Disclaimer: Todos los personajes conocidos pertenecen a Stephenie Meyer. La idea de la trama pertenece a mi amiga Silvia (alias Siesna). Edward, Jasper y Emmett son hermanos bajo el nombre de Cullen; Alice y Rosalie lo mismo pero apellidándose Hale.

Todos son humanos.

South Lincoln Street

Laid

(by Matt Nathanson)

El sol centelleaba relucientemente en el cielo de Port Angeles cuando bajamos del ostentoso coche rojo de Rosalie. Para mi gusto era quizás demasiado chillón y llamaba demasiado la atención en esa zona de la ciudad, aunque fuera de las más privilegiadas.

Me percaté de que toda la gente que paseaba por el paseo marítimo, justo delante de nuestro nuevo apartamento, vestía de forma tan elegante como Rosalie, y tanto Alice como yo desentonábamos, pese a que a ella no pareciera molestarle.

Parecía increíble la rapidez con la que habíamos trasladado todos los muebles desde Forks hasta el nuevo piso, en la calle South Lincoln. Más increíble aún era que no me hubiera muerto durante el traslado, pensé con ironía, puesto que subir el nuevo sofá de tapicería italiana por las escaleras fue muy mala idea. Estaba muy orgullosa de mi misma: apenas unos cuantos rasguños.

Respiré la brisa marina, llenándome los pulmones de aire salino y fresco. Estaba muy contenta de haberme alejado del ambiente verde y húmedo de Forks, aunque me sabía mal haber dejado definitivamente a Charlie solo, pues tras la muerte de Renée en ese fatídico accidente de avión, parecía muy afectado.

Renée, mi difunta madre, había vivido al límite junto a Phil hasta que su avión se estrelló durante la luna de miel. Para mí fue, obviamente, horroroso. Mi madre, mi única amiga, muerta sin que le hubiera podido decir adiós y sin haberla visto durante los últimos tres meses que había pasado en la oscura ciudad de Forks. De eso había pasado ya medio año, y ya lo tenía más superado, aunque en las frías noches de luna llena lloraba recordando a mi madre.

Alice me llamó la atención. Abstraída con mis cavilaciones no me había percatado de la peligrosa cercanía que existía entre mi persona y la farola más cerca del Porsche de Rosalie. Retrocedí aliviada y seguí a mis compañeras de piso, las cuales se disponían a entrar, por primera vez desde que todo estaba ya en orden, en nuestro nuevo departamento.

El edificio blanco, de cuatro plantas y un piso por planta, estaba a primera línea de mar y las ventanas principales daban a unas maravillosas vistas del mar y el puerto de Port Angeles. Había muchos edificios así en la ciudad, pero nos decidimos por este ya que los demás pisos estaban en venta, y tendríamos todo el edificio para nosotras solas sin la preocupación de molestar a los vecinos.

Subimos unas escaleras de mármol blanco con emoción. Mi corazón palpitaba con fuerza. Ya había estado con anterioridad en el piso, por supuesto, pero ese día era el definitivo. La primera noche que íbamos a pasar allí las tres, juntas y solas.

El ruido de los tacones de Rosalie resonaba por la escalera, aumentando mi nerviosismo. Alice sonreía de oreja a oreja delante de mí, mirando alternativamente a Rosalie y a mí. También empezaba a ponerme nerviosa.

Llegamos al primer piso. A nuestro piso.

Le concedimos el honor de abrir la puerta a Rosalie, puesto que fue ella quien encontró el departamento de nuestros sueños, y la que más dinero había invertido en su compra.

La llave giró sin ruido alguno, y la puerta se abrió en el más expectante de los silencios, mientras yo me olvidaba de respirar por unos instantes.

El piso era completamente blanco: paredes inmaculadas y suelos de mármol reluciente como un diamante. Muebles lacados del mismo color, con un toque moderno y marino, estaban perfectamente dispuestos en su sitio, por obra de un interiorista amigo de Rosalie.

Alice se había encargado de escoger los pequeños detalles que daban vida al lugar. Las lámparas colgantes tenían un aire tropical y vivo; alfombras exóticas recubrían parte del suelo en lugares estratégicos; pequeñas velitas perfumadas y de distintos colores estaban situadas en las estanterías bajas que había por las distintas habitaciones.

Prácticamente ellas se encargaron de todo. Yo solamente decoré la cocina, puesto que me gusta mucho cocinar, y mi habitación, del mismo modo que ellas se encargaron de las suyas.

Mi habitación era la única que tenía vistas al mar. A cambio de este pequeño privilegio, me había quedado con la más pequeña, pero era suficiente para mí. No tenía tres mil vestidos como Rosalie, o necesitaba espacio donde crear mis obras pictóricas como Alice. Con una buena cama, un decente armario y un escritorio estaba feliz.

La había pintado de color turquesa pastel, el favorito de Renée. Mi pequeño homenaje personal a ella. Entré en mi nueva habitación, mientras mis compañeras hacían lo mismo, y abrí la ventana, que daba a la calle principal. Me sorprendió ver aparcado un flamante Volvo plateado al lado del coche de Rosalie, pero en cuanto recordé en qué barrio nos encontrábamos dejé de darle importancia.

Me dirigí a la cocina para preparar un genial festín de inauguración; una receta que me había mandado mi madre en su último e-mail: crema de carabineros y solomillo con pasta fresca.

Estaba ya empezando a trabajar con el solomillo cuando un grito de Alice nos alertó a Rosalie, quien se encontraba en la cocina comprando bikinis por internet en su portátil. Las dos nos dirigimos hacia la terracita delantera donde la morena se había instalado para pintar su nuevo cuadro.

Nos la encontramos agachada espiando por entre la verja del balcón, con aires de águila depredadora apunto de atacar a su cena. Decidimos imitarla antes de preguntar nada y nos agachamos a su lado, aunque no llegamos a entrar en la terracita.

—¿Qué sucede? —inquirió Rosalie.

Alice se volteó hacia nosotras, hiperventilando. Me preocupé mucho, quizás le hubiera dado una insolación, aunque el sol todavía no era muy alto y el balcón del segundo piso hacía sombra suficiente.

—Oh, ¡Dios mío! ¡Ahora ya me puedo morir! —exclamó en un susurro, asomándose ahora por la barandilla de la verja.

Rosalie levantó una ceja y se acercó también. Al instante se sonrojó, se levantó, ignorando las súplicas de Alice de que se agachara otra vez, y pasó por mi lado suspirando:

—No hay para tanto.

Vencida por la curiosidad, me acerqué, todavía agachada, hacia donde estaba Alice.

Y les vi.

Del Volvo plateado habían salido tres muchachos, que parecían sacados de una película. Altos, no muy morenos, apuestos, de perfectas facciones angelicales y miradas deslumbrantes. Pensé que quizás estaba soñando y me pellizqué. Como me dolió, decidí buscar una cámara que estuviera grabando el nuevo anuncio del Volvo, pero no la vi.

Alice tiró de mi manga, señalando al más alto y fornido de todos. Me volteé para buscar a Rosalie y la encontré mirando detenidamente al que parecía más joven, con un deje de perversión en la mirada. Volví a examinarlos.

El que me llamó más la atención, fue el que estaba en medio de los otros dos chicos. Ni tan fornido ni tan joven, pero sencillamente perfecto.

Alice soltó otro chillido cuando los tres se dirigieron hasta nuestro portal y, cuando desaparecieron de nuestra vista bajo el balcón, sonó el interfono, casi le dio un colapso nervioso.

Rosalie corrió para llegar la primera, aunque hubiera llegado de todos modos puesto que Alice era incapaz de mover un músculo y yo hubiera tropezado tres veces antes de llegar.

—¿Dígame? —preguntó con un tono demasiado seductor a mi parecer. ¿Y si era el de en medio quien preguntaba?

Estuvieron un largo rato dándole la respuesta, y el bonito rostro de Rosalie fue cambiando de expresiones para llegar al máximo exponente de placidez. Cuando colgó, fue incapaz de decirnos algo a nosotras dos, y se limitó a abrir la puerta.

En nada tuvimos a los tres apuestos jóvenes en nuestro umbral, mostrándonos una sonrisa de anuncio de dentífrico.

—Hola preciosas —saludó el más fornido, el que había llamado la atención de Alice—. Me complace comunicaros que vamos a ser vuestros nuevos vecinos —explicó alegremente.

Alice suspiró demasiado alto y Rosalie me miró con un brillo peligroso en sus ojos.

—Me presentaré —siguió el muchacho—: Me llamo Emmett Cullen, tengo veinte años. Estos son mis hermanos pequeños —continuó con malicia—: Edward, que tiene dieciocho, y el benjamín, Jasper, todavía menor de edad.

El aludido, le lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada.

Alice, recobrada de nuevo del primer impacto, se presentó e hizo lo mismo conmigo y con Rosalie. Por desgracia, nuestros vecinos no se quedaron a charlar mucho rato con nosotras y subieron hacia su nuevo piso: el segundo.

Suspiré para intentar recobrar la compostura y me dirigí hacia el solomillo, dejando a Alice gritándole a Rosalie cosas sobre los nuevos vecinos.

Jasper cerró la puerta mientras Emmett se dirigía a la cocina y volvía con tres cervezas para cada uno. La examiné abstraído antes de abrirla.

—¿Pensando en algo, hermanito? —inquirió Emmett, perspicaz.

Volteé los ojos antes de sonreírle divertido.

—Me apuesto a que puedo adivinarlo —intervino Jasper. Mi mirada se dirigió hacia él, alentándolo—. La castaña.

Solté una carcajada, miré a Emmett y dije:

—Rubia.

Éste se rió un poco antes de decirle a Jasper.

—La pequeñita hiperactiva.

Jasper se rió.

—No empecemos de nuevo, por favor. Ya van tres.

Miré a mí alrededor. Todo estaba lleno de cajas de envoltorios sin abrir, apiladas de cualquier forma y con claro peligro de caerse en breve. Ya iban tres veces.

—No es culpa nuestra —mintió Emmett, antes de reírse sonoramente. ¿Qué culpa teníamos nosotros de que siempre nos tocaran vecinas maniáticas?

—Pero ahora no va a pasar de nuevo —añadí orgulloso—. El piso es nuestro. No nos van a poder echar por cuarta vez. —sonreí malicioso.

Jasper suspiró. Se moría de ganas de diversión, pero ya estaba harto de tener que empaquetar sus pertenencias cada dos meses. Esta vez iba a resistir.

Miré a Emmett. Se había acabado ya la cerveza y abría otra. Pude ver en sus ojos nuevos planes para con las vecinas de abajo. Iba a ser muy divertido.

¡Tachán!

Hace poco que empecé con los libros, y aquí me tenéis. Aunque me resista, estas cosas siempre pueden conmigo. Espero que os guste, y perdonéis si hay alguna cosa que no se parece del todo a los libros, pero es por exigencias de la trama.

Agradezco a mi amiga Silvia la paciencia de haberse pasado toda la tarde conmigo para planear este nuevo fic. Un aplauso para ella.

Estoy deseosa de vuestros comentarios.

Eri.