Kapitel XV: Was ist der Liebe? - ¿Qué es el amor?

—¿Dónde está Tom? —preguntó David un tanto molesto, dedicándole a Bill una mirada acusadora desde la puerta.

El pelinegro se quitó los auriculares y los dejó a un lado. Inspiró furiosamente por la nariz y se contuvo de no darse vuelta bruscamente. Volvió a inspirar y soltó el aire, ya un poco más calmado. Se volteó con la expresión más neutral que pudo.

—No lo sé —contestó escuetamente. La mirada severa del manager lo obligó a salir con algún rápido pretexto—. Debe haber salido a caminar por ahí… —se encogió de hombros y le restó importancia al asunto.

Cuando pasó junto a David éste le tomó el hombro. Bill se detuvo en seco, mordiéndose la lengua y viéndose atrapado. No se equivocó al pensar que el hombre lo conduciría hasta su oficina. Ambos entraron y el ejecutivo se sentó tras el escritorio, para invitarlo luego a que lo imitase señalando la silla con una leve floritura de la mano.

Bill frunció el ceño y lo miró desafiante, sin saber exactamente por qué, pero se tragó su orgullo y se sentó con aire molesto en la silla frente al escritorio de caoba. Tamborileó los dedos sobre la madera, visiblemente hastiado, era una indirecta para que David se dejase de rodeos y largase de una vez el rollo.

—Tom ha estado saliendo mucho últimamente, ¿verdad? —inquirió, curioso, el manager.

—Eso supongo —respondió Bill, sin muchas ganas. La verdad que su hermano era libre de hacer lo que quisiese, por más que a él le doliera que le ocultase las cosas, al fin y al cabo su vida no tenía dueño y ciertamente nadie tenía la autoridad para controlársela—. Pero no veo a qué viene…

David pareció contenerse de dedicarle una mirada asesina y, por el contario, se acomodó en su mullida silla. Juntó los dedos de ambas manos y los entrecruzó. A Bill esa actitud no le gustó para nada, se sentía como si estuviese siendo interrogado por un capo de la mafia.

—Ha estado actuando muy extraño, y quería saber si tú, Bill, sabías algo al respecto —respuso el manager, con una tranquilidad que a Bill le pareció enfermantemente exasperante.

—No más de lo que tú sabes —repuso con voz queda y una expresión un tanto socarrona. No entendía por qué David tenía la manía de controlar todo lo que hacían desde que había anunciado la liberación del álbum para dentro de unos meses. Ante la mirada severa del hombre, maquinó rápidamente algo más para agregar a su respuesta—. Y no creo que nuestros asuntos personales sean de tu incumbencia —ácido, se dio cuenta al terminar la frase que en vez de zanjar el asunto, le había dado un puntapié a David para que empezase a soltar una perorata interminable.

El hombre abrió los ojos más de lo normal, sorprendido, se quedó anonadado unos instantes mirando a Bill con un aire desconcertado. Tosió y se recompuso, para acomodar unos papeles que había a su lado en el escritorio, nervioso y mirando al suelo.

—¿Qué le está pasando a tu hermano, Bill? —inquirió al cabo de unos pocos segundos. Levantó la vista y fijó aquella mirada castaña en la chocolate del Kaulitz menor.

El pelinegro tuvo un acceso de querer soltar un bufido, pero por respeto mantuvo el aire en sus pulmones y se obligó a tensar los labios en una sonrisa amable.

—Asuntos personales, David —remarcó con un tenue siseo las dos primeras palabras—. Se llaman así por algo en particular... ¿verdad?

Nadie iba a meter las narices en su vida privada. Ni su manager ni nadie. Los problemas de Tom eran cosa suya, y le correspondía a él ocuparse de ellos como hermano menor que era. Si David comenzaba a querer priorizar ese maldito álbum a costa del equlibrio emocional de su gemelo, era algo que el joven no iba a permitir. Ni en ese momento ni en un millón de años.

Hizo un ademán para levantarse, pero se encontró con que David ya no estaba detrás del escritorio, sino junto a él. Inspiró profundo, conteniéndose de soltar una maldición y se dispuso a levantarse para salir de la habitación. Sin embargo, tan pronto como su cuerpo se elevó e inclinó hacia delante, sintió nuevamente la mano de David sobre su hombro. Y esta vez el toque no era afable, esta vez lo estaba empujando hacia atrás directamente hacia donde había estado hacía pocos segundos. Se quedó quieto, con los músculos flexionados a mitad del movimiento y sus labios se fruncieron, incómodo y enfadado.

—Bill... —pareció gruñir, fastidiado, David— yo he estado con ustedes desde que eran unos mocosos, y según tengo entendido me consideran un amigo, así que no veo por qué no puedas contarme qué sucede —suavizó la vos entonces, quizás Bill se lo estaba imaginando pero le parecía que los dedos del hombre en su hombro estaban haciendo cada vez más presión.

Bien, de acuerdo. Debía inventar alguna excusa rápidamente si no quería meter a su hermano más en el hoyo. Pero el problema era justamente ese, acotar algo y estropear la ya de por sí delicada situación. Entonces… ¿qué le diría a David? ¿Qué su hermano tenía un extraño y nuevo acceso de ir a los parques a patear piedritas y a observar el color de las flores? No estaba tratando con cualquiera, sino con David, quién conocía bastante a su hermano mayor…

—No puedo decirte nada —zanjó con una mirada dura—, Tom no me ha dicho nada y no quiero forzarlo a que lo haga, ya sabes lo que opino con respecto a eso —esta vez fue su turno de mirar severamente al hombre, quien pareció asentir lentamente con la cabeza, comprendiendo.

Suspirando, salió al pasillo. Conociendo a David, sabía muy bien que eso no terminaría allí. Su manager se pasaría día y noche intentando averiguar qué demonios ocurría con el guitarrista de su adorada banda, y haría mano de cuanto medio pudiera para conseguirlo. Solamente esperaba que él pudiera hacer que su hermano se abriese antes de que eso sucediese.

Se pasó una mano por el rostro, fatigado. Entró a la habitación de recreo y volvió a suspirar mirando en rededor, se tiró pesadamente en el sillón y cogió el control remoto del televisor de debajo del almohadón. La pantalla del aparato cuadrado se iluminó con la luz blanca. Sus ojos miraron sin ver aquel documental de la vida en el Imperio Incaico, mientras se preguntaba internamente en qué andaría su gemelo en esos momentos.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó su móvil. Se quedó mirando por varios segundos aquella pantalla sin saber si presionar de una vez el número uno. Volvió a suspirar y dejó caer el teléfono sobre el sofá. Se estiró cuan largo era para aliviar sus músculos algo agarrotados por el estrés. Masajeó sus sienes con los dedos, pensativo. Se acomodó en el sofá con las piernas cruzadas y su mirada se perdió en los rayos de Sol que entraban por la ventana. Sus pupilas chocolates brillaban con la luz dorada del astro y ésta calentaba su rostro lentamente. Cabeceó. Una modorra comenzó a extenderse por sus miembros, cálida, como si estuviese bajo un chorro de agua caliente. Bostezó. Parpadeó intentando alejar el sueño. David estaría atrás de Tom ahora que… Sin embargo, su estrategia de mantener la mente ocupada no dio sus frutos, porque al cabo de unos segundos ya estaba completamente sumido en su mundo de sueños.

Había algo extraño en los ojos de su hermano, causado por un dolor que lo laceraba desde dentro. Y allí estaba él, ajeno a todo, un gran ignorante de la fuente de sufrimiento de su hermano mayor. Veía los ojos acaramelados de su hermano brillosos, las lágrimas acunándose en sus párpados, su expresión lastimada, el labio inferior que temblaba. Las palabras resonándo en su cabeza una y otra vez "Esto no es un error", "¡Por favor, no te vayas aún!" una y otra, y otra vez, como si algún dantesco ente reprodujese una cinta persistentemente; y conforme se repetía, más aumentaba el sentimiento de dolor desgarrador que se traslucía en las inflexiones de su voz.

Bill parecía sentir la desesperación y el dolor de su hermano como propios. Un punto de candente agonía encontró cabida en su pecho, y cada vez que su corazón latía, sentía como si su corazón estuviese siendo estrujado furiosamente. Quería acercarse a su hermano y reconfortarlo, pero cuanto más lo intentaba más parecía desvanecerse la imagen de su gemelo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y cuando rozó los dedos de su hermano, algo pareció quebrarse bajo él y las penumbras dieron paso a la completa oscuridad.

Bill se despertó sobresaltado. Sentía su corazón galopando en los oídos y su respiración estaba igual de agitada. Resolló e intentó calmar su acelerado estado. Se dejó caer hacia atrás en el sofá. Pasó una mano por su cabello y las imágenes del sueño volvieron a su mente como un torbellino.

—Tomi… Dios, ¿por qué no me dices nada? —se preguntó a sí mismo en un susurro preocupado. El nudo en su garganta, tenaz, le quitaba el aire, los ojos le ardían y sentía como las lágrimas pugnaban por salir—… ¿por qué no confías en mí?

Ante esa última frase, sus puños se apretaron furiosamente, impotente, siendo incierto el futuro y el mismo presente. No podía comprender el por qué, la razón por la que su hermano se empeñaba en ocultarle la verdad. ¿Por qué lo hacía? ¿Acaso estaba…?

Los ojos de Bill se abrieron presa del estupor. Algo encajó y sintió como si le golpeasen el cráneo con un bate de beísbol.

¿Acaso callaba porque estaba protegiendo a alguien?

Y esa simple pregunta, solamente acarreaba más interrogantes sin respuesta. Otra vez a la deriva, cada vez más lejos del puerto. Un rumbo guiado por una brújula maltrecha, en un mundo donde los puntos cardinales no existían, en un mundo donde el mar era vasto e infinito, donde no había magnetismo alguno.

Asió con decisión el teléfono móvil de la mesa ratona. Hablaría con él, no iba a echarse para atrás, necesitaba saber qué demonios ocurría para terminar con ese tormento, para que el asunto dejase de atosigarlo hasta en sueños y, lo que era más importante, para devolverle a su hermano esa sonrisa que coronaba sus labios todos los días.

La puerta se abrió violentamente y Bill dio un respingo, el celular voló de su mano hasta el suelo. Cayó con un ruido plástico y las partes saltaron en direcciones opuestas. Volteó con la maldición arañándole las cuerdas vocales.

—Ah, hola, Bill —saludó Natalie, con una media sonrisa cálida—. Siento molestarte, pero Erwin dice haber olvidado su cuaderno aquí —se explicó.

El niño en cuestión había entrado después de ella y estaba buscando desesperadamente su libreta. Miraba para todos lados frenéticamente, su cuerpo parecía estar temblando, y en esos pequeños ojos asomaban destellos del llanto que estaba por venir. Bill no pudo evitar compadecerse del niño y se acercó a él rápidamente.

—¿Cómo era el cuaderno, Erwin? —quiso saber. Usó una voz sosegada y tranquila para calmar al niño que parecía estar cada vez más nervioso.

—A-a-azul —tartamudeó el niño e inmediatamente rompió a llorar.

Bill sintió las manitas del pequeño en su cuello y la forma en que él se arrebujó contra su pecho, desconsolado y llorando a lágrima tendida. El adolescente se apresuró a darle un abrazo de consuelo y luego de un momento lo apartó con delicadeza para luego mirarlo compresivamente y dándole ánimos, tranquilizándolo con aquella mirada chocolate y brillante. El pequeño sorbió por la nariz sonoramente y se enguajó los rastros de las lágrimas con el dorso de la mano. Suspiró ruidosamente y esbozó una tenue sonrisa, un poco de arrepentimiento por su conducta y también se podía ver la gratitud traslucida en aquel curvamiento de labios.

—Ya, cálmate, ¿sí? —esbozó una nueva sonrisa, que pareció reconfortar a Erwin—. Vamos a encontrar tu cuaderno, no puede haberse ido muy lejos... ¿verdad? —agregó con un tenue dejo de diversión.

Los ojos del niño chispearon y dejó escapar una risita divertida.

Bajo la mirada un tanto compungida de Natalie, ambos emprendieron la búsqueda del dichoso cuaderno. Buscaron sobre los muebles, bajo éstos, en el piso, en el sofá y dentro del pequeño armario en donde guardaban algunos de los instrumentos. No encontraron nada. A Bill le dolía ver el pequeño rostro del niño tenuemente ensombrecido por una nueva catarata de lágrimas.

El cuaderno debía de ser importante para el niño por algún motivo, sabía que no era de aquellos niños que se apegaban a las cosas por mero capricho. Aquella mirada brillosa no hacía más que acrecentar la sensación de que su teoría fuese cierta. Y Bill, con tantos problemas que tenía rondándole por la cabeza, se sentía culpable de no poder ayudar al niño lo suficiente como para hallar su cuaderno.

El labio inferior del niño tembló, el puchero se aproximaba cada vez más. El pelinegro se apresuró a arrodillarse hasta quedar a su altura y lo chistó suavemente para que se tranquilizara.

—¿Estás seguro de que no lo has dejado en otro lado? —inquirió con tacto—. Quizás no es aquí donde lo olvidaste... —frunció el ceño un tanto pensativo—, ¿recuerdas que era lo último que estabas haciendo al dejar de usarlo?

Erwin susurró que había estado jugando al Guitar Hero con Tom, de modo que el menor de los gemelos se apresuró a la habitación contigua. Encendió la luz y sonrió, aliviado, el cuaderno descansaba imperturbable junto a una de las guiatarras de su gemelo. Se acercó al sofá y lo cogió.

Sin embargo, le picó la curiosidad y no pudo evitar notar una hoja que sobresalía del pequeño libro. La tomó con la punta de los dedos, cuidadosamente, y la sacó del interior. No pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa. Retratados con las pinceladas de una mano inexperta y algo tosca, se hallaban los chicos y él en lo que parecía ser un concierto. El pelinegro adivinó fuegos artificiales inundando el cielo en esas manchas multicolores. Le hizo gracia su cabello más parecido a un arbusto espinoso que a otra cosa.

Colocó el papel en su lugar y, una vez frente al pequeño artista, le tendió el cuaderno. Erwin lo cogió y dio las gracias con una de esas miradas brillantes e infantiles, que escondían mil palabras en sus irises claros. Bill le revolvió el cabello a modo de broma, solamente ganó que Erwin se quejase y fuese tras su madre, quien le hacía señas para que se apresurara.

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—Es un fastidio —reconoció Natalie, cerrando la puerta de su auto—. Tener que ir a Frankfurt solamente me complica la vida —suspiró, cansada, su vista se perdió en la figura de su hijo.

Erwin jugaba alegremente con una de sus nuevas figuras de acción y no pareció percatarse de la mirada preocupada de su madre. Sin embargo, a Bill no le pasó desapercibido como el brillo en los ojos de la mujer parecía ensombrecerse.

—¿Y Erwin? —inquirió, cruzándose de brazos para protegerse del frío—. ¿Ya tienes alguna niñera para que lo cuide mientras estás allí?

La maquillista negó con la cabeza, apesadumbrada. Se mordió el labio inferior, como si estuviera sopesando la maraña de problemas que se le vendrían encima. Y Bill la comprendió, porque él sabía lo ajetreada que era la vida de la maquilladora, quizás un poco menos que la suya, pero era complicada al fin. Además de tener que lidiar con su trabajo, tendría que tener siempre un ojo puesto en Erwin para que no se mandara ninguna trastada, no se lastimase, no se extraviara... sí, sin lugar a dudas no le sería fácil.

—Pero ya encontraré la solución, Bill, no te preocupes —repuso con una media sonrisa de agradecimiento—. Quizás pueda llamar a mi hermana... puedo decirle que venga a cuidarlo por un tiempo, no creo que tenga algún problema en ello.

—Cualquier cosa... tú sabes, me dices y... —indeciso, titubeó— veré en qué puedo ayudarte.

El pelinegro cerró la puerta del auto para ahorrarle el trabajo a la mujer y luego golpeó tenuemente la ventanilla de la parte trasera. Erwin levantó la vista y lo saludó con la mano, para luego sacarle la lengua. Bill rió y le hizo una mueca un tanto estúpida, a lo que el niño respondió carcajeándose. El niño se apresuró a bajar la ventanilla tan pronto como su madre ponía el vehículo en marcha.

—Espera, mami— Bill escuchó que gritaba el niño con voz alarmada, luego, se giró hacia él—. Oye, Bill, ¿quieres venir a almorzar con nosotros?

Natalie se volteó rápidamente, con la regañina a punto de salir a borbotones de sus labios. Sin embargo, Bill se adelantó para ahorrarle el reto al niño.

—Gracias por invitarme, Erwin, pero creo que primero deberías preguntarle a tu mamá, ¿no crees?— repuso, sonriendo un poco y echándole una mirada de comprensión a Natalie.

El aludido se cruzó de brazos, molesto, y pareció adelantar el labio inferior en un puchero.

—No es justo— se quejó con una expresión enojada—, porque ella me dirá que no.

La maquillista abrió los ojos por la sorpresa, al parecer sintiéndose un tanto insultada por la explicación de su hijo. Lo miró con reprobación y esbozó lo que Bill apreció como una sonrisa de suficiencia vengativa.

—Ya deja las tonterías, Erwin— abrió el cierre de la puerta del acompañante—. Si quieres que Bill venga a almorzar con nosotros pues tienes mi permiso, pero más vale que te comportes.

Bill no pudo evitar que una risita se le escapara de los labios. Se apresuró a subir al coche y entonces la mujer arrancó por fin y salieron del aparcamiento del estudio Universal. Dieron un rodeo a la cuadra antes de tomar por otra calle que les permitiría llegar a una de las avenidas. Mientras tanto, el adolescente y la mujer platicaron sobre esto y aquello, fundamentalmente temas relacionados con el trabajo, lo que solamente logró que Erwin se sintiese desplazado y quisera intervenir en la conversación usando como arma la curiosidad inata de los infantes.

—Bueno, y ya, Klaus me dijo que debía viajar porque no sé que problema hubo con la maquilladora de la agencia— la mujer paró el vehículo al ver la luz roja encendida en el semáforo—. Y bueno, no puedo quejarme, él me ayudó en los primeros años, así que debo devolverle el favor.

Bill asintió mientras le echaba un vistazo a Erwin por el espejo retrovisor, quien parecía muy entretenido haciendo que su nuevo Godzilla masacrara a su Power-Ranger. Rió al verlo divertido y volvió la vista hacia la mujer, quien parecía estar esperando algún tipo de acotación. A juzgar por el semblante preocupado, Bill sospechaba que no estaba del todo segura de poder encontrar a alguien que se encargase de su hijo mientras ella se ausentase de la ciudad.

—¿Aún sigues preocupada por Erwin?— quiso saber, en su voz había un dejo de comprensión. Al ver el gesto afirmativo, esbozó una sonrisa reconfortante—. Estoy seguro de que encontrarás a alguien... no creo que tu hermana se quiera perder de estar unos días con su sobrino.

Natalie pareció contener una carcajada, a lo que Bill respondió adoptando una expresión de genuino desconcierto.

—Lo siento, Bill— se disculpó—... pero si tú vieras lo que es en casa, te aseguro que no estarías tan seguro.

—Ay, mami, pero si yo me porto bien— discrepó el niño con una expresión dolida.

—¿Cómo la vez en la que llenaste el techo del baño con bolas de papel higiénico mojado o la vez que cambiaste la sal por azúcar y tuve que tirar todo el estofado?— repuso la madre con voz severa—, ¿o te olvidas de la vez que cambiaste la hora de la alarma de mi despertador solamente porque querías que te llevara a ese programa infantil porque venía el payaso Vonderful?

Erwin bufó, cansino y enfadado.

—Es Wonderful, mami dijo bajito.

—Lo que sea... bufó a su vez, pero hastiada . Ya, ni siquiera te mereces que haya dejado que Bill viniera.

El pelinegro intentaba no reír ante la situación, pero se le estaba haciendo difícil y más al ver las expresiones del pequeño, quien no dejaba escapar una oportunidad de tener la última palabra y siempre tenía algo para acotar a lo que decía su madre. Al parecer, en ese momento Natalie le estaba diciendo que era de muy mala educación golpear en la cabeza a sus compañeros de clase porque tomaban las crayolas que él quería usar para pintar.

—Además me porto bien, a Bill le he pegado solamente una vez... —acotó el niño con voz inocente y una sonrisa angelical que parecía querer explicar cuan bondadoso era con ese sencillo argumento.

El rostro de Natalie se transformó presa de la vergüenza y esquivó la mirada del pelinegro. Aprovechando que la luz del semáforo había cambiado, se volteó a reprender al niño con una expresión de puro enfado modificando el rictus de su cara. Erwin seguía ostentando aquella sonrisita de orgullo por haber tenido una conducta ejemplar, claro que solamente a su parecer.

—¡¿CÓMO QUE LE PEGASTE A BILL, ERWIN?— gritó ya sin contenerse.

En ese momento, la sonrisa del pequeño flaqueó en sus labios y pareció que éste iba a encogerse presa del miedo. Observó a su madre, arrepintiéndose con la mirada, asustado, intentó explicarse.

—Pero, mami— parecía a punto de hacer un gesto de hastío con los brazos, remató su réplica con otro argumento dicho con el tono de cuan elemental resulta la premisa de que dos más dos son cuatro—, solamente fue una patada en sus pelotas.

Bill abrió los ojos como platos sorprendido por el vocabulario del pequeño, mientras que la mujer ahogó un grito de rabia, vergüenza y otras emociones que Bill no supo identificar completamente. Pero, sin lugar a dudas, Bill estaba seguro de que la mujer se había cabreado... y demasiado. La vio contenerse de darle una tunda al niño, luego se volteó volviendo a esquivar su mirada.

—Ya, Natalie, no es para tanto— la tranquilizó—. Tampoco es que me dejó estéril...—añadió, bromista.

La aludida soltó una risita nerviosa, y el pelinegro supo que lo había hecho por compromiso porque estaba que echaba humo por las orejas.

—Bill, en serio... lo siento muchísimo—miró a su hijo que la observaba por el espejo retrovisor—. Quiero decir que... él no debería haber...

—Ya, no importa, de verdad —respuso él con una tenue sonrisa. La mujer le devolvió el gesto y luego continuó manejando con la vista fija en el camino.

Durante el resto del trayecto no hablaron demasiado ya que el ambiente estaba algo tenso. El adolescente encendió la radio y buscó una emisora de música con el objeto de distenderlo un poco. No había mucho, fundamentalmente estaban pasando noticias sobre las bandas que llegarían a Alemania en los meses venideros. Bill se dio el lujo de relajarse un poco y cerró los ojos. Al cabo de unos segundos, le llegó a los oídos la melodía de Spring Nicht, al parecer estaban iniciando una cuenta regresiva con los temas más escuchados de la banda. Sonrió.

—Bill, ya llegamos —le hizo saber Natalie, zarandeándole tenuemente el hombro.

El adolescente, quien se había adormilado bastante, se quejó antes de abrir los ojos. Se estiró y bostezó. Miró hacia fuera y vio que estaban aparcados en el estacionamiento de uno de los locales de McDonalds' más grandes de la ciudad. Miró hacia la parte trasera del auto y no pudo evitar reír al ver la cara de alegría de Erwin, quien bajó del auto lo más rápido que pudo.

Bill se apeó del coche tan pronto como la maquilladora salió al exterior. Cerró la puerta y sintió como Erwin le cogía la mano, emocionado, para llevarlo casi a rastras hasta la puerta de entrada. A los oídos de Bill le llegó el murmullo de la risa de Natalie, aunque el chico estaba más ocupado en no irse de bruces al suelo, tenía que esquivar cada pueñetero tope del estacionamiento al ser guiado por el niño.

Abrió la puerta antes de que Erwin se golpease contra ella presa de las ansias por entrar. Lo vio correr hasta una mesa libre y sostuvo la puerta para que Natalie entrara. Ella le sonrió agradecida al pasar. El pelinegro deseó que no hubiese ningún paparazzi metido por los alrededores, o de lo contrario en menos de lo que canta un gallo empezaría a proliferar el rumor de que mantenía una relación con Natalie o algo por el estilo. Rió, algo divertido ante la idea, y meneando la cabeza ingresó al local.

—Si quieren iré a hacer los pedidos —se ofreció Bill, al llegar a la mesa y ver que la madre y el niño ya habían decidido que comerían.

Natalie se apresuró a negar con la cabeza y a incorporarse. Le colocó una mano en el hombro, esbozando una tenue sonrisa de agradecimiento pero a la vez declinando la oferta.

—Te lo agradezco, Bill —dijo, luego miró hacia el tumulto de gente que hacía cola frente a las cajas—. Pero será mejor que te quedes... quiero decir, alguien podría reconocerte y creo que el almuerzo tiene que ser lo más tranquilo posible, ¿verdad? —repuso, sonriendo otra vez.

Bill se encogió de hombros. En verdad le daba lo mismo, pero aceptó la propuesta de la mujer y permaneció allí. Se sentó frente a Erwin y le sacó la lengua a modo de broma. El niño inmediatamente le imitó, aunque exagerando más la mueca. El pelinegro cogió un sorbete y le quitó la envoltura de papel.

Erwin lo miró enarcando una ceja, entre curioso y extrañado. El pelinegro hizo un pequeño bollito de papel, lo humedeció con la lengua y lo colocó en uno de los extremos del sorbete. El pequeño rió y le volvió a sacar la lengua burlonamente, Bill sonrió cínicamente de lado y sopló.

—Ya, chicos, compórtense —dijo Natalie minutos después al volver y ver el reguero de bollitos de papel ensalivados que había por toda la mesa, el suelo y los rostros de ambos.

Bill rió y se quitó un bollito de papel de la mejilla y Erwin sonrió, satisfecho por haberle acertado al blanco que se había propuesto. Los tres desenvolvieron sus almuerzos y comenzaron a comer, si bien Erwin de vez en cuando tiraba algún que otro bollito de papel, hasta que su madre le quitó el sorbete.

El almuerzo transcurría bastante animado. Bill sonrió para sus adentros y admiró la forma en la que Natalie se ocupaba de su hijo, era una gran responsabilidad y el chico estaba seguro de que eso de ser padre no era tarea fácil. ¿Por qué ocultarlo? Él amaba a los niños, se enternecía muchísimo con los niños pequeños, sobre todo con los bebés, sus pequeñas manitos eran simplemente adorables. Muchas veces sus "awws", "miren que bonito" y demás semejantes que soltaba al ver a un bebé, le habían ganado la risa de los demás y que Tom bromeara sobre ese costado maternal. Pero de todos modos, por más adorables, tiernos, dulces que le parecieran los niños sabía que no era tarea fácil cuidar de ellos, y sabía que las personas debían estar preparadas psicológicamente para tener niños... poder resolver problemas cuando se presentasen, estar siempre allí para el pequeño, tener buena predisposición y la lista era muy larga.

Los bebés eran como un cristal. Bellísimos como el espectro de colores que sobre ellos se reflejan, pero tan indefensos como el mismo cristal a la fragilidad.

Le rompía el alma ver todos aquellos niños en las calles, sucios, su alma malherida, el brillo ausente de sus ojos, simplemente porque debían ganarse el pan con el sudor de sus frentes, porque trabajaban por obligación. El saber que eran fruto de un error, algo que no estaba en los planes y que era una carga para sus padres... una cosa así apagaría los sueños de cualquiera, cual flor a la merced de las heladas del invierno.

El adolescente suspiró, meditabundo. Miró hacia la acera a través de la ventana. Vio como los transeúntenes iban y venían y no pudo evitar preguntarse si su hermano estaría caminando entre ellos. Lo visualizó con los anteojos oscuros y su característica ropa en tonos más apagados, cabizbajo y preocupado. Volvió a suspirar.

De repente, sintió que el teléfono celular le vibraba en el bolsillo de los vaqueros. Esperanzado de que fuese su hermano, ni siquiera miró la pequeña pantalla para saber quién era el remitente de la llamada, simplemente atendió.

—Hola.

Hola, Bill —dijo una voz femenina del otro lado de la línea, suave y dulce, que se le hizo poderosamente familiar al instante—. ¿Cómo estás?

El adolescente curvó los labios en una sonrisa. Luego de tanto tiempo sin verse, era genial que recuperasen esa amistad que tenían, considerando cuanto él le debía a ella.

—Bien, Ina, —volvió a sonreír sin darse cuenta— ¿tú como estás?

Pues bien, aquí estoy preparándome para ir a la Universidad en un ratito —al adolescente le llegó el sonido de los papeles al ser acomodados—. Oye, me preguntaba si... —hizo una pausa, Bill adivinó su expresión de inseguridad pero no debía interrumpir— claro que si tienes tiempo y no estás muy ocupado...

—Sabes que por ti puedo hacerme un espacio —okay, de acuerdo, eso había sonado extraño y no sabía por qué.

Ina cortó su silencio dubitativo con una pequeña risa, jovial y fresca. Al pelinegro le entraron ganas de reír también, la risa de ella siempre había sido contagiosa.

La super-estrella de rock debe tener una agenda muy apretada —bromeó entonces— ... bueno, vale, largo el rollo de una vez: luego de mis clases tengo la tarde libre y me preguntaba si querrías, tú sabes, ir a tomar un café o algo así.

La idea le sonaba atractiva. No le vendría mal un poco de relajación extra. Podría ponerse bien al día con Ina, contarle como iba todo, hacía mucho que no se veían y sin lugar a dudas no habían tenido tiempo suficiente en la fiesta de Andi, pues mayormente se la habían pasado bailando, bromeando y contando trivialidades varias.

—Me encantaría —repuso, esbozando una sonrisa—. ¿Cuándo quieres que pase a recogerte? ¿A las cinco y media te parece bien?— hizo nota mental de quitar del auto todas las bolsitas de gomitas vacías.

Sí, mis clases terminan a las cuatro —Bill escuchó el rumor de los pasos de ella, seguramente ya estaba yendo para la Universidad—. Te veré entonces, adiós, Bill.

—Adiós, Ina, nos vemos luego —respondió a la despedida y luego cortó la comunicación.

El adolescente se guardó el móvil en el bolsillo y luego tomó un sorbo de gaseosa. Se preguntó donde llevaría a Ina, le apetecía pasar un rato con ella pero no sabía si exactamente ir a un café sería apropiado, ya que ese día el clima era ameno y no hacía demasiado frío, era un día agradable para estar fuera... quizás el Großer Tiergarten era una buena elección, podían comprar café en Starbucks antes o algo así. Mordisqueó el sorbete, distraído.

—Bill —lo llamó la vocecita de Erwin—... ¿con quién hablabas? —quiso saber, curioso.

—Con Ina, una amiga —contestó, dejando el vaso a un costado y estirándose un poco.

El niño no pareció conformarse con la respuesta, porque hizo un fruncimiento de ceño que a Bill no le pasó desapercibido. Erwin se removió en su silla, incómdo, era como si quisiese decir algo pero no se atrevía. Con una mirada, el pelinegro lo animó a hablar.

—¿Pero ella es tu novia? —dijo al fin, luego de muchos titubeos.

Hubiese soltado una pequeña risita. No sabía en verdad de dónde había sacado semejante idea, y le picaba la curiosidad pero se limitó a negar con la cabeza. Sin embargo, Erwin tampoco se conformó con ello, en sus facciones podía verse una expresión condescendiente.

—No es cierto —arguyó, sintiéndose engañado—. Vi tu sonrisa de idiota.

A Bill le dio un nuevo acceso de risa, pero mantuvo la compostura. Debía haber imaginado que saldría con algo como eso. Generalmente asociaría que si se comportaba tontamente con alguien, estaría enamorado o ambos estarían en algo, en una relación de novios, para ser precisos. Pero no había nada más alejado de la realidad, Ina y él eran amigos, nada más. El pasado era un capítulo cerrado.

—Ina no es mi novia, Erwin —aclaró—. Pero dime... ¿tú qué crees que es el amor? Me refiero al de novios, ¿eh?

Erwin bajó la vista, meditabundo. Frunció los labios, aún pensando. Parecía que sabía que quería decir pero no encontraba la forma correcta de expresarlo, a juzgar por los titubeos que hacía al querer comezar su explicación. Estaba seguro que el niño tendría un concepto muy simple e infantil del amor, tal y como lo había tenido él en su momento. Cuando uno era niño, siempre pensaba que el amor era dos personas tomadas de la mano con los dedos entrelazados y besos tímidos en las mejillas.

—Es cuando... cuando —titubeó otra vez—, pues cuando dos personas se quieren mucho, sonríen todo el tiempo y se dicen cosas tontas... y cuando van tomados de la mano y cosas así. —finalizó con una sonrisa de orgullo.

Bill negó con la cabeza y eso le valió que Erwin frunciera los labios, picado por la negación.

—¿Entonces qué es el amor? —preguntó demandante, cruzado de brazos.

—Es más complejo, Erwin —no sabía como carajos explicarle al niño sin meter la pata. ¿Acaso su madre no le había dicho nunca nada del asunto?—. Los novios son dos personas que se quieren mucho, se aman, ¿sí? —el niño asintió, comprendía el concepto—... pero este es un amor diferente al que sientes por tu mamá.

Otra mueca de extrañeza adornó el rostro del niño.

—¿Por qué diferente? —se restregó las manos, confundido— Yo amo a mi mamá —replicó con una vocecita desafiante.

Suspiró, eligiendo las palabras, expresiones y frases correctas.

—No lo demuestras de la misma forma, sé que amas a tu mamá, pero no es lo mismo el amor de familia que el de una pareja —Erwin seguía sin comprender, y no quitaba esa expresión de confusión del rostro—. Mira... tu amas a tu mamá, y la quieres, no quieres que le ocurra nada malo y te sientes protegido con ella, ¿no?

El niño asintió.

—Bueno —se pasó una mano por el cabello, se humedeció los labios con la lengua, haciendo tiempo para darle a su explicación una forma sencilla y que él pudiese entenderla—... lo que sientes por tu novia, es algo diferente, sientes que... sientes que no quieres lastimarla de ninguna manera, quieres que se quede siempre contigo, su compañía te hace sentir extraño...

—Ah, por eso lo de las mariposas en la panza, ¿no? —le cortó Erwin.

—Pues... sí, tiene que ver —repuso sonriendo—... también sientes que con esa persona estás completo, no te falta nada, y disfrutas el tiempo que pasas a su lado y el tiempo parece volar. Tú te sientes protegido con ella, pero también sientes la necesidad de protegerla y estar para ella en todo momento.

Hizo una pausa y el niño asintió con la cabeza, luego se colocó su pequeña mano debajo del mentón, como si estuviera analizando la explicación que le había dado el adolescente.

—Entonces... ella te hace sentir feliz y es tu otra parte, ¿verdad? —preguntó entonces. Bill asintió—. Y cuando estás de novio con alguien lo besas.

Bill volvió a asentir.

—Es una forma de demostrar amor, y le dices con ese gesto que la amas —acotó, asintiendo. El niño pareció tener entonces otra duda, y el pelinegro tenía una leve idea de con qué estaba asociada—. ¿Alguna otra cosa que quieras saber?

El niño se removió en la silla otra vez, incómodo, sumamente incómodo. Bill sonrió para sus adentros, era una pregunta que todo niño se hacía cuando era pequeño y que regresaba con toda la curiosidad en la adolescencia y deseos de experimentar qué se sentía. Luego de varios intentos infructuosos, Erwin preguntó en un susurro qué se sentía besar a alguien, luego pareció sonrojarse presa de la vergüenza.

Ciertamente Bill no iba a ponerse a describir todas las sensaciones que le golpeaban a una persona el cuerpo y los sentidos cuando besaba a alguien. Tenía que explicárselo de una forma simple, agradeció que no se lo hubiese preguntado a Tom, quién sabía como lo habría explicado sin querer caer en algún comentario vulgar.

—Es una sensación maravillosa, ahí sientes muchas mariposas en el estómago y como si la electricidad te reocorriese súbitamente el cuerpo —hizo una pausa—. ¿Por qué preguntas?

Erwin se sobresaltó y pareció que unas pequeñas manchas rojizas aparecían en sus mejillas. Bill no pudo evitar soltar una risita, sin lugar a dudas eso estaba indicando que le gustaba alguien en la escuela. No había nada más dulce y tierno que el primer amor siendo niño, las cosas eran a la vez muy simples pero muy complicadas, quizás por la cualidad extrovertida y a la vez tímida de los niños.

—Porque hay una chica que me gusta —confesó en un susurro.

Bill le guiñó un ojo y el niño escondió el rostro encendido apoyando la cabeza en la mesa, muerto de vergüenza otra vez.

—Se llama Ashgley, es muy bonita pero... tengo miedo de hablarle y que piense que soy tonto —le entendió Bill, porque seguía de cara a la mesa y sus palabras eran un murmullo que debió descifrar.

—Ah, hombre, pero tienes que hablarle, así nunca sabrás si siente lo mismo por ti.

—No soy un hombre, apenas soy un niño —se quejó en un gruñido Erwin—. Además a todas les gusta Friederich, porque es más alto y tiene ojos azules —alzó la cabeza—. Ojalá fuese como tú que tenías a todas las niñas detrás...

Bill rió.

—No dejes que te desanime, puedes intentar llevarte bien con ella, y darle tiempo al tiempo —le acosejó.

Seguramente el niño seguía resignado, pero asintió brevemente con la cabeza. En ese momento Natalie volvió a la mesa y se disculpó, pero había tenido que atender una llamada muy importante. Lamentablemente su hermana no podría cuidar a Erwin mientras ella se fuese a Frankfurt, de modo que estaba algo preocupada porque no sabía si encontraría una niñera en solamente dos días. Se pasó una mano por el cabello y suspiró, agobiada, pero cuando miró a su hijo ostentó una brillante sonrisa.

—Espero que no se hayan aburrido, corazón —le dijo a su hijo, disculpándose por la tardanza y cogiéndolo de la mano para que se levantara y pudieran irse.

El niño negó con la cabeza.

—No me aburrí, mami —aseguró con una sonrisa de felicidad y con voz emocionada agregó—. Bill me explicó que son los novios, y ahora ya lo sé —agregó con un tono de voz que demostraba sabiduría.

Natalie miró de soslayo a Bill y éste no supo como reaccionar. Si sonreír nerviosamente o encogerse de hombros, no hizo ninguna de las dos, se quedó con una expresión un tanto neutra en el rostro, esperando a que ella dijese algo. Pero simplemente sonrió.

—Y además hoy irá a ver a su novia —soltó de improviso y dedicándole a Bill una mueca burlona.

—¿En serio, Bill? —preguntó con una sonrisa de alegría la maquilladora—. ¿Por qué no me habías dicho?

Bill titubeó, quería darle una tunda a Erwin. Ina y él no eran novios, lo habían sido, pero ya no. Capítulo cerrado de su vida, había optado por lo mejor para ambos aunque ello le doliera.

—No te dije nada porque no tengo novia, Natalie —miró asesinamente a Erwin—. Solamente voy a encotrarme con una vieja amiga, nada más que eso.

La mujer estudió su expresión por unos breves instantes. Bill se sintió analizado hasta la médula, odiaba el sexto sentido de las mujeres para esas cosas, antes de que Natalie abriese la boca, sabía que se había dado cuenta que iría a ver a Ina. Algo en sus ojos debió haberlo delatado, en su expresión. Mas no debía sentirse avergonzado de nada, pero últimamente mantenía su vida privada en secreto, porque sentía que ya no la tenía, o que había perdido una gran parte.

—Ina, ¿cierto? —preguntó ella.

Asintió con la cabeza y ella simplemente sonrió.

—Hacían bonita pareja, por lo que me contó Tom...

—¿Entonces era tu novia y la dejaste? —replicó, interrumpiendo, Erwin. Había una inflexión dolida en su voz, como si se sintiese traicionado por la explicación que Bill le había dado—. ¿No era que quieres estar siempre con ella y protegerla?

Bill suspiró, los recuerdos emergían de su mente. Hubiera deseado seguir su noviazgo con Ina, pero ciertamente no podía hacerle algo como dejarla sola, no estar para ella por estar de escenario en escenario, no verla, nada de nada. No había podido privarla de que alguien le diese ese amor que merecía, por eso la dejó, porque era lo mejor para ella, para ambos.

—No es tan sencillo, Erwin —esbozó una sonrisa un tanto triste—. A veces tienes que dejar que la persona que amas se vaya de tu lado, porque estando contigo no tendrá el amor que merece porque no podrás dárselo.

—Pero, ¿qué pasa si quieres ayudar a alguien que amas y esa persona no quiere? —preguntó de repente el niño.

Natalie se adelantó a contestar.

—Lo haces de todos modos, Erwin —le dio una palmada en el hombro— porque amas mucho a esa persona y solamente quieres su bien, harás todo lo que puedas para que nada malo le ocurra y por ayudarla, no importa lo que tengas que hacer... te desvelarás si es necesario, te escabullirás, harás lo que sea...

Algo pareció cobrar sentido en la mente de Bill cuando escuchó las palabras de Natalie. Inmediatamente pensó en Tom. Casi se detuvo en seco.

¿Podía ser posible que...?

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—Sabe horrible —se quejó la chica de ojos color miel haciendo una mueca de asco—. No voy a tomarlo —se rehusó apartando la cara.

Anna bufó, hastiada por la actitud infantil de su amiga. Le había tocado la difícil tarea de hacer que Pauline comiese el almuerzo que le habían preparado en el hospital. Hubiera deseado por una vez que las películas y los libros no alimentasen ese mito de que la comida sabía mal. Suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—Pauli, no empieces con estupideces —la reprendió con voz cansina—. Además sabes perfectamente que tienes que comer...

La adolescente refunfuñó nuevamente y se cruzó de brazos, con el rostro crispado por el enojo. Se sentía incómoda en aquella cama de hospital, detestaba estar allí. Deseaba que le diesen el alta cuanto antes. Había terminado al borde de la discusión con el médico de guardia que la había atendido, un joven seguramente recién graduado, que intentó hacerla entrar en razón y que debía quedarse al menos un día más en observación, hasta que estuvieran seguros que la indigestión hubiese desaparecido por completo con ayuda del tratamiento y los antibióticos.

Anna cogió el control remoto del televisor de la mesita junto a la cama de su amiga y encendió el aparato. Estaba en el canal de la DW-TV, y al parecer hablaban sobre las bajas y las subas de los mercados europeos, la situación del dólar y la del euro, cosas económicas que le traían sin cuidado, en resumen, un tedio.

Su amiga había comprado una revista de chismes para pasar el tiempo, por lo que Pauline la tomó de la mesita y comenzó a hojearla. Hablaban mucho de los pasados EMA, en donde habían asistido artistas de todo el mundo. Dedicaban una carilla a cada uno, sobre todo a criticar el vestuario. Aburrida, siguió pasando las hojas. Se detuvo en seco en cuanto vio esa sonrisa: todo Tokio Hotel posaba para la cámara en la alfombra roja.

Sus ojos se detuvieron en los de aquel Tom Kaulitz de tinta y papel. No supo por qué se lo quedó mirando, había algo reconfortante en aquel color castaño de sus ojos, que le producía una sensación placentera... reconfortante.

Sintió un cosquilleo en el dorso de su mano, rememorando aquel suave roce de hacía un tiempo, con el que el muchacho había sabido calmarla y brindarle la sensación de protección. Sus labios cedieron a la mueca de fastidio para dar lugar a una sonrisa un tanto boba. Inconscientemente, deslizó uno de sus dedos sobre la mejilla de Tom en la fotografía.

—Bueno, veremos cómo va todo —pareció tronar una voz bonachona.

Pauline se sobresaltó y dejó caer la revista al suelo. Alzó la vista y vio al mismo médico que la había atendido hacía unas horas. Llevaba una planilla consigo, además de una expresión de terrible cansancio. Pauline se sintió culpable por haberle gritado. El joven procedió a interrogarla sobre sus síntomas en las últimas horas y luego de hacerle un tacto sobre el estómago para comprobar su estado, se despidió con un cordial saludo y deseándole una pronta recuperación.

Anna se acercó a la cama y se agachó para recoger la revista del suelo. Se dio cuenta en dónde había quedado al caer, pero no hizo ningún comentario al respecto sino que la tendió a su amiga para luego sentarse nuevamente en el pequeño sillón.

Vio nuevamente su rostro, su sonrisa, y algo la obligó a soltar la pregunta:

—¿Has hablado con él? —le preguntó a Anna, aún con la vista clavada en el papel.

Anna asintió.

—Lo hice, pero le dije que no se preocupara, que yo podía encargarme —respuso, sonriendo brevemente.

La desilusión se apoderó de Pauline. Quiso replicar, decirle que por qué había hecho eso, pero mantuvo la boca cerrada y se limitó a fruncir el ceño. Sin embargo, a Anna el gesto no le pasó desapercibido, y con una expresión maliciosa, no se quedó callada.

—¿Por qué? —preguntó inocentemente—. ¿Querías verlo? —agregó, en un tono que parecía decir "vamos, admítelo de una vez".

—No es eso... —saltó a la defensiva la chica—. Es que... yo, bueno, me extrañaba que... —su voz se perdió en un susurro, pues no sabía qué demonios decir.

Su amiga simplemente esbozó una sonrisa triunfante, que hizo que Pauline se pusiera nerviosa, enfadada, y al borde de ruborizarse. Vamos, ¿por qué reaccionaba así? Era el idiota de Kaulitz, el mismo estúpido que le había cagado la vida... y del que se había enamorado aquella noche de Agosto.

De haber podido, hubiera roto algo contra la pared de la rabia y la frustración; pero las sondas conectadas a su cuerpo se lo impidieron. Aún así, las sensaciones no mermaron, sino que aumentaban, sobre todo la frustración. La embargaba una extraña sensación de abandono, de ridiculez, de confusión... se suponía que lo odiaba, lisa y llanamente. Sin embargo, se estaba comportando como una quinceañera enamorada, ¿pero qué le pasaba? ¿aquella extraña bipolaridad había vuelto?

—Reconócelo —soltó Anna—. Lo quieres.

Pauline la fulminó con la mirada. Sus ojos parecían brillar de la rabia acumulada. Apretó la mandíbula y su labio inferior tembló a causa de la furia. Iba a contestarle cuando la puerta se abrió. Volteó enfadada para ver quién demonios se entrometía, y entonces las sensaciones fueron reemplazadas por la estupefacción. Él había llegado.


Perdonen la demora, estuve ocupadísima rindiendo exámenes y no pude actualizar antes. Espero que les haya gustado el capítulo, les he dado un poco más de la perspectiva de Bill con respecto al asunto y sus inferencias, esperemos que el leoncito no le haga tremendo lío a su hermano en el próximo capítulo... ¿ustedes qué dicen? xD Muchas gracias por leer :D

Kind Regards,

.Onryo.