Disclaimer: Nada me pertenece. Alto OoC por parte de algunos personajes.

¡Nos vemos abajo!


Bella había estado terriblemente inquieta toda la noche. Edward estaba preocupado, como de costumbre no dormía, y podía oír como lloriqueaba y rodaba entre las sabanas. Seguramente estaba pensando en lo sucedido horas atrás. No sabía si despertarla, podía no volver a dormir, así que solo la dejó y esperó a que su pesadilla se fuera, sin embargo, pasaban los minutos y ella seguía lloriqueando, era obvio que estaba asustada. Justo cuando el extendió su brazo para despertarla preocupado, ella se levantó, sobresaltada. La expresión en su rostro mostraba lo aterrada que estaba, ella vio alrededor y comenzó a llorar. No sabía dónde estaba, se encontraba desubicada. Al parecer apenas salía del shock.

Edward se levantó para prender la luz y con rapidez regresó a la cama, acurrucándola contra él, su cabeza contra su pecho.

—Tranquila, gatita, tranquila. Estoy aquí —ella continuaba llorando, y aferró sus manitas hechas puños contra su abdomen marcado—. ¿No te ayudé hoy, bebé? ¿No he cuidado bien de ti? ¿No confías en mí?

Ella asintió pero continuó en el mismo estado. Edward limpió con sus pulgares las gruesas lágrimas que caían de sus mejillas. No le gustaba ver a la pequeña llorar. Se levantó de la cama y Bella se asustó.

—¡No! No te vayas.

—Te traeré un vaso de leche tibia —dijo acariciando su mejilla—. ¿Te gustaría eso, gatita?

Después de meditarlo un poco, ella asintió. Él le echó una última mirada antes de salir del cuarto y le sonrió tranquilizadoramente. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. En un vaso puso la leche y en otro un poco de soda, la glucosa seguramente le haría bien.

—Toma, gatita, bebe esto —le ofreció una vez que llegó a la habitación. Ella tomó el vaso de leche primero y le dio un sorbo. Aún estaba llorando e hipaba de vez en cuando. Le enterneció verla así, pequeña y asustadiza como un verdadero gatito. Le dio un sorbo y lo dejó en la mesita de noche a su lado.

—Ahora toma esto —se incorporó a la cama y le acerco el vaso con soda, pero ella negó con la cabeza e intento apartarlo con su mano—. Anda, cariño. Te hará bien.

Accedió una vez más y le dio un pequeñísimo sorbo, luego volvió a apartarlo.

—Shh… duerme otra vez. Dejaré la luz prendida esta vez, ¿Quieres? Nada te va a pasar si yo estoy aquí.

Ella volvió a recostarse en la cama, sorbiéndose la nariz, y él se recostó a un lado de ella, muy cerca de su cuerpo.

A Bella ya no le importaba que él fuera un desconocido, que la hubiera secuestrado y arrebatado del lado de su madre. También se había portado muy bien con ella, la había salvado de algo horrible, el acto más atroz que cruzaba por su mente. Además, si quisiera hacerle daño ya lo habría hecho, ¿No?

Así que dio el último paso y movió su cuerpo hacia atrás, buscando estar un poco más cerca de él, así se sentía tan segura, aunque no tuviera sentido.

Edward deslizó su mano por el suave brazo de ella, intentando transmitirle seguridad.

—Gracias otra vez, Edward.

—No te preocupes —susurró él sobre su oído. No se dio cuenta de que se había acercado tanto. Su aliento en esa parte sensible le causó un estremecimiento.

—¿Tienes frío, gatita? —preguntó. La mano antes en su brazo se deslizó hasta su estómago acariciando suavemente. Su aliento cálido golpeó su nuca y suspiro. Edward decidió arriesgarse y se pegó a su cuerpo, su verga semi-erecta contra su espalda baja. Ella suspiró entrecortadamente, ni siquiera dándose cuenta.

—No… estoy bien.

Su recta nariz recorrió la curva de su cuello y luego olisqueó su cabello, seduciéndola lentamente.

—¿Te molesto? —preguntó él con voz ronca. Ella volvió a negar.

—Me gusta —admitió, sonrojándose en la obscuridad.

—Mmmmmh, Isabella. ¿Qué me haces?

—No te entiendo —murmuró ella confundida—… ¿E-estoy haciendo algo malo?

El rió silenciosamente.

—Por supuesto que no, gatita. Vuelve a dormir, vamos.

Ella asintió y se acurrucó contra su pechó desnudo, respirando profundamente el olor débil de la loción masculina que Edward usaba. A los pocos minutos cayó completamente dormida arrullada por la profunda respiración de Edward, sus manos grandes y su calidez. Él, lejos de dormirse, comenzó a recorrer su cuerpo con sus manos, su mente nublada por el deseo. Acarició la estrecha cintura, el contorno de sus senos y olió su cuello. Seguramente estaría apretadita cuando la hiciera suya por primera vez. Mmmm, su verga la moldearía al tamaño adecuado. Se acarició por encima de los pantalones y su pecho vibró conteniendo un gruñido. Lo ponía realmente sensible. Las pastillas no le servían de nada, eran antiandrógenos. "Sufría" de hipersexualidad y ese tratamiento debía ayudarlo. No lo tomaba frecuentemente… le gustaba el sexo. Pero esos días debería tener un poco de autocontrol.

Por un par de horas Bella continuó lloriqueando, pero no volvió a despertarse. Se movía mucho, y obviamente estaba teniendo pesadillas, soltando débiles quejidos de vez en cuando. Sintió pena por ella, era tan dulce y estaba siendo atormentada terriblemente incluso en sus sueños.

Se apartó y se levantó de la cama, sabiendo que, como siempre, no podría dormir. Se dirigió a su oficina, que se encontraba en la planta baja de la casa. Pasó ahí toda la noche, aprovechando tiempo para responder formalismos de otros clanes. Le convenía estar en la lista buena de todos, y no faltar al respeto era muy importante.

Regresó a la habitación varias horas después, cuando comenzaba a amanecer. Volvió a recostarse para dar la ilusión de haber dormido. La última vez que vio el reloj, este marcaba las nueve de la mañana, y cuando comenzaron a pesarle los parpados finalmente, Bella se despertó, incorporándose y tallándose los ojos.

—Vuelve a dormir, gatita —dijo Edward aun con los ojos cerrados.

—Ya no puedo… no estoy cansada.

—Te prepararé una ducha, pequeña. ¿Te gustaría eso?

Ella se mordió el labio y asintió. Quería quitarse la mugre de encima desesperadamente.

Él le sonrió y le dio la espalda para entrar al baño a prepararle la ducha. En la tina abrió el grifo de agua caliente y la combinó con un poco de agua helada, y roció sales aromáticas para que se relajara.

—Está listo, puedes entrar. Deja la ropa a un lado del retrete, Charlotte la recogerá más rápido.

El personal llegaba normalmente a las ocho de la mañana, excepto los guardias que estaban ahí las veinticuatro horas en turnos, pero no molestaban al señor, como él les ordenaba.

—Gracias —susurró, y apretó la toalla que Edward le había dado contra su pecho. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a desvestirse. Al terminar puso la ropa a un lado del retrete, en el suelo, como Edward le había ordenado.

Se observó en el espejo y se dio cuenta de que tenía varios moretones y rasgaduras, especialmente en la espalda. Su clavícula tenía grandes manchas moradas que serían difíciles de ocultar, las heridas en su espalda eran muy superficiales, se curarían rápido.

Mordiéndose el labio entró a la tina que Edward tan amablemente le había preparado. Tenía olores florales que la relajaban. Tomó una esponja y la remojó, talló con delicadeza la piel de sus brazos, su cuello, sus pechos, hasta que hubo lavado su cuerpo entero.

Cuando terminó tomó una toalla y se envolvió con ella debido al frío que le provocaba el cambio de temperatura. Salió a la habitación a buscar ropa y como esperaba, Edward no estaba pero tampoco había dejado prendas en la cama.

—Pequeña… —murmuró él desde el marco de la puerta, con la voz preocupada. Isabella le daba la espalda, y con aquella toalla que solo la cubría mínimamente podía verle las heridas. Se arrepintió de la "sencillez" con la que se había deshecho de aquel hombre, debió haberlo encerrado en su sótano para después torturarlo con todos los artefactos que tenía ahí.

Ella se congeló en donde estaba, incapaz de voltearse apenada de que Edward pudiera ver su semidesnudez, sin embargo él se acercó con pasos pesados, puso sus grandes manos en los delgados hombros de ella y atrajo su espalda a su pecho. Enterró la nariz en su cabello caoba mientras frotaba sus manos contra sus brazos que también tenían moretones.

—Déjame verte… estas muy lastimada, gatita.

—Estoy bien —contestó ella avergonzada—. No me duele mucho.

—Pero te duele —tomó el dorso de su mano para examinar las raspaduras que tenía en los nudillos. La acercó a su rostro y luego besó sus nudillos con suavidad, a penas rosándolos con sus labios. Ella suspiró, estremeciéndose.

La acarició subiendo sus manos por los brazos de ella y pasó los pulgares por las marcas moradas que tenía.

—Traeré algo de ungüento para el dolor —dijo Edward con voz ronca. Le dio un beso en la frente sorprendiéndose por su respiración agitada y fue a la planta baja a buscar la crema, en el mismo lugar en el que tenía todas sus medicinas escondidas en caso de que alguna vez llegara con una bala o una herida mortal en el cuerpo. Había aprendido cómo curarse desde mucho tiempo antes. Regresó con él, lo destapó y con cuidado lo puso en cada una de sus heridas, subiendo desde sus nudillos hasta su cuello en movimientos circulares con las yemas de sus dedos.

Le besó los labios con mucha suavidad sin poderse contener al verle esa boquita de cereza, poniendo una mano detrás de su cuello y otra en su cabeza, aplicando un poco de presión para que no se alejara. Fue un beso delicado, le comía los labios con suavidad, no había dado un beso así en mucho tiempo, sin mordidas ni presión furiosa. Sintió cómo ella intentaba moverse pero no lo iba a permitir, aplicó más presión y finalmente ella comenzó a mover sus labios contra los de él, suspirando entrecortadamente y poniendo las manitas sobre el pecho de él.

—Edward… —murmuró mareada cuando se separó un poco, sólo para tomarla por la cintura, dándole cortos besos en la boca pero dirigiéndola a la cama con pasos cortos.

Beep

Beep

Beep

Beep

—¡Maldita sea! —rugió furioso—. Espera un momento, cariño.

Bella se mordió el labio y juntó sus muslos, frotándolos suavemente.

Sacó su teléfono celular de su bolsillo para ver un mensaje, procedente de uno de los guardias en la entrada. Cuando asomó la vista por la ventana de la habitación, pudo ver un despampanante Mercedes-Benz rojo tras las rejas de la entrada…


Emmett despertó un poco más temprano de lo usual. Se vistió con uno de sus costosos trajes negros y uso una camisa blanca, sin corbata. En su espalda escondió una de sus armas, y en su bolsillo su teléfono celular y una tarjeta con una dirección y un nombre.

Chicago Lakeshore Hospital. 4840 North Marine Dr. Chicago IL 60640

Rosalie Lillian Hale

Edward le había ordenado que le diera una revisión a la chica y así lo haría. Salió del hotel, subió a su Jeep y lo puso en marcha. Le encantaba Chicago, era su ciudad favorita y no podía imaginarse viviendo en otro lugar. Estaba llena de crímenes: drogas, alcohol, juego, y mujeres. Aunque a las últimas no les tomaba mucha importancia, era hombre y tenía sus amoríos de vez en cuando, sin embargo esa era y siempre sería la posición de las mujeres: sexo, amoríos. Nunca se había planteado en realidad casarse o sentar cabeza, su mente giraba alrededor de su trabajo y de siempre tener precaución. Si alguien le dijera que podía regresar el tiempo y cambiar los sucesos que lo llevaron a introducirse en el mundo de la mafia, probablemente rechazaría la oferta. En ese negocio había conocido a las únicas personas que en verdad lo apreciaban y las únicas por las que se sacrificaría: Alice y Edward. El lazo que tenía con ellos era puramente hermandad. En realidad los veía como hermanos e igualmente pensaban ellos.

Tardó media hora en llegar al lugar, y tenía la pinta de cualquier otro hospital mental. Aparcó en el estacionamiento semi-vacio y entro al lugar, donde todo era blanco. Las paredes, los muebles, los floreros. Había una mujer en lo que parecía un módulo de información, así que se acerco a ella y preguntó.

—Buenos días, señora. Disculpe, necesito ver a Rosalie Hale.

La mujer le dio una cálida sonrisa antes de responderle.

—Ella se encuentra aquí, pero el horario de visitas comienza en un par de horas.

—Entiendo —Emmett sonrió mostrando sus hoyuelos. Iba a retirarse cuando la mujer lo detuvo.

—¡Espere! ¿Es usted su nuevo doctor?

Él decidió probar su suerte y asintió.

—Sí, pero no se preocupe, volveré más tarde.

—No, no. Disculpe, debió haberlo dicho. El señor Hale nos dijo que usted llegaría en una semana más.

—Es que, bueno, comenzaré a tratarla hasta la próxima semana, ahora solo quiero hacerle una visita, prepararme.

—Está bien, lo dejaré pasar ahora, pero necesitaré ver los papeles.

—¿Los papeles? —preguntó Emmett confundido. Después razono, si se trataba de un nuevo doctor debería llevar reconocimientos, identificación, carta de recomendación desde 'el otro hospital' entre otras cosas—. ¡Ah! Como le digo, hoy vengo sólo como visita, por lo tanto no traigo mis papeles, pero no se preocupe, regresaré más tarde.

La mujer lo miro por unos momentos y luego contestó:

—No, no se preocupe. Si es por cuestiones médicas supongo que lo dejaré pasar. Sólo podrá estar con ella media hora. ¡Tony, ven aquí!

Un muchacho joven, vestido de blanco se acerco a ellos. Mientras tanto la mujer revisaba en los estantes, buscando algo. Sacó una carpeta negra, la abrió y volvió a sonreírle cálidamente.

—Lleva al doctor Liam O'Reilly señorita Hale. Y doctor, necesitaremos que en su próxima visita traiga todos los documentos que se le han requerido a la hora de su contratación en el hospital. Tenemos la autorización de el señor Hale y de los superiores, pero las documentaciones, según nos dijeron, vendrían con usted desde Irlanda.

—Por supuesto. Como le digo, hoy no vengo como doctor. Quisiera hablar con la señorita Hale en una manera más llevadera.

La mujer asintió y el empleado lo miró antes de comenzar a caminar, arrastrando los pies. Lo dirigió en silencio hasta un pasillo en la profundidad del centro psiquiátrico, las pisadas de sus brillantes zapatos negros era lo único que se escuchaba en los desolados pasillos. Llegaron a una última puerta, que tenía un tablero que decía "Srita. Rosalie L. Hale" en él.

Entró con calma, preparándose para desarrollar su papel de doctor. Esa señorita sería su as bajo la manga en caso de que Hale quisiera amenazarlos.

Una melena rubia deslumbró su mirada cuando fijó su vista en la habitación. El resplandeciente cabello caía en una espalda delgada, vestida en la común bata blanca. La silueta veía el paisaje por la ventana, pero al escuchar la puerta abrirse volteó y examinó la presencia. Al ver el traje tan formal y el cuerpo tan amenazante supo de inmediato de qué se trataba.

—¿Mi hermano está muerto?

—¿Qu... qué? —respondió Emmett sin aliento.

Sin aliento, ante una belleza tan angelical y diabólica a la vez. Una piel de porcelana, facciones afiladas y electrizantes ojos azules. Sin embargo tenía unas grandes ojeras y en esos ojos bailaba un brillo casi malévolo, que no encajaba con la majestuosidad que era el resto de ella. Era preciosa.

Ella apretó la mandíbula.

—Quiere decirme que le ha pasado algo a mi hermano, ¿verdad? A eso viene —le dio la espalda—. No quiero saberlo.

Le pareció que se le quebró la voz un poco, pero había sido tan imperceptible que no estaba seguro.

Tragó el nudo de saliva y se acarició con nerviosismo el pecho.

—No, no. Soy Liam. Yo voy a tratarte de ahora en adelante. Me gustaría saber cómo estás, y si quisieras que trabajáramos de alguna manera especial en tu terapia.

—No me interesa.

—¿Por qué no vienes a sentarte en la silla para que podamos hablar? —le habló suavemente, deseoso de ver su rostro una vez más.

—Váyase, quiero estar sola.

—Solo quiero hablar contigo… Rosalie —dejó que su nombre se deslizara suavemente por su lengua y sus labios, anhelaba decirlo y que ella dijera el suyo, deseaba ver su cara de muñeca sombría una vez más—. Cuéntame de tus terapias pasadas, qué no te gusta y nos saltaremos esas experiencias. Podemos hacer muchas cosas divertidas.

A pesar de que Emmett no había captado el doble sentido de la oración, Rosalie sí. Ella había probado una vez el veneno de la malicia y ahora corría por su sangre.

—Haga lo que se le dé la puta gana.

Se levantó y cerró la puerta del baño con fuerza después de entrar en él, dejando a Emmett sorprendido por su crudeza. Salió de la habitación, prometiendo mentalmente que volvería. Ya esperaba con ansias el momento de estar con su muñeca.


—Anda cariño, sé que tu garganta es más profunda.

—Hnnnngg —se quejaba Irina mientras Edward la empujaba contra su verga. La tenía tan gorda que sentía que le iba a rasgar las comisuras de los labios.

—Vamos putita, si te la tragas toda te daré un buen premio —gruñó. Necesitaba tanto la liberación, así se desharía de tanto estrés y tensión.

Irina lo sacó de su boca para respirar profundamente. Tenía los ojos húmedos por el esfuerzo. Se encargo de lamer el falo de arriba hacia abajo para lubricarlo con su saliva, esperando que así fuera más fácil llevarlo hasta el fondo. Suspiró y entonces comenzó a hundírselo profundamente... Edward gimió cuando sintió su barbilla presionada contra sus pesados testículos. Ella lo sacaba y lo metía, porque le era imposible acogerlo por mucho tiempo.

—Trágalo todo, no me quiero manchar el traje —le dijo altaneramente—. Mira lo zorra que eres Irina, de seguro tragas muchas vergas para practicar cuando vienes a mí ¿no es cierto?

Irina gimió y comenzó a machacarse el clítoris con el dedo índice.

—Muerde el glande —gruñó con los dientes y los puños apretados. Estaba tan cerca, sólo un poco de dolor bastaría.

Irina lo sacó y ejerció presión media en la gruesa punta. Sabía cómo le gustaba.

—Sí… así… Unnnnnggh… —murmuraba aterciopeladamente mientras se corría en la boca de Irina, al mismo tiempo que ella alcanzaba su orgasmo con el clítoris brutalizado. Soltó tantos chorretones de su semilla que ella se desesperó un poco. Al final se relamió los labios… a Edward le encantaba que hicieran eso, como gatitas satisfechas.

—Mmmm, fuiste muy buena hoy cariño —sacó un gran fajo de billetes de un maletín y se lo arrojó al suelo—. Cómprate lo que quieras. Y sal por la puerta trasera, sin que nadie te vea.

Ella salió de la oficina, con una gran sonrisa en el rostro mientras guardaba el dinero en su bolso Gucci.


—Vimos a Edward Cullen con una mujer. Tenemos fotografías, ella parecía muy asustada, estoy cien por ciento segura de que es su mujer por la fuerza —informó Bree.

—¡Podemos sacarle información! Por cómo se veía la situación, puedo apostar que ella nos dirá todo si la presionamos un poco.

—Enséñame las fotos, María. —ordenó James. Se encontraban todos en un sucio apartamento que rentaban para las reuniones, estaba alejado de la ciudad y era pequeño, lo suficientemente pequeño para pasar desapercibido para cualquiera, sin embargo en él escondían desde cuchillos y balas hasta metralletas, e incluso tenían toneladas drogas para venta y para uso personal.

María sacó la cámara fotográfica de su bolso y procedió a enseñar las imágenes a James y a Jasper, que se encontraba detrás de él recargado en la pared, con una expresión "tranquila" sin embargo apretó la mandíbula y observó las fotos. Cullen… ese inmundo apellido era sinónimo de las peores desgracias de su vida y lo odiaba, lo detestaba con todo su ser y no descansaría hasta hacer pedazos a esa familia entera. Ellos tenían la culpa de la masacre de su propia familia y del trauma de su pequeña hermana, eran la razón por la que había entrado a aquél negocio que mataba su alma pero a la vez lo mantenía vivo, gracias a la ira, el odio, la sed de venganza.

En las imágenes podían ver claramente como ella huía e intentaba luchar de él disimuladamente, sus ojos brillantes con lágrimas y la furia de él.

—¿La sigueron? ¿Saben dónde puede ser encontrada?

—No —dijo María nerviosa—… Cullen tenía a McCarty con él, se hubiera dado cuenta, no podíamos hacer nada.

James suspiró con cansancio.

—¿Entonces cómo supones que la vamos a encontrar, estúpida? —dijo rudamente, en una posición tranquila pero con los ojos centelleándole en ira.

—Bueno… no lo sé… podemos rodear los alrededores y esperar a que regresen…

—Estaremos ahí hasta que regresen, los quiero a todos las veinticuatro horas vigilando, túrnense, no me importa cómo lo hagan. Necesitamos movernos YA si queremos seguir al paso que vamos, y esa señorita será nuestro paso a otro escalón arriba. Planeen cómo van a interceptarla desde ahora, por que quien la vea primero debe traerla de inmediato.

En su mente, Jasper exploró las diferentes situaciones que podían suceder y planteó una situación para cada una con rapidez… tenía un alto coeficiente intelectual y planeaba darle el mejor uso.

Entusiasmado con la noticia, juró por su propia vida que sería él quien le daría punto final a los Cullen y a todo su clan.


Ya no daré excusas por la tardanza, ni siquiera vale la pena. La historia continuará, a menos que decida lo contrario, pero mientras yo no de confirmación oficial de que la historia se acabe, no importa cuánto tarde, el fanfic continuará.

Gracias a dark warrior 1000, por estár beteando el capítulo. (Será reemplazado cuando ella me envíe el editado)

Todas, absolutamente todas sus historias son buenísimas, deberían pasar a leerlas y dejarle un review. Su profile :

fanfiction. net/u/1625522/dark_warrior_1000

También está entre mis autores favoritos y link en mi profile.

Historias suyas que recomiendo altamente:

-El monstruo que llevamos dentro

-Golden Gate

-El ángel del marqués

-EL PIGMALIÓN (creo que mi one shot favorito en todo FF)

-A tus pies

Besos.