Lo único que puedo decir es que mis compromisos personales fueron los causantes de la tardanza, pero aún así no lo justifica. Simplemente, perdón por el retraso.

Espero que les guste. Y ya lo saben: se aceptan críticas, sugerencias y lo que gusten.

Sin más preámbulos, el chap.

Enjoy!

Elianela



¡Bah! Todos los hombres están locos.

- Repítelo, porque no lo creo. ¿Qué mi hermano hizo qué?

- Lo que oyes. Igual no es para tanto, Ginny. Quizás no le gusté tanto como para que sintiera ganas de llevarme a la cama.

- En ese punto te equivocas, y mucho. A juzgar por la forma en que te miraba… todas las pistas apuntaban hacia una noche salvaje.

- De cualquier forma, eso no me interesa ahora. Es tu turno.

- ¿Mi turno? ¿De qué?

Ah, así es Ginny. Da quinientos mil rodeos hasta que te lo termina contando con pelos y señales.

- Ya sabes de lo que te estoy hablando. No te hagas la tonta, que somos pocos y nos conocemos mucho.

- Está bien, está bien. Luego de cenar…

- Sí, sí, esa parte ya me la sé. Se restregaron impúdicamente en nuestras narices, después llegó el taxi y se esfumaron.

- Bueno – su garganta comenzó a flaquear, como solía hacerlo cuando estaba nerviosa por algo – me llevó a su departamento. Es muy bonito, la verdad. Pero dime, ¿cuál es el origen de esa enfermiza obsesión por el fútbol? Porque, honestamente, toda esa decoración me pareció…

- ¡Ginny!

-Ya, prosigo. Hablamos de todo un poco – sus mejillas se encendieron. Menuda mentirosa estaba hecha.

- Sí, claro. ¿Qué temas tocaron? ¿Nietzsche, la gravedad del cambio climático o la economía del país?

- Muy graciosa. No voy a contarte los preliminares ya que no tuvieron nada sumamente especial.

Eso me resultó algo extraño, y de repente comencé a sentirme incómoda en presencia de mi amiga. ¿Consideraría a Harry uno más en su lista? ¿Lo dejaría pasado un tiempo, cuando él estuviera lo suficientemente embobado por ella?

Maldije en silencio el miedo a la pérdida de la libertad de mi amiga y los enamoramientos de adolescente de él. No quería que ninguno de los dos sufriera; no obstante, reconocía demasiado bien los gestos de Harry para saber que, si todo llegaba a terminar mal, él sería el más perjudicado.

- Hermione, ¿estás bien? Te quedaste mirando a la nada…

- Sí, Gin. No es nada. ¡Continúa!

- ¡Eso hago! Ayudaría que me prestaras algo de atención, ¿sabes? En fin, como te estaba diciendo, él se quitó los pantalones y… ¡Guau! No sabes el tamaño que...

- ¡GINNY! ¡Habíamos quedado en que me lo ibas a contar todo, pero censurado!

- ¡Lo siento! Es que tenía que contárselo a alguien, es impresionante – llegada a este punto, Ginny se perdió en sus recuerdos con una sonrisa ganadora plasmada en su rostro. Yo aproveché la pausa en la charla para terminar uno de los informes, y estaba a punto de comenzar con el otro cuando su carraspeo me llamó la atención.

- Tu turno.

- Ya te lo conté todo – y ni por esas iba a revivir el bochornoso momento de la noche anterior - ¿Qué más quieres saber?

- Quiero saber qué demonios vas a hacer con mi hermano. Porque mi móvil no ha parado de vibrar en toda la mañana, y si sigo ignorándolo va a mandar a una patrulla especial a arrestarme por molestar a una autoridad pública.

- ¿Te ha hablado de mí? ¿Por qué has esperado hasta ahora para decírmelo?

- Ajá – otra vez su sonrisa de diablilla al ataque – Con que estas tenemos. No te enojes, Hermione. Sólo estaba esperando el momento apropiado. Si tanto te interesa, te paso el número y continúan conversando.

Apreté los labios con disgusto. Ron estaba lejos de ser mi tipo de hombre ideal, pero se le acercaba bastante. Además, salvando ese pequeño instante de estupidez marca Granger, la noche había transcurrido bastante bien. Le arrebaté el teléfono de la mano, más para desterrar ese brillo de suficiencia de sus ojos que por otra cosa, busqué el número de su hermano en el directorio y lo guardé en mi semidestruido móvil.

- Listo, ya está. ¿Feliz?

- Yo sí, y mucho. El que no va a estar muy contento que digamos es Malfoy. ¿De que se trató ese jueguito de"hermano mayor posesivo" entre tú y él? Parecía a punto de explotar – inquirió mi amiga, un ojo en mi dirección y otro en la computadora portátil de mi propiedad que reposaba sobre la mesa de trabajo.

- No lo sé – mi voz sonó como un graznido. Antes, la sola mención de ese idiota hacía que mi tono se elevara cinco octavas y se crispara de la rabia: ahora, también se crispaba, pero por algo diferente.

- Si me lo preguntas a mí…

- No te lo he preguntado - la corté en seco. Conocía de antemano la estupidez que iba a salir de sus labios, ya que yo estaba pensando lo mismo aunque no quisiera admitirlo.

- ¿Y crees que eso me importa? Malfoy está celoso, Hermione. Te vio ayer en el restaurante y los ojos se le salían de sus órbitas.

- Eso no es cierto – la ceja alzada de Ginny me comunicó que mi sonrojo era furioso – Malfoy sería el último hombre en la Tierra en sentir celos de alguien como yo. Soy un poquito diferente a las de su tipo, por si no lo sabías.

Eso era un hecho. Yo no contaba como mujer para él, sólo era una come libros que lo mejor que tenía para hacer un sábado a la noche era ver repeticiones de comedias apoltronada en el sofá.

- Las personas cambian, cariño – dijo en plan Madre Teresa. - ¿Acaso voy a vivir lo suficiente para ver el momento en el que ustedes dos, par de cabezotas, olviden sus diferencias y empiecen a tratarse de manera civilizada? – se lamentó cerrando los ojos melodramáticamente. Preparé la réplica en la punta de la lengua, pero en ese instante la puerta de nuestra "oficina", a falta de un nombre más apropiado, se abrió de par en par y Alex ingresó, contoneando sus caderas de forma natural y despreocupada. Cómo hacía para moverse como una supermodelo incluso caminando sobre brasas, era un misterio para mí.

- Malas noticias, Granger. Black está aquí, y quiere vernos a todos en la planta baja. Dice que ellos llegaron aquí primero, y que los únicos que tienen derecho a instalarse son nada más ni menos que los de su equipo.

Sirius Black. Edad desconocida, sin embargo, algunas revistas del corazón le atribuyen más años de los que aparenta. Es el presidente y dueño del holding Black y asociados, la principal competidora de la corporación Malfoy. La rivalidad entre él y Lucius ha sido de público conocimiento desde que el mundo es mundo, y los trabajadores de la empresa tienen terminantemente prohibido mantener cualquier tipo de relación con los de la suya. Locuras del jefe, si vamos al caso. Nunca lo vi en persona, a excepción de las dos o tres fotos que vi en una de las revistas que Luna guarda celosamente en su gabinete, así que no recuerdo a la perfección su rostro. Pero su conducta extravagante y sus gastos aún más estrambóticos ya me lo dicen todo.

- ¿Y qué se supone que hagamos? – pregunté, aparentando conservar la calma.

- El departamento legal está en camino con los contratos de compra y venta y los respectivos telegramas para Black y su séquito. Lucius está poseído por el diablo y también se encuentra en camino, y nosotros todavía estamos repletos de trabajo - dicho esto, lanzó un vistazo camuflado de desinterés hacia nuestro amplio escritorio cubierto por pilas de papeles y carpetas, engorro que yo misma me había encargado de ordenar. Su cara se transformó en una mueca de desesperación durante un segundo, pero luego se recompuso y volvió al semblante confiado y enigmático de siempre - ¿Cómo van ustedes?

- Bien – esta vez Ginny fue la que respondió, poniéndose de pie y mostrando las garras – Ya casi terminamos, nos faltan los datos sobre seguridad y…

- De eso nos ocupamos nosotros, Weasley – interrumpió Alex con una sonrisita – De todos modos, gracias por preocuparte. Y, Granger – me examinó de pies a cabeza con aire crítico – deshazte de esa camisa antes de que nos reunamos con Black, pareces una puritana.

Se retiró con el mismo ímpetu con el que abrió la puerta antes de que yo pudiera agregar algo más. Me volteé hacia mi amiga esperando ver indignación, pero para mi sorpresa, ella estaba desabrochándose la blusa.

- Cuando Alexandra tiene razón, tiene razón.

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- Estos planos son incorrectos, Remus. Esa viga no tendría que estar ahí, es sumamente inseguro… esto es un desastre. ¿Quiénes son los responsables aquí? Recuérdame que llame a Lucius más tarde, le va a encantar…

Una carcajada resonó en la estancia venida a menos que conformaba la planta baja. Me amedrenté ligeramente ante la posibilidad de ser humillada por el señor Black, mas lo descarté pronto. No me conocía de nada, no tenía ningún derecho a menospreciarme por el simple hecho de pertenecer a la empresa contraria. Si osaba emplear alguno de sus comentarios irónicos contra mí o Ginny, iba a vérselas conmigo.

Descender por las destartaladas escaleras fue todo un desafío. Gracias al cielo, ese día había recapacitado y había vuelto al calzado cómodo que solía usar en el trajinar diario. Quizás los zapatos no eran de un diseñador costoso, pero me gustaban y eso era lo importante. A mi lado, Ginny rumiaba incoherencias dirigidas a la melena rubia que se balanceaba dos escalones más abajo. Yo también había clavado mi mirada en una melena rubia, que no era precisamente la de Alexandra.

Luego del desagradable episodio que había tenido lugar en la limosina aquella mañana, Malfoy siquiera me había mirado. Parecía estar tratando de… ¿evitarme? Eso sí que era difícil de creer.

Ugh, se nota que esta blusa no es de mi tamaño… Si me inclino dos centímetros todos van a verme hasta el alma. ¡Maldita Alexandra y su sentido de la moda!

¡Cuidado! Malfoy te mira por el rabillo del ojo, disimula y procura que no te atrape, por favor.

- ¿Granger?

- ¿Qué quieres, Malfoy? – articulé como un autómata. Me había tomado desprevenida.

- ¿Es normativa de la empresa vestirse como una zorra? Porque no recuerdo que mi padre te lo haya pedido ayer, a menos que hayas decidido emplear… otras tácticas para obtener el puesto de director, ¿me equivoco?

- Tírate a un pozo, Malfoy.

Era obvio.

Era más que obvio. Él, Draco Lucius Malfoy, jamás se interesaría por mí hasta llegar al punto de ponerse celoso. Yo no significaba ni significaría nada para él más que basura, alguien a quien pisotear y humillar hasta que le suplicara misericordia.

¿Qué clase de pensamiento estúpido se me había cruzado por la cabeza? En ese momento, con las lágrimas a punto de brotar de mis ojos y las mejillas de un tono escarlata intenso, me sentí la reina de las idiotas. Se ve que mi autoestima no se encontraba en un nivel óptimo ese día.

- Hasta que al fin llegan, Draco – espetó el señor Black a modo de saludo.

¿Es que todos los hombres con los que trabajo tienen que ser condenadamente guapos?

Sí, ya sé que yo no trabajaba con Sirius Black, pero podría decirse que ambos pertenecíamos al mismo ámbito laboral. ¿Qué más daba? Ese no era el quid de la cuestión. El punto es que era guapo. Mucho. El traje negro le quedaba ni que pintado, vamos. Y además rebosaba de seguridad en sí mismo, esa clase de elegancia heredada de los caballeros de antaño que realzaba su atractivo. La melena azabache le llegaba hasta los hombros y brillaba incluso bajo la débil iluminación de la planta baja.

De repente comprendí el motivo de tanta alharaca con respecto a su persona por parte de la población femenina. Aunque tampoco era para tanto. Malfoy era mucho más….

Ejem. ¿Decías?

Nada.

- Lo único que te pido es que te comportes con corrección, Sirius. Y por todos los cielos, no flirtees.- dijo alguien en un tono de voz casi imperceptible.

Black se hallaba inmerso (o al menos eso fue lo que vi, en medio de mi intento de ocultarme detrás de Ginny y volverme una liliputiense luego de oír dicho comentario) en unos planos amarillentos, extendidos sobre una mesa de trabajo similar a la nuestra. De tanto en tanto se mesaba la melena, despeinándola en un gesto a medias inconsciente y calculado. Bufaba y hacía ruiditos extraños con la boca, como si estuviera murmurando una maldición vudú. A su lado, un hombre de cabello rubio ceniza, traje fino pero discreto y expresión indulgente jugueteaba de manera distraída con una regleta. Todo aquel ambiente de tensión parecía divertirle en extremo.

Remus Lupin.

Ajá, el mismo que viste y calza. Remus Lupin.

Ya, ¿qué creían, que conocía a media ciudad de Londres? ¡Vamos! Sólo sé su nombre, que es pedir mucho.

- Buenas tardes, Sirius – Malfoy sonrió forzadamente y estrechó la mano que el otro le ofreció. La jauría de asesores, guardaespaldas y masajistas de Black se reunieron en un cúmulo apretujado, todos observándonos con el ceño fruncido. ¡Ni que fuéramos a morderlo, por favor! - ¿Qué es lo que ocurre?

- ¡Tranquilo! No hace falta que vayamos directo al grano – el aludido enarcó una ceja y sus puños se cerraron fuertemente. Alexandra retrocedió un paso; luego de un intercambio de miradas, Ginny y yo la imitamos. - Veo que papá ha olvidado pagar la última lección de modales, chico. ¿Quiénes son estas encantadoras señoritas? – preguntó, dulcificando el tono de voz y apartando a Draco del camino en dirección a mi amiga. Rogué que mis hasta entonces desconocidos genes mutantes me permitieran hacerme invisible en ese mismo instante. No estaba de humor para galanteos.

- Ginevra Weasley, señor – como siempre, la amabilidad ante todo por parte de mi secretaria. Extendió la mano dispuesta a un apretón formal, pero en vez de eso, el señor Black decidió llevarse la mano hacia los labios y depositar un pequeño beso.

¡Puaj! Alguien debería haberle avisado que eso dejó de hacerse en el siglo diecisiete. Ginny lo miró fijamente, procurando no propinarle una buena patada y sonriendo al mismo tiempo. Black se decantó por Alex, quien se aferró a la mano de Draco como por instinto.

- ¡Señorita Chesterfield, qué gusto volver a verla! – asintió el hombre cortésmente. Alexandra, sonrisa enigmática mediante, correspondió el saludo de la misma manera.

- Óyeme tú, ¿de dónde lo conoces a éste? – ladró Draco de forma súbita e increíblemente divertida. No pude evitar soltar una risita por lo bajo, a la cual Ginny y algunos miembros de la comitiva de Black acompañaron. Malfoy masculló algo entre dientes y Alex se aprestó a disculparse, pero el que respondía al epíteto de "éste" la detuvo.

- Déjalo, Alex. Sé de buena fuente que nuestro pequeño Draco es un tanto celoso con respecto a ti - rió de manera suave y profunda. Me pareció ver cómo la mujer se ruborizaba ligeramente, pero en fin. Seguro se trataba de una alucinación: la segunda del día. - Y ahora…

Ay, no. No, no, no, no.

- … ¿quién eres tú, bella muchacha?

¿Quién se cree que es para tutearme? ¿Mi mejor amigo? ¿Y de dónde me conoce?

Además, ¿qué es ese lenguaje que utiliza? ¿"Bella muchacha"? ¿Acaso parezco de quince años? Con un simple usted hubiese bastado y sobrado. Que la cortesía es lo que más escasea hoy en día, habráse visto. ¡Es de no creer! "Bella muchacha". ¡Bella muchacha mis polainas! Bella será su abuela, su madre y todas sus primas que…

- ¿Se encuentra bien? ¿Hola?

Lo primero que vi cuando recuperé el sentido común fue a Sirius Black chasqueando los dedos en mi cara, probablemente indagando acerca de mi estado mental. Malfoy me miraba con el mismo semblante que hubiera utilizado para contemplar a una beluga dando a luz y Alex estaba a un suspiro de abofetearme. Qué va.

- Soy Hermione Granger, señor Black. Un placer conocerlo.

- El placer es mío, señorita Granger. ¿Puedo preguntarle algo, si no le molesta?

- Claro que no, adelante.- ¿qué demonios…?

- ¿De qué origen es su apellido? - ¿A santo de qué venía esa pregunta? Tardé algunos segundos en procesar una respuesta lo suficientemente coherente.

- Sajón, prusiano… no podría determinarlo con exactitud - admití ausentándome de la realidad otra vez, pensando en que debería interesarme un poco más por mis raíces. Lo apunté mentalmente para buscarlo en Internet tan pronto como terminara este suplicio.

- ¿Y qué significa, entonces? Porque la verdad es que, debo reconocerlo, su entonación es un tanto peculiar – la sonrisa del señor Black se ensanchó y las palmas de mis manos comenzaron a sudar. Tanto interrogatorio me estaba poniendo nerviosa. ¿Cómo habíamos terminado hablando de la entonación de los apellidos?

- Para ser franca, no tengo ni idea de lo que significa - me sinceré. ¿Qué relación tenía que ver esto con el trabajo? Parecía una conversación de locos, y podía presentir una inminente rabieta acechándome conforme esta charlita se prolongara un minuto más.

- Me decepciona, señorita Granger – Black meneó la cabeza en señal de fingida desaprobación – A juzgar por su… - buscó la palabra apropiada mientras me examinaba de arriba abajo. Sin ningún derecho, por supuesto. – corrección y su manera de presentarse, deduje que era una mujer lista. Supongo que me equivoqué.

¡Ya, esto es pasarse de la raya! ¿Que yo NO soy inteligente? Pues váyase bien a la…

- El hecho de que no sepa el estúpido significado de mi apellido no significa que no sea inteligente, señor Black. Quizás debería dejar de guiarse por las primeras impresiones y conocer un poquito más a las personas antes de emitir juicios tan pobres como el que acaba de formular. Creo que un delfín amaestrado, que seguramente tiene más neuronas en funcionamiento que usted, lo hubiera hecho mejor.

- En eso te equivocas, preciosa. Los delfines no hablan.

- Al parecer, usted tampoco.

- ¡Y usted tiene toda la pinta de ser una de esas solteronas gruñonas que regañan a medio mundo en la oficina y rezan porque un hombre medianamente decente no se fije en su carácter avinagrado, las lleve a cenar, les dé clases de sexo y les proponga matrimonio antes de la menopausia!

- ¡Ja! ¿Sabe lo que es usted? Usted es… ¡es un imbécil multimillonario con tanto, pero tanto tiempo libre, que lo único que sabe hacer es malgastar el dinero en mansiones, yates y siliconas para su novia de quince años que lo único que quiere es darle un hijo y conseguir una buena pensión antes de que se aburra de ella y conquiste a una de catorce!

Creo que se te fue un poco la mano, Herm.

Todos, incluso Draco, me observaban como si me hubiera vuelto loca. Black frunció el entrecejo y se acercó a mí despacio, midiendo fuerzas. Por no ser menos, y un poco por instinto, hice lo mismo. Por el rabillo del ojo vi cómo Lupin reía por lo bajo y murmuraba algo que me sonó a "aquí vamos de nuevo".

- Discúlpela, señor Black. Es nueva y por lo visto, todavía no ha aprendido a comportarse en presencia de sus superiores – masculló Alex tomándome del brazo, gesto que me recordó al de una madre a punto de darle una generosa tunda a su hijo respondón.

- Déjala, Alex – Black hizo un gesto con la mano y mi captora me soltó al instante. Ambos quedamos enfrentados, una distancia de menos de medio metro interponiéndose entre nosotros. Imaginé a la perfección los semblantes estupefactos de Malfoy y Ginny y me sentí mal por una milésima de segundo. No por Malfoy, obviamente, sino por mi amiga. Al fin y al cabo, yo no era la clase de persona que discutía con su jefe de manera tan infantil, descortés y merecedora de un despido. Pero no me importó. El daño ya estaba hecho: me encontraba tan cabreada que si me metían en un ring de boxeo con Black, iban a tener que recoger sus huesos con pala.

- Vaya, vaya – pronunció mi contrincante, sonrisa cínica de por medio. Sus ojos, como tuve la oportunidad de comprobar, eran aún más oscuros que su pelo y refulgían al encontrarse con los míos – Creo que después de todo, no es tan modosita como yo creía, señorita Granger. ¿Puedo llamarla Hermione?

- ¿Es que acaso no ha escuchado lo que le dije acerca de las impresiones erróneas? Además de tonto, es sordo – ante esta observación no hizo más que ampliar su sonrisa, mostrándole a la concurrencia una hilera de dientes del color del marfil – Y no, no puede llamarme Hermione. Para usted, soy la señorita Granger.

- Sirius, déjalo ya y pongámonos a trabajar, ¿sí? – lo instó Remus, recalcando cada palabra con un fastidio que abarcaba toda la habitación.

- Por supuesto que no – era obvio que iba a mantenerse en sus trece, y yo también, - Dime, Draco – alzó la barbilla unos centímetros, y un carraspeo se oyó a mis espaldas. - ¿cómo pueden aceptar a personas así de groseras en la empresa de tu padre? Sabes tan bien como yo que lo que acaba de hacer merece que la echen mañana a primera hora. ¿Estoy en lo cierto, o no? – aclaró dirigiéndose a las tres personas que se hallaban detrás de mí y cuyos rostros, estaba segura, estarían asintiendo. Uno a regañadientes y los dos restantes, obedientes.

- ¿No piensa pedirme disculpas, señorita Granger?

¡No!

¡Pero tengo que hacerlo! ¿Quieres que termine pidiendo monedas a los pies del Big Ben?

¡Es una cuestión de principios, Hermione! ¡Te insultó!

No fue un insulto propiamente dicho. Además, yo fui mucho más insolente con él.

¿Vas a dejar que te gane?

¿Estamos en una competencia y no me di cuenta?

¡Es tu honor!

¡Es mi trabajo!

Bien, haz lo que quieras.

Como siempre.

Mis ojos se posaron por un instante en Lupin, cuya expresión hastiada en extremo indicaba que parecía haber pasado por situaciones similares una infinidad de veces. Su mirada coincidió con la mía, y en un rapto de lucidez supe lo que tenía que hacer. Al diablo con el orgullo

- En realidad, lo que pienso hacer es…

- No se preocupe, ¿puedo llamarla Hermione?

- ¡Ya le dije que no! – espeté, recibiendo como respuesta una risotada. Evidentemente, me había perdido un buen chiste, porque yo no me estaba riendo.

- Está bien, está bien. Terminemos con esta discusión ahora, ¿sí? Como usted bien ha dicho, soy un imbécil multimillonario, pero uno muy ocupado y con asuntos pendientes – recalcó dándose aires de importancia. Examinó mi cara una vez más, conteniendo una sonrisa, antes de volver a hablar – Me gustan las personas con su temple y espíritu, señorita Granger. Me pregunto si estaría interesada en trabajar en otras empresas…

- Lo siento, pero Granger tiene un contrato de diez años que respetar, Black. Es nuestra – intervino Draco en su mejor tonito dictatorial. Un misterioso campo gravitacional, o quizás la certeza de que si permanecía mucho más tiempo cerca de Black desataría un cruento asesinato, hizo que me retirara a un espacio apartado, cerca de Ginny.

- ¿Diez años? –preguntó ella con voz ronca a causa del prolongado silencio.

- Mejor no preguntar.

Black centró su atención en Malfoy, olvidándose por el momento (sí, lamentablemente volvió a recordarme más tarde. Ya lo verán.) de la "señorita Granger". Ya no tenía que mirar hacia abajo para hablar: Draco era casi tan alto como él, pero con la complexión y los rasgos de un hombre veinte años menor.

- No sabía que la chica era de tu propiedad, Draco. De haberlo sabido, no le hubiera dirigido la palabra desde un principio.

- No alucines, Black. Preferiría morir antes de tener que ser propietario de eso – especificó Malfoy junior, dejando en claro lo mucho que me despreciaba y escondiéndose detrás de la faceta de "odio a Hermione Granger" nuevamente.

- Entonces, si te importa tan poco, permíteme conocerla un poco mejor – adujo, enarcando una ceja y sonriendo. ¿Es que nunca dejaba de sonreír? – Razones estrictamente profesionales, que quede claro – concluyó, para luego guiñarme un ojo.

El mundo del revés, Hermione. ¡Primero te trata de solterona avinagrada y luego quiere salir contigo!

Así estamos, ya ves.

- ¿A quién estás seduciendo ahora, Black? ¡Ah, pero si es Granger!

Malfoy padre hizo su entrada triunfal, igualita a esas llegadas en cámara lenta de las películas, acompañado de su séquito de abogados, contadores, y ¡oh, sorpresa! la Bruja Mayor en persona. Pude vislumbrar a una aturullada Luna, oculta debajo del abrigo, el chal, el suéter, el maletín y el bolso de Bellatrix, luchando por no caer de bruces a la vez que hablaba por teléfono. Pobrecilla.

- Gracias al cielo, padre – resopló Draco con evidente alivio. Por mal que me pese, no puede evitar pensar lo mismo.

- ¿Qué diablos estás haciendo aquí, Black? – mi jefe no se andaba con rodeos, no señor.

- ¡Qué curioso! Lo mismo me pregunté yo al llegar aquí y encontrarme con Bosley y los Ángeles de Charlie - respondió el hombre señalándonos a nosotros. Draco estuvo a punto de mandarlo a la casa de su madre; sin embargo, Alexandra logró refrenarlo cubriéndole la boca con la mano y pegándole un codazo en las costillas - Supongo que no has leído las cartas documento, ni los faxes, ni las citaciones. Ellos son los que no tendrían que estar aquí – agregó, determinante. Sirius Black había dado un giro de trescientos sesenta grados en diez minutos, pasando de ser sólo Black al presidente de las empresas Black y asociados. Quizás no fuera tan superficial después de todo. O quizás no fuera superficial en absoluto.

- Están aquí porque les corresponde esta área de trabajo – sentenció Lucius en un siseo. Vaya, no querría conocerlo realmente enojado – Este edificio es de mi propiedad.

- Nuestra propiedad – corrigió la Bruja, igual de irritada.

- Mío y de la junta directiva – agregó, lanzándole una mirada de soslayo a Bellatrix que parecía decir "¿feliz?" – Tú y esta gentuza que tienes por empleados deben retirarse de inmediato. De lo contrario, me pondré en contacto con las autoridades.

- ¿Ah, sí? – escupió el señor Black, cada vez más rabioso. Ambos se encontraban a escasa distancia el uno del otro – Dime, ¿a quién de tus amigotes del gobierno vas a tener que sobornar para sacarme de aquí?

- Serás…

- Yo lo vi primero, ¡es mío!

- ¡Pero yo lo pagué después!

- ¡YA!

Lupin fue quien habló esta vez. Hasta el momento, todos habíamos estado disfrutando de una pelea que prometía volverse interesante y que debíamos interrumpir, por el bien de la imagen de la empresa. Yo misma me hubiera dedicado a esa labor con gusto, si no fuera por el hecho de que quería mantener un perfil lo más bajo posible.

- Esta discusión se termina aquí, señoritas – su voz era un susurro en medio de tamaño griterío. Me sorprendió que no hubiese intervenido antes en el asunto - ¿Lucius?

- ¿Qué? – contestó éste de mal talante

- Por el momento, esta propiedad quedará en tus manos.

- En nuestras manos, querrás decir – interrumpió otra vez la pesada de la Bruja.

- Como más les guste. Y Sirius… - se dirigió a su jefe, quien lo taladraba con la mirada. En ese momento me percaté de que los ojos de Lupin eran de color miel, suaves y brillantes – deja de hacer el tonto y vámonos ya. Podremos solucionar esto en el juzgado, ya lo verás… Ustedes – habló fuerte y claro al resto de su equipo – vuelvan a sus vehículos. Esto es todo por hoy.

La pequeña multitud empezó a retirarse en grupos de dos y tres, no tan gallitos como se mostraban al principio. Ginny y yo nos sonreímos débilmente, cansadas pero felices de que nadie hubiese resultado herido y de que todo hubiera terminado bien.

Sí, claro. Y los magos y las hechiceras existen, y tienen lechuzas – mascota y capas de invisibilidad.

Claro que no podía resultar bien.

- Antes de que me olvide… - el señor Black regresó sobre sus pasos y se encaminó nada más ni nada menos que hacia mí.- ¿Señorita Granger?

- ¿Sí? – mi voz se oía amable, pero por dentro quería asesinarlo - ¿Se le olvidó algún comentario machista, quizás?

Por toda respuesta, atrapó una de sus tarjetas personales entre los dedos índice y mayor y se la entregó a Ginny, quien de forma atolondrada y sorprendida la aceptó. Claramente, había previsto que yo no tomaría de su mano ni un vaso de agua.

- Llámame una noche en la que estés libre – añadió, guiñándome un ojo por segunda vez. Evité hacer cualquier gesto que me comprometiera a su proposición, y sobre todo, ni siquiera intenté ver las expresiones de las personas que me rodeaban. El peligro era casi tangible – Ah, lo olvidaba… - concluyó con un escueto beso en la mejilla que hizo que mi corazón rompiera la caja torácica – Mi nombre es Sirius.

- ¿Pero qué cara…?

- Andando, casanova – lo apremió Lupin, dándole palmadas en la espaldas. Sirius se alejó a grandes zancadas y no volvió la vista atrás hasta que se detuvo frente a su automóvil último modelo.

- ¡Remus! – vociferó.

- Perdónenme por este espectáculo – se disculpó Lupin, estrechando la mano de Draco y luego la de Alexandra – Es un don Juan empedernido, pero es mi amigo desde que teníamos once años y eso no va a cambiar. Me prometió que iba a comportarse bien hoy y que no tendría que intervenir por él, sin embargo… - se encogió de hombros, ofreciendo una sonrisa conciliadora. Me resultó imposible no devolvérsela.

Acto seguido, me saludó de la misma manera que a los demás y pronunció las palabras que habrían de cavar mi tumba.

- ¿Señorita Granger, cierto?

- Llámeme Hermione – ofrecí.

- Está bien, Hermione – accedió él gentilmente – Sólo quiero decirte que Sirius es muy, muy insistente en lo que respecta a las mujeres. Dicho de otro modo, no va a dejar de molestarte hasta que consiga una cita contigo, a más tardar pasado mañana. Así que. ¿me permites darte un consejo?

- Clcla…claro – farfullé, combatiendo la falta de aire y la presión de diez pares de ojos clavados en mi persona.

- Acéptalo. Dile que sí, aunque lo detestes. De ese modo no tendrás que soportar todo su cortejo ininterrumpido de siete días y siete noches que incluye cánticos, telegramas cantados y sorpresas en la oficina. Créeme cuando te digo que a testarudo no le gana nadie.

No sé qué fue lo que le contesté. No sé cuál fue el intercambio de palabras entre él y Lucius. No lo vi despedirse, no lo vi subiéndose al auto, no presté atención a nada más durante lo que me parecieron horas.

Estaba muy ocupada digiriendo lo que acababa de ocurrir. Draco Lucius Malfoy, el inepto Malfoy, había cerrado su mano cual grillete alrededor de mi muñeca y me había susurrado al oído lo que yo reproduciré a continuación.

- Apenas termines, me esperarás en la entrada del estacionamiento en la planta baja. No le dirás a nadie, ¿me entendiste? Tú y yo tenemos un asunto pendiente que arreglar,

Díganme que a ustedes se les pondría la piel de gallina en este caso, igual que a mí. Por favor, díganmelo.

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- Ni que te hubiese propuesto matrimonio, Granger. No sé porqué te alegras tanto.

No, por más inverosímil que parezca, ese no fui yo. Fue Alex, cuyo rostro se tornó de un feo morado en el momento exacto en el que Black demostró sus habilidades circenses con el ratón de biblioteca. Curioso, realmente muy curioso.

- ¿Estoy detectando una pizca de envidia, tal vez? – acotó la cabeza de zanahoria. Me constaba que mi amiga no era de su agrado, por lo que entendí que quisiera aprovechar esa oportunidad para desquitarse.

- Ya quisieras, Weasley – retrucó Alex, colgándose el bolso al hombro con suma dignidad – Yo quiero un hombre que sea pura y exclusivamente para mí, no que le pertenezca a una docena de mujeres al mismo tiempo – finalizó en tono de marisabidilla.

- Lo que tú quieres es un hombre, y punto. Me pregunto hace cuánto que no verás un buen trozo de …

- ¡Deténganse las dos, ahora mismo! – esto se estaba poniendo bueno. Tía Bellatrix odiaba los cotorreos. - Cierren sus respectivas si no quieren recibir un sumario administrativo como regalo de Navidad. Ahora, entréguenme sus presentaciones.

- Aquí está la nuestra– una carpeta marrón, sin mácula, le fue entregada en mano de parte del dúo dinámico. Miré por el rabillo del ojo a Alex, suplicando auxilio, pero ella pareció no percibirlo. Nosotros no habíamos hecho ni la mitad del trabajo, al menos hasta donde yo sabía

- ¿Draco, querido? – la voz meliflua y sedosa de mi tía me recordó a los azotes que recibían los marineros corruptos en altamar. Estábamos fritos, a menos que….

- Aquí está, señora Lestrange.

Prolija, ordenada y con el doble de folios que la de Granger. Nuestra primera asignación completa. Reprimí un grito de júbilo al ver la decepción plasmada en el rostro de las perdedoras, y sonreí a mis anchas al ver cómo mi tía sopesaba ambos documentos. Me inflé de orgullo ante la habilidad de Alex de trabajar con los minutos contados.

- No quisiera adelantarme a los resultados, pero creo saber cuál es el que va a resultar elegido – dijo en tono sumiso, tratando de disimular lo mucho que estaba gozando del momento. Amo a mi tía, en serio. Está loca como una cabra, pero la amo. – No obstante, recuerden que mañana es la presentación. Deberán traer copias del informe para los integrantes de la junta, y tener la exposición armada media hora antes del inicio de la reunión, ¿entendido?

- Sí – respondimos todos a un tiempo.

- Muy bien. Lovegood, lleva esto – le zampó las carpetas a Lunática, que parecía la Torre de Pisa a punto de caer. Sus piernas flacuchas no tenían la consistencia necesaria para soportar tanto peso – Y que a nadie se le ocurra ayudarte – agregó, observando intencionadamente a Weasley y a Granger, que se morían por hacerlo. – Ella tiene que hacerlo solita, ¿está claro?

Ninguna de las dos respondió, afligidas como estaban por la inminente tortícolis de Lovegood.

- ¿Está claro? – el vozarrón de la mujer inundó la estancia.

- Ajá – respondió Granger vagamente. ¿Qué? Los tres la miramos estupefactos, preguntándonos qué le había sucedido a sus neuronas para que respondiera así.

Paso a explicar. A mi tía les agradan las personas con modales, protocolo y que pronuncian todas las letras del abecedario en forma correcta. Nunca, jamás debes utilizar diminutivos ni decir malas palabras en su presencia si quieres conservar tu vida. Me consta que una de sus ex secretarias quedó traumada y con medicación psiquiátrica luego de recibir una sesión entera de ortografía y signos de puntuación de parte de ella, sólo porque le había colocado mal el acento a la palabra déficit.

En fin, decía que mi tía es de esas personas rayanas en el perfeccionismo. Algo así como Granger, pero sin tanto cabello y con un Bentley en el garaje.

- ¿Disculpe? – Alex y yo nos apartamos, dispuestos a esperar la reprimenda - Creo que no me he expresado bien. Dije si…

- Lo siento, señora Lestrange. Si, he entendido perfectamente – de la Granger respondona no había quedado el más mínimo rastro. Mi tía le dedicó una última mirada ponzoñosa y se alejó haciendo sonar sus tacones sobre el resquebrajado suelo de cemento.

Miré a la sabelotodo. Se limitó a guardar sus cosas en silencio, en ningún momento demostrando enojo o signos de sentirse humillada por tía Bellatrix. Debí saberlo: no se deja amedrentar así como así. Hace falta más saña para hacerla llorar, y en eso soy un experto.

Recordé de improviso los tiempos de la universidad, en los que no era más que una chiquilla con los ideales demasiado altos y los ingresos muy bajos. ¡Cuánto había cambiado desde entonces! Nunca me había detenido a pensarlo, hasta ahora.

En el aspecto físico, no había cambiado mucho. Había estilizado un poco su figura, y sus rasgos habían perdido las curvas de la niñez. Sólo eso. La transformación radical se hallaba en su interior.

Era esa atracción que irradiaba, como la miel que atrae al centenar de abejas al panal… gracia y soltura, confianza. La veía más segura en sus decisiones, a la hora de enfrentarse a aquellos más fuertes que ella, de defender lo que ella consideraba justo. Su sonrisa parecía capturar la atención de todos los que la rodeaban, hechizándolos y a la vez ocultando algo, una faceta misteriosa que la hacía aún más… exótica.

¿Por qué no me había dado cuenta de todo eso antes? ¿O siempre había sido así, y la diferencia se encontraba en que no me había percatado hasta el momento?

- ¿Vienes, Draco? Todo el mundo se ha ido ya.

Volví a la realidad de forma repentina. Y me acordé de que tenía una cita a la que, probablemente, llegaría tarde.

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- ¿A quién rayos estás esperando, Hermione?

Pues a Malfoy, ¡quién más sino!

- A nadie, Ginny. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

- Entonces, ¿qué demonios estamos haciendo todavía aquí? - resopló mi amiga, bufando de enfado. La tarde estaba tornándose en una noche algo fresca, y tanto ella como yo llevábamos abrigos muy ligeros. Los pies de Ginny danzaban ligeros de aquí para allá, tratando de conservar el calor.

Tiene razón, pensé mientras la observaba con el entrecejo fruncido. Ni yo misma sabía con exactitud por qué estaba esperándolo. Cabía una enorme posibilidad de que todo fuera parte de una broma planificada por Malfoy; sin embargo, su errática actitud de los últimos dos días daba lugar a innumerables confusiones en mi mente. Que se decidiera por uno de los dos caminos, a la de ya: seguir siendo el gamberro de siempre y odiarme con todas sus fuerzas, o… comportarse como lo estaba haciendo. Esa palabrita que empieza con c…ya saben.

Dudaba mucho de que fuera un engaño. Y quería descubrir qué era lo que le había pasado a Malfoy.

Así que despedí a Ginny sin muchos miramientos, argumentando que si no quería que le contara a Harry que dormía con el mismo camisón de ositos desde los trece años, debía marcharse y evitar hacer preguntas al respecto. Dicha amenaza funcionó, y su efecto se exacerbó cuando un sorpresivo Harry llegó en su motocicleta con el pretexto de llevar a Ginny "a un lugar muy bonito cerca de aquí, te va a encantar" Mi amigo no formuló una invitación abierta, por lo que supuse que la salida iba a terminar en el apartamento de uno de los dos. De todas maneras, agradecí no ser invitada. Basta de oficiar de chaperona.

Oí un chirrido en la distancia. Mi carro fúnebre, un Mercedes negro con vidrios polarizados, se aproximaba sigiloso.

- Sube antes de que se te congele el trasero, Granger.

Ah, él siempre tan cortés.

El interior del automóvil se hallaba caliente y confortable. Su conductor apagó el equipo de música mediante un control de voz y enfiló hacia la salida.

- ¿A dónde me llevas, Malfoy?

- Ni creas que voy a decírtelo.

- O me lo dices o comienzo a gritar. ¡Esto es un rapto, Draco Malfoy!

- Claro que no, no seas estúpida. Vamos a ir al lugar más tranquilo de Londres, a hablar – puso especial énfasis en esta palabra – de ti y de mí.

No me gustó cómo sonó eso.

- ¿Y desde cuándo tú y yo tenemos algo que ver?

- Desde que mi padre te nombró como futura directora de la empresa, Granger.

- ¿Por eso estás secuestrándome? Te recuerdo que todavía no han nombrado a nadie, somos tú y yo los postulados para ocupar ese puesto y todavía quedan más de veinte días para determinar quién…

- No me refiero a eso – me interrumpió exasperado. La velocidad del auto iba en aumento conforme nos alejábamos de Hampstead hacia West London. Me coloqué el cinturón de seguridad y me aferré a la manija de la puerta como si mi vida dependiera de ello. Malfoy rió.

- No tienes porqué preocuparte, Granger. Soy un eximio conductor y jamás he recibido una multa. Mi historial está limpio – afirmó categóricamente al mismo tiempo que giraba el volante hacia la derecha con un ademán psicótico

- Asumo que no te das cuenta de que estamos sobrepasando el límite de velocidad – observé

- Soy un Malfoy, no tengo por qué seguir las reglas -explicó como si fuera una verdad universal. Fue mi turno, entonces, de reír.

- Portar tu apellido no te garantiza inmunidad diplomática, Malfoy. Hay cosas que el dinero no puede comprar.

- ¿Qué clase de cosas?

Lo miré deliberadamente, sin llegar a creer lo que me había preguntado. Hasta el más rico de los ricos lo sabía, pero a juzgar por la cara de recién llegado a este mundo de Draco, parecía haberme equivocado. Comencé a enumerar para mis adentros.

- Lo principal es la felicidad.

- ¡Pero si yo soy feliz!

- Eso es lo que tú crees. Quizás te encuentres satisfecho a nivel material, pero si buscas en tu interior verás que hay algo que te falta.

- Genial, recuérdame que le pida al doctor Lewis que abra un tajo desde mi estómago hasta el cuello y rellene mis vacíos espirituales con humildad, paciencia y caridad hacia los pobres. ¿Cuántas dosis dices que necesito?

- Muy gracioso. No es así como funciona, Malfoy. Algunas personas nacen con una pequeña parte de ello dentro de sí mismas, pero las circunstancias de la vida hacen que olviden quiénes eran en realidad antes de convertirse en millonarios. Otras personas, en cambio, nunca han sabido lo que es el verdadero amor, la felicidad plena y simple de las cosas de la vida…

- ¿Estás diciendo que yo no sé amar?

En ese instante me di cuenta de dos cosas.

Una: nos habíamos detenido a las afueras de una de las casas más hermosas que había visto en mi vida.

Dos: Malfoy y yo habíamos entablado la conversación más larga y civilizada de todas cuantas habíamos tenido; es decir, una.

- Yo no dije eso – refrené el impulso de agregar algo más. Mi voz se oía débil y distante.

-Pero fue lo que insinuaste – la suya me heló la sangre - ¿No es cierto, Granger?

- Nn…no…

De repente, sentí unas ganas locas de bajarme del auto y abandonar ese ambiente frío y tenso que se había formado a nuestro alrededor. Tuve ganas de dejar a Malfoy solo con su amargura, de conservar limpio el pequeño pero feliz recuerdo de nosotros dos hablando de manera normal, como dos adultos que comparten un momento grato y divertido. ¿Por qué siempre lo tenía que arruinar todo con esa personalidad tan… endemoniadamente retorcida? ¿Alguna vez iba a despojarse de su máscara de arrogancia y mostrarse tal cual era? Siempre hosco, a la defensiva. Yo era la estúpida que creía que incluso personas como él tenían sentimientos.

- ¿Qué sabes tú de mí, Granger? No sabes nada, ¡nada, maldita sea!

Lo había arruinado. Todo marchaba perfecto, y él lo había arruinado.

- ¿Por qué diablos me trajiste aquí? – empecé a sollozar involuntariamente, y me odié a mí misma por mostrarme vulnerable frente a él por enésima vez - ¡Para gritarme, como siempre lo haces! ¡Limítate a dejarme en paz, Malfoy, por una puñetera vez en tu vida!

Quise quitarle el seguro a la puerta y largarme, mas él me lo impidió.

- No te traje aquí para gritarte – dijo en tono monocorde. Supe que el enojo todavía recorría su cuerpo como una descarga eléctrica.

- Entonces dime por qué. Exijo saberlo.

Me bastó con un breve contacto visual para conocer la respuesta. Hasta que se le pasara el enfado no volvería a hablar como un ser humano, por lo tanto me volteé en dirección a la casa con los brazos cruzados, para darle tiempo a que se recuperara.

Me fue difícil averiguar su antigüedad. Parecía haber sido reconstruida por partes, con añadiduras de otros estilos arquitectónicos aquí y allá y señales de desgaste en las paredes que daban al patio delantero. Por lo demás, me parecía sumamente pintoresca y agradable, las plantas acomodadas en todas partes creciendo por doquier y destacándola de las otras viviendas a pesar de la oscuridad monocromática. La clase de casa en la que me gustaría vivir por el resto de mis días.

- ¿Qué es lo que quieres con Black? – farfulló.

- ¿Qué? - ¡no podía estar hablando en serio!

- Ya me oíste.

- Esto es el colmo, Malfoy. Yo no sé qué es lo que estás planeando con esta actuación de novio celoso que estás desarrollando, pero si tu meta es el puesto de director te aseguro que estás perdido.

- Contesta mi pregunta.

Vamos a fastidiarlo un poquito, ¿sí?

- Quiero salir a cenar con Sirius.

- ¿Ah, sí? ¿Y a Weasley lo dejarás para los fines de semana, o qué?

Ron. El trajín y las emociones vividas durante el día me habían hecho olvidarlo por completo.

- Veo que lo tienes muy presente, Malfoy.

- Contéstame.

Ya, ¿quién se ha creído?

- Para que te enteres, pienso salir con los dos y con cien mil más, y comportarme como una auténtica golfa si eso es lo que tanto te hace enojar.

Permaneció callado, la mirada fija en el espejo retrovisor. Como un maldito cobarde.

- Dime, Malfoy, ¿estás celoso?

- Cállate, no hables sandeces- estaba tratando de evadirme otra vez. No, señor.

-¡Contesta mi maldita pregunta! ¿Estás celoso? - grité

- ¡Sí! ¡Estoy celoso, tan celoso como nunca lo he estado en mi vida y me repatea que Black te haya invitado a salir, que hayas tenido una cita con Weasley y que yo…!

- ¿Qué? ¿Qué tú qué?

- Que yo quiera quemarlos vivos por eso.


Espero que les haya gustado. Críticas, sugerencias, etc.

Gracias por leer!

Elianela