Bueno, bueno, después de muchísimo tiempo me he animado a prolongar esta historia. La verdad es que surgió como un One-shot. De una conversación tranquila y apacible con Drehn, surgió una OTP como un camión. Hice el primer fic, Caricias Prohibidas y debido al aluvión de reviews (gracias a todas!!!) y de todas aquellas Story Alert que me llegaban... pues me he dicho, ¿por qué no lo continúas?

Es una locura, tengo abiertas como 4 historias... pero en fin, voy a tomarmelo con calma, que encima ahora quiero empezar mi nueva novela.

Espero que os guste y que os alegréis de que siga con la historia. ADEMÁS! busqué y casi no hay nada de esta pareja y lo que hay es muy light... ¬¬ (quiero leer James/Rose!!!) Este fic va a ser M, pero M M!!! tengo que volver al Lemmon YA!

El fic por entero se lo dedico a DREHN!!! porque sin ella, esta pareja apenas existiría!!! Un besito wapa!!! El título de este cap también es para ti!


El verano que iba a pasar casi en exclusiva en Grimmauld Place, resultó no serlo tanto. Rose tenía que admitir que aquella noche en la que había besado a su primo, había sido una de las más excitantes de toda su vida. De hecho, si se ponía a analizarlo con calma, tampoco es que se pudiera decir que Rose Weasley, la responsable, estudiosa y perfecta gryffindor, tuviera muchos más momentos como aquel con los que poder participar en la mayoría de las conversaciones de sus compañeras de habitación.

Sexo.

Todo, absolutamente todo, giraba alrededor de eso.

SIEMPRE.

Rose también se puso a recapacitar sobre las veces que tuvo que esquivar las preguntas fisgonas de Cate Stirling o su gran arsenal de excusas estúpidas pero recurrentes para abandonar la habitación a altas horas de la noche y así escapar de la indudable verdad: tenía catorce años y, mientras el resto de Hogwarts parecía vivir en una mega orgía constante, ella aún era una mojigata dedicada únicamente al estudio y rara vez al quidditch que tanto apasionaba a sus primos. Nada de chicos ni revolcones ni experiencias límite en las mazmorras a la hora de dormir. Al colegio se iba a estudiar y eso, para la ahora desgracia de Rose, era lo que ella hacía.

La joven resopló.

-¿Estás bien, cariño?

Rose se volvió hacia su padre que cargaba su baúl y el de Hugo en el Expresso de Hogwarts. Ron se giró de nuevo y cogió una jaula con una lechuza pequeña y moteada del carro y también la metió en el tren. Tras esto, se dedicó por completo a su hija.

-Llevas toda la mañana callada y eso no es muy normal en ti. ¿Te ocurre algo? –le preguntó preocupado al tiempo que se acercaba a ella y le daba un beso fugaz en la frente.

Cuando Rose por fin pudo librarse del abrazo de oso de su padre, se separó un poco y lo miró sonriendo. Por muy bruto e intransigente que a veces pudiera resultar Ronald Weasley, auror de primera orden, siempre adoptaba ese aire perdido y despistado cuando preguntaba por la vida "íntima" de sus hijos.

Ella le devolvió el beso en la mejilla.

-Estoy bien, papi.

-Pero…

-Nervios –él la miró interrogativamente. –Ya sabes, volver a la rutina, las clases, los exámenes, la lucha entre casas…

Así que era eso… Podría haber sido peor. Chicas, pensó Ron. Siempre haciendo una montaña de un pequeño grano de arena.

-Bueno, tú tranquila. Siendo hija de quien eres, no tendrás problemas en ninguna de esas áreas. –le revolvió el cabello. –Mira, por ahí vienen tus tíos.

Ron se separó un poco de su hija y salió al encuentro de su hermana y su cuñado. Los Potter al completo llegaban un poco apurados, como siempre. Como a Ron y a Hermione les gustaba recordar con un poco de añoranza, la puntualidad nunca fue uno de los grandes dones del famoso Harry Potter.

-Ey chicos, apurando hasta el último minuto, ¿eh?

Ginny fulminó a su hermano con la mirada.

-Harry creyó buena idea venir en coche atravesando Portobello en plena hora punta –el aludido bufó con disgusto. –En fin, lo importante es que ya estamos aquí y el tren, gracias a Morgana, aún no se ha ido.

Rose se acercó al grupo con una sonrisa radiante.

-Tía Ginny, Padrino –saludó. Luego se asomó un poco y vio al resto de sus primos cargando sus baúles. –Albus, Lily… James.

La joven Weasley se esforzó porque el último nombre sonara lo más natural posible. Aquella noche, al comienzo del verano, no acabó quedándose en la mansión de Harry. En el último momento, cuando estaba a punto de mentirle a su madre, se arrepintió. Un poco de cordura se abrió paso con fuerza entre el aturdimiento que le producía el deseo con el que había bajado de la habitación y se rajó. James era su primo, gritaba en su cabeza. Su primo carnal. Habían crecido juntos, como hermanos. Él le había contado mil y una historia sobre los goblins que vivían en el jardín de la abuela Molly, le había tirado del pelo muchas más veces de las que podía recordar, le había explicado a ella y a su prima Lily por primera vez lo que significaba la palabra sexo (aunque Rose sospechaba que todo había sido una broma con Teddy), le había ofrecido su primer y único cigarrillo… habían vivido y compartido demasiadas cosas juntos. Demasiadas como para ahora tirarlo todo por la borda por una simple noche que ni ella estaba segura de querer pasar con él.

Tenía que admitirlo. Aquella misma noche de verano, mientras su madre la observaba expectante y esperaba a que ella le dijera lo que tenía que decirle, tuvo miedo. Más que eso, estaba a aterrada. Traspasar la frontera de la infancia y meterse de lleno en la madurez sexual, prohibida e incestuosa, era muchísimo más de lo que su cerebro siempre racional podía soportar. Así que hizo lo moralmente correcto y lo que cualquier gallina haría en su lugar. Se marchó con sus padres de vuelta a casa. Sin decir nada, sin despedirse de James, dejándole tirado en su habitación esperándola. Jamás habían hablado de lo que sucedió después de que ella se marchara. Rose no se atrevía a preguntarle y sospechaba, con cierta angustia, que James tampoco estaba muy por la labor de contestarle. De hecho, nunca más habían vuelto a sacar el tema. James había vuelto a ser su primo James y ella la mojigata Rose Weasley. Sólo había una ligera diferencia entre el ahora y el antes de la noche D, ninguno de los dos volvió a escuchar los Rolling Stone.

-Hola, Rosie –le devolvió James el saludo con una sonrisa blanca y radiante.

Y eso le dolió a Rose más que si el chico le hubiera retirado la palabra que se merecía que le retiraran. Las pocas veces que se había vuelto a ver con James, él no daba muestra alguna de acordarse siquiera de aquel beso tan íntimo que compartieron, por no hablar de… lo otro. Su primo era condenadamente encantador, como siempre lo había sido con todos los demás. Ya ni siquiera mostraba la molestia que solía producirle que ella le atosigara en su habitación. Nada. Rose había sido relegada de la noche a la mañana al montón de gente normal, ese con el que había que comportarse por inercia. Había perdido, a ojos de James, eso que la hacía especial y no estaba demasiado segura de que pudiera volverlo a recuperar.

-Rose –la muchacha se giró hacia su tía Ginny. -¿Dónde están Hermione y tu hermano?

Ella se alzó sobre las puntas de sus pies e intentó encontrar a los susodichos entre la gente.

-Creo que fueron a buscar a Luna y a los gemelos –contestó no muy convencida y volvió a recuperar su estatura normal.

-Bueno, pues ya vendrán entonces. ¡Mira! Ahí están.

Ginny se reunió con Hermione a mitad de camino de donde estaban todos los demás. Los chicos ya habían terminado de subir las cosas al tres y ahora Harry y su padre eran los que habían desaparecido. En busca del profesor Longbotton como Rose pudo comprobar más tarde.

La morena se acercó a Lily. Ella iba a iniciar su cuarto curso en Hogwarts y Rose el quinto y aunque ambas estaban en Gryffindor, lo cierto es que tampoco eran las grandes amigas que se esperarían de ellas. No es que se llevaran mal, ni mucho menos. Había pocas personas a las que Rose quisiera más que a su prima y viceversa, pero sus caracteres eran demasiado distintos como para que pudieran congeniar. Mientras Rose era silenciosa y retraída, Lily era abierta, chillona y algo salvaje en ocasiones.

-Esta vez creí que no íbamos a llegar –soltó la pelirroja. –Papá incluso tuvo que hacer un poco de Abracadabra a mitad de camino. A mamá casi le da un infarto. Creo que un par de muggles nos han visto.

-¿Qué ha sido esta vez?

-El coche del abuelo Arthur nos dejó tirados a mitad de camino. Esa chatarra casi nos deja en tierra.

Rose se echó a reír. Adoraba la espontaneidad de su prima Lily. La pelirroja jamás se andaba por las ramas y la envidiaba por ello.

-¡Por Merlín! ¿Ese es Scorpius Malfoy? –Rose se giró y se dejó arrastrar al lugar donde miraba su prima con la boca abierta y los ojos desorbitados. -¿Qué demonios le ha pasado y por qué tiene ahora el pelo más negro que Albus?

-¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos? –las dos chicas se sobresaltaron cuando Albus les pasó los brazos por los hombros, colgándose de ellas. El chico no tardó en localizar el punto alborotador, de hecho, si lo que Scorpius Malfoy pretendía era crear un golpe de efecto en cuanto los alumnos de Hogwarts lo vieran, lo había conseguido.

Un murmullo generalizado se elevó por toda la estación, acompañado de la estridente carcajada de Albus.

-¿Qué demonios se le pasó por la cabeza a esa serpiente cuando se hizo eso en el pelo? A maneras mucho más estúpidas de llamar la atención.

Rose no contestó a la pregunta de su primo, demasiado ocupada viendo a la ravenclaw rubia que se había acercado a James y que no paraba de reírse y flirtear con él.

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El discurso de bienvenida de McGonagall se estaba eternizando. A Rose no le parecía más que verborrea todo lo que aquellos labios fruncidos y aquel semblante siempre serio estaban diciendo.

"Bienvenidos a Hogwarts, bla, bla, bla…"

Todos los años era lo mismo. Rememorar viejas glorias, apelar a al orgullo propio del león y a la astucia de la serpiente para saber reconocer las posibles pruebas que nos esperaran más adelante… La mayoría de los presentes serían capaces de recitar de memoria aquel discurso si alguien se lo pidiera. Minerva McGonagall, directora del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería más prestigioso, no era una oradora demasiado entregada.

La parte del Sombrero Seleccionador fue más movidita y rápida. Total: nueve alumnos nuevos de primero en gryffindor. No estaba nada mal si se tenía en cuenta que habían sido la casa con menos alumnos nuevos en los últimos años.

-Me muero de hambre –susurró su primo Albus a su derecha. -¡Por Merlín! Que se llenen las bandejas de comida de una vez.

-¡Cállate Albus! –le reprendió su hermano mayor. –Si te esperas unos minutos más, podrás comer todo lo que te dé la gana.

-Relájate, James –contraatacó el moreno. -¡Joder! ¿Por qué ese imbécil de Nott no para de mirar hacia aquí?

Tanto Rose como James se volvieron al unísono hacia la mesa de Slytherin. Tal y como había dicho Albus, Julian Nott los observaba, o mejor dicho observaba a Rose, desde el otro lado del comedor. Junto a él, Scorpius Malfoy murmuraba algo rápidamente con una expresión contrariada en el rostro. El rubio, ahora moreno, también le lanzaba alguna que otra mirada asesina y fulminante a medida que Julian contestaba a sus preguntas.

-¿Qué mira ese imbécil? –volvió a demandar Albus. –Como no pare, se estará buscando una bludger en todo su careto en el primer partido que tengamos.

James los miró a ambos de soslayo, centrando a continuación en Lisa McCarthy una gryffindor de sexto junto a él.

-Relájate, Albus. Nott es amigo de Rose.

¡Mierda!

Sí, lo había dicho y por si eso no fuera suficiente había usado su tonito. Rose miró a su primo asombrada. Se suponía que lo de Nott y ella era un secreto. Un secreto que le había contado únicamente a James, creyendo que su primo jamás lo traicionaría y él lo había soltado así, como si tal cosa. Y no a alguien cualquiera, sino a Albus, posiblemente el león más chismoso de toda la manada.

¿Cómo demonios había sido capaz de hacerle eso?

Albus se volvió hacia ella con los ojos abiertos como platos y los labios en forma de "O". Rose lanzó una última mirada de odio a su primo y se enderezó en el banco, mirando directamente a las dos serpientes que seguían sin quitarle los ojos de encima.

-¿Qué ha querido decir James con eso, Rosie?

-Come pollo, Albus –fue la contestación de ella.

El chico se giró hacia las bandejas de comida que, efectivamente, ahora estaban llenas. El moreno comenzó a servirse todo lo que estaba a su alcance.

-No creas que se me va a olvidar esto, Ro –agregó llevándose un tenedor lleno de puré de calabaza a la boca.

-Estoy segura que no –murmuró la joven para sí.

Luego, para sorpresa de ella misma y más aún para la de James que no le quitaba ojo de encima mientras seguía hablando con McCarthy, Rose saludó con una sonrisa a Nott. El chico, satisfecho, se volvió hacia sus compañeros, volviéndose de vez en cuando para la mesa de los leones para comprobar, con cierta satisfacción, que la morena seguía buscándole con la mirada.

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-Bien chicos, tened presente que las escaleras del castillo no paran de moverse, por lo que el camino a la Torre Gryffindor cambiará cada vez que intentéis llegar hasta aquí. No os preocupéis, en un par de días será pan comido.

Nueve pares de ojos miraban a James como si lo que estuviera diciendo fuera lo más interesante y más maravilloso del planeta.

-Os presento a la Señora Gorda –el retrato hizo una reverencia a los recién llegados. –Ella será la puerta de entrada a nuestra sala común, procurad no olvidar la contraseña u os tendréis que quedar aquí hasta que venga otro gryffindor. Estad atentos porque solemos cambiar la contraseña por cuestiones de seguridad. Siempre podréis venir a alguno de los prefectos y preguntarnos. La primera es: snitch voladora.

La Señora Gorda les deleitó con un solo de soprano antes de abrirse y dejarlos pasar. Los niños entraron en estampida y subieron corriendo a sus habitaciones, como si algo dentro de ellos los guiara y les dijera a dónde tenían que ir. La Sala Común de los leones estaba bastante concurrida en ese momento, llena de viejos amigos que trataban de ponerse al día sobre el verano que habían pasado.

Junto a la chimenea, James divisó al equipo de quidditch casi al completo. Jodhi Wood terminó séptimo el año pasado y había dejado una vacante de cazadora que James, como capitán del equipo desde el año pasado, tendría que suplir en las próximas semanas. El chico los miró con pesar. Lo que menos le apetecía ahora eran las risas y las conversaciones estúpidas que tendría que mantener con ellos. Desde la cena, su humor había empeorado a pasos agigantados y el chico sospechaba que eso tenía que ver con su prima.

-¡Ey Capi! ¡Acércate! –le gritó Robertson desde el otro extremo de la sala.

James recompuso su sonrisa más servicial y amigable y se acercó a ellos. A medida que los minutos pasaban, el fuego se consumía y los alumnos se iban en grupitos cada uno a su habitación. Los últimos en quedarse en la sala fueron Robertson y él mismo. Incluso Albus, el insaciable, se había ido a la cama hacía ya un rato.

-Escocia ha sido una pasada, tío –le decía Patrick desde el sillón en el que estaba sentado. –Tengo un par de primos allí y nos lo hemos pasado de leprechaun en leprechaun, no sé si me entiendes.

El rubio estalló en una carcajada. James sólo le devolvió una sonrisa de medio lado.

-Esas pelirrojas… Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué has hecho este verano? ¿Has quedado con McCarthy, Jameson o… cómo se llamaba esa morenita de hufflepuff?

-Mio Chang.

-Sí. Esa. ¿Habéis quedado?

El moreno fijó su mirada en las llamas casi consumidas. ¿Debería decirle la verdad a su mejor amigo? ¿Decirle que había sido incapaz de quedar con ninguna tía después de un encuentro fortuito con su prima pequeña? No. Por supuesto que no podía decirle tal cosa. ¿Qué demonios iba a pensar de él después de eso? Sin duda que estaba enfermo, entre otras muchas cosas no necesariamente agradables.

-Han sido unas vacaciones muy familiares –fue lo que dijo. –A mi madre le entró la paranoia de "la familia unida".

-Joder tío, pues lo siento. Venga no te preocupes, este curso podrás recuperar todo el tiempo perdido estos meses. Estamos en séptimo y en el equipo de quidditch –el chico bostezó. –Nos vaticino a ambos un curso bastante movidito. Y ahora me voy a la cama, estoy molido.

Robertson se levantó y se dirigió a las escaleras.

-¿No vienes? –le preguntó girándose en el primer escalón.

-Ahora subo –le contestó James sentándose en el sillón que su amigo había abandonado.

-Como quieras.

Patrick se encogió de hombros y siguió su camino escaleras arriba, dejando a James sólo con las pocas llamas casi extintas de la chimenea. Por fin solo, suspiró. Estaba enfadado y seguía sin saber muy bien por qué. En las últimas semanas, se había estado convenciendo a sí mismo que lo de desear a su prima y convertir ese deseo en algo más era un completo error. De hecho, debía dar las gracias a los hados porque Rose se hubiera ido aquella noche a su casa sino no sabía que hubiera ocurrido. Aunque conociéndose y aceptando el calentón que él mismo llevaba encima, hubiera ocurrido algo muy poco decoroso y familiar.

Sí, hasta ahí lo comprendía todo. Entonces… ¿por qué se había molestado tanto aquella noche por ver a ese imbécil de Nott mirando a su prima? Porque ella sólo era eso, sólo podía ser eso, su prima. Nada más.

¡Maldita sea!

El suave sonido del cuadro de la entrada al cerrarse lo sacó de su ensimismamiento. Con una parsimonia inaguantable, se giró en el sillón para ver quién era el listo que venía a aquellas horas. El propio James había vuelto demasiadas veces tan tarde en la noche como para saber dónde se había metido quien quiera que estuviera a punto de entrar. Hogwarts estaba lleno de demasiados pasadizos olvidados, demasiadas aulas oscuras y silenciosas… y gracias al mapa del merodeador que James le había robado a su padre hacía un par de años, el moreno se los sabía todos.

James sonrió en señal de compañerismo masculino, pero cuando el castaño de quinto que esperaba ver resultó ser Rose, su (prima) Rose, la sonrisa se le congeló en el acto.

-¿Qué haces tú aquí? –preguntó en cuanto fue capaz de controlar el impulso de gritar y despertar a todos los alumnos de su casa.

La niña miró alarmada por toda la sala común tratando de encontrar el cuerpo de donde provenía la voz.

-¿James? –musitó.

-Junto a la chimenea.

Rose se acercó hasta él. La niña tenía el pelo alborotado y los labios magullados. Él intentó hacer como el que no había visto nada.

-¿De dónde vienes?

La morena se sentó en el apoyabrazos del sillón junto al de su primo.

-No creo que eso sea asunto tuyo, Jimmy –le contestó tranquilamente.

-Soy prefecto de esta casa. No, espera. Soy el prefecto de séptimo y tu primo mayor, así que… déjame pensar. Sí, creo que eso me da derecho a preocuparme y querer saber en dónde te metes a las tres de la mañana.

Ella suspiró.

¿Así que ese era ahora el juego, no? A falta de uno real, ahora James se comportaba como si fuera un hermano mayor.

-No estoy preparada para tener un hermano mayor, James. Me voy a dormir.

-Quédate un rato, Rose. Anda –él la cogió de la mano. –Hace mucho que no hablamos.

La joven no se movió de su sitio.

-Esto se parece a las noches que pasábamos en mi habitación hace dos veranos.

-Sí, salvo que estamos en un castillo impresionante y no tenemos aquí tu iPod lleno de música.

James se giró y le sonrió suavemente a Rose. Él también estaba cansado.

-Anda, vámonos a dormir. –sin soltarse de su mano, la arrastró tranquilamente hacia las escaleras del cuarto de las chicas. –Sé con quién has estado… ese imbécil de Nott no te ha quitado ojo durante la cena y os he visto hablando a la salida del Comedor.

-James…

-No tranquila –llegaron hasta el extremo de la escalera, por donde ni James ni ningún otro gryffindor masculino podían subir. –Te conozco Rose y sé lo que piensa tu cabecita. Quieres una relación normal, quieres poder integrarte con tus amigas, quieres ir de la mano con alguien por los pasillos, tener una pareja para el baile de navidad… Y no pienso interponerme en eso. –James le besó ligeramente la frente mientras ella era incapaz de decir nada. –Pero también sé lo que siento yo y si no hago esto ahora, no lo haré nunca.

Sin previo aviso, el muchacho agarró a su prima por los brazos y la acercó a sí mismo. Ante la sorpresa inicial de su prima, él la besó. Hundió su mano derecha en el pelo de ella y su lengua entre sus labios rosados y calientes. Ella trató de resistirse un momento, pero en cuanto dejó de pensar y empezó a sentir aquellos brazos tan masculinos rodeándola, aquellos labios besándola, aquel olor embriagándola… se dejó llevar.

James fue delicado pero exigente. Y comenzó a exigir aún más en cuanto notó la colaboración de Rose y los brazos pálidos de ella enroscándose en su cuello.

De repente, James se separó de ella y se deshizo de su abrazo. Rose tardó un par de segundos en ubicarse en el tiempo y el espacio, aún aturdida por el torrente de sensaciones que aquel beso le había despertado.

-¿Por qué…? ¿Por qué has hecho eso?

-Para que pienses en mí cada vez que se te ocurra la estupidez de ir a besarte por ahí con Nott.

El chico se giró 180º grados y comenzó a dirigirse hacia su propia escalera. Rose lo agarró del brazo antes de que se alejara demasiado.

-Dime algo, James. ¿Piensas seguir jugando conmigo el resto del curso o esta noche alguna de tus amiguitas te ha dejado con el calentón y tenías que apagarlo de alguna manera?

Él la miró duramente.

-Seguiremos jugando, Rose, pero tú serás la próxima que mueva ficha.

-Espera sentado, Jimmy.

-Eso ya lo veremos.

Y con una gran muestra de dignidad, la morena se giró sobre sus talones directa a su habitación, donde la esperaba una cama demasiado confortable que ahora mismo la llamaba a gritos. James se quedó mirándola hasta que desapareció entre las sombras y sonrió para sí mismo.

Semanas de autoconvencimiento para nada. Después de aquel beso que se habían dado, James había abierto la puerta hacia el infierno y de una forma y otra, ambos iba a cruzarla.


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