Epilogo.

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Juntos… para siempre.

..

Emmett Cullen.

—Vamos, hijo, respira… - indicó Esme, mientras le daba un amoroso apretón a mi hombro.

—Estoy respirando – apenas y dije.

—Tranquilo – se unió Edward – Recuerda que Jasper es muy sensible a las atmosferas muy pesadas.

Giré el rostro para localizar a mi hermano menor, quien se hallaba más tenso y erguido que una vara en el sillón.

—Lo siento, de verdad lo siento – repliqué con el mejor de mis sarcasmos, aunque en ese momento no había lugar para ello. El sudor frío resbalándome por mi sien y el lentísimo transcurso de las manecillas del reloj estaban a punto de acabar con lo poco quedaba de mi paciencia – de verdad que no es mi intención incomodarlos a todos.

Edward rió y yo le dediqué una mirada envenenada

—Ya te quiero ver cuando seas padre

—Para eso aún falta – sonrió triunfante.

—El tiempo pasa volando –murmuré más para mí que para él, sumergiéndome entre los múltiples recuerdos que los últimos tres años habían acumulado.

Después de mi visita a Rochester, Rose continuó trabajando ahí hasta el termino del año, tiempo que ocupé para concluir mi tesis y obtener finalmente el título de Ingeniero en Sistemas Computacionales. La empresa en la que había trabajado en Australia me contrató para un puesto más estable en una extensión ubicada Seattle, así que tuve que mudarme de Forks poco después tras la llegada de Rose. Ella reanudó sus estudios más por gusto que por necesidad, pues en la compañía de autos para la que elaboraba, era consideraba como una de los mejores competentes y fiables trabajadores.

Durante un año, ambos estuvimos muy ocupados, cada uno formando su vida y buscando nuevas oportunidades para trazar un futuro en el que pudiéramos estar juntos sin ningún tipo de preocupación.

La espera valió la pena. Aunque no sé si "espera" realmente sea la palabra adecuada, puesto que no creo haya habido una mientras tanto. Más bien, creo que todo sucede a su tiempo y nuestro tiempo de estar totalmente justos llegó precisamente cuando tenía que llegar.

Y bueno… lo que vino después no sé ni cómo resumirlo. Rose era maravillosa. Vanidosa hasta decir "¡basta!", caprichosa hasta querer ahorcarla con la agujeta de los zapatos, enojona hasta el punto de hacer reír por la desesperación y mala, realmente muy mala, cocinera. Sí, Rose era maravillosa, pues estaba llena de defectos adorables que sólo me hacían recordar que me había enamorado de una humana, de alguien real y auténtica, y no de una princesa que aparenta ser todo perfección.

Más que perfección, Rose era tenacidad, era fuego ardiente que despuntaba por las noches y me enloquecía. Rose era determinación, fuerza, competitividad y amor palpitante. La adoraba. La adoraba más con cada día que pasaba, aunque a veces pusiera mi mundo de cabeza.

Su embarazo fue más que imprevisto. Hasta la fecha, aún nos seguimos preguntando cuándo fue que sucedió. Si por la mañana en la ducha, o en la tarde antes de comer, o en la noche cuando terminamos de romper el sofá. Da igual, lo curioso en todo esto fue que, a los tres meses de saberme padre, fui yo quien comenzó con los síntomas del embarazó, lo cual me costó numerosas bromas por parte de Edward y el resto de mi familia.

Mi sensibilidad aumentó hasta llevarme al llanto. Lo comprobé una noche, no hace más de cinco semanas, cuando mí "adorada" esposa me gritó desde el baño y yo corrí como alma que lleva el diablo para atenderla.

—¿Qué sucede, Rose? – abrí la puerta desesperado, temiendo que el espíritu poco hábil de Bella hubiera reencarnado en ella.

—Quiero depilarme las piernas, pero la panza me estorba – informó al verme – ¿Podrías ayudarme?

Suspiré, tanto de alivio, como de frustración. ¡¿A qué esposa se le ocurre interrumpir a su marido cuando éste se encuentra viendo el partido de beisbol de su equipo favorito, por algo tan insustancial como lo era una depilación?

Solamente a Rose, claro está.

—Cariño, ¿Puede ser después?

—No –contestó ella – necesito que sea ahora, ya me quiero bañar.

—Pero Rose –intenté razonar – Está jugando mi partido favorito y…

—Emmett –balbuceó – ¡Mírame, gordo! ¡Parezco un chango con tantos pelos!

—Pero…

—¡Te recuerdo que gracias a ti estoy así! –señaló su panza y luego me miró fríamente – Si pudiera hacerlo yo sola, créeme que no te molestaría y te dejaría ver la maldita televisión a gusto.

Dolor. Mi corazoncito se contrajo fuertemente con aquellas palabras tan duras que, sin poder evitarlo, una lágrima se escapó de mis ojos.

—Emmett… - musitó aterrada –¿Por qué lloras?

—Por nada –hipé

—Ey –se puso de pie y asió mi rostro entre sus manos –¿Cómo que por nada?

—"Te recuerdo que gracias a ti, estoy así" – cité – Me hiciste sentir como si te hubiera violado… o como si no estuvieras contenta por nuestro bebé…

—Emmett, no digas estupideces –frunció el ceño. Supongo que se dio cuenta de que tal reacción lo único que hacía era afectarme más, pues tras tomar un pequeño suspiro, su expresión se dulcificó – Emmett, este bebé y tú son lo más importante en mi vida…

—Lo sé, Rose – la abracé – Lo sé…

—No quiero que lo dudes ni un solo instante –insistió – Discúlpame. A veces soy una tonta y hablo sin pensar…

—Ey, tranquila – le silencié suavemente, acomodando un dedo sobre sus labios – Soy yo el que está extraño… No sé, como que algo…

—¿Sentimental?

—Exacto – sonreí

—¿Qué no se supone que debería ser yo la que esté así? – bromeó

—Sí –fruncí el ceño – a veces creo que seré yo quien tendré al bebé

—No sería mala idea –susurró – La verdad, tengo un poco de miedo.

—Todo saldrá bien – acaricié su cabeza – Yo estaré contigo…

El tiempo trascurre…

—¿El señor Emmett Cullen?

—¡Yo! – corrí hacia la enfermera

—Acompáñeme, su esposa le espera.

El tiempo prepara…

—¿Cómo estás?

—Cansada, pero bien. Míralo – me invitó a acercarme y la emoción más extraña y hermosa me invadió al ver, por primera vez, a mi hijo. Darian – Se parece tanto a ti… pobrecito

—Sufrirá por ser un hombre tan guapo e inteligente –lo tomé de la manita, mientras ella soltaba una risita —Muchas gracias

—¿Por qué?

—Por todo – besé sus labios.

El tiempo construye…

—¿Ya se durmió?

—Sí

—Eso es bueno – se acomodó de rodillas sobre la cama y enrolló sus brazos alrededor – ¿Estás muy cansado?

—Para nada – murmuré contra la piel de su cuello, al mismo tiempo que sus piernas se anclaban en mi cintura - Pero, Rose… aún no han pasado cuarenta días.

—Han pasado treinta y siete – recordó –eso es suficiente, ¿O quieres esperar?

—No – negué rápidamente y la acomodé sobre la cama.

Cuando uno ama, el tiempo…

—¡Emmett!

Shh… despertarás Darian.

—Lo siento…

El tiempo dura para siempre…

..

..

Jasper Cullen.

Por primera vez en mucho tiempo, el tener a Alice frente a mí, lejos de llenarme de felicidad, me irrumpía el alma de una angustia casi insoportable.

—Jazz… –cerré los ojos y apreté su pequeña y cálida mano contra mi mejilla.

Dicen que crecer es aprender, aprender de todo: a amar, a sonreír, a mentir, a olvidar, a ser feliz, a sufrir,… a decir adiós. Supongo que esta parte es una de las más difíciles. Supongo que algo así, tenía que suceder tarde o temprano.

—Puedo quedarme…

—No – negó ella, poniéndose de puntitas para mirarme fijamente– Jazz, ve. Esto es lo que quieres.

—Lo que quiero es estar a tu lado…

—Y así es – sonrió – Eso no ha cambiado, ni cambiará. Esteremos juntos. Yo estaré esperándote para cuando regreses.

Regresar. Ni bien me había ido y ya ansiaba tenerla de nuevo entre mis brazos. ¿Cómo no? Si los últimos cuatro años los había pasado a su lado, creciendo y aprendiendo con ella. Y ahora…

—Verás que no te arrepentirás – distrajo la voz de al lado –Eres un deportista muy bueno, con un poco más de entrenamiento, estoy seguro de que serás un jugador estrella y pronto te tendremos en un campeonato de nivel mundial.

Miré a través de la ventanilla del avión, sin contestar…

¡Felicidades, flaca! Aprobaste el examen de admisión.

Hubo un momento en el que pensé que siempre estaría con Alice. Hubo un momento en el que creí que jamás nos separaríamos, que siempre seríamos ella y yo, los dos, como un par de almas eternamente conjugadas…

—Hola

—María – reconocí al dar media vuelta

—¿Estás esperando a tu novia, la futbolista?

—Alice – corregí de inmediato, a lo que ella sonrió insolentemente

—¿Sabes? –preguntó de repente – Pensé que tras tu ingreso a la universidad, tú y Alice iban a terminar su relación. Ya sabes, por eso del distanciamiento, el nuevo ambiente y las nuevas amistades. No te ofendas, pero en verdad me sorprende que aún sigas al lado de una chica tan… así – rió – Casi apostaba a que durante el año que no estuvieron en la misma escuela, todo iba a cambiar.

—Puedes ver que no

—Supongo que es la costumbre –se encogió de hombros y dio media vuelta, yéndose sin decir más.

Costumbre.

Solté una risita incrédula y negué con la cabeza. Lo que había entre Alice y yo no podía caer en lo ordinario. Lo nuestro era diferente, no era un sentimiento que había nacido de un día a otro. Lo nuestro era algo que había crecido lentamente, algo que el tiempo mismo había forjado, modificado y madurado.

—¿Jasper Cullen?

Un hombre de traje apareció poco antes de que las vacaciones de verano iniciaran, se presentó diciendo que me había visto jugar desde hacía algunos meses y estaba interesado en mí. Agregó también que, si yo quería, me proporcionaría una beca completa para irme a Francia, en donde recibiría un entrenamiento completo junto con otro grupo de jóvenes y seguiría con mis estudios.

—¡Es una oportunidad magnífica! No puedes desaprovecharla, Jazz.

—Pero, Alice, es hasta Francia. ¿Sabes lo que implica eso?

—Sí, que mañana no te preguntarás "¿Qué habría pasado si hubiera aceptado?"

Decisiones. La vida es una pirámide conformada por éstas y crecer implica saber cuáles tomar y cuáles abandonar. Madurar te exige saber escoger entre lo que esperas, entre lo que anhelas, entre lo que necesitas y entre lo quieres.

—Firme aquí, por favor

Miré fijamente el contrato que se encontraba sobre la lujosa mesa de roble y luego me incliné hacia atrás.

—Gracias, pero no acepto

—¡Estás demente! – exclamaba la voz de mi entrenador –¡¿Cómo es que puedes desaprovechar una oportunidad como ésta? ¡¿Tienes una maldita idea de las pocas veces que las ligas mayores aceptan a un novato como tú, que apenas lleva dos años entrenando profesionalmente?

—Lo sé – le dije calmadamente – y en verdad agradezco todo el apoyo que me has brindado, pero he pensando bien y…

—¡Tendrás dinero! ¡Casas en las áreas más fastuosas del país! ¡Viajes, comidas en los restaurantes de mayor privilegio! ¡Hermosas mujeres!…

—Tus palabras no hacen más que asegurarme que está decisión es la correcta –cerré la maleta – Nada de eso vale tanto la pena como para que yo esté más tiempo lejos de mi familia y de ella.

.. .. .. .. .. .. ..

Al llegar a Forks, lo primero que hice fue tomar un taxi. No le di la dirección de la casa, dudaba que Alice estuviera en ella a esas horas. Sonreí al encontrarla golpeando la pelota con ambas rodillas y disparándola de vez en cuando hacia la vieja portería. Me detuve un momento para contemplarla con mayor detenimiento. Había cambiado, sí; había crecido, pero para mí seguía siendo el mismo duendecillo futbolero al que tanto amaba.

Me acerqué lentamente, sin que lo notara, recogí una pequeña piedrita del suelo y la lancé en su dirección.

—¡Ey! –se giró – ¡Pero qué te pasa…!

Sus ojos se dilataron y sus labios formaron una "O" al verme. En silencio, y sin parpadear, caminó quedamente, casi con temor, hasta quedar frente a mí. Había en sus pupilas un brillo de desconcierto, como si no creyera que yo era real. Me observó varios segundos, arrugando ligeramente su entrecejo debajo de la sombra de su gorra. Sin poder contenerme ni un momento más, di un paso para acortar la distancia que nos separaba y enrollé mis brazos a su alrededor, apretándola contra mi pecho e inclinándome para acomodar mi rostro en el hueco de su hombro. La verdad, es que también yo tenía miedo de que esto fuera un sueño…

—Jazz…– la escuché musitar mientras sus dedos se aferraban a la tela de mi playera. La alejé un poco, sólo lo suficiente para mirarle a los ojos; éstos lloraban – ¿Qué haces aquí?

—Comprobando que lo que estos dos años me han enseñado no es más que la pura verdad –murmuré mientras le limpiaba cuidadosamente las cristalinas gotitas que humedecían sus mejillas – Quiero estar a tu lado, Alice. Nada en la vida vale más que tu compañía.

—Soy tan egoísta –volvió a hundir su rostro en mi pecho – cuando me contaste que firmarías el contrato, intenté alegrarme, pero no pude… No pude hacerlo. Tenía miedo, miedo a que ya no regresaras, a que encontraras a alguien que te hiciera olvidarte de mí.

—Qué tonta – besé su frente y la estreché más fuerte aún – ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Sólo existe una Alice en mi mundo y esa eres tú. Nadie más.

.. .. .. .. .. .. ..

—¿Estás lista?

—Completamente.

—¿Segura que quieres hacerlo ahora? –quise atestiguar, ella asintió – De acuerdo.

Acomodé el balón en el campo y le miré a los ojos.

—Esto es definitivo – recordé

—Lo sé.

—No te dejaré ganar.

—Eso espero

Ambos sonreímos ampliamente y luego comenzamos a reñir por el balón, corriendo debajo de la lluvia e ignorando lo pesado de nuestras prendas mojadas y los múltiples resbalones que tuvimos a lo largo de las tres horas que jugamos sin parar. En esa ocasión, no habría un después. En esa ocasión, el partido se extendería hasta que alguno lograra anotar un gol. Nueve años de empate habían sido suficientes, ¿O qué no? No es que quisiéramos ver quién era mejor, entre nosotros las competencias no se producían con ese fin. Eran juegos, nuestra manera de divertirnos y conocernos mejor. Alice era igual a mí y yo era igual a Alice, con defectos, debilidades y virtudes. Y la amaba por completo, con todo.

—¡Gané!

—¡No lo puedo creer! – exclamó, dejándose caer de espaldas al pasto, permitiendo que las gotas de lluvia cayeran directamente sobre su cara – Estoy cansadísima.

—¿No se te olvida algo? – me senté a su lado y me incliné hacia ella

—¡Felicidades!

—Gracias – reí – pero no era eso a lo que me refería.

—¿Entonces?

—Te dije que, al terminar de jugar, te diría algo – recordé

—¿Qué es? – prestó atención.

Le miré con detenimiento, disipándome poco a poco entre los mechones de su mojado cabello embarrados en su rostro. Sonreí y acaricié sus pómulos, siendo plenamente consciente de que no había motivo alguno que me hiciera dudar acerca de la decisión que había tomado y estaba a punto de llevar a cabo, justo en ese instante, solos bajo la lluvia, sentados ambos en el pasto y con nuestras ropas totalmente manchadas y sucias.

—Toma – agarré el balón y se lo tendí, aprovechando entonces para sostener su mano izquierda y deslizar el pequeño anillo de oro sobre su dedo anular. —¿Quieres casarte conmigo, Alice?

..

..

Isabella Swan.

Abrí los ojos entre la obscuridad y suspiré con un poco de impaciencia. A pesar de la lluvia que caía afuera, sentía mucho calor. Hice las sábanas a un lado y cambié de posición por cuarta vez en menos de una hora. Miré al hombre que dormía plácidamente a mi lado, no sin cierta envidia, y luego me fijé en la hora: Las tres de la mañana. No era tan temprano, ¿verdad? Usualmente, él se dormía poquito antes de la media noche… ¿Qué eran tres horas de diferencia? Además… La bebé tenía hambre.

—Edward… - lo agité suavemente

—¿Umm…? – roncó

—Edward –lo intenté una vez más – ¡Edward!

—¡¿Qué sucede? –despertó finalmente de un brinco y lo primero que hizo fue tentar mi vientre – ¡¿Qué pasa, Bella? ¡¿Te sientes bien?

—Sí – solté una risita, luego me mordí los labios un poco apenada – Siento despertarte, pero… La bebé tiene hambre.

—La bebé tiene hambre – repitió, con una sonrisa de lado – ¿Qué quiere la bebé ahora?

—Chocolate…

—¿Algo más?

—Helado.

—¿Sólo eso?

—Galletitas de nuez.

Él rió —De acuerdo. Dile que espere un momento.

Al quedarme sola, recordé nuestro antiguo departamento, en el cual las ratas se escondían entre los hoyos del suelo y paredes y el agua se filtraba por el techo. Pero al menos, el súper 24 horas se encontraba cruzando la calle. Me paré de la cama y caminé a la sala, me detuve un momento a contemplar la fotografía de mis padres. Estaba segura que Renné hubiera brincado de felicidad al comprobar que Darian había heredado el mismo lunar que ella tenía en el brazo izquierdo y Charlie no hubiera parado de alardear sobre la similitud entre sus narices.

El calor de unos brazos rodeando mi cintura me rescató de la melancolía que comenzaba a envolverme. Caminé junto con Edward y juntos tomamos asiento sobre el sofá. Él acomodó su cabeza suavemente sobre mi panza y yo desenvolví mi chocolate para llevármelo pronto a la boca.

—Se siente tan bien estar así – suspiró, mientras yo revolvía sus cabellos con mis dedos.

La lluvia seguía cayendo, todo alrededor se encontraba en absoluto silencio y las manecillas del reloj para entonces ya marcaban las cuatro de la mañana.

—Sí – acordé – ¿Quién lo diría, no?

—Exacto – depositó un pequeño beso sobre mi vientre, con una dulzura espontánea – Es un poco irónico que, tras no poder soportarte en un principio, ahora sea sólo a tu lado en donde encuentre tanta paz. La primera vez que te vi, cuando te vi caer de las escaleras – rió – lo último que me pudo haber cruzado por la cabeza fue el que tú me ibas a brindar un regalo tan precioso como nuestra hija.

—¿No estás nervioso? – pregunté con curiosidad –Porque yo sí.

—¿Nervioso, porqué?

—Quizás te parezca una tontería – murmuré – pero… me preguntaba si ha de ser para ti lo mismo atender un parto ajeno que el mío.

—No es una tontería – admitió – Por supuesto que no es lo mismo, en absoluto, recibir a un niño ajeno que a tu propio hijo.

—Pero lo harás bien – alenté – Yo cooperaré lo más que pueda.

—Hablando de eso… – dijo, como quien no quiere la cosa –Estaba pensando en algo…

—¿En qué?

—Verás… - comenzó a juguetear con la tela de mi blusón, gesto que no presagiaba NADA bueno. Aún así esperé en silencio a que prosiguiera – Esta experiencia es nueva y muy especial para ambos, nuestro primer hija va a nacer. Creía yo que ese momento debería de quedar grabado para siempre…

—En nuestras memorias – quise suponer, pálida por lo que, sabía, venía a continuación.

—Aparte de eso – me miró a los ojos de esa maldita forma que me desarmaba de todo tipo de negativa. Lo odiaba cuando hacía eso: cuando el verde de sus pupilas traspasaba sus negras pestañas y se colaba poco a poco entre mis sentidos para idiotizarme.

—De ninguna manera – desvié mi atención hacia otro lado.

—Bella –tomó mis manos – ¿Por qué no?

—Edward, odio las cámaras – recordé – Y más odio la idea de que tú quieras grabarme en pleno parto.

—Pero, sería un recuerdo hermoso.

—Para ti sería hermoso – acusé – Para mí, quien seré la que esté con las piernas abiertas y gimiendo del dolor, será vergonzoso. No – repetí – Olvídalo, no lo haré.

.. .. .. .. ..

—Respira, Bella

Uf, uf, uf…

—Ed-Edward… -uf, uf, uf

—Tranquila, cariño, todo estará bien… - se inclinó para besar mi frente

—¿A dónde vas? – jadeé cuando su mano soltó la mía

—Por la cámara –sonrió ampliamente – no me tardo.

Me dejé derrumbar sobre el sofá, con la enorme certeza de que mi esposo era un idiota y que las estúpidas películas románticas y telenovelas eran una total farsa. En ellas, las mujeres embarazadas bailaban sobre jardines de gardenias día y noche. Menudo teatro, nada más había que mirarme para saber la realidad paralela a todo eso…

Aunque claro, admito, si descontamos los mareos, las náuseas, los incontrolables antojos, las contracciones, pero sobre todo, el loco y enfermizo deseo de Edward al querer grabar un video de este momento, mi embarazo es una de las cosas más hermosas que me pudo haber pasado. A pesar del dolor desgarrador, estaba feliz porque, tras nueve meses de espera, tendría a mi hijita entre mis brazos.

—Ya está todo listo, Bella – llegó Edward corriendo y me cargó – Le he hablado a Esme, ella se encargará de avisarle al resto.

Me acomodó sobre el asiento trasero del carro y manejó como una bala al hospital. 10 de Septiembre. El tiempo pasa tan rápido, transcurre dando grandes zancadas en las cuales deja diminutos trocitos que se van acumulando para convertirse en recuerdos, moralejas y experiencias…

—Todo está bien - repetía una y otra vez mientras me tentaba el vientre y el par de enfermeras se preparaba para atenderme – Sólo hay que esperar un poco más, a que tus caderas estén totalmente dilatadas.

—D-de acuerdo… - uf, uf, uf

—Sonríe a la cámara, Bella

Púdrete, Edward…Estaba a punto de decir lo que pensaba, para cuando Carlisle irrumpió en la habitación.

—Hijo, ¿Quieres que te ayude?

Una contracción terrible se asomó entre mi entrepierna, obligándome a proferir un grito que, me atrevo a jurar, hizo temblar a todo el hospital.

—Edward… ya es hora… - chillé.

—¡¿Ya?

¿Era mi imaginación o mi esposo estaba a punto de sufrir un colapso nervioso? Con algo de esfuerzo, estiré el cuello y le miré. Su rostro había palidecido notoriamente, hasta parecía que de la cámara se había olvidado, lo cual era bueno.

Aún no podía ni explicarme cómo se las había ingeniado para que yo aceptara semejante atrocidad. Había pensado de todo para evitarlo a última hora, desde sobornar a una enfermera para que le diera a mi marido un sedante, hasta hacerlo yo misma momentos antes de llegar al hospital. Todo había resultado inútil, obviamente. Lo único que me quedaba era esperar por un milagro.

¡PLOT!

—¡Edward!

¡Bendito el cielo! Grité por segunda vez, mientras una de las enfermeras auxiliaba a mi desvanecido esposo y se lo llevaba fuera del cuarto.

—Bella, creo que Edward no está en condiciones de atenderte – se acercó Carlisle – ¿Está bien si lo hago yo por él?

Asentí, con los labios fruncidos. Todo estaba bien si la bendita cámara se mantenía apagada y lejos de mí. Las contracciones aumentaron entonces, el dolor se volvió un infierno, yo pujaba y empuñaba mis manos entre las sábanas, mientras la voz de Carlisle me incitaba a que "soportara" un poco más. En algún momento del nacimiento, Edward recobró la conciencia y entró al cuarto casi aventándose contra la puerta. El alivio que sentí al ver que sus manos venían libres de cualquier objeto que pudiera captar alguna mínima imagen de lo que estaba sucediendo, fue inmenso.

—Lo siento, Bella – apreté mis dedos entre los suyos, pidiéndole de esa manera su apoyo.

—Quédate conmigo…

—Aquí estoy – se inclinó y besó mi frente, lo cual, de alguna manera, hizo más soportable la tortura por la que estaba pasando – Lo estás haciendo bien – cuchicheó y acarició mi cabello – Lo estás haciendo bien, Bella.

Solté un último gemido, el cual fue coreado por un sonoro y vivaracho llanto.

—Felicidades – me acercó Carlisle a la pequeña y cálida masita bañada en sangre – Me han regalado una nieta hermosa.

—Reneesme – relajé finalmente mi cuerpo

—Muchas gracias –acarició Edward mi mejilla y luego pasó la yema de sus dedos por el redondeado rostro de nuestra hija, con un amor que casi rayaba en idolatría

—¿Porqué? – sonreí

—Por todo – contestó él, con el verde de sus ojos impregnados de un sentimiento tan dulce, que me hinchó el alma de felicidad y me recordó cuánto lo amaba.

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Edward Cullen.

09 de Diciembre, cincuenta y cuatro años después. Hospital General de Forks, 03:02 de la mañana.

El silencio existente de la habitación es realmente reconfortante, me permite pensar con claridad. Aunque dudo que haya algo en el mundo que sea capaz de impedir que un hombre traiga a su memoria los recuerdos más hermosos de toda una vida.

Giro mi rostro un poco y, en medio de la obscuridad apenas y cortada por la lamparita de noche, sonrío al mirar su fotografía. Mi Bella, tras la sombra de mis parpados, aún puedo mirar claramente sus ojos castaños, siempre tan cundidos de extremas emociones que, no importaba cuánto tiempo transcurriera, hasta en su último momento, siguieron estremeciéndome.

Tiene cinco años que ella se fue, ahora es mi momento de partir y es cuando me pregunto ¿Cómo podría resumir esta vida? ¿Acaso hay alguna manera de comprimir todo lo que aprendí, descubrí e inventé estando a su lado?

Dicen que la vida es una rueda de la fortuna en constante y perenne movimiento, que un día estás arriba y casi pudiendo jurar que, con estirarte sólo un poco, alcanzarás el firmamento, y al instante siguiente te puedes hallar abajo, con nada más que con la seca visión que todos pueden ver. Yo diría, más bien, que la vida es una serie de transformaciones, un paseo infinito de evoluciones, caídas y enseñanzas… En donde todo sucede por algo, en donde todo se vale y en donde no hay caminos que se abran en vano.

Si me lo hubieran contado, no lo hubiese creído. Hubiera dicho que el amor era una palabra inventada por las mentes débiles que no tienen nada mejor que hacer más que sumergirse en un quimérico mundo de fantasía. No fue mi intención amarla, pero comprendí que este sentimiento que ella forma en mi pecho, es una llama perturbadora que posee vida propia.

La amo y la amaré siempre. Y, aunque quizás no nos los dijimos muchas veces, sé que ella y yo estaremos juntos pese al tiempo, pues un sentimiento como el nuestro, tan real, tan profundo e incontrolable, nada ni nadie lo podrá extinguir…

—¿Papá…? ¡Jake, llama al médico!

Hasta la fecha, aún sigo aprendiendo. Ahora, por ejemplo, puedo asegurar que Bella no fue "mi otra mitad", mucho menos "mi complemento". No. Bella fue más que una pieza restante en un rompecabezas. Bella fue mi cómplice, fue mi amiga y fue mi rival. Bella no fue la persona que le dio sentido a mi existencia, Bella fue más que una dirección, fue mi compañera y no alguien con quisiera hacer una vida, si no la persona con la que fui capaz de compartir un destino.

Dicen por ahí que las historias que nacen, se transforman, viajan entre el tiempo y se mueren… solamente para revivir en otra más. Estoy seguro que la encontraré otra vez, quizás en otras condiciones, quizás con otros y más poderosos obstáculos, pero la amaré de nuevo, con esta fuerza irrefrenable que caminará por toda la eternidad.

..

Hola. Me llamo Edward Cullen. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Bella Swan.

¿Cómo sabes mi nombre?...**

..

FIN.

** Fragmento de Crepúsculo, Stephenie Meyer.

Agradecimientos.

¡Uf! Ahora sí, hemos llegado al fin xD. ¿Qué les ha parecido? Déjenme aclarar la última parte, por si alguien tiene aún alguna duda. Como podrán notar, la última parte, la que está escrita en letras cursivas, pertenece al primer libro de Twilight, en donde Edward le habla por primera vez a Bella. Esto es para indicar que las últimas palabras de Edward se cumplen (eso de que las historias no mueren, si no se transforman y viajan en el tiempo para volver a revivir) Espero haya quedado claro :-S. Respecto al "Jake, llama al médico" creo que es fácil imaginar que se trata de Reneesme y al Jake que menciona vendría siendo el hijo entre Leah y Jacob…. Lo siento T_T bien saben que no me logro controlar. Sólo espero que les haya gustado.

Muchas, muchísimas gracias por todo su apoyo a lo largo de esta historia. Gracias por soportarme más de un año, que fue lo que me tomó terminar Nuevo Hogar, gracias por el tiempo dedicado al leerme, al dejarme sus comentarios, inscribirme en sus alertas y favoritos. Gracias por sus amenazas de muerte, sus palabras de aliento y por hacerse de la vista gorda con los tremendos dedazos que se me escaparon a lo largo de la historia. Gracias por su paciencia ante mi tardanza al actualizar. ¡Gracias por todo!

Si me permiten, quiero enviar un saludo especial a Vannesa, en la cual me inspiré para escribir este epílogo y los embarazos de Bella y Rose. Mujer, mucha suerte y gracias por la confianza. También aprovecho para felicitar a Astrid Barreiro quien tiene poco cumplió años. ¡Felicidades! ^^ Igualmente, quiero saludar a mi queridísima Riona.

En fin, no sé qué más decir, supongo que también ustedes ya no quieren leer más de esta loca desquiciada, así que me voy. ¡Gracias, gracias, gracias!

Atte

Anju