Capítulo 1

Era otro día como cualquier otro. Una rutina que había llevado desde hacía dos años, cuando me gradué de medicina. Un turno de 10 horas, yo lo convertía en uno de 16. Y no me molestaba, hacía lo que amaba. Era solo que me sentía sola, nunca había encontrado a nadie que siguiera o que soportara el ritmo de mi vida. Los hombres querían ser atendidos y yo no podía por estar atendiendo a otros, eso los hacía enojar.

-¿De verdad no es grave? – me preguntó una señora por millonésima vez. Su hijo tenía una pequeña mancha a causa del sol y ella consideraba que podía ser cáncer.

-Le prometo señora, que no es nada malo. Le recetaré una pomada para que se quite. Verá que en dos semanas su mano estará como nueva - estaba cansada de esto. Madres sobreprotectoras que por un dolor de garganta, o de estómago llevaban a sus hijos a emergencias.

-Dra. Swan, la buscan. Favor de presentarse en emergencias. Dra. Swan.

-Si me disculpa señora Newton. Hasta luego Mike, pórtate bien ¿de acuerdo?- dije acariciando el cabello rubio del niño. Él se sonrojó y rió. Amaba los niños, era cierto. Pero no quería uno propio, no me sentía precisamente como una madre natural y mi pasión era atenderlos, no cuidarlos.

Me dirigí a emergencias para atender otro caso. Cuando llegué vi a un pequeño niño con cabello broncíneo, estaba desmayado sobre una camilla. Su pierna no lucía muy bien. Me acerqué y pregunté los datos a la enfermera. Pronto me respondió que su nombre era Daniel Cullen, edad 8 años y había sufrido una caída en el colegio.

Lo llevé rápidamente a radiografías y en efecto, su pierna estaba quebrada, tal como lo había sospechado. Como aun seguía inconsciente, ya que también se había golpeado la cabeza, aproveché y acomodé su hueso rápidamente. Puse una férula con yeso para que no la moviera. Justo cuando terminé el niño comenzó a reaccionar. Abrió sus ojitos y comenzó a parpadear repetidas veces, giró su cabeza a los lados.

-¿Papi? ¿Papi? ¿Dónde estás? Mi pierna me duele. Papi- estaba comenzando a alterarse, pude notar en sus ojos algo diferente. Eran de color verde esmeralda, hermosos, pero no miraban a ninguna parte en específico, sin mencionar que se notaba una sombra en ellos.

-¿Daniel?- pregunté acercándome a él. De inmediato se tensó y estiró sus brazos en busca de algo.

-¿Dónde está mi papi? –dijo con voz quebradiza. Mis sospechas quedaban comprobadas. Era ciego. Sus ojos se comenzaron a llenar de lágrimas y no sabía qué hacer. Había tratado a niños sordomudos, sabía el lenguaje de señas, había tratado con niños a los que les faltaban miembros. Incluso con niños autistas, los cuales son muy difíciles. Pero no recordaba haber tratado con un niño ciego. Pensé en algo rápido, pero antes de que pudiera reaccionar la puerta se abrió de golpe.

-¡¿Danny, Danny?! –era un hombre grande, no pasaba de los 30, era muy bien parecido debo reconocerlo. Tenía los mismos ojos que el niño y rasgos muy masculinos y bien formados. Tenía una ligera barba, no muy larga para verse sucio sino lo suficiente para verse refinado. En cuanto vio al niño se acercó y lo estrechó entre sus brazos.

-Lo siento mucho papi, James me dijo que me ayudaría, que nada me iba a pasar pero me caí y…y –el niño intentaba excusarse inútilmente mientras los sollozos se apoderaban de él.

-No te preocupes hijo, no pasa nada. Lo importante es que estas bien - el hombre suspiró aliviado y después se giró para mirarme, parecía sorprendido. No había notado que estaba ahí. – Lo siento Dra. Soy Edward Cullen, padre de Daniel - estiró su mano y yo la estreché.

-Mucho gusto señor Cullen. No se preocupe no es nada grave. Su pierna sanará en un mes y medio mientras que la contusión en su cabeza en una semana. Le recetaré pastillas para el dolor de cabeza y el dolor de la pierna.

Edward solo asentía mientras seguía revisando a su hijo. Se podía ver el gran amor que sentía por él, la adoración era tan palpable que sentí envidia del niño. Mi padre nunca me había mostrado amor de esa manera. Entré a mi consultorio y comencé a prescribir la receta. Cuando volví Edward se veía más relajado.

-Aquí tiene Sr. Cullen, las pas…

-Edward –dijo interrumpiéndome.

-¿Perdón?

-Llámeme Edward –dijo con una linda sonrisa torcida.

-Muy bien Edward, aquí está la receta. Las pastillas para la cabeza las tomará cada doce horas. En caso de que el dolor sea regular necesito que venga de nuevo para revisar que no haya ningún problema. La de la pierna la toma cada vez que tenga dolor.

Edward asintió y estrechó de nuevo mi mano. Ayudó a Daniel a posicionarse en la silla de ruedas. De pronto sentí como tomó mi mano. Me giré para mirarlo y sonreía.

-Papi, ella huele muy dulce. Como a fressia y su cabello huele a fresas. Y su piel es suave. ¿Es linda papá? – se giró a Edward y él me sonrió tímidamente.

-Si Danny, es muy linda. Ahora vámonos hijo, solo estamos entreteniendo a la doctora- yo me sonrojé por su comentario y bajé la vista. Entonces recordé que tenía que revisarlo de nuevo.

-Sr. Cull… Edward - se giró para verme.

-¿Si?

-Necesito verlo de nuevo en dos semanas - Edward frunció el ceño. De acuerdo, eso había sonado mal refiero a Daniel.

Edward rió un poco y asintió. Me siguió de nuevo al consultorio a ahí le entregué un papel donde venía la cita. Se despidió y me agradeció de nuevo. Daniel me gritó un animado adiós y se marcharon. Por alguna razón sentía que esos dos chicos iban a tener algo que ver en mi futuro.

Las semanas pasaron volando, cuando menos lo esperé ahí estaba una enfermera diciendo que Edward y Daniel Cullen habían llegado. Me preparé y extrañamente, me peiné y puse brillo en mis labios. Por Dios, como si alguien así se pudiera fijar en mí. Seguro que estaría casado.

Entré en el consultorio y ahí estaban Edward y Daniel. Se veían tranquilos, Edward estaba de espaldas a mí, observando fotos que tenía colgados en la pared. Carraspeé y él se giró. Sonrió de lado y se acercó.

-Dra. Qué bueno verla de nuevo. ¿Cómo ha estado? –dijo estrechando mi mano.

-Muy bien, gracias Edward. Puedes llamarme Bella por cierto.

-Bella, muy lindo nombre.

-Gracias –me sonrojé - Ahora revisemos a Daniel.

Me acerqué y él sonrió, no me miraba directamente a mí, pero sabía que estaba frente a él.

-Hola Bella –dijo felizmente con una sonrisa muy parecida a la de su padre, solo que a él le faltaban unos cuantos dientes.

-¡Daniel! Llámala Dra. No seas igualado - lo reprendió Edward.

-No importa, tú también puedes llamarme Bella. ¿Cómo te has sentido querido?

-Bien, mi cabeza ya no me duele. Mi pierna me molesta un poco porque no me permite caminar bien haciendo un puchero –Tío Emmett me reta a correr y no puedo y después se burla de mí.

Reí un poco ante su comentario y me puse a revisar su cabeza una linda risa papi, de verdad debe ser linda. Todo en ella es bonito –dijo en un intento de susurro, pero claro que podía escucharlo.

-Danny, por favor –dijo Edward serio.

Terminé de revisarlo y todo estaba bien. Edward lo puso en su silla de ruedas y se agachó para susurrarle algo que no alcancé a escuchar. Me hizo una seña para que me quedara en mi lugar, fruncí el ceño pero obedecí.

-¡Adiós Bella! –dijo Daniel emocionado y meneando su mano.

-Adiós Daniel, que tengas un bonito día.

Salieron los dos y al rato Edward volvió.

-Disculpe que la mol…

-Háblame de tú, por favor.

-Claro, igual tú - reímos un poco y después continuó –Como decía, disculpa si sueno atrevido pero, ¿te gustaría ir a tomar un helado con Danny y conmigo? Es solo que le prometí que te invitaría y no me dejará en paz hasta que vayas con nosotros.

Me desconcertó un poco. Había pasado por muchos hombres que coqueteaban conmigo. Pero esto no era coqueteo porque su hijo estaría con nosotros, sin mencionar que se estaba disculpando por ser atrevido. Pero algo me golpeó, si tenía un hijo, debía de haber una mujer. Seguro que estaba casado y estaba invitándome a salir. Pero su hijo estaría con nosotros.

-Me encantaría pero… ¿a caso no estás casado? –pregunté penosamente. Mis mejillas se tiñeron de rojo. Él pasó una de sus manos por su cabello y carraspeó –Lo siento, fue inapropiado, yo solo creí que…

-No, no te preocupes. No estoy casado.

-Oh –me sentía terrible, así que para recompensarlo acepté –Claro, me encantaría ir a comer helado con ustedes.

Edward me miró sorprendido, después se recuperó y sonrió. Le dije cuando tenía un tiempo libre y él no objetó. Quedamos de vernos en dos días. Me despedí de nuevo de él y volví a mi aburrida y monótona rutina.

Bueno, es otra loca idea de cuando no he dormido mucho. Espero que les guste, lo más probable es que no pase de los diez capítulos, y creo que ni siquiera de los cinco jeje.

Dejen su opinión.