Hola! Primer fic en condiciones que hago! Espero que os guste y que me digáis todo lo que opináis de él (tanto bueno, como malo) para saber si lo voy siguiendo o no.

Así que, muchas gracias, y espero vuestros R&R!


Capítulo 1: Surviving

Bella's Point of View

-Bella, despierta -dijo sacudiéndome los hombros suavemente-. ¡Venga dormilona!-mi madre, me volvía a llamar cómo hacía todas las mañanas.

Poco a poco, me desperecé estirando mi columna y me fui incorporando. Tenía los músculos agarrotados, doloridos y, lo único que mi cabeza me pedía realmente era, que siguiera durmiendo.

Con parsimonia, coloqué el libro sobre la mesita de noche, poniendo una marca en dónde lo había dejado la noche anterior, tras dormirme inconscientemente.

Una vez levantada, me observé en el pequeño y viejo espejo que tenía en la habitación.

Mi rostro se veía demacrado y apagado; mi frente tenía varias arrugas, mis cejas estaban ligeramente alzadas. Y, si observaba con atención mis ojos, entendía porqué no brillaban cómo antes, sabía que ya no tenían ninguna motivación ni deseo alguno para seguir subsistiendo.

Y cada día, pasaba igual, uno tras otro. Nada cambiaba y cada vez se hacía más pesado el tener que levantarse de la cama para trabajar. ¿Por qué lo tenía que hacer?

Lo tenía que hacer por mi madre y por mí misma. Para seguir viviendo. Porqué aunque nos había tocado una vida difícil no debíamos abandonar y echarlo todo a perder.

En estos últimos 7 años, he estado ayudando hacer todas las tareas domésticas que se pueden imaginar, y ocuparme de las plantaciones, de los animales de la finca, adquirir productos al pueblo... Y, ahora a mis 16 años, me doy cuenta que todavía no he vivido nada, y que no lo podré hacer si sigo de este modo.

¿Dónde están aquellas promesas de niña? ¿Aquellas fantasías de poder huir de este infierno? ¿De tener un oficio honorable y bien pagado? ¿A dónde se han fugado esos sueños de adolescente?

-Bella, ves bajando, el desayuno ya está en la cocina-me volvió a decir mi madre. Estaba agitada, se la veía preocupada. Y por eso no la quería defraudar. La ayudaría tanto cómo estuviera en mi mano, y ahora menos que nunca la haría sufrir. Ya que, desde que Charlie nos dejó, hará seis años, no ha vuelto a ser la misma. Toda ella es diferente. Ha encerrado en alguna parte de su ser a aquella Renée, dulce y despreocupada que siempre lucía una hermosa sonrisa en su rostro.

-Voy, mamá-dije obedientemente. No quería hacerla perder más tiempo.

Me recogí rápidamente el cabello para que no me siguiese estorbando, me vestí y comencé alistar mi cama y mi cuarto. No tardé más de 10 minutos.

Llegué a la casa principal por la puerta trasera, que daba directamente a la cocina y que era la más habitual para uso de la gente de nuestra posición.

Rennée ya estaba allí, con su delantal haciendo un espléndido desayuno para los señores junto con la señora Weber.

Las dos me sonrieron en cuánto me senté en la mesa, y cariñosamente mi madre me dio un beso en la frente. Ahora, se la veía más alegre, e irremediablemente mi humor mejoró notablemente.

Desayuné un zumo de naranja y un trozo del bizcocho tan conocido de mi madre. Y en cuánto acabé, me fui hacer mi ronda por él establo.

Allí, me encontré con todos los animales de los que la familia Masen disponía.
Hoy lavaría y cepillaría a los caballos. Y más tarde, si nadie se a ocupado ya, ordeñaría las cabras.

Los señores Masen habían adquirido estas tierras hacía unos 30 años, tras heredarlas de un familiar lejano. La finca, les daba para vivir de sobras y, cómo el señor Edward Masen tenía dinero invertido en la bolsa, sus créditos no hacían más que subir. Calificando a la familia, cómo una de las mejores de la región.

En el fondo, hacer mi trabajo no estaba mal. Teníamos un techo bajo el cuál vivir, comida, y un salario cada cierto tiempo. Pero ese pequeño beneficio no daba a basto para mucha cosa más que nuestra vestimenta. Muchos se sentirían atraídos por tener nuestra suerte, y yo no lo podría en duda. Pero ansiaba algo más, conocer otros horizontes, tal vez.

Desde que tengo uso de razón que quiero ser escritora. Sobretodo, me di cuenta cuando comencé asistir a la escuela. (Con 8 años) Y lo vi claro. No podía dejar que mi sueño se quedará atrás, y me apliqué con sobresalientes notas en la escuela, leí un centenar de novelas de distintos géneros y he ido aprendiendo cómo escribir y formular correctamente los escritos.
Pero con el tiempo, he tenido que dejar el colegio. Después de que mi padre falleciera, comencé a colaborar verdaderamente en la finca, y pasé de ser la hija de unos trabajadores, a una trabajadora más.

He seguido haciendo actividades escolares por mi cuenta, gracias a mi amiga Ángela, que me presta sus apuntes y yo aún no he perdido el hábito de leer. Debo de mantener mi promesa...,

Kotler, el viejo cocinero de la finca, estaba enfermo. Cada día tenía peor aspecto, no comía lo suficiente y, lo poco que comía lo acababa vomitando. Y así persistió durante algunas semanas más. Edward y yo, lo advertimos los primeros, y éste se lo dijo a sus padres con afán de ayudarle. Los Condes Masen, no se lo tomaron enserio hasta que no fue demasiado tarde.

A los últimos momentos de vida Kotler nos lo agradeció, se hizo llamar a un médico, pero su existencia se apagó fugazmente. Aquella noche, Edward con sus ojos brillantes me hizo una promesa:

-Bella, me convertiré en médico. Un buen médico. Ayudaré a la gente y no permitiré que le suceda a alguien más lo que a sufrido Kotler. No lo permitiré-dijo acariciándome el revés de mi mano.

-Y yo, Edward, te prometo que no me quedaré atrás. Escribiré historias, ¡cómo las nuestras! Viviré de ellas y ayudaré a mis padres tanto cómo me sea posible. Seré independiente. ¡Y tendré dos cerezos en mi jardín!

Edward me empujó hasta su pecho, y cómo tantas otras veces juramos cumplir esos sueños.

Todavía no he conseguido cumplirla, y no se si algún día eso sucederá...

Acabé con los caballos del establo y ordeñé dos cabras. Siendo ya más tarde del mediodía, me pasé por la cocina para dejarles la leche en algún lugar y me desplomé en la silla. Sentía una pesadez en la cabeza, que me obligaba a estirar mis brazos encima de la mesa, y dejar reposar mi barbilla sobre estos.

-Isabella, si no te quedarás hasta las tantas leyendo tus historias esas, ahora estarías descansada. Al final te voy a tener que prohibir esos libros, porqué aunque te lo diga mil veces nunca me obedeces-dijo Rennée echándome una mala mirada. Yo sólo atiné a sonreírle socarronamente.

-Renée, hay que ir a por fruta de los manzanos para la cena. ¿Crees que podrás ir tú?-dijo la señora Weber, que lucía hoy un pésimo aspecto.

-Sí, claro-contestó mi madre-, ¿Eleonor, que te sucede?

-No, Rennée nada. Estoy un poco cansada-dijo restregándose los ojos con sus manos.

-Ahora las traeré-dije incorporándome. La pesadez de mi cuerpo se estaba haciendo insoportable y, si no hacía algo ya, me acabaría durmiendo y no nos pagaban por dormir.

Inevitablemente, mientras me desplazaba, mis pensamientos seguían volando a mi infancia. Cuándo nada era preocupante y, podía estar todo el día jugando y riendo con él.

Recordaba sus facetas, su cabello, sus preciosos ojos y su sonrisa. Nunca me había gustado tanto un rasgo de alguien, cómo su perfecta sonrisa.

Pero él sólo hecho de pensar en él, me hacía sentir triste. Después de 10 años desde que él se fue a Europa para estudiar, no le había vuelto a ver. No era justo. Ni él quería marcharse, ni yo misma deseaba que lo hiciera. Y, cómo si un cabo llevará a otro, nada más desaparecer, las cosas comenzaron a ir de mal en peor.

¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaría tanto en mí cómo yo con él?

Sólo había averiguado cosas suyas a través de conversas banales, que tenían sus padres en instantes cuándo yo limpiaba o les servía las comidas, nada más.

Me reprochaba siempre por pensar en Edward. Porqué una vez comenzaba no había fin.

Tenía tantos momentos juntos, tantas risas y sonrisas. Éramos inseparables desde que nacimos, aunque él sólo tenía dos años más que yo, compartíamos la misma alma.

¿Se acordaría de todas nuestras aventuras?

Pero a pesar de haber vivido tanto juntos era inalcanzable.

Cuándo éramos pequeños, no me había puesto a pensar en la gran diferencia que existía entre nosotros. Éramos dos órbitas extremadamente separadas, tanto, que seguramente no se tocarían jamás.

Él, era un chico rico, un joven prometedor con una fortuna creciente y un título de noble.

¿Y quién era yo? La hija de sus criados, y actualmente, también una de sus trabajadoras.

Por costumbre, acabé rondando nuestro lago, dónde pasábamos largas horas tendidos en el césped. Sintiendo la brisa en nuestros rostros, él uno junto el otro.

En otras veces, bañándonos dentro. Me paré en seco, y mil imágenes se formaban en mi mente.

La primera vez que nos metimos, yo por supuesto, no quería. Me daba pavor el agua. Pero él, tan arrogante y cabezota cómo siempre, me tiró al lago y luego él se me unió.

Todo mi cuerpo temblaba y mis pequeñas piernas no tocaban suelo firme. Entonces él con su inconfundible risa me sujetó con sus manos en mi abdomen y susurrándome las palabras exactas para lograr que me tranquilizara y me mantuviera estable en el agua. Y, después de todo, no recuerdo que fuera tan difícil nadar.

Le echaba de menos...

-Isabella-me llamó una voz molesta, interrumpiendo mis cavilaciones.

-Mike-dije toscamente. Él, me dedicó una pequeña sonrisa acercándose justo dónde yo me encontraba.

-¿Qué haces por aquí?-dijo con una gran curiosidad en su rostro.

-Pues nada en especial, me habían encargado llevar fruta fresca-dije con escasa emoción.

-¿Tienes mucha tarea que hacer? Si quieres, te puedo ayudar y así terminas antes, ¿no crees?

-Bueno, en verdad no tengo mucha prisa, así que gracias de todos modos-dije encogiéndome de hombros y pasándole por adelante-. Hasta luego.

-Bella-me llamó bajo, me giré molesta ¿y ahora que me iba a decir?-. Si no estás muy atareada podríamos ir a dar una vuelta está noche-dijo mirándome a través de sus pestañas.

Mis ojos se abrieron ferozmente. No era eso lo que buscaba, ni mucho menos. ¿Por qué nada puede salir cómo uno quiere? Mike no era un mal chico, pero no era mi tipo, ni tan sólo me atraía. ¿No podía entender que no quería nada más que una seca amistad con él?

-¿Qué dices?-me repitió esperando una respuesta.

-Mike, yo... no creo que sea buena idea-dije en un extraña voz dubitativa, nada propia en mí. Su rostro se endureció, pero no perdió esos rasgos tan infantiles que aún le caracterizaban. Tenía unos ojos azules atractivos, pero no deslumbrantes; su cabello era de color rubio pajizo; la forma de su boca era vulnerable y bondadosa; pero debajo de su camisa se podían apreciar unos cuantos músculos tal vez ya formados. Nosotros, sólo nos llevábamos un año, pero lo veía muy lejos de mí, nunca habíamos labrado mucha amistad, pero desde hace unos meses que él insiste en pasar más tiempo juntos y yo, sinceramente no quiero.

-¿Por qué?-dijo ahora con una voz más ronca y dolida. No quería verle así.

-Es que a mí no...

-Ya le he pedido permiso a tú madre. Me ha dicho que ya has trabajado hoy lo suficiente para tomarte parte de la noche y de la tarde libre, y ella quiere que te diviertas. Le ha parecido muy bien, la idea de salir. ¿Por qué no quieres Bella?

Mi cerebro se quedó parado en el momento que nombró a mí madre. ¿Pero que fijación tenía esa mujer por juntarme con Newton? Ya lo habíamos hablado en más de una ocasión y ella no tenía el suficiente derecho para decidir en mí para ver con quién he de salir. Está vez, no se la pasaría por alto.

-Mike, hoy no-dije en un tono cansino. No quería pagar con él toda mi rabia.

-¿Entonces, otro día?

-Sí-suspiré y supe que más tarde me arrepentiría.

-Vale...Nos vemos luego Bella-se despidió con la mano y con una nueva sonrisa surcándole el rostro.

Cogí las manzanas tan a prisa cómo pude y me dirigí a la parte de la casa dónde pasaba más tiempo.

Ahí se encontraba mi Rennée, tarareando una canción desconocida, todavía con ese extraño humor en el rostro. Eso aún me hizo enfurecer más.

-Rennée-la llamé, ella se giró instantáneamente sabiendo que estaba enfadada. Yo nunca le llamaría por su nombre de pila sin estar mosqueada, eso era algo que siempre lo hacía con mi padre, y algunas costumbres nunca mueren.

-Mmm...-dijo desviando el rostro a la olla.

-¿Por qué le das vía libre a Mike? Me estás presionando para que esté con él en contra de mi voluntad. ¡Ya hemos hablado de esto! ¿Qué es lo que aún no has entendido?-dije sentándome en la mesa, haciendo cuentas de las veces que le había dicho ya estas palabras.

-Bella, yo... tú tienes que salir por ahí, divertirte. ¿O es que quieres quedarse soltera para vestir santos? Además, a él le gustas, es un buen muchacho y...

-¡Mama! Yo decidiré si me gusta o no. ¿No entiendes que también, a parte de molestarme a mí, estás jugando con él?

-Hija, tienes que madurar ya. Sólo estás por tú trabajo, leer, y pasear por ahí. ¿Es que no ves que ya va siendo edad de que sientas la cabeza? ¡Ya no eres una niña! Mira a Ángela, ella está con Ben desde hace un año. ¿Tú para cuándo? No puedes pasarte toda la vida así. Además Mike es un buen partido...

-¿Y con está manera crees que sentaré bien la cabeza? ¿Atándome con el primero que pasa? No, y me da igual si me quedo soltera para siempre, eso antes de perder el tiempo con Newton...-dije saliendo ferozmente de la cocina. Me iría al bosque hasta que oscureciera. No tenía ganas de volver. Y cómo según mi madre, podía prescindir de mí en la casa no le importaría que no volviese en un rato.

Sentía mi respiración agitada, y con nuevas lágrimas golpeando mis mejillas, me senté en un claro dónde reposaba el tronco de un viejo árbol caído. El lugar irradiaba de paz. No quería pensar en nada. Hoy, definitivamente, no era mi día.

Y, aunque las ganas de dormir se me habían pasado hace un rato, no pude evitar caer soñolienta en los brazos de Morfeo, deseando que las cosas fuesen distintas.

-¿Entonces es seguro que vuelve?

-Sí-contestó la voz llena de orgullo. A terminado sus estudios y se quedará los meses de verano antes de entrar a trabajar en alguna clínica. ¡No sabes cuánto lo he extrañado! En estos últimos 10 años sólo le he ido a ver para las fiestas y las celebraciones-suspiró-. A veces creo que me equivoqué al enviarle a estudiar tan lejos, en casa de mi hermana.

-Elizabeth, ahora será un hombre de bien. ¿Qué esperabas, que se quedase aquí para siempre a tu disposición? ¡Tiene que tener una vida! Salir de este pueblo, ver mundo, conocer mujeres... En conclusión: madurar, crecer.

-Sí, espero no haberme equivocado. Pero se me ha pasado volando. ¡Ya tiene 18 años! Sólo quiero que regrese pronto... Desde hace unos meses sus cartas son escasas, creo que le pasa algo. ¿Y si ahora, le disgusta la cuidad? ¿Y si...?-titubeó.

-Querida, sé que no tendrás ningún problema con eso. ¡Es más, a ti la idea de que vuelva te trastornara! Pero seguramente querrá pasar un tiempo alejado de la zona urbana, saborear este aire exquisito y pasar un tiempo con la familia y amigos. No tienes de que preocuparte.

-Vale, comenzaremos los preparativos. Todo tiene que estar listo para cuándo llegue el día.

He estado pensando en cambiar esas cortinas...-se seguían escuchando las voces, pero en susurros apenas audibles.

¿Vuelve? ¿Esas palabras habían sido un sueño, o eran ciertas?

Respiré y exhalé repetidas veces hasta controlar los latidos de mi corazón.

No me estaba confundiendo: las voces eran de la señora Masen y de la vecina y amiga la señora Brandon. Hablaban de Edward.

Por fin, regresa. Después de diez largos años, podré dejar de imaginarme a mi fiel amigo y poder verle.

La imagen ya se formaba en mi cerebro: él sonriendo con su misma sonrisa socarrona, aunque más firme. Sus labios habían dejado de ser tan inocentes como los de un niño, y habían dado paso a los de un hombre...

Sonreí sin remedio. Ya no me acordaba ni de mí madre, ni de Mike, ni de mi posición social. Sólo anhelaba que el volviera. Que me mirase con esos ojos esmeraldas, deslumbrándome. Que se acercase a mí con la facilidad de hace 10 años y, que me cogiera de la mano. Que me abrazara susurrando al oído palabras hermosas, y me confesara, que me había extrañado tanto como yo a él.

Suspiré.

Aunque no quisiera admitirlo, ya era demasiado tarde para olvidarme de él.

Y lo único que sabía era que estaba total y perdidamente enamorada de Edward Masen.


Hasta aquí el primer capítulo. ¿Qué tal? hasta pronto!

Kathie*