EPILOGO: Inmortal.

Miró, por una vez más, hacia aquel castillo y luego suspiró. Este es el adiós definitivo, pensó, sin poder evitar que una pequeña lágrima se derramara por su mejilla derecha. Entonces, lentamente, abrió la tapa del elegante cofre de madera y, con los ojos cerrados, dejó que el viento se llevara las cenizas del hombre al que amó y amaría por siempre.

Volvió a suspirar, comprobando que el aire dolía al llegar a su pecho. No debe de sorprendente, se dijo, desde ahora, este sentimiento será una constante eterna en tu vida...

Una ligera caricia sobre su pecho le hizo bajar la mirada. Entonces, sonrió.

Sí. Él se había ido, pero, tal y como prometió, no la había dejado sola. La punta de su dedo acarició a la sonrojada mejilla del pálido bebé de negro y ondulado cabello que le correspondió con un enérgico apretón.

La sonrisa de Rosalie se ensanchó y presionó a su hijo fuertemente contra su pecho, sintiendo su calor reconfortarle.

—No es necesario que te vayas

Giró al reconocer la voz de Edward.

—Sí lo es – discutió – este bosque me trae recuerdos...

—¿Lo quieres olvidar?

—No – contestó rápidamente – pero hay heridas que necesitan sanar.

El vampiro comprendió, así que no dijo nada más sobre el tema. Se limitó a acercarse y extender su mano hacia el pequeño bulto envuelto por suave y cálida franela oscura.

—Alexander.

—Estoy segura que ese nombre le hubiera encantado a él. ¿Lo ves? Son idénticos

—Tiene tus ojos... y tú marca.

—Tendrá su fuerza y valentía. Además de su gran corazón.

Ambos se miraron fijamente a los ojos, hasta que el bebé hechicero se quedó dormido.

—Cuídate mucho – pidió Edward.

—Tú también – asintió ella – no dejes que la princesa esa te diga siempre lo que hay que hacer.

Él soltó una risita

—Ya no la odias tanto

La rubia hizo una mueca. Permanecieron otro momento en silencio, hasta que ella se acercó para abrazarlo

—Te voy a extrañar – confesó – Discúlpame. Sé que te hice mucho daño, pero... en realidad te quiero.

—Lo sé. Espero verlos pronto...

—Quizás algún día regrese. No sé... en una eternidad pueden pasar muchas cosas.

Él besó una de sus manos.

—Mucha suerte.

La hechicera se quitó un pendiente de sol y media luna que colgaba sobre su pecho y se lo dio

—Para tu hija.

—Gracias...

La rubia le silencio con un delicado movimiento de su mano

—Adiós, Edward – fue lo último que dijo, antes de adentrarse en el bosque y perderse en él...

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"Alguien una vez dijo que, no importan las circunstancias, cada quien obtiene lo que se merece. Ahora sé que no hay palabras dichas en vano, promesas que, al final de cuentas, no se cumplan, ni quejas que se hagan sin tener, por detrás o por delante, un lamento. ¿Cuánto tiempo no permanecí llena de rencor, rabia y cólera? ¿Cuántas décadas no estuve cegada por una absurda venganza que, al final, sólo terminó lastimándome más? Si tan sólo hubiera sido más inteligente y hubiera descubierto que su amor bastaba para borrar todo el pasado, quizás ahora estuviera a su lado, con nuestro hijo arrullado entre nuestros brazos. Si tan sólo le hubiera permitido deshacer, cuando él me lo pidió, esa falsa capa de soledad que yo misma creé, quizás ahora sería plenamente feliz... Si tan sólo... Si tan sólo...

Muchas cosas pudieron haber evitado su muerte, lo sé. Y es eso precisamente lo que me martiriza: el saber los errores y no tener el poder de corregirlos. Pero, supongo, que las cosas tienen que ser así; de otra forma, la magia no sería sorprendente, el dolor no sería lacerante, ni la felicidad sería dichosa... Si algo tenemos en común todas las especies, mortales e inmortales, es que aprendemos en base al sufrimiento. Lo único que nos hace a todos iguales es que, en esta vida, por muy corta o larga que sea, debes aprender a luchar y ser capaz de ver todo lo valioso que tienes. De otra manera, siempre te sentirás perdido..."

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Rosalie partió después de tener a su hijo, ocho meses más tarde de la muerte de Emmett. Poco se supo de ella y de Alexander, a través de las escasas cartas enviadas a Edward, en donde le narraba sobre sus viajes y los maravillosos paisajes que ella y el pequeño veían. Casi nunca contó sobre sus sentimientos, de su tristeza; se limitaba a detallar los colores de las montañas, la vegetación, los olores y el cómo Alexander iba creciendo día tras día, al igual que sus poderes. Al niño hechicero le gustaba y tenía una gran habilidad con la espada y amaba la filosofía. Entrenaban juntos por las mañanas y leían por las noches. Cierta vez que Edward le preguntó sobre si algún día Alexander tomaría el trono de su padre, Rose no contestó. Después de ello, no hubo ni una sola respuesta...

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Suspiró una vez más antes de salir. Miró el reflejo de su rostro en el espejo y comprobó que un virginal rubor cubría sus mejillas. Los pies y las manos le temblaban. Saber que Jasper le esperaba afuera, en la cama, le provocaba un hueco en el estomago que se sentía delicioso y, al mismo tiempo, atormentador.

Vamos, Alice, no tienes porqué estar nerviosa, trató de alentarse; pero su mano tardó más de tres segundos en recorrer la cortina que la separaba de la habitación. Su mirada no tardó en encontrarse con la de Jasper, azul y tibia como un cristalino lago de verano. Él le sonrió, se puso de pie y extendió su mano para recibirla.

—Eres preciosa – susurró, cuando estuvieron frente a frente; Ella inclinó su rostro hacia abajo, tímida, no sabiendo que el ligero camisón blanco que llevaba puesto remarcaba cada una de sus sencillas curvas, haciéndole temblar a él de la misma manera que ella lo hacía – Alice...

Alzó la mirada. Jasper había tomado sus manos entre las suyas.

—No quiero que tengas miedo – prosiguió – Quiero que confíes en mí

—Confío en ti – le aseguró ella – pero... estoy asustada.

Jasper acarició una de sus mejillas.

—No tienes porqué estarlo – susurró, inclinándose para hablarle al oído. Su aliento provocó cosquillas en su estomago – Te amo y seré cuidadoso, lo prometo.

—No dudo de ti, si no de mí – confesó - Yo... no sé si seré buena...

—Alice – rió quedamente. Después tomó su rostro entre sus manos, para que sus miradas se unieran – ¿Es que acaso no te has dado cuenta de cuánto te deseo? He esperado, impaciente, a que los meses pasen para hacerte mi esposa. Para hacerte mi mujer...

—Jasper... – musitó ella, cuando los brazos masculinos la rodearon por completo

—Déjame hacerte el amor, Alice – pidió él, paseando lentamente sus labios por su cuello – Déjame hacerte mía.

Y ella respondió sin más dudas, hilando sus dedos en las hebras doradas de sus cabellos, mientras se dejaba guiar hacia la cama, en donde su cuerpo cayó bajo de él.

Sus pequeñas manos inexpertas comenzaron a moverse conforme su cuerpo era cubierto de caricias y besos cada vez más profundos, despojándola del pudor y revistiéndola por una inocente mujer llena de sensualidad. Sentía el roce de Jasper en cada centímetro de su piel, avivándola, humedeciéndola. Se descubrió respirando entrecortadamente cuando uno de sus delicados senos era aprisionado por su boca, endureciendo sus pezones con la frescura de su lengua.

Jamás había experimentando una necesidad tan poderosa. La piel le ardía, una presión en el vientre exigía que Jasper la tomara, sin esperar más. Y, cuando así fue, cuando la dureza de él comenzó a invadirla, lenta, cuidadosamente, esperando a que ella se adaptara, se sintió dichosa; llena.

Era como si ambos cuerpos hubieran estado diseñados para encajar perfectamente uno en otro. Sus bocas no se separaban por más de tres segundos; ahogaban, con la danza de sus labios, los jadeos llenos de placer que aumentaban conforme el movimiento de sus caderas subía de ritmo... Hasta que juntos llegaron al final.

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Alice y Jasper se casaron esa misma noche en la que se entregaron por primera vez. La boda fue sencilla pues, tras dos años de la muerte de James, Victoria y Emmett, aún se podía apreciar en el castillo cierto aroma nostálgico. Los inmortales y los vampiros habían realizado un afectuoso tratado de paz. Aunque, claro, no hicieron falta los pocos rebeldes que se negaron a vivir a base de sangre de animales o donaciones voluntarias y siguieron rondando por los bosques.

Xandria, su hija, una pequeña y traviesa criaturita inmortal de negros cabellos y grisácea mirada, nació media década después de su matrimonio. Su instinto aventurero era imposible de frenar. Su curiosidad era tan grande como su inteligencia y carisma. Le encantaba bailar en las noches de fogata y adoraba convivir con los humanos.

Una tarde de otoño, ella acababa de cumplir cinco años, el tío Edward recibió la carta de una vieja amiga, junto con un paquete. Era la pintura de un muchacho y todos se habían reunido alrededor para contemplarlo. Inclinó su rostro hacia la derecha, examinando detenidamente las facciones del joven de perturbadora mirada azul, que portaba una oscura gabardina.

—Y él... ¿Quién es? – preguntó a su madre, quien, con una sonrisa, respondió:

—Tu primo, Alexander.

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Dirigió una divertida mirada hacia su esposo, luego hacia su padre, y apretó los labios para reprimir una risita, la cual fue expulsada al escuchar otro ininteligible rezongueo por parte de Edward. Éste volteó para mirarla.

—¿Qué? – preguntó, sin disimular su mal humor. El Rey Charlie también giró para verla, ambas expresiones eran casi las mismas.

—Me parece demasiado cómico ver a un vampiro y a un Rey morirse de la rabia – confesó. ¿Quién lo imaginaría que Suegro y yerno congeniarían tanto en el asunto de los celos?

Ambos hombres volvieron la mirada hacia el centro del salón, en donde una hermosa muchachita, de ondulado y largo cabello cobrizo, bailaba, felizmente, con un joven moreno, de negra cabellera. Los dos resoplaron y pusieron los ojos en blanco.

Esta vez no fue sólo Bella la que rió, si no también Renne y Alice.

—Vamos – dijo la castaña – sabíamos que esto iba a ocurrir tarde o temprano

—Para mí es demasiado temprano – alegó Edward – ¡Mi hija sólo tiene dieciocho años!

—Edward – habló cariñosamente – Reneesme ya es toda una señorita y Jacob la ama.

El vampiro no contestó. Se limitó a encogerse en la silla en la que estaba sentado y seguir refunfuñando.

La castaña volvió a reír y luego se inclinó para depositar un beso sobre su mejilla.

—¿Sabes cuánto adoro verlo así, mi señor? Tan serio e infantil.

—¿Infantil? – Replicó él – ¿Ahora resulta que cuidar a mi hija de un perro es infantil?

—Detesto la imprimación – terció el Rey Charlie.

—Yo detesto a Jacob Black.

El humor de ninguno de los dos mejoró al contemplar que Jacob tomaba a Reneesme de las manos y la guiaba hacia uno de los jardines del castillo.

—Edward – reprendió Bella, al ver que éste se había puesto de pie – ¿A dónde vas?

—A cuidar que a mi hija no se le peguen las pulgas...

A la princesa no le quedó de otra más que alcanzar a su esposo. Era invierno y una gruesa capa de nieve cubría a todo tipo de vegetación. Comprendía la actitud de su esposo, los celos; Ella también los llegó a sentir en determinado momento.

Encontró a Edward, escondido en uno de los muros, quieto como una pálida estatua. Se acercó y le tomó la mano. Él giró el rostro para verla, ella sonrió. Después, ambos volvieron la vista hacia el frente, en donde, sobre la blanca nieve y bajo un enorme y frondoso pino, Reneesme descansaba su cabeza, adormecida y con los ojos serenamente cerrados, sobre el cálido pelaje rojizo del enorme hombre lobo. Ambos se veían completamente en paz, como si de esa manera nada los pudiera dañar.

—Él sabe que a ella le gusta la nieve – suspiró el vampiro.

—Él sólo quiere hacerla feliz – acordó la princesa – ¿Los ves? Me recuerdan tanto a nosotros cuando nos acostábamos debajo de nuestro pino.

Edward miró otro instante más la escena de su hija con el licántropo. Sí, lo que decía Bella era cierto...

—Dejémoslo solos – dijo la castaña, jalándolo hacia el pie de las escaleras y juntando sus labios con los suyos – Podemos ir a la recamara...

—¿Y la fiesta? – preguntó Edward, sonriendo

—La fiesta... puede esperar.

Y el vampiro no escuchó más. Con un rápido movimiento, la cargó entre sus brazos y, al segundo siguiente, ambos se encontraban ya en la cama, desvistiéndose lentamente, con pasión y ternura; con el mismo nervio, como si se tratara de la primera vez.

Los labios de él abandonaron su boca y se deslizaron hacia abajo, en donde su lengua mojaba ligeramente la piel de su vientre y sus dedos invadían su intimidad, haciéndola jadear, vibrar con cada caricia, con cada penetración, con cada beso, mientras ella se retorcía entre sus brazos, balanceándose hacia atrás y hacia delante, con los ojos cerrados, sintiéndolo completamente dentro.

Y es que no importaba cuántas veces sucediera, cada final era distinto, mágico...

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Reneesme jugaba distraídamente el pendiente en forma de sol y media luna que, desde pequeña, le había dado su padre, diciéndole que era un regalo de una gran amiga al cual él adoraba. Luego, suspiró. El lobo que estaba a su lado giró la cabeza y sus ojos le miraron fijamente, con preocupación. Ella esbozó una pequeña sonrisa y estiró su mano para hundirla en el suave pelaje.

El licántropo aceptó su caricia, pero después salió corriendo hacia el bosque, regresando al segundo siguiente ya en forma de hombre. Volvieron a sentarse debajo del pino. El moreno tomó sus manos.

—¿Qué sucede? – Preguntó, con voz suave – Es tu cumpleaños. No deberías de estar triste

Ella bajó la mirada para contestar.

—No estoy triste. Estaba pensando... – susurró

—¿En qué? – la instó él

—En que ya anocheció. Eso significa que la mañana se acerca y tú... tú te irás otra vez. ¿Cuánto tiempo pasará para que te vuelva a ver, Jacob? Sé que tienes deberes por hacer en tu reino, pero yo... yo no puedo evitar extrañar a mi mejor amigo.

Él tomó su rostro entre sus manos, con delicadeza.

—¿Segura que solamente extrañas a un amigo?– preguntó. El corazón de ella tembló. Abrió los labios para contestar, pero los volvió a cerrar al no tener una respuesta.

La profundidad de los negros ojos de Jacob parecía traspasar su alma, ver más allá de lo que ella quería demostrar. Se sintió frágil y cerró los ojos cuando él comenzó a acercarse. Entonces, sus labios se vieron acariciados por un suave, breve y cálido contacto que duró apenas un latido, pero que electrizó cada centímetro de su piel, haciéndola temblar.

—Reneesme – musitó el moreno, sin dejar de sostener su rostro – Te amo.

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Su caballo cabalgaba a toda velocidad por el bosque. Le encantaba sentir la adrenalina y el viento golpear su rostro y agitar sus cabellos. Jaló las riendas de su blanco caballo, haciéndole frenar. Se bajó de un salto y contempló el cobrizo atardecer. Las luces del castillo comenzaban a ser encendidas.

Lo mejor es darse prisa, pensó. No quería llegar tarde al baile de apertura, pero la larga silueta de un joven, parado en una cercana colina, llamó su atención. No lograba verle el rostro ya que la capucha de su oscura capa lo cubría; pero, por la posición en la que se encontraba, era claro que estaba contemplando el castillo. ¿Será un forastero?, pensaba mientras se acercaba con cautela. ¿O será un vampiro rebelde? La segunda idea le asustó y emocionó al mismo tiempo. De hecho, no sabía porqué se estaba arriesgando tanto en lugar de haber dado aviso a su padre o alguno de los guardias.

Sus pies se resbalaron un poco, pero recuperó rápidamente el equilibrio. No fue nada, se tranquilizó, pero el desconocido joven giró el rostro y vio justamente su dirección. Permaneció quieta, inmóvil, hasta que él se acercó y borró sus miedos al ayudarla, gentilmente, a ponerse de pie. No parece peligroso, alzó la mirada y se encontró con un par de azules ojos que le resultaron familiares, cautivantes. Hizo memoria y entonces recordó el cuadro que se encontraba colgado en la biblioteca; el mismo que, desde pequeña, contemplaba día tras día, como si fuera presa de un hechizo.

—¿Alexander?

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—Más de un siglo – susurró la castaña, con la cabeza de Edward reclinada sobre su pecho. A él siempre le gustaba escuchar cómo su corazón volvía, poco a poco, a su normal palpitar.

—Me parece tan poco y, a la vez, me parece demasiado – dijo él, sabiendo a lo que se refería, deslizando la punta de sus dedos por la desnuda curva de su cintura, haciéndola estremecer – Demasiado si lo comparamos con los mortales, pues, de ser uno de ellos, muy seguramente ya habríamos muerto... Eso es cruel, ¿no crees? No poder amar a alguien más que unas siete u ocho décadas, a veces incluso hasta menos.

Se estiró para besar dulcemente sus labios.

—Y me parece tan poco cuando pienso en toda la eternidad que tenemos por delante... Y me siento muy agradecido de no ser humano; Pues ni diez millones de noches me serían suficientes para hacerte el amor, ni diez millones de soles me bastarían para decirte cuánto te adoro. Veinte mil vidas enteras me son nada para hacerte feliz y darte gracias por todo lo que me has dado y enseñado. Bella, – tomó su rostro entre sus manos y le miró fijamente a los ojos – La Luna y sus estrellas podrían llegar a envejecer y, ni aún hasta entonces, yo habría vivido lo suficiente para hacerte saber todo lo que significas para mí.

Su mano se alojó en el pecho de la princesa. Ambos permanecieron en silencio, con sus miradas unidas, extraviados uno en el otro.

—Tú corazón es mi corazón – susurró él – No soy yo quien es inmortal, Bella. Aún si muriera, es mi amor por ti lo que viviría por siempre, a través de las décadas, a través de lo siglos, a través del tiempo...

—A través de todo – sonrió ella

—A través de todo – acordó él, acercándose para juntar sus labios con los suyos, para así volver a amarla como antes, como ahora, como siempre.

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"Hay historias que no tienen fin, historias que están destinadas a permanecer eternamente en nuestras almas. Lugares, canciones, colores, olores, nombres... rostros que imperan en nuestros recuerdos por siempre. Amores, amores tan grandes que ni en la más grande agonía se olvidan. Hay historias, historias que nacen para nunca morir. En cada corazón hay, al menos, una. Hay historias, historias que nos hacen reír, llorar... vivir, que nos hacen humanos. Hay historias que vencen a la muerte y que quedan viajando en el viento. Hay historias, historias inmortales, que jamás logran ser enterradas..."

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FIN

AGRADECIMIENTOS.

Bueno, después de más de medio año, al fin hemos terminado *Suspiro pesado por parte de todos*

*Anju se acomoda en una tarima y toma aire antes de comenzar*

Una disculpa por los terribles retrasos y muchísimas gracias por toda su comprensión y sus palabras de aliento para seguir hasta este capítulo (espero no se hayan arrepentido). No sé qué decirles. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS por soportarme actualización tras actualización (Sé que a veces no es fácil). Gracias por darse una oportunidad para leer esta ocurrencia que nació tras ver la trilogía completa del Señor de los Anillos en una sola tarde (Si, lo sé, nada que ver una cosa con la otra)

Disculpas por los horrores ortográficos y mis tan inevitables dedazos. El teclado tiene la culpa. También disculpen por mi instinto psicótico; créanme, traté de controlarme, pero siento esta terrible necesidad de hacer infelices a los personajes. Aunque, aclaro, la muerte de Emmett tiene su razón, la cual la misma Rose justifica allá arriba. Si, sí, vamos, díganlo, "Anju no puede dejar de lado sus inevitables sermones" Lo siento, tal vez con el tiempo y tras leer varias de mis historias se acostumbren a ello.

Recuerdo que mi adorado Edward, mi amado Jacob, mi fantástico James y los demás personajes, no son de mí propiedad, si no de la señora Stephie Meyer.

¿Qué más puedo decir? GRACIAS (parezco disco rayado, pero la labia no es mi uno de mis dones). Bueno, las dejo, no sin antes pedirles que me dejen su opinión. Vamos, ¿Alrededor de 300 hojas de Word en esta historia, sea algo rescatable o una completa basura, no merece aunque sea una línea que me dé una idea para saber qué les pareció?)

En fin, ahora si, me voy. Gracias por todo (Si, si, otra vez). Adiós

Atte

AnjuDark