RANAS DE CHOCOLATE

CAPITULO IV

Draco despertó con la agradable sensación de otro cuerpo junto al suyo. Parecía que durante la noche se habían buscado el uno al otro, porque Harry estaba completamente acurrucado sobre él, todavía profundamente dormido. Draco hundió la nariz en la mata de pelo negro que se desparramaba sobre su hombro y aspiró. Sí, maravilloso olor a Harry, pensó. Solo esperaba que cuando despertara no estuviera muy cabreado por lo de la noche anterior. Le apretó un poco más contra él y recorrió con la punta de los dedos el brazo que descansaba sobre su pecho. En marzo haría siete años desde su reencuentro en el Callejón Diagon, frente a la tienda de escobas. Y a día de hoy, Draco todavía era incapaz de comprender el impulso que le llevó a seguir a Harry hasta el Caldero Chorreante para tomarse una cerveza con él. Admitía que en parte había sido porque el Harry que había reencontrado poco tenía que ver con el muchacho bajito y delgado que él recordaba de Hogwarts, por el que no habría dado un solo knut. Seguramente, como a imprevisible no le ganaba nadie, el moreno había pegado un estirón tardío en algún momento, durante el tiempo en que a él lo único que le preocupaba era seguir vivo.

El hecho era que, mientras se tomaban esa cerveza, Draco se había fijado por primera vez en lo verdes y brillantes que eran los ojos de Harry. En lo negro y espeso que era su cabello. En sus labios, irresistiblemente sensuales cuando sonreía. Y cuando había llegado a ese culo, prominente y torneado, resaltado por el ajustadísimo vaquero que Harry vestía ese día… había pedido otra cerveza. Y ahí estaba su mano ahora, acariciando una nalga dura y perfecta. Desnuda. Lo cual le recordó que había demasiada ropa sobre las suyas. Empezó a deslizar el pantalón de su pijama intentando no despertar al durmiente todavía.

Draco siempre había sabido muy bien lo que quería y lo que era: un tío al que le gustaban los culos prietos y las pollas, cuanto más grandes y gruesas mejor. El rubio dejó escapar un pequeño suspiro. Porque había una que no estaba nada mal, apretándose contra su muslo en ese momento, que le estaba poniendo muy, muy caliente. Sin embargo, en un primer momento, no había estado muy seguro de lo que quería Harry. Porque mientras él estudiaba, consiguiendo brillantes notas, y en sus ratos libres aprovechaba para hacerse con los mejores traseros de Hogwarts, Harry, un estudiante dentro de la media, se entretenía en matar basiliscos, participar en torneos suicidas o en entrenar desafiantes ejércitos en la Sala de los Menesteres. Solo con haberle visto danzar en el Baile de Navidad, uno se daba cuenta de que no le había dedicado mucho tiempo a tener una vida social decente. No obstante, recordar aquella patética y corta relación con la Ravenclaw que había sido novia de Diggory y la ruptura de una especie de noviazgo con la menor de las comadrejas, había dado pie a Draco a pensar que tal vez Harry todavía no había encontrado lo que estaba buscando. Porque quizás buscaba en el lado equivocado.

El rubio se las había arreglado para quedar con él al día siguiente de su reencuentro. Se había llevado su billetera. Por una lamentable confusión, por supuesto. Porque la piel de dragón y una simple polypiel eran tan parecidas… Compartir una segunda tanda de cervezas les había llevado a su tercera cita o como fuera que se pudieran denominar sus encuentros en aquel momento. Y en la cuarta, Draco había tentado su primera insinuación. Que había sido acogida con una invitación a cenar. Y Harry le había puesto el culo en pompa en menos de lo que tardaba en pronunciarse Quidditch, en una de las salas privadas de Las Tres Escobas, entre el postre y el café. Esa noche Draco había descubierto lo discreto que podía llegar a ser Harry Potter en lo que se refería a su vida privada, porque no le había quedado la menor duda de que no era ningún novato en el tema.

Un suave ronroneo le hizo saber a Draco que Harry estaba despierto. El rubio sonrió. Deslizó despacio un dedo entre las nalgas de su compañero y buscó la fruncida entrada para presionarla un poco. Harry ronroneó de nuevo y flexionó un poco la pierna para darle más espacio.

—Lo siento —susurró Draco—. Anoche estuve un poco brusco.

Harry no respondió. Pero movió ligeramente la cabeza para alcanzar el pezón que estaba muy cerca de sus labios y lo mordió. Draco contuvo la respiración y aguantó el envite. Una cariñosa lamida enmendó la anterior rudeza.

—Muy brusco —reconoció, sin dejar de mimar el agujerito de su compañero, sintiendo la erección del moreno cada vez más turgente contra su muslo.

—No pares… —murmuró Harry. Y añadió con voz ronca— …¿sabes lo que quiero, Draco?

Y Draco suspiró porque sabía perfectamente lo que iba a pedirle.

—Anda —le dio una suave nalgada—, muévete.

Harry no tardó ni dos segundos en apoyar su cabeza en la almohada y, de rodillas, levantar sus cuartos traseros con las piernas bien abiertas. La lengua de Draco tardó aún menos en satisfacer a su compañero y en hacerle llenar la habitación de gemidos entrecortados y ansiosos. A Harry le encantaba que le comieran el culo. Y Draco no siempre estaba dispuesto a hacerlo. Sin embargo, la recompensa siempre valía la pena. Después podía hacer con el moreno lo que quisiera, porque Harry se derretía entre sus manos.

—Estás más que listo, león —jadeó, con los labios llenos de saliva y la lengua un poco entumecida—. ¿Preparado para mi serpiente?

Harry soltó una risita, ahogada contra la almohada.

—Culebrilla… —al auror siempre le había hecho gracia la forma tan Slytherin que tenía Draco de denominar a su pene.

Draco se limitó a sonreír de medio lado. De hecho, no tan bravamente como solía. Si no hubiera estado tan excitado tal vez se hubiera entretenido en devolverle la pulla a su compañero. Pero no había nada que le estimulara más que ver a Harry completamente abandonado a él, jadeante y férvido. Draco había estado anticipando la sensación de enterrarse en el agujerito caliente y apretado que el auror ofrecía en menos ocasiones que él mismo, y en ese momento estaba al borde de su auto control. Sintió como Harry empujaba y él se hundía fácilmente. Contuvo el aliento para contener también la necesidad de dar cuatro rápidos empellones y correrse.

—No… hagas… eso… —jadeó al sentir como Harry le apretaba, poniéndole las cosas un poco más difíciles.

Harry empezó a empujar sus caderas empalándose en Draco bruscamente, buscando sentir a su amante de forma cada vez más profunda. La mano del moreno fue al encuentro de su propia erección y empezó a masturbarse con energía. A los pocos segundos notó los dedos de Draco clavándose fieramente en sus caderas y cómo sus embestidas perdían el compás rápido y rudo que él mismo había impuesto. Draco se desplomó sobre su espalda con un gruñido ronco y el único brazo del que Harry se sostenía en ese momento tembló. La mano del rubio no tardó en unirse a la del auror, acompañándolo en los últimos y frenéticos movimientos que acabaron regando las sábanas.

Harry se dejó por fin caer y estiró lentamente el brazo con un pequeño quejido. Después se quedó quieto, resollando contra el borde de la cama. Draco estaba todavía dentro de él. Sentía la mejilla que se apoyada sobre su espalda y la respiración todavía jadeante que chocaba contra la piel húmeda de su hombro. Harry pensó que podría volver a dormirse sin ninguna dificultad, sin necesidad de mover ni un músculo.

—Entonces, ¿todo fue bien? —preguntó Draco perezosamente.

—Bien —murmuró el auror con flojedad.

—No me llamaste. Bueno, una sola vez —rectificó—. En casi cinco días.

Harry sintió la mano de Draco deslizarse suavemente desde su brazo hasta su pelo y revolverlo, apartando después los mechones que tapaban sus ojos.

—Me preocupo si no lo haces.

La declaración fue natural, desvestida de cualquier reproche. Un aguijón de culpa se clavó en el auror.

—Sé que te preocupas —admitió—. Lo siento.

Un suspiro satisfecho batió contra su piel y Harry se dejó llevar por el sueño. Un silencio tranquilo inundó la habitación.

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Despertaron apenas media hora antes de su cita semanal en el orfanato. Mientras Harry se duchaba a toda prisa, Draco recordó de pronto que había dejado la bolsa de Honydukes encima de la mesa de la cocina. Y rogó para que Padfoot no hubiera hecho de ella su desayuno. Al entrar en la cocina el perro le recibió con ladridos de alegría. Gracias a Merlín, la bolsa seguía intacta. La redujo y la guardó en el bolsillo de su albornoz. Padfood trotó tras él mientras ponía la cafetera al fuego y se preguntaba si todavía quedarían bollos para el desayuno. Después buscó la bolsa de comida para perro que guardaban en uno de los armarios y, al verla, Padfood corrió a llevarle su comedero.

Llegaron al orfanato con quince minutos de retraso.

Ese día Draco pasó mucho más tiempo con Connor. Lo sostuvo y jugó con él durante un buen rato. Harry no cabía en sí de contento. Sin embargo, la alegría no le duró demasiado. Porque también llegó el, al parecer, inevitablemente momento de "voy a estirar las piernas, vuelvo en un rato". Con el niño en brazos, Harry vio desaparecer a su compañero por la puerta del jardín con una renovada sensación de desánimo.

—Siéntese, Sr. Potter. Tenemos que hablar.

Braden le miraba con semblante serio, mientras le mostraba un lugar a su lado, en el sofá. Harry tragó saliva con fuerza. Dejó a Connor en su cuna y se dirigió hacia allí sintiendo como su estómago se encogía de temor. Iban a retirarles el Certificado de Idoniedad, ¿qué otra cosa podía ser? Sin embargo, Braden le sonrió entonces con afabilidad y cuando se hubo sentado le dio unas tranquilizadoras palmaditas en la rodilla.

—Tranquilícese, Sr. Potter, ¿un té?

Él asintió, no porque le apeteciera especialmente, sino porque no le pareció adecuado rechazar la invitación de Braden en ese momento. Harry esperó pacientemente a que la directora llenara las dos tazas y le ofreciera una. Pero mientras la bruja sorbía su té con deleite, él se quedó con la taza en la mano, sólo observándola con un nerviosismo que no era capaz de controlar.

—¿Tiene esto algo que ver con Draco? —preguntó, ya sin poder aguantar más.

—En cierta forma, sí, tiene que ver con él —confirmó la directora.

Harry apretó la mandíbula, tratando de permanecer calmado, intentando no maldecir mentalmente a Draco. Como si le hubiera leído el pensamiento, Braden sonrió ampliamente para después decir:

—Relájese, lo que voy a decirle no es nada malo, Sr. Potter. Pero considero que tenemos que tener esta pequeña conversación antes de que se encariñen más con Connor y él con ustedes.

¿Cómo iba a relajarse?, se preguntó Harry. ¡Él ya estaba encariñado con Connor!

—Verá, Sr. Potter, no todos los hombres reaccionan igual ante el reto de ser padres. En ocasiones, lidiar con un pequeño que no puede hacer nada por sí mismo, al que hay que alimentar, cambiar, bañar; que lo único que sabe hacer es llorar o dormir, no es algo para lo que se sientan preparados.

Harry asintió a las palabras de Braden, todavía sin saber a dónde quería llegar.

—Es bastante común que haya hombres que se sientan inseguros ante un bebé. Porque no saben cómo tratarlo, qué hacer con él, ¿comprende? —Harry volvió a asentir—. No saben interactuar con alguien que, de momento, es incapaz de decirles si llora porque se siente enfermo o sólo tiene una rabieta. Y ello no significa que vayan a ser malos padres. En absoluto —Braden negó categóricamente con la cabeza—. Protegen y cuidan a sus hijos como cualquier buen padre.

La directora dio otro sorbo a su té y observó con detenimiento al hombre que, sentado junto a ella, parecía cada vez más inquieto a pesar de sus palabras.

—Sin embargo, las cosas cambian cuando el hijo deja su estado de bebé y se convierte en un niño, pequeño, pero capaz de responder, seguir un juego, de aprender lo que se le enseña. Ese es el momento en el que este tipo de padres empiezan a disfrutar de sus hijos. ¿Me sigue, Sr. Potter? —el auror afirmó con un movimiento de cabeza, lo único que parecía capaz de hacer desde que se había sentado en ese sofá—. Y quiero que le quede muy claro, que ello no significa que hasta ese momento no hayan querido a sus hijos o los hayan ignorado. Simplemente han dejado en manos de su pareja el peso de una etapa para la que se sentían menos preparados.

Harry dejó la taza de té sobre la mesa, sin haberla probado todavía.

—¿Trata de decirme que Draco será un buen padre, aunque ahora se sienta incómodo con Connor? —preguntó.

La bruja se limitó a sonreír y a decir:

—Acompáñeme, por favor, Sr. Potter.

Harry se levantó, intrigado, para seguir a la directora Braden hasta el piso superior. Recorrieron un largo pasillo hasta detenerse ante una de las puertas y entrar en una habitación que tenía todas las visas de ser su despacho. Braden se encaminó directamente hacia el balcón y lo abrió. Hizo una pequeña seña a Harry para que la acompañara.

—No pueden vernos —dijo la bruja señalando hacia abajo—. Está encantado para observar sin ser vistos. Muy práctico en ocasiones —sonrió con picardía.

Harry siguió con la mirada la mano de la directora, hasta posarla en el banco que había frente al balcón. Draco. Y dos niños. Comiendo ranas de chocolate. La niña podía tener siete u ocho años. El niño, como mucho cuatro.

—Aoife riñó a su marido por estar fumando en el jardín —explicó Braden antes de que Harry pudiera preguntar—. Y el siguiente sábado, su marido regañó a Aoife, diciéndole que escupir en el suelo no era digno de una señorita. Conall se echó a llorar y el Sr. Malfoy prometió ranas de chocolate a mansalva si se callaba. ¡Y ahí están! —declaró la directora, sin poder ocultar que estaba encantada—. De hecho, el Sr. Malfoy les ha traído ranas de chocolate cada sábado desde entonces.

Así que ahí era donde se perdía Draco cada sábado cuando escapaba de la nursery, pensó Harry, más que sorprendido. ¿Por qué diablos no se lo había dicho?

—¿Por qué nunca me ha hablado de ellos? —preguntó en voz alta, necesitando una respuesta.

La bruja sonrió con comprensión.

—Seguramente porque no quiere estropear su ilusión por Connor.

Harry se apoyó en la baranda y negó lentamente con la cabeza.

—Aoife y Conall son niños difícilmente adoptables —explicó la directora—. De hecho, en su corta vida, Aoife ha sido devuelta tres veces por sus padres de acogida. Y, definitivamente, pocos padres están dispuestos a aceptar a un niño como Conall, con importantes retrasos para su edad.

—¿Retrasos? —preguntó Harry, volviendo el rostro hacia la directora— Creía que la adopción no se podía condicionar a las características físicas, sexo o procedencia socio-familiar del niño.

Braden dejó escapar un suspiro mezcla de pena e impotencia.

—Esas palabras siempre quedan muy bien sobre el pergamino —explicó la bruja—. Pero no se puede obligar a nadie a aceptar a un niño como Conall, Sr. Potter. Suele ser así con los niños nacidos en Azkabán. Los mantienen con sus madres hasta los dos años. Después los traen aquí. Como comprenderá, aislados en una celda, sin los estímulos externos necesarios que todo pequeño necesita, no es la mejor manera de que puedan desarrollar las habilidades que cualquier otro niño a su edad ya tiene.

La directora volvió a suspirar.

—Cuando Conall llegó no pronunciaba ni una de las palabras más sencillas que todo niño a su edad balbucea, todavía llevaba pañal, y siguió llevándolo durante mucho tiempo. Rompía a llorar cada vez que un adulto se le acercaba. Inexplicablemente, adoptó a Aoife casi desde el primer momento. Y no negaré que me sorprendió, porque Aoife siempre ha sido una niña individualista y arisca con los demás niños.

—¿También nació en Azkabán? —quiso saber Harry.

—No —negó Braden—. Aoife fue rescatada de entre las ruinas de su casa, durante la guerra. Sus padres murieron al enfrentarse a las fuerzas del Ministerio…

Braden dejó en el aire el resto de la frase. Pero Harry sabía que "fuerzas del Ministerio" significaba aurores, así como tampoco había duda con respecto a los ideales que habían defendido los padres de Aoife. Volvió la mirada hacia el jardín. Draco sujetaba una rana de chocolate entre sus labios, mientras sus manos estaban ocupadas sacando el papel de otra para Conell, de pie frente a él. Aunque no podían oírla, Aoife parloteaba sin cesar, y trataba de llamar la atención del rubio tirando sin ningún miramiento de la manga de su jersey. Draco le dio la golosina al pequeño y éste se apartó unos pasos, hasta quedarse muy quieto detrás de Aoife, comiéndosela. ¿Cuántos años hacía que no saboreaba una rana de chocolate?, se preguntó Harry de pronto. Aquella golosina en particular le traía recuerdos de muchos momentos felices en Hogwarts. Y al parecer, también Draco estaba disfrutando porque no paraba de sonreír mientras trataba de evitar que Aoife le metiera otra rana de chocolate en la boca, cuando todavía estaba saboreando la primera. Conall se limitaba a mirarlos desde cierta distancia.

Braden observaba atentamente al mago apoyado en la barandilla. Pasada la sorpresa inicial, en su rostro había ido naciendo una sonrisa de la que estaba segura ni él mismo era consciente. Y que estaba propiciando que la directora adquiera ciertas esperanzas.

—Sería muy fácil encontrar unos nuevos padres para Connor —se decidió a hablar por fin, sacando a Harry de su ensimismamiento—, si ustedes decidieran cambiar de opinión. No digo que vayan o tengan que hacerlo —se apresuró a aclarar ante la cuestionadora mirada de Harry—. Solo quiero que sepan que no habría ningún problema.

Nunca era fácil colocar a sus niños especiales, como le gustaba denominarlos. Y no le importaba manipular "un poquito" si conseguía un hogar para sus pequeños.

—El Sr. Malfoy parece cómodo, ¿no cree? —apostilló Braden—. Y la verdad, nunca había visto a Conell tan tranquilo cerca de un adulto que no forme parte de este centro.

Harry tuvo que reconocer que era cierto. Draco parecía mucho más relajado y desenvuelto que con Connor. Entrecerró un poco los ojos y preguntó:

— ¿Conoció usted a Albus Dumbledore, por casualidad?

Ella pareció sorprendida por la pregunta.

—No, no tuve el placer —respondió—. ¿Por qué?

Harry negó con la cabeza, mientras devolvía su mirada al jardín.

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Draco había notado un poco extraño a Harry toda la semana. Si le hubieran preguntado, no habría podido dar ninguna razón en particular. Harry había estado más callado que de costumbre. Más sumergido en sus cosas. Un poco ausente. Había rumores de que le iban a promocionar a Jefe de División y era probable que aquel posible ascenso le mantuviera un poco nervioso. Tendría mucha más responsabilidad, cinco unidades bajo su mando, lo que significaba treinta aurores, incluidos los jefes de cada unidad. Si verdaderamente el ascenso se hacía realidad, seguramente tendría que soportar a un Harry algo más que neurótico en los próximos meses, con su obsesión por la seguridad de todo el mundo. Además, estaba el asunto del niño. En un par de semanas se lo podrían llevar definitivamente a casa. Draco estaba seguro de que eso tenía a Harry mucho más agitado que un posible ascenso.

Aunque era viernes, esa tarde no se habían tomado la usual copa con los compañeros al salir del trabajo. Harry se había marchado directamente a casa desde el Ministerio y Draco había aparecido en su hogar media hora después. Había encontrado a Harry preparando la cena, cosa poco habitual ya que los viernes solían llamar para que les trajeran una pizza, comida china o cualquier otra cosa. A Harry le gustaba cocinar. Le relajaba. Y Draco reconocía que no lo hacía nada mal. Siempre y cuando le dejara la cuestión del vino a él. Habían cenado tranquilamente. Draco había llevado el peso de la conversación, contándole a su compañero los últimos chismorreos de San Mungo y lo agitada que había sido la semana después de que se hubiera declarado un brote de viruela de dragón y él y Kailash se la hubieran pasado haciendo la asquerosa poción que la enfermedad requería.

Se acostaron pronto. Harry dijo estar cansado y con pocas ganas de mirar una película o cualquier otro programa de televisión.

—¿Te importa si leo un poco? —preguntó Draco.

Harry negó con la cabeza, mientras se acurrucaba junto a él. Draco cogió un grueso tomo que descansaba sobre la mesilla de noche. Un tratado sobre pociones africanas. Abrió el libro por el punto donde lo había dejado la última vez. Sonrió al sentir la mano de Harry colándose por debajo de la chaqueta de su pijama y acariciar suavemente su estómago. No era una caricia que pretendiera provocar o excitar. Solo acompañar.

—Espero que mañana no nos durmamos —musitó Harry.

—No te preocupes, estaremos muy descansados —ironizó Draco.

El moreno dejó escapar un gruñidito. Durante un buen rato solo se oyó el pasar de las hojas y la acompasada respiración de Harry. La mano seguía sobre el estómago de Draco, pero ya no se movía. Éste pensó que ya se había dormido. Hasta que la voz de Harry le sorprendió con una inesperada petición.

—Háblame de Aoife y Conall.

Draco cerró el libro y miró a su compañero, aunque no pudo ver su rostro porque desde su perspectiva, sentado, sólo podía contemplar la espesa mata de pelo negro.

—¿Cómo sabes…?

Harry se encogió de hombros, aún acostado.

—Soy auror, Draco, parte de mi trabajo es averiguar cosas.

Entonces el moreno se dio la vuelta para poder incorporarse y se sentó, encarando a su compañero.

—Te vi con ellos —confesó—. De hecho, Braden parece tener un historial muy detallado de todo lo que has estado haciendo.

Draco dejó escapar un resoplido, molesto. Harry no hizo caso.

—Me contó un poco sobre los niños —explicó— ¿Sabías que Conall nació en Azkabán? —Draco negó con la cabeza, sorprendido— Y Aoife fue encontrada entre las ruinas de su casa, después de un ataque de los aurores durante la guerra.

Harry vio perfectamente cómo Draco apretaba la mandíbula, sobrecogido. Había habido tantas tragedias durante y después de la guerra. Tantas historias amargas. Tanta desolación, no sólo para los que perdieron. Durante aquellos siete años Draco había tratado de olvidar y enterrar muchas cosas. Con algunas lo había conseguido. Otras estaban tan profundamente enraizadas en él, que solo la presencia a su lado de alguien que tenía tanto o más que olvidar, lograba mantenerlas a raya. De hecho, Harry y él se habían hecho fuertes compartiendo sus fantasmas.

—Draco…

La voz de Harry le trajo a la realidad de nuevo. Sus ojos grises, todavía turbios de recuerdos, se posaron en el hombre con el que había compartido incluso más que con los que llevaban su misma sangre.

—Draco, sabes cuánto deseo tener un niño con nosotros. Pero nunca dije que tuviera que ser un bebé.

Nuevamente la sorpresa apareció en la mirada de Draco.

—Te he visto con esos niños —Harry sonrió—. Y me gusta lo que he visto.

Aturdido, Draco solo atinó a preguntar:

—¿Y Connor?

Harry negó con la cabeza.

—Quiero una familia, pero no estoy loco. No creo que podamos con tres.

Draco alzó una ceja y su mirada asumió su natural ironía.

—¿Qué no estás loco y quieres adoptar a dos de golpe?

Harry se encogió de hombros.

—No creo que separarlos sea una buena idea. Además, tú que los conoces mejor, ¿a quién elegirías?

Draco parpadeó, tratando de hallar una respuesta en aquella nube de aturdimiento que le rodeaba desde que Harry había pronunciado las primeras palabras. Una que se dio cuenta era incapaz de plantearse.

—¿Lo ves? No puedes —dijo Harry en tono triunfante.

Draco echó un poco la cabeza hacia atrás, hasta apoyarla en el cabezal de la cama y cerró los ojos durante unos instantes.

—¿Estás seguro, Harry? —preguntó.

—Seguro y aterrado —confesó el auror—. Pero lo he considerado detenidamente durante toda la semana. Y no me ha quedado más remedio que reconocer que Braden tiene razón. Connor encontrará otra pareja que quiera adoptarle sin ningún problema —y sólo él sabía lo que le había costado renunciar al pequeño—. Pero Aoife y Conall crecerán en ese orfanato, sin conocer nunca lo que es tener un hogar. Y créeme, yo sé bastante de eso.

Draco asintió en silencio. Después preguntó:

—¿Y si la madre de Conall le reclama cuando salga de Azkabán?

—No lo hará —aseguró Harry—. Tiene una condena de por vida. Y aunque saliera, ha perdido sus derechos sobre él.

El rubio le miró con expresión intrigada.

—¿Sabes quién es su madre?

Harry asintió.

—Y con bastante certeza, también quienes fueron los padres de Aoife —añadió.

Draco dudó unos instantes antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Alguien que conozcamos?

Harry se encogió de hombros.

—¿Realmente importa?

Sabía que si insistía, Harry acabaría diciéndoselo. Pero se dio cuenta de que, efectivamente, no le importaba.

—Supongo que no —reconoció.

—Entonces, mañana le comunicaremos nuestra decisión a Braden. Seguro que sacará la botella de whisky irlandés que tiene escondida en su despacho.

Draco soltó una pequeña carcajada.

—¿También te has entretenido en averiguar eso? —dejó el grueso libro que había permanecido sobre sus rodillas otra vez en la mesilla de noche.

—No, pero es más que evidente —refunfuñó Harry— ¿De qué otra forma puede acabar nombrando a una pobre niña Aoife? O al pobrecito que duerme en la cuna al lado de Connor, Daithí. ¡Daithí, Draco!

Esta vez el rubio rio con ganas.

—No seas dramático. Aoife es un nombre irlandés que proviene de la palabra gaélica aoibh, y que significaba "belleza" —esta vez fue Harry el sorprendido y Draco le dedicó una sonrisa de suficiencia—. Yo también he hecho los deberes, Potter. Así que te diré que era una princesa guerrera de la mitología irlandesa, que luchó contra su hermana Scathach y que fue vencida en combate singular por el héroe Cuchulainn. Finalmente, se reconcilió con su hermana y se convirtió en la amante de Cuchulainn.

Harry suspiró, mientras acogía a Draco en su abrazo y sus piernas se enredaban hasta encontrar una posición cómoda para ambos.

—Seguramente también hay un pobre Cuchulainn en el orfanato —gruñó el moreno.

—Seguramente…

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Harry prefirió no volver a ver a Connor ese sábado. Y, bastante nervioso, siguió a Draco al jardín, hasta el lugar donde solía encontrarse con los niños.

—¡Vienes pronto! —gritó Aofie al ver a Draco, pero inmediatamente detuvo su carrera al notar que no venía solo— ¿Quién es? —preguntó, un poco desafiante.

—Hola Aoife —saludó Draco tranquilamente—. Te he dicho un montón de veces que no es educado gritar. Menos, delante de una persona que todavía no te han presentado.

Ella frunció el ceño y dejó escapar un pequeño resoplido. Draco alzó una ceja y Aoife puso los ojos en blanco, resignándose a la reprimenda. Draco se sentó en el banco de siempre y Harry lo hizo a su lado, en silencio, tal como habían acordado.

—Ven, Conall —pidió Draco suavemente.

Como si le hubieran enraizado al suelo, el niño miraba a Harry con los ojos muy abiertos, como si estuviera contemplando una aparición.

—Quiero presentaros a mi marido, Harry —dijo Draco, considerando que Conall ya se acercaría cuando se sintiera más seguro.

—Hola Aoife —saludó el auror.

Plantada delante de él, la niña le repasó de arriba abajo.

—Hola —dijo finalmente—. Sé quién eres —declaró. Después se volvió hacia Draco—. ¿Has traído ranas de chocolate hoy?

—No —Draco no pudo menos que sonreír ante la cara de decepción de la niña—. Hoy iremos a comprarlas.

Los hermosos ojos de Aoife se iluminaron.

—¿Has oído eso, Conall? ¡Vamos a ir a comprar ranas de chocolate!

Con deditos nerviosos, el niño estaba tratando de sacar algo del bolsillo de su bata. Un pequeño cartoncito apareció al fin y Conall lo estiró un poco más, con mucha precaución, procurando que no saliera completamente del pequeño bolsillo. Solo lo suficiente como para poder echarle un vistazo. Miró rápidamente a Harry y volvió a mirar el cartoncito. Después lo guardó con mucho cuidado.

Mientras Aoife seguía brincando y parloteando, excitada, apareció una de las cuidadoras del orfanato con los abrigos de los niños. Draco había tenido un pequeño pulso con la directora Braden nada más llegar. Se llevaban a los niños a Hogsmeade, le dijo. Irían a Honeydukes y luego comerían en Las Tres Escobas. A las cuatro de la tarde los traerían de vuelta. Braden no había estado de acuerdo al principio. Pero Draco había insistido en que querían pasar tiempo con los niños a solas, porque necesitaban saber si podían adaptarse a ellos y ellos a los pequeños. Además, Draco estaba resentido con Braden por haberle espiado, así que no dio su brazo a torcer. Y no había nada peor que un Malfoy resentido. Al final la directora, a regañadientes, cedió.

—¿Están seguros de lo que van a hacer —preguntó todavía Braden, ya frente a la chimenea.

—No se preocupe, todo irá bien —la tranquilizó Harry.

—Aoife —dijo la directora, muy seria— nada de tonterías. Debes portarte muy bien si quieres que esto se repita.

La niña asintió, con cara de angelito y se agarró a la mano de Draco. Dispuesta a montar la pataleta del siglo en caso de que la directora cambiara de idea y al final no les dejará ir.

—¿Están seguros de que no quieren que una cuidadora les acompañe? Conall se pone muy nervioso cuando se encuentra en un ambiente desconocido —insistió Braden.

—No se preocupe por Conall. Yo me encargo de él —aseguró Harry.

El auror se agachó un poco y abrió los brazos.

—Ven Conall, vamos a comprar ranas de chocolate.

El niño dudó un instante, apretó con fuerza el bolsillo de su abrigo, y después caminó despacio hacia el moreno y dejó que éste le cogiera en brazos sin hacer ningún drama. La bruja suspiró, finalmente resignada.

—Divertiros, niños. Portaros bien. No comáis…

La voz de Braden se perdió en el remolino, después de que Draco pronunciara el nombre de su destino y lanzara el puñado de polvos a la chimenea. Cuando salieron en la de la oficina de correos de Hogsmeade, Aoife estaba un poco pálida y el pequeño Conall se agarraba frenéticamente a Harry, escondiendo su carita en el cuello del auror.

—¡Wow! —exclamó Aoife.

Draco sintió la mano de la niña un poco sudada en la suya, seguramente por el impacto de la nueva experiencia. El primer viaje por la red floo siempre era un poco mareante. Después miró a su compañero, que trataba de hacerle entender a Conall que ya habían llegado y que había sido muy valiente.

Salieron a la calle, mientras Draco empezaba a explicarles cosas sobre el pueblo mágico, como las tiendas que había y lo que se podía comprar en ellas. Primero pasaron por delante de la de instrumentos mágicos, después por La Casa de las Plumas, cuyas vistosas plumas de faisán del escaparate llamaron la atención de los niños. Pasaron de largo de Zonko y cuando llegaron a Honeydukes Aoife se volvió loca. Literalmente. Draco tuvo que sacarla a la calle, tranquilizarla y advertirle que hasta que no se calmara no iba a volver a entrar. Sin embargo, la tienda había conseguido que Conall se despegara por fin de Harry y ahora caminara tranquilamente de su mano, con los ojos muy abiertos, como si no dieran abasto para contemplar todo aquel universo de dulce. Compraron una caja de ranas de chocolate, y después Draco dijo que podían elegir una cosa para cada uno. Conall enseguida tuvo claro lo que quería. Señaló a Harry un coche muggle de plástico transparente, lleno de pequeñas bolitas de caramelo de múltiples colores. A Aoife le costó mucho decidirse. Dio tres veces la vuelta entera a la tienda, arrastrando a Draco tras ella. Finalmente optó por una cajita de música que estaba llena de un surtido de gominolas, que tenía una hermosa hada pintada en la tapa.

Draco había enviado una lechuza de buena mañana a Las Tres Escobas, así que cuando llegaron su mesa ya estaba preparada. Madame Rosmerta había encantado una de las sillas para que Conall pudiera llegar bien a la mesa. Y puso también un par de cojines en la de Aoife. La niña devoró su comida, mientras Draco trataba de hacerle comprender que no se hablaba con la boca llena. Y que la comida había que masticarla, no engullirla. Conall comió despacito, sin dejar de observar a su alrededor con expresión un poco temerosa. Sin embargo, permaneció tranquilo y sonrió varias veces. Especialmente cuando Aoife le recordaba entusiasmada todo lo que habían visto en Honeydukes.

Mientras Draco satisfacía la cuenta, Harry llevó a los niños al baño. La costumbre estuvo a punto de hacerle entrar con los dos en el lavabo de caballeros.

—Puedes tú sola, ¿verdad? —preguntó a Aoife, rogando que la respuesta fuera sí.

—¡Claro! —dijo ella, ofendida— ¡Yo soy mayor!

Y la vio desaparecer con alivio tras la puerta del lavabo de señoras. Si iban a adoptar a una niña, Draco y él tendrían que considerar algunas cosas, pensó por primera vez. Seguramente, más adelante, Hermione podría echar una mano, se dijo. Y eso le tranquilizó.

Después de comer pasearon un rato y dejaron que los niños jugaran en un pequeño parque que había enfrente de la oficina de correos, mientras ellos los vigilaban desde el banco donde estaban sentados.

—Creo que lo conseguiremos —dijo Draco, tomando la mano de Harry.

El moreno le dio un cariñoso apretón.

—No será fácil —consideró.

Draco dejó escapar el aire con fuerza.

—Conall no habla y Aoife no se calla.

—Esa niña te adora —afirmó Harry.

—¿Tú crees? —observó como Aoife ayudaba a Conall a subirse a un columpio y después le empujaba para columpiarle— Yo todavía no he conseguido que Conall se acerque lo suficiente a mí como para…¡AOIFE! ¡CÓMO SIGAS EMPUJÁNDOLE DE ESA FORMA LE VAS A MANDAR DIRECTAMENTE A LA OFICINA DE CORREOS! ¡Y ALLÍ LO ÚNICO QUE VUELA SON LAS LECHUZAS!

Sé que hemos tomado la decisión correcta, se dijo Harry mientras le daba unas palmaditas a Draco y le invitaba a volver a sentarse, estoy convencido.

—Tranquilízate, Draco. Recuerda, no es educado gritar. Y aquí hay un montón de personas que no te han presentado.

La adopción se formalizó un mes después. Los jóvenes habían podido devolver parte de los artículos que habían comprado para Connor, como la cuna y la bañera o la sillita porta bebés. Asimismo, habían tenido que cambiar la ropa que habían adquirido por otra algunas tallas mayor. Ahora también para niña.

Harry y Draco se sumergieron en la hermosa tarea de ser padres.

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—¡Jodido día! —se queja Harry mientras se soba el hombro—. Ese tipo me dio un buen golpe, el muy cabrón.

Son casi las dos de la mañana. Harry acaba de ducharse y se está poniendo el pijama.

—Anda, métete en la cama, te daré un masaje.

El auror renuncia a la parte superior del pijama y prácticamente se desploma sobre las sábanas.

—¿Aquí? —pregunta Draco, masajeando el dolorido hombro de su compañero.

—¡Auch! Sí…

Las manos de Draco se deslizan por la espalda del auror.

—¿Y aquí?

—Mmmm…

—¿Te duele aquí también?

Harry sonrie, completamente entregado.

—Un poquito más abajo…

Draco llega hasta la cinturilla del pantalón del pijama. Está a punto de retirarlo cuando llaman a la puerta de la habitación y a continuación entra Aoife. Con expresión resabida se planta delante de la cama, y pone los brazos en jarras.

—Que Conall ha vuelto a hacerse pis en la cama —dice con voz cantarina.

Draco suspira.

—No te muevas. Ya voy yo.

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Lamentablemente, en Azkabán se lleva poco o más bien ningún control de la salud de los niños que allí nacen. Y en el orfanato, faltos siempre de presupuesto, se hace lo que se puede. Una de las primeras cosas que los neófitos padres han hecho ha sido llevar a Conall y a Aoife al pediatra. Para descubrir que a ambos, principalmente al niño, les faltaban un montón de vacunas.

La primera coge a Conall por sorpresa. Lograr ponerle la segunda da lugar a una verdadera batalla campal en la consulta del pobre medimago Rowell. Pero para la tercera, Harry y Draco están preparados.

—Repasemos —dice Harry entre dientes, en voz suficientemente baja para que el niño no le oiga—. Tú te plantas delante de la puerta para que no pueda salir —en su desesperación, la magia de Conall había abierto la puerta de la consulta y él había escapado al corredor a toda pastilla—. Yo le sujeto para que la enfermera pueda bajarle los pantalones y el medimago Rowell le pone la inyección.

Draco refunfuña.

—En lugar de ir al pediatra por una simple vacuna, parece que estés planeando una misión suicida.

—Míralo como quieras —gruñe también Harry—. Pero esta vez de aquí no sale si no es vacunado.

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Aoife observa con expresión circunspecta al hombre que tiene enfrente. Alto, imponente, con cara de pocos amigos. Conall, en brazos de Harry, le mira de reojo, agarrado al cuello del auror y con pocas intenciones de bajar de allí hasta que ese hombre desaparezca.

El mago no se molesta en disimular el desagrado que le produce la presencia de los dos niños. Nunca aprobó la elección de su propio hijo. Mucho menos el remedo de familia que ambos se han conseguido.

Comen en un ambiente tenso, a pesar de que Narcisa intenta aligerar un poco la tirantez que se respira en el aire. Draco le sigue la conversación a su madre, agradecido de que al menos ella lo intente. A pesar de que sabe que las decisiones que ha tomado tampoco son de su agrado. Harry permanece en silencio, con un aterrorizado Conall en sus rodillas, dándole de comer al niño de su propio plato. Cosa que parece molestar sobremanera a Lucius. Aoife, no obstante su corta edad, ha entendido perfectamente la situación y tampoco habla. Se limita a comer procurando recordar los modales en la mesa sobre los que su padre Draco tanto ha insistido, y a observar a los adultos. A desear no volver nunca más a esa casa, a pesar de que es mucho más grande y elegante que la que ellos viven. Piensa que el fin de semana será muy largo.

Su padre Draco les ha explicado a Conall y a ella que Lucius y Narcisa son sus abuelos. Y a pesar del extremado parecido físico de su padre con ese hombre, Aoife está segura de que eso es imposible. Porque en su corta experiencia teniendo una familia que la quiere, Aoife sabe que los abuelos abrazan, besan, sonríen mucho, diciéndoles a sus nietos lo guapos que están y lo mucho que han crecido desde la última vez que les han visto. Y siempre ofrecen ricas meriendas y dulces. Sobre todo chucherías cuando los padres están distraídos. Los abuelos se alegran mucho cuando ven a sus nietos. O eso es lo que hacen la abuela Molly y el abuelo Arthur. Que ya saben que no son los verdaderos padres de su padre Harry. Pero que le quieren tanto como si lo fueran. Porque ahora también saben que su padre Harry es huérfano, como Conall y como ella.

Después de comer, Aoife ve como su padre Draco y el abuelo Lucius desaparecen del comedor y no vuelven en mucho tiempo. Su padre Harry no parece muy contento, aunque intenta mantener una conversación cortés con la abuela Narcisa, respondiendo a las preguntas que ésta le hace sobre ellos dos. Pero ella ni les acaricia, ni les abraza. Aoife está cada vez más convencida de que de ningún modo puede ser una abuela. Y así se lo hace saber a Conall, en voz muy bajita, para que ninguno de los dos adultos en el saloncito en el que ahora están la escuchen. El niño asiente, completamente de acuerdo.

Cuando su padre Draco entra por fin en el saloncito, lo hace solo. Tiene una expresión en su cara que Aoife no le ha visto nunca. Una que casi la asusta porque se parece mucho a la que ha contemplado en la de su pretendido abuelo.

—Madre, ¿serías tan amable de decirles a los elfos que vuelvan a hacer nuestro equipaje, por favor?

Aoife observa entonces a su otro padre, quien parece estar apenado y enfadado a la vez. La niña tiene la impresión de que Harry está haciendo un gran esfuerzo para no decir nada.

Esa noche duermen en un hotel. Aoife lo considera muy excitante, porque nunca ha estando en ninguno. Ni siquiera sabía que existían. Sus padres han pedido que les suban la cena a la habitación. Mientras esperan, ella y Conell se sientan en la alfombra, delante del televisor. Pero hablan en francés y los niños no entienden nada. Harry busca de canal en canal hasta encontrar uno en el que emiten dibujos animados y el idioma no es tan importante. Seguramente pensando que están distraídos, su padre Harry se acerca a su otro padre y lo abraza. Le besa y le mima igual que hace con ellos cuando se hacen daño o despiertan asustados por alguna pesadilla. Aoife le da un pequeño codazo a Conall y al percatarse de la escena, el niño suelta una risita, tapándose la boca. Ella le da un coscorrón para que vuelva a mirar al televisor.

Esa noche los dos comparten la cama con sus padres, porque Conall tiene miedo de quedarse en la otra habitación y Aoife no va a ser menos. Les permiten jugar un rato, saltar en la cama y hacer una buena guerra de almohadas. Aoife tiene la seguridad de que todo vuelve a estar bien. Porque ellos ya tienen unos abuelos que les quieren y les miman. Y un padre que les consuela a todos cuando están tristes. Y otro que la llama princesa y nunca se enfada cuando Conall tiene miedo o se hace pis.

Está convencida de que su padre Draco nunca les volverá a llevar a Lausanne, en aquel país extranjero que se llama Suiza.

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—Harry, ¿has tocado por algún motivo las notas que hice ayer? Me falta una hoja.

Draco está trabajando en una nueva poción y estuvo haciendo anotaciones sobre los resultados de la misma la tarde anterior.

—Merlín me libre de tocar tus notas —asegura el auror, que conoce lo quisquilloso que es Draco con sus papeles—. ¿No estuvo Conall coloreando dibujos sentando ahí contigo?

Draco sale como una flecha hacia la cocina, donde los niños están desayunando.

—Conall, cariño, ¿cogiste ayer alguno de los pergaminos de papá?

El niño niega con la cabeza, apretando los labios.

—Padfood, perro malo, seguro que te lo has comido tú —riñe Aoife al pobre animal, que dormita tranquilamente después de haber ingerido su propio desayuno.

—Conall, si lo cogiste, no voy a enfadarme. Pero lo necesito, ¿comprendes? Es muy importante para papá.

El niño parece meditarlo durante unos momentos. Después se baja de la silla y sale de la cocina, seguido de Draco. Sube pasito a pasito las escaleras, entra en su habitación y se dirige hacia el pequeño escritorio donde están los colores y los dibujos que ha hecho y coloreado la tarde anterior.

—Es mi mejor dibujo —asegura apenado, mientras le devuelve el pergamino a su padre.

Draco respira aliviado.

—Nunca, nunca más cojas un pergamino de papá, ¿de acuerdo? Tú tienes tus propios cuadernos para pintar y colorear.

El niño asiente, con cara de arrepentimiento, mirando su querido dibujo como si nunca más pudiera pintar otro. MI PAPÁ DRACO, MI PAPÁ HARRY rezan las letras desiguales al pie de la hoja, escritas por Aoife. Tiene que hacer algo con la caligrafía de esa niña, piensa Draco. Y a pesar de que trata de mantenerse serio y severo, la carita de Conall le derrite por dentro.

—Hagamos una cosa —propone—. Esta tarde cuando vuelva del trabajo copiaré esas notas a otro pergamino y te devolveré el dibujo. Es más, creo que lo colgaré en el despacho, para verlo siempre.

La sonrisa de Conall es uno de los bienes más preciados de la casa.

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—Tendríamos que ir al Callejón Diagon este sábado —dice Harry—, aprovechando que ninguno de los dos tenemos guardia. Hay que comprarles ropa a los niños.

—¿Otra vez? —pregunta Draco— ¿Acaso los hechizas para que crezcan un poco cada noche, sin que yo me entere?

Harry le dirige una mirada resignada.

—Sí, crecen, Draco. Es lo que tienen que hacer ¿no?

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—¡Feliz cumpleaños, papá!

—¡Feliz, feliz cumpleaños! ¡Te hemos hecho el desayuno!

Besos infantiles, húmedos y sonoros. Abrazos que vuelven a tumbarle sobre la cama entre risas cristalinas. Rodillas o pies que golpean en el estomago. O más abajo. Y no puede ni encogerse porque la guerra de cosquillas no tiene piedad de él. Padfood ladra excitado, intentando subirse a la cama también.

Tostadas quemadas que saben a gloria y el mejor café lleno de migas que ha tomado nunca. Le han regalado una preciosa camisa azul que ha elegido Aoife y una esplendorosa corbata roja con snitchs doradas que ha elegido Conall. Que hoy no le quedará más remedio que ponerse. Pero la llevará con orgullo porque se la ha regalado su hijo.

Draco sonríe, de pie al final de la cama.

—Feliz cumpleaños, Harry.

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Aoife está nerviosa y emocionada. Conall está triste. Harry y Draco tienen una extraña opresión en la boca del estómago. Cuando el Expreso de Hogwarts deja la estación, ambos experimentan un retortijón de recuerdos, sazonado de inquietudes y preocupación.

Esperan impacientes a recibir la primera carta de Aoife con la lechuza que le han comprado pocos días antes en el Callejón Diagon, junto con todo el material escolar.

Ravenclaw, dice el pergamino que llega al día siguiente. Harry y Draco se miran. Y ambos sienten un inconfesable alivio.

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Conall, a sus nueve años, se ve muy infantil todavía. Siguen gustándole los coches muggles y tiene una amplia colección, de todos los tamaños, manuales o teledirigidos. Se pasa horas jugando con ellos.

En cambio, Aoife ha vuelto muy cambiada de Hogwarts, para pasar las vacaciones de Navidad en casa. Durante los últimos tres meses ha dado otro estirón. Es una niña alta y espigada. Dos pequeños pechos ya apuntan bajo su jersey. Harry la ha sorprendido en un par de ocasiones hablando de chicos con alguna amiga por su móvil. Tiene trece años.

Dos días antes de Navidad, cuando Harry regresa del trabajo Aoife le está esperando con expresión grave. Empieza a asustarse cuando ella le lleva a la cocina para hablar sin que Conall les pueda escuchar.

—Me ha venido la regla —dice—. Necesito compresas. Ya.

Harry entra en pánico. No hay nada de eso en casa. Agradece, sin embargo, que Hermione le diera la charla a su hija el verano pasado, y tal vez por eso Aoife no parece ni angustiada ni asustada. No es consciente de que él único que tiene cara de susto es él. Con la epidemia de gripe, Draco está doblando turnos en el hospital, así que tendrá que enfrentarse solo al inesperado problema.

Poco después, el auror se pierde contemplando el lineal donde se expone toda una gama de productos y marcas. Compresas sin alas normal, para un flujo regular; con alas normal, flujo regular; con alas super, flujo abundante; con alas superplus, noche; tampones lite, regular, super o super plus… Harry examina algunos envases detenidamente, confundido. Habría jurado que, aunque se encuentren en el mundo mágico, las compresas eran una de esas cosas que no pueden volar. Pero tal vez lo hagan, se dice, por cuestiones de higiene, para dirigirse a la basura una vez utilizadas o algo así. Harry ya no está seguro de nada. Tal vez deba hablar otra vez con Hermione. Pero más le vale espabilar porque a partir de ahora, cuando Aoife esté en casa, habrá que añadir una cosa más a la lista de la compra.

Finalmente, una bruja muy amable se apiada de él y le echa una mano. Vuelve a casa con una bolsa llena de diferentes clases de productos. Porque no sabe lo que a su hija preferirá o le irá mejor.

—¡Eres un sol, papá! —Aoife le abraza y le besa.

Harry se siente orgulloso de sí mismo. Sólo espera que su hija no le pida que le explique cómo se coloca un tampón. Aunque, por si acaso, ha sacado el prospecto del envase y se lo ha leído. Cosa que se teme le será difícil de olvidar en mucho tiempo…

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Draco tiene la tez anormalmente enrojecida. Pero sus ojos se han bañado de hielo. Solo uno de sus puños se aprieta para contener la rabia, porque la otra mano sostiene todavía la carta de su hija. No sabe quién o quienes han sido. Pero lo que sí sabe, es que si en ese momento los tuviera frente a él, haría algo más que cruciarles.

A Draco le han llamado muchas cosas en su vida. Algunas poco agradables de oír. Pero ha aprendido a vivir con ellas porque, a pesar de todo, no se pueden desmentir. Ha tenido que aceptarlas y tragarlas.

Sin embargo, han pasado doce años desde la guerra. Ha redimido todo cuanto tenía y podía redimir. Y, aún así, si alguien a día de hoy utilizara términos insultantes o groseros para referirse a él, no haría ningún drama de ello. Simplemente le ignoraría.

Lo que nunca, jamás, de ningún modo, en la vida ignorará, es que términos insultantes o groseros sean dirigidos a sus hijos.

Inesperadamente, ha sido Harry quien ha conservado la sangre fría y la cordura, mientras él perdía los papeles. Harry ha ido a Hogwarts para hablar con McGonagall y exigir una explicación, así como un rápido desagravio. Otro padre hubiera tenido que contentarse con enviar una lechuza. Pero el Jefe de Aurores del mundo mágico tiene sus privilegios. Y como ha dicho Harry antes de partir, le importa una mierda si parece prepotencia hacerlos valer en esta o cualquier otra circunstancia.

Porque sus hijos son y serán siempre lo primero a proteger para ellos.

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—¿Slytherin? —se pregunta Harry con incredulidad por cuadragésima vez— ¿Cómo coño ha podido acabar ese niño en Slytherin? ¡No tienen nada de Slytherin!

Draco le mira con paciencia. Desde que han recibido la lechuza de Conall, su compañero parece incapaz de salir del estado de shock que le ha producido la noticia.

—Te juro que estaba preparado para leer Hufflepuff, Draco. ¿Pero Slytherin?

Draco empieza a molestarse. Está un poco harto del comportamiento de Harry. Sí, es cierto que Conall siempre ha sido un niño tranquilo, que no parecía ciertamente demasiado espabilado al principio. Había costado que hablara, que dejara de hacerse pis en la cama y que abandonara esa actitud asustadiza que tenía para con todo y con todos los que no formaban parte de su entorno familiar. Pero había que entender las circunstancias en las que había vivido sus dos primeros años de vida y los retrasos que ello le había causado. Sin embargo, el niño que ha tomado el tren a Hogwarts justo el día anterior es un crío completamente normal para su edad. Con cualidades que Harry no ve o no quiere ver.

—Seguramente su familia, como la mía, tiene tradición en esa Casa. ¿De qué te extrañas? Al fin y al cabo dijiste que sabías quién era su madre.

Harry detiene su nervioso paseo y le mira. Conall es tan suyo que ha olvidado sus raíces. Ha olvidado dónde nació y de quién. Ha corrido un tupido velo sobre esas memorias porque Conall y Aoife son sus hijos. Y no los considera de otra forma.

—Parkinson[i]—dice, sin saber porque lo que ha callado durante tantos años ahora sale de su boca tan fácilmente.

Draco asiente. Y le sorprende no estar sorprendido.

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Draco no cabe en sí de gozo. Y no tan solo por el que le está proporcionando Harry en este momento. Que ahora también Conall estudie en Hogwarts tiene sus ventajas. Como la de no tener que contener su libido o limitarla a su cama porque los niños están en casa.

Hoy ha sido el último día de Draco en la botica hospitalaria de San Mungo. Sin abandonar el hospital mágico, el próximo lunes empezará a trabajar en el laboratorio de investigación, de reciente creación, del que ha sido nombrado responsable. Tendrá a tres brujas y dos magos bajo su dirección, elegidos personalmente por él. Después de tantos años su viejo sueño se hace realidad. Para celebrarlo han ido a cenar con el matrimonio Weasley, Kailash y su esposa y algunos amigos más.

Harry ha estado pendiente de él toda la velada, cariñoso hasta el almíbar. Casi no le ha soltado la mano durante la cena, sus ojos mirándole con ese brillo enamorado, que los años no han apagado, pero si deslucido con el día a día y sus problemas. Besándole a la menor oportunidad casi como un adolescente hormonal y ansioso. Y él se ha dejado mimar. Besar. Acariciar por debajo de la mesa como un promiscuo colegial.

—¡Estoy tan feliz por ti, Draco! —la voz de Harry suena un poco pastosa por el vino y por el champán con el que han celebrado el último brindis— Si alguien se lo merece eres tú, amor mío. Y todos los que están sentados alrededor de esta mesa también lo saben.

—Completamente de acuerdo —dice Ron—. Y ten en cuenta que viniendo de mí, es el mejor halago que jamás podrás oír —el pelirrojo sonríe antes de añadir—, hurón.

Todos ríen y aplauden mientras Ron alza su copa en dirección a Draco con una mueca burlona a la que el rubio corresponde con el mismo gesto y tono.

Draco se siente en una nube de la que no quiere bajar. Solo le faltan sus hijos para ser totalmente feliz. Pero no esta noche, piensa después, mientras observa la expresión depredadora en el rostro de Harry. Porque espera que la celebración que seguirá a la cena sea completamente subida de tono. No apta para menores.

Cuando llegan a casa Draco está ya completamente empalmado. Entran en el salón comiéndose la boca y arrancándose la ropa. Y acaban sobre la alfombra, delante de la chimenea, como en los viejos tiempos. El cuerpo de Draco arde bajo las manos de Harry. Hace mucho tiempo que no se siente tan excesivamente febril ni tan hambriento de la piel que ahora roza rítmicamente contra la suya. Inmovilizado bajo el cuerpo del auror, Draco gime y lloriquea mientras su erección se frota cadenciosamente contra el vientre plano y duro de Harry. Las embestidas son lentas, profundas y Draco agradece que Harry esté mucho menos ebrio de lo que aparentaba al salir del restaurante. Que controle el placer de ambos de esa forma tan Gryffindor que tiene de hacerle saber que es suyo. Solo suyo. Y Draco se deja arrastrar por la pasión desbordante del hombre que penetra en él con la misma fuerza con la que su mirada le dice cuánto le ama. Y solo necesita esa mirada para correrse hasta que su cuerpo desmaya de placer.

—Te amo —musita Harry cuando por fin recupera el resuello tras su propio orgasmo.

Draco abraza el cuerpo sudoroso que descansa sobre el suyo y acaricia el cabello negro y húmedo que se extiende bajo su barbilla. Sigue abrazándole durante un buen rato, en silencio. Porque, aun después de 15 años, ama tanto a Harry que no tiene palabras.

o.o.o.O.o.o.o

El curso ha tocado a su fin. Aoife se gradúa y parece que fue ayer cuando tomó el tren a Hogwarts por primera vez. Han decorado el Gran Comedor para la ceremonia y está precioso. Harry rememora con un poco de tristeza que no hubo ninguna ceremonia de graduación para los de su generación. Y la emoción le puede al encontrarse en Hogwarts esta mañana de junio. McGonagall, más arrugada y apergaminada que nunca, se mueve por todo el salón dando órdenes con cierto aire histérico, tratando de controlar a padres y estudiantes. La edad no perdona.

Hoy Harry se siente también especialmente nostálgico, con una alegría triste. ¡Está tan orgulloso de Aoife! Y a la vez tan decepcionado. De que los años hayan pasado con excesiva rapidez. Su pequeña ya no es pequeña y se le escapa de las manos. El próximo septiembre irá a la universidad para estudiar medimagia. Después conocerá a alguien, si no lo ha conocido ya, se comprometerá, se casará… Harry no quiere pensar en ello. Para animarse, se dice que todavía les queda un buena pieza que graduar.

Conall está en tercero, y sus principales cualidades son ser un excelente jugador de Quidditch —y a Harry le gusta pensar que en eso él ha tenido mucho que ver—, y meterse en problemas. No le gusta demasiado estudiar, a pesar de que tiene capacidad para ello. Sus notas siempre se mueven entre el Aceptable y el Supera las Expectativas, sazonadas con algún que otro Insatisfactorio. Claro que, según Conall, como va a ser corredor de Fórmula Uno, ¿para qué necesita Herbología o Pociones? A Draco le chirrían los dientes cada vez que le oye. Le ha amenazado con mandarle a Durmstrang el próximo curso si por lo menos no hay tres Extraordinario en sus notas este año. Harry piensa que Draco debería entender de una vez por todas que Conall no es Aoife, quien le mal acostumbró a leer Extraordinario prácticamente en todas sus calificaciones.

Hablando de Draco… Harry mira a su alrededor, buscándole de nuevo. El muy cabezota debe estar otra vez vigilando a ese chico que, según él, se toma demasiadas libertades con Aoife. El día que su hija traiga a alguien a casa, aparte de estar enamorado de ella, el pobre chico habrá tenido que hacer un cursillo exhaustivo de cómo enfrentarse a Draco y sobrevivir al intento. Tomarse una buena dosis de Felix Felicitas seguramente le podrá ayudar bastante.

—¿Dónde te habías metido? —pregunta cuando Draco por fin aparece.

El rubio se encoge de hombros.

—Dando una vuelta por ahí, saludando gente.

Sin embargo, Draco tiene la expresión de haberse quedado con las ganas de maldecir a alguien. Harry le toma del brazo para que no se le vuelva a escapar y se dirigen hacia los asientos preparados para los padres. La ceremonia está a punto de comenzar. Inconscientemente, Harry juguetea con el nudo de su corbata. Draco no puede evitar esbozar una sonrisa. Porque a su memoria regresa el recuerdo de otro momento, ambos sentados en unas incómodas sillas de plástico. Y como en aquella ocasión pregunta:

—¿Nervioso?

Harry deja en paz la corbata y asiente.

—¿Tú? —pregunta a su vez.

—También —confiesa el rubio.

Harry busca su mano y la estrecha con fuerza en la suya.

—Ha salido bien —dice.

Draco frunce un poco el ceño.

—Te lo diré dentro de cuatro años.

Y dirige la mirada a la zona donde están los estudiantes de los cursos inferiores a séptimo. Concretamente donde se encuentran los Slytherin. Harry niega con la cabeza y sonríe.

—Draco, ha salido bien —repite—. Mucho mejor de lo que esperabas, confiésalo.

Draco toma aire antes de enfrentarse a la mirada de Harry. Y cuando lo hace, sabe que no puede mentir. Porque, nimiedades aparte, es cierto. Jamás se ha arrepentido de la decisión que tomó en su día. Y ofrece con mucho gusto su confesión a Harry.

—Lo hemos hecho muy bien.

FIN


[i] Pansy Parkinson había matado a un auror durante la batalla de Hogwarts. Había logrado escapar durante la confusión que siguió a la muerte de Voldemort. Tres años después la habían encontrado y detenido. Estaba embarazada, pero nunca delató a su compañero, que no se encontraba con ella en ese momento.