CAPÍTULO 14


Leer acerca de algo, no era lo mismo que experimentarlo. De eso, al menos, estaba segura.

Toda mi vida me había involucrado demasiado en las historias románticas de Austen y Shakespeare, analizando cada mínimo detalle, desacordando algunas decisiones de los personajes frente a ciertas situaciones o, alabando otras que ni siquiera habría imaginado de estar en su lugar… pero sí, todo era más fácil cuando estaba en un pedazo de papel, todo era más simple, pero también menos excitante, menos vibrante.

Estar enamorado, era lo más maravilloso y lo más peligroso que le podía pasar a alguien como yo. Porque cuando se tiene la cabeza en otra parte, algo así como la décima novena nube del mundo Edwardlandia, era difícil hacer todo lo demás; porque de algún modo u otro todo lo demás parecía banal. Por el mismo motivo, ya llevaba quemando tostadas hace más de tres semanas atrás y echando detergente para la ropa en el lavavajillas, pero a la vez, no recordaba haber sido más feliz haciendo tales cosas. Mi mundo estaba dado vueltas hacia arriba y no podía creer lo contenta que me ponía tan sólo recordar la causa –o el causante- de que éste estuviera dando vueltas como un loco.

Edward. Mi Edward.

¿Cómo era posible que dentro de tantos mortales insignificantes –entre esos, yo- llegara a existir alguien tan extraordinario cómo él?

¿Cómo era posible que habiendo tantos peces en el mar, tantos peces con piernas largas, cabelleras rubias y cinturas de 50 cm., él me hubiera elegido a mí para hacerle compañía, para quererlo hasta más no poder? Lo último lo puse yo, quizás el no visualizó aquella posibilidad de primera… pero de todos modos, ¿Qué fue lo bueno que hice en otra vida? ¿Salvé a alguien de morir? ¿No herí a nadie, no maté a nadie?

Lo que haya sido, gracias Dios por esta posibilidad, te prometo aprovecharla en cada centímetro y kilo en que me la has brindado.

Me miré al espejo y por enésima vez, no pude evitar sonreír ante mi imagen de colegiala enamorada, mis mejillas constantemente ruborizadas, mis ojos brillantes de expectación ante un nuevo encuentro, ante una nueva mirada… Charlie, mi padre, no había podido parar de hablar acerca de cómo venir a Seattle me había convertido en una blanducha, cuando yo había prometido no enamorarme jamás –porque si bien había tenido algunas cosas anteriormente, todo había sido muy pasajero e inmaduro por lo que había jurado no intentar nada nuevamente. Lo peor de todo, es que yo jamás había mencionado el tema, por lo que mi padre se había percatado sólo por mis sonidos o conversaciones a través del teléfono. Sí, estaba arruinada en Edwardlandia.

Cómo cambiaban las cosas, cómo cambiaban los discursos desde ese entonces a ahora. Respingué y volví a sonreír avergonzada de que mis pensamientos no fueran más que Edward durante la mañana, Edward en la ducha –situación que no ayudaba a mi racionalidad-, Edward trabajando, Edward con sus hijos, Edward besándome… besándome.

Moví mi cabeza y le di un último vistazo a mi aspecto. Mi cabello estaba tomado en un revoltoso moño, pero que sacaba todo pelo rebelde de mi rostro, llevaba una camiseta blanca –sin mangas- y unos short jeans, el calor era espantoso ahora en Seattle, a pesar de la pasada lluvia eléctrica, debido a las olas de calor que se habían ido penetrando en los Estados Unidos, inesperadamente. Era necesario llevar uno de esos remolinos eléctricos o una botella de agua (casi congelada), por si las cosas seguían poniéndose feas.

Bajé de mi recámara hacia el vestíbulo, donde se encontraban los pequeños jugando en el patio. Hoy era sábado, por lo que era normal encontrarlos así a las ocho de la mañana. —Hola mi par de melocotones, ¿Cómo andan hoy? —me acerqué para besarles sus frentes, esperé una respuesta que nunca llegó. Preocupada, pregunté—. ¿Qué sucede?

—Nada —dijo aburrida Lizzie. La miré cautelosa, arrugando mi ceño.

—¿Estás segura que no me escondes nada?

Mis brazos estaban en mi cintura para ese entonces. Elizabeth frunció su ceño y siguió jugando con su muñeca.

—Lizzie —presioné. Me agaché junto a ella, para así denotar las emociones de su rostro—. ¿Qué es lo que está ocurriendo, calabacita?

Ella lanzó un respingo y dejó el juguete a un lado, mientras Adrian seguía en su propio mundo, acariciando los árboles del soleado patio. —Señorita Bella, creo que –que mi papi…

Lizzie jugaba con sus dedos, al nivel de la falda, miraba hacia todos lados y luego como si se tratara del mayor de los secretos, me pidió que –silenciosamente- me acercara. —¿Con tu papi, qué mi amor?

Ella lucía –en sus tres, casi cuatro años- atormentada. —Creo que mi papi está enamorado.

Parecía ser que ni el extremo calor de estos días, podía permitir que mi cuerpo no se quedara congelado en el lugar. Ella me miraba con recelo y tenía que admitirlo, me sentí intimidada.

¡Intimidada por una niña de cuatro años! Genial.

Tenía que apresurarme en la recuperación de mi rostro, si quería seguir la conversación con la pequeña. Arreglé las arrugas inexistentes de mi vestimenta y finalmente volví a agacharme hasta su nivel. Respiré profundo varias veces antes de proseguir. —¿Cómo sabes eso?

Movió sus pequeños hombros. —Hoy lo vi cantando… mi papá canta mal.

Ok, los niños dicen la verdad, pero… ¡Enfócate Bella! La hija de tu jefe/novio está triste porque se enteró que su padre estaba enamorado. ¿De veras? ¿Enamorado? Mi corazón golpeteó fuerte en contra de mi pecho.

—Pero Lizzie, ¿No crees que sólo por el hecho de haberlo escuchado cantar, no quiere decir que esté enamorado?

—La semana pasada compró flores —indicó, mientras contaba con sus dedos—. Dos veces.

Recordé con ternura aquellos días, en que un ramo de tulipanes blancos y violetas, habían aparecido en la superficie de mi cama. Edward era un romántico de tomo y lomo.

—Ahá —contesté, sin saber qué más decir.

—Cuando le hablo, me escucha a medias y siempre sonríe… mi papá da miedo cuando ríe mucho —respingó y siguió moviendo su muñeca—. Mi amiga Tracy está igual…

—¿Enamorada? —dije, pareciendo una señora moralista—. Pero, ¿Cómo? No es que ustedes tienen tres años-

—Casi cuatro —señaló con su manito. Cada día se parecía más a Alice, sobretodo en sus interrupciones—. Pero sí, le gusta su primo que tiene cinco —aquello lo dijo acercándose a mí, bajito, indicando con sus dedos.

—Wow… qué rápido crecen... las chicas de… cuatro años.

—Y ¿Usted Señorita Bella, se ha enamorado alguna vez?

—Ahmm —mordí mi labio inferior. Para que justamente fuera salvada por la campana o –Edward- en tal caso. Noté que Lizzie ponía un dedito sobre su boca, dando la señal de secreto y respondí con un trabajado guiño al que ella sonrió grandemente.

—Edward —hablé solemne.

—Bella —contestó él, sonriendo de lado. Mi sonrisa favorita. Mía—. ¿Cómo estás esta mañana?

—Bien, gracias… un poco de calor.

—No bromees —abrió bien sus ojos y se volvió al refrigerador –precisamente- para tomar un refresco—. Creo que no volveré a correr jamás con este calor, casi muero en medio de la calle de deshidratación.

—Oww… sí, ohm, ¿Andabas corriendo huh?

Asintió, mientras tomaba un sorbo de su botella. Aquella era la imagen más sexy que había visto, pero bueno Edward corría: era sexy; Edward comía: sexy; bebía… sí, sexy. Todo en él era así, exudaba masculinidad y su aroma, y él.

—Yo… yo creo que iré a preparar las cosas para que los chicos se den un baño en la piscina —me dirigí a ellos—. ¿Les parece bien?

Movieron sus cabezas rápidamente y Elizabeth gritó fuertemente que ella primero, mientras corrían hacia el piso superior. Fijé mi mirada en el mesón de la cocina, aquel parecía interesante… su color, su forma…

—Buenos días, amor —se acercó hasta depositar un beso ligero en mi frente—. Sería más afectuoso si no estuviera sudado como un cerdo —rió musicalmente. Reí, nerviosamente, con él.

—No me molesta que estés así… empapado… en sudor —cuando aquello salió de mis labios, tuve que cerrar los ojos, para evitar lanzarme encima. Edward, su cuerpo, su sonrisa… era demasiada tentación para una pobre mortal como yo. Pero de pronto, todo el calor del ambiente se vio intensificado por mil en mi cuerpo, cuando sentí su mano en mi cintura, levemente descubierta.

—¿Ah sí? ¿No te desagrada esto? —llevó mi mano con la suya, hasta su pecho. Definido y con pequeñas señales de transpiración—. ¿Y esto? —dirigió nuestras manos hacia el sur, donde estaban sus perfectas abdominales. Negué con mi cabeza y tuve que morder parte inferior de mi mejilla, para luchar contra el gemido que quería escapar de mí, tal como si fuera una actriz pornográfica. ¡Dios, Bella! Este hombre está haciendo cosas contigo, que nadie jamás las hizo.

Incluso quería seguir bajando nuestras manos, Oh Dios, lo admití. Soy una ramera.

Quería decirle que tenía que ir a ver a los chicos, pero sentí que sus manos se acomodaban en mi cintura para alzar y depositarme en el mesón. Mis piernas automáticamente se abrieron y dieron espacio para que Edward apoyara todo su cuerpo contra el mío. No me importaba la desagradable sensación de calor al estar junto con alguien que venía de ejercitarse o, menos aún, de lo mojado que sentía a mi compañero a través de mi remera.

Sólo podía concentrarme en las emociones que venían a mí cada vez que Edward me acariciaba o besaba.

Sin poder aguantar más llevé mis labios hacia los de él, mientras mis manos acariciaban cabellos rojizos, suaves y largos en su nuca. Pude sentir cómo instantáneamente mi cuerpo se puso en llamas –a pesar del calor ambiental- y mi corazón galopeaba frenético en mi pecho, haciéndome recordar lo delicioso que era todo esto. Pasé mi lengua por su labio inferior y cuando un gemido salió de los labios de Edward pude percibir que ya no estaba a mi lado.

Respirando frenético, se acercó nuevamente hasta juntar nuestras frentes. —Por qué me lo haces tan difícil.

—¿Yo? —pregunté en un vuelo de aire. ¿Cómo pretendía que creyera eso? Yo era la que estaba viviendo lo difícil aquí.

—Claro que sí… me haces querer estar desnudo en esta cocina —no pude evitarlo. Estaba furiosamente sonrojada. Mordí mi labio inferior, suprimiendo un gemido—. Pero aquí no… es muy peligroso, andan los pequeños demonios…

—Precisamente de eso quería hablarte —dije en contra de sus labios, después de besarle ligeramente y tomar parte de su remera empapada—. Hace un rato, cuando llegaste de tu corrida matutina, Lizzie me estaba hablando acerca de que…

—¿Mmm? —Edward dejó escapar un sonido, mientras seguía un camino tortuoso hasta mi rostro. Tuve que detenerme, puesto a que lograba sentir cada beso que depositaba cariñosamente en mi cuello. Era por decir lo menos, un ente distractor.

—Edward —reprimí sin frutos.

—¿Qué? —preguntó suavemente en contra de mi oído.

—Tienes que dejar de hacer eso… —intenté zafarme de algún modo. Sin resultado positivo.

—¿Por qué? —susurró delicado. Luego se irguió y llevó uno de los mechones de mi cabello hacia tras de la oreja, besando el recorrido.

—Po –porque pierdo, pierdo toda cuota de concentración cuando haces eso.

—¿Ahá? —mutó curioso, arqueando una de sus cejas—, ¿Así que no te concentras cuando hago esto?

Llevó su mano hacia mi cintura para pasearla suavemente hasta el extremo de mi cadera. Y ahí –a pesar de mis requerimientos corporales- determiné que era demasiado.

—Ok, Edward… basta, tengo que decirte algo importante.

Al parecer aquello funcionó, ya que finalmente se alejó un tanto de mí, claro que sin sacar sus manos de mi cintura. —Está bien, señorita mandona… me quedaré quieto. Por ahora.

Hice rodar mis ojos. Hombres.

—Te estaba comentando que Lizzie me dijo durante la mañana que… que ella piensa que tú andas- o que… mejor dicho, ella dijo que tú-

—¿Al grano, Isabella?

Respiré hondo, luchando con los nervios que se habían dignado en aparecer, ni siquiera sabía muy bien por qué. No era como que le estaba diciendo algo que yo pensara de él, no era como que yo imaginara que él estaba enamorado de mí, no… nada de eso… era un pensamiento de su hija.

—Ella dijo que piensa que tú estás enamorado.

Él me miró con los ojos bien abiertos, para luego de un momento, entrecerrarlos. —¿Lizzie dijo eso?

Asentí recelosa. No sé por qué me daba la idea que Edward se estaba burlando de mí.

—¿Elizabeth dijo eso? —volvió a señalar. Esta vez, de seguro, más divertido.

—Sí, ella dijo eso –de, ¿De qué te ríes Edward?

Mi acompañante en este momento estaba luchando con las carcajadas que escapaban de sus labios. Si no fuera por ese rostro perfecto, estaría lanzándole golpes sin parar. Estaba furiosa de que se entretuviera a costa mía. Movió su rostro y bebió unos sorbos de agua de la botella que estaba en sus manos. —Es sólo que… ¿Una niña de tres años-

—Casi cuatro —corregí.

—Casi cuatro —acordó él, mientras sonreía nuevamente—. ¿Diciendo que su padre está enamorado? ¿Cómo es posible que ella diga esas cosas?

—No lo sé, pero de que lo hizo, lo hizo —contesté, aún no dejando ir el hecho de que estuviera riéndose de mí—. Además comparte los genes de Alice, creo que con eso no tienes lucha.

—Y creo que en aquello tienes razón.

—Por supuesto que tengo razón. Siempre la tengo Edward.

—Lo sé… —susurró bajito en mi oído—. Pero, ¿Cómo esperas que crea que mi pequeña ya sabe de esas cosas? ¡Qué me espera para cuando tenga 10!

Ambos reímos ante lo dicho. Paseé mis dedos por su cabello, aún mojado por su ejercicio matutino, qué feliz que me hacía tener estos pequeños momentos junto a él. Cerré mis ojos, inhalando su olor, transpiración, su colonia y… Edward.

—De todos modos, hablaré con ella —dijo finalmente.

—¿Y qué le dirás? —susurré cerca de sus labios, intentando arquear una de mis cejas y parecer demandante. Pero teniéndolo tan cerca era imposible.

—La verdad —comenzó. Yo no quise interrumpir y esperé a que siguiera—. Que… que es cierto cuando ella piensa eso.

Para tal entonces, mi corazón golpeteaba en mi pecho frenéticamente. Esto era una revelación o al menos eso creía. —¿Ah sí? —mi voz sonó indecisa y quebrada. Pero no tenía tiempo para sentirme avergonzada.

—Por supuesto que sí —habló bajito. Alzando con su nariz la mía y, por ende, mi rostro. Ahora su mirada se dirigía directamente mis ojos. Llevó sus manos a mi rostro—. Sé que esto no tendría que decírtelo ahora, pensaba hacerlo en otro tiempo y lugar… pero, dadas las circunstancias, tengo que decirte que me estoy enamorando de ti, Bella.

Después de unos segundos de realización, sonreí tímida. —¿Estás seguro?

—¿Estás bromeando, no? —negué con mi cabeza. Podía sentir cómo el carmesí se iba apoderando de mis mejillas—. Eres de lo mejor que me ha pasado. Me haces feliz, sonrío todo el tiempo, cosa que hace bastante no hacía y… cuando pensé- ¡Dios! Cuando pensé que no habría escapatoria para mí, que ya no habría otra oportunidad, apareciste tú. Me salvaste.

Ok, creo que era muy ridícula, porque podía percibir cómo lloraba. —No puedes decir esas cosas, Edward —llevé mis manos al rostro, para secar el llanto de emoción que me estaba embargando.

Edward me observaba entre avergonzado, entre risueño. Posiblemente no entendiendo mi comportamiento, no como que yo lo hiciera del todo. Pero, ¿Cómo le hacía entender que lo que había dicho hace sólo instantes, me había hecho la mujer más afortunada del planeta, que mi cuerpo había sentido un cosquilleo cálido tan diferente y maravilloso, que sentía que mi corazón explotaría? Porque así fue.

—Edward, no puedes decir esas cosas… porque me vas a hacer enamorar de ti, mucho más de lo que estoy ahora —reconocí avergonzada. Mientras lágrimas –mucho más pequeñas-, seguían en mi rostro. Tuve que desviar la mirada, el reloj de la cocina era muy interesante… pronto serían las 8:30 hrs. …

—¿Lo dices en serio?

—¿Ahora quién es el insensato? —mordí mi labio, reprimiendo una sonrisa.

—Ambos —respondió él. Y de pronto los dos reíamos, sin saber del todo por qué. Aunque en mi interior, mi corazón sabía muy bien la razón. Porque, después de varios y fallidos intentos, después de no saber bien por qué nunca me sentía bien en Phoenix, ni en mi escuela o en mi casa desde siempre, de pronto todo comenzaba a encajar, de pronto todo se sentía que marchaba bien. Al fin había encontrado mi hogar.

—¿Sabes? Creo que iré a darme una ducha, de seguro apesto.

Sonreí y moví mi cabeza. —No hueles tan mal.

—De todos modos… no quiero jugar en contra de mi destino, ahora que hallé a una chica perfecta… necesito que ella me siga queriendo, siempre.

—Créeme, con olores o sin ellos. Te querrá, de algún modo u otro, siempre.

Y en un instante, esto se había convertido en un compromiso implícito, cuando nuestras frentes se tocaron, antes de sellar todo, con un beso.


Pronto el n° 15. Gracias totales por el apoyo chicas y los reviews.