CAPÍTULO 1: EL COMIENZO

Mi nombre es Isabella Swan, pero me gusta que me llamen Bella. Tengo 19 años desde el día trece de septiembre. Lo que más define mi personalidad es la torpeza, pero eso me da igual desde hace dos años, desde aquella fatídica noche de verano, en que todo cambió en menos de una hora.

Vivía en Forks hace medio año, pero un cambio de aires me iba a venir bien, y me vine a Nueva York. Siempre había querido ver Nueva York. Además, dejé los estudios, y ya nada, aparte de Charlie, me unía a esa húmeda y espantosa ciudad, o pueblo, más bien pueblo.

Siempre había sabido sufrir en silencio, y la verdad es que, al igual que cuando me mudé de Phoenix a Forks, mudarme a otra ciudad me iba a doler, incluso más. Pero no podía quedarme allí. Los recuerdos de aquella maldita noche hace dos años me torturaban, como si no pudiera olvidarme de sus palabras, del daño que me hizo, como si fueran puñaladas.

Me levanté cinco horas antes de que saliera mi avión rumbo a mi nueva y alocada vida. Había estado ahorrando y quería pasar un par de años sin trabajar. No tenía la idea de ir a la universidad en mente, por lo que me quedé el dinero que tenía destinado para ello, y me puse a trabajar en cuanto terminé el instituto, en una pequeña cafetería, en Seattle. Me pillaba un poco retirada de casa, pero me encantaba ir montada en mi estropeado Chevy color rojo.

Lo primero que pensaba hacer cuando llegase allí sería ir de tienda en tienda buscando ropa atrevida. Se iba a acabar la Bella modosita. Iba empezar una nueva vida, y la iba a disfrutar a tope. Sin ataduras ni recuerdos del pasado.

Cuando terminé la maleta mientras me adentraba en mis cavilaciones, Charlie se sentó en mi cama.

- Te echaré de menos...- me dijo con tono apenado. Se me hizo un nudo en la garganta de pensar como se encontraría papá, pero en este momento no iba a sentirme apenada por nadie. Sería egoísta, y me ligaría a todos los que pudiera, era el momento de disfrutar de mi vida, y mi cuerpo y mente me pedían a gritos un cambio. Que fuera más atrevida.

- Papá, te llamaré todos los días - le prometí. Podía ser egoísta, pero no quería que a papá le diera un ataque por no saber nada de mí.

- Sin falta - me dijo mientras me besaba la frente.

Le sonreí y le guiñé un ojo. Cuando miré el reloj tan solo quedaban tres horas para que saliera mi avión rumbo a mi nueva vida. Mi pasaporte a la libertad plena, más bien al libertinaje.

- Te llamaré cuando llegue - le dije mientras bajaba las escaleras.

Llegamos a la puerta y nos paramos.

- ¿Has llamado tu a ese taxi? - le pregunté mirando por la mirilla.

- ¿Quién si no? - dijo sonriendo - Esperaré tu llamada impaciente.

- Papá tomate un respiro. Estaré bien. Te quiero - dije mientras le abrazaba.

El me estrechó fuertemente en sus brazos, y al final me separé de él.

- He de irme - dije - Y recuerda, respira- le repetí.

- Está bien. Te quiero, Bella, cuídate - me dijo con los ojos húmedos.

Le dí un beso en la mejilla y traté de no mirarle a la cara, en especial a los ojos. Nunca había visto a Charlie llorar, y no quería irme con esa imagen de él. Aunque me estuviera esforzando por ser egoísta y pensar sólo en mí, ver a Charlie así me partiría el alma en dos.

Avancé con las maleta hacia el taxi lentamente. Llevaba sólo una maleta, ya que como antes he dicho, tenía en mente la idea de renovar todo mi vestuario. Solo llevaba algo de ropa interior, un par de camisetas, dos pantalones, calcetines y el resto, ropa interior. Lo demás eran libros de Jane Austen, y una cámara fotográfica. Lo primero porque sinceramente me encantaban, y lo segundo para fotografiar y guardar cada momento de mi nueva vida, para no intentar recordar el ser catatónico que fui hace un par de años.

Me dí cuenta de que me había hundido en mis pensamientos de nuevo, y que había aminorado la velocidad. Pensé que el taxista tendría más gente a la que transportar y me apresuré. Maldición, maldición. El primer principio de mi nueva vida era disfrutar de mi cuerpo y de las fiestas, lo segundo ser egoísta. Tenía que ser egoísta. Aminoré el paso de nuevo y pude ver como el taxista se aguantaba la risa, ya que yo parecía alelada. Parecía un cochecito de choque de la feria. Parar y acelerar. Parar y acelerar. Por fin llegué al maletero del taxi y puse allí la maleta con mis escasas pertenencias. Me adentré en los asientos traseros y le dije al taxista que se dirigiera hacia el aeropuerto.

Llegamos al aeropuerto después de unos minutos que se me hicieron infernales.

Cuando ya me había bajado del taxi y estaba con mi maleta en la mano, me quede parada a unos diez metros de la puerta del aeropuerto. El puerto hacia la felicidad.

No pensé nada más que eso y me dirigí hacia el interior, dispuesta a facturar el equipaje y subirme en alrededor de dos horas al avión.