AGRADECIMIENTOS

Llevo diez años publicando esta historia, pero mucho más tiempo con ella en mente.

Empecé a darle vueltas y a escribir los primeros párrafos cuando tenía dieciocho. El motivo ahora me parece gracioso, aunque en su día se me antojara muy importante: me enamoré.

Me quedé colgada de una chica perfecta que escribía de una forma casi tan bonita como su sonrisa, y quise darle algo yo también. No bonito, porque yo solo tenía cosas feas dentro. Pero algo. Hacerme un huequito en su pecho, tal y como ella se había hecho en el mío.

Pero ella se fue o, para ser sincera, la eché. Porque no aguantaba querer y no poder y porque, tal y como le pasó a Vincent, me costó muchos años aprender a ser valiente.

Le quité el polvo a esta idea cuando empecé la universidad. A los veintiuno, porque seguía con un montón de cosas feas dentro y la vida a veces no es sencilla. Antes de «Mortífago» publicaba bajo otro nombre en internet, por el que me conocía ella, pero me deshice de esa Myriam y decidí dibujarme de nuevo.

Empezar algo es complicado, sobre todo cuando lo que ofreces no es lo que la gente tiende a buscar. Yo quise enseñarle al mundo la historia de un chico del que se conocía poco más que el nombre, uno que era insoportable. Un villano. Porque yo también lo era y porque necesitaba transcribir mi pena de alguna forma. Así que durante un año, tal vez dos, no me leyó mucha gente. A día de hoy sigo sin saber por qué seguí. ¿Para qué dedicarle a algo tanto tiempo cuando no llegaba? Pero tenía más cosas que contar, más pena que transcribir, y mientras un chico insoportable crecía surgió un monstruo. No estaba planeado. Esta historia pretendía ser de amor. Pero yo no tenía de eso, así que cambió conmigo.

Y siguió cambiando. Año tras año, mientras yo me curaba y crecía.

Llegó un punto en el que volví a preguntarme por qué seguía. Mis monstruos habían vuelto a encerrarse debajo de la cama, ya no era necesario que escribiera sobre el de otra persona. Y, de pronto, aparecisteis.

Poco a poco, unas cuantas palabras y unos nombres que no se parecían en nada a por los que os conozco ahora. Llegasteis y vuestras expectativas me palmearon la espalda, animándome a seguir. Y seguí, un poco más cada vez. La historia que sirvió para enamorar y después para desahogar se convirtió en algo más. En algo que tenía sentido y merecía la pena.

Os fallé mil veces. La abandoné, pensando que daba igual porque no la necesitaba, sin caer en que no os lo merecíais. En que os habíais esforzado por leer algo que al principio no tenía ni pies ni cabeza y habíais sacado el tiempo necesario para hacérmelo saber. Y en lugar de mandarme a la mierda, algunos vinisteis a buscarme. Me recordasteis que seguíais ahí, al otro lado de la pantalla, esperando.

Fue entonces cuando prometí que acabaría. Y, joder, he cumplido promesas difíciles en mi vida, pero pocas tan duras como esta. Porque tenía que encajar cosas ilógicas y cerrar tan bien que sintiera que os había pagado un ápice del apoyo que me habíais dado. Todavía no sé si lo he hecho bien. Si he encajado o cerrado como merecíais. Pero os prometo —es una promesa y un axioma— que lo he intentado. Que me he esforzado todo lo que he podido y que he pensado en vosotros hasta la última palabra, ese «ahora» que quizá se os haya hecho raro pero que para mí lo ha significado todo.

Me he quejado mucho de esta historia. En persona o por redes sociales. Pero cuando estaba a punto de terminarla me he dado cuenta de que me ha ayudado muchísimo. A aprender a escribir (equivocándome) y a conocer a personas maravillosas. Y es increíble que algo tan tonto como un fanfic me haya acercado a algunos de mis mejores amigos, pero así ha sido. Y ahora quiero ir a México a visitar a unos cuantos, a ese apartamento de la playa a tomar vino y quejarme de Snape, a Argentina a abrazar a alguien y A Coruña de fiesta. Quiero hablar de mil proyectos y escuchar los de esa chica que tiene un máster en vampiros, quiero recorrer España entera dando abrazos y después el resto del mundo. Quiero que me veáis llorar cuando entendáis lo que me habéis regalado durante tantísimo tiempo.

Y hablando de llorar, ahora lo hago. Porque diez años son muchos años y me va a costar un par de meses entender que no hay ni una coma más que poner en esta historia. Que ha acabado. Y porque me da miedo que el tiempo cure, como le pasa a Adrian, y os olvidéis de mí.

Pero, si pasa, ya nos recordaré yo.

Gracias.

Os quiero, de corazón.