BELLA SWAN

Ok, ahora estoy realmente nerviosa, jamás había viajado en avión y el hecho de tener que hacerlo en aproximadamente… diez minutos me estaba volviendo un poco más excitada que de costumbre. Renée había dejado mi anorak pegado a la maleta, diciéndome que lo necesitaría, que yo no sabía lo que era estar en un lugar donde se te congelaba hasta el cerebro y no te permitía pensar; lo cierto era, que jamás había dado un paso fuera del siempre soleado Phoenix durante los largos 18 años de mi vida. Por lo que era verdad, yo no sabía lo que era vivir en un pueblo húmedo y a veces muy lluvioso, sin embargo estaba dispuesta; por los acontecimientos actuales, a hacerle frente a la situación, como la mayoría del tiempo intentaba hacer.

No me había dado cuenta que estaba moviendo mi pie incesantemente en el suelo, hasta que un señor de cuarenta y pocos, frunció su ceño indicando con su mano en un gesto de desaprobación. Me sonrojé y bajé el rostro en un intento de esconder mi vergüenza, pero no tuve mucho tiempo para ello porque se escuchó fuerte por los parlantes el llamado al vuelo 775 rumbo a Seattle de AA. Sentí de pronto, que el corazón me golpeaba fuerte y rápido en mi pecho me di cuenta que el miedo se había incrementado a cuando había pisado recién el Aeropuerto.

Después de todo, estaba dejando lo seguro que conocía tras de mí, mi hogar reconfortante y cálido, mis amigos de infancia -aunque debo reconocer que sólo era una, nunca se me ha dado eso de "Tengo un millón de amigos"- a mi arrebatada, infantil y maravillosa madre, que durante el último mes se encargó de pedirme a diario que no me marchara, que si era necesario ella trabajaría hasta los setenta años si ello significaba que yo viviera con ella para siempre. Pero no podía permitirme el sentir tentación ante la oferta, necesitaba independizarme ahora que había salido de la Escuela. Entraría a mi primer año de Literatura Clásica en la Universidad de Seattle y además Renée se estaba volviendo depresiva al estar tanto tiempo alejada de Phil, su novio.

Mis padres se habían divorciado cuando era pequeña, por lo que toda mi vida viví con mi madre, Renée. Sin embargo, siempre tuve contacto con Charlie; se había encargado de mandarme dinero y hablarme por teléfono de vez en cuando, no era tan bueno con las palabras y en eso debo añadir que aquello era una característica muy propia de mí. Es jefe de Policía de un pequeño pueblo de Washington, llamado Forks; un tanto lejos de Phoenix, pero no me puedo quejar de sus visitas, intentaba hacerlo cada año y sobretodo para las festividades.

Cuando escuché de nuevo el llamado para los pasajeros, me puse de pie de inmediato; revisé que no quedara nada en el suelo que me perteneciera y respiré hondo, sabía que iba a ser un viaje largo; pero no necesariamente por la longitud del vuelo.

Tomé el boleto e hice la fila, que no era muy larga, y al cabo de unos minutos ya me encontraba en el pasillo caminando para abordar el avión, el corazón seguía su golpeteo incansable, aquello me perturbaba más de lo que quería.

Sin embargo, antes de todo aquello miré detrás de mí y grabé en mi memoria este momento. Sabía que de aquí en adelante sería yo y nadie más que yo. No padres, no amigos, sólo trabajo y responsabilidad. Silenciosamente me estremecí ante lo pensado.

Cuando estaba sumergida en el asiento que daba a la ventana, intenté sacar de mi bolso de mano el ipod que contenía todo para calmarme, ahora que sabía que en unos minutos nos encontraríamos muy lejos del suelo. Cuando buscaba mi auricular perdido, subí la mirada y el aliento se quedó ahogado en mi garganta. Un par de orbes verdes me observaban detenidamente, acompañadas de una mezcla de shock y dolor en su –perfecto- rostro; lo que no sabía era si aquello era algo bueno o no. Mil imágenes se pasaron por mi cabeza, pensando que quizás tenía el cabello mal peinado o alguna sustancia corporal en mi cara, por lo que sin querer me sonrojé y bajé mi mirada. Me odiaba por esto, siempre tenía la misma reacción ante la atención de la gente, pero debo decir que nunca había obtenido atención de alguien como él, por lo que esta vez era entendible.

Cuando había recaudado el suficiente valor como para volver a mirar, él ya no estaba en ningún lugar para ser visto. Con una pequeña decepción, e intentando no pensar en el por qué de esa mirada tan perfectamente dolorida, terminé de poner el auricular en mi oído y dejé que la música calmara mi miedo a las alturas, y en tal caso a emprender una nueva vida, completamente sola.


EDWARD CULLEN

Esto era cada vez más difícil.

Viajar de un lugar a otro, dormir, comer, descansar, acudir a reuniones con gente un tanto más engreída de lo normal, respirar… vivir.

Si bien podía decir que tenía todo y un poco más de lo que alguien podría llegar a querer, aquello al parecer, no bastaba para mantenerme bien durante mis pies las 24 horas del día. Hoy no era diferente, volvía de un viaje de negocios que se había llevado a cabo en la ciudad de Phoenix, había tenido que presentar una reunión acerca de Cullen Motors. Cia. Ante un exigente auditorio para cerrar un trato de subvención y así poder llevar más de nuestras fabricaciones a diferentes lugares de nuestro país.

Las exigencias de este trabajo crecían a diario, al igual que sus beneficios, sin embargo no hacían más que agrandar el orificio que sentía cada vez en mi pecho. Porque no había forma alguna de que cuando cerraba los ojos, la única imagen que venía a mi cabeza era la de Caroline.

La había conocido en Londres cuando había ido a estudiar mi primer año de Administración. Y debo añadir que todo fue muy rápido tratándose de ella, era una mujer excepcional, de esas que sólo encuentras una vez en la vida: hermosa, generosa, amable y paciente. Provenía de una familia renombrada de la ciudad, pero estudiaba en el mismo –y sencillo- campus de la Universidad que acudía y no tardamos mucho en convertirnos en buenos amigos.

Luego de un tiempo le sugerí de una forma muy sutil que estaba enamorado de ella y que necesitaba tenerla a mi lado por el resto de mis días, y para mi fortuna ella recibió mis palabras de la mejor forma posible. A los 22 años ya estábamos casados y teníamos una hermosa familia junto a Adrian y Elizabeth. Sin embargo, también ese período, se convirtió en el mayor de mis infiernos, porque todos los sueños y anhelos que poseíamos como pareja se habían largado al demonio.

Un hombre alcoholizado había quitado de mí, lo más preciado que tenía, cuando aprontó su vehículo al de Caroline impactándola y matándola al instante. Recuerdo ahora, que esos días se veían borrosos y discontinuos, dolorosos y recurrentes. Si no hubiera sido por mi familia me hubiese marchado junto a ella en el mismo momento en que me enteré de lo sucedido, pero como bien replicaba cada vez mi hermana menor, tenía dos grandes razones para vivir y ésas eran Adrian y Lizzie.

Pero ahora pasados dos años del suceso estoy seguro de ciertas cosas, una: Todavía siento que me muero a diario cuando alguna imagen, algún recuerdo o aroma se apodera de mi cabeza y no me deja seguir haciendo lo que hago. Y segundo: no soy un buen padre. No conozco a mis hijos.

Todo el tiempo me pongo de cabeza a realizar proyectos, quedándome horas más tarde en la oficina, planeando cosas para estar en ella y no así, en el hogar que tanto me recuerda a ella. El sólo hecho de ver a mis hijos me prohíbe dar un paso más, porque siento que si los toco o miro más tiempo del necesario comenzaré a revivir episodios y les haré más daño del que les he hecho.

Me odio.

Me odio por ser tan débil, por no entregarles lo que yo recibí cuando pequeño; por hacerles creer que aquel día fatídico no sólo perdieron a su madre, sino también a su padre.

Suspiré cuando dejé mi bolso donde contenía mi laptop, y saqué el Iphone de allí, tenía que revisar mis mensajes y algunas alertas de la reunión anterior. Me percaté que estaba sin carga y miré a mi alrededor intentando ver si había una Asistente de vuelo que pudiera ayudarme con esto. Le pregunté a un señor, el cual me respondió que en la segunda parte del ala izquierda se encontraba el monitoreo de electricidad, le agradecí y rápidamente me dirigí hasta allí. Buscando algún indicio, fue que sentí como si alguien hubiera golpeado mi pecho con brutalidad, dejándome sin aire en intento.

Una muchacha estaba sentada intentando poner el auricular de su aparato de música en su oído, tenía cabello castaño, el que caía en grandes ondas al nivel de sus hombros, su rostro era pálido y tenía una perfecta forma de corazón el que acogía sus mejillas y mentón agraciadamente. Sin embargo, nada me estaba preparando para cuando ella alzó su mirada y se encontró con la mía.

Oh, por la jodida mierda.

Sus ojos eran de un chocolate profundo, y rápidamente éstos se abrieron haciéndome entender que seguía mirando a una extraña, pero había algo más poderoso que lo evidente que no me permitía apartar la mirada, noté cómo la chica bajaba su rostro y un leve rubor pintaba sus mejillas; y todo fue peor en ese entonces.

Porque ni siquiera podía seguir allí, me di vuelta y caminé velozmente hasta mi lugar. Comentaron que despegaríamos en un minuto, pero no tenía ni la más mínima atención en aquello, ni siquiera en mi teléfono descargado, ni en las supuestas reuniones que tendría que estar aceptando.

Cerré los ojos y el dolor se apoderó de la totalidad de mi cuerpo.

Aquella joven, era muy, muy parecida al amor de mi vida.


¿Qué canción las calma cuando están nerviosas?