero lo único que logró fue llevarse sus frágiles manos al rostro, sin importarle ya que esa mujer la oyera aceptar su derrota.

La que se hacía llamar «reina madre», estaba casi al filo de una de las aberturas en la pared de esa habitación. Sonreía con verdadera felicidad al oír ese llanto que hacía tiempo anhelaba presenciar.

Tenía los brazos en alto, y las manos abiertas hacia el cielo totalmente nuboso, negro, arremolinado, que apenas murmuraba los fuertes truenos que deseaba descargar mientras los rayos, moviéndose entre la inmensa nube, parecían no poder aguantar por más tiempo la necesidad de caer al suelo. El viento muy fuerte y cargado de una fuerza hormigueante, movía el vestido amarillo de la malvada mujer, que se mantenía en pie con facilidad aunque las ráfagas arreciaban como si quisieran hacerla caer varios metros atrás.

Los sonidos llegaban a la joven como señales inequívocas de lo que iba a pasar. El rumor de los truenos y el viento chocaban contra las paredes, haciendo que su cárcel vibrara un poco mientras la terrible sensación física que la envolvía cuando el viento entraba en su prisión, desde toda dirección, se burlaba de ella tocándole el cuerpo sin piedad, traspasándola con un frío que nunca antes había sido tan doloroso.

Cuando oyó los pasos de la «reina madre» acercándose a ella, –un solo en ese coro de maldad que arreciaba a su alrededor–, la joven pudo controlar un poco las convulsiones de su llanto, aunque no su incesante temblar. Movió las manos encadenadas hacia la mujer, en una actitud suplicante coronada con esa mirada llena de lágrimas en sus ojos azules. La voz volvió a poder funcionar en su garganta, aunque tan débil, aguda y tartamudeante; que evidenciaba la sinceridad de su ruego:

—Por favor… por favor, te lo suplico… yo soy y seré tu esclava. No necesitas, no necesitas… —no pudo decirlo. Un sollozo ahogó las palabras que no quería pronunciar y cerró los ojos anegados en lágrimas por un instante, dándose la fuerza para poder seguir hablando—: No son una amenaza para usted. Le juro que haré lo que quieras si no les hace nada. Seré…

Oyó la voz extrañamente dulce de su carcelera:

—Oh, niña. —la mujer se agachó frente a ella y, mientras la muchacha seguía susurrando su ruego, le acarició el rostro. Al instante en que sintió ese tacto, la prisionera dejó de hablar y miró con ojos cansados pero llenos de un leve brillo esperanzado, a la bruja. Ésta sonrió y le dijo—: No sabes lo feliz que me hace oírte rogar y llorar de ese modo, es todo lo que he esperado de ti en estos años... —La mirada y el tono de la mujer destilaron un regocijo malvado que hizo que la muchacha insistiera con más ahínco:

—¡… Por favor! ¡Por Víktor, él no…!

La cachetada que la reina madre le propinó fue tan fuerte, que su sonido resonó casi por encima del ruido de la tormenta. La joven, con un sollozo de dolor, cayó de lado, insertándose las cadenas en su costado.

El mundo se oscureció aún más, y la temperatura bajó de pronto, haciendo que el respirar fuera hasta físicamente doloroso para la joven prisionera. Volutas blancas salían de su boca hacia el aire como prueba visible de ese dolor.

La mujer se puso en pie. Detrás de ella, la tormenta alabó a su gestora con un ruido aún más grueso que presagiaban los truenos, un rayo iluminó a la bruja y el agua empezó a arreciar a raudales, viajando por el viento para mojar a las dos personas sin distinción alguna.

La reina madre estaba fuera de sí, sus ojos amarillos y brillantes, como los del tigre que va a atacar, estaban totalmente abiertos, y esa sonrisa se convirtió en una mueca de insano odio que sus palabras no podían emular:

—¡NO DIGAS SU NOMBRE! —un trueno apoyó sus palabras— ¡ÉL MURIÓ POR TU CULPA! ¡NO VUELVAS A DECIR NUNCA MÁS SU NOMBRE…! —Se agachó de nuevo y le cogió la quijada para que la mirara, con una fuerza tal, que parecía querer partirle el hueso en mil pedazos. Sintiendo no sólo su temblor, sino también el de su captora; la muchacha abrió los ojos y sintió su maligna mirada en ella, aunque no podía ver nada por las sombras que la envolvían. La voz fue un murmullo salido desde la más profunda y terrible oscuridad—. Y esto también va a pasar por tu culpa, Alieve. Porque no te dio la gana seguir mi orden. Si hubiera crecido conmigo como te lo exigí, yo hubiera hecho que no fuera una amenaza para mi reinado... Recuérdalo siempre: Tú me orillaste a quitarles la vida esta noche.

La joven abrió los ojos aún mas, presa de una impotencia tan atroz que la había dejado totalmente hundida en ella, sin encontrar algo más en su alma.

La mujer miró hacia el cielo, por sobre la cabeza de Alieve. Vio como la tormenta empezaba a moverse con inusitada rapidez y dejó salir otra de sus sonrisas por un instante, antes de coger la cabeza de la muchacha por las sienes y moverla para que el rostro quedara visible gracias a la luz de la luna que empezaba a filtrarse.

Le dijo, siempre en un tono tranquilo y extrañamente dulce, lleno de una felicidad que espantaba mucho más que sus gritos airados:

—Mira conmigo, Alieve. Sé testigo de mi victoria y atesora estas visiones dentro de ti.

Cerró los ojos y le besó la frente a la joven, que parecía haber perdido toda voluntad. Su corazón seguía bombeando y sus pulmones, llenándose de oxígeno; sin importarles que su dueña ya no quería que lo siguieran haciendo, porque no quería sentir el dolor que sabía que, inexorablemente, la iba a invadir dentro de muy poco.

-o-

Will había salido al oír la puerta de la cocina cerrarse con estrépito, lo cual interpretó como si fuera su señal de salida. A penas dio un paso a afuera, se mandó a cerrar la puerta como debía ser y a caminar siguiendo las instrucciones de Angélika.

La calle residencial, con casas ennegrecidas por las paredes de roca en las que estaban hechas y el moho, eran muy parecidas entre sí: altas, de dos o tres pisos, algo estrechas al frente pero grandes al fondo, con algunos techos puntiagudos.

El frío atenazó a Will apenas salió. Era un frío húmedo que le traspasaba la ropa y lo hizo desear devolverse por un sobretodo, aunque prefirió terminar con eso rápidamente y simplemente siguió caminando, con las manos en las axilas y un andar algo encorvado, mientras sorbía aire por la boca, con la respiración ligeramente agitada.

Miraba alrededor. No había nadie en la calle adoquinada (más que su perseguidor, el cual lo sentía en la nuca), aunque más adelante, un tránsito leve de carruajes y carretas le recordaba que no estaba solo en el mundo, como lo hacía parecer las casas con los fuegos apagados ya que todos se habían ido a dormir, menos en su casa.

Will bajó la mirada para que el viento que empezó a arreciar no le diera de lleno en el rostro. Pensando que, en condiciones usuales de su vida, esa vida antes de las casi tres semanas anteriores; él, un viernes en la noche como era ese día, no estaría ahí en su casa, sino en algún lugar de la ciudad, con muy buena compañía y ambiente. Algo a lo cual había tenido que renunciar por tener comportarse como un buen perseguido: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Will suspiró, sintiendo pena por sí mismo.

Sino hubiera sido por los faroles que daban su luz amarillenta a la calle, el lugar hubiera estado oscuro como boca de lobo, ya que las nubes habían tapado todo destello de luz extraterrena. Un trueno, bajo de volumen pero no de intensidad, lo hizo ver hacia arriba. Olvidándose por un momento de que estaba actuando de carnada, dejó de caminar y miró como las nubes del cielo se arremolinaban en una sinuosa y extraña velocidad.

Mientras Will se explicó diciéndose: «Va a llover», un fuerte empujón en la espalda lo hizo caer en la calle adoquinada.

Cuando abrió los ojos e intentaba darse la vuelta para levantarse, aún sin saber qué había pasado; vio algo blanco muy cerca de su rostro que lo hizo gritar de la impresión. Instintivamente, trató de alejarse, arrastrándose con manos y pies hacia atrás, clavándose las pequeñas piedras de la calle en las palmas y los glúteos, pero sin importarle para nada.

Al alejarse un poco, pudo ver que «lo blanco», era un rostro cerca de él… un trueno muy potente en el cielo, el viento más fuerte, mientras ese rostro le decía:

—Tú vienes conmigo. —sin ningún atisbo de duda, el brazo del hombre, que se levantó de estar acuclillado, se alargó hacia él.

Cuando Will oyó esa voz gruesa y profunda, que parecía que si susurraba con ella podía pasar por el mismo diablo hablando desde el lugar más oscuro del infierno; lo reconoció: Era… uno de los «Siete Hermanos».

Wilhelm entendió que parecía que estaba harto de estar vigilándolo por alguna extraña razón, o de que él no les pagara su deuda.

Will empezó a hablar en seguida:

—Mira, mira… en dos días tengo el dinero que les debo, con todo y los intereses…

Pero se quedó en silencio casi al instante. Pudo jurar que oyó un bufido antes de que el hombre lo levantara con una mano, cogiéndole la camisa. Luego, lo hizo caminar hacia algún lado, empujándolo para que lo siguiera, aún agarrándole de la ropa. Wilhelm, pensando en que ya era necesario que apareciera Angélika, siguió hablando nerviosamente para tratar de hacer algo de tiempo, mientras caminaba detrás de su captor:

—Lo que pasó hace unas semanas, con tus hermanos… no me ofende decirlo, no fui yo, fue una mujer. Ella, ella no es como…

De repente, estuvo mojado de pies a cabeza y sus oídos sordos a cualquier otro ruido que no fuera el bisbiseo de una lluvia profunda y continua. Fueron iluminados totalmente por un segundo, ensordecidos luego por el replicar de un trueno.

Los dos miraron hacia el cielo con ojos entrecerrados por el agua… ¡Como si necesitaran confirmación de que estaba lloviendo tan fuerte, que parecía que el cielo quería producir el diluvio universal en sólo una noche!

—¡MALDICIÓN! —oyó Will a la par suya, seguido de otra palabra que no entendió, pero que debía significar algo parecido. La mano que lo aferraba lo hizo moverse más rápido, mientras oía a esa voz decirle mucho más apremiante—. ¡CAMINA!

Luego, Will oyó, mezclados con la lluvia, unos fuertes burbujeos a su alrededor y vio, sin dejar de caminar, que una espuma blanca aparecía en los dos extremos de la calle, iluminada por los faroles con su luz amarillenta. Desde esa espuma y como si el agua que inundaba las calles fueran una laguna, emergieron varios hombres; siluetas negras pero con mucho brillo metálico y dorado en sus armaduras. Todos sobrenaturalmente grandes y altos, fuertes y con espadas en el cinto. Ante la mirada helada de pánico de Will, que los veía sin poder quitar la mirada; esos hombres se levantaron lentamente para dejar de estar acuclillados y, luego, levantaron la mirada de cascos totalmente cerrados hacia al rededor.

El «Siete Hermano» volvió a exclamar su maldición mientras los dos corrían hacia la casa de los Grimm, una casa esquinera que colindaba a pocos metros con unos cinco de esos hombres recién aparecidos, que, después de mirar hacia el lugar un instante, se llevaron la mano al cinto y salieron corriendo hacia ellos con gritos furiosos de guerra en su garganta y una espada en sus manos.

Los chapoteos y la crecida del agua les hacían más difícil el correr a Will y su acompañante, pero eso no les impidió hacerlo lo más rápido que podían.

OoOoO

¡Bueno, Gente!

¡Eso es todo por ahora! ¡Espero sus reviews para agradecerles como merecen!

¡Hasta Luego!