(*) Editado el 18 de marzo de 2015

2. Selección innecesaria

«This is what I brought you, this you can keep. This is what I brought you may forget me. I promise to depart, just promise one thing: kiss my eyes and lay me to sleep».

Prelude 12/21, AFI

Quedaría muy trágico, muy literario, explicar que todo empezó con la muerte de mi madre, un día antes de que cumpliera cuatro años. Pero mentiría y, aunque estéis predispuestos a dudar de mi palabra por mi condición de Slytherin, soy cruel, oscura y grotescamente sincero.

Podría deciros que ver su cuerpo sanguinolento y desmembrado sobre la carísima alfombra del salón me hizo vomitar y dejar de comer durante días. Podría deciros que pobló muchas de mis pesadillas. Podría deciros que, en cierto modo, me convirtió en un niño introvertido y huraño.

Podría deciros infinidad de verdades, pero no son las que nos conciernen ahora.

Después de esa muerte, mi padre trajo a su madre a casa, lo que no me motivó demasiado —bastarían menos de treinta segundos con ella para que me comprendierais—. La viuda, a la que mi actitud indiferente le escocía más que el pus de bubotubérculo sin diluir, me trataba de convencer cuando veía la oportunidad —y cuando no la veía, por si acaso— de que su nuera había sido asesinada por un auror desaprensivo. Aquella mujer sabía lo que realmente había pasado, pero tanto ella como mi padre opinaban que con esa historia yo comenzaría a odiar a los aliados de Dumbledore y me sentiría más apegado a su causa, a la causa del Lord. Se equivocaban. Sus historias, los mortífagos y Dumbledore me fueron y me serían totalmente indiferentes.

No, esta historia empezó el uno de septiembre de hace siete años.

—Theodore, compórtate como se espera de ti.

Esas palabras, una mirada inexpresiva y una mueca de desdén en la boca. Así se despidió mi padre de mí en el andén 9 ¾. No traspasó la barrera mágica, por supuesto, ¿para qué? ¿Para toparse con unos cuantos muggles y otros tantos sangresucia? ¿Para verse obligado a saludar a compañeros de trabajo a los que odiaba o a compañeros de tatuaje a los que despreciaba? No, no iba a soportar a toda esa escoria; mucho menos por su hijo.

Lo miré y no vi al Emmanuel Cantankerus Nott al que soy capaz de ver ahora, con dieciocho años. Lo miré y apenas fui capaz de ver el polvo que recubría a lo que un día fue, a lo que más tarde intentó volver a ser. Para mi yo de once años, mi padre era poco más que una figura exageradamente alta y delgada. Tenía la espalda encorvada, como si amenazara al mundo con enterrarse él mismo si no se moría pronto. El pelo, antes marrón, había perdido —igual que todo él— el color, la fuerza y las ganas. Pero pese a su aspecto consumido había algo en él, al fondo de esos ojos del color de los caramelos pasados, que me ponía de punta el pelo de la nuca. Era una sensación amenazante que no terminaba de entender: ese hombre, lejos de haber levantado la mano o la varita contra mí, no me había gritado siquiera. De hecho, y para ser exactos, nuestra relación era prácticamente inexistente: casi no lo veía en casa —él comía y moría en vida en su despacho— y apenas intercambiaba palabras con él. Había sido mi abuela la que, hasta donde me alcanzaba la memoria, se había ocupado de mi educación. De manera desastrosa, todo sea dicho.

Pero seguía teniendo amenazas al fondo de esos ojos tan raros. Amenazas que no comprendí hasta las vacaciones de Navidad de mis dieciséis años.

Estas nada tenían que ver —por mucho que de pequeño estuviera convencido de ello— con mi actitud. Durante bastante tiempo creí que mi padre me aborrecía porque no me parecía en nada a los hijos de los amigos de la familia. Como a esos otros niños, en mi casa se inculcaba que aquellos que poseíamos sangre entera y puramente mágica éramos superiores. Me explicaron lo que era un traidor a la sangre y el porqué de que el parentesco con muggles fuera una aberración. Y yo lo comprendí, acepté y secundé. El problema vino cuando mi abuela trató de meterme en la cabeza que los muggles debían ser exterminados o, en menor medida, adiestrados para servir a los magos. Oh, por favor, no creáis que fui un Slytherin tolerante, tened la decencia de no pensar que tenía algún tipo de deferencia hacia aquel defecto genético: el conflicto venía dado cuando yo exponía que me daban exactamente igual los muggles. Para mí eran como el ganado; nadie mata a una vaca simplemente porque se sabe superior a ella, ¿no? Se las usa como más conviene, sin ceremonias, sin disfrutar de más por el simple hecho de que sean vacas.

Cuando las visitas hablaban de sus hijos, hijos modelo, chicos como Draco Malfoy, Vincent Crabbe y Gregory Goyle, chicas como Pansy Parkinson y Daphne Greengrass, mi padre mantenía la boca cerrada y un rictus particular en los labios, como el que tiene uno cuando paladea algo viscoso y amargo. «No quiere hablar de mí porque no pienso igual que ellos, porque se avergüenza». Una soberana gilipollez, por cierto: mi padre ha sentido y siente muchas cosas por mí, pero la vergüenza no es una de ellas; de hecho el gesto de desagrado iba más dirigido a esas visitas que al tema de conversación.

Di media vuelta sin dirigirle la palabra mi padre, traspasé la barrera mágica y, por primera vez, vi el expreso de Hogwarts. No me impresioné demasiado. Mientras arrastraba sin dificultad el baúl que mi abuela había hechizado para que no pesara —no sin antes darme cientos de consejos referentes a las amistades apropiadas e inapropiadas—, me choqué con un chico mayor que yo que llevaba rastas en el pelo y una caja bajo el brazo. Del impulso caí al suelo y él, sin inmutarse, siguió corriendo. Un corro de curiosos se agolpó a su alrededor y le pidió que abriera el paquete para después ponerse a gritar como locos; la idea de que estuviera lleno de fotos de aquel imbécil alivió un poco la humillación del golpe. Me puse en pie, intenté poner derecho mi baúl, y otros dos chavales —esa vez un par de gemelos pelirrojos— me volvieron a embestir.

—¿Estás bien? —No, no me lo dijo ninguno de los tres gilipollas anteriores, sino un chico moreno y de ojos grises, mayor que yo también, que me tendió una mano.

Lo miré con todo el desdén que fui capaz de expresar y me levanté sin su ayuda. Como me miraba sonriente, sin moverse del sitio, supuse que querría decirme cuatro tonterías antes de dejarme tranquilo. Supuse bien:

—Soy Cedric, Cedric Diggory, de Hufflepuff —explicó creyendo que me interesaba lo más mínimo—. Es tu primer año, ¿verdad? Esto siempre es un caos, pero acabas acostumbrándote, ¿quieres que te ayude a subir el baúl al tren?

Una vez se quedó a gusto y le demostró al mundo entero que era una buenísima persona que se entretenía ayudando a pobres chicos desvalidos, lo dejé atrás sin decirle que pensaba que era un completo fracasado.

Subí sin ayuda de nadie al vehículo, entré en uno de los muchos compartimientos vacíos y esperé a que llegáramos de una maldita vez al colegio. Tardó unos quince minutos en arrancar y otros diez más en comenzar a moverse. Los familiares de los primerizos, y estos incluidos, parecían tener un afán obsesivo por las despedidas emotivas y públicamente bochornosas.

Recuerdo perfectamente que estaba pensando que Malfoy o algún otro amigo de la infancia entraría en cualquier momento por la puerta, cuando fue ella la que la abrió, la que miró a un lado y a otro de la estancia, la que reparó en mí y la que me sonrió de un modo que lamentablemente solo puede ser catalogado como absolutamente encantador. La chica tenía una de esas sonrisas, ya sabéis: boca carnosa, pecas y hoyuelos. Ojos enormes, marrones o verdes, dependiendo del humor del que se fijara en ellos. Mejillas sonrosadas y mucho pelo rubio enmarcando una cara redonda, blanda, a juego con toda ella. De esas sonrisas, vamos.

Aquella fue la primera vez que vi a Lisa Turpin.

La verdad es que lo primero que sentí hacia ella fue asco: llevaba un jersey raído y ancho, unos pantalones desgastados y unas zapatillas de muchos colores estridentes. «Una sangresucia pobre», pensé. No me equivocaba del todo: era sangre mezclada, muggle por parte de padre, bruja por parte de madre. Su economía no era boyante, es cierto, pero podía permitirse algo mucho más digno que lo que llevaba puesto. Si llevaba esa ropa era en parte para sacar de quicio a su madre y en parte porque era una hortera.

—Hola —saludó—, ¿han pasado por aquí unas gemelas morenas preguntando por mí?

—¡Eh, Theodore! ¡Estás aquí! Te estábamos buscando. —Y ahí estaban Draco Malfoy y su voz que arrastraba las palabras.

¿Sabéis que cuando era más pequeño hablaba como una persona normal? Comenzó a vocalizar como si la lengua se le escurriera sin control dentro de la boca más o menos cuando cumplió los ocho años. Él decía que lo hacía porque los verdaderos Slytherin hablan como las serpientes, yo pensaba que lo único que intentaba era tratar de diferenciarse del resto. Malfoy siempre se ha caracterizado —entre otras muchas cosas— por temer y aborrecer la mediocridad.

—Lamento que me hayáis encontrado —murmuré mientras me encogía de hombros.

Malfoy, Crabbe y Goyle rieron. El rubio porque estaba convencido de que no lo decía en serio, de que intentar ser total y absolutamente inexpresivo era mi manera de llamar la atención, cosa que aprobaba. «Los otros dos», pensé, «deben de reírse porque, al igual que sus padres, están obligados moralmente a hacer lo que el Malfoy de turno necesite».

—¿Cuál es tu apellido? —Malfoy miró a Lisa Turpin, que se había quedado en una esquina del compartimento con cara de estar meándose seriamente. O, como mínimo, de estar muy incómoda.

Al no estar acostumbrado a verlo con gente a la que él no conocía con anterioridad, gente sobre la cual no sabía nada de su familia, no logré descifrar ni ese brillo que apareció en sus ojos ni esa blanca sonrisa. Meses después me explicó el motivo: «Hay que llevarse bien con la gente, Theodore, sobre todo con las chicas cuyas Casas desconoces... Imagínate que resultan ser de Slytherin. Es mejor que vayan teniendo un buen concepto de ti, ¿no?». Sí, la bravuconería era otra de las características del rubio. Mientras el resto aún pensaba que darse un beso con alguien era asqueroso, él se pasaba el día y parte de la noche hablando de sexo, tías y cosas que seguro que haría con la primera que se le pusiera frente a la varita. Blaise Zabini, cansado de esas diatribas, acabó diciendo que o bien no se le ponía a tiro más que Millicent Bulstrode o bien era un fantasma. Era un fantasma, por cierto: Pansy Parkinson tardó poco en subírsele a los pantalones y el muy imbécil estuvo haciendo el tonto hasta cuarto curso. También puede que, por aquel entonces, las pociones ilegales y el whiskey de fuego tuvieran algo que ver. Lo digo porque después de dejar de hacer el tonto siguió haciendo el tonto.

—Turpin —contestó, estirándose con nerviosismo del jersey—. ¿Han pasado esas chicas preguntando por mí o no?

Me miró fijamente, esperando que le diera una respuesta para poder salir de allí. Cuando negué con la cabeza se fue al trote, como si no hubiera podido soportar ni un segundo más en ese compartimento.

—Malfoy, deberías ducharte: las espantas. —Fue Blaise Zabini el que realizó esa sutil apreciación.

Por aquel entonces no lo conocíamos. No me sonaba su cara de ninguna reunión y ni mi padre ni mi abuela me habían hablado de él. El motivo era que su madre, natural de Italia, se había mudado a Inglaterra hacía pocos años. Cuando lo hizo, el Lord ya había caído y los círculos en los que se movían sus antiguos seguidores estaban cerrados a cal y canto —nadie quería levantar sospechas ante el Ministerio, mucho menos exponer sus ideales ante desconocidos—. Y aunque no lo hubieran estado, a Lilianae Zabini no le entusiasmaba la idea de comprometerse con nadie. Claro que, al final, se vio obligada a tomar una decisión. Como todos nosotros.

Su hijo, Blaise Zabini, era como ella. Nunca se comprometía demasiado con nada ni con nadie: se llevaba bien con la gente que le interesaba, independientemente de la Casa a la que perteneciera o al estatus social que tuviera, pero poco se sabía con respecto a sus opiniones, siempre escondidas entre bromas y sonrisas casi tan grandes como falsas. Con el paso de los años adquirió una interesante fama que tenía bastante que ver con la herencia genética de su progenitora, de la que, sobra decir, disfrutó y se aprovechó.

—¿Y tú quién eres? —Malfoy, el que aparentemente no se duchaba, fulminó al nuevo con los ojos entrecerrados. No le sentó muy bien que un desconocido tratara de dejarlo en ridículo.

—Blaise Zabini, futuro Slytherin —se presentó con la mano extendida y la sonrisa bien pintada—. Tú eres Draco Malfoy, el hijo de Lucius Malfoy...

El aludido ignoró su mano y entrecerró aún más los ojos.

—¿Cómo lo sabes? —Interrumpió con hosquedad.

—Oh, porque te he visto en el andén con tus padres y me he dicho: «¡Ese es un Malfoy, sí señor! Se le nota a la legua», porque tu madre ha llamado a tu padre por su nombre y porque lo tienes escrito en el baúl que está en mitad del pasillo.

—Ah. Pues muy bien. ¿Y qué querías?

Sí, Malfoy era uno de los pocos a los que no les gustaba aquel chico. Los motivos del rubio empezaron siendo simples: Zabini siempre ha tenido una personalidad demasiado definida, características que lo hacen único. Tal vez demasiado único, tal vez más único que el gran Slytherin que se esforzaba por hablar como una serpiente. El rubio lo catalogó desde el primer día como una amenaza y aún hoy sigue sin tragarlo —claro que en la actualidad los motivos por los que esto pasa no son tan simples como antaño—. Cabe destacarse que, si bien Malfoy dejó muchas de sus recalcitrantes características junto a su infancia, el afán de protagonismo no fue una de ellas.

—Sentarme y disfrutar del agradable paisaje.

Y eso fue precisamente lo que hizo: sentarse a mi izquierda y mirar por la ventana. Al cabo de unos minutos aparecieron Pansy Parkinson y Daphne Greengrass. La primera, diminuta, delgada como el palo de una escoba, puro grito y aspaviento. La segunda, demasiado guapa para el bien de cualquiera —incluido el suyo—, un montón de secretos detrás de una sonrisa que nunca dejaba ver los dientes.

—Draco, ¡cuánto tiempo! —Parkinson miró a Malfoy como si fuera un valiente soldado que acababa de volver de la guerra tras largos años. Como si fuera absolutamente maravilloso y casual, obra del caprichoso destino, el hecho de que se hubieran encontrado precisamente en aquel lugar—. ¿Sabes de lo que me he enterado...?

Dos chicas y cuatro chicos, cinco a partir de ese día. Estaba claro desde el principio que iban a correr las lágrimas y a llover las maldiciones. Y corrieron y llovieron, aunque acabáramos siendo menos de los esperados en esa ecuación.

Sin embargo, y salvo contadas e inocentes excepciones, hasta la fecha nadie se había enredado demasiado. Parkinson, por ejemplo, estaba enamorada a gritos de Malfoy —una vez barajé que hubiera nacido así: enchochada hasta la enajenación—, pero se limitaba a adorar el suelo que pisaba, a reír las bromas que hacía y a batallar las guerras que el otro provocaba. Y es que era difícil ver con buenos ojos a gente a la que conocíamos desde siempre. Por ejemplo: resulta patético pensar que la chica que hay frente a ti se sacaba los mocos con el dobladillo del vestido cuando tenía cinco años, que la otra se entretenía vistiendo durante horas a sus muñecas. Claro que aún es peor recordar que ese chico rubio y egocéntrico tan pagado de sí mismo se dedicaba a desnudar a dichas muñecas.

Parkinson nunca ha sido una belleza: ni lo fue con once años ni lo es ahora con dieciocho, pero tiene algo, algo que sale a flote sin avisar, algo que nos ha hecho mirarla alguna vez cuando ha pasado por nuestro lado. Y ese algo, creedme, no es ni su cara de perra —en el sentido más amplio de la palabra—, con los ojos demasiado juntos, redondos, oscuros y pequeños, ni su pelo moreno y lacio. Greengrass es otra cosa: a ella nos la hemos comido con la mirada sabiendo muy bien el porqué. Con el paso de los años y de la práctica se ha acabado convirtiendo en el tipo de chica que cuando se te acerca rezas para que no te reviente la cremallera del pantalón, a la que imaginas de diferentes formas y en diferentes situaciones entre la intimidad de las sábanas.

—¿De qué te has enterado?

—Pues de que... ¡Harry Potter está en este tren! En el compartimiento que está pegado al que usábamos antes Daphne y yo. —Greengrass me miró, esbozó una ligera media sonrisa y se sentó a mi derecha, dejando patente que habían decidido quedarse con nosotros en vez de junto al Gran Pequeño Harry Potter—. Draco, harás lo que dijo tu padre, ¿no? Lo harás ahora, ¿verdad? ¿Puedo ir contigo?

Lo que dijo su padre durante nuestro último encuentro, haría una semana, se podía resumir en una orden clara, concisa y tajante: «Hazte amigo de Potter». Sí, amigo, colega, como suena. El motivo de dicha petición, según explicó Lucius Malfoy, fue que así, además de ser mejor vistos en el Ministerio y borrar cualquier asomo de duda sobre el turbulento pasado de su noble familia, quizá consiguieran obtener información de primera mano sobre el porqué de la desaparición de su Señor.

—Iré yo solo —dijo, intentando parecer sereno; serenidad que se fue al traste cuando exigió con la voz ligeramente temblorosa—: ¡Vincent! ¡Gregory! ¡Venid conmigo!

—No sé si es que el concepto de ir solo a algún sitio no lo tiene del todo claro o es que esos tres van en un solo paquete —comentó Zabini cuando los otros salieron, provocando que las dos chicas lo miraran como si acabaran de percatarse de su patética existencia. Así lo miró Parkinson, al menos, que se había ofendido por el tono burlesco empleado por el desconocido. Greengrass se limitó a observarlo con curiosidad.

Al cabo de unos minutos Malfoy regresó hecho una furia. Según él, habían rechazado ofensivamente su amistad y le habían tirado una rata a Gregory o a Goyle —no parecía importar mucho a cuál de ellos—. No sé hasta qué punto esa historia es verídica, tampoco me importa, lo que sí que sé es que ese rubio egocéntrico se ganó una buena reprimenda por parte de su padre cuando se enteró de que no había conseguido lo que le pidió. La reprimenda no fue una brutal paliza, en absoluto. A la gente le encanta inventarse trágicas historias sobre los Slytherin y sus familias, historias cargadas de violencia, desprecio o incluso los más atrevidos hablan de violaciones e incestos. La gente se aburre demasiado. A ninguno de nosotros nos pateaban hasta dejarnos medio muertos ni nos freían a cruciatus cuando les venía en gana, tampoco nos lo montábamos con nuestras madres o bebíamos sangre de bebé durante la cena. Malfoy, por ejemplo, era un niño consentido al que concedían casi todos los caprichos, un niño al que su madre adoraba y al que su padre educaba con orgullo. Es cierto que en ocasiones este último le exigía demasiado, pero, a fin de cuentas, él creía que lo hacía por su bien. Los padres de Greengrass y Parkinson tampoco abusaban de ellas o las prostituían, todo lo contrario: no podían permitirse un embarazo no deseado que manchara el nombre de su familia, ni un lujurioso romance que terminara con la fuga de la cría con algún maldito sangresucia y que diera al traste con la perpetuación de su impoluto apellido. En realidad las adoraban. La morena se llevaba de maravilla con su madre, a la que desde muy temprano consideró su mejor amiga. La castaña era el objeto de veneración de su padre, que parecía estar atado a su casa solo por los felinos ojos verdes de su hija.

—¿Os dais cuenta de que vamos a dormir prácticamente juntos sin que nuestros padres estén por aquí cerca? —Greengrass nos miró a todos emocionada. No, no era una ninfómana de bolsillo. Con once años lo único que quería era que la viéramos mayor de lo que realmente era. Sí que es verdad que con el tiempo desarrolló una curiosa predilección por las conversaciones subidas de tono, pero de todos modos no se tiró al primero que vio al llegar a Hogwarts, ni organizó una orgía en su segundo curso.

—Me han dicho que nosotros no podemos ir adonde las chicas —nos explicó Malfoy, haciéndose el entendido—, que hay un mecanismo que hace que si algún chico tata de bajar por esas escaleras...

—Un tipo sale de un cuadro, le da unos cachetes en el culo y lo manda a la cama por guarrete. —Ahí estaba Blaise Zabini interrumpiendo lo que pretendía ser un magistral discurso sobre las normas que deberíamos tratar de quebrantar en la escuela.

Antes de que Malfoy pudiera replicar algo, otro niño entró en el compartimiento. Llegué a pensar que alguien había puesto un cartel luminoso con letras vistosas sobre mi puerta que rezaba: «Pasen, inoportunos por aquí. Gracias». Y es que no dejaban de venir pesados. Entonces fue ese, Longbottom, un futuro Gryffindor cuyos padres se pudrían en San Mungo y cuyo patético sapo se había perdido. Supuestamente, claro.

—Perdón… —balbuceó al ver las miradas que recibía, miradas que iban de la hostilidad al desprecio, pasando por un profundo y nada disimulado asco—. ¿Habéis visto un sapo por aquí?

Zabini sonrió con malicia. Le encantaba divertirse a costa de aquellos a los que él consideraba inferiores, o sea, de gran parte del alumnado y profesorado. Bueno, en realidad también disfrutaba divirtiéndose a costa de aquellos a los que consideraba iguales o superiores.

—¿Es viscoso? —empezó.

—Sí...

—¿Feo?

—Bu... bueno...

—¿Verrugoso?

—Sí...

—Entonces lo he visto.

—¿De verdad? —Al pobre desgraciado se le iluminó la cara—. ¿Y dónde está?

—A tu derecha —contestó Zabini, muy serio, señalando en dirección a Malfoy.

No, no me reí. Pero Greengrass sí, y Crabbe y Goyle, hasta que cayeron en la cuenta de que ese desconocido se estaba metiendo con su mejor amigo, entonces chasquearon los nudillos. Lo hacían continuamente. Lo siguen haciendo, la verdad. El motivo es desconocido, «puede que sea un tic, o puede que tengan antepasados gitanos y ese desagradable sonido les recuerde a las castañuelas», pensaba.

Cuando ese prácticamente squib se fue debido a la falta de hospitalidad de mis compañeros de viaje, Malfoy esbozó una sonrisa con la que estuvo a punto de enseñar hasta las muelas y dijo:

—Mirad lo que tengo aquí. —Cogió de entre su equipaje una jaula en la que presumiblemente guardaba algún tipo de ave y la agitó para que nos fijáramos con atención en ella.

Parkinson fue la que hizo la primera intentona, entre emocionada y dubitativa:

—Oh, Draco… ¡qué búho más bonito!

—Pansy, que no es eso.

—Oh, Draco, ¡qué jaula más bonita!

—¡Cállate, Zabini!

—Oh, Draco, ¡qué ojos más bonitos!

—Gracias. —Y el que en ese momento creía ser todo un derroche de sex-appeal sonrió a Greengrass intentando parecer interesante. No lo consiguió, se parecía bastante más a un duende con problemas gastrointestinales—. Pero no me refiero a eso, ¡Theodore!

Como habréis podido comprobar, no participaba demasiado en el grupo. Al menos no al principio. Me esforcé en creer y acabé sabiéndome de memoria que apegarse a las cosas, a la gente, solo tenía consecuencias negativas. Aterraba la posibilidad de la pérdida, dolía la realidad de ella. Además de que era un crío cuyo ejemplo, cuyo modelo a imitar, era un hombre que apenas abría la boca para comer.

Así que siempre había tratado de relacionarme con ellos lo menos posible —con la excepción de Greengrass—, de no intervenir en sus conversaciones aunque en el fondo estuviera pendiente de todas, de quedarme atrás cuando corrían hacia cualquier lado entre gritos, de leer cuando jugaban a que los mortífagos ganaban la guerra. Era más fácil si no me involucraba: mantenía los labios rectos, el gesto serio; no me preocupaba si cualquiera de ellos se moría y me dejaba solo, tal y como había hecho mi madre; y, por último, no me frustraba por no entender lo que sentía al respecto.

Es pronto para ahondar en esa cuestión, pero muchas de las cosas que tienen que ver conmigo están relacionadas con esa frustración por no entender lo que para otros es tan obvio.

En ese momento decidí callarme y empezar a leer el libro que acababa de sacar de mi bolsa.

—Theodore, ¡eh, Theodore! ¡No me ignores! —demandó el chico, agita que te agita la jaula delante de mi cara—. Venga, ¿qué me dices?

Y es que aunque yo tratara de mantener un perfil bajo, de ignorarlos, todos y cada uno de ellos se empeñaron en considerarme desde el primer día uno más del grupo. Uno quizá un poco más raro de la cuenta, uno muy frustrante. Pero uno. En su momento me ponía de los nervios ese empeño, hoy casi soy capaz de sonreír al recordarlo.

Miré al interior de la jaula e, impávido, observé qué era lo que Malfoy consideraba gracioso. Su búho pardo estaba en una esquina, acurrucado y aparentemente muy nervioso, ante algo verde, pequeño y rugoso. El sapo de aquel chico. No sé si pretendía hacernos reír mostrándonos cómo su preciosa y cara ave estaba acojonada ante un diminuto anfibio, o si lo que pretendía era convertirse en un pequeño delincuente que empieza robando sapos y termina asaltando a ancianitas parapléjicas. «Oh, es desternillante. No me río porque a ver si se me va a desencajar la mandíbula…».

—Es fascinante —comenté, volviendo la vista a mi libro.

Creo que no le hizo mucha gracia mi falta de entusiasmo. «Qué trágico».

No al cabo de demasiado tiempo nos volvieron a interrumpir: esa vez una sangresucia llamada Hermione Granger, que también buscaba al condenado sapo. Había oído hablar de los placeres que produce la zoofilia, pero nunca hubiera creído que los anfibios fueran una opción a tener en cuenta en este tipo de relaciones. En esa ocasión la impresión acerca de ella fue algo más dispar: Zabini la miró de arriba abajo, estudiándola; Malfoy torció la boca cuando se fijó en su pelo desordenado y en sus dientes largos; Crabbe y Goyle empezaron a hablar entre ellos, ignorando por completo la frase pronunciada por la visitante, «¿Habéis visto un sapo? Neville, un chico, ha perdido uno»; Greengrass la observó con superioridad y Parkinson amenazante. Yo vi el título del libro que llevaba en el regazo, «Historia de Hogwarts», y arqueé las cejas. Porque yo me lo había leído más de cinco veces, sí, pero no se me pasó por la cabeza que otro mago o bruja de mi edad pudiera también interesarse por ello.

—¿Y quién lo pregunta?

Granger miró a Zabini con dureza, a la defensiva. En ese momento intuí que era una sangresucia, lo cual hizo que perdiera ese sutilísimo halo de encanto que le había conferido la «Historia de Hogwarts». Podéis llamarme intolerante: lo soy, al igual que otros muchos como que yo. Pero no deberíais culparnos tan a la ligera, pensad que si no lo fuésemos vosotros no podríais alardear de tolerancia: sin el opuesto con el que compararos, dejarían de reconocerse vuestras bellas acciones y de llamar la atención vuestros utópicos pensamientos. En el fondo sabéis que tendríais que estarnos agradecidos: la existencia del bien no tiene razón de ser sin el mal de por medio.

—Hermione Granger —contestó no sin cierto retintín—. Y tú debes de ser Draco Malfoy, tu baúl está en mitad del pasillo, ¿sabes?

—No. Yo soy Draco Malfoy.

Y el diálogo no viró drásticamente hacia derroteros más interesantes, en absoluto. Cuando esa futura Gryffindor se marchó airada, y mientras que el resto hablaba de cómo le había ido el verano y de lo que esperaban encontrar en su primer año en la escuela, yo me dediqué a matar el tiempo contando las palabras que tenía cada hoja de mi libro y a anotar los resultados en los márgenes.

Después de un montón de horas plagadas de absurdas conversaciones insustanciales, el tren redujo la velocidad. Para entonces ya estábamos todos cambiados y vestidos con las ridículas ropas neutras: es decir, corbata negra y túnica sin escudo. Lo cual, para mis compañeros de viaje —y para mí mismo— era una total pérdida de tiempo. Íbamos a ir casi con total seguridad a Slytherin. Y no, eso no tenía nada que ver con el hecho de que algunos de nuestros padres —ni siquiera todos— hubieran sido mortífagos, sino más bien con las ganas de entrar en la Casa en cuestión, con la importancia que le dábamos a la pureza de la sangre y con la ambición que impulsaba cada una de nuestras acciones.

Intentamos sin mucho éxito bajar del Expreso de Hogwarts: al que se le ocurrió la brillante idea de juntar a cientos de niños en un tren que únicamente tiene tres salidas ridículamente pequeñas era gilipollas. Críos y adolescentes se amontonaban por todas partes, formando una masa heterogénea en cuanto a forma y homogénea en cuanto a contenido. «Menudos idiotas», me dije antes de dar media vuelta, volver a mi compartimiento y esperar ojeando mi libro a que aquello se despejara.

Al cabo de diez largos minutos me levanté con calma, dejé el baúl bajo mi asiento como nos habían indicado que hiciéramos, y caminé hacia el exterior. Otra vez asfixiado entre la horrible muchedumbre. Cientos de cabezas se movían a un lado y al otro desde distintas alturas, buscando antiguos compañeros, caras nuevas o sapos, como el futuro Gryffindor que seguía gimoteando «¡Trevor, Trevor!» a mi izquierda.

—Qué asco, ¿no? —dijo alguien que se había acercado por mi diestra—. Me refiero a ese hombre de ahí: mira qué gordo es y qué barba más horrorosa tiene.

Miré hacia abajo y me encontré con una despectiva Daphne Greengrass. Bueno, eso es una exageración, por aquel entonces yo era escasos centímetros más alto que ella, no los suficientes como para mirar hacia abajo y verla. Afortunadamente al cabo de los años alcancé una altura aceptable: bastante por debajo de Zabini, pero al mismo nivel que Malfoy —para frustración de este—.

El gordo de la barba horrorosa, como muy amablemente lo había apodado Greengrass, nos guio mediante gruñidos y gestos que denotaban su desbordante inteligencia hacia unos botes en los cuales, según diversos rugidos del semigigante, nos debíamos colocar en grupos de cuatro. Me dejé arrastrar por Greengrass hacia uno de ellos, el mismo en el que poco después se sentaron Zabini y otro chico muy rubio con cara de mal humor: Zacharias Smith, futuro Hufflepuff para su frustración y Slytherin renegado para unos pocos. No hay mucho que contar de él: a medio camino entre ser entusiasta y fanático del quidditch, poca paciencia y mucha mala hostia; podríamos decir que era impulsivo y susceptible, para endulzar la descripción. Aunque era entretenido verlo odiando y despotricando contra Potter a la menor oportunidad. No había nadie, además de Draco Malfoy, que pareciera odiar al cuatrojos tanto como él.

—Menuda mierda de barcucha. Se cae a pedazos, joder. —Me sorprendió que esas fueran sus primeras palabras. No me malentendáis, adoro las palabrotas. Quizá no las emplee tanto como Malfoy o Crabbe, pero eso no quiere decir que no me guste cómo chirrían al ser pronunciadas. Y claro que con once años ya se nos escapaban algunas, pero nada que ver con la diarrea verbal de Smith.

Cuando pisamos tierra firme de nuevo, apareció milagrosamente el asqueroso y patético sapo que había extraviado un dueño a juego. Al poco nos enteramos de que Malfoy había intentado reventarlo contra una roca sin mucho éxito y que el guardabosque lo había encontrado y se lo había devuelto a Longbottom. A todos nos sorprendió el sadismo de esa acción, por mucho que lo dejáramos pasar. A favor del rubio decir que con los años aprendió a respetar la vida un poco más. No demasiado, claro, pero al menos se dignaba a torcer sus aristocráticas facciones por el asco cuando se enfrentaba a algo desagradable.

Finalmente, tras un poco de teatro y otro poco de sopor, llegamos al vestíbulo y una mujer, McGonagall, nos dio la bienvenida dedicándonos su mejor cara de chupar limones especialmente agrios. Fue Parkinson, si no recuerdo mal, la que la resumió en dos palabras: pasa amargada.

Se fue tras interminables explicaciones que no explicaron absolutamente nada, no sin antes recriminarnos que nos pusiéramos más presentables. Ni siquiera me inmuté ante aquello: yo estaba perfectamente bien arreglado.

—Esa es la jefa de Gryffindor —nos reveló muy altivamente Malfoy El Suspicaz.

—Ya. Y Snape es el de Slytherin, Sprout la de Hufflepuff y Fli... Flichi... Flichiwicly... —Greengrass se trabó—. Bueno, uno pequeñito el de Ravenclaw. Me lo ha dicho mi prima —añadió al ver que los demás la miraban con curiosidad. Oh, sí, su prima. Malfoy también pareció recordarla, porque se le puso cara de salido en miniatura al instante. He perdido la cuenta de las veces que lo he visto poner esa cara y sigue siendo igual de inquietante que el primer día.

Smith se nos acercó refunfuñando que unas gemelas lo perseguían y nos miró con el ceño fruncido, desafiante, como deseando que lo echáramos para saltar a nuestra yugular. Pero la pose de perdonavidas le duró poco: se puso a gritar como el maníaco que es cuando unos cuantos fantasmas atravesaron la pared. Después de ver al futuro Hufflepuff perdiendo la poca compostura que pudiera haber tenido, después de que Malfoy se riera de él, después de que el primero se liara a patadas con el segundo y acabara enzarzado en una pequeña reyerta con Crabbe y Goyle, McGonagall volvió para, ceremoniosamente en su humilde opinión, ridículamente en la opinión del resto, darnos paso a lo que llamó El Gran Comedor.

—Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera —explicó la recalcitrante voz de Granger detrás de mí—, lo leí en la «Historia de Hogwarts».

Tras algo que injustamente fue denominado como canción, la subdirectora nos fue llamando por orden alfabético. Los nervios me mataban, tanto que me metí las manos en los bolsillos y me dediqué a mirar en derredor, conteniendo algún que otro bostezo. Zabini, situado algo por delante de mí, se miraba las uñas y escuchaba o, mejor dicho, oía, lo que fuere que Granger le estuviera contando. Malfoy, unos cuantos novatos por detrás, le decía a Parkinson que toda su familia había ido a Slytherin y ella, que no sé si se lo creía, lo miraba intentando parecer interesada. Smith se movía de un lado a otro de la fila, gruñendo incoherencias, aparentemente histérico. Lisa Turpin me lanzaba rápidas miradas desde la lejanía y, cuando se daba cuenta de que la había visto, no se sonrojaba ni disimulaba: me sonreía abiertamente. Reconozco que me estaba poniendo nervioso: la observaba con indiferencia, con una indiferencia altamente hiriente, y parecía resbalarle.

—Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen —explicó la jovencísima subdirectora—. ¡Abbott, Hannah!

Crabbe y Goyle fueron seleccionados para Slytherin, al igual que una chica con cara de transexual y aspecto de ser un familiar cercano del guardabosque: Millicent Bulstrode. Después le tocó el turno a Malfoy, el cual nos estuvo dando el coñazo durante semanas recordándonos que el maldito trapo ajado lo había colocado en Slytherin sin siquiera tocarle la cabeza. Zabini le espetó que era por su voz de serpiente resfriada, que imponía. No hizo que el rubio dejara de vocalizar como McGonagall sin su dentadura postiza, pero al menos sí que pasó del tema del Sombrero Seleccionador.

—¡Nott, Theodore!

Fui hacia el taburete con las manos aún metidas en los bolsillos y cara de aburrimiento mortal. Como ya he dicho, sabía dónde pasaría los siguientes siete años y la idea de participar en esa actuación ante cientos de cotillas me parecía absurda. Me colocaron el sombrero en la cabeza y no me sorprendí cuando comenzó a contarme estupideces: por lo visto el trapo se debatía entre Ravenclaw y Slytherin, alegando que mi mente era buena pero que mi ambición era mayor, que era esta última la que hacía funcionar mejor la primera, o algo parecido. La cuestión es que tras treinta segundos de monólogo decidió colocarme en Slytherin.

Oh, qué sorpresa.

Caminé tranquilamente hacia mi nueva familia, como McGonagall quería que llamáramos a nuestros compañeros, y me senté junto al que más tarde descubrí que era Adrian Pucey, un chico dos años mayor que yo que por aquel entonces era cazador en nuestro equipo de quidditch.

—¡Parkinson, Pansy!

Sí, fue seleccionada para Slytherin a los pocos segundos, al igual que Greengrass, en cuyo caso el sombrero le caló hasta la nariz provocando risas entre los más mayores. Después vino la aparición estelar del Gran Pequeño Harry Potter, que tenía cara de estar pensando en si llevaba o no sus calzoncillos de la suerte y que, para satisfacción de Malfoy, que lo miraba furiosa y maliciosamente desde nuestra mesa, temblaba como si estuviera siendo víctima de un ataque epiléptico. Fue directo a Gryffindor, como cabía esperar. Cuando Goyle rugía y sus tripas parecían hacerle el coro, el último chico fue llamado por McGonagall. El último chico que resultó ser Blaise Zabini. Slytherin, como acertadamente había predicho él mismo en el tren. Se bajó del taburete aparentemente muy satisfecho, se colocó a mi izquierda y me miró alzando las cejas.

Después del apasionante discurso de nuestro cuerdo e imparcial director, aparecieron los cuatro fantasmas pertenecientes a cada una de las Casas y, tras ellos, la comida.