(*) Publicado el 9 de julio de 2017

37. Vincent, con "uve" de "valiente"

«Love is blindness, I'm so sick of it, I don't wanna see.

Why don't you just take the night and wrap it all around me, now.

Oh, I'm too numb to feel...

Blow out the candle»

Love is Blindness, Jack White

—«Vincent» se escribe con «uve».

Gregory Goyle levantó la vista del pedacito de pergamino y lo miró alucinado.

—¿En serio?

—Sí, en serio. ¿Es que tus padres no te han enseñado nada? —Sabía que era una tontería cabrearse por algo así, pero no podía evitar ser como era.

Ojalá pudiera.

—Sí que me enseñan cosas. —El de los ojos color caramelo se defendió detrás de una enorme sonrisa a la que le faltaban un par de dientes—. Pero no tu nombre, Vin. Si no me enseña nadie a escribirlo, ¿cómo quieres que sepa hacerlo? —Vincent Crabbe llegó a la conclusión de que, de alguna absurda manera, su mejor amigo tenía toda la razón—. ¿Con «uve» de «valiente»?

—Eh… sí.

—Vale, ya no se me olvida.

Terminó de garabatear la nota que estaba escribiendo y la pegó con un trozo del chicle que hasta hacía nada había estado en su boca en un paquete muy mal envuelto. Se lo tendió al niño con otra sonrisa desdentada:

—¡Felicidades, Vin! —Agitó el regalo con las dos manos antes de dárselo—. Hay nueve cosas porque cumples nueve años —explicó con orgullo—, cuando cumplas veinte años… pues habrá más. Un montón más.

Aunque Vincent Crabbe no le dio las gracias a Gregory Goyle, las sintió pesadas y punzantes en la boca del estómago.

Carraspeó y cambió de tema con las orejas rojas:

—Tenemos que irnos ya. Draco debe de estar a punto de llegar al Callejón Diagon y sabes lo pesado que se pone cuando tiene que esperar.

Si a Gregory le molestó que en lugar de abrir su regalo lo dejara encima de la mesa, no dijo nada. De hecho mantuvo su gesto alegre cuando le dio la razón a su amigo y bajaron al salón a pedirles a sus padres que los llevaran a Londres.

«Greg es demasiado bueno», pensó Vincent por primera (pero no última) vez, «sobre todo para mí».

Los tres niños habían quedado en verse esa tarde en el Callejón Diagon para tomarse un batido de calabaza con canela y asaltar las tiendas de chucherías. El dinero que le habían dado a Vincent por su cumpleaños le pesaba en el bolsillo: estaba deseando gastárselo en la tienda de artículos de quidditch. No le daba para una escoba nueva, ni por asomo, pero sí para parte de la equipación que necesitaba. No porque hubiera crecido y la vieja se le hubiera quedado pequeña, sino porque los cierres de las coderas estaban desgastados y el casco partido por el lado izquierdo después del leñazo de la semana anterior contra un árbol de su jardín.

Hacía un día fantástico, soleado pero no demasiado cálido. Uno de esos días de verano en los que daba gusto pasear por la calle. Quizá por eso el Callejón estuviera atestado de familias y de grupos de chavales como ellos.

—Vamos primero a por el batido, ¿no? —preguntó Draco, girándose hacia él.

Vincent se limitó a gruñir. El rubio iba por delante de él caminando con Gregory, charlando animadamente de algo que a él seguro que no le interesaba ni en lo más mínimo. No sabía qué era, vale, pero tampoco quería saberlo. Ese día no estaba de humor para casi nada más que para estar de mal humor.

Andaba con la cabeza gacha y los puños metidos con fuerza en los bolsillos, sin permitirse pensar en el motivo de su cabreo pero saboreándolo a cada paso que daba.

Después de levantar la cabeza para asentir en dirección a sus dos amigos, se quedó mirando el escaparate de la tienda delante de la cual estaban pasando. No se acuerda de qué coño vendían en esa tienda, pero sí recuerda con precisión milimétrica lo que sintió al ver el reflejo que le devolvió el cristal. Observó con atención su figura. Era pequeño, bastante más que cualquier otro niño de nueve años. Siempre había sido enjuto, pero hasta hacía unos meses no le había molestado demasiado porque Gregory era igual de canijo que él. Sin embargo ese reflejo en el que también veía a Greg al lado de Draco le recordó que se había quedado atrás, por debajo. Greg había pegado un estirón y casi llegaba a la altura de Draco. Seguía pareciendo bastante enclenque, pero le había desaparecido la redondez de la barriga cuando la suya seguía en el mismo sitio. Gordo y diminuto. Feúcho.

Todo lo contrario a Gregory.

Por caminar sin mirar hacia delante acabó chocando con un niño dos o tres años mayor que él y bastantes cuerpos más grande. Al chaval, que tenía unos dientes amontonados horribles, se le cayó al suelo el helado de menta que estaba comiendo y se paró en seco, enfadadísimo.

—¡Tú, gilipollas! —increpó, dándole un empujón en el pecho—. ¡Me has tirado el helado! ¿De qué vas, enano?

—Marcus —lo llamó su amigo con voz cansina—, déjalo.

—¡No pienso dejarlo, Adrian! ¡Me ha tirado el helado! —Volvió a empujar a un atolondrado Vincent, que no sabía dónde meterse y empezaban a ponérsele las orejas y el cuello rojos.

—Tú tampoco estabas mirando, idiota —murmuró sin embargo. Porque no podía dejar de ser quien era.

«Ojalá pudiera», pensó por enésima vez después de aquel puñetazo en la mejilla que se ganó gracias a su bocaza.

Cayó al suelo de culo y desde ahí vio a Gregory colocándose entre él y el tal Marcus. El niño del helado también era mucho más grande que él y tenía un aspecto de lejos muchísimo más amenazador, pero Goyle sacó pecho de una forma que habría hecho enorgullecer al gigante en el que se convertiría. Como si nada ni nadie pudiera con su determinación.

Marcus se encogió de hombros y le lanzó tal golpe en el estómago que dejó a Gregory doblado por la mitad, boqueando y sin aire. A pesar de ello, Goyle no parecía haber dejado de pensar que meterse en la pelea había sido una buena idea. Todo lo contrario. Después de un tercer golpe cayó al suelo al lado de Vincent, pero se habría vuelto a incorporar (para volver a caer poco después) si Draco Malfoy no se hubiera vuelto completamente loco.

A Vincent le caía bien Draco, pero en el fondo le parecía demasiado remilgado. Siempre tan preocupado por no mancharse, por Pansy Parkinson y porque los adultos lo adularan diciendo que era la viva imagen de su padre.

Pero ese día se manchó, no se pareció una mierda a su padre y se preocupó por Vincent y Gregory tanto o más de lo que parecía preocuparse por Pansy.

Con un grito quizá demasiado agudo se lanzó a la espalda de Marcus, enganchándose con las piernas a su cintura, y le dio un cabezazo en la cabeza que los atontó a ambos por igual. El amigo del chaval del helado, Adrian, lejos de intervenir, se apoyó en una pared y los miró con interés mientras se arañaban y revolcaban por el suelo. Cabe destacar que aunque Draco se llevó un labio partido, una túnica rota y llena de barro y un moretón en la rodilla derecha, el otro tampoco salió bien parado. Podía superar en edad al rubio, incluso en fuerza, pero no en furia.

—¡Estás loco! —gritó Marcus, alejándose de Draco y agarrándose con aire lastimero una mano que el otro había mordido hasta hacerle sangre—. ¡Como te vuelva a ver te vas a enterar, gilipollas! —amenazó. En vano, por cierto: Marcus Flint volvió a ver a Draco Malfoy dos años después cuando el segundo entró en Hogwarts y, pese a recordarlo perfectamente, fingió no hacerlo.

Ese fue el día en el que todo cambió entre Vincent, Gregory y Draco. Fue el momento en el que dos niños demasiado pequeños y después demasiado grandes decidieron seguir a alguien demasiado valiente y después demasiado cobarde.

Lo defendieron no porque él se lo pidiera, tampoco por devolverle un favor, sino porque decidieron que merecía la pena. Porque les salió, sin más, como ese día le había salido sin más al rubio.

—Gracias —murmuró Vincent desde el suelo, mirándose los pies con vergüenza.

—De nada —respondió Draco, orgulloso, tendiéndole una mano para ayudarlo a incorporarse.


Seis años y algunos meses después de la anécdota anterior, Vincent negó tan fuerte con la cabeza que estuvo a punto de partirse el cuello, pero Daphne no se amilanó.

—No seas estúpido, querido —sonrió cuando él frunció el ceño ante ese «querido» que tanto le repateaba—, no puedes estar así toda la vida. ¿De qué te sirve enamorarte si no obtienes nada más que disgustos de ello?

—No es como si yo lo hubiera elegido, ¿sabes? —Ni siquiera era capaz de decir que estaba enamorado sin atragantarse—. Déjalo ya, Daph, no vas a convencerme.

La chica, que hasta entonces había estado pintándose las uñas sobre la alfombra que había al lado de cama de él, estampó el bote de pintaúñas negro contra la mesilla, exasperada.

—¡Eres ridículo! ¡Ambos lo sois! —Tomó aire y reunió la paciencia necesaria para explicarle por enésima vez su opinión—: Está claro que a Gregory también le gustas…

—¡Deja de inventarte cosas! —interrumpió Vincent, aunque parecía dudoso.

—Recapitulemos. —La chica fue extendiendo dedos a medida que enumeraba—: Va al Baile de Navidad del año pasado contigo…

—Eso es porque yo le convencí de que…

—Sí, sí. Luego está lo que me contaste que pasó en Brighton antes de que llegáramos. Dormisteis en la misma habitación, —antes de que el otro replicara «¡pero en camas separadas!» añadió— intentó convencerte para que te desnudaras en la playa nudista, cosa que él hizo aunque tú te negaras…

—¡Draco también se ha despelotado delante de mí y no le gusto, coño!

—Ya, pero ¿cuántas veces te ha hablado Draco de otras mujeres?

—¡Bah! Greg me ha enseñado revistas porno y…

—No es lo mismo. ¿Cuántas veces te ha hablado él de alguna chica cercana? ¿Alguna vez te ha dicho que le gusta alguien? —Tras la negativa, prosiguió muy ufana—: Pues ahí lo tienes. Es totalmente anormal que un chico de dieciséis años no hable de chicas con su mejor amigo. A menos, claro, que no sea de chicas de lo que quiere hablar… —Se permitió una risita—. Pero lo más raro ni siquiera es eso, sino ese rollo que se trae con Theodore últimamente. ¿Por qué iba a insistirle en que volviera conmigo si no es porque está celoso de que pase tanto tiempo contigo?

—Ya sabes cómo es Greg —se empecinó, aunque parecía estar intentando convencerse a sí mismo en lugar de a su amiga—, siempre con esa manía de que todos sean felices y esas gilipolleces. No tiene una mierda que ver conmigo.

—¡Oh, por Salazar, qué cabezota eres! —se quejó ella—. ¡A Theodore le dijo que me atara a una silla justo cuando empecé a irme contigo! ¿Crees, de verdad, que es una frase que se le dice a alguien para que mejore su relación? Mira, déjalo, no respondas. —Daphne se incorporó y sentó al lado de Vincent, en la cama—. Hagamos una prueba, —lo miró dándole a entender que iba en serio—, voy a fingir que ligo con Gregory. Si tengo razón, que la tengo —añadió de inmediato ante la cara que puso el otro Slytherin—, él me rechazará. ¿Estamos de acuerdo en que no es normal que un chico me rechace, verdad? —Vincent asintió a regañadientes—. Le voy a poner empeño, pero si sigue rechazándome lo interpretaremos como que tú tienes más posibilidades que yo y le dirás lo que sientes.

—Pero…

—¿Crees que si fuera heterosexual perdería la oportunidad de liarse conmigo?

—No tienes por qué ser su tipo, creída.

—No digas tonterías, querido, soy el tipo de todo el mundo. Excepto de los gais —añadió tras una sonrisa maliciosa—. ¿Trato hecho?

Le tendió la mano izquierda, la que todavía no se había pintado. En lugar de darle un apretón, Vincent se la apartó de un tortazo.

—Trato hecho —masculló de mal humor.


Draco Malfoy estaba a acostumbrado a ver a Vincent Crabbe malhumorado en un sofá de la sala común, pero no estaba acostumbrado a ver a Daphne Greengrass sentada en las piernas de Gregory Goyle rascándole la barba incipiente. A eso no se podía acostumbrar nadie en la vida.

Apartó la vista de la extraña pareja, todavía incrédulo, y se acercó hacia el chico del pelo a tazón que parecía fulminarlos con los ojos azules.

Draco no era estúpido, conocía demasiado bien a Vincent como para no saber lo que se estaba cociendo allí. Hacía unos meses que el chaval no se despegaba de Daphne. «Está claro que a Vin le gusta». De ser así, sería lógica la cara de amargado que tenía cuando el motivo de sus sueños húmedos toqueteaba los pelos de otro.

—Qué pasa, tío —saludó cuando se sentó frente a él.

Obtuvo un gruñido y un encogimiento de hombros que no hizo más que corroborar su teoría. Se quedó callado un buen rato hasta que se fijó en que en otra parte de la sala común Pansy y Blaise estaban jugando a algo. Entonces chasqueó los nudillos, tensó la mandíbula y soltó sin pensar:

—No vas a conseguir nada si te quedas cruzado de brazos gruñendo como una dragona parturienta, ¿sabes? —Resopló por la nariz con desprecio cuando el otro lo miró sobresaltado—. Si te gusta, díselo, ¿qué más te da lo que opine la gente? La gente no tiene ni puta idea. Y punto. —Draco sabía que era más que probable que aquello saliera mal, que Daphne lo rechazara y que los Slytherin cuchichearan sobre lo dispar de la imposible pareja, pero creyó a pies juntillas en lo que dijo. A la gente no debería preocuparle lo que cada uno hiciera con su vida. Y a él no tenía que preocuparle lo que a la gente le preocupara. Bueno, a él no, a Vincent—. ¿Por qué me miras así?

El otro tenía los ojos como platos y la cara lívida. ¡¿Cómo era posible que alguien tan egocéntrico —Dracocéntrico, incluso— se hubiera dado cuenta de lo que sentía?! Dudaba que a esas alturas de la historia Daphne se hubiera ido de la lengua. Por el tiempo que había tenido para hacerlo y no lo había hecho y… bueno, porque en esos meses la había conocido bastante bien y, sabiendo lo que sabía, ni se le pasaba por la cabeza que lo hubiera traicionado. ¿Era posible que Draco hubiera sabido leerlo? No es que Vincent creyera que el rubio era tonto, ni por asomo, pero no hubiera dado ni dos knuts por la idea de que pensara en su vida sentimental y mucho menos que lo aconsejara sobre ella.

—No sé de qué estás hablando —gruñó atropelladamente.

Se puso en pie como alma que lleva un dementor y subió a grandes zancadas a su habitación. Pensaba, iluso él, que eso bastaría para alejar a Malfoy. Obviamente se equivocaba. Draco quería hablar con otro de lo que tendría que hablar consigo mismo y quería hacerlo en ese preciso momento.

Vincent entró como un vendaval en el dormitorio, cerró la puerta de una patada y miró desesperado a su alrededor. «¡¿Y ahora qué hago…?!».

Draco llegó un momento después y de un primer vistazo no vio al otro. Tuvo que fijarse bien para darse cuenta de que el dosel de la cama de Crabbe era el único que estaba corrido. Chasqueó la lengua y apoyó el culo sobre su mesilla.

—Sé que estás ahí detrás…

—No, no estoy. Vete.

—No me da la gana.

Podría haber abierto el dosel para que Vincent se dejara de tonterías, sin embargo suspiró y se cruzó de brazos tratando de ser paciente.

—No estoy de humor, Draco, en serio.

—¿Y a mí qué? Mira… —Se tomó unos segundos para pensar en lo que le gustaría que le dijeran a él en su situación—. A mí me parece bien, ¿vale? No es algo de lo que avergonzarse. Tampoco es como si lo hubieras elegido, ¿no? Ha pasado y ya está. Pues vale.

—No sé de qué…

—En serio, Vincent, no soy idiota. Déjalo ya.

Hubo un largo silencio en el que los ojos de Crabbe aprovecharon para llenarse de lágrimas. Estaba jodido. Todo estaba jodido. Su vida en su casa, su vida en el colegio, su vida con sus amigos. Su vida con Gregory.

—Me di cuenta hace un par de meses —volvió a la carga Draco con algo que él creía que era tacto pero que parecía más bien aburrimiento—. Aunque en las vacaciones empecé a sospecharlo. Disimulas fatal. —Esperó un par de minutos a que el otro dijera algo. Como no lo hizo pensó que quizá estuviera avergonzado (él lo estaría), así que lo alentó—: Venga, tío… ¿Qué coño te preocupa tanto?

Vincent rompió a llorar y aunque trató por todos los medios que su amigo no lo escuchara, fracasó estrepitosamente.

Cuando Draco lo oyó sorberse los mocos ruidosamente casi se cayó al suelo de la impresión. Jamás en la vida había visto a Vincent Crabbe llorar y le sorprendía que fuera precisamente Daphne la causa. Era una liante, lo sabía de sobra, pero aquello era demasiado. «Tiene que gustarle muchísimo», se dijo, anonadado.

—Vin… —Carraspeó. No se le daba bien la gente llorando. Tampoco se le daba bien la gente que no lloraba—. Joder, Vin, que no pasa nada. —¿Qué podía decir para relajarlo? Que iba a salir bien desde luego que no—. Es normal que te guste, ¿sabes? Habéis pasado mucho tiempo juntos y… Bueno, son cosas que salen solas.

Creyó que solo obtendría más mocos sorbidos e hipidos atragantados, pero además de eso recibió un murmullo desolado:

—N-no sé qué ha-hacer…

—¿Qué opciones tienes? —Draco miró hacia el techo del dormitorio, preguntándose lo mismo—. Puedes intentarlo o puedes no hacerlo. ¿Va a dejar de gustarte si no lo intentas? —«Ojalá pasara eso», deseó con amargura. Pero todos esos meses le habían demostrado lo contrario—. Lo dudo. Es probable que te obsesiones más. Y siempre cabe la posibilidad de que pierdas la oportunidad por esperar demasiado.

«Puede aparecer cualquier persona para joder», pensó. La risa de Blaise restalló en su memoria y quiso arrancarse el cerebro a mordiscos.

—P-pero… ¿qué va a decir la gente, joder? ¡Voy a ser el hazmerreír de Slytherin! —El dosel se arrugó en una zona, probablemente porque el chico lo estaba estrujando con una mano.

—No seas ridículo. La gente hablará, está claro. Pero también dejará de hacerlo. Siempre pasa igual: por muy fuerte que sea el cotilleo acaba olvidándose o dejando de ser interesante. Fíjate en lo que pasó con… —Estuvo a punto de sacar el ejemplo de Pansy, del momento en el que él la humilló contándole a un montón de gente que le había chupado la polla. Se atragantó con la culpa—. Daphne y Theodore. Cuando Bletchley se enteró de que estuvieron a punto de follar. Se armó en la sala común y a las dos semanas a nadie le importaba. Contigo será igual. Con cualquiera.

Vincent se dejó caer en el suelo, a los pies de su cama. Estiró las piernas y dejó que asomaran por debajo del dosel. Draco se sentó también y le palmeó una zapatilla, tratando de infundirle ánimos.

Al chico de pelo castaño jamás se le habría pasado por la cabeza que ese Slytherin lleno de prejuicios tratara con tanta normalidad su… tema. Siempre se ponía como un energúmeno cada vez que alguien bromeaba sobre la posibilidad de que fuera homosexual, y Vincent había dado por hecho incluso antes de aquello que a Draco le parecería una aberración que estuviera enamorado de Gregory. Sin embargo, ahí estaban. Cuando notó otro golpe en la zapatilla se sintió un poco más valiente. Con el dorso de la manga se limpió lágrimas y mocos y respiró hondo un par de veces.

Iba a cagarla, lo sabía, lo sentía, pero, al menos, Draco parecía entenderlo. Y quizá, como hizo tantos años atrás, volviera a defenderlo de aquellos que lo hicieran caer.

—¿Cómo crees que se lo tomará Greg?

Nadie supo lo que le costó hacer esa pregunta, sobre todo Malfoy.

—Se lo tomará bien. Es tu amigo, ¿no? —Pensó en la mala cara que estaba poniendo Goyle ante el acoso de Daphne y llegó a la conclusión de que era probable (e inexplicable) que incluso le agradeciera que se la quitara de encima—. De hecho seguro que se alegra de que le quites a Daphne de encima. No sé qué les pasa a todos con ella, si está buenísima.

—Supongo —Vincent no encontraba en absoluto atractiva a esa chica. Ni a ninguna otra, claro—. Es mejor de lo que parece, ¿sabes?

—Como sea… suerte.

Los ojos castaños de Crabbe se abrieron de par en par. Una sonrisa tímida se dibujó en su boca cuando murmuró:

—Gracias. Eh… ¿Draco?

—Dime.

—¿Puedes salir antes de la habitación?

—¿Por…?

—Me da vergüenza —acortó el del pelo castaño.

—Ah. Vale.


Por primera vez en su vida, Daphne Greengrass se sintió ridícula ligando con un chico. No era porque el chico en cuestión no le gustara, con eso no había tenido ningún problema hasta la fecha. Tampoco era que el chico no cediera a la primera intentona de ella, tal y como hacía la mayoría —yo, sin ir más lejos, se lo había intentado poner difícil varias veces—.

El problema era que Daphne sabía (sentía, en realidad) que su objeto de seducción era gay. Con una novia podía lidiar, incluso con un heterosexual que no la encontrara atractiva a ella, por mucho que dudara que alguien así existiera. Pero... ¿un chico homosexual? ¿Qué tenía que hacer para llamar su atención, ponerse pene?

Sabía que tomárselo como algo personal era una bobada, que el objetivo de aquello era, precisamente, demostrarle a Vincent que Gregory era tan gay como él, pero... Joder. El no notar nada, absolutamente nada, la estaba poniendo de los nervios. Era igual de frustrante que tratar de que una lechuza se enamorara de ti. Y, como he dicho al principio, se sentía igual de ridícula.

Llevaban un buen rato en un rincón de la sala común, él leyendo una revista de quidditch y ella sentada en sus rodillas. Había intentado todo lo que se le había ocurrido: hablarle de forma sugerente muy cerca de la cara, tocarle la pierna, acariciarle la mejilla, adular su aspecto, sentarse justo encima de su paquete... Y nada. Gregory Goyle parecía totalmente inmune.

Barajó que fuera asexual, pero lo descartó rápidamente. ¿Y todas esas bromas sobre gente desnuda en la playa?, ¿y todas las revistas porno? Vincent había dicho que quizá fuera ella la que no le interesaba —ella en concreto, no por ser mujer—, pero lo dudaba. Ya no solo por vanidad, sino porque jamás lo había visto mirar a ninguna con verdaderas ganas. Decir una guarrada para hacer la broma era una cosa, pero no inmutarse cuando tienes el culo de una chica encima de la bragueta era otra muy distinta.

—¿Te molesto? —murmuró con aburrimiento.

«Al menos ha reaccionado mirándome desconcertado», se dijo, mohína.

—No, no —contestó él, volviendo a posar sus ojillos castaños sobre la revista—. Tranquila.

—Gregory, querido, ¿te apetece que, no sé, vayamos a otro sitio?

—¿Adónde quieres ir?

Ni siquiera había dejado de leer esa vez. Aquello era bochornoso.

—¿A vuestra habitación, quizá?

—Theodore no está.

¡Como si fuera eso lo que le importaba! ¡Como si fuera eso a lo que se reducía ella! Respiró hondo, buscando calmarse, y consiguió esbozar una sonrisa coqueta.

—Ya lo sé, tonto, por eso precisamente te lo digo.

—¿Quieres esperarlo allí?

—¿Puedes hacer el favor de mirarme? —La sonrisa y la calma se evaporaron igual de rápidamente que la idea de que él comprendiera por sí solo por dónde iban las maldiciones.

Cuando Gregory puso finalmente la revista sobre la mesa y la miró con aire paternal, poco le faltó para ponerse a chillar de pura frustración.

—Sé que estás aburrida, Daph —la tranquilizó él—, es normal. Seguro que Theodore no tarda.

—No me importa lo que tarde o deje de tardar, Gregory, lo que quiero es estar contigo. A solas —concretó.

Él se encogió de hombros e hizo amago de volver a coger la revista.

—Ah, vale.

«¡Por Salazar, esto es insufrible!». Decidió cambiar de táctica antes de abrirle la cabeza con una silla para comprobar si estaba tan vacía como parecía.

Se levantó de sus piernas y se sentó en la mesa. Apoyó las manos detrás del cuerpo y lo miró con la cabeza ladeada, dispuesta a hacerlo sufrir por aquella humillación.

—En realidad a quien busco es a Vincent…

«Ahí esta», se dijo con malicia, «por fin tengo toda su atención».

—Ya sabes, últimamente paso mucho tiempo con él. Se me hace raro no verlo por aquí.

—Ya. Un montón de tiempo. —Asintió con ímpetu—. Demasiado, incluso. Igual se ha cansado, ¿eh? Vin es un tío muy independiente. Muy… no como tú.

—¿Tú crees? No sé, querido, en este tiempo hemos compartido tantas cosas…

La frente del chico se arrugó.

—Ah. ¿Cuáles?

—Cosas que no te puedo contar, Gregory. Cosas privadas, ya sabes a qué me refiero. —Soltó una risita pícara. A punto estuvo de soltar también una carcajada: aquella actuación era patética, pero funcionaba—. Aunque ahora que lo pienso, quizá puedas ayudarme. Eres su mejor amigo, debes conocerlo perfectamente.

El pecho de Gregory se hinchó con orgullo. No pensaba ayudarla en absolutamente nada, pero parecía agradarle que tuviera claro cómo de especial era su papel en la vida de Vincent.

—¿Qué harías si Vincent te besara?

—¡¿QUÉ?!

Daphne tuvo que morderse con fuerza la cara interna de las mejillas para no estallar en carcajadas.

—Que qué harías si…

—¡No hace falta que me lo repitas, lo he entendido! ¡¿Vin te ha morreado?!

Daphne se cruzó de piernas y se toqueteó el labio con un dedo estirado.

—Puede…

—¡¿Por qué?!

—Pues no sé, Gregory, ¿por qué besarías tú a una chica?

—¡Y yo que sé!

—¿Quieres que te bese a ti también?

—¿Quién?

—Yo, ¿quién va a ser?

—¡Por supuesto que no!

La chica esbozó una sonrisa diabólica.

—¿Y Vincent?


Cuando Gregory subió en tropel las escaleras para huir de Daphne, se encontró a Draco bajando con una expresión tan pagada de sí misma que parecía como si acabara de salvar al Mundo Mágico él solo. El rubio, al verlo, lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

—Vin está arriba —advirtió.

«Tampoco es algo que haya que avisar», se dijo Goyle.

—Tiene que hablar contigo sobre algo importante.

Gregory abrió mucho los ojos, entre sorprendido y preocupado. ¿Qué le pasaba a su mejor amigo y por qué cojones la gente a su alrededor estaba actuando de forma tan extraña?

—¿Tiene que ver con Daphne?

«Por favor, que no tenga que ver con ella», suplicó internamente.

El rubio asintió, muy serio, sin sorprenderse demasiado porque el otro también sospechara del enamoramiento de Vincent.

El Slytherin subió el tramo que le quedaba de escaleras con las comisuras de la boca para abajo. Su habitual jovialidad se había ido difuminando para dejar espacio a una congoja muy poco habitual en él. «Vin está jodido y yo no sé qué hacer al respecto», se repetía, como si aquello invalidara todas y cada una de sus sonrisas.

La expresión comprensiva de su madre durante las vacaciones de verano le incordió en la memoria. «Quizá haya conocido a alguna chica, no se lo tomes a mal. Ya sabes, cielo, estáis en esa edad…».

Abrió la puerta del dormitorio con ansiedad y se encontró a su mejor amigo de frente. Parecía que estaba a punto de bajar a la sala común, ¿a ver a Daphne, tal vez? Intentó tragarse la bola que se le había formado en la garganta, sin éxito.

Ambos hablaron al mismo tiempo:

—Vin…

—Greg…

Fue Gregory el primero en sonreír. El único en hacerlo, de hecho. «Algo no está bien aquí. Algo está muy mal», se dijo. Vincent no parecía ni poder mirarlo, ¿estaría enfadado por el comportamiento que había tenido Daphne con él hacía un rato?

Sin darse tiempo a meditarlo, soltó atropelladamente:

—Daphne no me interesa.

Vincent alzó la vista hacia él y teniéndolo así, mirándolo desde abajo con ojos de cachorrito abandonado, Gregory deseó despachurrarlo con un buen abrazo. Se contuvo, sin embargo: algo le decía que su amigo no quería contacto físico. No suyo, al menos. No le había pasado inadvertida la forma en la que saltaba cada vez que le rozaba un hombro. No se le pasó por la cabeza la idea de ofenderse por ello, nada más lejos: si Vincent Crabbe no quería que lo tocara él no lo hacía y punto.

—Tenemos que hablar de algo —dijo el más bajo, tras un largo suspiro.

«Ya está. Ahora es cuando me cuenta que está enamorado de la pesada de Daphne y me dice que sobro», se dijo Gregory, casi tan frustrado como aterrado. ¡¿De verdad que no había nada que él pudiera hacer?! Quizá si le decía a su compañero que estaba dispuesto a verlo besuqueandose con esa chica se ganara que no lo apartaran a un lado como a un trapo viejo y sucio. Pero ¿estaba dispuesto? La idea le daba un asco tremendo. ¿Y si lo obligaban a estar delante también mientras follaban? ¡Por Salazar maldito, dudaba que fuera capaz de soportar eso! Pero tenía que hacerlo si así lo quería Vincent. Por ellos. Por él y por Vincent, no por Daphne. Daphne podía muy bien irse a la mierda, en opinión de Gregory.

—Gregory, tienes una cara muy rara. —Vincent lo estudió con sospecha, frunciendo el ceño—. ¿Se puede saber qué te pasa?

Con aplomo, el interpelado cuadró los hombros y dijo, muy digno:

—Estoy asumiendo nuestro futuro. Antes de que digas nada, quiero que sepas que estoy dispuesto a todo. Por nosotros. —En un arrebato de mala baba, añadió para que quedara claro—: O sea, por ti y por mí. No por Daphne.

Vincent sonrió un poco y dijo:

—Daphne me ha ayudado mucho, ¿sabes?

No. No sabía. Ni sabía ni quería saber nunca cómo ayudaba esa chica demoníaca a su mejor amigo. ¿Se estaría refiriendo a algo sexual? Seguro que sí.

—No hace falta que entres en detalles, tío. O sea, si lo necesitas, hazlo, estoy dispuesto a escucharte. Pero ahórrate las cosas más pegajosas, ya sabes…

—¿De qué cojones hablas?

Goyle tomó aire, preparándose para una charla desagradable, y sin pensarlo mucho se acercó un paso más a Vincent y le colocó una mano en el hombro. Estaba listo para que el otro lo apartara, y cuando no lo hizo el muchacho se envalentonó, lo miró a los ojos con seriedad y dijo:

—Será mejor que nos sentemos, Vin.

Crabbe asintió y se dirigió hasta su cama. Antes de seguirlo, el otro Slytherin murmuró un hechizo en la cerradura de la puerta para mantenerla cerrada. Prefería no ser interrumpido cuando empezara a vomitar por los detalles escabrosos de la nueva relación de Vincent.

Cuando ambos estuvieron sobre el colchón, a Vincent empezaron a sudarle las manos a chorros. ¿Cómo se suponía que tenía que empezar? «Eres mi puto mejor amigo y estoy enamorado de ti. Lidia con ello» era lo único que se le ocurría y no parecía particularmente romántico. Ni fácil de digerir. Seguía pensando que Greg era heterosexual y necesitaba transmitirle que, a pesar de sus sentimientos, podían (¡debían!) seguir siendo colegas. No entendía dónde veían Daphne y Draco las posibilidades de que aquello saliera bien: ¿tendrían acaso una especie de detector de homosexuales? A él lo habían cogido al vuelo, eso estaba claro. ¿Pasaría lo mismo con Gregory?, ¿podía albergar la esperanza de que aquello fuera algo más que bochornoso, que tuviera un final feliz? Él siendo feliz sería toda una novedad. No sabría cómo comportarse. ¿Se atrevería a ir cogido de la mano de la persona a la que quería?, ¿a besarlo?, ¿a…?

—Estás más rojo que el estandarte de Gryffindor, ¿te encuentras bien, tío? —preguntó Goyle.

Se armó de valor y murmuró muy deprisa:

—Estaba pensando en ti…

—Gracias. Yo también pienso en ti y en tu cara roja.

—No me refiero a eso —gruñó—. Eh… ¿qué opinas de Daphne? —Quería asegurarse de que no le había interesado la propuesta implícita de su amiga.

Gregory arrugó toda la cara, como si se hubiera tragado un limón. Después trató de sonreír sin mucho éxito:

—Es… muy… una chica. Pero la acepto —atajó rápidamente—, si es lo que tú quieres, claro.

—¡No la quiero para ti!

—Lo entiendo, lo entiendo. Yo tampoco. Aunque parece buena chica y todo eso… Bueno, no, parece una cabrona loca y manipuladora, pero si es lo que quieres…

Vincent se perdía y se encontraba a intervalos de tres frases. Cuando pensaba que sabía de qué hablaba Gregory, cuando daba la impresión de que se estaban entendiendo, el otro le soltaba algo que no tenía ningún sentido. «Tengo que ser más claro, joder. Por una puta vez», se exigió.

—Es mi amiga —aclaró, despacio. Le estaba costando mucho no perder los nervios—. Y espero que también sea la tuya… ¿por qué pones esa cara de asco?

—Eh… ¿quieres que también sea mi amiga? —Hizo un gesto con los dedos, como si entrecomillara la palabra—. ¿De los dos? O sea, los tres… ¿amigos? ¿También será amiga de Theodore? ¡¿Cuántos amigos necesita esa mujer?!

—¿Se puede saber de qué coño estás hablando?

Gregory miró al techo de la habitación, buscando las palabras. Nunca había sido particularmente bueno encontrándolas, claro que nunca las había necesitado tanto como en ese momento. «Por favor, Dios de las Buenas Frases», rezó, pensando en mí vestido con una toga blanca, «ayúdame a explicarme».

—Me parece de puta madre que Daphne sea tu amiga —empezó, gesticulando mucho—. Bueno, no, no me parece bien. Lo acepto y eso. Me da asco por todas esas… —se colocó las manos sobre los pectorales, haciendo alusión a las tetas de la otra—. Porque, a ver, tú… pensé que eras menos de… —de nuevo el gesto de los pechos—. Supongo que me equivoqué, como siempre. Una de las pocas cosas que creía tener claras y resulta que tampoco era cierto —se rió sin ganas—, en fin. Enhorabuena, o algo.

—No tengo ni puta idea de qué estás hablando, Greg.

—Que pensaba que eras maricón.

«¡De puta madre, jodido Dios de las Buenas Frases!», pensó, enfadado. A su amigo se le había puesto la cara verde.

—¿Por qué…? —Preguntó Vincent, con un hilo de voz. Parecía estar a punto de vomitar.

—No sé, joder. ¡No sé! —Se llevó las manos a la cara, frustrado—. Siempre que creo saber algo… ¡ZAS!, ¡es una estupidez! Porque, claro, soy estúpido. Todos lo saben, incluso yo. ¡Pensaba que si tenía razón en algo importante, en esto, podría no considerarme tan imbécil! Algo como: «Gregory es gilipollas, pero al menos conoce a su mejor amigo». Y resulta que ni eso. Resulta que Gregory es gilipollas y no conoce a su mejor amigo. Qué típico de Gregory.

Durante un buen rato, ambos chicos permanecieron en silencio. Goyle con la cara enterrada en las manos, mascullando insultos para sí, y Vincent observándolo. Lo miraba con un cariño infinito, sufriendo por ese chico como no había sufrido nunca por nadie más que por él mismo. Tenía razón, era gay —odiaba el término «maricón», sonaba a insulto—, solo hacía falta que se lo reconociera para que Gregory dejara de sentirse tan miserable. Si le decía la verdad, el otro no pensaría que lo había ofendido, que no se había aprendido bien su lección. Pero, si reconocía su verdad, su vergüenza, ¿qué pasaría con él? Y, todavía más aterrador, ¿qué pasaría con ellos? Ellos, el paquete indivisible, las dos partes de un todo que por separado no valían ni un knut. Al menos él no valía ni un knut. Gregory, sin embargo, valía galeones. Infinitos.

Gregory, con ese pico de viuda que tan poco se veía ya. Como si fuera una especie de conde vampiro risueño. Gregory, con esos dientes blanquísimos y rectos que lo deslumbraban cada vez que sonreía. Gregory, el chico gigantesco que en aquel momento se sentía tan pequeño. Gregory, su primer amigo, su primer amor.

Gregory.

—Te quiero.

Lo dijo muy bajito, pero también muy claro. No hacía falta gritar una obviedad.

Y cuando esas dos palabras salieron por sus labios, se sintió ligero como una pluma. Al fin se había deshecho del secreto que lo había estado aplastando contra el suelo.

Se permitió unos segundos para paladear la sensación de ser Vincent, con «uve», de «valiente». Tan solo eso. Sin miedo, sin pesar. Sin duda.

Tras esos segundos, el pánico llegó corriendo para ocupar todo el espacio que había dejado su secreto. Se le instaló en el estómago y trepó por la garganta, atragantándosele y buscando su llanto. Pero no podía llorar, no con Gregory mirándolo de ese modo.

El muchacho de los ojos castaños había levantado la cabeza y lo miraba de hito en hito, como si fuera las instrucciones de una poción particularmente complicada que, sorpresivamente, había entendido bien.

En voz igualmente baja, sin dejar de mirarlo con orgullo, susurró:

—Yo también te quiero.


—Entonces él me dijo que también me quería —finalizó Vincent, sin dejar de dar vueltas por el jardín.

Daphne y Draco, que habían estado escuchándolo atentamente, permanecieron en silencio, asimilando la nueva información.

—¿Y dices que todo esto pasó ayer? —se quiso asegurar la chica.

—Sí, por la tarde. En la habitación —concretó Crabbe, paseando como un poseso.

—Bien, ¿y después de eso…?

—¿Qué?

—Que qué pasó después de eso. Porque pasó algo, ¿no? Tuvo que pasar algo. ¡¿Quieres parar de una vez?!

—¡No! ¡No quiero! —exclamó el chico, haciendo aspavientos con los brazos. Estaba fuera de sí—. ¡¿Y qué cojones quieres que pasara, Daphne?!

La muchacha se puso en pie, fue hacia su amigo y lo detuvo colocando las manos sobre su cara. Sabía que le estaba haciendo daño estrujándole las mejillas y le daba exactamente lo mismo.

—Vincent, querido, después de una confesión suele suceder algo. Lo entiendes, ¿no? Un beso, sexo, un apretón de manos… ¡algo!

—Nos dimos un abrazo —explicó el muchacho, con la boca fruncida por el apretón de la otra.

—Y después de eso quedasteis en…

—En echar una partida de snap explosivo.

Daphne se apartó de él con un grito de frustración.

—¿Y qué se supone que significa eso? —vociferó, enfadadísima—. Que estáis juntos, ¿verdad? Eso debe de ser algún estúpido modo homosexual e idiota de concretar vuestra relación, ¡¿no?!

Crabbe se dejó caer al suelo, quedándose bocarriba. Parecía devastado.

—No tengo ni puta idea, Daph. —Rodó hasta quedar con la tripa apoyada y aplastó la cara contra el césped como si quisiera asfixiarse—. Puede que me dijera que me quería como un amigo. Es lo más probable, sí.

—¡Tendrías que haberle preguntado!

—¡Claro que sí! ¡También tendría que haberle pedido que me hiciera un dibujo de sus sentimientos, no te jode! ¡A la mierda! —Estampó con fuerza la frente contra el suelo—. Me rindo. Esto no debería de ser tan difícil. ¡No es justo!

—¡No puedes rendirte ahora! —Daphne se giró y le hizo un gesto a Draco, que hasta el momento había permanecido sentado en el suelo y completamente mudo—. ¡Tú! —Señaló al rubio—. ¡Dile algo!

Malfoy carraspeó.

—Lo que está claro es que Vincent es gay.

—¡Oh! ¡No me digas! —chilló la Slytherin.

—Y creo que Gregory también —prosiguió, sin inmutarse—. Un tío no le dice a otro que lo quiere, es de maricas.

—¡DEJAD DE UTILIZAR ESA PALABRA! —estalló Crabbe, golpeando el suelo con los puños.

—Los dos gais. —El rubio asintió para sí mismo, como si acabara de resolver una runa muy compleja.

Daphne lo miró con una ceja arqueada mientras una mueca de comprensión empezaba a formársele en la cara. Estaba a punto de estallar en carcajadas cuando Vincent, con el uniforme lleno de hierba, se puso en pie y se fue sin despedirse hacia el castillo.

Cuando dejaron de escucharse los gruñidos del muchacho, Daphne esbozó una sonrisa taimada.

—No sabías nada, ¿verdad?

Draco la miró desde el suelo. Ella lo observaba, de pie, como si fuera mucho más lista que él. El rubio se cruzó de brazos y con todo el desdén que pudo reunir escupió:

—Por supuesto que lo sabía. Todo el mundo lo sabía.

—Sí, pero tú no. —La muchacha empezó a reír. Aquello compensaba con creces la frustración que había sentido hacía unos momentos—. Oh, por Merlín, esto es maravilloso. ¡Si Vincent me dijo que lo aconsejaste sobre Gregory! ¿Cómo pudiste hacerlo si no sabías que era homosexual?

—Te estoy diciendo que sí que lo sabía. —Daba igual lo mucho que se empecinara, no convencía a la chica.

Cuando paró de carcajearse, habló con un tono de voz casi dulce:

—¿Sabes qué? Creo que es muy bonito lo que has hecho, Draco. Gracias.

—Lo sabía, joder.

—Claro, claro.


El catorce de febrero de ese año cayó en sábado y, para disgusto de Draco Malfoy, el colegio decidió que sería buena idea organizar una visita a Hogsmeade para celebrarlo. Hubo parejas que fueron al pueblo mágico y otras, más hábiles, que decidieron aprovechar lo solos que se quedarían sus dormitorios. Y luego estábamos el rubio y yo, haciendo cola a la salida de los terrenos para coger un carruaje tirado por thestrals.

Me había negado a ir con Lisa Turpin al ocurrírseme que eso le jodería mucho más que cualquier cosa que pudiera hacerle yendo con ella, y la Ravenclaw se lo había tomado como había esperado. «¿Irás con Daphne Greengrass?», fue lo primero que me preguntó. Cuando sonreí por toda respuesta, trató de ocultar sus ojos empañados rebuscando en su mochila y comentando que de todos modos ella prefería quedarse en la biblioteca adelantando tareas. ¿Qué iba a hacer, si no? No tenía absolutamente a nadie.

Draco me había reclutado esa misma mañana, durante el desayuno:

—Eh, Theodore, ¿vas a ir a Hogsmeade hoy?

—No pensaba, ¿por?

Me miró con extrañeza y se acercó más a mí en tono confidencial:

—¿Y Daphne?

Cuando terminé de masticar el trozo de tostada que tenía en la boca, contesté:

—Va con Lucian Bole.

—¿El antiguo bateador del equipo?

—El mismo.

El Slytherin me estudió al milímetro, a todas luces confundido.

—Y… ¿no te molesta?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque es San Valentín, joder. —Al ver que no le contestaba a eso, añadió—: Pensé que estabais juntos.

—¿Juntos en qué sentido?

—En el sentido de follar, Nott. En ese sentido. La veo por las mañanas casi más que a Vincent, y duermo a su lado.

Me reí por lo bajo. Después de apurar el café me giré hacia él y le confesé con calma:

—No follamos juntos.

—Ah. ¿Y por separado? —Solo necesitó que ensanchara la sonrisa para darse cuenta de que la respuesta era afirmativa. A punto de perder la paciencia, frunció el ceño y me acusó—: Pero os enrolláis, ¡os he visto!

—Sí. —Previendo que como no fuera más explícito acabaría a gritos encima de la mesa del Gran Comedor, me expliqué—: Y follaremos al final, cuando ella decida, pero eso no quiere decir que no estemos también con otras personas.

—¿Se puede saber entonces qué mierda de relación tenéis?

—La nuestra —respondí con calma. Me di cuenta de que era la primera vez que hablaba de ese tema con alguien desde lo del despacho de mi padre. De que era la primera vez que una gran parte de mí no se lo tenía que explicar mediante susurros a otra parte mucho más pequeña y obtusa—. Cuando sabes qué es algo a ciencia cierta, no le pones etiquetas. —Me puse en pie y señalé con un gesto de cabeza la salida del Gran Comedor—. Vamos. Querías que te acompañara a Hogsmeade, ¿no?

No sé si fue por ese arranque de sinceridad que tuve o por la mala suerte que tuvo él más tarde al encontrarse a Pansy cogida del brazo de Blaise entrando al ridículo Salón de Té de Madame Pudipié, pero el caso es que después de comprar unas cervezas de mantequilla y encontrar un banco en el parque más apartado del pueblo para dar cuenta de ellas, decidió hablar de lo que hacía muchísimo tiempo que ya sabía.

—Todavía no me creo que hayas visto a Bole con la mano en el culo de Daphne y los hayas saludado como si nada.

Me encogí de hombros.

—Ya te lo he explicado esta mañana.

—Ya, bueno. Pensé que te estabas haciendo el duro. —Abrió otro botellín con la varita y tardó un momento en decidir cómo formular lo que quería decir—. Has cambiado mucho desde aquello.

—Es lo lógico —acepté.

—La cuestión es si ha sido para bien o para mal —murmuró, meditabundo. Alcé una ceja en su dirección y levantó una mano para que no hablara y le dejara explicarse—. No me refiero a que sea bueno o malo para los demás, eso debería de sudarte la polla. Me refería a para ti. O sea, estás más…

Como no parecía encontrar las palabras, lo ayudé:

—Muerto.

—No. Bueno, sí, en cierto modo. Como si todo te diera igual.

Asentí con la cabeza.

—No es que antes me importara lo que ahora no me importa, Malfoy —le expliqué después de dar un trago al botellín—, es que ahora no me importa que no me haya importado nunca.

Bufó con disgusto. Sabía que iba a pedirme que hablara como una persona normal, así que se lo ahorré:

—No siento la mayoría de las cosas como los demás. Antes me frustraba y trataba de hacerlo, de imitar a los que me rodeaban en su forma de reaccionar con respecto a algo. Pero, por ejemplo, cada vez que Parkinson reaccionaba contigo de determinada manera, le buscaba mil explicaciones para tratar de racionalizar su comportamiento. Me sacaba de quicio porque no le encontraba ninguna lógica. Porque yo no haría las cosas así. Ahora sé que soy diferente y he aceptado que está bien serlo.

Asintió, comprendiendo mi punto.

—Pero parece que te hace más mal que bien —cuestionó—. Antes no tenías… ataques de pánico o lo que sea eso que te pasa.

—Antes ni siquiera era una persona completa. Creo que prefiero pagar el precio por serlo.

—Daphne y tú seguís sin tener ni idea de cómo pararlo, ¿no? —Hice un gesto afirmativo—. Pero… parece que te pasa menos que antes.

Tenía razón. Me acaricié la barbilla, meditabundo.

—Creo que es porque empiezo a hacer lo que me apetece hacer, sin cuestionarme el porqué.

—¿Por ejemplo?

Sonreí con calma, paladeando el momento.

—Por ejemplo ahora me apetece decirte que sé cómo hacer que Parkinson se aleje de Zabini.

El rubio se puso lívido, con la espalda tiesa como un palo. Barajó por última vez en su vida si merecía la pena mentirle a los demás sobre lo que sentía por ella.

«No».

—¿Cómo?

—Contándole algo que pasó el año pasado. Pero tiene un precio…

—Me lo debes. —Tensó la mandíbula—. Lo sabes.

—Creo que es mejor que te guardes ese favor que te debo para después de enterarte de lo que tengo que decir —aconsejé, divertido—. ¿Y bien? A cambio del secreto de Zabini solo quiero un secreto tuyo. Es justo.

Lo sopesó durante unos instantes, muy serio.

—¿Cuál?

—Quiero un recuerdo. Uno que tenga que ver con el motivo por el cual vas a hacer lo que vas a hacer. Uno sobre ella.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Ya te he dicho que he dejado de preguntarme por qué hago lo que quiero hacer, Malfoy. ¿Y bien?

Apuró la cerveza. Abrió una tercera. Se mantuvo en silencio hasta que acabó esa también.

—De acuerdo.

Rebusqué en un bolsillo interior de la túnica, saqué un vial y se lo tendí para que me pagara.

—¿Llevas eso siempre encima o sabías que íbamos a tener esta puta conversación?

—Lo segundo.

Disfruté casi más de lo que le costó sacar esa hebra de pensamiento de su sien de lo que disfrutaría más tarde viéndola en mi pensadero. Cerró el frasco, me lo devolvió, se cruzó de brazos y escupió de mala leche: «tu turno».

—No están saliendo de verdad. Cuando ella se enfadó contigo por lo de la mamada, él aprovechó para convencerla de que sería buena idea que fingieran tener una relación para joderte. Pero, como supongo que te habrás dado cuenta en este año, eso no es todo lo que busca él.

»Después de ponerte en situación de manera completamente gratuita, te diré que el curso pasado, durante la fiesta de Pascua de la mazmorra (en la que Zabini y Parkinson ya estaban juntos), Zabini se folló a Daphne. Lo hizo porque ella se lo pidió, pero lo hizo igualmente. Yo los pillé. Por eso Greengrass y yo lo dejamos y me fui con Turpin.

»Además de ti a partir de ahora, y obviamente de ellos, soy el único que lo sabe. Lo que significa que Parkinson permanece en la inopia. Lo que a su vez significa que si lo supiera casi con total seguridad dejaría esa relación ficticia y se indignaría bastante con Zabini. Porque aunque ella estuviera fingiendo, sabes tan bien como yo que todo esto le gusta. Que él podría llegar a gustarle si es que no lo hace ya. Sin embargo, enterarse de que él se acostó con su mejor amiga, con la que lleva toda la vida acomplejada, mandaría a la mierda cualquier posibilidad que pudiera tener él.

Draco Malfoy abrió los ojos como platos, sin dar crédito a lo que acababa de oír. Era demasiado perfecto. Demasiado conveniente.

—¿Por qué haces esto? —Levantó una mano para detenerme antes de que lo interrumpiera—. No me refiero a por qué quieres hacerlo a un nivel profundo y ridículo que solo tú entiendes, me refiero a qué sacas. Qué buscas. ¿No estás bien ahora con Daphne? ¿Y con Zabini? Ambos te han ayudado lo mismo que yo, no me debes más que a ellos. Pansy no solo se enfadará con él, con ella también.

—Supongo que sí. La verdad es que no me importa. —Solté una risita y entrelacé los dedos—. Lo que busco, Malfoy, es ver qué harás con la posibilidad que se te presenta. ¿Joderás la relación solo por joder a Zabini?, ¿sabrás también que lo haces por ella? Y, lo más interesante, ¿se lo harás saber? —Me mordí el labio inferior, pletórico—. Estoy expectante.

»Por cierto, aquí es donde debería de entrar en acción ese favor que dices que te debo. Me refiero a que si eres tú el que le dice todo esto a Parkinson, probablemente consigas que se enfade también contigo porque malinterprete tus intenciones. Pensará que lo haces por joderlo a él, quizá a ella. Por humillarla. Incluso puede que no se lo crea y habrás perdido tu oportunidad. Sin embargo…

—Si eres tú el que se lo dice… —completó mi frase.

—Exacto.

El chico se cubrió la cara con las manos y apoyó los codos sobre las rodillas. Dio un resoplido, frustrado. Parecía que quisiera ponerse a gritar.

—De acuerdo —giró la cara para mirarme muy serio—: Hazlo. Pero hazlo mañana, necesito esta noche para pensar.

—Hecho. —Brindé con el botellín que el rubio había dejado vacío apoyado en el banco y di un trago, contento—. Por cierto, ¿cómo vas a ser capaz de decirle a ella lo que sientes si ni siquiera puedes decírmelo a mí cuando ya sé que…?

—Estoy enamorado de Pansy Parkinson —cortó y zanjó.

Hacía un tiempo que Draco Malfoy se había encontrado con dos caminos metafóricos en su vida. Uno de ellos parecía muy fácil: llano, perfectamente pavimentado… y aburrido. Se lo había construido con el paso de los años gracias a todas las mentiras que le había dicho a los demás y a todas las verdades que no se había reconocido a él mismo. Si recorría ese camino nadie se reiría de él, pues sería lo que suponía que todos pensaban que era.

El otro camino, sin embargo, parecía que estuviera construido de serie. Como si siempre hubiera existido. Pero era empinado, estaba lleno de piedras sueltas con las que tropezarse y llovía a cántaros. Llevaba ignorando esa posibilidad muchísimo tiempo, acobardado. Sin embargo, al final de ese camino había una niña que lloraba. Porque Pansy Parkinson siempre lloraba. Y Draco sabía, sin asomo de dudas, que bastaba con llegar hasta su lado para que la cría dejara de sufrir.

Y al fin, tras tantos errores, emprendió la marcha por ese segundo camino. El de siempre.

A pesar de lo mal que se le daba a Draco Malfoy la gente que lloraba.

—Oh. ¿Y crees estarlo más que Zabini? —pregunté, ladino—. ¿Crees que ella será más feliz contigo de lo que lo será con él?

—¿Me tomas el pelo? —saltó, incrédulo—. Nadie estaría mejor con ese gilipollas que conmigo, mucho menos Pansy. Además, ¿por qué eso tendría que importarme? —Entornó los ojos con prepotencia, jugando a ser el que había sido antes. Después sonrió con malicia, levantó una mano y empezó a enumerar con los dedos—. Y si me importara, te diría que soy mejor para ella que él en todos los aspectos. Para empezar, está enamorada de mí, no de él.

—Pero tú nunca le has demostrado lo que sientes y él sí.

Levantó un segundo dedo antes de responderme:

—¿Ah, sí? Él tampoco ha tenido cojones para decirle que le gusta, solo le ha pedido que fingieran, lo que lo convierte en un puto cobarde.

—Un cobarde que no la ha humillado en público.

Sacó un tercer dedo.

—¿No? ¿Y si la gente se enterara de que se folló a Daphne? Eso sería todavía peor para ella. Y me apuesto el cuello a que ni siquiera se le pasó por la cabeza lo que los demás pudieran pensar si se enteraran. Seguro que si se negó al principio fue solo para que Pansy no se enfadara con él.

»Pero ¿sabes qué es más importante que todo lo anterior, Theodore? —Cerró la mano en un puño—. Que a pesar de que diga que está loco por ella, se acostó con otra tía y con un tío antes de eso. Que a pesar de haber negado yo que me interesaba siquiera, no fui capaz de hacerlo cuando tuve la oportunidad. Por el puto Salazar, ni siquiera pude empalmarme.


—Al final no me acosté con él —me estaba diciendo Daphne esa noche en la sala común—. No es que él no quisiera, es que cuando nos estábamos enrollando se la toqué por encima del pantalón y me dio la impresión de que no merecía la pena. —Hizo un gesto con el dedo pulgar y el índice para hacer más gráfico lo poco que merecía la pena Lucian Bole.

—¿Dónde quedó eso de que el tamaño no importa? —pregunté con sorna.

—En la basura, junto al resto de mentiras que os cuentan para que os sintáis bien.

Me reí por lo bajo.

—Hablando de mentiras, voy a decirle a Parkinson lo tuyo con Zabini.

Daphne se quedó muda unos instantes.

—¿Es alguna clase de venganza por lo de Lucian? —Negué con la cabeza—. ¿Por lo de Roger, entonces?

—Tampoco. Espera, ¿también te has liado con Roger Davies?

Ella sonrió ampliamente.

—De hecho con él me acosté. Esos centímetros sí que se notaban. —Hizo un gesto para restarle importancia—. Dejemos las tonterías para después, ¿por qué vas a hacerlo precisamente ahora? Ha pasado casi un año. —Me miró con sospecha, como si temiera que el viejo Theodore se estuviera escondiendo al fondo de mis ojos—. ¿De verdad no es por...?

—De verdad, Daphne.

Decidí explicarle la conversación que había tenido esa tarde con Draco. No pareció demasiado sorprendida por la revelación del rubio, pero se abstuvo de hacer comentarios hasta el final.

—Ya veo, Draco al fin quiere mover ficha. Solo ha tardado... ¡oh, sí, diez años! Pansy se va a poner contentísima.

—Percibo mucha ironía en tu voz. ¿Crees que a ella no le hará ilusión? Es Malfoy, al fin y al cabo.

—No sé qué decirte. A mí no me haría ilusión, eso te lo puedo asegurar. De todos modos ambos sabemos de sobra que no haces esto de manera altruista y que te importa bien poco qué sea lo mejor o lo peor para ella.

Me eché para atrás en el asiento, con los brazos colocados tras la cabeza.

—Tienes razón, me da lo mismo. Lo hago para ver qué pasa.

—Lo suponía. Y «para ver qué pasa» ¿te da igual que ella se enfade con Blaise?, ¿conmigo?

—Sí, la verdad es que sí.

Me estudió unos minutos, muy concentrada. Estaba dándole vueltas a cómo podría plantearme una alternativa tentadora de manera que ella pudiera sacar algo de ventaja.

—¿Qué te parece si me dejas decírselo a mí? —Antes de que pudiera hablar, me vendió su idea—: Piensa que si viene de mí será menos sospechoso, Pansy puede que te crea, pero dudará de tus intenciones y eso enturbiará su reacción, ¿no? Sin embargo, si lo confieso yo, parecerá que me arrepiento del hecho.

—¿Y te arrepientes? —inquirí con curiosidad.

—En parte sí, en gran parte. Sigo entendiendo por qué lo hice y, si volviera a encontrarme en esa tesitura, probablemente haría lo mismo. —Se pasó los dedos por el pelo, peinándoselo—. Aunque, si lo miras con perspectiva, la culpa de todo es tuya.

—Oh —volví a reírme por lo bajo—. ¿Por la presión a la que te sometí para que folláramos y todo eso?

—Exacto. Siendo así las cosas, lo menos que puedes hacer por mí es dejar que sea yo quien se lo diga a Pansy.

Tamborileé con los dedos sobre el reposabrazos del sofá, sopesándolo.

—No —dije al final.

—Hagamos una apuesta, entonces.

—Te escucho.

—Si gano yo, me dejarás contarle a Pansy lo que pasó. A cambio, si quieres, te informaré de los detalles después.

—Quiero ver el recuerdo —exigí.

—De acuerdo, veremos el recuerdo en tu maldito pensadero. Te fías muy poco de mí, ¿no crees? Da igual. Si pierdo la apuesta, se lo cuentas tú a Pansy cuando y como quieras.

—No veo qué saco con todo esto.

—Eso es porque todavía no sabes cuál es la apuesta. Te explico: en mi opinión, soy la que tiene menos culpa de los tres por acostarme con Blaise. Ya sabes: tú me presionaste y todo eso. Pero él tampoco se libra: sospecho que no pondría muchas objeciones a enrollarse con cualquier otra persona, siempre y cuando su falsa novia no se enterara.

—Lo dudo —interrumpí, muy seguro.

—Ay, Theodore, qué poco conoces a la gente que te rodea. Aquí está mi apuesta: creo que si intentaras ligarte a Blaise Zabini, lo conseguirías sin mayor problema.

La miré con los ojos muy abiertos, confuso por la salida.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Llámalo intuición femenina —se encogió de hombros—. ¿Qué me dices? Será divertido.

Lo sopesé un instante.

—Vas a perder —accedí al final, estrechándole la mano para sellar el pacto.

—Seguro que sí —se mofó ella.

Quedamos en que lo haría esa misma noche y, pasara lo que pasase, al día siguiente uno de los dos le contaría todo a Pansy Parkinson.


Abrió el grifo al máximo y un chorro de agua helada cayó en su nuca. Normalmente Blaise dejaba que el agua corriera medio minuto antes de meterse en la ducha: llegaba al baño, cerraba la puerta y abría el grifo. Para cuando se había quitado la ropa y admirado delante del espejo, el agua ya se había templado lo suficiente como para meterse bajo ella sin correr el riesgo de sufrir una hipotermia. Esa noche, sin embargo, ni estaba de humor para admirarse ni buscaba relajarse con una ducha tibia antes de dormir. Esa noche Blaise Zabini quería castigarse.

Al tiempo que se ponía la piel de gallina por el chorro helado, revivió la escena que había tenido lugar esa mañana en frente del tercer invernadero de Herbología. Había estado bromeando sobre algo con Terence Higgs cuando notó —él siempre notaba esas cosas— unos ojos clavados en él. Los localizó a tres o cuatro metros de distancia. Los ojos azul añil acompañaban a un chico muy alto (más que él, incluso) de pelo cobrizo y espalda ancha. El tío, de Ravenclaw por los colores de la corbata, apartó la mirada cuando Blaise lo cazó, pero no tardó más de cinco segundos en volver a fijarse en él. Y esa vez no apartó la vista. Tampoco lo hizo Blaise. Siguió hablando con Higgs, pero con una sonrisa anclada en la mejilla. El Ravenclaw seguía mirando.

Blaise se despidió de su compañero de Casa y emprendió la vuelta hacia el castillo. Caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos de la túnica, preguntándose si el chico de los ojos añil haría algún movimiento ahora que estaba solo. Lo hizo. No había dado ni veinte pasos cuando notó a otra persona caminando a su lado, siguiéndole el ritmo. Lo miró de reojo, estudiando su perfil. Tenía la cara angulosa, ligeramente bronceada. Seria, como la mayoría de los de su Casa. A Blaise le sonaba de algo, «quizá sea jugador de quidditch, tiene pinta», pensó.

—¿Te vas a limitar a acompañarme a mi sala común como un caballero andante o tienes algo que decirme? —se burló el Slytherin.

—Tengo algo que decirte —respondió el otro antes de esbozar la más leve de las sonrisas—. Después de la cena siempre voy al patio interior oeste. Quizá quieras pasarte hoy por allí.

Dicho eso, apretó el paso y dejó atrás a Zabini.

Diez horas más tarde, Blaise estaba en el baño de su dormitorio castigándose con agua helada. No había hecho uso de la proposición del chico, pero no fue por falta de ganas. De hecho, había ido hasta el punto de encuentro solo para dar media vuelta cuando estaba a punto de llegar. Lo peor del asunto, lo que hacía que se sintiera miserable, no era haber barajado seriamente la posibilidad de enrollarse con ese tío, sino arrepentirse tanto por no haberlo hecho. Él estaba con Pansy, aunque fuera de mentira. Notaba que las cosas, poco a poco, iban bien entre ellos, notaba que podían ir incluso mejor si pasaba algo más de tiempo. Con un poco de esfuerzo, seguramente lograra estar con la persona que le había gustado desde hacía tantísimo tiempo, estar con ella de verdad. Entonces ¿por qué seguía pensando en otra gente? Entendía el hecho de sentirse halagado cuando una persona flirteaba con él, lo que no entendía era la necesidad casi patológica de que lo hicieran. Las ganas de que pasara algo más. Se había tratado de convencer a sí mismo de que ligaba y se dejaba ligar porque estaba inseguro sobre su relación con Pansy, que si esta fuera distinta, si fuera de verdad, no tendría esa necesidad. Pero, en el fondo, no estaba seguro de que fuera cierto. Quizá las relaciones no estuvieran hechas para él, tal y como no habían estado hechas para su madre. O quizá la culpa fuera precisamente de su madre…

Descartó la idea. La culpa era de él.

La puerta del baño se abrió cuando el agua comenzó a calentarse. Giró la cabeza para ver quién era y me encontró agachado, desabrochándome los zapatos.

—¿Has venido a ducharte conmigo? —preguntó, sin muchas ganas de hacer un chiste pero haciéndolo igualmente.

Lo miré entre el flequillo, sonreí y le respondí:

—Precisamente.

Zabini me ignoró y siguió a lo suyo. Cerró los ojos cuando empezó a frotarse el champú por la cabeza. Debería cortarse el pelo como siempre, casi al rape; era mucho más cómodo. Pero, no sabía muy bien por qué, cuando lo llevaba un poco largo —se le rizaba muchísimo y le daba aspecto de nube— a la gente le encantaba acercarse para tocárselo. Había hablado con un par de personas interesantes gracias a ello, por estúpido que pudiera parecer. Incluso Pansy se entretenía acariciándole los rizos de la nuca de vez en cuando.

—¿Cómo es?

—¿Cómo es el qué? —respondió, todavía con los ojos cerrados.

—Que te guste todo el mundo. Hombres y mujeres.

—No me gusta todo el mundo —saltó como un muelle. Después, para aligerar el tono, bromeó—: Fíjate en Draco, no me atrae para nada.

—¿Qué me dices de mí?

—De ti digo que eres una persona muy inquietante.

—Ya. Pero ¿te atraigo? —Abrió mucho los ojos, atónito, quitándose el jabón de la cara con una mano. Me deshice de la camisa y comencé a bajar la cremallera del pantalón sin dejar de mirarlo—. ¿Haces distinciones entre tíos y tías? Es decir, ¿tienes un tipo de chico y un tipo de chica o piensas en gente, sin más, dejando de lado el sexo de cada uno?

—Theodore, querido, ¿por qué me preguntas esto precisamente ahora?

—Tengo curiosidad.

—Ya veo. ¿Y tu curiosidad te impele a desnudarte mientras tanto?

—También tengo calor.

—Genial. —Agachó la cabeza y la metió debajo del chorro de agua para quitarse los restos de champú—. Nunca le he dado demasiadas vueltas a esas cosas. Me gusta la gente, determinada gente. Tenga lo que tenga entre las piernas. Lo que no significa que me ponga todo el mundo —finalizó, ligeramente molesto.

—Pero habrá cosas concretas que te llamen la atención.

—¿Qué cosas concretas te llaman a ti la atención?

Casi sin pensar, respondí:

—Me gustan las tetas grandes.

—Qué cliché. De acuerdo, ¿y ya está? ¿Si descubres que McGonagall tiene las tetas gigantes te enamoras de ella?

Me reí.

—También me gusta la gente con menos de un milenio de vida.

—Tetas y lozanía. ¿Y ya está? Entonces deben de gustarte el noventa por ciento de las tías que hay a tu alrededor, ¿no es así?

—No, supongo que no.

Blaise observó por el rabillo del ojo cómo, ya en calzoncillos, me colocaba al lado de la mampara de la ducha que estaba usando, apoyando el hombro en la pared.

—Entonces, dime, ¿te atraigo o no?

Hacía tiempo que Blaise se había dado cuenta de que, igual que Pansy Parkinson, yo era exactamente su tipo. Pensaba que nos parecíamos, de hecho: ambos con el pelo negro y liso, la piel blanca y las facciones duras. Y la boca grande, los huesos sobresalientes y esa forma de mirar a otros. No eran los ojos, era la mirada. Como si quisiéramos derretir la parte estructurada de su discurso para obligarlo a improvisar.

—Para nada —contestó, dándome la espalda para buscar el gel.

—¿Y cómo es? Follar con un tío, quiero decir.

El chico notaba el corazón palpitando en la garganta. Quiso preguntarme por qué estaba haciendo eso, demostrarme su enfado. También quiso reírse, salir de la ducha y volver a la habitación como si no hubiera pasado nada. Pero, tal y como sucedió horas antes ese mismo día, quiso más cosas. No supo por qué, pero las deseó con tanta fuerza que volvió a preguntarse qué estaba mal con él.

—Da igual con quién te acuestes, Theodore —murmuró al fin—, si cierras los ojos y te concentras en la sensación, te correrás igual. Follar no va de amor, va de dominar a otro. Sea el que sea.

—Entiendo —susurré en su oído.

Se dio la vuelta y me vio a medio palmo de distancia, nuestras narices casi rozándose. El agua, que seguía corriendo, se escurría por mi sonrisa. Lo último que pensó el Slytherin antes de que lo besara fue que parecía un tiburón. Y a él le gustaban mucho los tiburones.

Me agarró con fuerza de los brazos, como si pensara que iba a escapar de él una vez saliera de su estupor.

Ya me había besado en una ocasión, bajo súplica de Daphne, pero lo de esa noche en la ducha poco se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Nos mordíamos la boca, nos empujábamos, nos gruñíamos. Cualquiera habría podido decir que parecía más una pelea que dos personas enrollándose, pero él sabía que no era así. Que, en cierto modo, así era como debería ser siempre. Brusco, ansioso, frenético. Con la sensación constante de que de un momento a otro alguien entraría por la puerta y nos vería, con el peso sobre los hombros de que aquello que estaba tan mal para tanta gente estaba tan bien para él.

Se dejó empujar contra la mampara, que a punto estuvo de partirse por la fuerza del golpe. Miró hacia arriba, alucinado, cuando empecé a besarle el cuello, arañándole la cadera con una mano. ¿Por qué no podía ser siempre así? Instintivo. Sin espacio para pensar en el otro.

Contuvo el aliento cuando me arrodillé delante de él. Bajó la vista, sin dar crédito, y se deshizo con cada segundo que tardé en meterme su polla en la boca.


NOTAS

¡FELIZ ORGULLO LGTBIQ+, CHAVOOOOOOOOOOOOOS!

Sé que dije en redes sociales que publicaría el día oficial del Orgullo, pero no hubo tu tía: me han costado sudor y lágrimas el 90 % de las escenas de este capítulo. Quería que quedaran naturales, así que me negué a planificar nada y no había forma de que fluyeran. Al final tuve que volverme loca, escribirlas salteadas cuando tenía según qué días, y montarlas al final. Da igual, el caso es que aquí tenéis cuarenta páginas de contenido Orgulloso.

El siguiente capítulo, que he titulado "El no de las niñas", en principio formaba parte de esta celebración (ya veréis por qué), pero como también me va a costar alguna cosilla y quería subir esto lo antes posible, he decidido no esperar.

Como sea: disfrutad de las pollas en boca ajena casi tanto como Blaise. Y más os vale fangirlear conmigo por la vía que decidáis, que estoy de los nervios (el final me ha dejado trastocadas las hormonas, ¿vale?).

Os recuerdo que cuando llegue a los 1000 reviews subiré un vídeo a YouTube respondiendo las preguntas que me hagáis en el Ask que he creado (tenéis toda la información en mi perfil). Sin embargo he llegado a la conclusión de que podéis hacerme llegar estas preguntas por donde os dé la realísima gana (Twitter, WhatsApp, Facebook, review, privados...), que sé que registrarse en Ask es un coñazo soberano.

Hala, me voy a cotillear vuestras reacciones por Twitter. En estos días contesto los reviews del capítulo anterior, ya sabéis.