El Esposo Perfecto.

Por Fox McCloude.

Disclaimer: The Legend of Zelda y todos sus personajes pertenecen a Nintendo.


Capítulo 10: ¿Eres digno?

En algún lugar de Hyrule…

Link llevaba ya poco más de dos semanas cabalgando por los campos de Hyrule. Su travesía hacia la Ciudadela del Castillo de Hyrule se había hecho bastante larga, pese a que avanzaba todo lo rápido que podía Epona. Solo hacía escalas en las aldeas del camino por una noche para abastecerse y dormir, y a la mañana siguiente emprendía el viaje de nuevo. Tenía solo una idea fija en la mente: llegar al Castillo lo más pronto posible para poder volver a ver a Zelda.

Los vientos invernales ya empezaban a soplar, dando indicio que la nieve pronto caería sobre toda la región, y Link tuvo que soportar un poco las corrientes de aire frío en el último tramo del viaje. Consiguió llegar justo antes del anochecer a la Villa Kakariko sin mayores contratiempos. Alquiló una habitación en la posada para pasar la noche. Si todo iba bien, al día siguiente habría llegado a la ciudadela, y al Castillo.

Antes de irse a dormir, sin embargo, Link se asomó por la ventana que daba hacia fuera de su habitación. Estando en el segundo piso, y considerando también la elevación del suelo en donde estaba la posada, Link podía ver a lo lejos la entrada amurallada de la ciudadela, y un poco más lejos, en la cima de la colina, estaba el imponente castillo. Juzgando por la distancia, ese viaje no le tomaría más de un par de horas montado sobre Epona.

- Pronto la veré… - dijo sonriendo, y preguntándose si ella estaría mirando por su ventana, esperando a que él llegase.

Link exhaló un suspiro. La idea de comprometerse con la Princesa de Hyrule podría parecer muy desquiciada para algunos. Y quizás hasta cierto punto lo era. Ella era la heredera de la familia real, mientras que él provenía de una humilde familia de herreros. Link había crecido teniendo que aprender desde muy temprana edad a ganarse la vida, mientras que a Zelda probablemente todo se lo servían en bandeja de plata. Por otro lado, Link pensaba en las libertades que él tenía, y que posiblemente a Zelda le habrían faltado por crecer viviendo en ese castillo. Se preguntaba si tendría que dejar todo eso atrás al aceptar comprometerse con ella. Sin embargo, el pensamiento de que Zelda era su chica ideal no flaqueó ni por un instante. Y tal vez, casarse con ella podría tener sus ventajas.

La noche pasó rápidamente, y el amanecer del nuevo día anunció a Link que el momento de la verdad se acercaba. Después del desayuno se dirigió al establo a recoger a Epona, y ensillándola reanudó su marcha hacia el castillo. Tuvo que esperar un poco a que abrieran el puente levadizo, y entonces pudo entrar a la ciudadela.

Link observó a su alrededor. Había estado en ese mismo lugar, una vez, cuando aún era un crío, y el lugar no se veía muy diferente a como lo recordaba. En la plaza central había una fuente, que le trajo vagos recuerdos. Había ido con su abuelo y su padre a hacer una entrega en el castillo. A su mente vino la imagen de un pequeño grupo de niños abusadores, que sin consideración alguna empujaron a una pequeña niña dentro de la fuente, y la hicieron llorar. Sin saber muy bien por qué, él fue y se les enfrentó, a pesar de estar en desventaja numérica, y aunque no se fue del todo limpio logró que al final salieran corriendo a buscar a sus mamis. Después, como todo un caballerito, ayudó a la niña a salir de la fuente, aún empapada. La niña no debía ser más de un año menor que él, tenía cabello rubio corto, y unos ojos azules que a pesar de estar llorando eran muy hermosos. Link recordaba haberle dicho que era muy bonita y que no debería llorar, ella le sonrió y apenas pudo darle las gracias cuando su madre vino a llevársela. Nunca supo su nombre, pero nunca olvidó esa mirada que le dio, esos ojos…

- "Esos ojos… eran como los de Zelda aquella noche…" – pensó Link. – "¿Será que…? -

En la cabeza de Link se superpusieron los rostros de Zelda, y de la niña. Recordando la noche en que Zelda lloró mientras lo abrazaba, pidiéndole perdón por haberlo tratado tan mal, los ojos de ambas eran exactamente iguales. ¿Coincidencia? ¿Había realmente conocido a la princesa de Hyrule en aquel momento? Link comenzaba a pensar que tal vez, los caminos de ambos estaban predestinados a cruzarse.

Link atravesó la ciudadela, y se dirigió a la salida que iba hacia la colina donde se levantaba el castillo. La estructura se veía aún más imponente de cerca, lo que lo puso un poco nervioso, pero ya no había vuelta atrás. Con paso firme, hizo andar a Epona hacia la reja, que estaba custodiada por un par de guardias.

- ¡Alto ahí! – gritaron ambos, alzando sus enormes lanzas y apuntando hacia Link, Epona se encabritó un poco, pero Link logró controlarla.

- Wow, wow, tranquilos, que no traigo malas intenciones. – dijo Link alzando las manos defensivamente.

- ¿Quién eres y qué haces por aquí? – preguntó uno de los guardias, aún sin dejar de empuñar su lanza por si intentaba algo raro.

- Bien… yendo directo al grano… - dijo Link, bajándose de su montura. - … vengo a ver a la Princesa Zelda. -

- Disculpa, creo que no te entendí. – dijo el guardia, ahuecando la mano en la oreja. - ¿Dices que vienes a ver a quién? -

- A la Princesa Zelda. -

Los dos soldados estallaron en carcajadas. Link decidió dejarlos que se rieran todo lo que quisieran, al fin y al cabo, pronto tendrían que tragarse sus risas.

- Sí, claro, y yo soy el Primer Ministro. Ya en serio, será mejor que te vayas de aquí. –

- Creo que no. – dijo Link, sacando de su bolsa el sobre con la carta de presentación que Zelda le había dado. – Sugeriría que le echaran un vistazo a esto. -

- ¿Qué es esto? – preguntó el guardia, cuya sonrisa se desvaneció cuando vio el sello de la familia real en el sobre. Le echó una mirada a Link, cuyo semblante estaba imperturbable, y le hizo una mueca de afirmación. Tomó el sobre, lo abrió y sacó la carta. Su amigo se acercó para verla también, decía lo siguiente:

"Por medio de la presente, yo, la Princesa Zelda de Hyrule, informo que el portador de esta carta, cuyo nombre es Link, es a quien he elegido como mi futuro esposo, y por tanto, ordeno que se le permita la entrada al castillo y que sea tratado con el mayor de los respetos."

Los guardias miraron la carta una y otra vez, dándole vueltas como asegurándose que no fuese una broma. Pero el sobre tenía el sello de la familia real, y la carta estaba escrita con la inconfundible y esmerada caligrafía de la Princesa Zelda. No podía ser ningún error.

- No es posible… entonces, él es… - dijo uno de los guardias incrédulo.

- A quién la Princesa estaba esperando… - completó el otro. – Pero no es posible, si es solo un… -

- Oigan, ¿me van a dejar pasar o qué? – dijo Link, sin esperar a que terminara la frase y porque ya se estaba impacientando.

- ¿Eh? P-por supuesto. Mil disculpas, señor, puede pasar. -

Los dos guardias abrieron las rejas, Link tomó de vuelta la carta, ensilló a Epona y atravesó el gran portón. Se sintió algo raro con que lo llamaran "señor", pero decidió no darle importancia. Supuso que tendría que acostumbrarse a ello. Decidió olvidarlo por ahora, y enfocarse en lo que realmente le importaba en ese momento.

Mientras tanto, desde la ventana de su habitación, Zelda vio que se acercaba un jinete al puente levadizo del castillo. A pesar de la distancia, fue capaz de reconocerlo inmediatamente: era Link, montado sobre Epona. Su corazón estaba a punto de estallar de alegría. Link finalmente había venido a verla. Esas últimas dos semanas de no verlo se le habían hecho eternas, pero al fin, la espera había terminado. Mientras observaba como los guardias llevaban a Epona hacia los establos reales, bajaron el puente levadizo para permitirle a Link ingresar al castillo. Zelda sin perder tiempo se arregló un poco frente al espejo para bajar a recibirlo.

Link pronto se encontró en el medio del gran salón del castillo. En toda su vida, Link jamás había puesto un pie en un lugar como ese. Los pisos estaban cubiertos de alfombras de terciopelo, las paredes de piedra estaban adornadas de hermosos vitrales, y sobre él colgaba un enorme candelero de oro sólido. Con todo eso, Link se sentía como si él mismo fuese lo único fuera de lugar.

- Así que… tú eres el futuro esposo de la Princesa Zelda. – dijo una voz ronca detrás de Link.

Link se dio la vuelta. Frente a él estaba un hombre mayor, no más alto que él, rollizo, algo calvo y con bigote de morsa. El hombre vestía una capa elegante de color azul medianoche con ornamentos plateados, y miraba a Link como si lo estuviera evaluando.

- Eh… sí. – respondió Link, sin estar muy seguro de lo que debía decir. - Y… usted es… -

- El Primer Ministro. – respondió el hombre.

- Em… pues, mucho gusto, señor Primer Ministro. – dijo Link, extendiendo su mano. El primer Ministro miró la mano de Link, como si dudara, pero después de unos segundos la estrechó, aunque sin muchas ganas.

- Ciertamente no eres… lo que me esperaba. – dijo el Ministro. - La Princesa tiene gustos… muy peculiares. -

Link se sintió algo incómodo. Este hombre lo miraba de manera un poco despectiva, y le hablaba arrastrando las palabras. Aparentemente, el Primer Ministro no compartía los puntos de vista de Zelda en relación a las personas de origen humilde.

- Dime una cosa, muchacho. – continuó, como sin querer la cosa. - ¿Qué tan lejos han llegado tú y la Princesa en su relación? -

- ¿A… qué se refiere? – Link tragó en seco ante la pregunta.

- Solo quiero asegurarme… de que eres de fiar. – decía el Ministro.

- Señor Ministro. – dijo otra voz, esta vez de una mujer, pero algo profunda. - ¿Es esa la forma de dar la bienvenida a los invitados? -

Link y el Ministro voltearon a ver. Frente a ellos estaba una mujer de unos 30 y tantos años, de piel pálida, ojos rojos y cabello blanco corto amarrado en una coleta. Usaba ropas ajustadas que evidenciaban que tenía una constitución bastante fuerte para una mujer, e incluso era unos pocos centímetros más alta que Link. La mujer miraba con severidad al Ministro.

- Lady Impa. – dijo este.

- Yo me haré cargo del muchacho ahora, si no le molesta. – dijo la mujer, haciendo un gesto de "ya puede irse retirando". El Ministro exhaló un "¡hmph!" y se fue. Link parecía un poco intimidado, pero en cuando el Ministro se fue, la expresión de la mujer se suavizó, y le sonrió. – Te ruego nos disculpes. No todos somos así aquí. Así que, tú debes ser Link. -

- Sí, lo soy. – Link también hizo un esfuerzo por sonreírle. A pesar de su aspecto intimidante, era mucho más agradable que el Primer Ministro. – Eh… ¿Lady Impa? -

- Puedes llamarme Impa a secas. Soy la asistente de la Princesa Zelda, su guardiana, por decirlo de alguna manera. – le respondió. – Estaba impaciente por conocerte. Zelda no dejaba de hablar sobre ti desde que llegó. -

- ¿En serio? – preguntó Link, pero antes que Impa pudiera darle una respuesta, vio que alguien iba bajando por las escaleras. Al irse acercando, pudo ver que era Zelda, aunque muy diferente de cómo la había visto anteriormente.

El cabello de Zelda ya no era castaño, sino que había vuelto a su color natural rubio. Y no lo traía suelto, sino que la parte inferior estaba atada en una trenza. Llevaba un vestido elegante de color azul oscuro en la parte superior, y la falda, que llegaba hasta el suelo, era azul claro. Llevaba una tiara de oro con un zafiro en el centro, y hombreras también de oro, sujetas por una especie de broche sobre su pecho que tenía cierto parecido con un fénix con las alas abiertas. Sin embargo, su rostro, fuera de un poco de sombra en los ojos, y un labial rojo oscuro, estaba exactamente igual que la última vez que se habían visto. Zelda bajó las escaleras lentamente, con la mirada fija en Link, y sin dejar de sonreír. Link pensó que nunca la había visto tan feliz.

- Por fin llegaste. – fue lo primero que le dijo, mientras tomaba sus manos.

- No iba… a dejarte esperando. – dijo él tímidamente.

- Sabía que no lo harías. – prosiguió Zelda. – Lamento no habértelo dicho en persona. No sabía cómo te lo tomarías. –

- Está bien, fue solo que… me sorprendió mucho, es todo. – No pudo pensar en otra cosa qué decirle.

- Espero que esto no cambie nada entre nosotros. – dijo Zelda, luego se volvió hacia Impa. – Impa, ¿podrías llevarlo a su nueva habitación? -

- Por supuesto. – Impa asintió.

Zelda le dedicó una última sonrisa a Link y se fue por un pasillo hacia otra parte del castillo, mientras que Impa le hizo un gesto a Link para que la acompañara escaleras arriba, hasta el tercer piso del castillo.

Mientras iban por el pasillo, Link se detuvo de repente ante el retrato de una mujer. Algo en ella atrajo su atención: el muchacho pudo notar que se parecía mucho a Zelda, salvo por su cabello rubio cenizo, distinto del rubio claro de Zelda. Sin embargo, la forma de su rostro, sus rasgos faciales, y especialmente sus ojos eran idénticos a los de Zelda. Debajo del marco había una placa dorada que decía "Reina Selena Harkinian I". Impa, que iba delante de él, tardó un momento en darse cuenta de que ya no la seguía. Notó que el muchacho se había detenido a admirar el retrato de la reina, así que se le acercó.

- Una gran pintura, ¿no te parece? – dijo.

- Sí. – admitió Link, el retrato estaba tan bien pintado que casi parecía tener vida. - ¿Quién es? -

- Es la Reina Selena, la difunta madre de Zelda. – respondió Impa.

- Me lo imaginaba. – dijo Link. – El parecido es notable. -

- Fue una gran monarca, todos aquí la extrañamos mucho. – dijo Impa, por primera vez Link notó un asomo de tristeza en su voz. – Fue una lástima que muriera tan joven, solo tenía 37 años. -

- Ya veo. – dijo Link. Zelda ya les había contado a él y su familia que su madre había muerto a causa de una enfermedad, a poco más de un año de cuando se conocieron por primera vez. - ¿Cómo era? -

- Era una mujer con mucho carácter. Tenía don de mando y sabía hacerse respetar. Pero tenía su corazón en el lugar correcto. Siempre se preocupaba por el bienestar de su pueblo. Y más importante aún, solía decir que, de todos sus tesoros, su hija era el más valioso para ella. -

Link volvió a contemplar el retrato. En el tiempo que Zelda estuvo viviendo en su casa, ella no hablaba mucho de su familia, pero él siempre notó que lo poco que decía sobre su madre, siempre lo hacía con una mezcla de tristeza y orgullo. Era claro que Zelda admiraba y quería mucho a su madre, y no era para menos. Link podría decirlo con solo mirarla a los ojos, inclusive el retrato reflejaba esa misma mirada de amor y compasión que tenía Zelda.

- Será mejor que sigamos. – dijo Impa, sacándolo de sus pensamientos. – Tu habitación espera. Será solo temporal, hasta que tú y Zelda se muden al cuarto del matrimonio, pero espero que estés cómodo. -

Link asintió, y echando una última mirada al retrato, volvió a seguir a Impa por el pasillo.


Al pasar los días…

Adaptarse a su nuevo hogar no estaba resultando del todo fácil para Link. Se sentía muy raro con algunas cosas, especialmente de las ropas que ahora tenía que usar, y que ahora le servían todo a la hora de la comida. Frecuentemente solía decir "Yo puedo solo, gracias" cuando alguno de los sirvientes intentaba hacer algo por él. Pese a todo, esa actitud independiente que mostraba era muy bien vista por Impa y casi todos en el palacio. Y al decir "casi", era porque la única excepción era el Primer Ministro, quien seguía sin aceptar del todo que la Princesa hubiese elegido como su futuro esposo a un joven herrero.

Como prometido de Zelda, aparte de compartir privilegios con ella, también le tocaba compartir ciertas responsabilidades. Después del desayuno, ambos pasaban la mañana en la biblioteca, donde Zelda trataba de enseñar a Link sobre lo que sabía de la historia de Hyrule, la lengua Hyliana antigua, y demás. Era una suerte que Zelda lo ayudase con eso, ya que él en realidad no se llevaba muy bien con los libros. Por otra parte, cuando se le llevó ante un instructor de esgrima, un hombre corpulento que era al menos el doble de grande que Link, no pasaron ni 20 segundos antes que la espada de este saliera volando fuera de sus manos (y eso que era de mandoble). Les sorprendió que un muchacho tan joven fuera capaz de blandir la espada con tanta habilidad, y cuando le preguntaron quién le había enseñado, él respondió que había aprendido más que nada imitando a su padre y su abuelo desde muy corta edad. Link además también había comenzado a asistir a las reuniones del consejo real, donde se discutían cosas como las relaciones diplomáticas con los reinos vecinos y otras cosas que Link no entendía del todo. Hacía un esfuerzo enorme por no quedarse dormido para no quedar mal ante Zelda, pero en un par de ocasiones, alcanzó a ver que ella tenía una expresión casi tan aletargada como la suya.

Como no podían salir del castillo, los dos pasaban su tiempo libre dando paseos por los jardines. En una ocasión, Zelda lo llevó a visitar un rosal que crecía en solitario en un pequeño seto, alejado de todas las demás flores que había por todas partes. Zelda le contó que ese rosal lo había plantado su madre cuando ella acababa de nacer, y desde entonces lo había cuidado con mucho cariño. Después de que la reina enfermó, y posteriormente falleció, Impa y Zelda tomaron el trabajo compartido de seguir cuidándolo. Link lo miró detenidamente: si se había plantado cuando Zelda nació, ese rosal ya tendría unos 18 años, y a pesar del tiempo se veía hermoso y lleno de vida.

- Estoy pensando en usar algunas de estas para mi ramo en nuestra boda. – le dijo Zelda, acariciando los pétalos de una de las rosas. Link pensó que tal vez la madre de Zelda lo hubiera querido así. Quién sabe, quizás precisamente fuera por eso que lo había plantado en primer lugar, para que su hija pudiera usarlas el día de su boda.

Con todo, no les resultaba del todo fácil encontrar tiempo para pasar ellos solos. El Primer Ministro frecuentemente les seguía los pasos a donde iban, y si no podía hacerlo personalmente, enviaba a alguno de los guardias a que le reportara si estaban en algo que considerara "indebido". Impa no cesaba de decirle que era una tontería, sin mencionar que realmente los fastidiaba el hecho de que no les pudiera dar un poco de privacidad, a la cual tenían derecho como "futuros esposos". El Primer Ministro, que simplemente estaba predispuesto a pensar mal de Link, se fundaba en que "no conocían sus orígenes, y no tenían manera de saber si era de fiar" para justificar su actitud.

Una tarde, a unos diez días de que Link hubiera llegado al castillo, recibieron una visita inesperada. Desde la ventana de su habitación, Zelda pudo ver abajo un carruaje elegante (evidentemente, había utilizado el pasaje para carruajes en la muralla oeste de la ciudadela), y alguien que bajaba de él. Extrañada, y preguntándose por qué no fue informada de eso, dejó lo que hacía, y bajó a averiguar.

Al llegar al salón, el Primer Ministro se encontraba ahí, aparentemente esperando para recibir a quienquiera que fuese el visitante inesperado. Estaba a punto de preguntarle a quién esperaba, pero se ahorró el esfuerzo cuando se abrieron las puertas, y un guardia entró anunciando:

- Primer Ministro, su hijo Zephyr ha llegado. -

- ¿Él? – Zelda no parecía estar feliz al escuchar eso. El gesto que hizo no pasó desapercibido por Link, y eso le dio mala espina. Unos segundos después, hizo su entrada el susodicho hijo del Primer Ministro, y saludó a su padre con un abrazo.

- Me alegro de verte, hijo. – dijo el Ministro. – ¿Tuviste un buen viaje? -

- Algo agitado, pero bien dentro de lo que cabe, padre. – fue su respuesta.

El joven no parecía mucho mayor que Link. Era alto y ancho de hombros, tenía pelo ondulado rubio verdoso, ojos púrpuras, y mandíbula cuadrada. Usaba ropas formales a juego con sus ojos. Tal vez fuera la imaginación de Link, pero tenía aspecto de ser muy arrogante. Sin embargo, se contuvo de hacer una escena cuando se acercó a saludar a Zelda.

- Es un placer volver a verte… Princesa Zelda. – dijo, haciendo una leve reverencia.

- Zephyr… - Zelda no parecía entusiasmada con devolverle el saludo. - ¿A qué debemos el… honor de tu visita? -

Link no tuvo dudas, Zelda hubiera querido usar cualquier otra palabra en vez de esa, pero por no ser maleducada eligió esa.

- Bueno, me enteré de que por fin habías elegido a tu futuro esposo. Quise venir a… presentar mis respetos, y conocer al… afortunado. -

- Claro… desde luego. – dijo Zelda, evidentemente no se tragaba ese cuento. – Link, él es Zephyr, el hijo del Primer Ministro. Zephyr… mi prometido, Link. -

Zephyr extendió su mano, sonriente. Al mirarlo a los ojos, Link tuvo la extraña sensación de que no era una sonrisa verdadera. Por mostrar cortesía, sin embargo, estrechó la mano de Zephyr, luchando contra el impulso de querer triturarle los dedos.

- Zephyr, por favor acompáñame, te llevaré a tu habitación. – dijo el Primer Ministro.

- Por supuesto, padre. – Zephyr seguía sonriendo, pero por una fracción de segundo, Link pudo ver un pequeño destello de desprecio en sus ojos. Cuando estuvieron fuera de vista, Zelda finalmente se animó a hablar.

- ¿Por qué tenía que venir ese idiota engreído? – dijo, apretando los dientes. – Esperaba no tener que volver a verlo. -

- ¿Hmm? – Link la miró interrogante. Zelda entendió la pregunta que Link iba a formularle antes de que lo hiciera.

- Fue antes de que dejara el castillo. – dijo Zelda. – Él fue uno de los candidatos que se presentaron cuando estaba buscando a un prometido. -

- ¿Pasó algo? – preguntó Link, aún cuando su instinto le decía que ya sabía la respuesta a esa pregunta.

- Me bastó un solo baile con él para decirle que no. – dijo Zelda. – Se cree la gran cosa solo por ser el hijo del Primer Ministro. No paraba de hablar de sí mismo, y de cómo yo nunca encontraría a otro como él jamás, de que él era lo que yo necesitaba… -

- Y me imagino que no se lo tomó bien cuando le dijiste que no. – dijo Link, a lo que Zelda asintió.

- No me agrada, y no me importa que sea el hijo del Primer Ministro. – dijo Zelda.

- Te diré que, con solo verlo, tampoco me cae bien. – admitió Link.

Zelda le echó una mirada a Link. Su prometido parecía tener bueno ojo para saber en quién podía confiar. Eso era bueno. Ese Zephyr le causaba escalofríos cuando se le acercaba, pero con Link alrededor, podría sentirse protegida.


Un poco más tarde…

Zephyr cenó con ellos esa noche. Link y Zelda no se sentían del todo cómodos teniéndolo como invitado, y mantener la compostura les estaba llevando toda su fuerza de voluntad. Durante la cena, el Primer Ministro no paraba de hablar con Zephyr, y Link no podía evitar pensar que realmente se les notaba que eran padre e hijo. Aunque al parecer, los genes de arrogancia en el hijo estaban más desarrollados que en el padre. Zelda y Link, por otro lado, preferían mantenerse al margen de la conversación, y no hablaban a menos que se dirigieran a ellos explícitamente (cosa que, afortunadamente, no ocurrió muy a menudo).

Después de la cena, Zelda se alejó un momento para hablar con Impa. Link, mientras tanto, se quedó en el comedor, y se sorprendió bastante cuando Zephyr se le acercó para hablarle.

- Te envidio, Link. Espero que sepas que eres muy afortunado de casarte con la Princesa de Hyrule. -

- Que sea princesa es lo de menos. – dijo Link. – Suficiente con que es una chica maravillosa. -

- Sí, pero la corona que lleva consigo tampoco es desdeñable, ¿no es cierto? -

- Parece importarte mucho esa corona. – sugirió Link, algo desafiante.

- Obviamente. – dijo Zephyr. - ¿Tienes idea de cuantos hombres darían lo que fuera por ella? Fueron muchos los candidatos que se presentaron como futuros esposos para la Princesa. -

- Sí… entre ellos tú, según tengo entendido. Y fuiste rechazado, igual que todos los demás, ¿no? -

Las mejillas de Zephyr se ruborizaron levemente. Ese había sido un golpe bajo. Sin embargo, trató de mantener la compostura a pesar de ello. Pasados unos minutos de silencio, volvió a hablar.

- Y bien… ¿cuándo conociste a la Princesa Zelda? -

- Hace poco más de medio año. – respondió Link.

- Hmm… y, ¿puedo preguntar de dónde eres? -

- Del pueblo de Ordon. – respondió Link.

- ¿Ordon? Ese es un pueblo muy pequeño. ¿A qué te dedicabas? -

- Solía… ser herrero. – dijo Link.

- Oh, así que… un herrero. – Zephyr parecía sorprendido con esa respuesta.

- ¿Sucede algo? -

- Oh, no, no. Es solo que, esperaba que el prometido de la Princesa fuese alguien… no tan bajo de casta. -

A Link no le gustaba nada como sonaba eso. Evidentemente, Zephyr lo menospreciaba por ser de orígenes humildes. La furia en su interior comenzaba a arder.

- Ah, pero descuida. Seguro que incluso alguien como tú puede aprender los usos de la corte. – dijo Zephyr. Por alguna razón, no se esforzaba en ocultar el falsete en su voz. Link finalmente no se pudo contener más. Tal vez debía decirle una o dos verdades directo a su cara.

- Escúchame bien. Si tienes algún problema con mis orígenes, puedes decírmelo cara a cara, no me importa. – le dijo firmemente. – No seré el hijo del Ministro, pero al menos tengo mi corazón en el lugar correcto. -

- Buf, ¿y crees que eso realmente cuenta? – se burló Zephyr. – La verdad, es que no entiendo como pudo elegirte. Hasta el más simple de los cortesanos es mejor que tú. -

- Retráctate. – dijo una voz femenina. Zephyr y Link voltearon a ver, era Zelda, quien ya había regresado, y le dirigía al primero una mirada llena de enojo.

- ¿Disculpa? – dijo Zephyr.

- Dije que te retractes de lo que acabas de decir. – dijo Zelda. – Nadie va a faltarle el respeto a mi prometido. -

- Oh, yo no pretendía… mis disculpas… Link. – dijo Zephyr haciendo una cortés inclinación, que aún así era falsa.

- Ahórratelo. – dijo Link. No quería sus disculpas si no iban a ser sinceras.

- Mejor nos vamos a dormir. – sugirió Zelda. – Nos veremos en la mañana. -

Link y Zelda abandonaron el salón. Tras subir las escaleras, tomaron caminos separados a sus respectivas habitaciones. Mientras tanto, la falsa expresión de cortesía de Zephyr se había ido de su cara por completo.

- Nos veremos… más pronto de lo que crees… Zelda. – dijo mientras subía las escaleras, y verificando que Link estaba lo bastante lejos, siguió a Zelda hasta su habitación.

Zelda fue a su baño para asearse antes de acostarse, y se puso su ropa de dormir. Estaba acomodando su almohada, cuando de repente, tocaron a su puerta. Preguntándose quién pudiera ser, caminó hacia ella y la abrió. Oh, sorpresa, era la persona a la que menos deseaba o esperaba ver ahí.

- Buenas noches. -

- Zephyr, no puedes estar aquí, son mis aposentos. – Zelda trató de cerrarle la puerta, pero Zephyr la detuvo con su brazo y pierna.

- Solo quiero hablar contigo. – dijo Zephyr.

- Pues discúlpame, pero yo no. -

- Esto es importante. Por favor… -

- Vete. No te quiero aquí. – insistía Zelda.

- Princesa, ¿es esta la forma de tratar a tus huéspedes? -

Tras un rato de insistencia, Zelda lo dejó entrar, aunque a regañadientes y bufando de rabia. Como precaución manteniendo su distancia. Zephyr ingresó a la habitación y colocó el cerrojo al entrar.

- Si no te molesta, preferiría que esa puerta quedara sin llave. – dijo Zelda.

- Y yo preferiría no ser interrumpido. – replicó Zephyr. – Zelda, en serio tenemos que hablar, esto es realmente muy importante para mí. -

- Soy la Princesa Zelda para ti. – enfatizó Zelda. – Y lo que quieras hablar, hazlo deprisa. -

- Está bien… Princesa. – dijo Zephyr. – Escucha, pienso que deberías cancelar tu compromiso con ese chico Link. -

- ¿Y por qué debería? -

- Él no te conviene. No tiene los orígenes necesarios. No es digno. -

- ¿En qué te basas para decir eso? – Zelda puso los brazos en jarras, ya comenzaba a enfurecerse.

- Princesa, tu prometido no es más que un miserable herrero. – dijo Zephyr. - ¿Qué puede ofrecerte alguien como él? -

- Te sorprenderías lo mucho que me ha dado en todo el tiempo que lo he conocido. – dijo Zelda. – Él tal vez no tenga dinero, títulos ni nada de eso, pero me ha dado cosas que valen mucho más. Amistad, cariño, lealtad… amor. -

Movido por una especie de presentimiento, Link no se había ido a dormir de inmediato. En aquel instante, caminaba por el corredor que iba hacia los aposentos de Zelda. Al pasar junto a la puerta, escuchó las voces de Zelda y Zephyr hablando en el interior. Por un momento, casi quiso irrumpir en la habitación, pero en lugar de eso, pegó la oreja a la puerta para escuchar atentamente.

- ¿Amor? ¿Qué tontería es esa? – rió Zephyr. - ¿Desde cuando es el amor lo que determina con quién debes casarte? -

- Así es como las Diosas lo mandan. – dijo Zelda. – Yo amo a Link, y antes de morir mi madre me hizo prometer que me casaría por amor. -

- Oh, que gesto tan conmovedor. – se burló Zephyr haciendo una mueca soñadora. – Quieres cumplir su último deseo. Pero no entiendes, alguien como él no merece llevar la corona. Esa corona solo merece llevarla un hombre de verdad, un hombre digno de ella, y de ti. -

- ¿Cómo tú, por ejemplo? – Zelda se cruzó de brazos. – Eso ni en tus sueños. -

- Princesa, soy el hijo del Primer Ministro. Si quiero algo, lo consigo. – declaró Zephyr como un hecho.

- Eso no te pone por encima de mí. – retrucó Zelda. – Y sin importar quién seas, uno no siempre consigue lo que quiere. Ahora, fuera de mi habitación. -

Zephyr no se movió, y tampoco dijo nada. Desde afuera, Link, al no escuchar nada, supo que eso solo significaba malas noticias. Trató de abrir la puerta y se dio cuenta de que tenía puesto el cerrojo. Comenzó a sentir pánico. ¿Qué hacer? Zelda estaba encerrada ahí con ese desgraciado, que estaba maquinando quién sabe qué cosas. ¿Se atrevería a ir corriendo a buscar a los guardias?

- ¿No me escuchaste? – insistió Zelda de nuevo. – Dije que te fueras de mi habitación. Es una orden. -

- Me temo que no puedo obedecerla. -

- ¿Qué crees que haces? – Un escalofrío le recorrió toda la espina a Zelda.

- Tal vez, lo que necesitas es que te muestre lo que es un hombre de verdad. – dijo Zephyr, comenzando a caminar hacia ella.

- No te me acerques. – Zelda retrocedió.

- Vamos, princesita. – decía Zephyr. – No te puedes resistir, y lo sabes. -

- Te lo estoy advirtiendo, no te me acerques. – Zelda intentaba alejarse, pero lamentablemente su espalda se encontró con la pared de la habitación.

- Qué difícil eres. – La sujetó bruscamente de las muñecas. – Ya te lo dije, si quiero algo, lo consigo, y ahora mismo, te quiero a ti. -

- ¡Suéltame! – gritaba Zelda, forcejeando, pero Zephyr le apretaba tan fuerte las muñecas que le hacía daño. - ¡Me lastimas! -

- Si cooperas, no tendré que hacerte daño. – Zephyr sonreía malignamente, mientras intentaba acercar sus labios a los de Zelda.

- ¡Déjame! – Zelda intentaba al menos desviar la mirada, no iba a dejar que la besara ese.

- ¿Qué demonios pasa ahí dentro? – gritó Link desde afuera, comenzando a golpear. - ¡Abran la puerta! -

- ¡Link! – gritó Zelda al reconocer su voz. - ¡Es Zephyr, está tratando de…! ¡Hmmm-hmmm-hmmm! -

- Guarda silencio, calladita te vez más bonita. -

- ¡Zephyr! ¡Ya vas a ver, maldito! -

Mientras Zelda forcejeaba con Zephyr en la habitación, afuera Link golpeaba la puerta furiosamente. La puerta, de roble macizo, resistió sus esfuerzos durante un buen rato, pero finalmente, ante el deseo de proteger a su prometida de ese desgraciado, sus fuerzas se centuplicaron en una sola arremetida, y la puerta por fin cedió, casi saliéndose de sus goznes por la fuerza del golpe, justo cuando Zephyr había forzado a Zelda a acostarse en la cama.

- ¡Suéltala, grandísimo animal! -

Lo siguiente que supo Zelda, fue que Link se colgó del cuello de Zephyr y lo obligó a soltarla. Le dio la vuelta, y le descargó un puñetazo en la cara que lo tiró al piso. Una vez que estuvo fuera de su alcance, instintivamente Zelda corrió a abrazarse de Link. Zephyr se puso de pie, se limpió la sangre y miró con odio a Link.

- Siempre tienes que estar cerca para arruinarlo todo, ¿no es verdad, chico herrero? – dijo con sorna.

- Si te atreves a ponerle un dedo encima a Zelda de nuevo... – le advirtió Link, poniéndose frente a Zelda para protegerla.

- ¿Qué me vas a hacer? – dijo Zephyr, ajustándose la quijada desencajada. - ¿Te olvidas acaso de quién es mi padre? Si se entera de que me agrediste, lo pagarás muy caro. -

- Corriendo a buscar a tu papi, ¿eh? – le respondió Link. – Si él no te educó bien, tal vez alguien más deba enseñarte buenos modales. – Se golpeó la palma con el puño.

- Cálmate, Link. – Zelda lo detuvo. – Zephyr, no me importa que seas el hijo del Primer Ministro. Ya tomé una decisión, y nada de lo que hagas o digas me hará cambiar de parecer. -

- ¿Estás bromeando? – Zephyr no quería darse por vencido. - ¡No puedes pensar en darle a él la corona de tu reino! -

- Mi corona, eso es lo único que te importa. – lo desafió Zelda. – No, Zephyr, alguien como tú no merece llevar mi corona. El único digno de llevarla es Link, y por eso me voy a casar con él. -

- ¿Te vas a casar con este… este… pobre mendigo, cuando podrías tenerme a mí? ¿Manchar tu noble linaje con la suciedad de un hijo de herreros? -

- ¡No te atrevas a insultarlo! Puede que sea hijo de herreros, pero Link es cien veces mejor hombre que tú. Y sin duda haría un mejor esposo, y un mejor rey que tú. -

- Ya basta. – dijo Zephyr, ya enfurecido. – ¡Vas a ser mía, quieras o no! -

- ¡Eso si yo lo permito! – salió Link al paso.

Los dos jóvenes se agarraron a golpes, sin embargo, Zephyr estaba recibiendo la peor parte, era evidente que no estaba acostumbrado a pelear "de la manera tradicional", a diferencia de Link, quien aún sin tener su espada a la mano sabía muy bien como usar sus puños para defender lo que era suyo por derecho. Zelda se mantuvo al margen de la pelea, hasta que notó que Zephyr intentaba sacar una daga de plata que estaba escondida en su cinturón, y previendo sus intenciones, lanzó un hechizo aturdidor que le pegó de lleno en la espalda y lo hizo caer de cara al suelo, y sin perder tiempo le pisó la mano con su tacón y pateó lejos la daga.

- ¿Qué demonios sucede aquí? – llegó de sopetón el Primer Ministro, seguido de Impa y varios guardias. Evidentemente, alguno de ellos escuchó o vio el alboroto, y corrió a alertar a los demás de lo que estaba pasando. - ¿Pero qué significa esto? – gritó el Ministro al ver a su hijo tirado en el suelo, con la boca y la nariz sangrando, y un agujero enorme en su chaqueta que dejaba ver una zona roja en su espalda, producto del hechizo que Zelda le había arrojado.

- Padre… - Zephyr apenas podía hablar.

- ¿Qué le han hecho a mi hijo? – gritó enfurecido el Ministro, luego se volvió hacia Link. - ¡Tú! ¡¿Fuiste tú, verdad? ¡Tú atacaste a mi hijo! -

- No lo niego, pero… -

- ¡Cállate! ¡Sabía que no eras de fiar! ¡Guardias, échenlo al calabozo! -

- ¡Alto! – gritó Zelda, interponiéndose entre las picas de los guardias y Link. – No se lo llevarán a ningún lado. -

- Pero Princesa… -

- ¡Silencio! – ordenó con una voz estentórea, el Primer Ministro retrocedió. Era la primera vez que veía a la Princesa tomar una actitud así de autoritaria. – Si debe echar a alguien al calabozo, ese debería ser su propio hijo, Primer Ministro. Nadie va a tocar a mi prometido. -

- ¿Pero qué está diciendo? -

- Primer Ministro, creo que deberíamos dejar que la Princesa nos explique que pasó aquí. – sugirió Impa, quien, al confiar plenamente en el criterio de Zelda, y por extensión, en Link, no se apresuró a sacar conclusiones.

El Primer Ministro seguía con unas ganas enormes de enviar a Link al calabozo, pero aún así la Princesa de Hyrule estaba por encima de él, así que tuvo que acatar sus órdenes. Les hizo un gesto a los guardias para que bajaran sus armas, y una vez que lo hicieron, Zelda se dispuso a explicarse.

- Link, reconoces que sí golpeaste a Zephyr, ¿verdad? – preguntó Zelda, a lo que Link asintió firmemente. – Pero, ¿acaso el primer Ministro se molestó en preguntar por qué lo hiciste? -

- Él estaba tratando de aprovecharse de ti. – dijo Link, imperturbable. – No iba a quedarme parado viéndolo hacer lo que quería contigo. -

- Mienten, padre, no les creas. ¡Ay! – Zephyr intentó defenderse, pero Zelda le dio otro pisotón en la mano, directamente donde le había dado el primero.

- Eres un cobarde, hipócrita y además un bastardo despreciable. – dijo Zelda. - ¿Y pretendías que me casara contigo? -

- ¿Pero de qué está hablando, Princesa? – El Primer Ministro lucía incrédulo.

- Estoy hablando, Primer Ministro, de que su querido hijo trató de abusar de mí, solo porque no quiso aceptar cuando le di un no por respuesta a su proposición de matrimonio. – Zelda lo dijo con una voz tan calmada que daba miedo. – Creí que ya estábamos claros sobre a quién he elegido como mi futuro esposo. A su hijo solo le importaba mi corona, nada más. Y según parece, tenía la intención de tomarla por la fuerza, si era necesario. -

- ¡Eso es inconcebible! -

- Es la verdad. – prosiguió Zelda. – Y si necesita más pruebas, observe aquella daga de plata. – Zelda señaló la susodicha daga que había pateado lejos del alcance de Zephyr. – Estuvo a punto de usarla para atacar a Link a traición, yo lo vi. -

El Primer Ministro se había quedado sin palabras. ¿Su propio hijo, llegando incluso al parecer al extremo de querer asesinar por un capricho? Por un breve espacio de tiempo, quiso convencerse de que sus ojos y oídos lo engañaban, de que Link de algún modo le había lavado el cerebro a la Princesa para que ella lo defendiera, de que su hijo no era capaz de eso, pero no, se vio forzado a aceptar los hechos. Los guardias se llevaron a Zephyr a las mazmorras, quien gritó y forcejeó todo el camino. Link decidió irse a su habitación, había sido demasiado por ese día, y el Primer Ministro se fue a encerrar en su despacho. Solo Impa se quedó con Zelda en la habitación.

- ¿Estás bien? – le preguntó.

- Sí. Ese desgraciado afortunadamente no me hizo nada. – dijo Zelda.

- Fue una suerte que Link estuviera cerca, ¿verdad? – comentó Impa.

- No lo llamaría suerte. – dijo Zelda sonriendo. – Las Diosas lo pusieron en mi camino por una razón. Y sé perfectamente cuál es. -

Impa no pudo evitar estar de acuerdo. Zelda no se había equivocado al elegir a su prometido. Mientras tanto, echó un vistazo a la puerta, con la cerradura astillada y por poco se sale de sus goznes.

- Con esta puerta así no podrás dormir aquí esta noche. – dijo Impa. – Parece que te mudarás al cuarto del matrimonio antes de lo planeado. -


Varias noches más tarde…

Tras el altercado entre Zephyr y Link, el hijo del Primer Ministro pasó tres noches de confinamiento solitario en la mazmorra del castillo como castigo. Zelda pensó que tal vez sería una buena forma de hacerle ver que no siempre podía conseguir lo que deseaba y que le sirvieran todo en bandeja de plata. Cuando por fin lo liberaron, Zelda emitió una orden oficial para prohibirle la entrada al Castillo de por vida. Esa misma tarde, fue enviado en un carruaje a casa y aún desde lejos casi se podía oír como maldecía entre dientes a Link.

Uno hubiera esperado que las cosas mejoraran para Link gracias a este incidente, pero lo cierto era que el Primer Ministro, si bien no estaba para nada orgulloso del actuar de su hijo, no podía dejar de echarle la culpa a Link de que lo hubiese golpeado (ni siquiera aunque fuese por una causa justificada), y lo hubieran echado del castillo. Fundándose en el hecho de que Link había golpeado a su hijo, el Primer Ministro no dejaba de decirle a Zelda que podía ser violento y peligroso. Aún no confiaba en él, y no parecía dispuesto a cambiar de parecer en un futuro cercano, cosa que quedaba muy clara con las miradas fulminantes que le daba siempre que se encontraban, y sus advertencias.

- Sé que la Princesa confía en ti… pero te lo advierto, muchacho, a la mínima me aseguraré de que tú tampoco vuelvas a poner un pie en este castillo, y si lo haces, irás derechito a las mazmorras. -

Tanto Link como Zelda sabían que el Primer Ministro solo se atrevía a hablarle así porque aún seguía en calidad de "prometido de la Princesa". Pero le agradase o no, tendría que respetarlo una vez que él y Zelda se hubieran casado, y ambos hubieran sido coronados como rey y reina. Pero como aún faltaba tiempo para eso, no queriendo darle al Primer Ministro razones para poner a los demás en su contra, Link había decidido minimizar su contacto con Zelda hasta entonces. Cosa que no era nada sencilla. El saberse comprometido con ella le hacía sentir más deseos de poder estar a su lado y demostrarle su amor. Pero a fuerza de no querer meterse en líos, Link buscó evitar quedarse a solas con Zelda, solo para "no levantar sospechas" al Primer Ministro, ya casi no hablaban, y siempre que sus miradas se cruzaban, él volteaba de inmediato a otro lado. Este comportamiento no pasó desapercibido por Zelda, y aunque sabía perfectamente por qué lo hacía (y no lo culpaba) en verdad le molestaba que por una tontería como esa ella y Link no pudieran ser libres de demostrarse sus sentimientos. Además, Link parecía haber olvidado que contaba con la protección de ella, y que el Primer Ministro no podía hacerle nada por más que quisiera. Tenía que hacer algo para arreglar las cosas.

Aquella noche, Link caminaba por el largo corredor, lenta y nerviosamente. Zelda lo había hecho llamar pidiendo que viniera a verla al cuarto del matrimonio, después de la cena, cuando todos (especialmente el Primer Ministro) ya estuvieran dormidos. Se notaba preocupado, por dentro se preguntaba si habría hecho algo malo, y quizás ella estaría molesta. Quizás el motivo tuviera que ver con sus frecuentes roces con el Primer Ministro, quién seguía oponiéndose rotundamente a la idea de que él fuese el prometido de la Princesa de Hyrule. Link rezaba por que el Ministro no la hubiese hecho cambiar de parecer con su insistencia.

Finalmente llegó ante la puerta de la habitación del matrimonio, que estaba rodeado por un marco de plata, con el símbolo de la familia real en la parte superior. Justo al nivel de Link había una gran aldaba de oro sólido, y Link supuso que lo más correcto sería usarla para llamar. Entrar en la habitación de una mujer era una cosa, pero entrar en la habitación de una princesa, eso estaba en un nivel totalmente diferente. De nuevo, al ser ese el cuarto del matrimonio, eventualmente ambos lo iban a ocupar juntos, así que simplemente sería hacerlo un poco antes de lo previsto, por decirlo de alguna manera. Tragó en seco y respiró profundo antes de sonarla.

¡KNOCK! ¡KNOCK! ¡KNOCK!

- Adelante. – respondió la voz de Zelda.

Link hizo acopio de fuerzas para llevar su mano hacia el pomo de la puerta, y armándose de toda su fuerza de voluntad, lo giró para abrirla. La puerta se abrió a medias, y Link pudo ver por primera vez la habitación del matrimonio. Él pensaba que el cuarto que le habían dado era todo un lujo, pero ese no era nada comparado con este, que era mucho más grande. La cama matrimonial estaba cubierta de cortinas de terciopelo azul, con cuerdas doradas que las sujetaban, haciendo juego con las sábanas y las almohadas. Había una cómoda con un magnífico espejo con el marco de oro, al igual que las agarraderas de las gavetas. Había dos roperos, uno de los cuales estaba entreabierto, y Link pudo ver una gran colección de hermosos vestidos de seda. La ventana de la habitación estaba adornada con un impresionante vitral, que parecía representar a la propia Zelda, o sino, a alguna de sus parientes cercanas que se le parecía mucho. Zelda estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas. Estaba descalza, solo llevaba puesto su camisón de dormir azul, y su cabello estaba totalmente suelto, sin la tiara ni ningún otro de los adornos que debía llevar. Link no pudo evitar sonrojarse al verla, especialmente por la forma en como ella le sonreía.

- Te estaba esperando. – dijo Zelda. Luego se arrimó un poco hacia un lado, y tocó la cama con su mano, indicándole a Link que se sentara junto a ella. – Ven acá. Necesitamos hablar. -

Link obedeció. Zelda no parecía estar molesta, lo cuál para él fue un gran alivio, pero aún se preguntaba, ¿qué era lo que ella quería? ¿Para qué lo llamó a que viniera por la noche a la habitación? Algo era seguro, sin duda era un asunto muy privado.

- Link… quiero que me respondas algo. ¿Por qué me has estado evitando estos últimos días? -

- ¿Evitando? ¿De qué estás hablando? – Link no entendía.

- Tú sabes de qué hablo. Desde la pelea que tuviste con Zephyr, ya casi no hablamos. Y difícilmente te me acercas... ni siquiera te atreves a tocarme. – dijo Zelda. – Pareciera que redujeras nuestro contacto al mínimo. ¿Por qué? -

- Bueno, yo… -

Link no supo qué decirle. Es decir, sí sabía qué quería decirle, pero no sabía cómo. La había estado evitando, era cierto. Pero eso en mayor parte se debía a las amenazas del Primer Ministro. No quería tener problemas con él, y más aún, no quería que ELLA tuviese problemas con él. Nunca tuvo la intención de alejarse de Zelda, pero por miedo a que los fuesen a encontrar en alguna situación que se pudiese considerar… "inapropiada", sin darse cuenta se estaba distanciando de ella.

- Discúlpame, yo no quise… es solo que… bueno, el Primer Ministro se la ha pasado diciéndome que… -

- Que no se te ocurra aprovecharte de mí, o algo similar, ¿verdad? – completó Zelda.

- Sí, algo así. - Link asintió. – No quisiera que tuvieras problemas por culpa mía. -

- ¿Es solo eso, Link? – dijo Zelda, viéndolo inquisitivamente. – ¿O hay algo más? -

Link tragó en seco. Si lo pensaba bien, en efecto, sí había algo más. Algo que lo había estado molestando desde que llegó al castillo.

- Zelda… yo… realmente me he estado preguntando. – dijo finalmente. – El Ministro… y Zephyr, ambos decían que… que alguien como yo no es digno de casarse contigo. -

- ¿Eso dijeron? – dijo Zelda, con voz calmada. Por supuesto que ella ya lo sabía muy bien, pero a pesar de todo en sus ojos había una pequeña chispa de indignación.

- Debe ser porque soy… bueno, ya sabes, toda mi vida solo he sido un humilde herrero, y… -

- ¿Y eso qué importa? – interrumpió Zelda, severa. – Eso no te hace inferior ni nada de eso. La verdadera realeza no se encuentra en una corona, sino aquí. -

Zelda apuntó a su propio corazón, y luego al de Link. Hubo un momento de silencio, Link quería decir algo, pero las palabras se le perdieron al llegar a su boca. Zelda continuó.

- No me interesa lo que digan el Primer Ministro, Zephyr, o quien sea, Link. – dijo Zelda. – Tú vales para mí más que nadie, y si te digo que eres más que digno de casarte conmigo, es porque lo eres. –

- Zelda… - Link no podía creer cuanto lo valoraba la joven princesa, pese a sus diferentes orígenes.

- Además, desde que tengo memoria, el Primer Ministro siempre ha sido un viejo amargado, siempre queriendo "defender las tradiciones". – continuó. - Si sus tradiciones incluyen hablarle a mi futuro esposo de una manera tan ignominiosa, me aseguraré de despedirlo en cuanto me coronen como reina. -

- ¿En serio? – Link pareció divertido ante el pensamiento.

- En serio. – aseguró ella. – Y esta es una decisión que tomé para el resto de mi vida, y nada ni nadie me hará cambiar de parecer ahora. Ni siquiera el Primer Ministro tiene la autoridad para hacerlo. -

Zelda le se acercó un poco, y posó su mano sobre la de él. Link se estremeció un poco al sentirla, pero ella le sonrió dulcemente.

- Así que… creo que es hora de dejar las inhibiciones, y de tratarnos como debe ser. – dijo acercándose peligrosamente, mientras le acariciaba con su otra mano la mejilla, la misma donde ella lo había abofeteado tiempo atrás. – Sabes, todavía me siento mal por haberte pegado así. -

Y sin decir más, rodeó su cuello con sus brazos, y comenzó a besarlo. En verdad se sentía muy diferente ahora, la última vez ambos se habían besado por accidente, y aunque no les fue del todo desagradable, un beso voluntario era mucho, mucho más placentero. Era difícil creer que Zelda no hubiese besado a nadie además de él antes, en verdad lo hacía muy bien. Dándose cuenta que no podía dejar que ella hiciera todo, Link la sujetó por la cintura, y la atrajo más hacia él. Poco a poco ese tierno e inocente beso se fue tornando más y más apasionado, mientras las manos de ambos comenzaban a curiosear un poco en el cuerpo del otro. Después de unos instantes, sin embargo, tuvieron que separarse para recuperar el aliento. Zelda soltó una risita.

- Me estabas haciendo cosquillas. – dijo Zelda sonriendo.

- Disculpa, yo no… - Link intentó decir algo, pero Zelda lo calló con su dedo.

- Shhh. ¿Quién dijo que no me gustó? – dijo ella, sonriéndole. Y como tomando el control del asunto, lo empujó hacia la cama. – Ahora… -

- Zelda, ¿pero qué estás haciendo? – Link se puso nervioso. Parecía que Zelda no estaba tramando nada bueno, la inocencia había desaparecido de su rostro.

- Dejemos una cosa en claro, Link. – Esta vez su voz sonaba un poquito autoritaria. Link se dio cuenta de que no podía contradecirla. – Ya quiero que dejes de tratarme como la Princesa de Hyrule. A partir de ahora, quiero que me trates como una mujer. Corrijo, como TU mujer. -

- Pero… ¿y qué hay del matrimonio? – preguntó Link, Zelda lo tenía atrapado bajo su cuerpo, sin escape alguno. - ¿No se supone que…? -

- El matrimonio ya es solo una simple formalidad. – fue la respuesta de Zelda. – Soy tu mujer ante las Diosas, mi vida te pertenece. No necesitamos nada más. -

- Pero… -

- Link, bien sabes que nunca me agradó la idea de usar mi estatus como princesa para conseguir algo que deseo. – dijo Zelda, mirándolo tiernamente. – Por favor… no me obligues a que tenga que hacerlo ahora. Especialmente… sabiendo que tú lo deseas tanto como yo. -

Esas palabras bastaron para eliminar la última barrera de inhibiciones que los separaba. Zelda tenía razón, los títulos, las formalidades, las reglas, lo que pensara el Primer Ministro, o cualquier otra persona, nada de eso tenía importancia ahora. Todo lo que importaba era lo que ambos sentían el uno por el otro. Ella lo amaba, y él también, y solo eso bastaba para darles todo el derecho de expresárselo. La Princesa de Hyrule había desaparecido, ahora ambos eran iguales, y esa noche se unirían como iguales.


A la mañana siguiente…

El sol apenas comenzaba a salir, anunciando el comienzo de un nuevo día. Cubiertos solo por las cálidas cobijas de terciopelo, la joven pareja continuaba durmiendo plácidamente. Ambos seguían abrazados, sus ropas estaban tiradas alrededor de la cama. Había sido una noche inolvidable para ambos.

Zelda fue la primera en despertar. Por vivir en casa de Link tanto tiempo se había acostumbrado a despertarse antes de la hora "oficial" en palacio. La joven había encontrado una almohada muy cómoda en el pecho de su prometido, que todavía tenía su brazo izquierdo alrededor de su cintura, de modo que aunque quisiera, no podría levantarse todavía. El cuarto estaba tan silencioso que Zelda casi podía escuchar su respiración. Se movió con cuidado para no despertarlo, y contempló su rostro durmiente, se veía tan tranquilo y relajado. Zelda no pudo resistirse, y sin darle la menor importancia, besó suavemente sus labios. Los párpados de Link temblaron un poco.

- Hmm… - Link lentamente abrió los ojos con pereza, para encontrarse con el rostro sonriente de su hermosa princesa. – Me fui al cielo, y estoy viendo un ángel. -

- Buenos días, dormilón. – saludó ella, sin dejar de sonreír. – ¿Tuviste una buena noche? -

- No pudo haber sido mejor. – dijo él. - ¿Ya es hora de levantarse? -

- No realmente. – dijo ella, volviendo a descansar en su pecho. – Aún tenemos como una hora antes que vengan a levantarnos. -

- ¿Y… qué pensará el Primer Ministro de… lo que hicimos anoche? – preguntó Link, aunque sin el menor asomo de preocupación, mientras acariciaba el cabello de ella.

- No tiene por qué saberlo. – dijo Zelda, con una risita traviesa. – Será nuestro pequeño secreto. -

Link sonrió. Ese fantasma del Primer Ministro ya no sería más una amenaza. Lo que no supiera, no le molestaría. Y de cualquier manera, dentro de poco estaría por debajo de él. Nada ni nadie iba a separarlo de la mujer que amaba ahora.

- Zelda… hay… hay algo que quisiera confesarte. - dijo Link de pronto.

- ¿Hmm? -

- Sabes… por favor no vayas a enfurecerte. -

- ¿Enfurecerme de qué? -

- Zelda, yo… aquella vez, cuando fuimos de día de campo al lago… bueno… -

- ¿Qué pasa, Link? – preguntó Zelda, mirándolo a los ojos, y notándolo bastante inquieto.

- Sucede que yo… bien, es que Ilia estaba a punto de hacerte una de sus bromas. – dijo Link. – Cogió tus ropas y trató de echarles polvo picapica. Yo la atrapé con las manos en la masa, y… -

- ¿Y? – inquirió Zelda.

- Lo que sucedió fue que… te aseguro que yo solo iba a poner tus ropas donde estaban otra vez, pero entonces… te vi, bajo la cascada… - admitió Link, cerrando los ojos y poniéndose muy rojo, y casi esperando a que Zelda lo abofeteara o le gritara. Pero entonces abrió los ojos, y vio que ella no estaba enojada ni nada por el estilo, sino que le sonreía.

- ¿Y esperaste hasta ahora para decírmelo? – dijo ella. – Bueno… solo por ser tú… puedo perdonarte, y además, después de anoche, ¿qué más da que me hayas visto antes? -

- Hmm… - Link también le sonrió. – No quería espiarte mientras te bañabas… pero es que en cuanto te vi, me hechizaste con tu belleza. Si el Primer Ministro lo supiera, seguro que me manda directo al calabozo. -

- Ya te lo dije, no tiene por qué enterarse. – dijo Zelda, volviendo a abrazarlo. – Y la próxima vez… me gustaría que nos bañáramos juntos. -

Link rió, mientras acariciaba nuevamente los cabellos de Zelda. Era muy agradable, estar ahí con ella, sin preocuparse por nada ni por nadie. Sin duda podría acostumbrarse a los lujos del palacio.

- Zelda… con respecto a nuestra boda… - Link no quería molestarla con eso, pero sabía bien que tenían que hablar al respecto. – ¿Ya decidiste la fecha? -

- Sí, ya lo hice. – dijo Zelda. – Pensé… que debería ser el primer día de primavera. Si está bien para ti, claro. -

- Suena bien. – dijo Link. – Oye… ¿estará bien si invito a mi familia y a mis amigos? -

- ¿Cómo me preguntas eso? – dijo Zelda. – Por supuesto, no podemos dejarlos fuera. Me ocuparé de enviarles las invitaciones, y de que los escolten personalmente aquí. Hagamos cuentas, ¿a quienes quieres invitar? -

Link comenzó a contar: era obvio que tenía que invitar a sus abuelos y su hermana menor. Pensó también en Romani, Cremia y Malon. Y Colin y los niños del vecindario probablemente no lo perdonarían si se enteraban que se casaba y no los invitaba.

- ¿Y qué hay de Ilia? – preguntó Zelda.

- ¿Ilia? Cómo crees. – dijo Link. - Después de todo lo que nos hizo, no creo que se lo merezca. -

- No lo pienso así. – dijo Zelda.

- Ah, vamos. – dijo Link. – Y de todos modos, ¿para qué querría venir? Dudo que quiera ver como me pierde para siempre, luego de lo mucho que se esforzó para separarnos. –

- Precisamente por eso deberíamos invitarla. – dijo Zelda. – Será el escarmiento perfecto después de lo que nos hizo pasar. -

- Vaya, vaya. No sabía que tuvieras un lado cruel, Zelda. – dijo Link.

- Je, bueno, en realidad… no es tanto que quiera escarmentarla. – dijo Zelda. – Más bien… solo quiero hablar con ella. A ver si puedo conseguir que estemos en paz. No me gusta guardarle rencores a nadie, sin importar lo que haya hecho. -

Link no dijo nada más, sin embargo, tuvo que admitir que la decisión de Zelda, de querer hacer las paces con Ilia, a pesar de lo que les hizo, demostraba que era compasiva y no le gustaba estar en malos términos con nadie. Parecía una decisión mucho más madura que simplemente el hecho de olvidar el asunto y seguir como si nada. Y eso era lo que más admiraba Link de Zelda, su madurez. Sin duda, iba a ser una gran esposa, y esperaba poder estar a su altura.

Esta historia continuará…


Notas del Autor:

Y con esto se va el penúltimo. Bien, dije que Ilia no iba a molestar, pero pensé en ponerles un último estorbo dentro de las paredes del castillo. Algo para que, de alguna manera, Link pudiera demostrar que sí es digno de casarse con Zelda. No sé si me irán a matar por no haber puesto la noche de esos dos completa, pero el rating de este fic no me hubiera permitido poner eso (y no, no pienso cambiarlo, así que no insistan). Ahora sí, ya con esto solo queda uno, y la historia se acaba. Ese de hecho lo terminé antes que este, así que lo subo de inmediato.

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