Disclaimer: Ante todo Rurouni Kenshin no me pertenece, no hago esto con ánimo de conseguir dinero, solo de entretener a la gente y plasmar mis ideas. Esta gran obra le pertenece a Nobuhiro Watsuki no a mí.

Aclaración: La historia saltará de unos lugares a otros en el tiempo, por lo que no será una aventura lineal, ya que pasaré de unos personajes a otros, pero se verá claramente el cambio, ya que tienen edades diferentes me veo obligada a hacer esto, no obstante le da mucho dinamismo a la historia.

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Bakumatsu.

Por: Shumy.

Capítulo 3: Ironías del destino.

Kyoto.

2 de septiembre de 1862

El verano llegaba a su fin y con él el comienzo del otoño. La ciudad de Kyoto tenía una falsa tranquilidad aquellos días, desde el incidente de los barcos negros la tensión iba aumentando poco a poco en el país. Abiertamente aún no había guerra civil, sin embargo ya se estaban dando los primeros asesinatos. Aoshi ya se había convertido en un Oniwabanshuu de rango medio y era considerado de forma general como un genio. La etapa más importante de su entrenamiento con Okina ya había finalizado, el joven Shinomori de 10 años de edad ya era un experto en Kempo, en un par de años posiblemente igualaría a Okina en su manejo. Ahora comenzaba un nuevo periodo bajo las órdenes del Okashira, Makimachi Souta. Aunque el pequeño ya había recibido algunas clases de kodachi aún no se había iniciado como dios manda en esa disciplina. El Okashira había decidido enseñarle en serio cuando se convirtiera en un Oniwabanshuu de grado medio, y dos días atrás lo había conseguido, prueba de ello eran los esparadrapos y vendas que había repartidos por su cuerpo, los ninjas tenían entrenamientos durísimos y a pesar de todo eran menospreciados por los samuráis, por el simple hecho de no atacar de forma "honorable"

Aoshi estaba seguro de que cuando empezara la guerra esas cosas no tendrían gran valor, como siempre ese heraldo de la muerte llamado guerra pisoteaba no solo vidas, si no también la esperanza, el amor, el honor y todas las buenas cualidades que pudiese albergar el ser humano, alimentando así la maldad, el rencor, el odio. Aunque nunca lo demostrará Aoshi menospreciaba eso, esa poca consideración hacía la vida humana, hacía la vida de personas importantes. Él nunca se perdonaría perder hermanos del Oniwabanshuu por un error suyo, por eso tenía que ser el más fuerte.

"Un ninja más fuerte que cualquier samurai, alguien capaz de defenderse solo, de protegerse a si mismo y a los demás, alguien con un corazón de acero"

Se encontraba en un parque tradicional de Kyoto. Algunos árboles ya habían empezado a adoptar ese tono cobrizo que tanto caracterizaba al otoño, contrastando enormemente con los árboles de brotes verdes, que aún abundaban, pues el verano no les podía arrebatar toda su frescura y vitalidad. La hierba en cambio presentaba el característico tono amarillento aunque no tan profundo como estaría acostumbrado un europeo. El pequeño lago estaba rodeado por toda esa naturaleza pacífica, dándole a sus aguas una serenidad mística que pocos lugares podían alcanzar. Las ondulaciones del agua tenían las más variopintas tonalidades, los tonos ocres, reflejo de los árboles hincados ya en el otoño le daban una extraña calma, los tonos verdes vivos denotaban la vida que se podía respirar en el lugar, sin embargo tonalidades violáceas, esmeraldas, negras, aguamarina y turquesa mostraban todo su esplendor en el centro del lago, cambiando a cada momento por los diferentes ángulos de luz que acontecían en plena tarde. Enfrente de Aoshi se encontraba el típico templo zen, con materiales sencillos, destacando en el los colores derivados del marrón. La estructura era la famosa arquitectura japonesa del periodo Edo, que había sido introducida en el país por el famoso Kobo Daishi, que viajó a la lejana China para poder estudiar el Shingon, una rama del budismo Vajrayana o tántrico practicado en las inhóspitas regiones del Tibet. El estilo no había variado mucho desde entonces, pues desde la intromisión de la arquitectura budista por el siglo IX apenas había evolucionado salvo para adaptarse a la tranquilidad que se había respirado en el país nipón desde las grandes guerras civiles.

Columnas altas y gruesas de fuerte madera sostenían el templo, que era anclado de forma segura en el suelo gracias a las piedras en las que se apoyaban las robustas columnas, las paredes y el suelo eran de lisa madera perfectamente pulida y el techo estaba compuesto por madera de cedro. Aoshi no podía saber todos los materiales usados, pues nunca había entrado aunque de vez en cuando practicara la meditación, pero sabía que el interior sería austero, con pocos adornos y sin nada caro. Los zen no eran monjes pomposos y aquel templo era de simple tránsito en alguna peregrinación, permitiendo así que cualquier viajero, zen o no, tuviera un sitio limpio y seco donde poder dormir durante su sagrado viaje.

Después de un rato observando el lugar con tranquilidad a pesar de conocerlo Shinomori decidió volver al cuartel general, no tenía nada que hacer allí. Simplemente había decidido ir para calmar la poca ansiedad que tenía, contactando con la naturaleza como era típico en Japón, donde al contrario que en el lejano occidente, se buscaba la armonía de la naturaleza en todos los lugares, desde los parques a las casas.

-Aoshi-kun-el joven se dio la vuelta ante el inesperado llamamiento. Makimachi Yui se encontraba mirándole con cariño desde el puente de piedra cercano al lugar donde el reposaba. La joven se acerco al muchacho y le acarició suavemente el pelo negro. Para él Yui era como una mezcla de madre y hermana mayor, la quería muchísimo y tenía en gran estima a su familia. La joven no era una kunoichi de gran talento, pero tenía un don mucho mayor, una armadura de sentimientos que la impedían rendirse. A pesar de lo guapa que era se apreciaban grandes signos de cansancio en su rostro, fruto de varios embarazos fallidos que la estaban devorando la salud poco a poco, pero para Aoshi cada día era más lleva.

-Yui-dono, debería estar descansando.

-¡No te preocupes! ¡Estoy mejor que nuca!-dijo la mujer con alegría mientras hacía algunos estiramientos para demostrarle al chavalín su gran estado de forma.

-¿Qué la trae por aquí Yui-dono?-el muchacho miraba con curiosidad a la hija del Okashira. Con una sonrisa deslumbrante la joven contestó.

-¡He venido a buscarte!-dijo con alegría y con un símbolo de victoria, haciendo que el niño sonriera con felicidad. De repente Yui tomó una actitud un poco más seria-en realidad, quería verte, desde que has conseguido ser ninja de grado medio no te he visto.

-Solo han sido un par de días.

-¿¡Y que?! ¡Que eres mi hermano pequeño hombre!

Justo en ese momento Yui se lanzó a por Aoshi haciéndole cosquillas y provocando las carcajadas del niño, que no podía escapar a semejante ataque. Reír le dolía debido a los moratones que tenía por el cuerpo, pero no podía parar, así entre juegos y carcajadas llegó el atardecer. Los dos pararon en un instante mirando el horizonte.

-Deberíamos irnos.

-Opino lo mismo.

Aoshi se entretuvo un poco más observando el lago por encima del hombro una última vez, ahora los tonos anaranjados predominaban en aquel trozo resplandeciente de espejo e inexplicablemente, al ver colores tan vivos y llameantes se sintió un poco más seguro. Él y Yui echaron a andar por el pequeño camino empedrado, directos al Aoiya, pues Kyoto por las noches no era seguro. Se mantuvieron en silencio, atentos a cualquier ruido extraño que se pudiera escuchar por encima de la estridente melodía ofrecida por las chicharras o de los perdidos ladridos de un perro. Divisaron el Aoiya sin mayores contratiempos y entraron sin dilación, encontrándose a un nervioso Okina en la entrada que no pudo evitar soltar un grito de alivio cuando los vio.

-¡Maldita sea! ¡Yui-dono! ¡Aoshi! ¿En que estabais pensando? Estaba a punto de salir a buscaros, ya deberíais saber que Kyoto ya no es una ciudad segura por las noches.

-Fue culpa mía Nenji-san-dijo Yui con humildad.

-De los dos-corrigió el pequeño Aoshi.

-Me da igual de quien sea la culpa-Okina soltó un suspiro resignado-si tuviéramos policía aquí sería magnífico, pero el Shogun esta demasiado ocupado como para intentar crear un cuerpo de policía.

-Tal vez no haga falta que lo organice el Shogun algún grupo de samuráis podría crearlo por propia voluntad.

-Samuráis ¡Bah! A la gran mayoría solo les mueve el dinero y la fama, no la protección de la gente-dijo Okina con desdén.

-Eso no es cierto Nenji-san, que no los aprecies no quiere decir que todos sean unos gandules y unos hipócritas.

-Hazme caso Yui-dono, siempre nos critican a nosotros cuando ellos son peores.

-Te equivocas…yo lo se…se que dentro de poco tendremos policías.

-Creo que el azúcar te ha afectado el cerebro Yui-dono.

-¡QUE HAS DICHO!

Y así entre gritos y correrías por todo el Aoiya el asunto quedo completamente olvidado.

Kyoto.

23 de octubre de 1862

Okina se encontraba en unos baños termales de la zona norte de Kyoto. El adulto aún no había entrado, pues había estado buscando unos baños mixtos, sin éxito.

"Me tocará ver las trompas de los elefantes de los demás, pero como la mía ninguna jajaja"

Tatareando una melodía empezó a desvestirse, cogiendo una fina yukata para cuando saliera de los baños. Totalmente desnudo y fardando de cuerpo y "amigo" Okina fue pavoneándose por todos los baños, dando más vuelta a propósito para intentar encontrara alguna jovencita, ganándose miradas de odio por parte de los viejos que se encontraban allí.

"Viejos verdes"

Pensó con humor el Oniwabanshuu, sin embargo un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando vislumbró a un joven que le miraba con lujuria y directamente ahí, sintiéndose desnudo de verdad. Tragó saliva mientras empezaba a sudar frío, buscando casi imperceptiblemente una salida, pues no quería dejar vislumbrar que sentía verdadero pánico en aquellos momentos. Fue aquel el momento elegido por el joven para guiñarle un ojo, haciendo que Okina huyera en el acto sin pensar en nada más mientras el hombre que le había guiñado un ojo se descojonaba ante la reacción del mayor.

Okina, que iba dejando una estela de polvo a su paso llegó por fin a los baños, tirándose como si fuera una piscina y buceando hasta detrás de una piedra, escondiéndose del "amanerado"

"Ese seguro que quería encularme"

Y así, todavía asustado Okina siguió alerta durante varios minutos, hasta que se hizo patente que aquel hombre no aparecería. Suspiró con alivio y se recostó sobre la piedra, dejando su torso al descubierto y losdemás bajo el cálido agua. Miró hacía el cielo, que estaba repleto de puntos de luz blanca parpadeante. Al ninja siempre le había gustado vislumbrar la bóveda celeste en su máximo esplendor, como aquella noche donde no había luna.

"Aún recuerdo cuando Souta y yo éramos jóvenes, unos estúpidos ninjas demasiado engreídos, tuvimos suerte de tener tan buen maestro los dos. Nos dio muchos palos, pero nos convirtió en adultos, y era un hombre honorable, murió al servicio del Oniwabanshuu, protegiendo su país al que tanto amaba. Lo cierto es que casi debería agradecer a la muerte que se lo llevara, sensei no podría soportar ver una guerra civil en Japón, amaba demasiado esta tierra y esta gente. La tristeza me consume cada vez que pienso en lo que se nos viene encima, después de aquel periodo de grandes guerras que asolaron nuestro país durante casi 2 siglos ahora volvemos a enfrentarnos hermanos contra hermanos. ¿Qué será de nosotros? Es obvio que occidente y Estados Unidos tienen sus avariciosos ojos puestos en esta tierra de paz, ¿Por qué debemos abandonar este aislamiento? No nos metemos con nadie, solo queremos llevar una existencia tranquila, sin embargo nuestro mundo se desmorona. ¿Y que ocurrirá una vez finalizada la guerra? Gane quien gane será una derrota para Japón.

El futuro de nuestro país pende de un hilo, en vez de batallar entre nosotros el Shogun y los imperialistas deberían parlamentar, esto solo beneficia a nuestros opresores, debemos evitar semejante matanza, no podemos permitir que esto ocurra, pero nadie hace caso. La única persona cuerda es Sakamoto Ryoma, un gran hombre, deberían hacerle caso, solo busca el bien para esta tierra, no ambiciona nada más.

¿Y que será de los niños y los adolescentes? Se convertirán en asesinos, mi espíritu me dice que esta generación es más fuerte de lo normal, grandes guerreros se enfrentarán entre sí creando la destrucción y la desesperanza luchando por un futuro mejor, ¿acaso hay algo más irónico que eso? El destino se ríe de nosotros poniéndonos tantas trabas para proteger el país, la guerra civil, el imperialismo occidental…

¿Y que será de Aoshi? ¿Acaso acabará como un esclavo de los europeos? Es un niño tan prometedor…una gran desgracia lo de su madre, no se lo merecía la pobre mujer, menos él, que ya ha matado, siendo tan pequeño y ya sabe lo que es el sabor metálico de la sangre enemiga. Siento pena por él, ojala su vida no hubiera sido así, habría sido un chico tan alegre…aún le recuerdo cuando nos conocimos, que vitalidad, que porte magnífico, difícil de creer todo eso en un niño, pero que inocente y crío a la vez, como se enfadaba conmigo, que caballeroso y atento con Yui-dono, la ama de verdad, la ama como un hermano pequeño ama a su idealizada hermana mayor, si Yui tuviera una hija que se pareciera a ella todas las penalidades de Aoshi desaparecerían…pero eso es imposible, es frágil de salud, y su marido también. Souta está preocupado por ellos, no quiere que les pase nada, pero parece que la negra muerte esta extendiendo sus macabras alas hacía ellos. Una hija de Yui… ¿Cómo sería? Una gran mujer desde luego, bonita, fuerte, una fierecilla enternecedora, me encantaría ver a un ser como ese algún día, sería como un ángel caído del cielo, una estrella en el firmamento, una flor de primavera."

Una sonrisa soñadora apareció en el rostro del ninja, que soñaba con tener una criaturita así, saltando y brincando por el Aoiya sin ninguna preocupación.

"Sólo por eso merecería la pena ser abuelo, tal vez debería haberme casado como Souta…pero se que no estoy hecho para el matrimonio, he hecho lo que debía manteniéndome soltero, solo le daría disgustos a mi mujer, me gustan demasiado las piernas de las jovencitas"

La imagen hizo que Okina pusiera cara de viejo pervertido mientras una ligera baba caía por la comisura de sus labios imaginando esas curvas, esas piernas esculturales, esos pechos respingones. El calor empezó a inundar todo su cuerpo ante semejantes pensamientos, pero empezó a sudar al darse cuenta de que el calor no paraba de aumentar, fue entonces cuando lo comprendió.

¡LLEVABA DEMASIADO TIEMPO A REMOJO Y ACABARÍA COMO UN CANGREJO!

Kyoto.

5 de abril de 1863.

El invierno estaba tocando a su fin, los ríos ya se habían deshielado y los pájaros volvían a trinar sobre los árboles, que poco a poco iban recuperando su esplendor verde. Sin embargo eran unos días bonitos y fantasmagóricos, pues aún se notaba la presencia del invierno, mucho más suavizada con la llegada de la primavera, dándole al lugar un aire nostálgico y alegre a la vez, una combinación verdaderamente curiosa.

Aoshi se encontraba en aquellos momentos en la enfermería del Aoiya. Él y sus compañeros habían tenido una difícil misión, que les había costado la vida a todos menos al muchacho, que estaba a punto de cumplir los 11 años. Su encargo trataba del espionaje realizado a unos posibles imperialistas de la facción de Chōshū. No habían averiguado su procedencia, pero si sabían que eran contrarios al Shogun. Sin embargo las cosas se habían torcido cuando de repente, uno de sus dos compañeros había caído inerte al suelo, con un kunai clavado en la espalda. Cuando tocó el suelo ya estaba muerto.

Rápidamente Aoshi y el otro ninja se habían puesto en movimiento. Frente a ellos se encontraba una ninja con las facciones totalmente ocultas, y aunque sus curvas estaban bien disimuladas no podían engañar al experto ojo del chico de ojos hielo. El chico sabía que tenían muy poco tiempo de margen para escapar antes de que aquellos hombres fueran a averiguar la causa de la caída de aquel cuerpo, aunque probablemente ya se lo imaginarían.

Con gran velocidad Aoshi aprovecho el factor sorpresa que le brindaba su edad para atacar a la mujer con un kunai. Sin embargo y a pesar de la sorpresa inicial la joven pudo desviar el ataque, que le rozó el brazo derecho, mientras Aoshi derrapaba a su espalda para volver por ella. Solo el grito de su compañero interrumpió su ataque. Había sido abatido por uno de los samuráis, que le había atravesado de parte a parte, llenando su katana de sangre.

Shinomori comprendió que todo había estado planeado, pues se habían coordinado demasiado bien. Con una mueca de desagrado en su hermoso rostro el muchacho se lanzó al suelo por el lado contrario por el que subían sus rivales. Sin embargo ya habían imaginado eso, pues Aoshi se encontró frente a dos hombres armados, con las espadas en ristre. Con una mirada de concentración empezó a medir sus posibilidades. Para poder salir de allí tenía que matar a uno y reducir al otro en unos segundos, eso probablemente le daría el suficiente margen de acción como para escapar. El hombre más próximo que se encontraba a su ubicación ejercía un ligero balanceo en sus piernas, algo que solo un experto podría haber vislumbrado.

Gracias a aquel gesto corporal Aoshi sabía que se encontraba nervioso y excitado, y eso le daba una gran ventaja a él. Lanzó un par de shurikens, uno a la cabeza y otro a la rodilla. El samurai formó un arco con su espada, evitando el ataque pero quedando totalmente desprotegido unas décimas de segundo. Antes de que su compañero pudiera intentar ayudarlo el hombre tenía una segunda boca roja y macabra en la garganta.

En un acto reflejo se llevo las manos al cuello, intentando en vano parar la hemorragia. El hombre realizo un desesperado gorgojeo al intentar hablar, tuvo una ligera convulsión y cayó muerto al suelo. Su compañero se lanzó al ataque con un rugido de guerra, dispuesto a acabar con el tranquilo muchacho salpicado de sangre. El niño uso su kodachi para evitar el ataque y lanzó una fuerte patada al rostro de su rival, que pudo esquivarla a duras penas. Se miraron unos instantes a los ojos, con odio profundo, ambos deseando acabar ya con aquello.

El guerrero volvió a lanzarse sobre Aoshi pero esta vez solo cortó el viento. Usando su velocidad el muchacho había evitado el ataque. Sin embargo aquel hombre no tuvo tiempo de pensar en eso pues una hoja le salía del pecho, justo en el lugar donde estaba su corazón. Miró atónito la hoja, que abandonaba su cuerpo silenciosamente. Una sonrisa macabra llegó a sus ojos un segundo antes de que la muerte hiciera presa de él, dejando aquel gesto grotesco impregnado en sus facciones.

La sangre cayó sobre el rostro de Aoshi, no le había evitado del todo y ahora tenía una herida sangrante en la frente. Sin embargo al muchacho no le importó porque rápidamente tuvo que retroceder para evitar la patada de la ninja, que había descendido. Con movimientos de gato la mujer se contoneó, atacando de nuevo. Aoshi uso la kodachi para parar el kunai, pero recibió un fuerte golpe en el pecho que le hizo perder el equilibrio. La mujer aprovecho el momento para clavarle el kunai en su hombro izquierdo, sacando una mueca de dolor en el chico. Sin embargo Shinomori Aoshi no era un rival al cuál menospreciar y usando la caída en su propio beneficio logró cortar justo por encima de la rodilla izquierda de la ninja, que soltó un leve quejido mientras observaba atónita como el muchacho haciendo caso omiso al dolor de su hombro salía corriendo hacía la libertad, perseguido por unos cuantos hombres.

Aoshi gracias a sus habilidades ninja lo había conseguido perder en el camino y había vuelto al Aoiya, comunicándole las noticias al Okashira y cayendo desmayado al suelo por el dolor y el cansancio. Cuando había despertado se encontraba en la enfermería del clan.

-¡Aoshi-kun!-de repente notó como alguien abrazaba su cuerpecito con amor pero teniendo mucho cuidado de no hacerle daño.

-Yui-dono.

-¿Cómo te encuentras?

-Mejor-la joven sonrió con cariño y le revolvió el pelo.

-Me alegro.

Ambos quedaron en un incómodo silencio, la joven pensando y Aoshi mirándola. Finalmente la mujer volvió a hablar después de soltar una ligera tosecilla.

-Estaba preocupada por ti.

-No debe preocuparse por mi Yui-dono.

-No cambiarás, eres demasiado serio-la joven rió suavemente.

-Los ninjas deben ser personas serias.

-¿Cómo Nenji-san?-después de meditarlo por unos segundos Aoshi contestó.

-Él es un caso aparte.

-Supongo que en todos lados hay excepciones.

-Las excepciones son las que hacen las cosas interesantes.

-¿Estás diciendo que Nenji-san es interesante?-preguntó ladina.

-No, él no es interesante, es demasiado obvio, solo piensa en mujeres.

-Jóvenes-puntualizó la muchacha.

-Mucho más jóvenes que él-corroboró el muchacho.

-¡Sois malos, muy malos conmigo!

-¿Eh?

-¿¡Cuándo has entrado aquí?!

-Muajaja, ¿soy una excepción interesante recordáis?

-No llegas ni a madurito interesante.

-¡Yui-dono! ¡Que cruel! Voy a irme a llorar debajo de un puente-dijo Okina con tono lastimero.

-Ya te estás tardando.

-¿Quieres que acabe con el trabajo que dejaron sin hacer los tipos contra los que te enfrentaste?-le retó Okina.

-No te creas tanto viejo, haber si vamos a tener que llamar a un enterrador-Aoshi le miró con ojos chispeantes.

-Dilo por ti, que eres el que esta hecho una mierda.

-¡QUE DIJISTE!

-¡LO QUE OISTE!

-¡Nenji-san esta prohibido gritar en la enfermería! ¡Y tú Aoshi-kun estás herido, así que deja de comportarte como un crío!

-Gomen…

-Vaya por dios…los hombres sois de lo que no hay.

Y así, de manera diga y con buen porte Makimachi Yui salió de la enfermería, dejándoles a los dos con la boca abierta.

-Sabes Aoshi, las mujeres son muy raras.

-Yo también lo creo, tendrían que venir con manual de instrucciones.

Ambos ninjas asintieron enérgicamente mientras desde la puerta resonaba una voz.

-¡OS HE OIDO!

Kyoto.

17 de abril de 1863.

El pequeño Aoshi ya se había recuperado completamente de sus heridas. A pesar de todo Souta había decidido mantenerlo dentro del Aoiya durante el resto del mes, encargándole algunas guardias del restaurante o incluso ayudando en la cocina para disgusto del chico.

Mientras lavaba los platos Aoshi estaba reflexionando sobre Makimachi Yui. Llevaba unos días muy extraña, continuamente iba distraída, no hacía caso de lo que decían los demás y apenas comía. Tampoco era capaz de pasarse por la cocina, la cuál evitaba continuamente y se pasaba largas horas mirando el cielo y las nubes de día, las estrellas y la luna de noche.

Aoshi estaba preocupado por ella, pues comprendía que algo estaba alterando mucho a la joven, que extrañamente tenía una mirada de calma en sus ojazos. Decidió que de aquel día no pasaba, así que después de lavar los platos subió directamente al tejado, donde sabía que se encontraría ella.

No se equivocaba.

Yui estaba apoyada en unas cajas, mientras el suave viento movía su fantástica melena negra, que ondeaba alrededor de su rostro. Iba tapada con una mantita y mantenía sus manos en el estómago. La joven giró la vista e invitó a Aoshi a sentarse junto a ella. El muchacho, obediente, se sentó, guardando silencio. Compartieron la tranquilidad durante algunos minutos sin hablar, sintiéndose cómodos con la simple cercanía del otro. Sin embargo Yui acabó con aquel pacífico momento.

-Sabía que vendrías-dijo con una sonrisa.

-Yo ya sabía que tú te lo imaginabas, por eso has dejado que te encontrara fácilmente-ella no lo desmintió ni lo confirmo, por toda respuesta sonrió más ampliamente-hay algo que te preocupa Yui-dono.

-Sí.

-¿Se lo has dicho a alguien?

-No.

-¡Si no se lo dices a nadie no podremos ayudarte!

-No tenéis que ayudarme Aoshi, no es nada malo.

-¿Pero entonces…?-la joven le silenció, poniendo sus delgados dedos amorosamente sobre los labios de Aoshi, que la miró expectante.

-Creo…que ya va siendo hora de que lo sepas.

-Yui-dono…-la mujer miró distraídamente las nubes pasar mientras se acariciaba con suavidad la barriga.

-¿Has vuelto ha…?

-¿Quedarte embarazada?-completó la joven por él mirándole risueña-Así es.

-¡Pero Yui-dono! ¡El médico os dijo que no debíais volver a quedaros embarazada! ¡Corréis el riesgo de morir!

Por toda respuesta la mujer sólo rió suavemente.

-¡No es gracioso Yui-dono!

-Esta vez es diferente.

-¿Diferente?-el niño la miró con incredulidad.

-Esta vez vivirá, su espíritu es demasiado fuerte.

-Yui-dono…

-¿Me ayudarás a criarla verdad Aoshi?

-Claro que si Yui-dono, pero… ¿Cómo esta tan segura de que es una niña?

-Porque las mujeres nunca se rinden.

Región de Aizu.

Aldea Kawamata. Mansión privada de Takagi Kaito.

3 de julio de 1858.

Era un caluroso día de verano en la mansión del Daimyo. Podría decirse que aquel día no tenía nada de especial. La quietud se respiraba en el ambiente y no había nada anormal, tal vez la extraña calma del lugar.

Era última hora de la tarde y en las cocinas, contrario a otros días no bullían con gran actividad. La residencia de verano estaba prácticamente vacía, lo cuál no dejaba de ser una paradoja pues precisamente en esa época es cuando más llena se encontraba.

Unos días antes Katamori, el daimyo de Aizu, había convocado a Kaito para una reunión extraordinaria.

Habían pasado 5 años desde el incidente de los barcos negros, y desde entonces Aizu se estaba preparando para la guerra, consciente de que no tardaría mucho en estallar. Precisamente por eso Katamori, posiblemente el más avispado de los general Tokugawa estaba reuniendo poco a poco un ejército, que mantenía en distintos lugares clave, teniendo una amplia red de información.

Debido a aquella reunión la gran mayoría del personal de Kaito que se encontraba en la finca había partido apresuradamente con su líder hacía la ciudad de Aizu. Solo unos cuántos espadachines, las mujeres y los niños se habían quedado en el lugar, que estaba extrañamente tranquilo a pesar de los chiquillos que corrían por el patio.

Desde que Yamaguchi Hajime se había convertido oficialmente en el alumno de Hayashi se había ganado la consideración de los habitantes de la casa, que le dejaban campar a sus anchas por la propiedad del daimyo. Y con ello y el paso del tiempo la confianza del muchacho había crecido, igual que la del daimyo hacía él, que veía en el chico un seguidor fiel.

De esta forma él y Tokio habían pasado a ser los alborotadores oficiales de aquel lugar, dándole siempre alegría con sus carcajadas y travesuras, que eran realizadas un día sí y otro también. Los dos críos cuidaban con gran esmero a la hermana pequeña de Hajime, Hina, que con el paso del tiempo recuperó su dulzura habitual.

Sin embargo aquellos días ya habían pasado. Aquel año quién había sido un niño pasó a ser un hombre, pues Hajime había cumplido los 14 años de edad. Tokio contaba con 12 y a cada día su belleza aumentaba, como un capullo frente a la primavera, que se abría lenta pero inexorablemente. Hina también empezaba a acusar los cambios, pues era un año menor que Tokio, aunque mientras la mayor resultaba una criatura indomable y fuerte la más pequeña era frágil y delicada como una rosa.

Hayashi y Yamaguchi habían partido junto con el daimyo por petición del maestro, pues consideraba que el "mocoso" ya estaba más que preparado para salir fuera de aquella finca y aprender un poco del mundo exterior. Sin su presencia Tokio no tenía con quien pelearse, así que su ausencia se la estaba haciendo eterna.

Las dos muchachitas se encontraban sentadas en el porche, tomando un té y galletas. Lo cierto es que llevaban una relación muy cariñosa, y Tokio estaba muy contenta de que Hina se encontrara con ella, era como su ángel de la guarda, siempre la evitaba problemas. La joven Takagi era una persona enérgica que no se dejaba mangonear por los hombres, por lo que en ocasiones Hina se veía obligada a recordarla que su padre se disgustaría mucho si dejaba traslucir esos atributos que tanto la caracterizaban.

-Lo hecho de menos.

Hina miró curiosa con sus ojos miel a Tokio que miraba con ensoñación el cielo, que empezaba a tomar destellos anaranjados por la inminente puesta de sol.

-Yo también.

-Lo cierto es que sin sus maldiciones habituales este sitio pierde la gracia, tú hermano psicópata le da un ambiente más divertido al lugar-la más pequeño rió suavemente ante el comentario de la mayor.

-Mi hermano es un mal hablado.

-Sí, es culpa de Hayashi-san.

-Tenía predisposición no creas, siempre a apuntado maneras para algunas cosas.

-Lo cierto es que es un show verle luchando contra Hayashi-san, cada vez que se cae de culo suelta una maldición peor que la anterior, además siempre inventa nuevos insultos, es un gran artista para eso.

Las dos chicas rieron ante la extraña conversación que estaban teniendo. Durante todos aquellos años habían intimado mucho, y aunque extraña, se consideraban una familia.

-La verdad es que tú hermano cumple perfectamente el papel de hijo malhablado y cabezota.

-Jajaja, Tokio-chan, tú eres la hija incomprendida y de carácter explosivo.

-¡Y a mucha honra! Lo cierto es que tú eres la hija buena y educada que no se mete con nadie. Mi padre cumple perfectamente el estereotipo de padre serio y responsable pero incapaz de aguantar ante el chantaje emocional, y mi madre es la madre cariñosa y comprensiva.

-Sí, Leeron-san es el tío listo y cultivado mientras que Hiroto-san es el tío tonto y bonachón.

-Jajaja, Honoka es la abuela pesada e histérica y Hayashi-san…es…

- ¡EL ABUELO PERVERTIDO!-gritaron las dos ala vez a pleno pulmón.

Ambas volvieron a estallar en carcajadas, que resonaron por toda la finca y devolvieron parte de su alegría perdida al lugar.

-Si tú hermano se convierte en otro pervertido te prometo que me lo cargo, aunque sea lo último que haga.

-Jajaja, no te extrañe, tal vez no llegue a los extremos de Hayashi-sama, pero no creo que sea muy puritano para esos temas.

-Tienes razón…es un frívolo.

Las dos recordaban perfectamente el creciente interés que el joven guerrero de ojos dorados estaba denotando hacía las mujeres. Aunque la madre de Tokio decía que era un comportamiento habitual a su edad Tokio no podía evitar sentirse molesta, sobre todo porque últimamente le había dado por llamarla "pechos planos" ella siempre le respondía "libidinoso egocéntrico" y así se pasaban la tarde, entre correteos y huidas por todo el lugar.

-Tokio-chan… ¿Qué tipo de relación tienes con mi hermano?

Takagi se sonrojó violentamente y miró para otro lado para evitar que Hina la viera en ese estado. La chiquilla lo había dicho sin ninguna maldad, era pura curiosidad, sin embargo Tokio empezaba a sentirse molesta respecto a ese tema.

¿Qué sentía ella hacía Yamaguchi Hajime? Puede que solo tuviera 12 años y no comprendiera muchas cosas, solo sabía que la molestaba enormemente que mirase a otras chicas y que la llamara pechos planos. Para ella el muchacho era su mejor amigo y le quería más que a un hermano, sin embargo, ¿Qué eran esos sentimientos? La muchacha no lo sabía, lo único cierto es que se sentía mal cuando él pasaba por unas cosas o por otras de ella. Su relación era pura fuerza, explosividad. Los unía el cariño, la comprensión, la amistad, la rivalidad. Todas y ninguna a la vez eran las facetas que podían darle nombre a su relación.

-Es mi mejor amigo.

-Tokio-chan, tú también eres su mejor amiga.

-No lo creo-rió ella ante los comentarios de la niña, aunque en el fondo deseara que ella la volviera a desmentir.

-Me lo dijo el otro día-la pequeña sonrió ante la cara de sorpresa que traslucía la más mayor, aunque la alegría bailaba sin vergüenza en sus ojos verdes-antes de marcharse, me dijo que cuidara de ti, que hacías demasiadas locuras.

-Yo no hago locuras….él me induce a hacerlas-Hina rió suavemente ante aquello.

-También dijo que dirías eso, y me contestó que aunque él estaba un poco tocado, tú locura venía de serie cuando te hicieron.

-¡Me lo voy a cargar cuando le vea!

(En aquellos momentos un muchacho de 14 años estornudaba en la lejanía y sonreía lobunamente mientras sus ojos dorados se enfocaban hacía los bosques que dejaba a su espalda)

Región de Aizu.

Aldea Kawamata. Mansión privada de Takagi Kaito.

11 de julio de 1858.

Aquella mañana Tokio se encontraba entrenando al aire libre. Hacía 2 años que Tokio había conseguido convencer a su padre de que la dejara entrenar algún estilo de lucha. Finalmente su padre había aceptado que su hija practicara Kyūdō, que significaba literalmente "camino del arco". El Kyūdō se ejecutaba con un gran arco de unos dos metros de altura, hecho normalmente con bambú, madera y piel. Se llamaba "Yumi" y el suyo era más pequeño para poder acoplarse a la altura de la niña y según fuera creciendo iría usando arcos más grandes hasta que tomara las medidas del verdadero. Las flechas se llamaban "Ya" y estaban hechas de bambú, quedando su parte posterior emplumada de plumas de águila o halcón. Además dependiendo del lugar en el que se hubiesen conseguido las plumas se llamaban "Haya" cuando eran las llamadas masculinas y "Otoya" cuando eran denominadas femeninas.

En el Kyūdō la primera en ser lanzada era la "Haya" que giraba en dirección a las agujas del reloj mientras que la "Otoya" lo hacía al contrario. Para las "Haya" Tokio usaba las plumas de halcón, pues cortaban mejor el aire, haciéndolas más rápidas y en esas flechas es donde se debía si no matar, si herir al enemigo lo suficiente para lanzarle la "Otoya" que ella usaba con plumas de águila al ser más pesadas, dándole más fuerza al impacto.

Al ser diestra en su mano derecha llevaba el "yugake" un guante hecho de piel de venado que podía ser duro, que tenía un endurecimiento en el pulgar o suave, sin el endurecimiento en el pulgar. El primero aumentaba la precisión, el segundo la rapidez.

En comparación con el Kenjustu el Kyūdō era un arte mucho más tranquilo y relajado, pues podía ser practicado por personas de todas las edades. Aquella disciplina buscaba la armonía entre el cuerpo y el espíritu, centrándose en lanzar las flechas hacía un objetivo sin gran esfuerzo, combinando la fuerza física y la espiritual en un remolino de fuerzas, consiguiendo el equilibrio perfecto entre mente y cuerpo.

La kyūdōka había intentado convencer a su padre de que la dejara practicar también el arte llamado "Yabusame" que consistía en tirar con arco desde el caballo, pero el daimyo se había negado, alegando que aún era demasiado joven. Sin embargo Tokio si estaba dando clases de montar a caballo practicando sin manos. Estaba segura de que pronto podría practicar ella sola sin que nadie se enterara.

A pesar de todo la muchacha no estaba satisfecha, ella también quería aprender a pelear cuerpo a cuerpo. Sorprendentemente cuando le pidió a Hajime que le enseñara Kempo este había aceptado, diciendo que la debía una por lo del idioma chino. Además Leeron y Hiroto también la habían estado enseñando algo de defensa personal. Pero lejos de todo eso ella seguía sin sentirse a gusto, quería manejar un arma.

En un principio había pensado en aprender Kenjutsu, pero cuando se lo mencionó a Hajime este se negó tajantemente, él no tenía permiso para transmitir esos conocimientos, y bastante estaba haciendo ya con enseñarle distintas patadas y puñetazos. Tokio lo entendía, así que no se quejó.

Sin embargo lo que ninguno sabía era que la muchacha se las había ingeniado para sobornar a un mercader de uno de los pueblos cercanos, prometiéndole un buen dinero a cambio de cierto encargo. Le había dado un dinero como señal y el suficiente para comprar lo que quería, prometiéndole una cantidad mayor si se lo traía. Sabía que el mercader lo haría sin problemas, pues le pillaba de camino.

Tokio le había encargado dos cosas, un nunchaku de madera de roble y un sansentsukon, similar a un nunchaku pero de 3 varas. Además le había pedido varias cadenas para poder usarlos con distintas longitudes. Pensaba entrenar ella sola y sin la ayuda de nadie, oculta entre las sombras que la proporcionaba el bosque.

El día anterior había recibido el mensaje del comerciante de que tenía su encargo, así que la muchacha se había llevado el dinero junto con el arco.

En aquellos momentos disparo durante media hora su arco, para que nadie sospechase nada. Tenía una puntería envidiable y no fallo ninguna flecha. Después de tres tandas decidió que era hora de irse.

Recogió todas las flechas, las guardo en el carcaj y se enganchó el arco a la espalda, encaminándose al pueblo. Un pequeño y desdibujado camino se habría paso entre la naturaleza, conectando aquella senda con el pueblo fijado para el intercambio. Con paso alegre y enérgico Tokio siguió el camino.

Los pajarillos cantaban alegremente a pesar del terrible calor que hacía, pues las copas de los árboles daban una agradable sombra que todos los habitantes del bosque agradecían. El camino era empedrado y serpenteaba mucho, pero Tokio no bajo el ritmo y en media hora, después de cruzar un riachuelo y ver a lo lejos a un venado había llegado al pueblo de Kawamata. Su padre tenía su mansión alejada del lugar, pues los campesinos podían intentar robar alguna de las pertenencias del daimyo.

Con paso firme Tokio se dirigió a la casa del comerciante, un hogar bastante rústico pero rico en comparación con las casuchas que lo rodeaban. Dio unos suaves golpes a la puerta de madera. Un "adelante" se dejo oír y sin pensarlo ni un momento la muchacha entró.

La estancia era un tanto lúgubre, pues solo una ventana permitía el paso de los rayos del sol. Apenas había muebles, solo una mesa y una silla, donde se encontraba el comerciante, mirándola con una sonrisa torcida. El hombre tendría unos 50 años. Llevaba el pelo veteado de gris en una coletilla en la nuca, lo que acrecentaba su feo rostro picado de viruela. La muchacha no hizo caso de sus defectos físicos y avanzó con resolución por la estancia. Notó con cierta alarma que no estaban solos, pero no lo dejó traslucir, y siguió avanzando, aunque disimuladamente había sacado un kunai que llevaba oculto en la manga, cortesía de Leeron.

-Bienvenida Takagi-dono-el tono de voz que usó le pareció repugnante a Tokio, pero no contestó, mirándole indiferente-Aquí tenéis el encargo-añadió el hombre.

De debajo de la mesa sacó una gran lona blanca. La abrió con una sonrisa divertida y expuso su cargamento. El nunchaku y el sansentsukon habían sido traídos directamente de la isla de Okinawa, su lugar originario. Además tal y como había pedido varias cadenas de diferentes medidas se encontraban en el paquete. Guardó su kunai en la muñequera de cuero que llevaba oculta bajo la manga y procedió a examinar con ojo crítico los objetos.

Eran de muy buena calidad, los palos, llamados "Moto" estaban hechos de dura madera de roble y perfectamente pulidos mientras que las cadenas "Himo" estaban perfectamente forjadas. Los "Moto" medían 36 centímetros, el tamaño justo entre manejable y potente. Miró al comerciante y con voz neutra dijo:

-Buen trabajo.

-Me halaga que me felicite Takagi-dono.

-Aquí tiene el dinero-Tokio dejó caer una bolsa de cuero con el dinero, que el hombre inspeccionó, comprobando que era auténtico mientras Tokio guardaba su compra en el carcaj semivacío y se guardaba el nunchaku en su gi de entrenamiento. Se dio la vuelta, deseando salir de aquel lugar que le daba tan mala espina, pero la voz del comerciante la detuvo.

-Discúlpame princesa, pero he reconsiderado la oferta.

-Le he dado mucho más de lo que debería, yo creo que es un trato más que ventajoso para usted.

-Tienes razón, pero huelo a dinero, acepte esto porque eres la hija de Takagi Kaito, ¿no crees que tu padre pagaría una buena suma por ti?

La muchacha se puso lívida. De las sombras salieron tres hombres que la miraban lascivamente y sin ocultar sus intenciones. La muchacha, viendo que tenía la salida bloqueada flexionó sus piernas y preparó el kunai oculto, dispuesta a clavárselo al primer mentecato que osara acercarse.

-Eres un cerdo-le espetó al comerciante.

-Soy un cerdo inteligente-contestó con humor el jefe-atrapadla muchachos, no dejéis que nuestra querida princesita se marche tan pronto.

-¿Podremos divertirnos con ella no jefe? Aunque aún es una renacuaja es muy guapa.

-No, si la devolvemos con su virginidad intacta nos llevaremos mejor tajada, con eso podréis contratar a todas las putas que queráis.

-Bueno, pero nada dice que no pueda usar esos labios tan carnosos que tiene para chupármela-espetó el mismo individuo, que se acercaba peligrosamente a la chica, que se ponía pálida por momentos.

-Ten cuidado haber si te va a morder-bromeó otro.

Los 4 estallaron en carcajadas. Finalmente el primero de aquellos maleantes se lanzó a por Tokio, dispuesto a tumbarla de una sola embestida. Con lo que ninguno contaba era con la tenacidad y el orgullo de la muchacha.

Con gran rapidez la joven sacó el kunai de la funda, y dio un tajo en pleno rostro al miserable, que chilló de dolor, cayéndose al suelo con la cara y las manos ensangrentadas. Aprovechando la confusión Tokio guardó con la misma velocidad el kunai y extrajo una flecha del carcaj, disparándosela al segundo en el hombro derecho y tirándole al suelo por la fuerza del impacto. El tercero la miró con los ojos muy abiertos y cuando Tokio sacó una segunda flecha salió huyendo del lugar. La muchacha se giró hacía el comerciante que la miraba horrorizado.

Sin embargo, antes de que Tokio pudiera poner la flecha en la cuerda una mano la agarró del tobillo, tirándola al suelo. El primero de aquellos cerdos se abalanzó sobre ella, tirando la flecha a un lado junto con el arco y agarrando fuertemente la muñeca en la que Tokio tenía el kunai, impidiéndola defenderse. Con su propio cuerpo evitó cualquier movimiento de la muchacha y finalmente la agarró por la muñeca, estampándola en el suelo e impidiendo cualquier movimiento.

-¡Me las vas a pagar zorra! ¡A la mierda con el dinero, te voy a violar una y otra vez y voy a hacerte gemir como una puta que eres!

El hombre la dio un fuerte golpe en la cabeza que la dejó semiinconsciente y empezó a pasear sus asquerosas manos por el cuerpo de la muchacha. Rasgó el cinturón, dispuesto a dejarla sin el hakama, pero la lucidez llegó a tiempo a la muchacha, que metió su mano en el gi semiabierto y extrajo el nunchaku, estampándoselo al agresor en pleno rostro y saltándole varios dientes.

A trompicones y con el miedo reflejado en sus ojos verdes recogió el arco y salió tambaleante por la única ventana, corriendo como alma que lleva el diablo hacía el bosque. Por suerte la ventana daba a la parte trasera del pueblo, por lo que nadie la vio. La muchacha no paró de correr a pesar de que notaba que sus pulmones iban a estallar y solo se detuvo cuando cayó al suelo al tropezar con una rama. Se arrastró hasta unos arbustos, ocultándose de la vista de ojos humanos mientras recuperaba el aliento. Después de tranquilizarse un poco inspeccionó su estado. Tenía los dedos de aquel cabrón inscritos en su tobillo y muñeca izquierda y estaba segura de que la dejarían moratones. Su muñeca derecha había corrido peor suerte al tener ahí el kunai, probablemente se había hecho un esguince por culpa del agarre de aquel hombre. Un fino hilo de sangre salía de su nuca, pero eso podía ocultarse fingiendo una caída, al igual que los jirones que eran en ese momento su ropa.

De esta forma la niña volvió a casa con gran sigilo, y después de haber escondido sus compras en lugar seguro volvió a salir de la casa y se internó en el bosque, saliendo de él como si viniera del campo de tiro. Cuando los criados la vieron llamaron rápidamente a Leeron, Hiroto y su madre. Afortunadamente se creyeron su versión de que había visto un ciervo y que al seguirlo para observar al bello animal había caído por un terraplén.

Ninguno se fijo que las heridas de su muñeca y tobillo no habían sido provocadas por ninguna caída.

Región de Edo.

Dominio Shirakawa. Dojo Shieikan.

9 de agosto de 1851.

Hijikata observaba atentamente los alrededores. Se encontraba en uno de los distritos exteriores de Edo, por lo que podría considerarse como un pueblo o un distrito independiente a la ciudad. Toshizo había sido animado por su hermano político a conocer al nuevo maestro del dojo de aquella zona, Kondo Isami.

El dojo shieikan se dedicaba al estilo Tennen Rishin Ryu, que poco a poco estaba empezando a ser considerado de cierta relevancia en la zona de Edo. Tal vez la creciente expectación puesta en aquel lugar se debía a los tres grandes miembros del dojo: Kondo Isami, actual maestro, Inoue Genzaburo el alumno número 1 y Okita Soujiro, un niño de 7 años que estaba progresando a una velocidad de vértigo.

Hijikata había ido un poco a regañadientes un poco expectante, pues aunque siempre decía la que medicina le encantaba en el fondo de su corazón sabía su vocación hacía el bushido, "camino del guerrero", aunque por desgracia veía aquello como un sueño difícil de realizar. Con un suspiro resignado el adolescente bajó la colina, dispuesto a encontrarse con el tal Kondo y poder borrar de su mente todo recuerdo de aquel día para evitar que las dudas volvieran a aparecer.

Con paso seguro se encaminó al dojo, que en aquellos momentos estaba semivacío, aunque así era mejor para él, cuanta menos gente menos ojos cotillas observándole. Entró con un semblante de acero y con voz potente y neutra preguntó:

-¿Se encuentra aquí Kondo Isami-san?

-H-hai-un muchacho de unos 14 años se dispuso a realizar su encargo. Mientras esperaba la aparición del maestro el futuro vicecomandante del shinsengumi miraba el lugar con cierta curiosidad. El interior no tenía nada de especial, lisas paredes, todas ellas desnudas salvo por los nombres de los alumnos del dojo o algunos himnos de alabanza. Una voz detuvo su inspección.

-¿Puedo ayudarle en algo?

Hijikata miró sorprendido a su interlocutor. Sería un año mayor que él, no mucho más. Mostraba una sonrisa afable en sus juveniles facciones y llevaba el pelo recogido en una coleta y atado a la cabeza, uno de los peinados más típicos. El joven maestro era ancho de hombros, denotando un gran portento físico.

-¿Es usted Kondo-san?

-El mismo.

-Vine aquí por "orden" de Sato Hikogoro-dijo el muchacho con ironía.

-Oh, me habló de ti, tú eres Hijikata Toshizo-kun ¿me equivoco?

-No señor.

-Muy bien, Sato-san me dijo que te entrenara durante unos días en el arte del Tennen Rishin Ryu.

-Sí, a mi me dijo que lo consideraba oportuno-espetó más para si mismo que para Kondo el joven Hijikata. Por toda respuesta la sonrisa de Kondo se amplió un poco más.

-Pasa por aquí-indicó el maestro con una floritura de mano. Sin decir palabra alguna Toshi entró.

El tatami de prácticas era de tamaño medio y en el solo se encontraban dos alumnos, un niño de 7 años que practicaba una kata particularmente complicada y un joven de 22 años de ojos grises.

-Sou, inclina un poco más el codo.

-¡Hai!

El muchacho volvió a realizar la kata y esta vez Toshi la vio entera. Quedó mudo de asombro al ver la fluidez y seguridad que denotaba aquel muchachito de 7 años. Soujiro no estaba usando un bokken normal, si no uno hecho especialmente a su medida, además aunque era un "alumno oficial" solo le enseñaban posturas básicas y movimientos del cuerpo, pues hasta dentro de 2 años no iniciaría su verdadero entrenamiento del Tennen Rishin Ryu.

-¡Chicos!-Isami llamó a los dos personajes, que le miraron un poco sorprendidos por la interrupción. Sin embargo la curiosidad se tornó en sorpresa cuando vieron a Hijikata, que les miraba imperturbable desde su posición, al lado del joven maestro-Este es Hijikata-san, es el hermano de Sato-san, así que saludar como corresponde.

-Inoue Genzaburo, un placer-el joven samurai hizo una ligera inclinación de cabeza, que fue correspondida por Hijikata.

-Okita Soujiro-el muchacho sonrió ampliamente.

-Hijikata Toshizo-dijo el de ojos azules con una leve inclinación hacía Okita.

-Bueno, se que no debería hacer esto, pero me gustaría ver un combate entre Genza-san e Hijikata-san, más que nada para ver tu nivel.

Inoue le miró interrogante al ponerle a él a luchar contra un iniciado pero Hijikata miró profundamente a Kondo, que le devolvió una mirada interesada, al parecer Hijikata estaba escondiendo algo y Kondo lo había adivinado.

-Como gustes-Hijikata marchó hacía la pared y agarró uno de los bokken, adoptando la posición Seigan con gran facilidad. Dicha postura era la base de cualquier otro movimiento en el kendo.

-El pie derecho apoyado de forma totalmente plana sobre el suelo y el peso del cuerpo ligeramente sobre esa pierna, sin rigidez. Las puntas de los pies hacia adelante. El pie izquierdo más retrasado y el talón algo levantado, pero muy ligeramente. La punta del pie izquierdo a la altura del talón derecho y separados uno de otro por unos 20 cm. El shinai, cogido con las dos manos, con el puño izquierdo en el extremo del mango y a un puño de distancia del ombligo. El puño derecho, unos 20 cm más arriba, cerca de la tsuba. El cordón del shinai hacia arriba y su punta dirigida a la garganta del contrario. El cuerpo, frontal al adversario. Se empuña el arma haciendo la fuerza con los dedos meñique y anular de la mano izquierda, usando la derecha, más que para potencia, para dirigir el golpe. El cuerpo, en postura no forzada, con hombros y brazos relajados. La cabeza erguida y la mirada en los ojos del contrario. Las piernas, sin tensión, prestas a realizar cualquier movimiento.

Inoue había recitado sin ninguna emoción todos los pasos que había seguido Hijikata, que le miraba impasible desde la distancia. Una creciente tensión se respiraba en el lugar. Ambos adversarios se miraban fijamente a los ojos, estudiándose mutuamente, fijándose en cualquier gesto que pudiera delatar al contrario. Inoue decidió tantear el terreno y forzar a Hijikata a cometer un error antes incluso de haber comenzado el combate.

-¿Estás seguro de que nunca has entrenado?

-¿Eso te dijo mi cuñado? En ese caso deberías fiarte de su palabra-respondió Toshi con sarcasmo.

-Puedo llegar a la conclusión de que a parte de ir vendiendo medicinas has estado visitando dojos de esgrima-Inoue no había hecho caso al desdén reflejado en la voz del más joven.

-Bueno kendoka, ¿estas listo?

-Cuando gustes.

-¡Men!-Hijikata lanzó un men-uchi a la cabeza de Genza, que sin embargo lo desvió con las dos manos agarrando fuertemente el bokken.

-¡Kote!-Inoue intentó golpear el antebrazo derecho de Hijikata, que sin embargo esquivó fácilmente el ataque y lanzó un "Tsuki" al cuello del rival.

Ambos se enzarzaron en una serenata de golpes frente a los brillantes ojos de Kondo y a los sorprendidos de Okita, que veía anonadado la velocidad mostrada por Inoue y por el extraño.

-No te preocupes Sou, aunque ahora parezca que están parejos no es más que una apariencia.

-Isami-san… ¿a que te refieres?

-Es cierto, tú nunca has visto en pura acción a Genza. En realidad solo están usando ataques básicos, cuando Genza comience a usar el Tennen Rishin Ryu el combate no tardará en finalizar.

-Hijikata-san no es débil.

-Para nada, y tiene mucha proyección. Sin embargo dentro de unos años tú serás mejor que esos dos.

Soujiro no pudo contestar porque en ese momento la voz de Inoue resonó por todo el dojo.

-¡De acuerdo! ¡Voy a demostrarte de lo que es capaz el estilo de este dojo!

-Adelante-Hijikata optó por usar la postura "Shinken" que consistía en extender los brazos al máximo, sosteniendo el bokken en ángulo recto con los pies.

-¡Tennen Rishin Ryu Satsuki Ryu Ken!

-¡Kamae Shinken Joudan!

Inoue lanzó un golpe de abajo hacía arriba, golpeando desde la cadera izquierda al hombro derecho y contrarrestando la guardia de Hijikata, lanzando el bokken a varios metros de distancia y posicionando la "hoja" en la garganta de este.

-No lo has hecho mal pero no puedes pretender derrotar de forma tan sencilla a un alumno de esta escuela-Inoue le miraba intensamente, pero el rostro del más joven seguía tan imperturbable como durante el combate.

-No seas así Genza. La idea de Hijikata-san era muy inteligente. Usando una postura puramente defensiva atacaba a la cabeza, para ello solo tenía que dar una explosiva embestida. Sin embargo tú ya imaginabas lo que iba a hacer en cuanto adoptó la postura "Shinkan" y elegiste usar el "Satsuki Ryu Ken" una técnica usada para desarmar al rival en pleno ataque y cortarle el pecho de un lado a otro.

-Tal vez-concedió Inoue, pero tardó unos segundos en apartar el bokken del cuello de Hijikata. Acto seguido el joven se marchó sin decir palabra, dejando la sala sumida en el silencio.

-¿Puedo entrenar aquí?-la voz suave pero firme de Hijikata sobresaltó a Soujiro, que le miró sorprendido.

-Por supuesto-Kondo sonrió ampliamente ante la proposición.

-En ese caso con su permiso-Hijikata hizo una leve inclinación y salió también del lugar, dejando solos a Okita y Kondo.

-Lo hiciste a posta-el pequeño lo miró de refilón. El joven maestro soltó una carcajada.

-Pues si, a ti te faltan unos años para poder medirte a Inoue así que necesitaba otro buen estudiante para aumentar su competitividad.

-Al ver este combate he decidido algo-Kondo miró curioso al muchacho, que tenía una mirada de determinación en sus ojos castaños-he decidido que no me mediré ni con Genza-san, ni con Hijikata-san, ni siquiera contigo Isami-san.

-¿Y eso porque?-preguntó un poco extrañado Kondo.

-Porque os pienso superar.

Ante aquel comentario Kondo sonrió con cariño. No le cabían dudas de la afirmación del pequeño.

Región de Edo.

Dominio Renpeikan. Dojo Gekikenkan.

6 de septiembre de 1855.

El dojo Gekikenkan se encontraba a las afueras de la ciudad de Edo, en el dominio de Renpeikan. Últimamente el lugar estaba ganando gran renombre en deprimento de otras grandes escuelas de la región.

En él se enseñaba el Shinto Munen Ryu, creado por Fukui Yoshihira, un alumno del gran Nonaka Shinkura, que había sido maestro del Shin Shinkage Ichden Ryu. Insatisfecho consigo mismo y con la propia disciplina Fukui había realizado un viaje espiritual a las místicas montañas de Togakure, instalándose en el templo Itsuna Gungen.

Cuenta la leyenda que Fukui Yoshihira pasó 50 días y 49 noches meditando sin hacer ningún descanso y así, en la noche número 50 recibió la iluminación y creó el estilo sintoísta Shinto Munen Ryu.

El sintoísmo era una religión ancestral, considerada la original de las tierras del sol naciente, en las que se adoraba a los espíritus del cielo y la tierra, defendiendo un gran naturalismo, algo muy típico desde tiempos inmemoriales en Japón.

Sin embargo las raíces de Japón, China y Corea estaban entremezcladas en una cadena de difusos conocimientos, por lo que cuando el budismo penetró en el país se le conoció como Butsudo "El camino de Buda". A fin de separarlo de su religión original los antiguos japoneses decidieron llamar a su religión Shinto "El camino de los Dioses"

No obstante esta palabra fue cogida de una antigua palabra original de la ancestral lengua china, pues en aquella época el japonés aún no había sido escrito. La frase que correspondería con Shinto sería "Kami no Michi"

Aquella era la historia contada a cada nuevo alumno que pasaba a ser discípulo del dojo por Saito Yakuro Yoshimichi, actual maestro que pertenecía a la 4 generación de grandes maestros del Shinto Munen Ryu.

Yakuro era sintoísta, sin embargo no obligaba a sus alumnos a elegir su religión, respecto a eso el maestro opinaba que cada uno seguía su propia senda, que para él era marcada por los grandes dioses de la naturaleza.

Aquel era un día normal en la escuela de esgrima, aunque no tan normales eran sus alumnos. Kido Takayoshi de 22 años estaba cerca de conseguir la transmisión total de los conocimientos de la técnica sintoísta, que a cada día ganaba más fama. Tal vez por aquel nombre no fue muy conocido y menos en aquella época, pero pocos años después Kido tomaría el nombre de Katsura Kogoro, pro-imperialista y jefe directo del famoso Himura Battousai. En aquellos momentos sin embargo era un joven feliz, pues asistía a las clases de Yoshida Shoin, un ilustre samurai que había querido viajar por el mundo. Su sueño había sido truncado por el comodoro Perry que no le dejó subir a sus llamados "barcos negros" Aún así Yoshida demostró una conducta impecable y llena de honor al entregarse a las autoridades por intentar dejar el país, pues estaba prohibido. Nadie lo sabía pero aquel maestro sería el ejemplo a seguir de grandes restauradores de la revolución Meiji.

Otro gran nombre de la escuela era Serizawa Kamo, un hombre de 29 años que ya estaba curtido en temas de la escuela y que no había querido tomar el lugar del actual maestro. Tendría un gran número de revueltas y detenciones, sin embargo sería conocido como uno de los comandantes del Roshigumi, grupo que dio lugar al mítico Shinsengumi.

Por último había dos chicos de la misma edad en aquel dojo que serían de gran importancia en la restauración, Takasugi Shinsaku, comandante de las Kihetai, que permitiría por primera vez llevar armas a los plebeyos, siendo un grupo anti-bakufu que daría grandes problemas al gobierno Tokugawa. El otro muchacho de 16 años se llamaba Nagakura Shinpachi, el que sería el mejor espadachín de la disciplina y capitán de la 2 división del Shinsengumi.

Todos ellos aún ajenos a su cruel destino, los muchachos entrenaban como hermanos en el dojo, sin saber que unos años después serían rivales por el bien de Japón, por la que derramarían su sangre y la de sus antiguos compañeros de esgrima.

-¡Nagakura!-gritó Kido desde uno de los lados de la sala.

-Dime.

-¿Echamos una pelea? Después de todo ambos estamos a punto de graduarnos.

-En estos momentos no Kido, hoy estoy hecho polvo.

-Esta bien…-Kido le miró resignado y marchó a desafiar a otro de los integrantes del dojo.

A pesar de su corta edad Shinpachi estaba cerca de conseguir el grado máximo de la técnica, objetivo que conseguiría dos años después. El futuro Shinsengumi se marchó sin dirigir la palabra a ninguno de los miembros del dojo, pues no tenía ganas de charlar.

-Shinpachi-el joven giró en redondo al escuchar aquella voz tan sosegada-Noto tu espíritu perturbado por algo.

-Yoshi-sensei…-el maestro sintoísta sonrió ante la confianza existente entre su mejor alumno y él.

-¿Estás preocupado por Harada-kun?

-Hai…

Shinpachi miró fijamente a los ojos de su maestro. El maestro era alto y musculoso, un hombre curtido que rondaría los 40 años de edad. Contrario a lo normal en un samurai llevaba el pelo corto, que era de color caoba. Sus ojos eran verdes y desprendían sabiduría y sobre todo paz. Si a alguien le dijeran que aquel era uno de los hombres más mortíferos de Japón muchos reirían ante el comentario, pues la calma que irradiaba aquel hombre servía para alentar pensamientos totalmente contrarios a la lucha.

-Estoy seguro de que Harada-kun se encuentra bien.

-¡Pero sensei! ¡Sano solo tiene 15 años! ¡No esta preparado para viajar por ahí!

-A él le gusta, deberías respetar su voluntad.

-No puedo respetarlo sabiendo que eso le puede costar la vida.

-Es bueno en la técnica Hozoin ryu, puede cuidarse solo.

-¡Pero es un niño! Puede que tenga 15 años y sea muy bueno con la lanza pero sensei maldita sea ¡Que es tonto perdido!-Yoshi sonrió ante aquel grito de exasperación por parte de Shinpachi.

-Puede que la inteligencia no sea su mejor rasgo…

-Directamente no la tiene-murmuró Shinpachi.

-…pero eso no quiere decir que sea un inútil-finalizó el maestro sin hacer caso de los gruñidos de su alumno-además él no llama la atención tanto como tú. Ese pelo naranja que tienes es demasiado llamativo.

-¡¿Qué tiene de malo mi pelo sensei?!

-Nada.

-Esta mintiendo….

-Que hábil.

-Se supone que los monjes no debéis ser sarcásticos.

-Se supone.

El muchacho hinchó los carrillos en un gesto de lo más infantil mientras Yoghi reía suavemente. Shinpachi era bajo y delgado para su edad, aunque probablemente llegase a tener una altura decente en un futuro. El pelo era color zanahoria en la parte de arriba, siendo rojo oscuro en la nuca y las raíces. Sus ojos eran grandes y almendrados y su boca estaba educada para reír a todas horas.

-Bueno sensei, debería marcharme, estoy muy cansado.

-Esta bien.

Nagakura echó a andar sin mirar atrás pero la voz de su maestro reclamándolo volvió a frenar sus deseos de ir a dormir a su casa. Con fastidio se dio la vuelta, observando como su maestro tenía una sonrisa sarcástica pintada en su rostro.

-¿Qué sucede maestro?

-Procura no volver a rechazar un duelo con Takayoshi-kun, os viene muy bien a ambos.

-Claro maestro.

-Y Shinpachi….

-¿Si?

-Haber si creces.

Los gritos empezaron a escucharse por todo el lugar, sacando a los curiosos alumnos del dojo y a los vecinos de los alrededores, que miraban con asombro a un Nagakura Shinpachi con la espada desenvainada intentando acertar a un Saito Yoshimichi que brincaba feliz como una cabra en libertad.

Región de Ishikawa.

Kanazawa. Distrito Higashichaya.

15 de septiembre de 1855.

Un Shishio de 9 años de edad caminaba tranquilamente por uno de los distritos más famosos y concurridos de la ciudad de Kanazawa. El distrito Higashichaya era una de las zonas más concurridas de la ciudad junto con su impresionante castillo blanco y los hermosos jardines de Kenroku.

En aquel lugar las geishas se paseaban tranquilamente por las calles, pues era el llamado "Rincón del placer" no solo por sus hermosas vistas, si no por la gran cantidad de servicios que allí se ofrecían. Su maestro se encontraba en una de aquellas okiyas, así que el pequeño Makoto caminaba tranquilamente por todo el lugar con un wakizashi en la cintura por si tenía que desenvainar.

No era extraño en aquella época ver a los pequeños portando armas, pues todos los hombres iban armados, los samuráis con el daisho, que constaba de nihontou y kodachi o wakizashi, las mujeres llevaban el tanto, del tamaño de un cuchillo occidental que solían usar para defenderse, mientras que los niños, dependiendo de su edad llevaban armas afiladas o romas, siendo elegida por las preferencias de su maestro.

Fujimi Kazo, el maestro de Shishio, le permitía llevarlas de filo, así que el niño caminaba totalmente tranquilo por las calles y con ganas de rajar algo. Para su edad aquel lugar era muy aburrido, pues cuando alguna geisha se acercaba a hacerle carantoñas amistosas él le devolvía a la mujer una mirada que asustaba, pues te sentías como un animal en el matadero.

De repente empezaron a escucharse gritos en uno de aquellos locales, así que, como tantos otros curiosos el niño se acercó a ver que sucedía.

Una geisha bastante guapa se encontraba rodeada por 3 hombres. La muchacha tenía los ojos y el pelo negros como la noche, brillando lustrosos sus ojos contra los captores aunque llenos de miedo. La mujer pedía auxilio desesperadamente, pero nadie fue en su ayuda. Los hombres armados siguieron su camino, dejando divertirse a costa de la muchacha a los tres agresores, y aunque las mujeres querían ayudarla no podían hacer nada pues no eran rivales para aquellos hombres, lo único que conseguirían sería la muerte o una violación.

La policía no solía entrar en aquellos distritos, por lo que las esperanzas de la joven se encontraban entre los transeúntes, que seguían caminando como si aquello no estuviera sucediendo. Los ojos negros de ella se llenaron de lágrimas ante la indiferencia por su destino. Uno de los hombres la agarró fuertemente de la muñeca, tirando de ella para arrastrarla a un lugar no expuesto a los ojos curiosos de la gente, que veían aquello como una atracción de circo.

-¡NOOO!-la joven soltó una fuerte cachetada al hombre. Llenó de rabia uno de sus compañeros la tiró al suelo, golpeándole las costillas.

-¡Maldita zorra! ¿Acaso no entiendes que eres nuestra? Pórtate como una chica civilizada y ya verás que bien te lo pasas- el hombre tenía una sonrisa macabra en el rostro.

-¡Vamos bonita! Tienes trabajo-gritó el último agarrándola de los cabellos y alzándola el rostro, que estaba surcado por las lágrimas de la chica.

Shishio puso su mano sobre la empuñadura de su wakizashi, dispuesto a matar a aquellos hombres, pero no por salvar a la mujer, si no porque sus ansias de sangre no conocían límites.

-¡Yo que vosotros soltaría a esa joven!-una voz se dejó escuchar por detrás del corro, que se apartó mientras un joven avanzaba hacía la violenta escena.

Shishio lo observó con curiosidad. Era un adolescente de 15 años de edad bastante agraciado debía añadir. Vestía un hakama negro sujetado por un obi blanco y unas sandalias de paja en los pies completaban su vestuario. Su torso, completamente desnudo era amplio y musculoso para un muchacho de tan corta edad, lo que denotaba que era un guerrero. Una extraña cicatriz se encontraba ahí. El inseparable daisho se encontraba en su cadera izquierda pero lo que más llamó la atención de Shishio fue la lanza que llevaba atada a la espalda por un cordón de cuero que le atravesaba el pecho.

Su pelo era negro azulado, una tonalidad muy extraña y que además brillaba de forma increíble, dándole al desconocido aún más encanto si era posible. Llevaba un flequillo que caía de forma elegante sobre sus ojos y el pelo corto y hacía arriba en la parte de adelante, mientras que en la nuca llevaba una coleta alta, con su lustroso pelo siendo ondeado por el viento suave de la mañana. Sus ojos eran grandes y llamativos, de un bonito color azul mar profundo, dos océanos que miraban de forma dura a los agresores.

-¿Quién coño eres tú?-espetó uno de los hombres con desagrado, aunque con cierta cautela-No deberías meterte donde no te llaman.

-Vosotros tampoco deberías hacer daño a una dama desgraciados.

-¿Una dama?-preguntó uno con burla mientras los tres reían a carcajadas-¿Dónde ves tú a una dama? Porque yo solo veo a una puta.

-Cuida tu lengua-advirtió el extraño de ojos azules.

-¿Quieres tirártela?-el muchacho lo miró con el odio reflejado en sus ojos azules-No te preocupes, hay para todos.

-Dije…que cuidaras tu lengua.

El joven desapareció de la vista de todo el mundo, asombrando a todos. Shishio miró con avidez a los maleantes, que miraban con ojos asustados su alrededor, intentando descubrir al justiciero. De repente el extraño reapareció frente a uno de ellos, que gritó de terror, sin embargo una espada en su pecho lo hizo callar pronto.

-¡Hijo de puta!

Uno de los otros dos salió derecho a matar al joven que sacaba con tranquilidad su espada manchada de sangre del cadáver. El desgraciado intentó cortarlo, pero el espadachín paró el golpe con facilidad, desarmó al hombre y le cortó la cabeza.

El último, muerto de miedo, intentó huir, pero una lanza se clavó en su espalda mientras huía, acabando de un solo golpe con su miserable vida.

-El honor se limpia con sangre-pronunció el joven asesino sin inmutarse.

Un silencio sepulcral se hizo patente en el lugar cuando el joven limpió con un pañuelo de algodón la hoja manchada de sangre y recogía su lanza, limpiándola con igual cuidado. Después se acercó a la muchacha con una gran sonrisa en su atractivo rostro.

-¿Te encuentras bien?-preguntó con amabilidad.

-H-hai…-la joven quedó unos momentos prendada de sus ojos y se sonrojó violentamente-¿Puedo pedir el nombre de mi salvador?

-Sanosuke, Harada Sanosuke.

-Harada-dono, muchas gracias por salvarme de esos hombres.

-Ni me las des, y llámame por mi nombre…esto... ¿eras?-Sanosuke se rascaba la nuca mientras pensaba en el gran ridículo que había hecho al no preguntar por el nombre de la chica.

-Masa-la guapa joven sonrió con dulzura, haciendo que Sanosuke se sonrojara. Para apartar la turbación el futuro capitán de la décima división del Shinsengumi tosió fuertemente.

-De acuerdo Masa-chan, sería muy descortés por mi parte dejarla aquí tirada después de semejante espectáculo, ¿la apetece dar una vuelta?-Harada sonrió ampliamente a la joven, que un poco sonrojada aceptó la mano que le tendía el guerrero.

-Esto…Sanosuke-san, gracias.

-De nada-respondió el otro feliz sin hacer caso de lo que les rodeaba.

De esa forma, tomados del brazo los dos se perdieron entre la gente, ante los atentos ojos rojizos de Shishio, que miraba al hombre con creciente interés.

"Con que Harada Sanosuke"

Una mueca maniaca apareció en su aniñado rostro mientras observaba al joven guerrero alejarse con la tal Masa agarrada a su brazo, los dos riendo.

-¡Makoto!

El muchacho se giró con cierto fastidio al reconocer la voz de su maestro, que le miraba severo desde su posición.

-Hola maestro.

-Ni hola ni nada, ¿Qué ha pasado aquí?

Con un suspiro resignado Shishio le resumió los acontecimientos a su maestro, que ganas tenía de matar a aquel viejo.

Kyoto.

Suburbios.

5 de agosto de 1858.

La ciudad de Kyoto irradiaba magnificencia y una vista espléndida a los ojos de los viajeros, alzándose orgullosa entre montañas, imponiendo más que ellas con sus bellos jardines y sus cuidados edificios.

La capital de Japón era la más clara muestra del orgullo que los japoneses sentían por su tierra, edificios altos y elegantes de exquisita arquitectura se alzaban imponentes, denotando el orgullo guerrero del país, mientras los jardines, bellos y tranquilos daban a conocer el amor que sus gentes sentían hacía la tranquilidad y la naturaleza.

Sin embargo no todo era orgullo o belleza en la capital. Como en todo emplazamiento humano de grandes dimensiones había algo que nunca faltaba, los suburbios.

Casas bajas, sucias y llenas de porquería y alimañas que eran frecuentadas por bandidos, maleantes, asesinos o prostitutas de todas las índoles que buscaban sobrevivir a base de vender su cuerpo, sus servicios o su orgullo.

No existía la ley en aquellos lugares, no al menos la usada por el resto de la población, en realidad si existía una "Vive por encima de todo", esa era su ley. Daba lo mismo que para ello tuvieras que matar a un niño o violar a una mujer, robar a un hombre o torturar a un anciano, las normas allí eran claras, o vives o mueres, todo depende de ti y de la suerte.

Ajeno a todo aquello un niño pelirrojo caminaba por aquel lugar hostil, donde ojos codiciosos le miraban desde las sombras. Kenshin tenía 9 años y había bajado con su maestro a Kyoto para poder comprar víveres y como no, sake. Sin embargo había ocurrido una fuerte conmoción en la zona del mercado donde su maestro y él se encontraban, siendo separados por la gente, que huía en todas direcciones.

De esta forma el niño se había encontrado solo y perdido pues apenas recordaba nada de aquel lugar, las vivencias con sus padres ya era recuerdos borrosos y sus caras no tenían rostro.

Kenshin llevaba su atuendo habitual, un gi azul oscuro y un hakama verde bosque. A la espalda el muchacho llevaba una wakizashi totalmente roma, pues Hiko le tenía prohibido matar a nadie, decía que aún no estaba preparado para quitarle la vida a un hombre.

El muchacho caminaba con paso ligero y seguro, como una danza del agua, observando por todos lados con curiosidad pero siempre alerta, sabía que tenía ojos poco hospitalarios en su persona. El muchacho quería salir de aquel lugar, pero no encontraba ninguna salida y a cada momento su ansiedad iba aumentando.

Algo iba a pasar.

Tenía el presentimiento de que le seguían, que todos sus pasos eran observados minuciosamente, con ojos perversos que solo buscaban hacerle daño. Aquel no era un pensamiento agradable para nadie y menos para un niño de 9 años de edad, por muy maduro que fuese.

Torció a la izquierda, pero solo había más y más casas destartaladas, con algunas fogatas en los patios rodeadas de personas con capuchas sobre sus rostros. Algunos bultos se encontraban a los lados de la carretera y Kenshin sabía que unos estarían durmiendo y otros muertos. Solo cuando empezaran a oler verdaderamente fuerte los quemarían.

Esta vez su educado oído escuchó ruidos en uno de los tejados, mirando fijamente aquel lugar Kenshin comprendió que no tenía mucho tiempo, sabía que estaba siendo cercado poco a poco por gente de las sombras. Podía notar demasiados ojos fijos sobre él, su aspecto cuidado y su wakizashi eran una prueba más que suficiente como para darle cierta categoría en la sociedad.

Posiblemente aquellos seres de las sombras lo veían como un premio gordo que hubiese caído en sus manos, seguro que se llevarían un buen dinero por él. Además los niños eran vendidos a buen precio en el mercado negro.

Con aquellos pensamientos en mente Kenshin salió disparado hacía el lado contrario, andando todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas sin parecer una huida, pues era consciente de que si aquellos hombres se daban cuenta de su descubrimiento no tardarían en lanzarse sobre él.

Sabía que estaban cerrándole todas las salidas, que no podría escapar de allí por si mismo, eran demasiados, por lo menos 4 le perseguían, pero sentía el agobio de ser consciente de que un círculo de más personas se cerraba poco a poco alrededor de él, que esos ojos macabros lo observaban desde todas las esquinas con una sonrisa terrorífica en el rostro.

El pánico estaba empezando a hacer mella en el cuerpo de Kenshin, haciéndole sudar frío, mirando con ojos ávidos todos los rincones, buscando una salida. Sabía que podía enfrentarse a uno o incluso dos a la vez, pero no a 15, le matarían, o algo peor.

Pensó en las tres hermanas, aquellas que habían dado su vida por él, pensó en Hiko, que tan bien se había portado con él, no quería morir así. Les debía demasiado, si moría aquí todos los esfuerzos de esas grandes personas se verían truncados, y todo porque era demasiado débil.

No lo vio, pero sus sentidos agudizados captaron una alteración en el aire. Himura apenas tuvo tiempo para esquivar el golpe en la nuca. Frente a él había 4 sujetos, todos ellos con ropas echas jirones y con cara de dementes que le miraban como a una comida suculenta.

Kenshin intentó darse la vuelta y huir, pero estaba rodeado. Había tres calles, las tres estaban ocupadas por cuatro hombres de características similares, todos ellos armados con palos o porras, que se acercaban lentamente a Kenshin.

El pequeño sacó su wakizashi de la funda, observando a sus atacantes.

-¡No deis un paso más! ¡No dudare en usar mi espada para mataros!-amenazó el chico con voz firme, aunque en el fondo estaba temblando.

Los hombres se detuvieron unos instantes, algunos le miraban dubitativas, pero la mayoría seguían con la macabra sonrisa en el rostro. Cuando el primero de ellos dio un paso al frente el hechizo se rompió y todos, como cadáveres salidos de la tumba siguieron avanzando hacía Kenshin.

El muchacho sabía que solo le quedaba una opción, atacar uno de los flancos para intentar crear una brecha y escapar. Con resolución que no sentía miró a los tres grupos y después de observarlos unos segundos se lanzó con un rugido a los maleantes de la derecha. Sin embargo ya se lo esperaban.

Los 4 sacaron armas de filo del interior de sus ropas ajadas, mientras los otros ocho se sentaban en el suelo a ver el espectáculo, riendo a carcajadas.

-¡Ánimo niño! Si matas a alguno ya solo te quedaran 11-gritó uno con suspicacia, haciendo que los demás rieran a carcajadas la broma.

Sin embargo Kenshin iba a por todas, así que usó la técnica del Hitten Mitsurugi Ryu que Hiko Seijuro le había enseñado. Cogió carrerilla y se lanzó a por uno de sus atacantes que le miró con los ojos llenos de miedo.

-¡Hitten Mitsurugi Ryu Ryu Kan Sen Arashi!

Dando varios giros Kenshin golpeó al rival y sin detenerse siguió corriendo. Sin embargo uno de los hombres reaccionó a tiempo, agarrándole del cuello del gi y tirándole al suelo.

-¡Estúpido mocoso! ¿Creías que con algo así te ibas a librar de nosotros?

-Vamos a dejarte esa bonita cara que tienes hecha un asco niñato.

-No vas a salir con vida de esta.

Un pie se puso sobre la cabeza de Kenshin, restregando su cara contra las piedras del suelo mientras el niño recibía patadas de aquellos hombres. Sin embargo las lágrimas no salían de sus ojos azules. Los tenía fuertemente cerrados.

"Soy un inútil, no valgo para nada, ¿Por qué? ¿Por qué todos deben morir por un inútil como yo? Voy a acabar aquí, muerto por mi propia estupidez. Será culpa mía, todos los esfuerzos de los que han luchado por mi serán en vano. ¿Acaso nací para que cerdos como estos me mataran a golpes? ¿Para destrozar la vida de los demás? No merezco vivir, no…"

Los gritos de dolor de sus atacantes sacaron a Kenshin de sus pensamientos.

Algo, o mejor dicho alguien los estaba atacando por la retaguardia, derribando a varios, pero sin ocasionar grandes heridas sangrientas, por lo que debía de llevar una espada sin filo.

-¡Hijo de puta! ¿Quiénes te crees que somos niñato de mier…?

-Mi madre no era una puta, y vosotros solo me parecéis unos cabrones que no sirven para nada-la sombra dijo aquello a la vez que golpeaba al hombre en el estómago, haciéndole caer a plomo cual saco de patatas.

Kenshin observó a la persona que había pronunciado esas palabras. Un adolescente de unos 14 años había tumbado ya a 5 de aquellos tíos. Empuñaba una katana roma en su mano izquierda, que estaba apoyada suavemente sobre su hombro, creando un aire chulesco en él. Su pelo era totalmente negro y lo llevaba corto y en punta en la parte de la nuca, dándole un aire salvaje e indomable, mientras que los cabellos inferiores a la nuca caían hasta media espalda. Todo el cabello estaba ligeramente revuelto, creando pequeños picos que le daban un aire atractivo. Un flequillo curioso adornaba sus facciones, duras y ligeramente marcadas. No era una belleza, pero tenía un aire de misterio y una mirada tan penetrante y tan exótica que se veía atractivo.

Era alto para su edad, con los músculos de los brazos ligeramente marcados pero flexibles. Iba vestido con unas sandalias de paja, unos pantalones negros que solían llevarse por debajo del hakama y una camiseta sin mangas de algodón blanco. Una chaqueta de algodón blanca y negra finalizaba su atuendo, llevándola remangada hasta los codos.

-Cabrón…-susurró uno de aquellos hombres mientras se lanzaba a por el muchacho con un tanto en la mano, dispuesto a clavárselo en el corazón.

Con un rápido movimiento el joven le agarró la muñeca con su mano derecha y se la partió. Después de golpear a dos hombres más salió corriendo en dirección a Kenshin, dándose cuenta de que no podría defenderse de todos después del factor sorpresa.

Guardó la katana en la funda y golpeó con la empuñadura en pleno rostro al cabrón que tenía un pie puesto sobre la cabeza de Kenshin, haciéndole perder el equilibrio y liberando al chico.

-¡Corre!-el extraño le agarró por el cuello del gi mientras le gritaba y Kenshin no lo pensó dos veces y salió disparado detrás de él.

-¡VOLVED AQUÍ NIÑATOS DE MIERDA!

Sin hacer caso de los gritos a sus espaldas los dos chicos corrían como alma que lleva el diablo. El viento les golpeaba en la cara, sonando tétricamente en sus oídos. A la macabra serenata de gritos y sonidos de la naturaleza se le unieron los ladridos y las rápidas zancadas de unos perros.

Inconscientemente ambos muchachos apretaron el paso.

-¡Por aquí!-el mayor señaló un camino hacía la izquierda y sin pensarlo dos veces Kenshin le siguió.

Los gruñidos de los perros se oían cada vez más fuerte y aquel lugar no parecía tener fin. Kenshin buscó desesperado su wakizashi pero lo había perdido en la trifulca, se maldijo por ello. Su compañero, que iba un par de metros por delante de él marcando el camino miraba con avidez las espaldas de ambos, de repente los enormes perros torcieron por la misma calle. Eran grandes y peludos, totalmente negros, en sus ojos bailaba la palabra muerte y sus fuertes mandíbulas babeaban ante la visión de la tierna piel de sus victimas. Las bestias iban totalmente desbocadas, con los asesinos de sonrisa macabra detrás de ellas, mirándoles con ironía, pues su destino se ponía cada vez más y más negro.

-Mierda-oyó mascullar Kenshin a la persona que le había salvado una vez. Sin embargo el niño dudaba de que pudiera hacerlo una segunda vez. Inconscientemente las palabras brotaron de su boca.

-Lo siento.

-Si nos matan dámelas en el infierno, ahora solo corre-el joven le sonrió salvajemente, dándole fuerzas a Kenshin con ese simple gesto.

Sin saber porque los recuerdos llegaron a su memoria, unos recuerdos que creía perdidos, de los tiempos vividos por aquella zona. Estaban cerca de la salida de aquel tugurio infernal.

-¡Hay un salida si cogemos el callejón de la izquierda!-Kenshin gritó con todas sus fuerzas para dejarse oír.

El otro joven le miró con atención y asintió imperceptiblemente, girando en cuanto pudo hacía la izquierda. Kenshin no se había equivocado, si seguían por ahí conseguirían escapar, pero un alto muro les impedía el paso.

-¡Mierda!-el joven desenvainó su espada-busca un sitio por el que podamos cruzar, yo te cubro.

-¡Hai!

Con desesperación y con las manos temblando Kenshin empezó a toquetear el muro, buscando resquicios en los que poder apoyarse. Los ladridos de los perros le hicieron girarse en un acto reflejo.

Los dos chuchos se habían lanzado a la vez contra el chico, que había conseguido golpear a uno en el hocico, dejando un rastro de sangre. Con el otro no tuvo tanta suerte.

El maldito perro le había golpeado el pecho derribándolo y mordiéndole el hombro derecho. Por culpa del golpe el joven había soltado la katana y ahora estaba indefenso ante las embestidas del perro que buscaba la yugular con avidez, queriendo probar un chorro de la sangre de aquel valiente joven, que se debatía a pesar de que el golpe le había vaciado los pulmones de aire.

Una llamarada de rabia surgió en los ojos de Kenshin. Como poseído busco algún objeto con el que golpear al perro, encontrando una piedra de tamaño medio. La cogió, golpeando el duro cráneo del perro y matándolo en el acto, cayendo su cuerpo sin vida a plomo sobre el muchacho, que jadeaba en el suelo por la falta de aire y el dolor de la herida abierta.

-¿Estas bien?-los ojos violáceos del pelirrojo volvieron a mostrar la inocencia existente en él.

-Más o menos-su compañero tenía los ojos entrecerrados por el dolor, pero recomponiéndose totalmente agarró la katana-¿has encontrado algún punto de apoyo? Esos hombres no tardaran en echársenos encima.

-Si, pero necesito que me impulses…pero con el hombro así no creo que pudedas escalar.

-No es nada grave-Kenshin le miró no muy convencido de sus palabras, pero el joven con exasperación contestó a su mirada-así no hacemos nada, o lo intentamos o morimos, tu decides.

Después de dudarlo unos instantes Kenshin le mostró el lugar. Podían apoyarse en los tablones de la casucha colindante, así que sin pensarlo dos veces el muchacho le ayudó a subir. Cuando Kenshin consiguió subir vio que el perro noqueado volvía a levantarse, a la vez que sus perversos amos aparecían en escena.

-¡Mátalo! ¡Mátalo!-gritó el cabecilla al perro, que reaccionó e intentó embestir al joven.

Al estar a una altura considerable la embestida del perro no le golpeó, pero destrozó los cimientos de los tablones en que estaba apoyado. Como a cámara lenta se vio caer, observando los ojos del niño que lo miraba atónito y lleno de dolor desde las alturas del muro. El joven cerró los ojos con resignación, pensando que aquel era su final, pero una fuerte mano le agarró su propia mano izquierda, estrechándola fuertemente, impidiendo que cayera.

Abrió sus ojos sorprendido. Un hombre de poco más de 30 años le miraba desde el muro, sujetando con su fuerte brazo el suyo, impidiendo su caída al abismo. Le alzó con facilidad, dejándole suavemente al lado del niño pelirrojo, que miraba con ojos resplandecientes al hombre.

-¡Shisou!

-¡No tenemos tiempo baka deshi! Marchaos de aquí, yo me encargaré de esto.

-Pero…-el joven intentó protestar, pero Hiko le detuvo.

-Te agradezco que salvaras a este idiota, pero ahora debéis marcharos, cuando acabe con ellos iré por vosotros.

-De acuerdo-el joven no estaba muy convencido, pero aquel hombre con el largo pelo negro, los penetrantes ojos y la capa blanca ondeando al viento le inspiraba confianza y respeto-¡Vamos!

-¡Hai!-Kenshin salió disparado detrás del joven mientras Seijuro los observaba por el rabillo del ojo.

-Casi matáis a dos buenos muchachos-dijo con tranquilidad mientras saltaba al otro lado de la verja, encarándose con todos los malhechores.

-¿¡Quién eres tú!?

-Vaya por dios, esto me recuerda a cosas que preferiría olvidar-dijo el maestro con una sonrisa cansada.

-¡Cabrón!

-Te diré algo, aunque ya no te servirá para nada. No tiene sentido darle tu nombre a alguien que esta a punto de morir. Sin embargo si es un buen peleador debes dárselo, pues le gustaría saber quien le mató. Si no…-Hiko cerró los ojos y dijo con altanería-mátalo sin que sepa nada de ti, para que su espíritu quede atormentado por el resto de la eternidad.

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Los dos muchachos corrieron durante 10 minutos más hasta que se sintieron a salvo de la maldad que habitaba aquel lugar. El mayor se dejó caer a plomo sobre uno de los bancos del jardín colindante del gran templo budista Sanjūsangen-dō.

Se encontraba en el distrito Higashiyama y era uno de los santuarios más famosos de Japón, además de la construcción más larga de madera. Aquel templo era propiedad de la secta budista creada por Zhiyi en el siglo VI. Dicho monje era un budista chino que ayudó a la dinastía Chen en el sur de China y que posteriormente apoyó a los Sui, quienes volvieron a unificar China. Fue un pacifista, pues consideraba todas las corrientes del budismo como verdaderas.

Su escrito más famoso era el llamado "Sutra del loto" el cuál defendía una doctrina filosófica muy básica basada en tres dogmas: Todos los dharmas carecen de realidad ontológica; sin embargo, tienen una existencia temporal y son simultáneamente irreales existiendo transitoriamente en una absoluta verdad que sobrepasa a las demás.

Con este juego de palabras el "Hokke-kyo" pues así se llamaba al sutra del loto en Japón, había tenido gran importancia, pues había incorporadoen parte la meditación zen junto con los cultos exotéricos, aunque dicha adquisición no había sido completa.

Aquella doctrina budista se llamaba "Tiantai" y todas sus enseñanzas eran llamadas comúnmente como "La escuela del loto". Los dos chicos observaron desde su privilegiada posición el templo. No era un edificio de gran belleza, pues era de una arquitectura terriblemente sencilla y sin adornos, encontrándose en medio de un paraje de piedras salvo por el pequeño jardín en el que se encontraban ellos.

Sin embargo el verdadero tesoro de aquel lugar se encontraba en el interior. Aquel templo era famoso por su conocida deidad, "Sahasrabhuja-arya-avalokiteśvara" más comúnmente conocida como "Kannon, el de los mil brazos armados". La estatua había sido creada por el famoso Takei en el periodo Kamakura, periodo en el cuál se había establecido el primer régimen militar del sol naciente.

A ambos lados de la estatua, que era patrimonio nacional, se encontraban 1000 estatuas de tamaño menor del Kannon, una maravilla a la vista humana. Solo 124 eran de la época del templo, pues a causa de un incendio la mayoría se perdieron. Aquellas estatuas estaban hechas con ciprés japonés, que brillaban doradas al sol gracias a los cuidados dados por los monjes.

Delante de estas estatuas se encuentran 28, consagradas a grandes espíritus guardianes siendo Raijin, el dios del trueno en la mitología sintoísta y Fujin el del viento en la misma religión, cada uno en un extremo del templo.

-¿Deberíamos entrar?-Kenshin miró con inocencia a su interlocutor.

El joven mantuvo el mutismo durante unos momentos. No tenían ninguna necesidad de entrar, pues ya estaban a salvo, pero gracias a su educación el joven quería ver con sus propios ojos las maravillas ocultas en aquel templo, así que dio una cabezada en señal de acuerdo.

Los dos chicos entraron en silencio. Kenshin observó que el más joven hacía una ligera inclinación antes de entrar. Miró con curiosidad a su compañero, que le devolvió una mirada divertida ante la mirada insistente del pequeño.

-No soy monje ni aprendiz-dijo el joven con humor-simplemente me han educado en la filosofía Zen, y eso implica tener una mente libre que deja fluir los pensamientos sin dejar rastro, es por eso que no me importa guardar el respeto de este lugar como un feligrés más.

-Eres muy raro-Kenshin le miró asombrado, a lo que el muchacho solo sonrió.

-La filosofía Zen cree en la estabilidad física, mental y espiritual. De esta forma conseguiremos la verdad universal. Nos incita a la libertad mental, sin barreras ni prejuicios instalados en nuestra mente por otras religiones o costumbres, viendo el mundo con otros ojos-el joven hizo una pausa-defiende que la verdad debe llegar como una causa directa e inmediata sin premeditación, a esto se le llama "tun-wu" en chino, aunque los japoneses lo llamamos "Satori"

-¿Crees en eso?

-Es posible-dijo el joven misteriosamente.

Se internó en el templo con Kenshin siguiéndole, cada vez más interesado en el curioso joven que le había salvado la vida. De repente Kenshin se dio cuenta de que no se habían presentado.

-Perdona, no nos hemos presentado, mi nombre es…-de repente el niño se calló, era como si algo le estuviera impidiendo decir su verdadero nombre-Hiko Shinta.

-¿Shinta? Es un buen nombre-el joven le miró atentamente-Mi nombre es Yamaguchi…Kaito.

"¿Qué demonios me pasa?"

Aquel fue el pensamiento que surcó la mente de Kenshin y Hajime, los dos eran conscientes de que había dicho una verdad a medias con su nombre.

-Gracias por salvarme Yamaguchi-san.

-No fue nada.

De repente Kenshin se dio cuenta de la herida tan fea que mostraba el joven en su hombro derecho, ahí donde las mordeduras del perro había traspasado su piel.

-¡Yamaguchi-san! Debe verte un médico enseguida.

-No fue nada.

-¡Como puedes decir eso! ¡A saber que tenía ese maldito perro pulgoso en la boca!

-No blasfemes en un templo Shinta-kun-y sin hacer caso Hajime siguió andando por el templo, observando sus maravillas mientras Shinta caminaba a su lado, pensando posibles estrategias para sacar al joven de allí.

-No me voy a ir hasta que no me de la gana-Kenshin se sobresaltó al notar aquellos extraños ojos dorados sobre su persona, que le miraban sarcásticos pero sin ninguna maldad.

-Tiene que verte un médico-contestó Kenshin tozudo.

-¿Dame un respiro quieres? Ese viejo verde me va a echar una gran bronca cuando me vea y es capaz de no dejarme entrar a ver las maravillas de Kyoto, así que quiero aprovechar.

-¿Te has metido en un lío por mi culpa?-Kenshin parecía apenado, así que el joven lobo intentó hacerle sentir mejor.

-No que va, es solo que mi maestro es un poco fastidioso.

-¿Maestro? Entonces no soñé que les diste una paliza a esos tipos con tu espada-dijo Kenshin pensativo. Yamaguchi rió suavemente ante aquello.

-No, no fue un sueño.

-¿Y que hacías allí?

Por primera vez Shinta observó que su compañero se sentía incómodo, así que no insistió más en el tema y en silencio recorrieron el templo, observando con ojos brillantes las grandes esculturas de madera. De repente oyeron como alguien los llamaba.

-Vosotros dos, venid conmigo.

-¡Shisou!

-Silencio baka deshi, estamos en un templo, así que compórtate.

El niño con un mohín fastidio en su cara siguió a su maestro, pues ya era la segunda vez que le reprendían por su comportamiento en un templo. Ante aquello Hajime sonrió suavemente, le había caído bien el pequeño Shinta.

Cuando salieron del templo Hiko sin más preámbulos sostuvo fuertemente el brazo de Yamaguhi, que hizo una mueca de dolor ante el gesto, aunque rápidamente lo borro de su rostro, pero su dolor ya había sido reflejado.

-Necesitas un médico.

Por toda respuesta Hajime gruñó, pues sabía que de Hiko no iba a poder librarse tan fácilmente que del pequeño Himura.

-Soy Hiko Seijuro.

-Yamaguchi Kaito.

-Gracias por salvar a mi baka deshi Yamaguchi-kun.

-No tiene que dármelas, cualquiera lo habría hecho.

Hiko prefirió guardarse su punto de vista frente a esto y hecho a andar con los dos jóvenes detrás. Después de unos minutos caminando, en los que Hiko percibió que el joven herido se iba debilitando más y más llegaron al doctor, que los atendió rápidamente, gritando por la gran perdida de sangre del joven, que apenas estaba consciente.

-¡Es un milagro que aún se mantenga de pie!

-Es un chico fuerte-indicó Seijuro.

Después de unas horas el joven ya se encontraba perfectamente vendado y comía con avidez un plato de soba, ante la atenta mirada de maestro y alumno del Hitten Mitsurugi Ryu.

-Parece que ya estas mejor-una sonrisa sarcástica asomó a los labios de Hiko-ya comes con avidez y todo.

-Sí, necesito reponer fuerzas, pasado mañana me marcho.

-¡¿Por qué?!-gritó un apenado Kenshin, no quería que el joven se marchara, era el primer amigo que había tenido.

-En realidad no debería estar en Kyoto.

-¿Te busca la justicia?-preguntó Hiko con suspicacia, eso explicaba porque el joven se encontraba en los suburbios.

-Que va-el joven rió ante aquello y Hiko se destensó un poco, pero quería escuchar toda la historia.

-Mi maestro y yo vamos de camino a Aizu, pero nos desviamos porque según él "el mocoso ya puede empezar a conocer Japón"-negó con la cabeza ante los comentarios de su maestro.

-Ya veo.

-¿Hiko-san ha visto usted alguna vez la competición "Yanagi no okaji"?

-¿El rito del sauce? Sí, es bastante popular. Se celebra en ese templo en el que os encontré.

-Sí, en enero.

-¿Un rito?-Kenshin miró atento a los dos mayores.

-Que cateto eres baka deshi.

-¿Y de quién es la culpa?-preguntó con sarcasmo el niño, a lo que el maestro puso cara perro.

-El rito del sauce es una purificación, en el que los fieles del templo son tocados con unas ramas del sauce para prevenir o curar dolores de cabeza. Además se celebra un torneo de tiro con arco llamado "Toshiya"

La mente del joven fue, sin quererlo, hacía la imagen de una chica de ojos verdes que le sonreía desde la distancia. Como la estaba echando de menos, que ganas tenía de poder abrazarla y sentir su aroma de sakuras envolviéndolo dulcemente.

-El torneo se ve interesante.

-¿Verdad que si?-contestó distraído Hajime, todavía perdido en el recuerdo de su amiga.

-Yamaguchi-san, ¿ocurre algo?-justo cuando el más mayor iba a responder se oyeron unos gritos en la entrada.

-¡¿Tienen aquí a un criajo con cara de cabrón y ojos dorados?!

Una vena se hinchó en la frente de Hajime, mientras un tic se adueñaba de su ceja derecha y miraba con rencor hacía la puerta, que se abrió con gran estruendo, revelando a un sudoroso Hayashi.

-¡Niño del demonio! ¿Qué leches te ha pasado?

-Tú familia me ha atacado-el joven señalo el hombro vendado, refiriéndose al ataque de los perros-se parecían mucho a ti.

-Yo a ti te mato-dijo rojo de ira Genyursai.

-Inténtalo viejo pervertido.

Los dos se miraron de malas maneras frente a los atónitos usuarios del Hitten Mitsurugi. Desde que Hajime había pasado a ser alumno de Hayashi había ido conociendo más y más al maestro, que aunque era muy respetable le encantaba el barullo, las broncas y las chicas.

-¡Señor! Él no tiene la culpa, se hirió por salvarme la vida-Kenhin miró suplicante al anciano, que le miró extrañado, siendo consciente por primera vez de las otras dos personas de la sala.

-Es da igual, es un cafre.

-Y tú un salido-Hajime le miró mordaz-si no te hubieras metido a ese baño de mujeres no nos habríamos separado.

-No me gustan los hombres, y menos los niños-dijo con sencillez Hayashi.

-¡NO HABLABA DE ESO VIEJO VERDE!-herido en su orgullo el muchacho le miraba con ira.

-Si claro, di la verdad, sientes lujuria por mi-una gotita de sudor apareció en los dos espectadores, que cada vez veían más sorprendidos el espectáculo de aquellos dos, que pasaban olímpicamente de su presencia.

-Si, por esa cabeza calva que tienes.

Hiko y uno de los médicos sujetaron a Hayashi mientras Kenshin hacía lo propio con Hajime, pues si se levantaba se le volverían a abrir las heridas. Sin embargo, los dos estallaron en carcajadas, dejando perplejos a los presentes.

-No ha estado mal enano.

-Digo lo mismo.

-En realidad es un entrenamiento, hay que saber fingir un carácter distinto para engañar al rival, y saber provocarlo-Hayashi dijo aquello muy serio, y Hiko comprendió que habían caído en su trampa. Los ojos del maestro del Mugai Ryu eran perspicaces, y gracias a aquel numerito había sacado información sobre aquellos dos y había comprendido que no eran ningún peligro para Hajime. Hiko observó como relajaba los músculos.

-Gracias por todo, ya me encargaré yo de pagar la cuenta al médico.

-De acuerdo, nos vemos Yamaguchi-kun-Hiko estaba dispuesto a marcharse pero Kenshin le miró con ojos suplicantes. Con un suspiro Hiko accedió-Solo 5 minutos, después nos vamos.

-Arigato Shishou.

-Os dejo solos-dijo Hayashi mientras se marchaba precedido por Hiko.

Los dos chicos se quedaron unos momentos en silencio. Había sido bastante agradable el tiempo que habían estado juntos a pesar de las circunstancias. Finalmente Kenshin volvió a hablar.

-¿Volverás?

-Eso espero, ha sido una ciudad muy agradable.

-Me alegro de haberte conocido-dijo Kenshin con una sonrisa resplandeciente que el mayor correspondió.

-Yo también Shinta, espero que nos volvamos a ver pronto.

El pequeño asintió feliz. Ninguno era consciente de que unos años después volverían a encontrarse. El destino se burlaba de ellos, empujándolos a una confrontación mortal que tal vez podría haberse evitado, impidiendo la gran rivalidad que luego existiría entre Saito Hajime, capitán de la tercera tropa del Shinsengumi y Himura Battousai, el más fuerte de los cuatro grandes Hitokiris del Bakumatsu.

Kyoto.

Afueras.

7 de agosto de 1858.

2 días después…

El sol resplandecía en el cielo. La suave brisa matutina movía ligeramente la blanca y larga barba de Hayashi, que observaba como Hajime se ajustaba el morral con la mano izquierda, pues aún tenía la derecha en cabrestillo.

-Vamos allá.

Los ojos dorados resplandecían ante la visión de horizonte, puestos en su nuevo destino.

Aizu.

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Hola^^

Aquí ando con otro capítulo de esta historia que cada vez me gusta más, estoy disfrutando enormemente escribiéndola, así que espero que a vosotros también os guste.

Hubo una confusión con la fecha de nacimiento de Aoshi (Arigato Natsumi^^) pero para que me pudiera cuadrar medianamente bien he puesto que nace en 1852, un año antes de su verdadera fecha. Debo recalcar que la parte de Aoshi va un poco por libre, pues en su parte de la historia Kenshin ya es Battousai y el Shinsengumi esta a punto de formarse, no obstante quería poner la interacción entre Yui y Aoshi, aunque a partir de ahora su historia ira mucho más lenta, al igual que la de Kenshin, siendo los hombres del Shinsengumi los que más darán que hablar en los próximos capítulos.

Espero que os este gustando la aparición de personajes reales del bakumatsu, que por supuesto, aunque no salgan o apenas se los mencione en Rurouni Kenshin han tenido una gran importancia en la historia del país.

También espero que os hayan gustado las apariciones de Hijikata, Nagakura y Harada, grandes personajes del Shinsengumi.

También he mencionado a los 4 grandes hitokiris del bakumatsu, sabremos más de ellos según avance la historia. Además Tokio se nos perfila como una guerrera en potencia y Shishio como un maniático ya desde pequeño.

Sin embargo la parte que más he disfrutado ha sido la de Kenshin y Saito. He intentado dar una explicación coherente de porque luego no se reconocen, aunque muy en el fondo los dos lo saben. ¿Han parecido débiles? Respecto a eso Kenshin solo tiene 9 años y Saito…digamos que ahora mismo esta muy lejos de ser el capitán del Shisengumi, ya se ha visto que es mucho más alegre, abierto y jovial, aunque la felicidad no le durará demasiado al pobre…

En fin, que estoy contando demasiado de los próximos capítulos XDDD

El capítulo dedicado con todo mi cariño a: cindy-jhonny (feliz cumpleaños amiga^^) Bruja y Natsumi Niikura por ser las tres personas que me han hecho felices al dejarme review en el último capítulo, no sabéis como os lo agradezco, a los demás, dejaros ver anda, que no veáis la felicidad que me da cada vez que recibo un review XDDD

Próximo capítulo: ¡Quiero proteger a la gente! La marcha de Himura Kenshin.

Atentamente: Shumy.