Capítulo 16: El ataque

Lucius Malfoy se preparaba para la guerra.

Permanecía de frente a un espejo de cuerpo entero, sin mirar, pero aún así sabiendo cómo se veía, cómo podía interpretarse, a su modo de ver, lo que estaba haciendo. Sus pálidos dedos abotonaban la camisa de seda negra con lentitud, recreándose en el tacto de los botones de nácar, la suave tela sobre su piel, el sonido áspero de ésta al acomodarse entre los recovecos de su cuerpo. Tenía los pies fríos de andar descalzo, y el músculo del muslo derecho le temblaba a causa de tosca piedra que conformaba el suelo.

Nunca en todos estos años de lealtad para con su sangre (pura, obviamente) Lucius Malfoy había cambiado el ritual a la hora de acicalarse antes de un combate, y esta vez no iba a ser una excepción. Eran sus propias normas y le gustaba seguirlas. Horas atrás había tomado un baño de agua helada, para luego peinar su cabello con parsimonia hasta convertirlo en hebras de un rubio platino que brillaban fantasmagóricas con el reflejo de las velas. Sus ropas, dispuestas en un chaise longe, permanecieron primorosamente dobladas hasta que comenzó a vestirse.

Se miró en el espejo, soltando un sonido apreciativo cuando el rostro maduro de un hombre de piel pálida, rostro puntiagudo y sonrisa siniestra le devolvió la mirada de unos ojos claros.

Una vez su padre le había dicho que un hombre se vestía por los pies, y que por ello siempre se empezaba por los calcetines, luego los pantalones, zapatos y finalmente la camisa. Lucius no pensaba igual. Lo más importante de un hombre era la mente. Ésta debía conservarse fría en todo momento, dispuesta, si la situación lo requería, a pensar con la claridad suficiente como para escoger el camino correcto en caso de necesidad. Por ello siempre se cuidaba de estar despierto y en alerta, fuera la hora que fuese, y reverenciaba esa parte tan esencial para conformar su identidad como podría hacerlo una hembra con sus cachorros.

Ésa era la causa de su baño matutino de agua fría, del esmero cepillado de su cabello, de ponerse la camisa antes que los pantalones. Todos y cada uno de sus movimientos rígidos, automáticos, pero dejando traslucir una especie de tributo a lo que le esperaba su mente, al largo recorrido que debía hacer para que su plan saliera bien.

Alguien llamó a la puerta en el momento justo de subir la cremallera de su pantalón.

- Entra.

Una figura encapuchada emergió de la oscuridad del pasillo de piedra. Era alta, delgada, de manos finas y enguantadas. Lucius siguió vistiéndose, colocando una chaqueta de vestir sobre sus hombros sin siquiera mirar al recién llegado.

- ¿Ya esta todo listo?

- Los cachorros mordieron el cebo y los depredadores salimos a cazar. - soltó de carrerilla, como si aquella frase fuera premeditada. Lucius sonrió.

- Excelente.

Engarzó la correa de piel de dragón en las presillas del pantalón, a la vez que le hacía señas al recién llegado para que abandonara la estancia.

No lo hizo.

Los ojos claros de Lucius se alzaron un momento, observando a la figura desde el reflejo del espejo. Su rostro denotaba contrariedad.

- ¿Y ahora qué ocurre? - elevó la voz un tono más de lo necesario, haciendo que sonase crispada, casi nerviosa.

La figura en la capucha se removió, y de entre sus pliegues Lucius vislumbró un colgante en forma de serpiente, que brilló oscilante cuando la luz de las velas lo iluminaron.

- El observador de Draco vino con noticias frescas, y no parecen halagüeñas. Álika Mahmadou y él tuvieron una breve reunión. Parece ser que Draco fue informado de tu incursión en el desierto.

Lucius dejó expandir una sonrisa siniestra, acabando de abrocharse el cinturón.

Álika, Álika, Álika.

Hubiese preferido que su breve visita al Reino de las Arenas permaneciese en secreto un poco más de tiempo, pero tampoco era algo excesivamente importante. Después de todo, su intención fue desde un principio que su hijo se enterase de sus planes. La intromisión de la muchacha solo aceleraba el proceso. Lo mejor de ser el malo, era que siempre sabías qué iba a suceder, aunque nunca el cómo sucedería.

- No importa. Seguiremos con lo planeado. - la figura alzó una mano enguantada. Parecía confusa por la réplica.

- Pero, señor…

- ¿Alguna cosa más? - interrumpió Lucius, sentándose en el chaise long para ponerse los calcetines.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe, haciendo que el encapuchado no llegara a responder. Lucius, sentado aún en el sofá, suspiró con fuerza, asintiendo con la cabeza para saludar a su intempestivo visitante.

- ¡Tenemos que hablar!

El tono en el que se había expresado no dejaba duda de que aquello iba a pasar con o sin su consentimiento. Le molestaban las órdenes, más aún si venían de quien venían ahora, pero sabía que aquella era una conversación que tarde o temprano sucedería, así que decidió enfrentarla. Lucius acabó de atarse los zapatos, contó hasta diez, y miró con aire contrito a las dos personas que estaban en la habitación.

- Vete - le susurró a la figura oculta tras la capucha.

Cuando el recién llegado y él se quedaron a solas, Lucius tomó asiento en un sillón de piel oscura, mientras estiraba la tela de los puños de la camisa.

- No sé qué haces aquí, Astoria. Sin embargo, espero que tengas un buen motivo para molestarme en tan señalado día.

- Quiero romper el trato. - Lucius maldijo para sus adentros, pero su semblante era estoico cuando alzó las cejas inquisitivamente.

- Me temo que ya es muy tarde para eso.

Astoria Greengrass, envuelta en una fina capa azulina de brocados de plata, observaba a Lucius con el ceño fruncido y un mohín de niña consentida que desfiguraba su boca. Lucius pensó que era muy bonita, con ese cabello tan largo y negro, y su enjuta figura; incluso puede que un tanto exótica, pero una mujer como ella no pagaba los quebraderos de cabeza que estaba dando sus pequeñas intromisiones.

Cuando decidió meterla en el plan, Astoria no representaba problema alguno; era un peón más a utilizar en su objetivo para destruir a su hijo y adquirir poder. Fue fácil organizar un encuentro clandestino en Azkaban, más ahora que el Ministerio desconfiaba tanto de los dementores como para despojarlos de su autoridad y poner en su lugar magos de su confianza. Pobres ilusos, sólo utilizaban a los dementores en contadas ocasiones, y por ello Astoria pudo chantajear a uno de los encargados para hablar con Lucius. Después de esa reunión, todo quedó acordado: Ella le ayudaría a escapar y Lucius a cambio no le haría nada a Draco. Evidentemente, él no pensaba cumplir con su parte, pero eso era algo que no pensaba contarle a Astoria. Draco entraba en sus planes como otro peón del entresijo, y pensaba exprimirlo hasta la saciedad. Cuando obtuviese lo que ansiaba, Lucius mataría a Draco y a Astoria.

Pero al parecer, la muñequita empezaba a ser más un estorbo que un beneficio para sus objetivos.

- ¿Y bien? - inquirió el mago, poniéndose de pie.

- Tu hijo te odia.

Lucius soltó una carcajada.

- Créeme, el sentimiento es recíproco. - la sonrisa se borró de su rostro - Esto son negocios. Draco es un simple instrumento.

- Si se entera alguna vez de que yo estuve de tu lado para urdir en su contra, no se casará conmigo - pateó el suelo de piedra, furiosa, sus ojos con un brillo colérico - Nunca tuve que hacerte caso y sacarte de Azkaban.

La mirada de Lucius se tornó fría, letal.

- Tu familia está a salvo, ¿no te parece ese un buen pago por tus servicios? Por no mencionar de que has conseguido prometerte con mi hijo. Creo que es suficiente para lo poco que has dado.

Astoria tragó con fuerza, pero levantó la barbilla con orgullo, dispuesta a luchar.

- Quiero romper el trato.

- Eso es imposible.

- ¡He dicho que quiero romper el trato! - gritó la muchacha, apretando los puños - Ya fue complicado que Draco aceptara casarse conmigo sin estar enamorado de mí, pero si esto sale a la luz… no tendré forma de conquistarlo. Nunca.

Mujeres, pensó Lucius, echándose el cabello hacia atrás. En todos estos años, lo único que había aprendido de ellas era que su egoísmo era infinito. Cuánto más tenían, más querían. Si te acostabas con ellas, querían una relación, si eras su pareja, deseaban casarse, y cuando ya habías aceptado tener hijos, mantenerla y respetarla en la medida de lo posible, te exigían el divorcio.

Mujeres.

- ¿Vas a cambiar todo lo que has logrado, todo el poder que te espera, porque quieres que Draco se enamore de ti? - preguntó Lucius con escepticismo. No era cierto, pero debía de contraatacar con todas las artimañas posibles.

La duda pasó por los ojos de Astoria un segundo, un pequeño destello de inseguridad que supo apartar a tiempo. Luego, éstos estuvieron teñidos de tristeza al añadir:

- Me gustaría que me amara del mismo modo en que lo amo yo.

- Niña tonta - respondió Lucius, chasqueando la lengua mientras le dedicaba una mirada de desprecio - ¿qué importancia puede tener el amor, cuando vas a tener a tu lado al sucesor del Señor Tenebroso? Piensa bien en ello, Astoria, y verás que lo que sugieres no es una buena idea.

Astoria tenía ese semblante obstinado que toda mujer posee a la hora de luchar por lo que cree justo, y Lucius sabía, antes de que le respondiera, que aquella batalla estaba perdida.

- Quiero que me ame.

- Podrías tener el mundo en tus manos - la tentó.

- ¿Y de qué me valdría si el hombre que quiero está a mi lado por obligación?

Lucius suspiró con cansancio. Esperó varios segundos, intentando cabilar cómo enfrentarse a ella.

- No piensas con claridad.

- No son pensamientos, sino principios. Una vida con Draco maldiciendo por tenerme a su lado sería una infierno. Quiero casarme, tener hijos, estar a su lado. Y lo quiero todo para mí. Todo.

La última palabra la dividió en sílabas, dándole cierto énfasis que a Lucius le sonó a exigencia. Y él no obedecía a nadie. Había lamido botas como el que más cuando el Señor Tenebroso existía para sobrevivir, pero ese no era el caso. Ahora él estaba al mando, y pese a que no tenía tanto poder como su anterior amo, tenía claro que los que estaban bajo su mando lo obedecería, aunque le costara sudor y sangre.

Aunque tuviera que sacrificar una vida tan importante como la de Astoria por ello.

Levantándose con lentitud del sillón, se encogió de hombros, aceptando la pérdida.

- Bien, si esa es tu decisión, entonces no me dejas otra alternativa - susurró, alargando la mano para coger su varita. Astoria dio un paso atrás, los ojos abiertos de la sorpresa y ya con una mano metida en la capa.

- ¡Pero qué…!

No tuvo tiempo de más.

- Avada Kedavra.

Ni siquiera gritó cuando lanzó el conjuro. Ni siquiera lo sintió venir, y eso satisfizo a Lucius más que cualquier cosa. Era lo que más amaba en el mundo: La sorpresa reflejada en la cara de sus enemigos, el pulso acelerado cuando lanzaba el hechizo, y el toque final, cuando éste emitía una luz brillante y todo llegaba a su fin. Como la vida misma, morir era una exhalación que surcaba el cielo para hacerte descender a los infiernos.

El cuerpo de Astoria hizo un sonido hueco cuando se estrelló contra el suelo de piedra, haciéndole una herida en la cabeza que sangraba profusamente. Lucius observó su obra de arte con auto admiración. El charco que se formaba, el cuerpo inerte, los ojos abiertos… era macabro, y sin embargo reflejaba la perfección de un trabajo bien hecho.

Ah, la muerte. Dulce, triste y gloriosa muerte, pensó, sonriendo a la nada.

Siempre se vanagloriaba de coger a sus enemigos desprevenidos, y le encantaba verlos morir con el rostro contraído por la herida de la traición. Astoria, desde luego, había hecho una magnífica actuación.

Lucius dio dos pasos, se agachó al lado del cadáver, y miró en los ojos de Astoria Greengrass, abiertos de par en par, sin encontrar vida en ellos. El iris azul, la redondez perfecta, sus largas pestañas. Qué desperdicio. Acariciándole el cabello negro como un padre haría con una hija, hundió los dedos índice y corazón de la otra mano en el charco de sangre, luego los levantó, trazando dos líneas rojas en una de las mejillas de la muchacha.

- Te dije que era imposible. Debiste seguir las pistas y te hubieses ahorrado este final - luego lamió sus dedos ensangrentados, y el sabor metalizado llenó su paladar, tan eléctrico que por un momento se permitió cerrar los ojos y deleitarse con su sabor, con la textura densa que casi lo llevó a explotar. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, inflándole energía -. Ah, qué sangre tan mal desperdiciada.

Lucius guardó la varita en uno de los bolsillos del pantalón, y dedicándole una última mirada fría a su macabro asesinato, llamó a gritos al desconocido encapuchado. Cuando éste apareció, no hizo preguntas, pero Lucius pudo ver que temblaba bajo la tela.

- Sácale una foto, y déjala en mi despacho. Cuando hayas terminado, recoge todo esto.

- ¿Y q-qué hag-go con el cuerpo, m-mi señor? - preguntó el vasallo a trompicones, empezando a hacer florituras con la varita para elevar el cadáver.

- Mándaselo a su familia, entiérralo, quémalo. No me importa. Pero quiero esto despejado cuando regrese, ¿entendido?

- Sí, mi señor. - cuando el sirviense te marchaba, Lucius volvió a llamarlo - ¿Sí, amo?

- Deja el cuerpo en mi despacho, creo que sé quién lo querrá.

Se marchó sin cerrar la puerta, sus pisadas resonando en las piedras, anticipando sus movimientos, dejando al encapuchado atrás.

Lo peor del asunto, se dijo, es que ahora debía buscar a otra mujer para ocupar el lugar de Astoria. Alguien con ansias de poder, más incluso que su antecesora; estaba claro que no había sido aliciente suficiente como para evitar su deserción, así que debía encontrar a alguien libre de escrúpulos, alguien a quién no le importara sacrificar un pequeño tributo por el bien de la comunidad, alguien que…

Lucius dejó expandir su piel hasta que no pudo evitar enseñar los dientes. Sus ojos claros fijos en la nada, su cabeza a mil millas de distancia. La había encontrado.

- Te tengo - murmuró.

Lanzando una carcajada al aire, se acercó a la ventada más próxima, saltó por ella… y desapareció.

POV Hermione

Corría.

Estaba en un enorme campo de girasoles, sus pétalos amarillos vueltos hacia el oeste, abiertos de par en par, los tallos de un verde intento tan altos que me dificultaban el avance. Miré en derredor, hacia el cielo, que resplandecía. El suelo crujía bajo mis pies, lleno de hojas amarillas y flores marchitas.

Seguí corriendo buscando algo, intentando encontrar ese algo.

Y también estaba huyendo.

Notaba la respiración entrecortada, dolor en el costado. Barrí la frente con el dorso de la mano, apartando el sudor que me impedía ver con claridad. El aire azotaba mi cabello, y noté que lloraba, lo que me dificultaba la acción de coger aliento para continuar. Y hacía calor, mucho calor.

Pero tenía que correr, tenía que seguir.

Mis brazos, arañados de tanto apartar los tallos, dolían por el esfuerzo, y mis piernas se negaban a continuar a ese ritmo. La angustia me hizo caer de rodillas, arrastrarme unos cuantos metros y luego levantarme a trompicones. Abrí camino con insistencia, sin saber muy bien dónde ir, qué camino escoger.

La ansiedad me invadía con cada paso que daba. Busqué a tientas mi varita sin dejar de avanzar, pero no la encontré. Me sentía sola y abandonada.

Tras de mí, escuchaba el murmullo del viento batirse inquieto, una brisa que fue tornándose violenta conforme el ruido de las hojas al chocar se hacía más intenso. Giré mi cabeza un momento, dispuesta a saber a qué temía tanto, qué me perseguía con tanto ahínco.

No había nada.

La luz del sol me cegó durante unos instantes, segundos que aquella cosa que me perseguía utilizó para asestarme un golpe en la cara. El escozor del golpe impactó en mi mejilla, y cuando me toqué la herida vi que el sudor se había mezclado con mis lágrimas y mi propia sangre.

Corre, Hermione.

Entre jadeos, cogí hacia la derecha para despistar a mi perseguidor, rezando a quién pudiera oírme para que me permitiera vivir. Mis pasos se hacían más lentos, cada uno más pesado que el anterior. Tenía calambres en las piernas y el sudor pegaba la camisa a mi espalda. Un grito ahogado me desgarró la garganta, sin atreverse a salir del todo, y con mis últimas fuerzas, avancé unos metros más, despejando el camino a base de golpes.

Fue entonces cuando lo vi.

Allí, mirándome fijamente, había un niño. No tendría más de seis años. Su cabello rubio oscuro estaba alborotado por el viento, y la luz del sol hacía que sus ojos se vieran muy claros, de un azul metalizado, casi grises. Vestía una camiseta azul, pantalones cortos de un blanco inmaculado e iba descalzo. El cabello, más largo de lo normal, estaba alborotado por el viento, y le caía a mechones alrededor del rostro.

- ¿Vienes a ayudarme? - su voz era dulce pero imperiosa. Firme y a la vez delicada.

- No puedo - le dije -. Me persiguen.

Tenía pecas en el puente de la nariz, y cuando sonrió -una risa triste, tan triste que debería estar prohibido que un niño sonriera así- se multiplicaron, haciéndolo todavía más hermoso. Más niño.

- A mí también me persiguen - me dijo, y luego volvió a preguntarme - ¿Vienes a ayudarme?

Eché un vistazo alrededor. La cosa seguía tras de mí, pero ahora estaba lejos.

- ¿Dónde están tus padres? - pregunté, y mi voz salió entrecortada por la carrera.

- No tengo padres.

- ¿Y tu familia? ¿abuelos, tíos? ¿Un primo quizá? -cuando volvió a negar con la cabeza, el pelo le cayó sobre la cara. Se lo aparté delicadamente - ¿Cuál es tu nombre?

- No lo sé. Aún no tengo ninguno - respondió, ladeando la cabeza. La respuesta fue de lo más extraña. Nos observamos en silencio unos segundos, sin emitir sonido alguno. Al cabo de un rato, me preguntó - ¿Cómo te llamas?

- Hermione - él arrugó la nariz, y el ceño se contrajo a la vez.

- Es un nombre muy feo.

- Ya. Bueno, mis padres no estuvieron muy inspirados, la verdad.

- A mi me gusta mucho el nombre de Mark, o Robert - sonrió nuevamente, esta vez la alegría se reflejaba en su pequeño rostro - Entonces podrían llamarme Bobby. Bobby haz esto. Bobby ayuda a lo otro. Tiene carácter, ¿Verdad? - al ver que no respondía, añadió - Mi nombre favorito es Adam.

- Adam es bonito - le dije, y él sonrió todavía más. Por unos momentos yo también sonreír, pero el chasquido proveniente de los girasoles me hizo reaccionar y volver a lo importante - No deberías estar aquí.

- ¿Por qué no? - parecía sorprendido.

- Hay una cosa que me sigue.

- No te sigue a ti. Me busca a mí - se rascó el brazo un momento, y luego volvió a mirarme - Me quiere para él.

- ¿Para hacerte daño?

- Creo que sí. Por eso necesito ayuda - parpadeó un par de veces, y agachó el mentón, concentrado en remover la tierra del suelo con sus pies descalzo - ¿Vienes a ayudarme?

- No.

Su mirada ahora era pura desesperación. Dio dos pasos y me sujetó con fuerza por la muñeca, zarandeándola para llamar mi atención.

- ¿Pero vas a ayudarme?

Y lo dijo con tal tono de aprensión, con tanta inocencia impresa en cada palabra, sílaba y letra, que lo único que pude hacer fue cerrar los ojos y darme por vencida.

- Sí.

- Entonces será mejor que despiertes.

Y desperté.

PVO Draco

Lo peor de enfrentarte a un nuevo día, es no saber si vas a vivir el tiempo suficiente para ver el siguiente.

El ser humano, sin importar el que sea muggle o mago, tiene la certeza de que va a morir. Es algo natural, inevitable, y no por ello deja de generar desasosiego ante la incertidumbre, pues nunca se sabe cuándo ocurrirá. Puede que sea mañana, u hoy en la tarde, y siempre puedes pensar que morirás a una edad avanzada, cuando has visto crecer a tus hijos y nietos. Entonces mirarás a tu alrededor y podrás irte en paz, sabiendo que has hecho lo que tenías que hacer. Tal vez cometiendo errores, quizá no siendo siempre acertado en tus decisiones, pero así es la vida, y tú al menos la has vivido.

Esto es completamente diferente.

Me gustaría decir que era una mañana soleada, que el sol se alzaba entre las montañas y que el cielo iba adquiriendo tu tono anaranjado como cualquier otro día. Pero como un augurio de mala suerte, hoy el tiempo no estaba de nuestro lado. El cielo era de un gris plomizo, con nubes tan densas y oscuras que ni un mísero rayo matinal había escapado de su cautiverio. En el horizonte, podías vislumbrar cómo la tormenta descargaba su ira al otro lado de las montañas, dejando a su paso relámpagos centelleantes y un sonido que sólo era comparable a la ira de un dios.

Llevaba apostado en el alféizar de la ventana toda la noche, esperando el indeseado amanecer. Había fumado un cigarro tras otro, contaminando la habitación de un humo tan denso y gris como el de las nubes. Me imaginé en una celda, como un preso esperando el beso del Dementor. Sí, así me sentía, encerrado entre esas cuatro paredes, en una jaula de oro que hoy llegaría a su fin.

Una mano sobre mi hombro me llevó de vuelta a la realidad.

- ¿Draco? ¿Qué haces tan temprano levantado? - me di la vuelta y enfrenté los ojos azules de mi madre, su tez pálida, su frente alta y distinguida. Le sujeté la mano y me la lleve a los labios, para depositar un beso en sus nudillos. Ella soltó una risita nerviosa. Olía a flores.

- ¿Y ese beso? - preguntó, pero no apartó su mano, sino que la alzó un poco, apartándome el flequillo y tocándome la frente. Su tacto era reconfortante, casi podía sentirme niño. - ¿Tienes fiebre?

- No - le dije, y mi voz sonó ronca. A duras penas, le sonreí. - ¿Por qué? ¿No puede un hijo rendirle cariño a su madre?

- Bueno, un niño normal, sí. Pero estamos hablando de ti; nunca muestras tus sentimientos - al vez mi ceño fruncido, meneó una mano - ¡No importa, no importa! Yo sé que me quieres mucho, aunque no me lo digas.

- Eres lo único que me queda, madre. Mi soporte en las noches más oscuras. El hogar.

Parpadeando para aguantar las lágrimas, se acercó a mí y me abrazó. Y como un niño pequeño, me aferré a su túnica dispuesto a disfrutar de ese instante. Si tuviese tiempo, me dije, si fuera posible permanecer así un día entero, escondido en el regazo de mi madre. Abrazándola, embriagándome con su perfume y el tacto de su cabello. Recordando los buenos momentos, y construyendo otros aún mejores. Tanto tiempo desperdiciado, tantos instantes perdidos por nada.

- ¿Bajarás a desayunar? - preguntó, mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de hilo bordado.

- No, debo irme. Me esperan.

- ¿Quién? Es sábado.

- Negocios, madre. Negocios.

Iba a reunirme con Potter y Weasley a las afueras de Londres, donde supuestamente estarían todos los demás. Habíamos acordado que Granger se quedaría con mi madre, vigilándola, así que acudiría sin escolta, ya que la hermanita pequeña debía estar en el estadio un par de horas antes del partido.

Observé a mi madre de nuevo arrugar el ceño y fruncir los labios en desacuerdo. Siempre hacía lo mismo cuando no estaba conforme con algo. Cuando arrugaba sus labios, parecía más joven de lo que era. Intenté captar la imagen, ese momento tan bonito, para, si moría, irme con esa imagen de mi madre tan infantil hacia dónde me enviaran.

- Espero que vengas a cenar a tiempo. Hoy tengo pensado que comeremos pudding, y ya sabes que si no se come al instante de prepararse no sabe igual.

- Sí, lo sé. Estaré aquí alrededor de las seis.

- Bien - asintió ella, y tras el velo cristalino de sus ojos, pude leer que estaba preocupada. - ¿Estás seguro que no ocurre nada? Hoy pareces… no sé, diferente.

- No pasa nada, mamá. Nada en absoluto - la cogí por los hombros, y dándole la vuelta la empujé suavemente hacia la puerta - Vamos, tengo que vestirme y darme un baño. No creo que estés interesada en verme desnudo, ¿verdad?

- ¡Tonterías! - exclamó ella - Te bañé hasta que cumpliste ocho años, ¿quién sino te cambiaba los pañales? Te aseguro que te tengo muy visto, ¡más que visto, memorizado! Incluso me acuerdo de esa marca que…

- Adiós, madre - la corté, y luego cerré la puerta lentamente, dejándole con la palabra en la boca, pero pude escucharle añadir:

- ¡La marca que tienes en la ingle en forma de margarita!

Luego de que se fuera mi madre, me metí en el baño y me di una ducha, intentando despejar mi mente, pero no podía apartarla de Narcissa, ¿qué haría cuándo yo faltara? ¿qué sucedería con ella, se pondría peor, quedaría desamparada?

Solo de pensar que pudiese caer en manos de Lucius me hervía la sangre. Si la atrapaba, si la hacía prisionera, nunca me lo perdonaría. Debía protegerla, pero, ¿cómo? Para cuando eso sucediera yo ya no estaría. Entonces, como un haz de luz, la imagen de Granger se me formó en la cabeza.

Recordarla trajo consigo las imágenes de anoche, como si fuese una pesadilla. Un mal sueño con aroma a vainilla.

- Mierda.

Había sido un error. Me equivoqué en todos y cada uno de los pasos que di, y no estaba dispuesto a repetir la experiencia. Sin embargo, me era inevitable recordar los sucedido a pequeñas imágenes. Cada una de ellas venía a mi mente como una foto en movimiento, teniendo significado cuando juntabas todas las piezas del rompecabezas y tenías ante ti la escena montada.

Granger abofeteándome. Granger besándome. Granger suspirando, sujetándose a mis hombros mientras yo la tocaba, y le mordía, le rasgaba el vestido y… y… ufff.

Abrí el grifo del agua fría.

- ¡Joder!

Estaba helada. Tenía la sensación de cientos de cubitos de hielo deslizándose por mi espalda, contrayendo mis músculos e infligiéndome la paz mental que necesitaba. Paz, paz, paz. Dónde te metiste que no te encuentro.

Al fin y al cabo, pensé, no toda la culpa fue mía, ¿por qué, sino fuera por mera atracción, me habría correspondido el beso? Ella también lo quiso, tanto o más que yo. No, no, espera, yo no lo quise, en ningún momento. Aquello fue… no sé, decir magia sonaría estúpido, pero tal vez era eso. Un hechizo que tal como vino se desvaneció cuando vio la marca de mi brazo.

Observé el tatuaje una vez más, como muchas mañanas hacía mientras me duchaba. Es curioso cómo el ser humano ignora que ciertas marcas regirán su futuro casi en el instante en que éstas salen a la luz. Como si fuera un camino, ellas están ahí para crearte un destino, una especie de recordatorio que te haga imposible desviarte de lo previsto. Sino miremos a Potter. Esa cicatriz en forma de rayo en su frente le hizo formar parte de una guerra que ni entendía y que, sinceramente, nunca llegará a entender. Antes de que lo marcaran era un niño como cualquier otro. Comía, bebía, dormía y jugaba. Tenía unos padres, una familia, un futuro incierto. Y ¡zas! Una noche, un mago poderoso entra en su casa, mata a sus padres, y le marca a golpe de maldición el destino que antes no tenía escrito. A partir de entonces, todos son obligaciones: morir o sobrevivir. Luchar. Salvar al mundo mágico. ¿Qué hacer entonces con tanta responsabilidad? ¿Cómo enfrentar el hecho de que fuiste creado para un fin, cuando realmente fueron los medios lo que provocaron ese cambio?

Mi marca es lo mismo. Nacido en una familia de sangre pura, educado por ellos para odiar a los muggles, instruido como Mortífago para tener riquezas y poder. Un destino elegido para mi, impuesto y obligado a seguir. Un futuro escrito tras un poco de tinta en un brazo. Qué poco se necesita para crear a un monstruo. ¿Y cómo cambiar? ¿Cómo redimirte sin caer en la humillación? Nunca podré demostrar mi valía, mi lealtad si gente como Granger continúa echándome en cara el daño que hice, el pasado que no puedo ocultar ni borrar. Llegará un momento en el que me cansaré de luchar contra corriente, de blandir una espada como el mejor de los caballeros. Acabaré abatido bajo tanto miedo y tanto prejuicio, de tanta duda o presunción. Y finalmente, para mi desolación, me daré por vencido y creeré lo que ellos creen: Que tengo mis manos manchadas de sangre inocente. Líquido rojo, y caliente que se escapa entre mis dedos como un suspiro en el aire. Entonces yo moriré, y mi esperanza de ser alguien diferente se irá conmigo.

Pero antes de que caiga por el abismo, salvaré a mi madre.

Terminé de bañarme y me vestí como de costumbre, escogiendo una camisa negra con pantalones a juego y túnica de ejecutivo. Cuando me di un último vistazo ante el espejo, pensé que la decisión estaba tomada. Dolería como el demonio, pero no me quedaba alternativa si quería ver a mi madre sonreír de nuevo.

Salí de mi habitación con paso seguro hacia la de Granger, repitiéndome a mí mismo que no tenía otra alternativa.

PVO Hermione

Cuando abrí los ojos, me encontré frente a frente con la cara de Malfoy.

- ¡Ah!

No pude evitar el grito, así como tampoco el miedo que me subió instantáneamente por la garganta. ¿Había dormido conmigo? No, no. Recuerdo perfectamente que me marché ¿vendría a ver cómo me encontraba? Demasiado angelical para un neardental. ¿Para matarme? La última pregunta cobró fuerza sobre las otras. Como si estuvieran automatizados mis brazos se extendieron intentando apartarlo y le di un manotazo en la cara.

- ¡Oh, joder!

Malfoy se echó para atrás, ambas manos ocultando su boca. Yo aproveché el momento para ponerme en pie y llevarme la sábana conmigo, lo que hizo que él, sentado en mi cama, resbalara y diera con su trasero en el piso con un golpe seco. No me importó. Aferrada como si fuera un escudo mágico, subí éste hasta la barbilla, ocultándome tras él mientras el terror y las náuseas sacudían mi estómago.

¿Cuándo me había quedado dormida? Tuvo que ser entrada la noche, porque durante horas estuve mirando al techo y sacando, una a una, esas imágenes que azotaban mi mente y retorcían mis entrañas hasta sentir remordimiento. Recordaba lo de ayer, es decir, todo lo que el dolor de cabeza y las ganas de vomitar me dejaban. Creía que iba a tener tiempo de enfrentarlo más tarde, no sé cuándo, pero mucho más tarde que justo después de despertarme.

- ¿Q-q-qué haces a-a-aquí?

- ¡Por Salazar! ¿Qué quieres, matarme? - al apartar las manos de su boca, vi que estaba sangrando. Sus ojos echaban chispas - Me has golpeado.

- No fue a propósito. Me has asustado.

- Por supuesto - dijo, poniéndose en pie -. Seguro que estabas pensando que nunca te has despertado con el rostro de alguien tan guapo al lado.

Aferré las sábanas con más fuerza.

- No seas tan egocéntrico.

Malfoy se pasó la lengua por los labios, luego sonrió.

- Se llama realismo, Granger, asúmelo de una vez. Para lo lista que eres, confundes los conceptos continuamente.

Estaba a dos metros de mí, con esa enorme cama con dosel por medio, uno a cada lado, pero podía sentir cómo sus ojos me traspasaban tan nítidamente que empecé a temblar. Me concentré en contar hasta diez, esperando que apartara la mirada, pero no lo hizo. Conté hasta cincuenta, pero la cosa no mejoró. Cediendo, bajé el rostro hasta que mi barbilla tocó el esternón. Algo en mí había cambiado.

Ya no podía sostenerle la mirada, y yo sabía porqué: Lo que sucedió, lo que hicimos, o casi hicimos. Oh, Dios, ya nunca más me imaginaría a Malfoy sin camisa, porque simplemente ya sabía lo que tenía tras ese trozo de tela. Piel suave, pálida, musculosa y… y… ¡no, no, no! Aparté esos pensamientos de mi cabeza, concentrándome en mostrar todo mi aplomo frente a él. Puede que ayer estuviese débil, pero hoy era fuerte de nuevo, al menos, eso debía aparentar. Cerré los ojos con fuerza, y luego los enfoqué en él, deseando con todo mi ser que aquello funcionara.

- Nadie te invitó a mi habitación. - mi voz salió firme al principio, pero luego noté el ligero temblor. Malfoy, sin embargo, no parecía haberse dado cuenta.

- No, no, Granger. Nuevamente confundes conceptos - señaló, volviendo a tomar asiento en la cama - Esta es mi habitación, mi cama y mi casa. Tú estás en ella porque no tengo más remedio. En todo caso, la invitada serías tú.

Enrollando la sábana alrededor de mi cuerpo, fui hasta el tocador para sentarme en el taburete. Cuando llegué a la casa, me había impresionado la ostentosidad del mobiliario, pero ahora, después de una semana, aquella habitación, que era más grande que mi propio apartamento, se me hacía familiar, casi diría que me sentía cómoda en ella. Daba igual si era de mi propiedad o no, en mi interior era como si formara ya parte de mí, y yo de ella. Me mordí la lengua y apreté la mandíbula con fuerza. Tenía la réplica en la punta de la lengua, iba a decirle que ayer no pensaba igual, pero claro, eso no sólo lo comprometería a él, sino también a mí.

- ¿Y bien?

- ¿Y bien qué?

- Malfoy, no andes con rodeos - me giré frente al espejo, alcanzando un bote de pastillas que tenía allí. Eché la cabeza hacia atrás y las tragué del tirón, sin agua. - Tengo un dolor de cabeza terrible, y no estoy de humor para jugar al gato y al ratón. Si tienes algo que decir, dilo ya.

Cerré los ojos un momento, deleitándome en ese silencio que sobrevino después de mis palabras. Agradecida, apoyé un codo en el tocador y me puse a estructurar lo que hoy debíamos hacer. Llevaba sin contacto con la Orden una semana entera, salvo por las conversaciones esporádicas que tenía con Ginny a la hora de intercambiar puestos, pero el asunto había quedado claro desde el principio: Todo se decidiría hoy en el partido de quidditch. No había más planes que el presentarse allí acompañado de una horda de aurores y varios miembros de la Orden, y esperar. Un plan del todo sencillo, pero que implicaba demasiado riesgo, aunque también…

- Quiero que mi madre se olvide de mí.

Sentí mareo cuando abrí los ojos. La habitación se tambaleó un poco, pero pude centrarme en lo que Malfoy había dicho. Tendría que haber escuchado mal, no podía estar insinuando lo que yo creía. Él permanecía sentado en la cama, su rostro una máscara de oscura frialdad.

- ¿Qué?

- Si me pasa algo, si… muero - percibí que le costó pronunciarlo - Debes borrarle a mi madre cualquier recuerdo mío, y de Lucius.

Me levanté como un resorte, abriendo los ojos de incredulidad.

- ¿Estás loco? - grité - eso supondría borrar años, décadas. Incluso podría hacerle daños en el proceso, daños irreparables, ¿te das cuenta de lo que insinúas? No es borrar una mala cita, ¡sino toda una vida!

- Por eso debe hacerlo el mejor, y esa persona eres tú.

Negué con la cabeza, y apartando la sábana con el pie para que no me estorbara eché a andar hacia el baño.

- No estás en tus cabales.

- ¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Estamos teniendo una conversación!

Me volví, apuntándole con un dedo.

- No, estás diciendo idioteces, pero esto, sea lo que sea, puede calificarse de todo menos conversación. - respiré hondo, retomando el aliento - Voy a ducharme, y cuando salga, no te quiero aquí, ¿entendido?

- Sé que lo has hecho antes, Blaise me contó lo de tus padres. Quiero que lo hagas.

Había determinación en su tono, pero también había un toque autoritario que solo hizo reavivar mi enfado.

- Que te quede esto claro: No soy uno de tus esclavos. Yo rijo mi vida, mis acciones. Si quieres borrarle la memoria a tu madre, hazlo tú, pero no cuentes conmigo.

Me volví y seguí mi camino hacia el baño sin esperar respuesta, pero Malfoy me sujetó por el brazo, haciendo que me diera la vuelta para enfrentarlo. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada, y sus ojos eran dos piedras grises a punto de estallar en fuego.

- Esto va más allá que tú o que yo. No tiene nada que ver con un capricho, mucho menos un concurso para ver quién tiene más fuerza - me zarandeó un poco, y la sábana que me cubría cayó al suelo, dejándome tan solo el traje de la noche anterior como escudo -. Si muero, él vendrá a por ella, y si mi madre lo ve, colapsará. Lo único que te pido es cooperación. Si yo caigo, quiero que ella no sufra.

- Borrarle la memoria no es la solución - repliqué.

- ¿Tienes algo mejor que ofrecerme? Estoy abierto a cualquier sugerencia.

- ¡Es tu madre! - exclamé, conmocionada todavía por la propuesta.

- Y es por ello que quiero que sea feliz. Nunca lo será sabiendo que su hijo murió a manos de su propio padre.

Mis barreras comenzaron a flaquear, aunque no sabría decir si fue por lo que estábamos hablando o por el aroma a limpio que desprendía, o tal vez porque era la primera vez que lo veía tan preocupado. Estaba tan cerca, que su calor corporal casi acariciaba mi piel.

- No es tan sencillo - señalé-. Sabes que recuperar una memoria de tal envergadura puede ser complicado, por no decir imposible. El contrahechizo…

- Hazlo.

Su argumento era bueno, realmente bueno, pero aún había dudas que resolver. Pero antes de que pudiera encontrar algo más que decir, Malfoy añadió:

- Confío en ti.

- ¿En serio? - pregunté, ya con la guardia baja, y supe que mis ojos reflejaban esa esperanza. Malfoy sonrió de medio lado, de esa forma que hacía que se me pusieran los pelos de punta.

- No. Pero sé, sin embargo, que lo harás lo mejor que puedas.

Su aliento era dulce, embriagador, y me llegaba con cada palabra, cada suspiro, cada pausa que hacía. Por un momento tuve la sensación de que iba a besarme. No supe cómo, pero me excitó hasta tal punto que tuve que huir.

- Necesito una ducha.

- Di que lo harás - dijo, sin apartarse un ápice de mí, sujetándome del brazo con fuerza.

- Yo…

- ¡Dilo!

- Lo… lo haré. Si no regresas, borraré los recuerdos de tu madre.

- Bien - parecía aliviado, como si le quitara un peso de encima. Pese a todo, aún permanecíamos allí, mirándonos, sin apartarnos el uno del otro.

- Tengo que ducharme - murmuré.

- Eso ya lo has dicho antes.

- Entonces déjame ir. - él me estudió, recorriéndome de arriba a abajo, luego sonrió. Una sonrisa traviesa, divertida y burlona.

- Hueles a vainilla.

- Es mi perfume.

- Me gusta la vainilla. Hace que recuerde cosas bonitas -. Se calló, sin dar explicaciones. ¿estaría en alguno de esos recuerdos yo?

Cuenta hasta cien, Hermione, y piensa en Inglaterra, porque sino va a notar que te estás poniendo más colorada que un tomate.

- ¿No ibas a ducharte? - me recordó.

- Ajá - asentí, perdida en sus ojos - Yo… me tienes sujeta por el brazo.

Cuando ambos miramos hacia abajo, me di cuenta de que no era así. Su mano caía a un costado, y yo estaba liberada. Estuve tan absorta que no me había dado cuenta. Sentí que enrojecía.

- ¿Y bien? - preguntó Malfoy, alzando las cejas.

- ¿Y bien qué?

- ¿No te ibas?

- Ah, sí, sí, claro… - abrí el pomo de la puerta, di un paso, luego otro, hasta que finalmente me encerré en el baño y eché el pestillo.

Esperé a escuchar sus pasos para respirar tranquila, conteniendo el aliento, pero no se movió. En cambio, hubo dos toques a la puerta. La abrí un poco, retirando el cerrojo. Él estaba allí, apoyado en la jamba como si fuera un actor de cine. Casi me quedo sin respiración. Casi.

Iba a preguntarle qué quería, sin embargo, cuando su varita se alzó sobre mi rostro, apuntándome, supe que estaba perdida.

- ¿Qué haces?

- Lo siento, Hermione, pero es mejor que olvides lo de ayer. Obliviate.

El hechizo salió como un haz de luz y me dio de lleno en la cabeza.

Harry James Potter era un hombre paciente, pero Zabinni estaba rebasando su límite.

- Blaise, por última vez en esta mañana: ¡No voy a dejar que entres con todo un arsenal que golosinas al estadio! Por el amor de Dios, estamos intentando salvarte el pellejo, no engordarte para hacerte tocino.

Desde que habían salido de Grimauld Place, Blaise Zabinni estaba haciendo todo lo posible por semejarse a un grano en el trasero. Había comenzado en la mañana temprano, mientras Harry tomaba una ducha y había entrado como un huracán en el cuarto de baño para afeitarse. Luego insistió en comer tortitas alegando que quizá fuera su último desayuno; cuando ya hubo terminado hasta la última tortita, se le vino a la cabeza que tenía, al menos, que conseguir un banderín de las Arpías para que Ginny supiera que sus gritos estaban con ella; al no encontrar ninguno, Harry tuvo que acabar maquillando sus mejillas de dorado y morado, los colores del equipo.

Zabinni hizo un puchero con el labio inferior, provocando que este temblara. Harry puso los ojos en blanco, sabiendo lo que venía a continuación.

- ¿No puede uno intentar morir al menos con un nivel de azúcar decente? Además…

- Blaise…

-… ten en cuenta que si fallas y me voy al otro mundo, siempre recordarás que no dejaste que ese chico guapo e increíblemente sexy llamado Zabinni cumpliera su última voluntad…

- Blaise…

-…me verás mientras te bañas, trabajas, comes o estás en tu dormitorio echando un polv… - Harry le tapó la boca rápidamente, sacó un sickle y solo le faltó darle una patada en el trasero para que se largara a otra parte. Blaise por fin sonrió - ¿Ves? Si no era tan difícil.

Mascullando una maldición, Harry lo observó perderse entre el gentío en compañía de dos aurores. Soltó un suspiro aliviado, y volvió a concentrarse en el mapa del estadio de quidditch que horas antes le habían proporcionado los encargados del evento. Por fin un poco de paz. Desde que Zabinni había llegado a su casa, su vida estaba del revés. Blaise era como un parásito que disfrutaba al máximo sacarte de quicio. Cuánto más sucio y macabra fuera el plan, más lo disfrutaba. Juraría que era adicto al sadomasoquismo.

- Harry - alguien lo estaba llamando en susurros.

Joder, ¿ni siquiera ahora que logró despachar a Zabinni podía estar en paz? Esperaba encontrarse a otro auror que no había entendido las órdenes, o que no sabía con qué equipo actuar. Sin embargo, al girarse, se encontró con su mejor amigo.

Ron no tenía buen aspecto. Sus ojos claros estaban brillantes, casi febriles, rodeado de círculos oscuros e hinchados, como si no hubiera dormido. El cabello pelirrojo estaba revuelto, y cada mechón salía disparado en punta hacia todos lados, empeorándolo aún más que Ron no parara de pasarse la mano por él una y otra vez.

Sabía qué significaba ese gesto, esa cara, incluso si él lo negaba. Lo peor de todo es que, en vez de alegrarse, se sintió completamente estafado.

- ¿Has jugado al quidditch? - sonó como una pregunta, pero Harry sabía que Ron había captado el deje acusatorio.

- Hace quince días que no cojo una escoba.

Harry frunció el ceño. Genial, hoy parecía que todos estaban dispuestos a enfurecerlo, y ya estaba cansado de ser el tonto que siempre caía.

- Sabes que no me refiero al quidditch precisamente - Ron se sobresaltó, pero sus ojos parpadearon de forma inocente.

- No sé de qué me hablas.

- ¡De la cama, Weasley! ¡Te has hartado de marcar goles! ¡Hablo de qu…! - Ron le puso una mano en la boca, impidiendo que siguiera.

- Shhhh, baja la voz ¿quieres? No todo el mundo tiene porqué enterarse de mis asuntos privados.

Luna llegó en ese momento, y Ron asió a Harry por un brazo y lo llevó a unos metros del grupo. Harry parecía enfadado, casi colérico.

- Tío, dijiste que ibas a dejar toda esa mierda de ir dando tumbos de una mujer a otra. Aseguraste que cuando lo volvieses a hacer, sería especial.

- Y es especial.

Harry no parecía haberlo escuchado, porque siguió hablando como si nada.

- Además, ¿no se suponía que debías cuidarle las espaldas a Parkinson?

- ¡Es lo que he hecho durante toda la semana, no despegarme de ella para nada!

- ¿En serio? - preguntó Harry, gesticulando con sus manos de un lado a otro - ¿Y cómo fue que ligaste con Parkinson al lado?

- Pansy no estaba al lado, sino abajo, y arriba. En general, en todas las posiciones que te puedas imaginar.

Harry contuvo el aliento, sin querer creer lo que su mejor amigo, le estaba contado.

- Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

- No, no. Te aseguro que le encanta hacerlo de diferentes maneras.

- ¡Oh, Dios, Ron! Eso es demasiada información. - se pasó una mano por el rostro. Gotitas de sudor se habían formado en su frente y labio superior. Gimió.- No me lo puedo creer.

- En mi defensa diré que no estaba planeado.

- ¡Pero tú sabes en el lío que te has metido! - exclamó Harry, dando énfasis a la frase con un breve puñetazo en el hombro de Ron

Quería que aquello fuera un mal sueño, uno del que se despertara pronto, a ser posible, y que jamás se volviera a repetir. Aquello era peor que el día que soñó que Oprah le instruía para peinarse decentemente su rebelde pelo.

Buscó con la mirada a Parkinson y la vio charlando con Theodore Nott y Luna. Llevaba el cabello recogido en una coleta, su rostro exento de maquillaje, y una túnica que le marcaba todas las curvas. Claramente era una mujer increíble, de esas que quitan el aliento y te dejan, pensaba, exhausto después de un buen round. Entendía el porqué Ron podía sentirse atraído por ella, pero no cómo llegaron al punto de que el sentimiento fuera mutuo. Además, también estaba el hecho de que Pansy Parkinson no tenía buena fama, de hecho, su popularidad subía como la espuma dependiendo de si el hombre de turno tenía más dinero que el de la semana anterior. Su interminable lista de amantes pasaba por políticos, millonarios, escritores y hasta jugadores de quidditch, ¿por qué ahora, sin venir a cuento, acababa con Ron? Él no encajaba en su prototipo.

Por un instante, el rostro de Pansy apareció unido a una hiena, y el de Ron a un conejo que descansaba muerto entre sus fauces. Oh, sí, esa era la triste verdad: Lo iba a dejar KO.

Reuniendo fuerza suficiente, cogió a su mejor amigo por los hombros, y habló lo más calmadamente que pudo.

- Esto tiene que acabar, Ron. Ella no es para ti. Mira, no es por cortarte las alas, pero ella juega en una liga superior.

Ron le frunció el ceño.

- Me gusta.

- Y lo entiendo - se apresuró a explicar Harry - ¿Quién no puede sentirse atraído por ella? Pero hablando con franqueza, no es que Parkinson tenga una lista de novios formales como para tirar cohetes. Su relación más duradera fue de, ¿cuánto? ¿Una semana? Podrías conseguir algo mejor.

- Ella es lo mejor - respondió obstinado Ron, apartando las manos de Harry - Esto es diferente, nos gustamos de verdad, y vamos a comenzar una relación.

- Es amiga de Hermione, ¡y de tu hermana! ¿Qué crees que dirá Ginny cuándo se entere?

- No lo sé, ni me importa, pero lo que sí tengo claro es que, cuando ella comenzó a salir con mi mejor amigo, yo la apoyé - Harry se puso colorado - Y también te apoyé a ti. Solo espero que tú también lo hagas ahora.

- Te hará daño.

Ron se encogió de hombros.

- O me hará feliz, Harry. Esto no es un libro con un final determinado. Estamos viviendo, día a día, minuto a minuto, y créeme cuando te digo que, el día que me vaya, al menos quiero tener la certeza de haber hecho las cosas que hice en el momento indicado, y en este momento, quiero estar con ella.

- Tú hermana va a matarte, y sino lo hace ella, Hermione se encargará de terminar el trabajo.

- Entonces reza por mí, amigo, porque no estoy dispuesto a rendirme sin pelear.

En ese momento un auror apareció para preguntarle a Harry dónde ubicarse. Después de darle las señas, estaba dispuesto a seguir hablando con Ron, pero este ya se había ido.

PVO Draco

Cuando el árbitro tocó su silbato, la tregua se rompió y se desató una tormenta.

Llevábamos una hora de partido, y aún no había rastro de Lucius por ninguna parte. Cuando llegué al campo de quidditch, Potter había dado instrucciones de que un miembro de la Orden el Fénix nos flanquearía a Blaise, Theo, Diandra, su marido y Pansy durante todo el partido, por lo que prácticamente ocupábamos toda una fila de asientos. Justo delante nuestra, Potter con otros tres aurores estaban al acecho, más otros cuatro que se situaban atrás nuestro. Había magos del Ministerio ocultos por todo el estadio, y aunque no sabía exactamente sus nombres, podían identificarse porque no animaban a los equipos, sino que permanecían estáticos en sus puestos, varitas en mano, observando lo que ocurría en el campo y entre los aficionados.

Las Arpías llevaban dos puntos de ventajas sobre los Tornados, pero el partido fue reñido desde el principio, cambiando el liderazgo cuando menos lo imaginabas. Weasley, volaba veloz con su escoba por el cielo encapotado. La cortina de lluvia dificultaba la visión, pero era claramente distinguible por su singular cabello rojo.

A dos asientos a mi izquierda, Blaise gritaba a pleno pulmón, animando a las Arpías. Era el único que lo hacía, ya que el resto permanecíamos en silencio, lo que hacía más intimidatorio el griterío del público a nuestro alrededor. Potter nos advirtió que debíamos aparentar normalidad, pero es complicado hacer un buen trabajo bajo presión, más aún si el que había dado la orden era el peor de todos y no paraba de moverse de un lado a otro y sacaba su varita al mínimo ruido. Cuando un confeti azul voló sobre nuestras cabezas y Potter lo fulminó con un rayo de luz, Pansy lo agarró por la muñeca y le instó a permanecer quieto si no quería perder su virilidad.

- Es mi trabajo - argumentó Potter, mirándola a través del flequillo empapado y las gafas llenas de agua.

- Tu trabajo es atrapar al malo, no cargarte todo lo que vuela.

En esos momentos Oliver Wood paró un tiro y desvió por poco una bludger, que voló rozando la rodilla del árbitro.

- ¡Ojalá te quedes estéril, Wood! - exclamó Zabinni entre dientes, levantando el dedo corazón en una clara muestra de su exquisita educación. Se había pasado todo el partido insultando al guardián, lo que hizo que varios de los aficionados de Los Tornados lo miraran con desdén.

- Si no acabamos muertos a manos de tu padre - aseguró Theo, por encima de la cabeza a Lovegood - la boca de Blaise nos llevará a la tumba, sin duda.

- Es un buen lugar para morir: Al aire libre, con una tormenta desatada sobre nuestras cabezas y el frío calándonos hasta los huesos - dije irónicamente - Ideal.

- ¡Acaba de aparecer la switch! - gritó un aficionado detrás nuestra, señalando al cielo - ¡mirad!

Todos observamos un bulto azul deslizarse a toda velocidad, rasgando la cortina de agua varios metros por encima de nosotros. El buscador de Los tornados iba rápido, pero la buscadora de Las arpías no tardó en darle alcance. Ambos iban a la par, las manos estiradas, el ceño fruncido, los rostros concentrados en la pequeña pelota dorada.

Fue entonces cuando la grada norte explotó.

No hubo tiempo de nada. Al mirar, decenas de personas estaban cayendo como moscas hacia el césped desde varios metros. Otras corrían despavoridas, la mayoría sangrando y gritando, huyendo del desastre. Otro rayo surcó el cielo, dando a la base de la grada. Esta vez la estructura cedió, desplomándose. Hubo chasquidos de huesos rotos, lamentos, y sin saber cómo, pronto los asistentes del partido empezaron a correr, poniendo a salvo sus vidas. Hubo empujones, gritos y consternación. Pero sobretodo necesidad, una necesidad apremiante de escapar de aquel infierno desatado.

- Bonito, ¿verdad?

Y allí, a seis metros por encima de nuestras cabezas, Lucius Malfoy volaba sobre una escoba, flanqueado por varios mortífagos, los rostros cubiertos tras unas máscaras.

- Draco, hijo, te echado de menos.

No pude responder, aunque me hubiese encantado, pero estaba inmovilizado, absorto en él. No sé cuánto tiempo estuvimos mirándonos el uno al otro, pero a mí me parecieron siglos. Estaba más viejo, su piel pálida brillaba bajo la lluvia, y el pelo se le pegaba a las mejillas. Sus ojos destilaban crudeza, violencia elevada a la máxima potencia. En una mano tenía una varita, en la otra, una cuerda.

- Oh, Dios Mío - susurró Lovegood a mi lado, llevándose una mano a la boca.

- No. Dios, no - contestó Lucius, una sonrisa siniestra desfiguraba su rostro - Pero casi. - se volvió a los mortífagos - Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Y dicho esto, desapareció, dejando a sus compinches frente a nosotros.

Cuando los mortífagos levantaron sus varitas, dos rayos verdes salieron despedidos hacia nosotros, los más visibles, luego, otros de diferentes colores volaron en varias direcciones. Theo asió a Lovegood del brazo, agachándose con el tiempo justo para que uno de ellos diera en la fila de atrás de los asientos. El otro impactó a pocos metros, justo en el pecho de la hermana de Theo, que cayó con los ojos abiertos de par en par sobre un charco. Su marido, que estaba a su lado, no se movió.

- ¡Diandra! - gritó Theo. Intentó levantarse, pero Blaise, que se había arrastrado hacia nosotros, se tiró encima de él impidiéndoselo. Theo se removió una y mil veces, gritando el nombre de su hermana al borde de la locura.

- ¡No puedes hacer nada, Theo, mírame! - Luna le atrapó el rostro entre las manos y él pareció calmarse un poco - No… puedes… hacer nada. - miró hacia el cuerpo inerte de Diandra, desviando la mirada hacia el esposo de la bruja - ¡Eh, agácha…! - no puedo terminar la frase, otro rayo verde, justo igual que el de Diandra, le golpeó en la cabeza. Su cuerpo se tambaleó antes de caer por la barandilla de la grada.

Me desplacé a la fila delantera, justo al lado de Potter, que estaba teniendo serios problemas para darle a alguno de ellos. Sin pensar demasiado, lancé el primer hechizo que se me vino a la cabeza.

- ¡Expelliarmus!

El haz de luz salió con una fuerza sorprendente, dándole al mortifago más cercano en el hombro, que gritó perdiendo el equilibrio de la escoba.

- Buena jugada - me felicitó Potter.

Antes de llegar al suelo, el mortífago lanzó una maldición que me pasó rozando el rostro, luego, desapareció.

- ¡Cobarde! - gruñó Potter. Nos pusimos en pie, observando alrededor.

Pansy lanzaba hechizos una y otra vez hacia un mortífago que había descendido de la escoba. Su rostro permanecía crispado, la determinación afilando sus rasgos. Estaba teniendo serio problemas para darle, hasta que Weasley apareció por detrás del mortífago y le cogió del cuello, dándole un puñetazo que lo dejó atontado unos segundos antes de desaparecer.

- ¡Malfoy, detrás de ti! - oí que gritaban, pero no tuve tiempo. El impacto me dio en el costado izquierdo, haciéndome volar por los aires antes de estamparme contra los bancos, rodando.

El dolor se disparó, y lo único que pude ver durante unos segundos fueron estrellas. No sabía dónde estaba mi varita, pero tampoco tenía fuerzas para buscarla. Cuando el paisaje alrededor se aclaró, pude ver dos mortífagos tendidos en el suelo, seguramente muertos. Había sangre diluida en el agua, formando charcos escarlatas. Mis manos temblaban, y al tocarme la sien y la mejilla, comprobé que yo mismo estaba sangrando. El respirar era imposible, me dolían las costillas, seguramente porque tenía varias rotas. Intenté levantarme, pero un pie se interpuso en mi camino, aplastándome. Todo el aire desapareció de mis pulmones, y comencé a marearme.

- Pobre, pobre Draco. - susurró la figura frente a mí. Al alzar la mirada, el agua se metió en mis ojos, pero no me hizo falta: reconocería esa voz en cualquier sitio.

- Te… mataré - le dije a mi padre, entre jadeos -. Juro… que… te mataré…

Lucius chasqueó la lengua, negando con la cabeza.

- Me encantaría ver cómo lo intentas. Créeme, ganas no me faltan, sobretodo ahora que tu madre está bajo mi merced. Será un gran incentivo, para que entres en el juego y muy, muy divertido.

Mi madre. La sangre se convirtió en fuego, y mi fuerza, que antes me había abandonado, renació en mí, llena de sed de venganza. Grité, furioso, lleno de ira. Me retorcí y sentí que presionaba más fuerte en mi pecho. Ni siquiera pude coger aire, pero no me importó.

- Juro… que si… le has… hecho algo…

- No te esfuerces, hijo: ya la tengo en mi poder. Ahora la pregunta es, ¿irás a buscarla? Porque eso es lo que quiero. Si lo haces, no habrá más muertes, ni enfrentamientos. Esto es entre tú y yo.

Entonces lo comprendí todo. Nos había distraído lo suficiente para llegar a su objetivo, que no era otro que mi madre. Desde un principio lo único que ansió fue atraparla, para atraparme a mí. Me sentí como un estúpido. Entonces me vino algo a la cabeza.

- Granger…

- ¿Granger? - repitió Lucius, frunciendo el ceño mientras se daba golpecitos en la barbilla - Oh, ¿te refieres a la sangresucia? ¿a esa que intentó detenerme en vano para acabar…? - sus ojos me observaron mi reacción, sorprendidos. Soltó una carcajada - ¡Draco! ¡Draco! ¡Nunca imaginé que cayeras tan bajo! ¡Y yo que pensaba que Astoria era importante para ti! ¿Cómo puedes elegir el cobre frente a una montaña de oro? - encogiéndose de hombros, añadió - Suerte que la maté.

Me rebelé, sacudiendo mi cuerpo de un lado a otro, hasta que él me liberó. Con gran esfuerzo me puse en pie, pero no tenía fuerzas, toda ella estaba drenada, agotada. Mi brazo, que iba hacia la cara de Lucius, se quedó a medio camino, cayendo, y yo con él, sobre un enorme charco de sangre.

El mundo se hundía por momentos. Aquella noticia fue más dura que saber que mi madre había sido atrapada. Al menos ella estaba viva. Granger no. Me la imaginé muerta, con sus ojos marrones abiertos, igual que Diandra, que su marido. Todo por mi culpa.

Lucius me agarró el pelo, alzando mi rostro. Pinchazos como agujas clavándose en mi nuca me aguijonearon insistentemente, pero no quise rendirme, no aún.

- Si quieres a tu madre, búscame en Tassili. Si haces lo que te digo, no atacaré más. Tú decides cuantos cadáveres quieres que decoren tu tumba antes de caer.

Y con un último golpe en mi cabeza, el mundo se volvió negro. Tan negro como mi alma.