Disclaimer: Ante todo Rurouni Kenshin no me pertenece, no hago esto con ánimo de conseguir dinero, solo de entretener a la gente y plasmar mis ideas. Esta gran obra le pertenece a Nobuhiro Watsuki no a mí.

Aclaración: La historia saltará de unos lugares a otros en el tiempo, por lo que no será una aventura lineal, ya que pasaré de unos personajes a otros, pero se verá claramente el cambio, ya que tienen edades diferentes me veo obligada a hacer esto, no obstante le da mucho dinamismo a la historia.

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Bakumatsu.

Por: Shumy.

Capítulo 1: Aquellos que forjaron una era.

Región feudal de Edo.

18 de mayo de 1849.

Todo era oscuridad.

Sin embargo la bola de fuego empezó a surgir por el horizonte, bañando la tierra una vez más con su luz, responsable de la vida en el planeta. Aquel bello espectáculo habría encogido de regocijo el corazón de muchos.

Los tibios rayos de sol danzaban, dando multitud de sombras y matices a todos los objetos que encontraban en su camino. Las sombras bailaban una exótica y antigua danza mística que empapaba los sentidos de melancolía serena. La luz de un nuevo día daba un halo de magnificencia a todo aquello que tocaba, acariciando el contorno de los árboles, dando vida a las hojas, haciendo su llamado diario, obligando a la tierra fértil a despertarse, una vez más, en un círculo interminable de perfecta armonía.

Las frías aguas del río se movían bravas e indómitas hacía su inexorable destino, el mar. Un río que marcaba el fluir de la vida, una corriente fuerte y salvaje, que impedía retroceder, que nos empujaba hacía delante, permitiéndonos ver el pasado pero no alcanzarlo, un suave espejismo que desaparecía entre nuestros dedos al alzar la mano, dejando una sensación de cierto entumecimiento, como si aquellos recuerdos fueran algo imborrable e inalcanzable, haciéndonos saber que era imposible alcanzar el pasado, que solo se debía mirar hacía adelante y vivir el presente.

Más sin embargo todos estos hechos pasaban desapercibidos para una pareja de jóvenes comerciantes que paseaban tomados de la mano.

Cierto era que las tradiciones japonesas no permitían esos acercamientos en lugares públicos, sin embargo el vasto paraje solo era ocupado por aquellas menudas figuras que caminaban con paso suave.

El hombre empujaba un pequeño carrito en el que llevaba todas sus pertenencias y su forma de vida. Los pequeños bártulos daban a entender que el cargamento era escaso, después de todo era un comerciante ambulante, alguien insignificante en plena era Tokugawa.

Aquel hombre joven no llegaría a los 30 años, pero para un comerciante con esa edad ya debería tener un par de críos, y aquello era un vacío silencioso que se respiraba en el fresco ambiente, mientras el sol se dejaba ver más y más, recordando que siempre se ha de seguir hacía adelante, con paso lento pero seguro, como el transcurso de los días y estaciones. Llevaba el atuendo normal de todo comerciante, un hakama desgastado de color beige, al igual que el gi que llevaba a conjunto sobre una ligera camisa de algodón blanca. Un sombrero de paja ocultaba su expresión, pero los ojos de color índigo no podían ser ocultados. Eran unos ojos grandes pero tristes, que miraban sin esperanzas el futuro, como si la vida ya los hubiera abandonado.

La mujer de larga cabellera pelirroja caminaba al lado del hombre de ojos violetas, mirando al vacío con sus oscuros ojos, era obvio que su mente estaba en otro lado. Menuda como una frágil muñeca de porcelana la joven de unos 25 años andaba con paso ligero y a la vez pesado, como si su juventud gritará una cosa, pero su espíritu otra. Tenía el vientre hinchado, clara muestra de un avanzado embarazo, pero ella parecía no sentirlo, parecía importarla poco que en breves tendría un pequeño retoño.

El suave gesto de la mano que mantenían ambos era como un puente derruido frente a una cascada, parecía estar firme y seguro, pero si mirabas con atención te dabas cuenta de que no era más que un simple espejismo, que el puente había sucumbido al agua o al fuego mucho tiempo atrás.

A ninguno parecía importarle que aquel niño que se fabricaba en el interior de ella fuera un niño nacido sin amor, sólo un estorbo más en sus penosas vidas, que cada día se acercaban más a un trágico final determinado por la enfermedad del cólera.

Después de todo tal vez fuera un favor divino el llevárselos a ambos, pues la vida para ellos ya no tenía sentido, y aquel niño nonato no merecía un destino tan cruel. Por desgracia el sino no siempre es ecuánime, y aquel niño ya estaba marcado antes de nacer, tendría una vida trágica, si acabaría con final feliz era algo que solo los reyes del cosmos podían saber.

Caminaron durante toda la mañana y parte del mediodía sin intercambiar palabras. La madre de ocho meses de vez en cuando tocaba su barriga, pero cuando las yemas de sus dedos tocaban su protuberante estómago los apartaba como si quemara. Tal vez era consciente de que no podía tocar algo creado sin amor, algo que no tardaría en perder, un niño que nunca la pertenecería, un niño que daría paso a una nueva era. Después de todo las madres, aunque no lo deseen tienen un sexto sentido en todo lo referente a sus hijos, y la joven señora Himura no era distinta, sabía que aquel niño llevaría su sangre pero que su espíritu estaba muy lejos de ser un simple comerciante.

"Serás alguien fuerte…lo sé…Shinta"

Con sorpresa se dio cuenta de que había dado nombre a su futuro bebé, nunca había pensado en ello, nunca la había importado. Su matrimonio solo fueron tres meses de felicidad, y luego el tormento más absoluto, cierto era que su marido no la maltrataba, simplemente la ignoraba, solo la usaba cuando tenía alguna necesidad carnal, y fruto de una simple necesidad había nacido su hijo, un niño no deseado, que había vencido todas las barreras, la falta de amor, los medicamentos para no quedarse embarazada, la propia carrera hacía la supervivencia…

Si, Himura Akari estaba convencida de que su hijo estaba destinado a algo grande, tal vez fuera un importante político Tokugawa, o un futuro hombre rico, en cualquier caso el destino de su hijo y su felicidad le importaban poco a Akari, solo quería que su hijo fuera recordado, para que fuera ella recordada como la madre del gran Shinta.

Akari vería sus deseos cumplidos, su hijo sería una leyenda, una leyenda que él nunca quiso ni busco, contrario a sus padres el pequeño Shinta buscaría a lo largo de toda su vida una existencia pacífica, nunca tendría sueños de grandeza como sus padres, y tal vez aquello, esa necesidad que tendría el niño para contrarrestar los deseos egoístas de sus padres serían su perdición, aunque como todo historia siempre esta la posibilidad de un final feliz.

-Estamos a punto de llegar a Edo Akari, tendremos que trabajar muy duro para poder comer durante el invierno-Himura Kosuke habló con una voz desprovista de sentimiento, era consciente de que ese invierno que vendría en unos meses estaría acompañado de una boca más que alimentar que sería inútil.

-Hai, Kosuke-sama-la futura madre agacho un poco la cabeza, a ella tampoco le hacía ninguna gracia tener que trabajar también para su hijo, pero si quería pasar a la historia no le quedaba otro remedio.

Eran una familia muy pobre, que apenas tenía sustento para poder comer en tiempos de nevadas y heladas, donde viajar o intentar vender algo era un esfuerzo inútil. Se dedicaban a la venta de cuchillos, y como era lógico en invierno no podrían vender el escaso cargamento que llevaban. Su situación se podría considerar precaria, cuidar de un niño cuando apenas puedes cuidarte a ti mismo, sin duda Himura Shinta no tenía suerte, sus padres le mirarían con malos ojos y solo le mantendrían con vida por una obstinación de Akari que nada tenía que ver con el amor de madre.

Ciudad de Edo.

20 de junio de 1849.

Aquel día se habían levantado como cualquier otro. Akari estaba a punto de parir, pero no esperaba el niño hasta dentro de unos días. Una vez levantados Kosuke decidió refrescarse un poco, echándose agua directamente sobre el cuerpo desnudo mientras Akari calentaba las sobras de la cena del día anterior. Cuando su marido terminó de "lavarse" fue a desayunar, si es que a aquello se le podía llamar desayuno. Apenas pudieron desayunar medio bol de arroz cada uno, y un poco de pescado del día anterior. Si no estuvieran esperando un hijo podrían haber hecho un desayuno más decente, pero Akari no quería abandonar luego al niño y Kosuke pretendía que su apellido y sangre siguieran en aquel mundo, así que ambos estaban de acuerdo en quedarse con el niño, pero no por amor fraternal.

Después de ponerse los harapos que eran su ropa y que eran los restos de un kimono Akari siguió a su marido a la calle.

Él cogió una bolsa donde llevaba las pocas pertenencias que tenían, desde hacía dos semanas habitaban en una casucha abandonada, con muy malos olores debido al calor del verano y llena de ratas y alimañas de todas las índoles. La casa estaba compartida por dos hombres, un muchacho llamado Kariwa Kenya, muy delgado y bajito, con aspecto zarrapastroso y nada agraciado, que le daban aires de anciano, pues andaba encorvado. Además tenía una extraña deformación en las costillas que hacía que sobresalieran aún más. Para poder sobrevivir el muchacho, que tendría unos 12 o 13 años se dedicaba a robar al descuido. El otro hombre que habitaba la casucha rondaría los 40 años, probablemente tendría unos pocos menos, era bajísimo y calvo, con unos bigotes muy peculiares y los dientes amarillos y bastante asquerosos a la vista. Tenía una lengua muy bien entrenada pues sacaba los cuartos a la gente mediante engaños. El hombre se llamaba Saitsuchi.

A pesar de que ninguno les agradaba a los Himura debían mal vivir ahí, pues tenían techo y además podían hacer fuego con tranquilidad, nadie los molestaría si ellos no ofendían a nadie, y se cuidaban mucho de llamar la atención. La casucha tenía una sola sala que compartían los 4 inquilinos para dormir y hacer fuego, además de para comer, pero nunca compartían la comida, aunque si el fuego.

Akari miró una vez más la casucha mientras seguía a Kosuke al exterior, directos al mercado para poder tener algo que llevarse a la boca. Habían vendido más mercancía de la que pensaban, si las cosas seguían así era posible que no pasaran demasiado hambre durante el último mes de invierno, antes de continuar con su vida nómada.

Aunque no lo demostraba Kosuke se maravillaba con el esplendor de Edo, cierto era que no alcanzaba el nivel de Kyoto, pero tenía potencial para ser la capital de Japón, algo que conseguiría unos 20 años después bajo el nombre de Tokio. En aquella época el comodoro Perry y sus barcos negros, que atacaron Kyoto en 1854 aún no habían llegado a Japón, por lo que el país seguía siendo una clara muestra del feudalismo aún en pleno siglo XIX con el imperialismo occidental empezando su carrera que terminaría con la I Guerra Mundial como más inmediata consecuencia.

Edo era una ciudad muy tradicionalista, rica y próspera, llena de nuevos negocios que estaban restringidos por el propio comercio del país, pues estaban prácticamente aislados del resto del mundo por orden de Shogun Tokugawa. Las casas bajas y de madera dominaban el paisaje urbano, por el que caminaban multitud de personas, la mayoría con wakizashis, tantos o kodachis, y los menos con una coleta alta y un Daisho a la cintura, compuesto por la nihontou o katana y una más pequeña, que solía ser un wakizashi.

Cuando uno de estos personajes pasaba se imponía el silencio, pues aunque la mayoría eran ronin sin señor no titubeaban a la hora de matar a alguien que pudiera mirarles a los ojos siquiera, no, la mayoría de samuráis no eran razonables al pertenecer a una clase social superior a la de la gente de calle.

La pareja Himura, una vez se adentro en las zonas más comerciales solo miró el suelo, no querían tener la desgracia de cruzar su mirada con uno de esos hombres. Finalmente y después de un rato andando Kosuke encontró un rincón un poco mal situado, ya que no era vistoso pero en el que al menos se podían poner las pertenencias sin temer en exceso los robos, pues estaba bien defendido por unas cuantas cajas.

Desplegó el bulto en el que estaban los cuchillos, y después de colocarlos en proporción a su tamaño y forma empezó a gritar para hacerse oír entre el gentío, intentando captar la atención de algún cliente. Akari se adelantó en la calle y empezó a hacer propaganda del sitio en el que se vendían cuchillos. Así estuvieron hasta el mediodía, cuando se fueron a un rincón más apartado a la sombra, pues a esas horas todo el mundo estaba resguardado en sus casas. Akari sacó un par de tortas, que complementarían todo su alimento en lo que quedaba de día y empezaron a contar las ganancias.

Habían vendido 5 cuchillos, lo que significaba que habían aprovechado la mañana. Por la tarde esperaban vender entre 2 o 3 y habría sido un buen día. Sin embargo sus expectativas quedaron olvidadas cuando de repente Akari abrió mucho los ojos, mientras que un pequeño charco se formaba a sus pies.

-Kosuke-sama…creo que he roto aguas.

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-Un poco más Himura-san, ya casi esta-una comadrona alentaba a la joven Akari que hacía grandes esfuerzos entre dolores, debido a las contracciones y al alumbramiento, llevaba cerca de tres horas entre contracciones fuertes, estaba siendo un parto complicado.

Después de que Akari hubiera roto aguas Kosuke y ella fueron corriendo a un hospital budista para que la ayudarán en el parto. Kosuke se olvidó por completo de los planes comerciales que tenía pensados para los próximos días, lo más importante ahora era que Akari y el niño estuvieran vivos una vez terminara el parto. Kosuke apreciaba en cierto modo a su mujer, pues no le daba problemas, y quería tener al niño para que mantuviera vivo el apellido Himura, por lo que deseaba que ambos se pusieran bien, no podría cuidar a un niño solo, y si el niño moría probablemente no tuviera más ocasiones de ser padre.

Le habían mandado fuera, y estaba en el patio mirando el atardecer, mientras mantenía en sus rodillas el pequeño cargamento. En aquel instante oyó unos pasos apresurados que iban hacía su dirección. Un joven monje budista llegó hasta él respirando con fuerza.

-Es un niño Himura-san.

-¿Puedo verlo?

-Por supuesto, sígame por favor-dijo el joven con un suave ademán de la mano mientras Kosuke se levantaba, se cargaba la bolsa a la espalda y seguía al monje budista.

Akari estaba amamantando a un niño diminuto de pelo rojo, igualito al de su madre, que se aferraba a ella buscando calor y alimento mientras ella le acariciaba el pelo distraídamente, no se la veía muy feliz, pero tampoco había tristeza en su mirar.

-Los dejo solos-el monje se retiro con una ligera inclinación de cabeza, dejándolos solos.

Se encontraban en un cuarto diminuto que les daba cierta privacidad. Carecía de muebles salvo por el desgastado futón en el que se encontraba Akari y el cojín en el que estaba Kosuke. Ambos sabían que mañana por la mañana deberían marcharse de allí.

-Es un niño Kosuke-sama-y para verificar ese hecho Akari elevo al niño desnudo que empezó a berrear, disgustado porque le apartarán de los senos exuberantes de leche de su madre y de su cálido cuerpo. Akari estaba débil, así que solo sostuvo al niño unos segundos en alto hasta que volvió a dejarle mamar, callando casi instantáneamente al bebé pelirrojo.

-Tiene mis ojos-señaló Kosuke, mirando con atención al pequeño cachorrillo, que tenía una gran mata pelirroja como la de su madre. Mientras berreaba el niño había semiabierto los ojos, y había apreciado el mismo color malva que tenían los suyos, aunque los de su hijo brillaban con luz propia como los de todo recién nacido, al contrario que los suyos que estaban llenos de sombras y sin vida.

-Sí-después de una pequeña pausa Akari continuó-me he tomado la libertad de ponerle nombre Kosuke-sama. Nuestro hijo se llamara Shinta.

Durante unos minutos nada se oyó, hasta que Kosuke rompió el silencio que se había instalado en la habitación.

-Himura Shinta entonces. Es un buen nombre.

Kyoto.

20 de septiembre de 1853.

Como capital de estado Kyoto estaba a rebosar de gente, abundaba la gente de pueblo, pero también se veían algunos samuráis pertenecientes al shogun Tokugawa paseando por las calles. Entre aquella aglomeración de gente había una diminuta cabeza pelirroja que corría y brincaba de un lado a otro por las calles, evitando hábilmente los cuerpos en movimiento de los transeúntes.

El niño de cuatro años había conseguido vender una estatuilla de barro que había hecho hacía un par de días. Un anciano muy amable le había permitido hacer la diminuta vasija después de que Shinta hubiera recuperado la cartera que momentos antes le habían robado. El pequeño niño aprendía rápido y era de buen corazón, además de tener una velocidad y un control de las manos extraordinario, probablemente serías un buen samurai, eso le había dicho el anciano. Y ahora había vendido la vasija, su primera venta, el niño estaba lleno de alegría y vitalidad, padre se pondría muy contento, con el dinero que había sacado tendría una diminuta preocupación menos para el invierno.

El niño corrió y corrió, hasta llegar a los distritos periféricos. Ahí se encaminó hacía una pequeña casucha bastante vieja, pero más o menos limpia. Vio a su padre en la entrada estirándose un poco, probablemente había estado contando el dinero que tenían y las mercancías que les quedaban por vender.

-¡Padre! ¡Padre!-Shinta fue emocionado hacía su padre, que le miró con una ceja levantada ante tal explosión de alegría.

-¿Dónde estabas Shinta? Te tengo dicho de que no salgas sin avisar.

-Mis más sinceras disculpas padre-el niño se vio un poco apenado, pero enseguida recupero el júbilo anterior y saco el poco dinero que le habían dado por la vasija-he vendido la vasija que hice el otro día, me han dado algo de dinero por ella, ¿Qué te parece padre?

El niño le dio el dinero y espero impaciente su respuesta. Por otro lado Kosuke estaba pensando que decirle a su hijo, no podía evitar sentir un poco de orgullo por la venta que había hecho Shinta, la primera de su vida pero…

-Me alegro hijo, ha sido una buena venta-el niño empezó a dar saltitos de alegría-pero no deberías haberle devuelto la cartera a aquel hombre, robar a un ladrón no es un crimen.

-Pero padre, el dinero no era mío y…

-Lo sé, pero tal vez en algún momento necesitemos ese dinero, seguro que era más de lo que has sacado con la pequeña vasija que hiciste.

-Padre, nosotros somos comerciantes, si robamos a un ladrón seremos un ladrón como él.

Shinta sintió una bofetada en el rostro, aunque no demasiado fuerte, solo era una advertencia para que se callara.

-No es lo mismo, pero quiero que lo sepas para la próxima vez-su padre se veía un poco enojado ante la declaración anterior del niño, por lo que se marchó a dar una vuelta sin dar ninguna explicación.

"Yo no voy a robar, no quiero robar"

Los ojos de Shinta se llenaron de lágrimas, pero no las derramó, se limpio el sucio rostro con la manga y entró al sitio al que llamaba hogar. Su madre estaba sentada remendando las ropas de invierno que no tardarían mucho en usar.

-Hola madre.

-Enhorabuena Shinta, he escuchado la conversación, me alegro mucho-durante unos momentos Shinta pensó que iba a felicitarle por haberle devuelto la cartera al anciano y apareció una gran sonrisa en su rostro-has conseguido vender tu primera pieza, pero deberías haberte quedado con la cartera, habríamos conseguido más dinero hijo.

Los ojos del niño se oscurecieron, ¿Por qué sus padres no podían entenderle? ¿Tan difícil era ser alguien decente, alguien que siguiera sus ideas y justicia? Era muy triste pensar que en la mente de sus padres solo existía la palabra dinero. Él no quería eso, con poder sobrevivir era feliz, el dinero no era lo más importante para él, ni tampoco la fama, la gloria y todas esas tonterías que el niño oía a todas horas en las calles.

"Lo más importante es encontrar la felicidad, con una familia y unos amigos"

Con esa convicción Shinta se puso a limpiar la casa con energías renovadas, él nunca seria un ladrón, seria un hombre de bien que se preocuparía por su familia y amigos y que buscaría la felicidad de los demás por encima de la propia, tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que ya estaba anocheciendo y de que su padre acababa de llegar.

-Akari, Shinta, sentaros por favor, tengo algo importante que deciros-madre e hijo acataron la orden del cabeza de familia sin decir nada y con mucha rapidez. Kosuke podía ser muy impaciente para esos temas.

-¿Qué ocurre cariño?-preguntó la pelirroja una vez los tres estuvieron perfectamente sentados.

-Nos vamos de Kyoto. Estaremos en un pueblo cercano. Venderemos todo lo que nos queda antes de que acabe el invierno en todos los lugares cercanos y luego estaremos allí hasta la primavera, la comida es más barata y la vida más sencilla, estaremos mejor.

Ambos asintieron sin decir nada, les gustara o no era una orden de Kosuke, debía llevarse a cabo su orden, pues él estaba por encima de los dos, no podían romper la jerarquía.

Después de una noche tranquila partieron con las primeras luces del nuevo día. Shinta no pudo resistirse a mirar hacía atrás, para ver la imponente Kyoto en todo su esplendor, siendo bañada por los rayos del sol, dándole luz propia.

"Espero que nos veamos pronto Kyoto"

Aldea Yamashina. Región de Kyoto.

15 de octubre de 1855.

Finalmente sus padres habían decidido quedarse de forma permanente en aquella pequeña aldea, dijeron que era un buen lugar. Pero eso no era lo que ahora preocupaba al pequeño Himura Shinta.

Olía a muerte. Eso fue lo primero que pensó Shinta cuando entró a su casa. Sus padres habían enfermado dos días atrás, no paraban de vomitar sin contar las diarreas, que sobrepasaban las 20 deposiciones en un solo día. Cuando sus padres cayeron en ese estado Shinta había corrido pidiendo un médico. Los vecinos le dijeron que tendría que ir al pueblo de al lado, donde había un curandero. Así lo había hecho el niño, el curandero llevaba cerca de dos horas con sus padres, y acababa de darle permiso para entrar.

El lugar estaba en la semipenumbra y olía a pescado podrido, era horrible y le daban ganas de vomitar, pero hizo un esfuerzo y no salio corriendo del lugar, si no que dio otro pasito más en el recinto. La madera podrida crujió a sus pies pero el niño con valor dio otro paso, y luego otro, hasta que llegó a la cama donde reposaban sus padres.

Ambos estaban terriblemente pálidos, con restos de vómito en la comisura de sus labios, mirando sin ver el techo. Los ojos acuosos y perdidos le indicaban a Shinta que estaban completamente idos, tal vez alucinando, el niño no quería pensar en eso, tal vez sus padres nunca le habían tratado con mucho amor, pero eran sus padres, sus progenitores, quienes cuidaban de él. Con la voz débil y temblorosa el pequeño niño llamó a sus padres:

-Padre, madre, ¿Qué os ocurre?

Ambos se giraron a verle. Shinta se vio reflejado en unos ojos vacíos y sin vida, como si estuviera frente a un muerto. Los ojos se le llenaron de lágrimas, tenía miedo, no quería seguir allí, aquellos no eran sus padres, eran cadáveres vivientes, no, no quería seguir allí. Con pavor vio como la que había sido su madre levantaba su mano hacía él, una mano arrugada y pálida, que apenas podía mover debido al pulso débil. La moribunda mujer barbotó algo y el niño no pudo más. Dio un grito y salió corriendo de la casa, sin mirar atrás, con las mejillas empapadas en lágrimas, tenía miedo, aquel ser que fue su madre había intentado tocarle, se sintió asqueado, imaginando que él también se convertía en un cadáver blanco, no supo cuanto llevaba corriendo hasta que tropezó y empezó a vomitar.

Los espasmos recorrieron su pequeño cuerpo, haciéndolo temblar. Se abrazó las rodillas, tenía el estómago revuelto y el cuerpo lleno de arañazos, no sabía donde estaba, sólo era consciente de que tenía que alejarse de aquel lugar, no quería volver, no quería que los cadáveres aquellos le tocaran. Daba pena verlo, el niño estaba sucio, con grandes raspones en las piernas y codos y las mejillas sucias de lágrimas, pero el niño siguió allí durante toda la noche, sin moverse, con la mirada completamente perdida.

A la mañana siguiente seguía igual, fue entonces cuando un pequeño pajarillo se posó delante suya y empezó a cantar. Shinta esbozó una sonrisa tranquila, y sus ojos recuperaron su brillo habitual mientras veía al pajarillo cantar su alegre canción, que retumbaba en sus oídos, indicándole que la vida era un regalo.

"No debería haber huido, madre y padre me necesitan, es posible que Hisagi-san haya descubierto que les pasa, si sin duda alguna deben estar ya bien, preocupados porque he pasado toda la noche fuera. Seguro que padre me regaña por marcharme sin avisar y madre por evitar el contacto de su mano. Sí, debo volver antes de que se enfaden más, seguro que me están esperando con el desayuno listo, y luego me obligarán a ir a bañarme al río, si como siempre que acabo tan sucio"

El pequeño intentó esbozar una sonrisa tranquila, pero solo le salió una sonrisa forzada, intentaba convencerse a sí mismo, pero en el fondo de su corazón sabía lo que le esperaba. Camino durante horas hasta que descubrió de nuevo la aldea, había estado dando rodeos continuamente. Fue entonces cuando vio la gran columna de humo, no se le había ocurrido levantar la vista, así que no la había podido ver antes.

Venía de su casa.

Shinta hecho a correr como alma que lleva el diablo, no había nadie en las calles, entonces llegó. Los trozos humeantes estaban completamente carbonizados, de su casa solo quedaba un gran montón de madera negra. Fue corriendo, tenía que sacar de allí a sus padres, tenía que salvarlos.

Un brazo arrugado pero fuerte le detuvo.

-¡No! ¡Déjeme! ¡Tengo que salvar a mis padres, aún están dentro!-las lágrimas corrían libres por sus mejillas mientras Shinta intentaba librarse de aquel brazo que le sujetaba fuertemente. De pronto las pocas fuerzas que le quedaban se evaporaron completamente.

El niño cayó al suelo, aquel brazo no lo impidió.

Después de estar un rato tirado, sollozando, como si fuera un perro apaleado aquel mismo brazo le dio la vuelta. Shinta se encontró mirando a unos ojos negros, rodeados de una cara anciana llena de arrugas y un pelo largo y blanco. Los brazos del anciano le levantaron, y justo cuando Shinta se lo iba a agradecer recibió un golpe en el rostro, una fuerte bofetada que le tumbó de nuevo en el suelo, dejándole semiinconsciente.

-Estúpido crío-el viejo escupió en el suelo, después le dio un puntapié, lo que hizo que el niño se estremeciera aún más, no contento con eso el viejo le agarró de los cabellos, dejándole unos centímetros suspendido en el aire, entonces le dio un fuerte puñetazo en la tripa. El niño se encogió, tenía el labio partido, lleno de sangre y eso le daba miedo, nunca se había hecho tanta sangre. Aquel hombre volvió a soltarle, dejándole una vez más tirado en el suelo, temblando como un cachorrillo bajo la lluvia, abandonado y sin comida ni refugio, preso del frío-Me has hecho perder dinero. Esos dos estaban con una cólera grave, nada se podía hacer por ellos, murieron esta noche. Tuve que quemar la casa al ser sus heces contagiosas, apenas he podido conseguir nada.

Iba a aplastarle la cabeza al niño cuando pareció pensárselo mejor, darle una fuerte patada y marcharse de aquel lugar sin mirar atrás.

Nadie socorrió al niño, nadie le ayudó. Se quedó allí tirado hasta la noche. Cuando el frío se le metió desde la ropa hasta los huesos Shinta se levantó como pudo y se refugió al lado de una pared. Allí paso el resto de la noche.

Cuando amaneció se despertó, oró unos momentos frente a la que había sido su casa por las almas de sus padres y se marchó para no volver.

Región de Kyoto.

29 de septiembre de 1856.

La caravana de esclavos había salido temprano aquella mañana. Shinta llevaba cerca de un año viajando con ellos. Desde la muerte de sus padres, casi un año atrás en el tiempo el niño se había visto obligado a sobrevivir por su cuenta. Después de unos días desde la muerte de sus padres se había encontrado con aquella caravana. A cambio de comida Kenshin se encargaba de limpiar la ropa, el suelo y hacer todo tipo de recados. El niño había encontrado una forma de vida que si no era la mejor al menos no le obligaba a robar.

Aquel día Kasumi-san, Akane-san y Sakura-san se habían unido a la caravana. Shinta no sabía si eran nuevas prostitutas o solo unas chicas más que serían vendidas como esclavas, tal vez se quedaran a trabajar allí. Al niño le había tocado explicarlas las reglas, y había pasado una mañana tranquila en su compañía, eran muy simpáticas, pero la tristeza anidaba en sus ojos.

Fue en aquel momento cuando hicieron un alto para comer. Akane se dirigió a Shinta, dándole unas tortas de arroz para comer.

-Muchas gracias Akane-san.

-No hay de que Shinta.

La joven sonreía. Pronto Kasumi y Sakura se unieron a los dos y empezó una amena charla de cosas triviales. Minutos después se pusieron en marcha. La caravana debía llegar pronto a Kyoto, no querían encontrarse bandidos aquella noche, desde el incidente de los barcos negros Japón estaba empezando a incubar el germen de la revolución y los tiempos empezaban a estar revueltos.

Oscureció antes de lo que pensaban, pero no acamparon, estaban a una o dos horas de Kyoto, los dueños de la caravana decidieron continuar aunque ya fuera de noche. Aquella decisión los llevó a la muerte.

Shinta notó pronto que algo raro ocurría en el ambiente. Presentía que algo malo no tardaría en ocurrir. El niño no se equivocaba, en el silencio de la noche un grito desgarrador se dejo oír.

Shinta pudo vislumbrar como unos hombres armados con katanas, probablemente bandidos los atacaban sin piedad, matando a todo aquel que encontraban a su paso. Los gritos y la sangre eran iluminados por la luna, quien permanecía inmutable en el oscuro cielo ante aquella matanza. Shinta corrió junto con las tres hermanas, pero ya nada podían hacer, no había solución, todos habían muerto, solo quedaban ellos cuatro.

Con decisión tomó la katana de un hombre muerto, las protegería a las tres, era un hombre y aquellos bandidos no eran rivales para él. Debía vencerlos, quería vencerlos porque…

"Quiero proteger a la gente"

Shinta se lanzó al ataque, pero unos finos brazos le agarraron antes de que pudiera atacar. La katana escapó de su mano, y se vio atrapado por el abrazo de las tres hermanas.

Shinta pudo ver como Kasumi-san se levantaba y suplicaba por él:

-¡Por favor, no maten al niños, se lo ruego!

Un espeluznante chillido se dejo oír en la noche mientras el arma sesgaba la vida de Kasumi. Shinta vio todo aquello con horror. Tenía que estar en una pesadilla, Kasumi-san no podía haber muerto con esa facilidad pero…

"No ha muerto la han asesinado"

-¡No mires!

Un sentimiento de estupefacción se instalo en Shinta. No podía moverse, solo mirar con los ojos abiertos como asesinaban a las personas que se encontraban ahí, poco a poco, sin prisa, como si la vida humana no significara nada.

-¡Nee-san, protege al niño!-Shinta desvió su mirada hacía Akane sin podérselo creer. Sabía que iba a morir, los tres lo sabían, pero nadie intentó impedir que Akane se levantara y se dirigiera a los bandidos para suplicar por la vida del niño.

Vio con horror como la mataban a ella también, como la sangre salía de su cuerpo como en una cascada, entonces Shinta comprendió que la vida humana era una cosa efímera, muy fácil de arrebatar. El odio estalló en su corazón, si la vida era tan efímera no se debería propiciar su caída.

Notó como Sakura se echaba sobre él para intentar evitar que la sangre de su hermana le salpicará, como intentando evitar que acabará marcado, siendo consciente de que el niño recordaría aquello hasta el fin de sus días.

-¡Shinta! ¡Shinta! Todavía eres muy joven, no puedes escoger el camino que seguirás en la vida. No mueras…tienes mucho que vivir. Escoge vivir por nosotras, hazlo…por favor vive-Sakura se veía muy apurada. El pequeño empezó a subir la vista para mirarla a los ojos, pero antes de conseguirlo uno de los bandidos agarro a Sakura por el pelo y la levantó. Aquello fue lo peor, no se pudo encontrar una vez más con los ojos de Sakura, no pudo mirarla ni decirla que la quería, que por favor no le dejará, que quería ver sus ojos y su sonrisa una vez más.

-Shinta vive…

Ella lloraba, y eso la hacía ver aún más bella de lo que ya era. Matarla así era una abominación, una criatura tan bella y pura como Sakura no merecía morir así, pero la hoja atravesó su cuello sin titubeos, manchada de la sangre de sus hermanas y ahora adornada con la de Sakura también.

Sakura agarró la hoja con fuerza, como intentando evitar que la vida abandonará su cuerpo, pero era un esfuerzo inútil, y ella lo sabía. Casi con suavidad aquel hombre que la había arrebatado la vida la dejó caer al suelo, creyendo que ya había muerto, al igual que Shinta. Pero un ligero murmullo sorprendió ambos.

-Vive… Vive Shinta…Hazlo por mi Shinta-la katana se clavó con fuerza en su pecho. Sakura abrió los ojos de la sorpresa y murió. Él aún estaba asombrado por su fuerza y valentía, por la de las tres, pero sobre todo por la de Sakura. Quería llorar, pero sus ojos no cooperaron, con tranquilidad aquel demonio vestido de humano se acercó a él, dispuesto a terminar con lo que había empezado…hasta que se oyeron nuevos chillidos…por parte de los atacantes.

-¿Quién demonios eres?

Aquello le sonaba a Shinta surrealista, ni siquiera tuvo fuerzas para levantar su mirada. Pero la voz que se dejó escuchar a continuación no la olvidaría nunca.

-No es necesario darle mi nombre al que esta a punto de morir.

Oyó como el acero perforaba la carne, supo sin levantar la mirada que su atacante había muerto, pero no pudo apartar su vista del cadáver de Sakura. Ni siquiera pensó que si aquel hombre hubiera llegado unos segundos antes pudiera haber salvado a Sakura y a las demás, sólo pensaba que la vida no tenía sentido siendo débil.

-Fue una mera coincidencia poder encontrarlos y llevar a cabo tu venganza. Pues odiar o lamentar, pero eso no hará que los muertos revivan. Deberías estar agradecido por ser él único en sobrevivir.

Shinta se estaba lamentando, pero no por la muerte de todas aquellas personas, si no por no ser lo suficientemente fuerte como para protegerlos, a todos ellos. Levantó unos momentos la vista, un hombre de capa blanca se estaba marchando, era su salvador y dueño de aquellas palabras.

Región de Kyoto.

1 de octubre de 1856.

2 días después…

Estaba atardeciendo, el sol se veía más brillante de lo normal por culpa del cielo que lo rodeaba, de profundo color rojo. El pequeño Himura nunca había presenciado un espectáculo tan bello y a la vez tan estremecedor. Era como si el cielo se lamentar por la muerte de tantas y tantas personas, que eran asesinadas día tras día.

Shinta notó claramente la presencia de aquel hombre y su sorpresa al ver lo que había hecho, pero no se movió y dejó que su extraño salvador llegara hasta él.

-No solo cavaste tumbas para tus padres… ¿También para los bandidos?-había sorpresa en aquella voz, pero Shinta no volteó a mirar a aquel hombre. Era lógico que preguntara por aquello, así que decidió explicarle su historia a grandes rasgos para que le comprendiera.

-No eran mis padres. Eran comerciantes de esclavos. Mis padres murieron hace un año de cólera. Seas comerciante de esclavos o bandido al final cuando te llega la hora acabas en silencio.

-¿Para quiénes son esas piedras?

A Shinta le embargó una gran tristeza, quería llorar, patalear, maldecir. Pero no podía hacerlo, debía vivir por ellas, lo había prometido, tenía que ser un hombre capaz de salvar a la gente, no un niño llorica. Con gran tristeza dijo sus nombres.

-Kasumi-san, Akane-san, Sakura-san. Aunque solo llevaba un día conociéndolas, como era el único hombre, quería protegerlas sin importar que perdiera mi vida-hizo una breve pausa, hablaba muy bajito y suave, como temiendo despertarlas de aquella paz en la que se encontraban ahora, unas lágrimas furtivas recorrieron su rostro aunque él no las notó-Pero ellas me protegieron diciendo: "Por favor, no maten al niño" ya que solo eso soy, un niño-levantó su mirada al cielo, odiándose a sí mismo por no ser un hombre, por ser un simple chiquillo incapaz de proteger a nadie-Lo menos que podía hacer era darles una tumba decente. Pero estas son solo piedras, y no pude encontrar ninguna flor-el pequeño se encontraba compungido por la terrible tristeza que estaba instalada en su corazón, creía que le iba a explotar el pecho del dolor.

-Es una pena morir sin antes haber probado el sabor de un buen sake. Esta es mi ofrenda.

Aquel hombre derramó su sake en las tres piedras y solo una palabra salió de los labios del pequeño pelirrojo.

-Gracias…

-Soy Hiko Seijuro, un maestro de la espada.

-¿Espada?

-Aunque no pudiste proteger a esos seres queridos se te confió la vida de estas tres. Incluso tú entiendes esa responsabilidad. Pero el verdadero peso con el que debes cargar ahora es con la vida que se te ha otorgado. Debes valerte por ti mismo y aprender como proteger a las personas. Para que puedas sobrevivir…Para que así puedas proteger a los que son importantes para ti.

-¿Proteger?

-Niño… ¿tú nombre?

-Shinta-contestó el pequeño con decisión.

-Un nombre muy débil…para un guerrero. De ahora en adelante tu nombre será Kenshin.

-Ken…shin.

Región de Aizu.

Alrededores de la Aldea Kawamata.

26 de julio de 1850.

Era una noche de luna llena. La brillante esfera plateada se encontraba suspendida en el firmamento, en toda su redondez y esplendor observando lo que ocurría en aquel lado del planeta tierra. Los pálidos rayos blancos iluminaban la tierra, los bosques e incluso a algunos animales nocturnos que se dejaban ver en aquel ambiente hostil. La noche daba una falsa sensación de tranquilidad, pero se podía respirar la tragedia en el aire.

Oscureciendo la blanca luna había una enorme columna de humo negro, que se alzaba orgullosa hacía el firmamento sin temer a nada ni a nadie, proclamando el desenlace fatídico que acaecía en aquella noche. Se dice que es en estas noches donde se ha de tener extremo cuidado, la luna parece pura, invitando a una noche mágica, sin embargo es entonces, cuando todo parece perfecto que aparece una señal del destino que se burla de tu dicha, y aquella señal era la columna de humo.

El viento arrastraba un fuerte olor a humo…y a sangre. Si se miraba atentamente el horizonte se vería una extraña rojez en la parte baja de la negra columna. Un pueblo estaba ardiendo, y se oían los gritos de los vecinos…y los choques de los aceros. No era tan extraño que un grupo de bandidos o de ronin sin comida atacarán una aldea llena de gente sencilla, que solo buscaba vivir en paz. Pero era un bocado demasiado suculento para cualquier carroñero, para aquellos fracasados que no podían valerse por si mismos debían atacar a aquellos que no podían defenderse.

La quietud estaba presente en el lugar. Como conscientes de la matanza que estaba acaeciendo en aquel pequeño pueblo todo se mantenía en calma. Presas y cazadores parecieron firmar una tregua de no agresión por esa noche. El viento dejó de soplar para no llevar el olor a muerte a toda la región y los árboles y plantas se mantuvieron inmóviles, como si estuvieran de luto, incapaces de moverse presas del dolor.

Hasta que se oyeron unos pequeños pasos apresurados.

Todo el bosque se giró, mirando acusador hacía el lugar de donde procedían aquellos pasos. La luz de la luna mostró la silueta de un niño que no llegaría a los seis años corriendo, llevando un bulto a sus espaldas, sin mirar atrás. El niño no era consciente de las miradas que recibía, solo tenía una cosa en mente, tenía que llegar a Kawamata, dar la voz de alarma…y salvar a su hermanita. El pequeño resoplaba a cada paso, era obvio que llevaba corriendo desde hacía un rato, y el peso de su hermana pequeña no hacía más que acrecentar ese cansancio. Pero eso al niño le daba igual, no le importaba reventarse si con eso salvaba a su hermana…y conseguía que ayudarán a sus padres y a los demás, antes de que esos desgraciados los matarán a todos.

Tan cansado y lleno de miedo por sus seres queridos estaba el niño que no vio un terraplén que tenía enfrente, sólo fue conciente de ello hasta que su pequeño pie piso el vacío. Lo único que hizo fue darse la vuelta y coger a su hermanita en brazos, protegiéndola de la caída con su propio cuerpo.

Lo último que notó el niño fue un fuerte golpe en la espalda y la cabeza, y los lloros de su hermana pequeña cada vez más lejanos.

"Hina…"

Después todo fue oscuridad.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Tokio se había escapado de casa. Estaba aburrida de que su padre se pasara todo el rato hablando con un montón de hombres que eran políticos, o algo así. La niña de 4 años de edad entendía que su padre, Takagi Kaito, como daimyo que era tuviese que atender a muchas personas. Pero no la hacía nunca caso, ni siquiera ahora, que estaban en su mansión para el verano. La niña hinchó sus carrillos, haciendo una mueca graciosa que habría sacado las carcajadas de más de uno, pero estaba sola.

Leeron y Hiroto, que eran sus guardias personales no se habían enterado de su salida, Honoka, su dama de compañía estaba demasiado ocupada atendiendo unos asuntos referentes a la cocina que nada le importaban a Tokio, y su madre, Takagi Manami estaba junto con el respetado maestro Hayashi Genyursai, un viejo pervertido que tenía muy mal carácter.

Ella, Takagi Tokio, quería acción. Continuamente la estaban recordando que era una señorita de la más alta estirpe, pero eso a ella le daba igual. No la dejaban relacionarse con los niños del pueblo, y solo podía practicar el ikebana, no la dejaban coger ningún arma, ni siquiera un bokken. ¡Pero es que ella quería ser una guerrera! Le daba lo mismo ser kendoka que ninja, pero no quería ser una damita que acatará todas las órdenes de su marido, no señor, además ella no pensaba casarse con quién eligieran sus padres, ella elegiría a su marido por amor, y se defendería solita, no necesitaba a nadie para protegerla.

Pateó una ramita que se encontraba en su camino, como si tuviera la culpa de todas sus desgracias. Sus padres decían que tenía suerte, que ella podía comer todos los días y comprarse kimonos caros de buena calidad. Pero ella no quería eso. Nunca había tenido ningún amigo. Los hijos de los altos dirigentes eran unos idiotas, pedorros y cobardes, Tokio no los aguantaba. Se creían geniales por poder vestir con opulencia, por poder tener todo lo que querían, y eso la niña de ojos verdes no podía tolerarlo. Nunca se le olvidaría el día en que caminaba por el pueblo junto con dos chicos y dos chicas y los respectivos criados de los cinco.

Ellos llevaban un tanto a la cintura, se creían muy machitos y ellas iban con kimonos de seda, y con multitud de cosas en el pelo y maquilladas, con una mueca de continuo asco por tener que caminar como la gente normal. Fue entonces cuando un chavalillo de unos 8 años se cruzó por el camino. Tokio vio que llevaba un saco a la espalda, probablemente arroz. Los idiotas con los que iban le amenazaron con sus tantos, diciéndole que un perro piojoso como él no debería osar ponerse en su camino. Cuando el chico les contestó que la tierra era de todos uno de aquellos idiotas, que tendría unos 6 años intentó clavarle el tanto. El chico pueblerino lo esquivó a duras penas, y le dio un guantazo al niño rico. Este había empezado a llorar y sus guardaespaldas le dieron una paliza al muchacho.

Nadie le ayudo.

Aquel día Tokio se fue muy afectada a su casa. Leeron y Hiroto fueron a visitar al chico junto con un doctor, pero no pudieron hacer nada por él, estaba agonizando. Cuando recibió la noticia lloró toda la noche. No era justo.

"No es justo que maten a alguien por llevar algo de comida a su casa"

Unos sollozos la sacaron de sus pensamientos. Al principio pensó que era un perro que gimoteaba herido por romperse una pata. Aunque le daba pena tendría que dejarlo allí, no sería la primera vez que llevaba un animal herido a casa y su padre mandaba matarlo. La niña se equivocaba. Se la helo la sangre al escuchar a una niña pequeña, que debía ser la que provocaba los sollozos gemir: "Oni-chan"

Rápidamente Tokio corrió hacía donde creía que eran los llantos, siguiendo el ruido.

-¿¡Donde estas!? ¿¡Responde!?

-¡Aquí!

Por fin alcanzó a la niña. Tendría tres años y estaba sobre el pecho de un niño que debía ser su hermano. Las lágrimas corrían frescas por las mejillas de la niña. Tokio vio que era muy guapa. Tenía unos cabellos muy extraños, ondulados y sueltos, castaños claro y unos bonitos ojos color miel, que brillaban como nunca enmarcados por las lágrimas. La niña la miro con ojos llorosos y se levantó del cuerpo tendido de su hermano.

-Ayuda a mi oni-chan por favor-lo dijo entre sollozos, terriblemente preocupada por el estado de su hermano. Al acercarse comprendió lo que había pasado. El niño no debía de haber visto el desnivel y había caído al vacío, protegiendo con su propio cuerpo a su hermana pequeña.

-¿Cómo te llamas?

-Hina.

-Escucha Hina-chan. Sigue recto, en aquella dirección-señaló con el dedo el camino por el que había venido-no te desvíes del camino y llegarás a mi casa. Diles que he tenido un accidente, que Tokio ha tenido un accidente, ¿entendido?

La pequeña asintió y salió corriendo. Tenía algunas magulladuras, pero no eran graves. Tokio se concentró en el chico que estaba tirado. Vio con aprensión como apenas respiraba. Le tomo el pulso, era muy débil. Su cuerpo estaba lleno de arañazos y cortes, algunos superficiales, otros profundos, y tenía una herida muy fea en la cabeza, que sangraba con abundancia. Sin importarle rompió poco a poco su kimono para hacer unas improvisadas vendas, quedándose sin mangas y con la parte de abajo hasta las rodillas.

Aunque solo tenía cuatro años había tenido algunas lecciones de cómo tratar heridas con sangre, y ahora estaba aplicando esos conocimientos al chico. Se fijó en su rostro. Tenía los ojos fuertemente cerrados y respiraba con mucha dificultad, una clara muestra de que estaba sufriendo. Los ojos de Tokio se humedecieron, no podía hacer nada más por él. Sin saber porque empezó a acariciar su pelo negro mientras intentaba consolarle, como si pudiera escucharla. Oyó pisadas de varias personas que se dirigían al lugar.

-¡AQUÍ! ¡AQUÍ! ¡LEERON! ¡HIROTO! ¡PADRE!-seis hombres se dirigieron hacía ella, reconoció a su padre, dos de sus guardias, a Leeron y Hiroto y al médico de su padre.

-¡Tokio!-su padre la abrazo-¿Estás bien? Una niña vino diciendo que habías tenido un accidente, estaba muy preocupado. Ya se enterará esa granuja, no debe ir engañando de esa forma a la gente-Tokio vio la furia reflejada en los ojos azules de su padre.

-No padre, yo se lo dije, el niño, apenas respira-señaló el cuerpo caído.

Fue entonces cuando los seis adultos se fijaron en el muchacho. Rápidamente el médico empezó a inspeccionarle junto con la ayuda de Leeron. Después de unos minutos que se hicieron eternos el doctor habló.

-Tienes un par de costillas rotas, al igual que el tobillo izquierdo, puede que tenga alguna hemorragia interna, además es muy pequeño, no creo que sobreviva.

Los ojos de Tokio se llenaron de lágrimas, no quería que aquel niño tan valiente, que había puesto la vida de su hermana por encima de la propia muriera. Su padre se acercó a él, probablemente iba a rematarlo, era obvio que estaba sufriendo, y de repente, para sorpresa de todos los presentes la mano del niño se agarró a su brazo y miró al daimyo Takagi con ojos suplicantes.

-Señor…Hanawa…atacada…sálvelos…por favor-volvió a caer inconsciente. Su mano fue soltando su agarre sobre la manga del gi del daimyo, hasta que cayó lánguidamente pero Kaito, el padre de Tokio, sujeto la mano del niño antes de que cayera al suelo. Le miró durante unos instantes, como evaluándole y tras unos momentos dijo con voz imperiosa:

-¡Hiroto! Avisa a la división que hay en mi casa de que vaya urgentemente a Hanawa, deprisa, antes de que acaben todos muertos.

-¡Sí señor!-el gigante salió corriendo en dirección a la finca, acompañado por uno de los guardaespaldas personales del daimyo.

El señor Takagi cogió en brazos al niño y se levantó.

-Leeron, coge a Tokio, nos vamos.

Tokio normalmente se habría quejado, ella ya era mayor, no necesitaba que nadie la llevara en brazos, pero estaba demasiado impresionada por lo que acababa de ver. El médico había dicho que no sobreviviría, y sin embargo el niño había tenido fuerzas para pedirle a su padre que ayudara a su pueblo, era un niño increíble. Como sus ojos.

Unos hermosos ojos dorados.

Región de Aizu.

Aldea Kawamata. Mansión privada de Takagi Kaito.

2 de agosto de 1850.

1 semana después…

Después de aquel incidente su padre había llevado al niño de ojos ámbar a su casa, y ahí había sido atendido de urgencia. Después de examinarle más minuciosamente Leeron había proclamado que no tenía hemorragias internas, por lo que el médico de su padre fue despedido, al tener un fallo tan grande, ya que aunque muy débil el muchacho podría recuperarse. No los decepcionó. Después de los cuidados necesarios fue recuperándose con una velocidad increíble, pero aún no había abierto los ojos.

Leeron era uno de los pocos japoneses que tenían padre japonés y madre china. Ambos dedicados a la medicina. Su padre era médico, su madre farmacéutica, por lo que conocía la medicina japonesa y los remedios chinos. Además era un buen ninja, muy diestro en el lanzamiento de kunais. Al contrario de lo que cabría esperar llevaba el pelo cortado a lo occidental, pero bastante rebelde. Era alto y delgado, con el pelo negro azulado y los ojos azul claro. Y era abiertamente homosexual.

En aquella época se veía con buenos ojos el amor entre hombres, sobre todo si ambos eran de clase alta, por lo que Leeron no era discriminado en ninguno momento por sus orientaciones sexuales, además era un hombre de confianza de su padre. Hiroto por el contrario era muy fuerte, pero terriblemente lento, bastante gordo y con una cara graciosa, como de lerdo, pero era muy buena gente. Ambos se llevaban muy bien, y eran los guardaespaldas perfectos para Tokio, ya que tenía una gran conectividad, por no decir que se complementaban perfectamente.

Ambos formaban un cuadro muy divertido, que siempre hacía reír a Tokio, pero durante aquella semana no le sacaron ninguna sonrisa verdadera. Tampoco a Hina. Se había pasado la semana llorando. La aldea había sido completamente destruida, sus vecinos y toda su familia habían muerto asesinados, y su hermano estaba inconsciente. Los hombres enviados por el daimyo sin embargo habían conseguido matar a los maleantes, un grupo formado por simples ladrones y algunos ronin de poca monta. No habían tenido demasiados problemas para acabar con todos ellos, pero habían llegado tarde. Solo Hina había sobrevivido gracias a su hermano, y este último aún estaba en estado grave. La niña no se había separado de él desde que le dejaron acostado en el futon. Solía acariciarle el rostro y el pelo, dándole palabras de aliento que él no escuchaba, era una imagen muy triste. Inexplicablemente Tokio también se había pasado mucho tiempo cerca del lecho del enfermo, pero a pesar de todos los intentos de conversación no había conseguido sacarle nada a Hina, ni si tenía apellido, ni en que trabaja su padre, ni el nombre de su hermano.

Aquella mañana Hina cayó totalmente rendida, después de apenas dormir y comer. Necesitaría un buen descanso. Tokio no se dio cuenta de lo que hacía hasta que se encontró sentada, observando al hermano de Hina.

Debía de ser un par de años mayor que ella, probablemente no tardaría mucho en cumplir los seis años. Su rostro se había relajado, al parecer ya no le dolía, y aquella imagen representaba la pura inocencia. Tokio se sonrojó ante sus pensamientos.

"Mira que eres tonta Tokio, solo es un niño"

Un quejido la devolvió a la realidad. Vio como los ojos del niño se apretaban fuertemente…y luego se abrían. Ahí estaban de nuevo, esos magnéticos ojos dorados, no habían sido una ilusión óptica, tenía los ojos de ese color en verdad. Se le veía desorientado, intentó incorporarse, pero un gemido escapó de sus labios al sentir el dolor en el tórax por las costillas rotas.

-Quieto. Leeron dice que tienes un par de costillas rotas, no debes moverte.

Aquellos ojos la miraron con curiosidad durante unos momentos y Tokio sintió como la desnudaban el alma. Fue entonces cuando el pánico apareció en aquellos ojos.

-¡Hina! ¿Dónde esta Hina? ¿No le habrá pasado nada malo ver…?-el muchacho se había incorporado bruscamente preguntando por su hermana y había caído de nuevo a plomo por el dolor. Se agarró fuertemente las costillas y apretó los dientes, pero no dejó escapar ningún quejido.

-Te he dicho que no te muevas-Tokio fue corriendo a por los calmantes, cogió una taza, la lleno de agua y fue con ella y con la pastilla junto al chico. Le hizo tragar la pequeña pastilla analgésica y toda el agua. Casi con timidez el niño le pidió otro vaso de agua. Ella se lo dio con una sonrisa. Después de unos momentos en silencio él volvió a mirarla, estaba otra vez tumbado, pero su mirada seguía imponiendo.

-¿Sabes donde esta Hina?

-Tú hermanita esta durmiendo. Fue una suerte que os encontrará, si hubiéramos llegado un poco más tarde probablemente no lo habrías contado.

-Eso no me importa, no temo a la muerte-la mirada de él se oscureció visiblemente, y casi con miedo la preguntó-¿La aldea de Hanawa? ¿Qué pasó con ella?

Tokio no quería mirarle a los ojos. ¿Cómo decirle que todo había sido arrasado? ¿Qué solo quedaban vivos él y su hermana? Sin embargo sintió la necesidad de verse reflejada en aquellos ojos dorados, que estaban llenos de dolor, pero no físico, sino espiritual. Negó con la cabeza, sin atreverse a pronunciar las palabras. Los ojos del niño se humedecieron, pero no lloró. Siguieron en silencio por varios minutos, hasta que Tokio decidió hablar de nuevo.

-Tras recibir la noticia Hina-chan no contestó a ninguna de nuestras preguntas, ni siquiera nos dijo tu nombre.

-Hajime.

-¿Sois campesinos entonces? No tenéis apellido…-ella se veía apenada, ante aquel hecho Tokio sabía que su padre no tardaría mucho en echarlos.

-No somos campesinos, mis padres son, o mejor dicho eran "Shokunin", artesanos. Mi apellido es Yamaguchi. Yamaguchi Hajime es mi nombre completo.

-Yo soy Takagi Tokio.

-¿Takagi?-él la miró sorprendido y no pudo evitar hinchar el pecho con orgullo al saber que aquel niño la conocía-¿acaso eres la hija del daimyo Takagi Kaito?

-Del mismo.

-Mis más sinceras disculpas por no haberla tratado como corresponde a alguien de su estirpe Takagi-dono.

Y aquello le sentó a Tokio como una bofetada. No quería que la tratara con ese respeto que le correspondía a alguien de su clase social, quería que aquel niño, Hajime, fuera su amigo.

-Llámame simplemente Tokio Hajime-kun.

-No…no puedo hacer eso Takagi-dono.

Justo cuando la niñita de ojos verdes iba a decirle un par de cosas a aquel cabezota entró su padre. Kaito era bastante alto. Tenía el largo pelo negro recogido en una coleta alta y sus penetrantes ojos azules fijaron su vista primero en Tokio, luego en Hajime, que intentó incorporarse, pero que una vez más cayó presa del dolor. El niño se maldijo mentalmente por ser tan estúpido de caer en lo mismo, mientras Tokio le miraba preocupada. Una pequeña sonrisa divertida apareció en los labios del daimyo.

-Buenos días joven. No intentes levantarte, no es necesario que me muestres ahora mismo tus respetos, estas demasiado débil. Tal vez mi hija ya te ha comentado la situación, toda la aldea Hanawa fue exterminada, incluida su gente, solo quedáis tú y tú hermana. No obstante te alegrara saber que acabamos con todos aquellos maleantes.

El chico no había apartado la vista en todo el relato. Y Kaito no pudo menos que sentir cierto orgullo ante el estoicismo del niño. Aunque era obvio que la venganza era un pobre consuelo para él no lo dejo traslucir.

-Tú nombre chico.

-Yamaguchi Hajime, Takagi-dono.

-Tus padres te han enseñado como tratar a la realeza por lo que veo.

-Esta en lo correcto señor.

-Es bueno saber que aún se enseña educación. Bueno, cuando te encuentres un poco mejor charlaremos con más calma, de momento descansa.

-Hai.

El daimyo se marcho, le había agradado aquel crío, además tenía apellido. Hajime y Tokio se quedaron unos minutos en silencio. Finalmente la niña rompió el silencio.

-Parecías idiota mostrando tanto respeto.

-Díselo a tus antepasados, fueron ellos quienes inventaron todas estas gilipolleces.

Se miraron de mala leche durante unos momentos. Sus labios se curvaron en una mueca feroz y…empezaron a reír a carcajadas. Inexplicablemente era divertido picarse con el otro, era…reconfortante. Saber que a pesar de pertenecer a distinta clase social no eran tan diferentes, era un pensamiento alentador. Hajime empezó a toser y a poner muecas de dolor, debía de tener alguna costilla rota, ya que no podía ni reírse en paz. Justo en ese momento entró una niña con los ojos color miel llenos de lágrimas.

-¡Oni-chan!

Ella se tiró a los brazos de su hermano, Tokio intento impedirlo, ya que otro golpe le haría daño al pequeño Yamaguchi y al final los tres acabaron hechos un lío de piernas y brazos en el futón. Por raro que pareciera los tres niños se sintieron aliviados, como si por fin hubieran encontrado un hogar.

Edo.

1 de julio de 1853

El calor abrasador le picaba en la cara, pero el niño no hizo ningún gesto que delatara aquella incomodidad, nunca le había molestado el calor, por extraño que pareciera. Aquel día la ciudad de Edo se levantó como otro día cualquiera, pero el niño presentía que algo malo iba a suceder, no entendía porque, pero lo sabía.

Había ido a pasar unos días con su maestro a Edo, ya que él originalmente era de Saitama, en la región de Kanto. Su maestro era un ronin al que nunca le faltaban encargos, pero como le gustaba ir de un lado para otro nunca tenía un señor al que servir. Por eso, aunque él era originario de Saitama consideraba todo Japón como su hogar, un hogar que algún día pretendía dominar.

"Algún día"

-¡Makoto!-la voz imperiosa de su maestro le saco de sus pensamientos. El pequeño Shishio Makoto se adelantó hasta llegar a la altura de su maestro.

Tenía 7 años, con el pelo largo y castaño recogido hacía atrás, al más puro estilo samurai, porque él amaba luchar y quería matar pronto a su segunda víctima, lo cierto es que el niño ya tenía tendencias de asesino desde pequeño.

Su primera víctima había sido su padre, un sucio borracho que golpeaba repetidamente a su madre, hasta que un día ella no volvió a moverse. Preso de la rabia el niño lo había matado a golpes mientras seguía ebrio y más tarde el maestro Fujimi Kazo lo había aceptado como discípulo, al ver que tenía potencial.

En cierto modo el niño le estaba agradecido, gracias a él podría tener fuerza suficiente para llegar al poder, echaría al Shogunato y se declararía emperador de Japón, si eso haría.

-Estas muy distraído hoy muchacho, ¿ocurre algo?

El niño lo miró con sus ojos parduzco-rojizos, unos ojos muy fríos y calculadores, sin ningún asomo de misericordia.

-Notó algo raro en el ambiente maestro, como si algo importante fuera a suceder.

-Yo también muchacho…yo también.

La mañana paso normal, sin embargo en la tarde sucedería el acontecimiento que propiciaría el fin del Sakoku "la política anti-extranjeros" del Shogun, y con ellos el actual gobierno, dando paso a una nueva era. Shishio se encontraba mirando el horizonte, cuando vio aparecer velas negras. Pronto se creó una gran expectación en el puerto, y una gran inquietud, aquello no eran barcos japoneses, eran extranjeros.

Cuando llegaron a puerto hubo un gran tumulto, corrió el rumor de que los extranjeros reclamaban la apertura de los puertos japoneses. El nerviosismo llego a toda la gente de la ciudad, con el Shogunato habían tenido tiempos de paz, los extranjeros eran unos locos que quería dominar el mundo y destruir la era en la que estaba sumergida Japón. A medida que pasaba la tarde el nerviosismo se hizo más patente hasta que por fin ocurrió.

El primer disparo.

Como una advertencia de muerte el siniestro silbido se dejó escuchar por toda la ciudad, luego vino la terrible explosión, y por fin los gritos y los llantos. Solo podía olerse el olor a pólvora y sangre en la ciudad, pero fue como un dulce perfume para la nariz del pequeño Shishio, que permanecía impasible mientras la desesperación y el caos reinaban a su alrededor.

Tal vez conquistar Japón no presentase tantas complicaciones como creía en un principio.

Edo.

12 de mayo de 1855.

Era mediodía en la ciudad de Edo. Habían pasado casi dos años desde el incidente de los barcos negros, y se empezaba a notar en el ambiente que los soplos de una nueva corriente no tardarían en llegar, y con ellos la guerra civil.

Ajenos a todos estos cambios dos niños jugaban en el jardín de una casa que debía de ser de clase media. La niña rondaría los 8 años, tenía la piel blanca como la nieve, contrastando con su pelo y ojos negros como la noche. Tenía el pelo recogido en una especie de híbrido entre coleta y moño, dejando una gran cantidad de pelo a modo de flequillo, cortado a diferentes niveles. Era muy guapa y tenía una mirada de tranquilidad y melancolía poco propias de su edad.

El muchacho que jugaba con ella era moreno de piel y tenía el pelo y los ojos negros. Era bastante mono, y tenía un rostro de clara inocencia, además no era especialmente alto. No debía de llegar a los 11 años, pero se notaba a la legua que era un chico vivaracho y hablador. Al parecer hacía todo lo posible por complacer a la niña, que muy en el fondo le apreciaba sin necesidad de que se tomara tantas atenciones para con ella.

Se encontraban en la casa del niño, la casa de la familia Akira, pues la residencia de los Yukishiro, la familia de Tomoe, estaba demasiado concurrida. Su madre estaba a punto de parir, así que los Akira se había ofrecido a cuidar de la pequeña hasta que su madre estuviera un poco mejor.

-¡Tomoe-chan!

La niña de blanca piel miro a su compañero de juegos. Este señalaba con los ojos brillantes al espectáculo que ocurría en el cielo. Soplaba el viento, desprendiendo las hojas de Sakura, haciendo que estas cayeran como nieve, pero con mucha más gracia y hermosura. Los dos se quedaron maravillados viendo aquello, realmente sentían que el corazón se les llenaba de alegría. Kiyosato buscó la mano de Tomoe, y cuando la encontró esta no rechazo el contacto. Así quedaron, observando maravillados caer los pétalos de Sakura tomados de la mano, y así fue como el señor Akira los encontró.

-¡Ejem!-como su el contacto quemara ambos separaron sus manos, ligeramente sonrojados sin atreverse a mirar al otro. Después de unos segundos de incómodo silencio el niño habló.

-¿Sucede algo padre?

-Me temo que si-miró por unos instantes a Tomoe-tu madre ha dado a luz Tomoe-chan.

-¿En serio?-los ojos negros de la niña se iluminaron, así que por fin había acabado aquella locura…aunque tenía que agradecer el tiempo pasado con Kiyosato, le quería mucho. El cabeza de familia sonrió un poco forzado, pero ninguno de los niños pudo captarlo.

-Así es, ahora tienes un hermanito Tomoe-chan, tal vez deberías ir a verlo.

-Hai, hasta luego Akira-san, Kiyosato-kun-se quedo mirando a este un segundo más de lo necesario y luego echó a correr todo lo que le permitía el kimono blanco que llevaba.

En realidad su casa no estaba lejos y no tardó ni dos minutos en llegar. Pero en seguida noto que había algo raro en el ambiente. Casi con temor la niña adelanto un piececito, y luego otro, hasta que quedo en la entrada. Respiro un ahora dulzón en el aire y también…

"Incienso"

Entró con decisión y se encontró con una de las comadronas que la miró con tristeza.

-Buenos días señora.

-Buenos días, Tomoe-chan, deberías pasar a ver a tu madre y a tu hermano.

-Hai.

En silencio la niña entró en la siguiente sala, sabía que algo no había salido bien, lo presentía, aquel aire de pesadumbre en el lugar no era propio después del nacimiento de un recién nacido, menos si se trataba de un hombre. Con aplomo llegó a la habitación de sus padres, y entonces lo vio.

Su padre sostenía entre sus brazos a un diminuto bebé y miraba con mucha pena a su madre, que estaba en el lecho, con una mirada extraña y sudando a mares. El señor Yukishiro se dio la vuelta y al ver a Tomoe la hizo una señal con la cabeza para que entrara con tranquilidad. La niña se dio cuenta de que el olor dulzón procedía de su madre y el incienso de la habitación.

-Creo que es mejor que te despidas de tu madre Tomoe, no volveremos a verla.

-Hai.

A pesar de tener solo 8 años Yukishiro Tomoe ya sabía lo que era la muerte, pero nunca había visto su rostro tan de cerca. Pensó que la vida humana era algo muy efímero, tal vez demasiado, las personas morían con demasiada facilidad…no era justo. Su madre era joven y fuerte, no debería morir así, pero las leyes naturales estaban por algo, y Tomoe las odio por llevarse aquello a lo que quería, sin ser consciente de que unos años después esas mismas leyes naturales volverían a arrebatarle a otro ser querido…y que también la arrastrarían a ella a los límites del tiempo, en un pozo sin fondo.

-To…mo…e-la niña miro a su madre, por alguna extraña razón su mirada de mostró lúcida, claro signo de que estaba a punto de expirar. Las lágrimas inundaron sus bellos ojos.

-Dime madre.

-Cuida de tu padre…y de tu hermano, los dos te necesitarán.

-¿Cómo puedo cuidar de aquel que te ha arrebatado la vida?-la voz de la niña se quebró, presa de las emociones y del llanto, quería odiar a su pequeño hermano, pero por alguna razón no podía.

-No me la ha arrebatado hija…me alegro de que él sobreviva a costa de mi vida…es mi hijo, al igual que tú, y os quiero más que a mi vida cariño.

-Mamá…no te vayas…por favor-las lágrimas corrían libres por sus pálidas mejillas, abrazó el cuerpo de su madre.

-Cuídalos…Tomoe.

La niña se abrazó al cuerpo sin vida de su madre, rota por el llanto. Una sonrisa de paz se vislumbraba en sus facciones, la señora Yukishiro había muerto feliz.

2 horas después…

Su padre había tenido que desenganchar a Tomoe de su madre, ya que estaba fuertemente agarrada a su Yukata. Ahora la niña estaba siendo atendida por una de las comadronas, que la había llevado té caliente y la había pasado una manta por encima para evitar que pasara frío.

-Tomoe…-ella levantó la vista. Frente a sus ojos estaba Kiyosato, mirándola con amargura, queriendo compartir su dolor. Se dieron un abrazo mudo, y fue entonces, al sentir su calor tan cerca cuando Tomoe comprendió que amaba a Akira Kiyosato, un amor de niños que luego se convertiría en el amor de dos enamorados. Después de estar unos momentos abrazados se separaron. Tomoe se sentía mejor, y fue capaz de sonreír a Kiyosato, los dos se sintieron aliviados, como reconfortados.

-Arigato…Kiyosato-kun.

-Sabes donde vivo, por si necesitas algo-respondió él con jovialidad. De la misma forma en que había aparecido también había desaparecido, dejando a una más tranquila Tomoe tomando su té, sabía que prefería estar sola. Minutos después apareció su padre, con el niño en brazos.

-Tomoe, necesito que cuides de tu hermano unos minutos-y sin esperar contestación le colocó el niño en los brazos a la vez que cogía el té de ella y se marchaba.

Así fue como se encontró frente al niño que había matado a su madre.

"Cuesta creer que algo tan pequeño pueda hacer tanto daño"

Tomoe quería odiarlo, no era más que un vulgar bebé. Le miró con ojo crítico, no se diferenciaba en nada de otro recién nacido. Tenías las mejillas sonrosadas, la cabeza calva y las manos regordetas, era un bebé más y Tomoe lo odiaba, hasta que abrió los ojos.

Unos ojos negros idénticos a los suyos…y a los de su madre. Dos ojos como estrellas en aquella cara sonrosada. Ella le miró, y el niño le devolvió la mirada, y entonces la pequeña cosita que tenía en sus brazos sonrió y levantó una manita para tocar el rostro de la niña. Ella sabía que los bebés no sabían sonreír, que aquel gesto había sido una mueca involuntaria, pero al sentir la manita pequeña y arrugada del niño en su rostro comprendió que no le odiaba, que le amaba y que aquella pequeña criatura no tenía la culpa de la muerte de su madre.

Por segunda vez sonrió de corazón en aquel día.

-Perdóname…Enishi.

Por toda respuesta el niño sonrió una vez más, emitiendo un confuso balbuceo.

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Buenas^^

Pues aquí me tenéis, escribiendo otra historia XDD En cualquier caso va a ser un fic bastante largo y ambicioso, al meterse de lleno en la infancia de nuestros personajes, la época anterior al bakumatsu, el propio bakumatsu y un par de añitos posteriores.

Debo decir que va a ser un fic histórico, es decir, que voy a narrar los hechos reales que ocurrieron, aunque como es lógico tendré que cambiar alguna cosa. Este fic no va a tratar únicamente de unos cuantos personajes, si no que pretendo contar algo de todos, aunque por el momento nos tendremos que conformar con los más "viejos" pues no quiero dar grandes saltos temporales. Antes de que se me olvide. Agradecería mucho si algún alma caritativa me pasa información de Aoshi y Misao, es que no conozco gran cosa de su pasado y no me fió del anime doblado, así que si alguno me cuenta cosas del pasado de esos dos se lo agradeceré eternamente. Como es lógico no todos van a tener el mismo protagonismo, pero los personajes relacionados con el Ishin Shishi, el Shinsengumi y el Oniwabanshuu tendrán mucha participación, mas claro esta los niños que lo vivieron como simples civiles.

Ahora tocan algunas aclaraciones. Como podéis ver doy saltos espacio-tiempo con una diferencia que llega incluso hasta los 5 o 6 años, esto es debido a que sus edades varían completamente, pero los estoy juntando en grupos. La parte final de Kenshin, es decir, los diálogos que mantiene con Hiko y las palabras pronunciadas por las tres hermanas están sacadas directamente de las OVAs, que por cierto, el orden en que mueren me lo he inventado porque creo que nunca se mencionó, si esta mal solo poner el nombre correspondiente al leer y listo XD. Otra aclaración. Como supongo que imaginareis Yamaguchi Hajime es Saito Hajime, mi amado (y de muchas más) lobo. No me he inventado nada, él en realidad nació llamándose Yamaguchi Hajime, nombre que luego cambiaría no se porque, pero queda mejor Saito ¿verdad? XDD En realidad el colega cambio varias veces de nombre a lo largo de su vida, pero el nombre por el que fue conocido es por el de Saito Hajime. Ya veremos más de la niñez de este antihéroe, porque no tiene desperdicio, ya que nadie sabe como fue realmente, así que yo pondré mi versión de los hechos basándome en un par de hechos históricos. También debo disculparme, ya que la saga de Enishi me vi obligada a leer en ingles, así que es probable que tenga fallos, pero tengo una duda que espero que me resolváis, ¿al final Oibore era el padre de Tomoe y Enishi verdad? Debo añadir que nuestros personajes, aunque lógicamente no se encontraron y se conocieron en años anteriores aquí si, porque es muy interesante ver por ejemplo a Kenshin de adolescente y a Sano de niño en la misma escena aunque no se hubiera dado. Siento mucho que la parte de Shishio me haya quedado tan corta, pero es que no me sentía muy inspirada...para el próximo capítulo prometo darle mucho más protagonismo.

Para el próximo capítulo volverán a repetir Kenshin, Saito y Shishio más los personajes que los rodean y además aparecerán: Shinomori Aoshi, Okina, Okita Souji, Katsura Kogoro y Yumi Komagata.

Atentamente: Shumy