Capítulo final. Quiero agradecer a todas las personas que me dejaron review, a continuación: Shashira - luna -maga - La Flacu - Patricia Saenz - vittoria´s malfoy - shey - pottercita007 - Edna - Pao Malfoy Cullen Uchiha - alice paola - M.B. Black - Irene Garza - ZarethMalfoy - Awua - pekelittrell - Karix7 - Abriley - Matsumoto (quien además hizo las bellísimas carátulas del soundtrack, una genia :)) - Diable Dreams - Virginie Diggory. Aprovecho para pedirles perdón por mi inconstancia a la hora de subir los capítulos y les agradezco por agregar la historia a favoritos y alertas.

También quiero agradecer a las personas que leyeron y no dejaron review, porque de un modo u otro me hicieron llegar su opinión del fic, agregándolo a alertas.

Hoy: la canción que elegí es "Whisper of a Thrill" de la banda sonora de la película Conoces a Joe Black?. POR FAVOR, escúchenla.

Espero que les guste. Y ya saben: críticas, sugerencias y lo que gusten.

Sin más preámbulos, el chap.

Enjoy!



El suspiro de un escalofrío

7 de marzo.

Recuerdo el día en que me di cuenta de que estaba enamorado de ti.

16 de marzo.

Recuerdo cuando comenzaste a perseguirme, Draco.

28 de marzo.

Yo no te estaba persiguiendo, Hermione. Sólo quería hacerte conocedora de mis sentimientos.

Lo que digas, cariño. ¿Recuerdas cuando intentaste besarme?

Lo recuerdo perfectamente.

17 de abril.

Recuerdo a la perfección el día en que recibí la invitación para el Baile.

Sí. Yo también.

15 de mayo.

Recuerdo aquella noche...

La del Baile.

7 de julio.

Recuerdas... ¿nuestra primera vez?

Tus gritos no me dejarán olvidarlo nunca, querida.

¡Draco!

20 de septiembre.

Recuerdo cuando le dije a Astoria sobre lo nuestro. Fue pan comido, sí.

Uf. A mí me gustaría poder decir lo mismo, pero la tuve un pelín más difícil.

1º de diciembre.

Sí nos casamos, Draco. ¿Te acuerdas? Trata de recordar, por favor.

4 de enero.

¿Recuerdas el día en que nació Bethan?

Sí, Hermione. Es uno de los recuerdos más vívidos que tengo.

20 de enero.

Tu mano se detiene sobre la hoja del cuaderno en el que estás escribiendo al ver al sanador acercarse, con una expresión que no augura nada bueno.

- ¿Le sucedió algo?- preguntas, con el corazón en un puño.

- En realidad… verá, señora – el hombre aparenta estar nervioso, una gota de sudor cae por su mejilla – el caso es que no ha mejorado en la última semana. La nueva poción que probamos resultó ser inútil, y el organismo del señor Malfoy no la toleró.

Tus pulmones se cierran.

- ¿Qué quiere decir con eso? – levantas el volumen de tu voz, sin poder evitar que los ojos se te llenen de lágrimas.

A él le cuesta hablar. Se supone que en su calidad de sanador tendría que mantenerse al margen, con frialdad profesional, y limitarse a informar el estado del enfermo. Pero el año que ha transcurrido forjó una estrecha relación entre Draco y él, así que no te extraña que su voz suene quebrada, rota por el esfuerzo de comunicar la peor noticia de todas.

- Hermione…

- Dímelo de una vez.

Con tantas puñaladas que la vida te ha asestado, estás segura de que una más no hará la gran diferencia. Eres capaz de tolerar el dolor.

- Draco tiene hasta esta noche. De hoy no pasa.

Claro que la vida es más sabia que tú, como era de esperarse. Y te pega en tu punto débil, la última esperanza que guardabas como un tesoro porque sabías que si la perdías, perderías todo.

Con que Draco tiene hasta esta noche, repites para tus adentros. El muy maldito. Te prometió que iba a luchar un año más, que lo que menos quería era abandonarte, que la muerte no se lo iba a llevar así como así. Mentiroso desgraciado.

Seguir llorando es en vano. Llorar no aliviana tu tormento como antes. Ahora lloras por inercia, las lágrimas salen sin que tú tengas necesidad de llamarlas. Estás tan acostumbrada a ello que no te das cuenta de que todo tu rostro está empapado, con sabor a sal.

Bajas la vista al cuaderno con la mente a metros de allí, en la habitación donde Draco descansa y la muerte espera, igual que tú. Tú esperas que las horas se pasen lo más despacio posible; ella espera que tu esposo decida dejar de esforzarse y abandonarse en sus fríos brazos. Es cuestión de esperar.

Lees lo que hay escrito en la página amarillenta. Todo lo que pudiste recopilar, los débiles extractos de memoria que Draco hilvanó de vez en cuando, tú los anotaste para dejar constancia de su paso por el mundo - y de que alguna vez, ustedes se amaron-. Tú te encargaste de registrar, en las pocas oportunidades en las que Draco se encontraba completamente lúcido, sus conversaciones, sus chistes, sus reflexiones… todo.

Son sus recuerdos. Su vida, sus hazañas, la simple maravilla de despertar cada día y verlo a tu lado. Todo lo que queda de él se reparte entre tus pensamientos y ese ajado cuadernillo que yace en tu regazo. ¿Patético, verdad? Como ya no confías en tu memoria, que solía ser prodigiosa y ahora te decepciona cada vez más a menudo, tienes que anotarlo todo (hasta los detalles más tontos) para que no se te escape nada.

Estás vieja. El cuerpo y el espejo te gritan todo el tiempo lo vieja que estás. Tu pelo es frágil y del color de las perlas y tus manos manchadas y arrugadas parecen temblar todo el tiempo aunque no sea así. Te duelen cosas que nunca pensaste que te iban a doler, te sientes cansada con frecuencia. Tienes cincuenta años, pero pareces de setenta.

Y con justa razón. Los últimos años los has vivido entre hospitales, visitas a médicos y psiquiatras, clínicas en todos los rincones de planeta, internaciones a medianoche en San Mungo… unos planes muy diferentes a los que tenías en mente cuando pensabas en envejecer junto a tu esposo en paz.

¿Por qué el destino los castigó así? ¡Con lo todo lo que les quedaba por hacer! El primogénito de Hyperion estaba en camino, y su abuelo iba a morir sin conocerlo. Bethan se había mudado a Wiltshire, y su padre no podría ir a visitarla para desearle suerte. El viaje a Escocia que programaron para celebrar su aniversario quedaría en el olvido, así como tantas otras cosas que pasarían a la historia en cuanto Draco respirara por última vez.

Porque ahora su vida entera pende de un hilo. La maldita enfermedad que lo está apartando de tu lado los tiene a su merced, a él y a ti. Y sientes que bien podrías morirte en este preciso instante, porque ya no le encuentras sentido a casi nada. Están tus hijos, tus nietos, tus amigos, tu familia. Ellos seguirán adelante. El mundo seguirá girando a su propio ritmo, y obviamente no se detendrá sólo porque Draco Malfoy haya muerto. Claro que no.

Todo el maldito universo seguirá adelante, y tú te quedarás estancada por el resto de tu existencia en este día, en este momento, en este lugar. Por culpa de él.

Él, que hizo que probaras la miel más dulce de sus labios y ahora, sólo porque resulta que se va a morir, te la quita. Él que te lo dio todo, hasta lo que no tenía, para que fueras feliz. Él, con sus ojos grises siempre brillantes y su porte de caballero. Él, todo se limita a él y odias eso porque, ¿qué se supone que vas a hacer cuando él ya no esté?

Aún sostienes en la mano sus recuerdos. A lo lejos, en la sala continua, tus hijos te observan con el rostro sombrío, temerosos de acercarte. Creen que lo mejor en estos momentos es dejarte sola, y lo bien que hacen. Después de todo, tienes que empezar a acostumbrarte a la soledad cuanto antes, ¿no es así?

Una vocecilla dentro de tu cabeza susurra que estás actuando de manera equivocada al resignarte. Que la esperanza es lo último que se pierde. Que no está muerto quien pelea. Que aceptar que Draco se va a morir no es lo mejor que puedes hacer.

- ¿Qué es lo que tengo que hacer entonces, maldita sea? – gritas incorporándote de golpe, desatando la rabia que duerme en tu interior al mismo tiempo que arrojas con violencia el cuaderno al suelo. Tus rodillas caen sobre el mármol frío y tus manos recorren tu melena revolviéndola, tratando de arrancar cada hebra de cabello para así poder sentir un dolor más fuerte que el que en este instante te corroe las entrañas y no te deja respirar. Quieres morirte de una vez, escapar de todo esto y esperar a Draco del otro lado con los brazos abiertos para seguir caminando juntos, sin importar hacia dónde. Porque es lo que él dijo. Siempre juntos.

Sigues llorando. Una muchacha vestida con túnica rosa se acerca sigilosamente, con una botella de vidrio en la mano. La observas un instante y luego te volteas. A estas alturas no te importa que te vean llorar; sin embargo un resquicio de tu orgullo sigue viviendo en ti. Sientes cómo se agacha a recoger el cuaderno, para a continuación arrodillarse a tu lado y entregártelo, extendiendo su mano izquierda hacia adelante.

- El señor Malfoy quiere verla, señora.

La chica habla en susurros. Aceptas el cuaderno de su mano y lo cierras, sacudiéndote por culpa de los sollozos. Ella te ayuda a levantarte de manera suave y gentil, y antes de que te marches te toma del brazo. El gesto te sorprende ligeramente.

- Le dio toda una vida de ventaja, ¿sabe? La muerte, digo. Ha vivido todo lo que ella quería que viva, ni una cosa más.

Frunciendo el ceño, te preguntas cuántos años tiene esta joven parada frente a ti, ofreciéndote una sonrisa tenue pero segura. Porque acaba de hablar con las palabras de una persona mucho mayor y más madura, y en el fondo dichas palabras logran reconfortarte. Aunque no sea suficiente para paliar el dolor.

- ¿Cómo está él? – preguntas sin saber muy bien qué decir. Tu voz se asemeja a un graznido. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste?

- Bien, señora Malfoy. Está muy tranquilo. Le dimos diez miligramos de díctamo para contrarrestar su malestar, lo único que podemos hacer – ya lo sé, piensas. No necesitas que te lo recuerde - Me pidió que la llamara, y me dijo que le diga que lleve… - se detiene, señala el cuaderno. Asientes brevemente, pero te mantienes en tu lugar al ver que ella todavía no ha terminado de hablar.

- Es la ley de la vida, señora Malfoy.

- ¿La ley? – te burlas – Pues es una ley muy injusta, ¿no te parece?

- Sé que en este momento no va a entenderlo, pero así es.

- Sí que lo entiendo, niña. Sí que lo entiendo. Ahora, si me disculpas, pasaré a ver a mi esposo.

Es obvio que entiendes. Entendiste a los golpes, después de horas de caminar bajo la lluvia, después de litros de alcohol en las noches en vela, después de gritar y suplicar y rogar. Entiendes que por más que lo desees, su corazón dejará de latir y su piel se marchitará.

No hay magia que detenga eso.

La puerta se abre con un chirrido. Allí yace él, acostado de espaldas al ventanal y con la vista perdida en un punto de la pared. Estás acostumbrada a esta lúgubre imagen; no obstante, siempre que entras a visitarlo sientes que te falta el aire por unos segundos. La silla que él dispone para que te quedes a tu lado está ahí. Las flores que pones cada mañana al lado de su cama están ahí, ya que ordenaste que nadie las mueva de su sitio. Hay fotos por todas partes: tuyas, de los dos, de los niños… él lo quiso así, para ayudar a su deteriorada memoria a tener presentes a sus seres queridos, todo el tiempo.

Todo está igual que siempre, pero hoy no es igual que siempre.

Te sientas, haciendo ruido adrede para que él se voltee a verte. Esboza una sonrisa débil y tú se la correspondes, a pesar de que por dentro quieras gritar.

- Hola, Hermione.

- Hola, Draco - te sientes una estúpida al no poder contener el llanto.

- ¿Trajiste lo que te pedí? – su voz es forzadamente arrogante, dejando entrever el enorme cansancio que carga sobre sus hombros. Ya no te engaña, fingiendo sentirse fuerte como un roble.

- Sí, claro.

Le das el cuaderno. Sus manos pálidas lo abren, sus ojos deslizándose lentamente sobre tu caligrafía. Luego de un minuto, encuentra lo que estaba buscando y te lo devuelve, abierto exactamente en la página en la que estabas escribiendo.

- Aquí es donde tienes que escribir nuestra charla de hoy – repone jovial. Te preguntas cómo hace para fingir que todo está bien, cuando en realidad todo está yéndose al infierno.

Clava su mirada en ti. A él no le gusta verte llorar, en realidad odia que lo hagas. Pero dadas las circunstancias, piensas que no está en condiciones de reclamarte nada.

- Agradezco que te hayas lavado la cara antes de entrar – dice, a la vez que sus dedos torpes se deslizan por tu mejilla. Cierras los ojos ante el contacto. – Te ves más bonita sin los ojos hinchados.

Y ya no puedes soportarlo. Tu mano se aferra a la de él y dejas caer tu cabeza violentamente sobre su pecho, rompiendo a llorar con todas las fuerzas de las que dispones. Percibes el compás de su pecho al respirar con dificultad, el sonido sibilante de su garganta que hace que te sangren los oídos, sus dedos perdiéndose entre tu pelo. Lo abrazas estrechamente, te pegas a él pretendiendo fundirse en uno solo aún sabiendo que siempre lo han sido.

- Ya, querida, no llores – murmura él, tratando de calmarte – Todo estará bien… ya lo verás. Voy a sentirme mejor y tú también, recuerda que tienes toda una familia a tus espaldas…

- ¡No me importa! – gimes, abandonándote a sus caricias – ¡No me importa! ¡Yo quiero irme contigo!

Se lo gritas desde lo más profundo de tu alma, hablando con la pura verdad. Es lo que más quieres, ¿por qué él no habría de aprobarlo entonces, habiéndote consentido la mayor parte de su vida?

- Mírame, Hermione – el tono que emplea es autoritario. Te das cuenta de que está enojado, más aún al levantar la vista y encontrarte con su semblante adusto y sus ojos helados.

Te secas las lágrimas con la mano e intentas retornar a tu posición. Pero él toma tu rostro con ambas manos, acercándote. Parece decidido como nunca lo has visto. Y entiendes que ha aceptado su destino desde mucho antes de que el sanador se acercara a ti para comunicarte que iba a morir. No se rindió. Simplemente lo aceptó.

Te preguntas cómo. Tú, después de años de convivir con la enfermedad, aún sigues sin entender ciertas cosas.

- Estás siendo muy insensata, Hermione. ¿Acaso no ves que los niños te necesitan? ¿Que tus amigos también te necesitan? Yo necesito que te quedes aquí, que vivas tu vida y que disfrutes. Yo ya lo he hecho, así que es justo que me vaya.

Justo. Justicia. Todo el mundo te tiene harto con la dichosa palabrita. Nadie tiene ni puta idea de lo que es justo.

- Además, lo último que quiero es irme de este mundo dejándote convertida en una llorona.

- Eso nunca – sonríes, depositando un beso en sus labios tibios – Como que me llamo Hermione Granger de Malfoy.

- Así me gusta, pequeña.

Se quedan en silencio un buen rato. Sólo mirándose. Sus dedos están entrelazados con los tuyos y te dejas llevar por la marea de pensamientos que te acomete. El constante deseo de llorar se ha apagado, por lo que intuyes que Draco te ha transmitido la confianza y la tranquilidad suficientes como para afrontar la muerte de la misma manera que él. O al menos intentarlo.

Pero el dolor sigue allí. Temes en realidad que nunca vaya a irse del todo, sino que se arraigue en tu interior como un tumor tóxico, ponzoñoso. Y la única cura para tanto dolor es precisamente la única que no ha sido aprobada por tu esposo.

- Lo siento, Hermione. Lo siento – rompe el silencio de repente, tomándote desprevenida.

- ¿Por qué lo sientes, Draco? No tienes que disculparte por nada – le aseguras, acercándote nuevamente a él y pasando una mano por su pelo, que extrañamente ha conservado su color.

- Siento haberme… olvidado de ti, de ustedes, tantas veces…

Qué ironía. Él detesta verte llorar pero hace hasta lo imposible para que vuelvas a hacerlo, incluso reflotar todos aquellos oscuros momentos en los que no te reconocía, ni a ti ni a los niños…

- Soy yo, Draco, Hermione…

- Yo… no la conozco, no sé quien es…

- Por favor. Haz un esfuerzo…

- Ya le dije que no sé quién es, señora. Hágame el favor de dejarme en paz.

- Pero, ¡si soy yo, Draco!

- ¡Deje de llamarme así! ¡Usted no me conoce!

Eso quedó atrás. Tú te encargaste de dejarlo atrás.

- Ya está, Draco. Ya pasó.

- Entonces, ¿me perdonas? – se parece a un niño rebelde que se disculpa tras haber cometido una travesura. Besas su frente surcada de arrugas en respuesta, haciendo que él deje escapar el aire que había estado conteniendo. Acto seguido, apunta con su dedo índice al cuaderno.

- Prométeme que escribirás todo.

- Lo prometo.

- Y prométeme que te quedarás aquí.

El aquí implica muchas cosas, y tanto él como tú saben bien a qué se refiere. Evitas mirarlo a los ojos cuando se lo prometes; de todas formas él se da cuenta de la falsedad de tu juramento. Pero no dice nada. No quiere discutir. Sabes que él piensa que en todos estos años no ha podido ni querido doblegar tu voluntad. Y tú quieres decirle que la única persona por la que habrías agachado la cabeza es él, pero tu voz parece haber muerto.

El momento se acerca. Ninguno de los dos quiere decir nada al respecto, en un vano intento de distender la situación y tratar de que las agujas del reloj se demoren. Igual es en vano.

- Estoy…tan cansado, Hermione.

Te parte el corazón en mil pedazos escucharlo hablar, apelando a sus últimas energías. Te gustaría poder hacerte cargo de su sufrimiento, compartirlo al menos. Lo que sea con tal de verlo bien.

Le pides a cualquier dios que se haya detenido a oír tu plegaria que regrese el tiempo atrás, a aquellos años tan felices en lo que él lucía rozagante, cuando rebosaba de vida por sus poros. Deseas ver por lo menos durante un segundo al chico del que te habías enamorado, ese muchacho atlético y orgulloso que te había atraído a base de aventuras y sorpresas todos los días. El que se había atrevido a besarte a sabiendas de que tú lo odiabas. El que se transformó en un hombre por el que luchaste a capa y espada.

Ese muchacho… que ahora constituía un simple recuerdo. El chico que terminaría sus días en una cama de hospital, débil y enfermo. Aquejado por una enfermedad desconocida que se había presentado de forma súbita en su cuerpo, y no había tomado reparos a la hora de destruirlo.

- Ya tendrás oportunidad de descansar, Draco. Ya lo verás – intentas avivar la conversación puesto que sabes que en cuanto se duerma, no se despertará jamás.

- Yo… no tengo miedo, ¿sabes? – lo dice con cierta jactancia, como si tuviera que demostrárselo a alguien.

- Lo sé.

Lo besas una vez más, con los ojos cerrados. Al abrirlos te encuentras con su rostro relajado, blanco. Todavía conserva un toque juvenil, a pesar de las arrugas y las sombras moradas bajo sus ojos. Las yemas de tus dedos recorren su superficie, reteniendo cada detalle y deleitándose con el tacto, igual que cuando terminaban de hacer el amor y él caía rendido por el esfuerzo.

Tiene los ojos cerrados pero está despierto. Aún.

- Recuérdame siempre, Hermione – no, no. Todavía no te puedes ir, Draco. Quédate un ratito más conmigo, por favor.

- Basta. Deja de despedirte – le suplicas, con las lágrimas acechando y listas para ser derramadas a pesar de lo bien que las ocultaste.

- Es necesario. Quiero hacerlo.

Espléndido. ¿Y qué hay de ti? ¿Y si no quieres hacerlo?

- Recuérdame, pero sigue adelante.

- Lo haré, lo haré – mientes, sintiendo cómo tu vida pasa por delante de tus ojos.

- Tienes… tienes que prometérmelo – su respiración se entrecorta, comienza a agitarse. Este no puede ser el fin, no.

- Te lo prometo, Draco, por Dios – sueltas un sollozo, y luego otro, y otro. Y su mano, la cual sostienes junto a tu mejilla, se humedece a causa de tu llanto, y el agarre firme que él te proporciona comienza a perder fuerza.

- Ya es hora.

- Te amo, Draco, te amo tanto... – la idea de que no se lo has dicho las veces que se lo merecía viene a tu mente, entre tantas otras cosas que quedarán sin decir.

- Yo también, Hermione.

"Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando."

Se ha ido.

Ya está. No hay vuelta atrás.

Jamás volverá a hacerte reír. A tocarte. A besarte. A abrazarte por la espalda. A velar tu sueño. A tomarte de la mano.

Está tan quieto… parece dormido. Tu nariz se entierra en su cuello para aspirar su perfume.

Te acuestas a su lado, consciente de que en cualquier momento los sanadores van a darse cuenta de que algo anda mal. Le acaricias el cabello suavemente, con la mente en blanco pero a la vez fija en tu meta. Ya lo decidiste.

Tus labios dejan su marca en tu mejilla. Extraes tu varita del fondo de tu bolsillo, la mano moviéndose determinada hasta posarse sobre tu pecho. La punta de la varita se dirige hacia tu piel. Y procuras murmurar lo más bajo posible para que él no te escuche.

Avada Kedavra.



Bethan recogió el cuaderno con un semblante indescifrable. Leyó para sus adentros lo que estaba escrito en la última página y sonrió. A su madre se le daba bien eso de escribir historias.

- ¿Qué es lo que tienes ahí, Bethan? - inquirió Hyperion, enjugándose una lágrima.

Su hermana, sin poder dejar de sonreír, posó sus ojos grises en los suyos con una intensidad abrumadora.

- Recuerdos. Sólo recuerdos.


No me maten, plis :P La frase es de Rabindranath Tagore.

Espero que les haya gustado, y ya saben: críticas, sugerencias, etc.

Gracias por leer!

Elianela.

Dedicado a Ale, a lunita, a Ire y a mi hermano que resignó horas de PC para que yo pudiera escribir.