El Esposo Perfecto.

Por Fox McCloude.

Disclaimer: The Legend of Zelda y todos sus personajes pertenecen a Nintendo.


Capítulo 1: La promesa.

Castillo de Hyrule…

La Reina Selena había sido una monarca ejemplar. Luego de la muerte de su esposo, tomó muy seriamente sus responsabilidades con el reino de Hyrule, siempre buscando el bienestar de todos por igual. Era una mujer con mucho carácter, pero también de buen corazón, y todo el reino la admiraba y respetaba por eso. Bajo su liderazgo, el pueblo prosperó y fue muy feliz.

Pero un buen día, la noble reina contrajo una enfermedad terminal. A pesar de ser una mujer fuerte, y que fue atendida por los mejores médicos, su salud fue consumiéndose día tras día. Eventualmente, se dio cuenta que su tiempo se estaba acabando, y era momento de que su heredera tomara su lugar. Así que cuando ya estaba en su lecho de muerte, la hizo llamar.

- Princesa Zelda, Su Majestad la Reina desea verla enseguida. – dijo una mujer de unos 30 y tantos años, piel pálida, cabellos blancos y ojos color escarlata, a una joven que se encontraba de rodillas rezando en el altar del templo.

- Enseguida voy, Impa. – respondió la joven poniéndose de pie y comenzando a caminar.

La Princesa Zelda era una joven de unos 16 años, con cabellos dorados, ojos azules y una tez tan blanca como la nieve, considerada por muchos como una de las jóvenes más hermosas de todo el reino, y la viva imagen de su madre a esa misma edad.

La princesa caminó por los corredores del castillo, sin prisa. Iba caminando con las manos en su pecho y sus ojos no ocultaban para nada la tristeza y el dolor que estaba sintiendo al ser consciente de la condición de su madre. Al llegar a la puerta de los aposentos de la reina, aspiró profundamente antes de abrir la puerta y entrar.

- ¿Madre? – dijo al entrar.

- Zelda… acércate, por favor. – dijo la monarca desde su cama con mucho esfuerzo.

La joven caminó y se sentó en el borde de la cama, tomando la mano de su madre con las dos suyas, mirándose ambas fijamente a los ojos. A pesar de estar tan pálida producto de su enfermedad, eso no quitaba que siguiera siendo una mujer muy hermosa, aún para su edad. Tenía los mismos ojos azules que su hija, pero su cabello era un poco más oscuro, y su tez estaba más pálida de lo normal por su condición actual. Pero a pesar de estar tan debilitada por su enfermedad, la monarca hizo un esfuerzo para hablarle a su hija.

- Hija mía… desde el día en que naciste he tratado de prepararte para este momento. – dijo con una voz débil, pero a la vez firme. – Pronto me marcharé, y tú deberás tomar mi lugar como la nueva soberana de Hyrule. -

- Madre… - Zelda hacía un gran esfuerzo por reprimir sus lágrimas, por mucho que le doliera sabía que era cierto, y muy pronto tendría que afrontarlo, tenía que ser fuerte.

- Te he enseñado lo poco que sé de la vida… y he tratado de criarte lo mejor posible. -

- Y no podría estar más agradecida por ello, créeme. – dijo Zelda tratando de esbozar una sonrisa. – Sin embargo… no sé si esté preparada. Realmente,… no creo estar a tu altura. -

- Hija querida, sé que eres joven y aún tienes mucho qué aprender… pero confío plenamente en ti. Sé que lo harás bien. Pero antes de irme… hay una cosa que, aunque ya te lo he dicho muchas veces… quiero que tengas presente cuando yo me haya ido. -

- Madre… – Zelda sabía muy bien a lo que su madre se refería. Según ella, era la lección más importante, y por eso nunca la cuestionaba cuando se lo recordaba.

- Tal y como lo dictan las tradiciones, solo podrás asumir el trono una vez que alcances tu mayoría de edad y contraigas matrimonio. Aún así… sé muy bien que los matrimonios arreglados y sin amor no traen otra cosa que dolor, y en los peores casos hasta tragedias muy lamentables. Las Diosas mandan que los matrimonios se hagan por amor, y que todos, nobles o campesinos, príncipes y plebeyos, merecemos vivir felices al lado de las personas que amamos. -

- Madre… -

- Zelda, tú naciste del amor que floreció entre tu padre y yo. Para mí… eso es lo más maravilloso que pudo pasarme, y quiero que tú también conozcas lo bello que se siente, formar una familia con tu amor. Por eso, quiero que me prometas que te casarás por amor, y no porque sea tu deber. Estoy segura que sabrás elegir a un buen esposo, alguien que te ame por lo que eres realmente, siempre y cuando sigas lo que te dice tu corazón. -

- Yo... -

Zelda no sabía que decir. Las palabras de su madre habían sido demasiado profundas, todo sonaba como extraído de un cuento de hadas, pero lo que decía tenía mucho sentido. Aún en sus últimos momentos, la Reina Selena deseaba con todo su corazón que su hija fuera feliz. La joven princesa pudo comprenderlo con solo mirarla a los ojos, y estrechando la mano de su madre, asintió.

- Lo prometo… - dijo finalmente. – Puede que no sea fácil… pero lo encontraré pase lo que pase. -

- Estoy muy orgullosa de ti, hijita. – dijo la reina esbozando una sonrisa.- Solo lamento mucho que no podré estar allí para ver cuando formes tu propia familia… pero siempre te estaré cuidando desde el cielo. Zelda, no vayas a olvidar lo mucho que te quiero. -

- Yo también te quiero… mamá. – dijo Zelda abrazando a su madre, finalmente no pudo reprimir más sus lágrimas, y lloró hasta más no poder. La reina hizo acopio de fuerzas para levantar los brazos y corresponder el abrazo de su hija. Madre e hija permanecieron en esa posición, después de todo, ese sería su último abrazo. Zelda lloró en los brazos de su madre hasta quedarse dormida, no quería separarse de ella hasta el último instante. Cuando la reina se dio cuenta que su hija se había dormido, la estrechó con la fuerza que le quedaba, y cerrando los ojos, sonrió por última vez mientras susurraba sus últimas palabras.

- Sé feliz… -


Algún tiempo después…

Los 12 meses siguientes fueron muy difíciles para la joven heredera. Dado que aún no tenía edad para actuar en los asuntos del reino, el primer ministro se haría cargo de dichas responsabilidades, aparte dándole tiempo a la princesa de reponerse emocionalmente del dolor por la pérdida de su madre. Afortunadamente para ella, siguiendo la última petición que le diera la fallecida soberana, su niñera, Impa, asumió el papel de una segunda figura materna para Zelda. La mujer había cuidado de ella desde que era apenas una bebé, y siempre la quiso como a su propia hija, por lo que se tomó muy en serio la labor de ayudar a aliviar su dolor. Gracias a su apoyo, Zelda eventualmente logró hacerse fuerte y sobreponerse a la pérdida de su madre.

Pasado el tiempo de luto, llegó el momento de que Zelda asumiera sus responsabilidades. Si bien era joven e inexperta, y muchos en el consejo real tenían sus dudas, la princesa tomó muy seriamente sus deberes, y demostró ser lo suficientemente madura como para afrontarlos. No obstante, aún quedaba un problema. Tal como lo decían las tradiciones, la heredera no podría ser coronada como reina hasta que contrajera matrimonio. Con ese fin, se organizó una gran celebración, para elegir a aquel que gobernaría Hyrule junto a Zelda en el futuro.

La noticia se corrió por todo el continente. Decenas de príncipes y nobles de Hyrule y los países vecinos acudieron a la celebración, todos con una idea fija: convertirse en el esposo de la princesa Zelda. No obstante, la propia heredera al trono de Hyrule fue la única que no disfrutó dicha celebración. A sus ojos, todos los candidatos que se presentaban eran iguales. Algunos le ofrecían grandes riquezas, otros le ofrecían poder, otros tantos hacían alarde de sus cualidades personales… pero ninguno le ofrecía lo que ella realmente buscaba: amor. Para ella, todos esos hombres eran solo unos idiotas arrogantes y superficiales.

Se prolongaron las fiestas, bailes y banquetes, día tras día, semana tras semana, pero no había éxito. Así como iban llegando, iban siendo rechazados. La princesa cada vez se volvía más y más distante, producto del agotamiento que le provocaba la "dizque" celebración por su compromiso, tanto física como emocionalmente. Terminó por crear una barrera de hielo entre ella y sus pretendientes, llegando incluso a abofetear a uno de ellos por intentar propasarse con ella, dejándole claro que podría ser joven, pero no ingenua.

Transcurrió un mes, y la princesa anunció formalmente que no desposaría a ninguno de los candidatos que se presentaron a la celebración. Hubo un gran escándalo en el salón del castillo, y muchos de los presentes incluso se sintieron insultados por haber sido rechazados. Sin embargo, Zelda se mantuvo firme en su posición, argumentando que estaría traicionando el último deseo de su madre si aceptara comprometerse con alguno de los candidatos que se le presentaron, acto seguido se retiró del salón, dejando a todos perplejos.

Aquella noche, antes de irse a dormir, Zelda se sentó en el borde de su cama. Estaba comenzando a preguntarse si había hecho lo correcto, después de todo mucho tiempo y esfuerzo se invirtió en la celebración para elegir a su futuro esposo, pero al final no lo hizo. Mientras pensaba en ello, tocaron a su puerta.

- Adelante. – dijo ella simplemente. La puerta se entreabrió, dejando ver a Impa.

- ¿Aún pensando en lo del compromiso, princesa? – preguntó la mujer.

- Sí, un poco. – respondió Zelda.

- ¿Quieres hablar al respecto? -

- Creo que me vendría bien. – respondió la princesa esbozando una sonrisa. La mujer entró a la habitación, y se sentó en el borde de la cama junto a ella. – Impa, dime con toda sinceridad… ¿estuvo mal lo que hice? -

- El Primer Ministro realmente está muy molesto porque todo lo que se invirtió en preparar esa celebración haya sido para nada. Aún así… si seguías lo que decía tu corazón, entonces no tienes de qué preocuparte. -

- Impa… todo esto de buscar un esposo… la verdad es que es demasiado agotador… quisiera dejarlo, solo por un tiempo. –

- Estás muy tensa, ¿verdad? – dijo Impa, a lo que la princesa asintió. – Quizás lo que necesitas, sea salir de este castillo, y tomar un poco de aire fresco. -

- ¿Salir del castillo? – preguntó Zelda.

- Hace mucho que no sales de aquí. Tú y Su Majestad salían de vez en cuando a la ciudadela del castillo cuando eras pequeña. Quizás, ahora es un buen momento de que conozcas un poco más de la vida allá afuera. -

- Eso suena bien, pero… -

- Sí, sé bien que el Primer Ministro no lo aprobará. – dijo Impa, suspirando con algo de resignación. – Aún así, tu madre escribió en su testamento que hasta que cumplas tu mayoría de edad, yo estoy a cargo de tu custodia, y si autorizo que puedes dejar el castillo, no podrán negártelo. Desde luego, tendremos que hacer algunos arreglos. No queremos que se arme un alboroto si llega a saberse que la princesa ha abandonado el castillo. -

- Es cierto. – Zelda estuvo de acuerdo. Lo menos que ella quería era un escándalo.

- Déjalo todo en mis manos. Esto te servirá para aclarar un poco tu mente. Lo del compromiso puede esperar un poco, aún faltan algunos meses para que cumplas tu mayoría de edad. -

- Gracias Impa. – La joven princesa abrazó a su asistente, la mujer a su vez correspondió el abrazo cariñosamente. La había cuidado desde que era una bebé, y realmente le tenía muchísimo cariño, tanto como si fuera su propia hija.


Unos días más tarde…

Tras una que otra discusión menor con el Primer Ministro, Impa logró que autorizaran que Zelda abandonara el castillo, prometiendo que no estaría fuera más de unos meses. Zelda se había aplicado un tinte castaño en su cabello y se lo había dejado totalmente suelto (piensen que normalmente trae hecha la trenza como en Twilight Princess o Brawl). Impa encargó a los sastres a que le hicieran algo de ropa modesta, que no delatara su condición. La joven princesa estuvo encantada, dado que los vestidos elegantes que solía usar eran bastante incómodos, sin mencionar toda la joyería que se veía obligada a exhibir con ellos. Impa también le entregó un bolso con rupias que habrían de servirle para sobrevivir no menos de unos cuatro o cinco meses. Zelda las aceptó, aunque se preguntaba si no sería mejor idea intentar buscar un trabajito por ahí. De nuevo, habiendo vivido toda su vida en ese castillo, quizás no supiera demasiado sobre los oficios de los plebeyos.

En la puerta del castillo, Impa le daba algunas indicaciones finales a la princesa antes de partir. Dado que ya estaba anocheciendo, iría escoltada hasta la ciudadela por los guardias, pero una vez en la entrada seguiría por su cuenta para no llamar la atención. Pasaría la noche en la posada, y en la mañana compraría un caballo para salir a campo abierto.

- Bueno, no me queda más nada que decirte, solo que vayas con mucho cuidado, y que regreses sana y salva. -

- Lo haré, Impa, no te preocupes. – dijo Zelda. – Mientras tanto, cuida que al primer ministro no le den muy a menudo sus crisis de histeria. –

- Jejeje, lo intentaré. – dijo la mujer. – Bueno, buen viaje, que las Diosas te acompañen y te lleven con bien de ida y vuelta. –

- Gracias, Impa. – dijo Zelda abrazándola por última vez mientras comenzaba a caminar hacia la entrada de la ciudadela, escoltada por cuatro soldados. Impa solo pudo observar como la princesa se alejaba lentamente. Por un momento deseó haberla acompañado, pero luego pensó que Zelda necesitaba algo de tiempo para sí misma, del cual se le había privado casi en su totalidad al tratarse de la heredera al trono de Hyrule. Lo que fuera que le deparara el camino, Zelda ya no era una niña, sin duda sabría como afrontarlo.

Esta historia continuará…


Notas del Autor:

Y así arranca mi primera historia de Zelda. Si han leído mis fics de Star Fox, bueno, desde ya les diré que no esperen demasiada acción en este, ya que intentaré poner más énfasis en lo que es el romance, y tal vez algo de comedia. Algunos puntos de los que me gustaría hablar. Primero, en los juegos nunca indagan en la relación de Zelda con su madre, y de hecho nunca aparece, lo más cercano a una figura materna que se le ha visto ha sido Impa, por lo que quise ahondar un poco aquí en eso. Tengo que confesar que me dolió un poco haberla hecho morir, pero era necesario para establecer el punto de partida, que como ven, es la promesa que Zelda le hace a su madre antes de morir, y eso será clave en todo el desarrollo de la historia. Segundo, la "pintadita" de cabello de Zelda, digamos que solo necesitaba un pretexto para explicar el cambio de color en el cabello, aparte que también tendrá su utilidad. Afrontémoslo, en el anime y los videojuegos basta con cambiarse el color del cabello y/o peinárselo de manera diferente para convertirte en una persona completamente distinta. (Al menos a los ojos de los que están ahí dentro *risita*) Aparte, la Reina Selena es un personaje que creé hace cosa de un par de años, y en aquel entonces estaba acostumbrado a ver a Zelda rubia, por lo que obviamente hice a su madre con ese color de cabello. Aunque si les soy sincero, recientemente comenzó a gustarme más Zelda castaña que rubia, pero no estaba con ganas de cambiarle el color de cabello a mi personaje solo para adaptarme a eso, así que pensé en que Zelda podría tener el cabello rubio por naturaleza, pero se lo tiñe de castaño para ir de incógnita. Y funciona.

Bien, nada más que decir. Dejaré un mensaje en mi DeviantArt para ver si mis amigos quieren una versión en inglés de esta historia, o de plano si consigo a alguien que me ayude a traducirla para ganar tiempo. Y quienes esperen el siguiente cap de Star Fox: Shadow of the Wolf, lo terminaré en cuanto arranque con las otras historias. Nos vemos.