Nuevo fic. Espero que les guste. Habrá contenido algo más "adulto" a medida que pasen los capítulos, pero por ahora el rating es T. Se aceptan críticas, sugerencias y lo que quieran :)

Disclaimer: Los personajes le pertenecen a JKR y a la WB. The rest is mine.

Sin más para agregar, el chap.

Enjoy!

Elianela


La Corporación

Parte I: Bienvenida a la jungla

Si tuviera que hacer la lista de las cosas que más odio en el mundo, levantarme temprano seguramente ocuparía uno de los primeros diez puestos.

Apagué el despertador como un autómata, exactamente igual que como lo hacía todas las santas mañanas. Mi migraña de la noche anterior no había desaparecido, lo que confirma que los analgésicos no funcionan en mi organismo, sino que se había incrementado. Levanté la cabeza con brusquedad de entre la maraña de almohadas y sábanas, obteniendo a cambio un mareo terrible.

Para completar este horrendo panorama, mi teléfono móvil comenzó a chillar en ese mismo instante, con un tono especialmente irritante que yo misma había seleccionado para usarlo como "despertador suplente" en caso de que éste fallara o, más factible, que yo no lo oyera y siguiera dormitando como una marmota.

¿Cuántos pasos deberé emplear desde la cama calentita hasta la cómoda? ¿Diez, doce quizás? No, mi habitación no es tan grande. Bien, Hermione, hazlo. Eres fuerte, vamos.

A regañadientes, me calcé mis pantuflas preferidas y caminé con lentitud hasta el desordenado mueble. Junto a una polvorienta fotografía de mis padres, se hallaba el malvado aparatito. Reprimiendo las ganas de estamparlo contra el piso, descubrí a pesar de la somnolencia que no se trataba del despertador, sino de una llamada entrante.

- ¿Hola? – balbuceé, seguido de un bostezo.

- Hermione Jean Granger, si aprecias tu vida laboral, ¡trae tu lindo trasero a la oficina ahora mismo!

Eché un vistazo al reloj de pared de la cocina, una pelota de fútbol con una extraña sonrisa. Me pregunté cómo alguien podía sonreír a esas horas de la mañana, aunque fuera un objeto inanimado como aquel. Y luego me acordé de que había dejado a Ginny esperando al otro lado del teléfono.

Ginny Weasley, veintiséis años. Es mi secretaria y mejor amiga. Nos conocimos en la universidad y desde entonces nos hemos hecho amigas inseparables. Lloramos juntas, reímos juntas, vemos horrendas películas juntas y muchas cosas más que suelen hacer las mujeres solteras de nuestra edad. Yo me encargué de conseguirle un trabajo en la empresa, y en agradecimiento ella se ha empeñado en comprar toneladas de ropa y zapatos que no uso y en presentarme a casi todos los hombres disponibles de Londres. La mayoría resultan ser gays, pero no me quejo para no herir sus sentimientos. Es como una hermana para mí.

Sí, es una hermana, la quiero mucho y etcétera. Pero, ¿en verdad hacía falta tanta aspereza a las siete de la mañana?

- Gin, tranquilízate – me imaginé en el acto a mi amiga con la cara como un tomate y los puños apretados. Seguramente había mucho trabajo en la oficina - ¿Qué es tan urgente como para que tenga que estar allá una hora antes?- quise saber, quitándome una lagaña del ojo

- Malfoy padre regresó de la convención en Tokio y quiere verte, señorita perezosa. Dice que si no estás aquí para las ocho menos diez, que te olvides de lo que tiene para proponerte.

- Maldición. ¡Estaré allí en veinte minutos!

- No prometas cosas que no puedes cumplir, Hermione. Adiós.

Sin tiempo a devolverle el saludo, corté la llamada y encesté el teléfono en la cartera a medio armar que yacía a los pies de la cama. Las palabras "Malfoy padre"y "proposición" sonaban demasiado tentadoras como para dejar pasar aquella oportunidad. Me metí en el cuarto de baño y abrí el grifo con celeridad, luchando por quitarme el pijama a continuación.

Mi trabajo como subgerente del área de Recursos Humanos en la corporación Malfoy y asociados no era de vital relevancia que digamos, pero afortunadamente el salario me permitía pagar las expensas y el alquiler del pequeño departamento en el que vivía, a las afueras de Londres. Viéndolo desde afuera, dirían que no tenía mucho de qué quejarme ya que vivía cómodamente y me daba mis gustos de vez en cuando, pero en el fondo no me conformaba con un puesto tan minúsculo. Sabía que había estudiado y me había capacitado para algo más grande, quería demostrarles a mis superiores que servía para una posición elevada. Quería formar mi propia empresa y triunfar, ser exitosa. No por nada me había graduado con honores.

Dejé que el agua tibia corriera por mi piel, despabilando los músculos y domando mi cabello… un momento, ¡el agua se estaba enfriando! ¡Dios, no hoy! Había olvidado llamar al plomero por aquel problema, y si lo hacía en ese momento, no tendría dinero para pagarle después. Terminé de asearme como pude, maldiciendo a las cañerías prehistóricas del edificio, y tiritando de frío corrí hasta el armario.

Oh, difícil decidir qué ponerse en una ocasión así. Una duda entre mostrarse demasiado provocativa, a lo femme fatale, o disfrazarse de la Novicia Rebelde si cree que con eso causará una buena impresión. Además, surgen los problemas típicos: qué pantalón te disimula esos rollitos de más en las caderas, si te depilaste arriba de la rodilla como para usar una falda o cuál de tus trajes favoritos es el que todavía no has llevado a la tintorería para quitarle la mancha de café.

Después de deliberar tanto como el tiempo me lo permitía, me decidí por un pantalón de vestir color beige, a juego con la chaqueta ceñida a la cintura, y una camisa blanca que, si mal no recordaba, había recibido de todo menos elogios por parte de mi pelirroja amiga. En cuanto a los zapatos, utilizaría la vieja táctica del "corre como alma que lleva el diablo". Usaría mis lindas y semi destrozadas zapatillas de deporte hasta llegar a la oficina y una vez allí, las sustituiría por unos coquetos y dolorosos tacones negros, apropiados para la ocasión.

Arrojé todo el equipamiento en mi cartera sin preocuparme por el orden o lo que llevaba, y contemplé por última vez el caos de mi hogar antes de irme.

Déjalo, sabes de sobra que los animalitos del bosque no van a venir a limpiar. Ordenarás luego, ¡ahora VETE!

Las siete y media. Me felicité a mi misma por mi eficacia al mismo tiempo que bajaba por las escaleras mecánicas del subterráneo apartando a quien se cruzase en mi camino, y una vez que me encontré dentro del vagón, el traqueteo me puso a pensar en lo que me esperaba.

¿Qué clase de propuesta querría hacerme el señor Malfoy? Sólo lo había visto un par de veces, al cruzármelo por los concurridos pasillos de la oficina, pero nada más. Él y yo trabajábamos en plantas diferentes y nos movíamos en ámbitos diferentes: él pertenecía a las altas esferas de la sociedad londinense y yo vivía a diez cuadras del barrio municipal Ravenknoll, lo que es decir un lugar pobre entre los pobres. No se me ocurría que podía querer el presidente de una corporación multinacional con filiales en más de cincuenta países, conmigo, una simple empleaducha.

Todo era muy extraño. Demasiado. Observe el reloj una vez más y el alivio recorrió mis facciones ojerosas. En cinco minutos más, estaría allí.

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- Draco, ¿cuántas veces tengo que decirte que no toques esa escultura? Pagué por ella más de lo que costó toda tu educación, así que mantente lejos de ella o irás a nadar al Támesis.

- Perdón, padre. Pero tienes que entenderme, estoy demasiado aburrido – respondió arrastrando las palabras a la vez que arremetía contra un juego de ajedrez de cristal - ¿Cuánto tiempo más vamos a tener que esperar a la persona que va a robarme el puesto de director? – ironizó el joven jugueteando de manera indolente con la reina y el rey.

Lucius frunció el ceño. Odiaba ese retorcido sentido del humor, si de esa forma podía llamársele, que poseía su único hijo. En ocasiones le reprochaba su desfachatez sin medida, pero secretamente aclamaba su temple y su carácter. Personas como Draco Malfoy eran aptas para dirigir la compañía, por lo que él estaba moviendo todos los hilos posibles para que, una vez retirado él, su hijo lo sucediera en el poder.

No obstante, era más sencillo de decir que de hacer.

De una zancada, el hombre ágil y esbelto que se encontraba ante él abandonó uno de las mullidas sillas colocadas delante de su escritorio, y pasó a ocupar su nueva y preciada adquisición. Un sillón con centro de masajes que le había salido una pequeña fortuna, con fines descontracturantes y cuyo único usuario era él. Claro que a Draco eso le importó poco y nada.

- ¿No ves que yo también estoy muy estresado? Tanto trabajar me vuelve loco… - se excusó con una luz de picardía en los ojos, apoyando las manos sobre la nuca. Lucius soltó una risa sardónica.

- Si tus viajes a Saint Tropez, las cenas en el Ritz y los miles de dólares gastados en Sotheby´s son considerados trabajo, entonces te envidio, hijo mío – comentó fingiendo despreocupación.

- Permíteme gozar la vida, ¿sí? – la cara de perrito abandonado de Draco no convencía a nadie y mucho menos a su padre – Hay que disfrutar cada día como si fuera el último, papá. No como tú, que prácticamente vives aquí – la burla conllevó un matiz de reproche.

- Gracias a que yo "vivo en la oficina", tú vas de viaje en viaje - se justificó Lucius – Y por cierto, ¿qué fue de Brenda?

- Es Glenda, no Brenda – corrigió Draco sin mucho interés en el asunto.

- No, Draco. Es Brenda y me la presentaste hace sólo una semana – el aludido enarcó las cejas - ¿Ya la olvidaste?

- Me temo que sí. Era demasiado… - buscó la palabra apropiada sin sonar desmedidamente vulgar - ¿cómo decirlo?

- ¿Zorra? ¿Prostituta? ¿Hueca? ¿Pechugona? – enumeró Lucius observando el reloj por decimoquinta vez en el día.

- Creo que una pizca de todos – Draco cerró los ojos, adentrándose en sus recuerdos. Más precisamente, en los recuerdos de la noche anterior en la que había roto con la tal Brenda.

Las mujeres son tan predecibles. Al principio te adoran, luego se convierten en tus esclavas sexuales y si te largas, eres el mayor desgraciado del planeta. ¡Qué difícil es lidiar con ellas!

- Dime, querido primogénito - el tono de voz del Malfoy mayor era todo menos cariñoso - ¿cuánto le costará a la compañía esta separación?

- No te preocupes, ya lo tengo todo bajo control – el joven se incorporó como si lo hubiese recorrido una descarga eléctrica y se aproximó al escritorio nuevamente – Tendremos que darle el departamento de Kensington Road…

- ¿El nuevo? – Lucius habló de él como si fueran a hacerle una operación de próstata.

- Sí, ese – para Draco no era más que un pisito de diez mil euros al mes – más una pensión lo suficientemente generosa como para que ella no ande divulgando detalles un tanto… escabrosos.

Tuvo ganas de formar un escudo con sus brazos como cuando era pequeño y su niñera lo regañaba por destruir los hermosos rosales que Narcisa tanto cuidaba. Lucius parecía a punto de estallar.

- Draco…

- ¡Astoria llamó a las tres de la mañana desde Puerto Vallarta y Brenda atendió! ¿Qué querías que hiciera, enviar una lechuza mensajera a México para que no me contactara?

El hombre suspiró con hastío ante la actitud de su hijo. Las agujas de su reloj de muñeca indicaron el tiempo que faltaba para la cita con Hermione Granger.

- Martha, avísale a Weasley que si Granger no viene en menos de diez minutos está despedida – comunicó con voz monocorde a su secretaria por medio del teléfono. Dicho esto, colgó con un ademán brusco y se puso de pie. Draco dejó el mensaje de texto a medio escribir para imitar a su padre y ponerse a buen resguardo de él. Si lo conocía bien, sabía que se avecinaba una regañina de las grandes.

Esto se va a poner feo.

- Ven, hijo mío – Lucius lo invitó a acercarse haciendo un gesto con la mano derecha. El joven obedeció, sintiendo como si se dirigiera a la guillotina – Déjame explicarte por qué hago tanto hincapié en la mejora de tu comportamiento.

- Padre, quiero expli… ¡Ouch!

- Estoy tratando… - Malfoy padre había tomado a Malfoy hijo por una oreja y ahora estaba jalando de ella con todas sus fuerzas. Draco pensó que iba a arrancársela si seguía tirando de ese modo – de que ocupes mi lugar lo antes posible. He hablado, amenazado, despedido y pisoteado a quienes se opusieran a mi decisión, pero todavía falta la junta directiva. Ellos están totalmente en contra de que tú seas el presidente. ¿Sabes por qué?- la voz de Lucius se había transformado en un escalofriante siseo.

El joven tragó saliva por toda respuesta, moviendo la cabeza de un lado a otro tanto como la mano de su padre se lo permitía. Éste dejó que una sonrisa maquiavélica asomara a sus labios finos.

- ¿No lo sabes? Entonces te lo explicaré por medio de un ejemplo más, digamos… gráfico.

Lucius empujó fieramente a Draco contra la puerta de su oficina, haciéndola temblar tal como si fuera a salirse de los goznes. El muchacho jadeó, pidiendo a los cielos porque la persona que estaba esperando su padre llegara en cualquier instante y lo salvara de morir de otitis.

- Esos endemoniados bastardos te consideran un mocoso malcriado. Y están en lo cierto – lo miró durante un segundo, desafiándolo a emitir una réplica – Creen que posees demasiados privilegios dentro de la empresa y que tengo que incluir a otros empleados dentro de las posibilidades. Alguien más responsable y con los pies sobre la tierra.

- ¡Yo puedo ser más responsable que cualquier idiota de por aquí! – farfulló Draco al verse liberado del castigo de Lucius.

- Lo sé- admitió el otro, sonriendo satisfecho – Pero me están presionando demasiado, entiéndelo. No ven con buenos ojos todos tus escándalos y tus problemas de faldas – el joven desvió la mirada adrede hacia otro lado, concentrándose de repente en una inexistente mancha en la pared – Por lo tanto, si deseas conservar tu pellejo y tu fideicomiso intactos, tendrás que ser un niño bueno de ahora en adelante.

Lucius aguardó un segundo, evaluando el impacto que su discurso había causado en el joven, y a continuación abandonó la habitación con un portazo digno de las heroínas de las telenovelas. Draco permaneció en silencio, meditando sobre lo que acababa de escuchar.

Puede que mi padre tenga razón. Aunque sea en un uno por ciento.

Si no fuese por esos buitres, a estas alturas ya sería amo y señor de la corporación Malfoy. Pero no, ahora se las dan de solidarios y quieren que otro zángano venga a ocupar el lugar que me corresponde por derecho. ¡Si supieran lo duro que he trabajado para…

Bueno, bueno. Quizás no he trabajado tan duro, pero de ninguna manera pueden negarme que me haya encargado de la publicidad magníficamente. Gracias a mí, la empresa es lo que es a nivel mundial.

Por eso, les voy a demostrar a mi padre y a la junta directiva, parvada de ineptos Les demostraré que puedo ser responsable y eficiente. Ya lo verán. Yo seré quien consiga ese puesto, como que me llamo Draco Malfoy

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- ¡Por fin, Hermione! El señor Malfoy pasó de camino a la oficina de la Bruja Mayor y amenazó con enviarte de una patada a la China si no llegabas puntual – resopló Ginny al borde de un ataque de nervios. Me hubiera compadecido de ella si no hubiese estado en la misma situación.

- ¿La Bruja Mayor también está involucrada en esto, dices? – sentí como el estrés se acumulaba en mi rostro al tratar de quitarme las zapatillas, que parecían amarradas con candado - ¡Ayuda por aquí, Gin!

Para los que no saben, la Bruja Mayor es Bellatrix Lestrange. Ella forma parte de la junta directiva de la corporación junto con el chupasangre de su marido, Rodolphus. Ambos tienen la palabra dinero tatuado en los ojos, y no me sorprendería que hubieran tratado de matar a Malfoy padre en un par de ocasiones en las que tuvo problemas de frenos con su automóvil último modelo o caídas "accidentales". En lo que respecta a la Bruja, se ganó ese mote a fuerza de despedir a todas las nuevas secretarias que le asignaran. Ninguna dura más de diez días en el puesto. Además, como si no fuera poco, trata a todo el mundo como si fuera la Suprema Dictadora del Universo y tiene un gusto pésimo para vestir. ¡Ni que fuera Morticia Addams, por todos los cielos!

- ¿Te maquillaste? - inquirió Ginny, aferrando un lápiz labial cual metralleta.

- ¿Bromeas? No tuve tiempo ni de respirar – bufé.

Se limitó a pasar el lápiz labial y luego un poco de rimel sobre mis pestañas mientras murmuraba algo acerca de mi despertador y el vestuario. Cuando terminó, se dispuso a intentar acomodar mi espesa mata de cabello castaño de forma que quedara presentable, al mismo tiempo que miraba por encima de mi hombro la puerta del ascensor, presa de una ansiedad evidente.

- Listo. Ahora luces como un ser humano – agregó esbozando una sonrisa sin despegar la vista del ascensor.

- Gracias por todo, Gin. Ahora debo irme – mi esófago estaba hecho un nudo marinero, pero no por eso iba a flaquear - ¡Deséame suerte! – exclamé, procurando sonar lo más segura de mí misma posible.

- ¡No, Hermione! ¡Que te deseen suerte es de mala suerte! - protestó una cabeza rubia que se asomaba por debajo del escritorio contiguo.

Esa es Luna Lovegood, alias "Lunática Lovegood". Tiene la misma edad que Ginny, pero su inocencia y su personalidad son las de una niña de ocho años. Cree en todos los mitos y supersticiones existentes: no hay que pasar por debajo de las escaleras, ni romper los espejos, ni derramar la sal y un largo etcétera. La mayoría de los empleados piensan que está un poco chiflada y hasta los he oído cuchicheando a sus espaldas, cosa que me encargué de solucionar haciendo un par de maldades en conjunto con Ginny a esos pobres idiotas. Luna es una de mis amigas más leales y sinceras, además de ser una persona maravillosa. Sólo tienes que dejar de lado sus excentricidades y conocerla un poquito mejor.

- ¿Qué estás haciendo ahí abajo? – Ginny y yo nos mordimos los labios al unísono para contener la risa.

- Bellatrix me mandó revisar todo este piso en busca de un pendiente que se le cayó – justificó con los ojos entrecerrados, moviéndose rápidamente de un lado a otro cual agente de la CIA – Aunque me parece raro, ya que cuando la vi tenía los dos aretes bien puestos – agregó rascándose la coronilla

¿Olvidé mencionarlo? Luna es la única persona a la que Bellatrix le dirige la palabra, aparte de los de la junta y de Rodolphus el Murciélago. Simplemente porque es su secretaria y obedece cualquier orden. Incluso las más descabelladas.

- Levántate, Luna - le ofrecí la mano y ella la tomó gustosa. Se golpeó la cabeza al salir de debajo del escritorio pero no borró su sonrisa - Tienes que aprender a discernir entre las tareas dignas de un asistente…

- … y los mandatos de esa arpía con sífilis en el cerebro – completó Ginny con la barbilla alzada. Reconocí esa expresión de vanidosa reina de la belleza en el acto.

- ¿A quién viste? ¿Tu decimocuarto ex novio? – bromeé.

No contestó, sino que posó sus manos diminutas a ambos lados de mi cara y la giró para que pudiese ver a la persona que estaba entrando en ese mismo instante. Mis ojos saliéndose de las órbitas y la sonrisa presuntuosa de Alexandra fueron todo uno.

- ¿Qué demonios está haciendo ella aquí? – masculló mi pelirroja amiga por lo bajo.

Alexandra Rowls Chesterfield Huntington. Veinticuatro años, rubia natural, piernas kilométricas y una sinceridad aplastante. Tiene una especie de hechizo magnético a su alrededor que hace que todo hombre con niveles normales de testosterona y los huevos en su lugar correspondiente aúlle al verla pasar y derrame litros de saliva. Sin embargo, ella ha despreciado a cada uno de los que han reunido el valor suficiente para acercársele. Su vida es un misterio del tamaño de Júpiter. No habla con ningún empleado excepto con su superior inmediato, así como tampoco despierta la simpatía de las mujeres de la empresa debido a su aspecto. Tema que a ella parece importarle poco y nada. Proviene de una familia aristocrática muy antigua, su padre es caballero de no sé que orden y posee miles de títulos nobiliarios. Ergo: está nadando en una pileta olímpica de dinero.

- ¡Buenos días, Alexandra! – saludó Luna, probablemente creyendo que había retrocedido en el tiempo y estaba dándole la bienvenida a su dulce y tierna maestra de jardín de infantes. Tanto Ginny como yo les enviamos miradas asesinas. A ambas.

- Lo mismo digo, Lovegood – respondió sin mirarnos. Se dirigió hacia el final del pasillo con su andar de supermodelo, dobló el recodo y se perdió de vista. La reacción de mis amigas fue dividida: Luna abrió los ojos con sorpresa y Ginny extendió su dedo mayor en la dirección en la que se había ido Alexandra.

- ¡Oye! - tomé el dedo y lo devolví a su sitio - No hay necesidad de ser tan grosera. ¿Qué te ha hecho para que la odies tanto?

- Respirar el mismo aire que yo – contestó secamente – Ahora vete, que vas a llegar tarde.

- ¡Cierto! ¡Adiós, muchachas! ¡Nos vemos! – las saludé con la mano. Tenía que caminar hasta el ascensor que se encontraba del otro lado, subir dos pisos y caminar un poquito más para llegar a la oficina de mi jefe. Todo eso, subida a unos tacones de ocho centímetros que parecían salidos del vestuario de un travesti. ¿Podría lograrlo?

Antes de partir, volteé para verlas. Luna sostenía un trozo de metal en la mano y daba pequeños saltitos, mientras que la otra intentaba explicarle que ése no era precisamente el pendiente perdido de Bellatrix.

Una sonrisa pequeña se asomó en mis labios. Si todo iba mal con Malfoy, ellas estarían allí para apoyarme.

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Draco contempló su propia oficina con aire crítico. Demasiados cuadros espantosos, demasiada luz, demasiado de Lucius en aquella habitación. Cogió su moderno teléfono móvil, el cual descansaba sobre el escritorio de vidrio, y marcó un número con aire resuelto.

- ¿Qué se le ofrece, señor Malfoy?

- ¿Desde cuándo me tratas de usted? – frunció el ceño al mismo tiempo que se revolvía el pelo en un gesto seductor. Imaginó la expresión sarcástica de su secretaria y amiga y esbozó una mueca.

- Desde que me llamaste a las tres de la mañana para pedirme que alquilara "Paris y sus tres conejitas" porque, según tú, "no tenías a nadie que te curara el insomnio". Ni te imaginas la cara del tipo que me entregó la película. Seguramente creyó que era, no sé, lesbiana o algo así.

- ¡Ah, lo recuerdo! – replicó Draco enjugándose las lágrimas de la risa– No me hablaste por una semana y tuve que enviar una serenata romántica a tu departamento, ¿te acuerdas de eso?

- Perfectamente, por eso no te dirigí la palabra por un mes. Pero ya basta de esto. Cierra el arcón de las memorias y desembucha.

- Un momento – el hombre enarcó una ceja - ¿Cómo supiste que iba a pedirte algo?

- ¡Es que eres tan sutil, que te pasas de la raya! – el comentario se oyó cargado de ironía.

- Ja, ja – apretó los labios fingiendo enfado - ¿Quieres darte prisa? ¿En dónde estás?

- Aquí.

Si Draco conocía a una mujer que sabía hacer de sus llegadas una escena altamente impactante, ésa era Alex. Con sus botas negras de caña alta, sus piernas enfundadas en unos vaqueros del mismo color y una camiseta que resaltaba su figura esbelta, causaba sensación. La mujer apartó su cabello de un hombro hacia otro delicadamente, para después cerrar la puerta tras de sí.

- Cariño, vas a matarme de un infarto si sigues apareciendo así vestida – Draco se aproximó a ella con ínfulas de seductor y Alexandra se apartó justo a tiempo – Todavía sigo considerando que estás demasiado buena para ser mi amiga.

- Ni lo sueñes, oxigenado – cortó en seco la retorcida proposición mediante una ademán de su mano derecha. En la izquierda cargaba infinidad de carpetas y papeles, los pendientes de Draco para ese día- ¿Ya te han presentado a tu contrincante? – preguntó en tono de niñita inocente. Él, por toda respuesta, le sacó la lengua. Ella debió darle la espalda y morderse el puño para no lanzar una risotada en sus respingadas narices.

Esperen un segundo.

¡Ella sabe quién es el condenado! ¡Alex lo sabe pero no quiere decírmelo, maldita embustera!

- Alexandra Apellido Interminable – odiaba que la llamara de esa forma y por eso empleó esa táctica para sacarle la información – ¡vas a decirme ya mismo quién rayos es "mi contrincante" o de lo contrario, te echaré de patitas en la calle! – trató de infundirle pánico pero no lo consiguió. Ella era sin lugar a dudas, una chica difícil de amedrentar.

- Ni tus peores y más patéticos insultos van a hacerme hablar, rubiecín. Además, tú no eres lo suficientemente cojonudo como para despedirme – y otra vez estaba en lo cierto. Era dependiente físico y emocional de Alexandra, lo que significaba que no la despediría nunca, ni siquiera a punta de pistola. Odiaba eso. Todas las veces en las que mantenían una discusión como ésa, ella salía ganando.

Draco decidió adoptar un tono zalamero y persuasivo, pero no hubo caso. Probó la psicología a la inversa, y tampoco dio resultado. Su secretaria, inmiscuida en los asuntos laborales, le prestó poca o nula atención a sus desesperadas intentonas. Optó entonces por hundirse en su sillón y esperar a que se apiadara de él.

- ¿Quieres un cuchillo o algo filoso para cortarte las venas, o prefieres tirarte por la ventana? Debo admitir que lo primero es más doloroso, así que te conviene la opción b – rió de su propio chiste.

- Púdrete, Alex. Eres malvada y no quiero ser más tu amigo – repuso con un mohín.

- Eso solía funcionar cuando teníamos tres años y yo no quería prestarte mis muñecas, pero ya no – tomó asiento sobre el escritorio, colocándose frente a él – Draco, nos conocemos prácticamente desde que nacimos y te quiero con toda el alma a pesar de tus defectos. Dejando esto de lado, tienes que entrar en razón y hacerle caso a tu padre… ¡Mírame cuando te hablo, tonto! – protestó al ver cómo el hombre giró su butaca, dándole la espalda.

- Olvidaba que eres la presidenta del club de fans de mi padre – ironizó desde su escondite – Cuando lo veas, pídele un autógrafo para mí.

- ¿Qué te sucede, estás indispuesto o qué? – contraatacó, dando vuelta la butaca giratoria bruscamente y sentándose a horcajadas sobre él. El semblante afligido de Draco cambió en cuestión de milésimas de segundo – No puedes huir de tus obligaciones constantemente, ¿sabes? Tendrás que enfrentar lo que venga con la cabeza en alto. Que no te vea indefenso, porque va a manejarte a su antojo – deslizó la yema de su dedo índice sobre la mejilla de él, en un rapto de inusitada ternura.

- Pero si me dijeras quién es el desgraciado, tal vez yo podría…

- ¡No, no y no! De todas formas vas a enterarte ahora mismo, así que si yo te lo digo ahora, perdería la gracia – se excusó zarandeándole la barbilla –Lávate los dientes antes de irte, apestas a whisky. - quiso levantarse para seguir con sus tareas, pero las manos grandes y blancas del hombre apegadas a sus muslos se lo impidieron.

- ¿A dónde vas con tanta prisa, Alex?

- A trabajar – forcejeó para liberarse, pero Draco era más fuerte que ella - Es lo que tú tendrías que empezar a hacer, para variar – él no aflojaba y Alexandra comenzaba a irritarse - ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No me acostaría contigo ni aunque me regalaras la mitad de tu fortuna.

- ¿Y si te la doy toda entera? – sugirió Draco a medias lujurioso e infantil.

- Tampoco. Me basta y me sobra con la mía – agregó con una nota de arrogancia en la voz. Draco la dejó ir finalmente y se incorporó para arreglarse la ropa.

- Yo soy el hombre perfecto para ti, preciosa. Algún día vas a caer en la cuenta de eso, pero será demasiado tarde para entonces – presagió sonriéndose. Alex lo ignoró, a sabiendas de que lo decía como una simple broma. Una broma que formaba parte de su catálogo exclusivo. Códigos entre ellos que muchas veces excluían a terceras personas de la conversación y que volvían loco a Lucius.

En la oficina se rumoreaba por lo bajo un supuesto romance entre Draco y Alexandra, pero los pocos privilegiados que conocían realmente a ambos eran capaces de afirmar su amistad poniendo las manos en el fuego. Su manera de tratarse, rayana en la intimidad absoluta, era lo que parecía incomodar a sus colegas.

- Date prisa, precisamente hoy no quiero quedarme hasta las diez trabajando en tus informes – aclaró a la vez que caminaba hacia la puerta – Tu padre está esperándote.

- ¿Alex?

El bajo volumen de su voz más el tono lastimero le dio a entender que Draco le haría una petición, que por más que gritara y pataleara, no podría rechazar.

- ¿Sí?

- ¿Me harías el nudo de la corbata?

Alex rió con ganas. Draco Malfoy era un misógino arrogante, pero era su amigo y eso no cambiaría jamás.

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¡Estúpidos tacones y estúpida Ginny! ¿Cómo fui capaz de gastar un porcentaje de mi sueldo en ellos? Qué tonta fui.

Bien, aquí es.

Oh, oh. ¿Cuál es la oficina de Lucius? Hay tres puertas. Me siento como en esos programas de televisión en los que tienes que elegir entre la lavadora, el secador de pelo y el regalo sorpresa. ¿Es que a nadie se le ocurre poner plaquetas con el nombre de los ocupantes? No, claro que no.

Ta, te, ti… mmm, no, no va a funcionar. ¡Demonios! Piensa, Hermione. Analízalo. No desesperes.

Al diablo. Yo golpearé en ésta y que sea lo que Dios quiera.

A la una, a las dos y a las…

- Hola, señor Malfoy. Un placer conocerlo, yo soy Hermio…

- ¡TU!

O sea que ésa no era la puerta indicada. En vez del imponente hombre que me sobrepasaba en altura una cabeza y media, se apareció frente a mí una versión más joven de él, vestido con un traje de diseñador completamente negro y mirándome como si fuese parte de una repugnante subcategoría humana. La bienvenida cordial que solté de carrerilla y que había memorizado de camino hacia allí le causó mucha gracia, al parecer.

- ¿Y a ti quién te dio vela en este entierro, Malfoy? – le espeté, pispeando por encima de su hombro en busca de mi jefe.

- Por si no lo recuerdas, cabeza hueca, MI padre es el dueño de todo esto – señaló con la mano derecha su despacho como si estuviese vendiéndome un apartamento – Así que estoy en todo mi derecho de pasear por donde se me dé la gana.

-Muy bien, felicitaciones. Ahora déjame pasar, que tu querido papi me ha mandado llamar – quise apartarlo de la entrada pero no se movió ni un milímetro, el muy maldito. Al contrario, sonrió de tal forma que parecía el Guasón y me empujó suavemente hacia fuera, con la fuerza suficiente como para hacerme retroceder un paso.

.- Qué pena – pretendí lamentarme mientras volvía al ataque. Por algo Ginny me llama Zapato: si no la gano, la empato – Creí que al terminar la universidad ibas a marginarte de la sociedad e irías a vivir a una de esas mansiones que tienes desperdigadas por el mundo.

- Pues ya ves que no. No soy como tú, que tendrías que trabajar durante tres vidas para poseer la cuarte parte de lo que yo tengo, pero me gusta ser responsable – presumió dándose aires de gran señor.

- Sí, lo que digas. ¡Mira, se te salió un botón!

- ¿Dónde? – el narcisismo irrefrenable de ese grandísimo zonzo jugó a mi favor, por lo que aproveché ese instante en el que se puso a saltar y a chillar como niña chiquita para escabullirme y entrar en la oficina.

- Muy graciosa, Granger. No volveré a caer en eso otra vez – se juró a sí mismo cerrando la puerta de un golpazo. Tomó asiento en el mullido sillón de su papá, mientras que yo me limité a caminar alrededor de la habitación, admirando el buen gusto del hombre por la decoración. Paredes en tonos claros, pinturas de artistas famosos, reproducciones de esculturas. Lucius Malfoy era todo un mecenas.

- Se mira y no se toca, ¿capisce? - me detuvo su voz carrasposa en el momento en el que iba a acercarme a una lámpara de pie que tenía pinta de ser muy antigua, y por ende costosa.

- Capisce, imbécil. De todas formas no iba a tocarlo - mentí suelta de lengua. Si algo había aprendido a lo largo de los años que había padecido a aquel engendro del demonio, era que mientras menos razones le diera para molestarme, él no se metería conmigo.

Claro, faltaba presentarlo a él.

Draco Malfoy, veintisiete años. Alias: el estúpido más grande de todo el planeta Tierra, el Sistema Solar y la Vía Láctea. Es muy guapo, se viste bien, es inteligente y hablador y además tiene un don natural para seducir mujeres. A simple vista el muchacho más encantador que hayas conocido, pero se transforma en Lucifer una vez que lo conoces mejor. Eso sería… unos cinco minutos después de que te lo presentaron. Misógino, déspota, presumido y unos cuantos adjetivos más lo califican a la perfección. Hace y deshace a gusto y piaccere con el dinero de papá Malfoy, tiene igual cantidad de amantes y tarjetas de crédito y no se interesa por nadie más que por él. Fin de la presentación.

Ah, lo olvidaba. Alexandra es su secretaria y amiga de la infancia. Podría incluir también en su currículum que es el presidente ejecutivo de la Comisión Nacional de Idiotas, a quienes conocerán más adelante.

- Buenos días, señorita Granger – di un respingo al sentir una mano cálida pero firme sobre mi hombro. Giré y allí estaba, ni más ni menos que Lucius Malfoy. Mi jefe.

Glup. Es bastante más intimidante en persona que en fotografías, sin duda.

Creo que el miedo se hizo presente en mi cara, porque el engendro me dio la espalda abruptamente y vi cómo sus hombros se sacudían. Luchando por recuperar la compostura, estreché su mano sin poder prestar atención a lo que me decía y respondiéndole con muchos "claro" y "sí, señor"

-Tome asiento, por favor - me indicó con un gesto cortés. Obedecí por un acto reflejo. La primera impresión de él estaba resultando estupenda, nada que ver a lo que todos decían en mi planta acerca de su tiranía y su trato casi dictatorial hacia sus subordinados.

Hasta aquí, todo va bien. Creo que podré trabajar cómodamente aquí.

- Draco, a tu lugar – había llegado mi turno de reírme, y así lo hice. Por supuesto que de manera disimulada, no quería que me echaran de allí antes de haber sido contratada. Draco se desplomó en la butaca contigua, bufando como buey en celo y lanzándome miradas de soslayo de tanto en tanto. Negué con la cabeza.

No necesito de tus dardos envenenados, reverendo estúpido. Sé perfectamente que me odias, tanto como yo te odio a ti

- ¿Desea algo de beber, señorita Granger? ¿Café, té? – me preguntó en tono cordial. Tuve ganas de soltar un gritito, de pura emoción. ¡Quién lo hubiera dicho! Lucius Malfoy, todo un caballero.

- Un café, por favor – pensé que sería de mala educación rechazar la oferta, aunque no tenía sed alguna. A mi lado, Malfoy junior no paraba de retorcerse. Seguramente estaba nervioso por el hecho de enfrentarse a mí, que obviamente me hallaba mucho más capacitada para el puesto que él. Mi autoestima y mi ego crecieron algunos puntos.

¿Conocen el dicho "no cantes victoria antes de tiempo"? Yo debería haber meditado un poco en aquel lema.

- Martha, tráenos dos cafés y… Draco, ¿deseas algo?

- Sí, padre. Quiero que saques a la personificación de la peste bubónica de aquí, ahora mismo – fue la genial contestación del engendro. Como correspondía (y en un gesto que hizo que me agradara aún más, al menos hasta ese momento) su padre lo ignoró y le dedicó una patada por debajo de la mesa. Cortó la comunicación y se acomodó en su sitio, dispuesto a iniciar la charla. Contuve el aliento.

Recuerda, Hermione. Siéntate derecha, no hables de más y por lo que más quieras, ¡no dejes que tu mal genio se apodere de ti!

- Supongo que querrá saber la razón por la que la cité.

- A decir verdad, sí – respondí con franqueza. Era algo que venía carcomiéndome por dentro desde que Ginny me había llamado temprano ese día.

- Iré directo al grano, señorita. Pero antes… - cogió el teléfono nuevamente y la expresión amable de su semblante se desdibujó – Martha, quiero esos cafés ahora, no dentro de dos milenios. Gracias.

Ok. El caballero está empezando a transformarse en ogro.

- Como le iba diciendo, señorita Granger. La junta directiva ha decidido nombrar un nuevo director general. – asentí, sintiendo como la excitación trepaba por mi pecho – Una persona con metas, determinada a conseguir lo que quiere. Alguien capaz de llevar esta compañía a buen puerto, ¿me sigue?

- Por supuesto – mi sonrisa era de lo más bobalicona en aquel momento, pero no me importó. Estaba anonadada por lo que acababa de oír. ¿Yo, directora general?

- Los ejecutivos estuvieron evaluando el desempeño de los jóvenes profesionales en todas las áreas, durante dos semanas. Luego de hacer los análisis correspondientes, la seleccionaron a usted como la mejor alternativa para…

- ¡Estaré encantada de aceptar, señor! - escupí, dejando escapar mi alegría contenida.

Nota mental: NUNCA hables sin pensar, o actúes antes de pensar, o como sea.

Comprendí que había cometido un error al ver la incredulidad latente en el rostro de ambos Malfoy. Dado que me había levantado de un salto en mi ataque de euforia, volví a la butaca balbuceando disculpas incoherentes. Deseé que la tierra me tragara en ese mismo instante.

Lucius tomó el teléfono nuevamente, y yo agradecí que hubiera hecho caso omiso de mi locura. Draco comenzó a jugar con su móvil.

- Despreocúpese, Granger – dijo sin mirarme – Es comprensible que… ¡MARTHA! – tanto Draco como yo nos sobresaltamos, el engendro contemplando a su padre como si éste fuese a darle un paliza - ¡Te pedí dos malditos cafés, no el monte Everest! Mueve tu grande y peludo trasero de tu escritorio y tráelos AHORA. – colgó con tanta violencia que pensé que iba a hacer trizas el teléfono.

Está confirmado. ¡Es un ogro!

- Retomemos la conversación, ¿sí?

Para esas alturas, lo que más quería era irme corriendo y no regresar en un buen par de años, pero por alguna razón que desconozco asentí, sin bajar la vista. Había aprendido mi primera lección para una buena convivencia con ese hombre: no mostrarte insegura en ningún momento.

- Con el fin de obtener este empleo, tendrá que someterse a un período de prueba de dos meses, aproximadamente. La junta procederá a examinarla durante ese lapso de tiempo, y al final determinará si usted, o la persona que también va a estar a prueba, va a conseguir el puesto.

Asentí otra vez, mecánicamente. El globo se había desinflado un poco en mi interior, pero la esperanza permanecía intacta, al igual que mi autoestima. No se me cruzó por la cabeza quién de todas las personas en la empresa podía estar a mi altura como para competir conmigo y vencerme. En ese momento, me juré y perjuré a mí misma que quien ocuparía el cargo de director general sería yo. Haría polvo a la piltrafilla que se me pusiera delante.

Sí, lo sé. Me creí Dios, Alá, Mahoma y Buda, todos juntos.

- Señor, pecando de indiscreta quiero preguntarle algo.

- Adelante - Lucius había recuperado la amabilidad, mientras que Draco continuaba absorto en "Will contra los Pelegostos", su videojuego del móvil.

- ¿Quién es la persona que estará a prueba junto a mí, señor? – quizás soné muy desesperada, pero era la pura verdad. Tenía que tener a mi oponente en el punto de mira.

Algunas personas abren los ojos cada mañana, se levantan y desean que ése sea el día en el que su vida cambie para siempre. Esta clase de deseos casi nunca se cumplen.

Por otro lado, el día menos pensado te despiertas pensando qué vas a cocinar para la cena y a los dos segundos, recibes una noticia que sacude tu mundo y lo da vuelta en un santiamén. Ahí es cuando tu vida cambia para siempre.

Este era uno de esos días. Con la única diferencia que yo no sabía ni a del asunto-

- Yo. Tu peor pesadilla, Granger.

Draco Malfoy. Draco el Imbécil Supremo Malfoy.

Está bien. Olvidemos lo de la piltrafilla.


Espero que les haya gustado. Ya saben: críticas, sugerencias, etc.

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Gracias por leer!

Elianela