—El Mejor De Todos—

Todo mundo pensará que Hermione siempre fue la mejor de su generación en todo, todo lo que hacía, todo lo que se proponía, lo cumplía. La mejor bruja, la mejor amiga, la maga más inteligente desde que Lily Evans había dejado Hogwarts. Pero lo cierto es otra cosa. Ron en algo fue mejor que la castaña y a ella le duele reconocer no el que le haya ganado, sino gracias a quién fue que el pelirrojo la superó.

Lavender Brown, fue esa chica, la que le enseñó cada secreto sobre el arte de besar a Ron y se lo transmitió con mucha experiencia y paciencia. Esas horas perdidas entre rincones oscuros de pasillos y pasillos dieron muy buenos frutos. Lástima que la maestra haya podido disfrutar tan poco tiempo de los dotes de su alumno.

Los labios de Ron eran vírgenes aquella tarde de victoria para Gryffindor. Fue Lavender quien se encargó de transformarlos en labios expertos, en probarlos antes que ninguna mujer y descubrir a qué sabían. Fueron los labios rosados y experimentados de la rubia quienes los instruyeron. Y fue eso lo que Hermione nunca le perdonaría a ambos, aunque después la castaña sacara provecho de las dotes artísticas de su novio.

La bruja más inteligente de la generación de Harry, admitió delante de su esposo pelirrojo que sí, que realmente él era mejor que ella en algo muy interesante y provechoso, en saber cómo transformar un rose insípido de labios en una dulce tortura de amor. Y también admitió algo que se había guardado desde sus años de colegiala hasta su noche de bodas.

—Ronald…—

—Mmm— Mientras su marido se entretenía en besarle la curva que se ocultaba debajo de su barbilla, Hermione trataba de decirle la verdad sobre un asunto muy importante.

—¿Recuerdas el motivo por el cual te hiciste novio de Lavender?

—Ajá—

—Pues… te mentí.

—¿Cómo que me mentiste? ¿De qué hablas, Hermione?

—Nunca fue cierto— La castaña se alejó de Ron, para irse a sentar sobre la enorme cama de un blanco perfecto.

—En verdad, cariño, ¿te parece este el momento más adecuado para ponerte misteriosa? — La mirada de su ahora esposa se tornó sombría y él comenzó a pensar lo peor— Ven acá.

—No, Ron. Te mentí. Lo siento mucho— Soltó un suspiro. Ron caminó hasta ella, rodeó con cuidado la enorme cola del vestido para no pisarla, se inclinó sobre sus rodillas para apoyarse sólo sobre sus talones y tomó sus dos manos entre las suyas.

—Me estás tratando de decir que… que tú no…— Se calló sin lograr terminar la oración que tanto le costaba pronunciar.

—Exacto— La castaña apretó las manos de su marido para darle a entender que le costaba mucho admitir esa verdad.

Ron se levantó como un resorte, se paseó por toda la recámara, se mesaba el cabello y ella sólo esperaba sentada, expectante, hasta que él volviera a decir algo.

—Hermione, tu ya no… ya no…— El pelirrojo se paró enfrente del tocador para mirar cara a cara a su mujer. Ella asintió con la cabeza y con un ronco murmullo.

—¡Ay Merlín! ¡Merlín! ¡Merlín! — Gemía y se lamentaba su esposo, mientras ella seguía sentada sobre la cama, con las manos colgándole a ambos lados de la colcha. Suspiró con impaciencia. De verdad, no creía que el decirle la verdad fuese a resultar más dramático de lo que se imaginó.

—Ron, cálmate. La que debería de estar histérica debería de ser yo, no tú.

—Já. Y ahora hasta te indignas. ¿Con qué derecho, eh?

—Con el derecho que me da el admitir por vez primera que hay alguien mejor que yo.

—¿De qué rayos estás hablando?

—Pues eso, que gracias a Lavender tú eres el mejor besador del mundo y eso que no tengo con quien comparar.

La cara del pelirrojo era un poema. Sabía que su castaña era inteligente y que muchas de las cosas que decía él no las lograba comprender, pero esto rompía el récord de lo incomprensible.

—Te mentí, Ronald. Nunca me besó Víktor. Tú fuiste el primero, él único y el último.

—¿Hermione, todo este tiempo hemos estado hablando de un beso?

—Sí ¿ o de qué creías tú que hablaba? — La mujer lo miró suspicaz, con las dos manos entrelazadas sobre sí mismas.

—De nada que importe ahora. Ven acá— La castaña corrió a sus brazos que la esperaban abiertos, como su corazón, el lugar a donde ella pertenecía. —Entonces, señora Weasley, esta usted celosa porque soy el mejor besador del mundo ¿verdad? — La apartó un instante para mirarla a los ojos— pues ahora descubrirá los beneficios de tener por esposo al mejor besador.

Y claro que los descubrió aquella noche.


NO tengo perdón de Dios, lo sé, dije que pronto regresaría y miren hasta cuando me he dignado a subir algo *anel corre y se esconde* pero bueno, para que les digo más tarugadas, mejor les pido una enorme disculapa (del tamaño del mundo) y le imploro a algún santo para que alguien siga por acá.

Madame. 07/02/12