¡Hola! Bueno, mi nick en algunos reviews era Kanae-chan, así que tal vez algunos ya me conoscan (la verdad no lo creo =P).

Este es mi segundo fic de HP, lo empecé hace como dos años, y está casi completo (tengo la pésima costumbre de escribir y leer varias cosas a la vez, por lo que, o me bloqueo o me demoro escribiendo muchas historias XD). Lo publiqué ya casi en su totalidad en un foro (potter incantatem, si lo ven en otro lugar avísenme por favor), pero ya que saqué la cuenta aquí, lo revisaré capítulo por capítulo y lo iré subiendo. La cosa está más o menos así: trataré de subir capis lo más rápido posibe, pero con el tiempo suficiente para asegurarme de terminar los escasos cinco capítulos finales que tengo planeados y ponerlos sin mucha demora XD.

Ah, nunca me ha ocurrido, pero conosco a personas a las que si, así que, de la manera más atenta les suplico que si tienen alguna sugerencia, hagan comentarios CONSTRUCTIVOS, no destructivos. Recordemos que todos aquí somos aficionados que hacemos nuestro mejor esfuerzo para construir historias. Muchas gracias a todos aquellos que se den el tiempito de dejarme un review ^-^. Y gracias por darle una oportunidad a esta historia sacada de mi mentecita.

Me dejo de rodeos y les dejo continuar. Ah, se me olvidaba, el fic comenzó a planearse antes de HBP, por lo que omito todo lo que pasa en el libro seis, aunque después de leerlo, adopté algunas ideas de Rowling que me gustaron mucho a la trama.

Disclamer: mi apellido no es Rowling, de lo contrario, esta historia no estaría en esta página, tendrían que pagar por leerla y sería felizmente millonaria XD. Así que como no todo es perfecto en la vida, los personajes no me pertenecen ni el universo en el que viven, simplemente la trama de esta historia que trata de explicarse ¿y qué tal si...?


1

Salida de Privet Drive

Era una cálida noche de verano. Los jardines, marchitos debido a la sequía, recibían gustosos el agradable rocío de la medianoche. Las luces provenientes de los faroles alumbraban aquella tranquila callecita de los suburbios. Privet Drive estaba sumida en un profundo sueño, pues a esas horas, los habitantes de aquel barriecillo tranquilo se encontraban descansando de otro día más de trabajo, recuperando fuerzas para el día siguiente.

La luz proveniente del farol que se encontraba frente al número 4 comenzó a titilar, producto de los múltiples apagones ocurridos en Surrey durante los últimos meses. Finalmente, la bombilla cedió y la luz que emitía dejó de alumbrar la habitación que se encontraba frente a ésta, cuyas cortinas estaban abiertas de par en par, dejándola completamente a oscuras; la única luz provenía del reloj que se encontraba sobre la mesita de noche, cubierta por una delgada capa de polvo.

Por el aspecto que tenía, nadie hubiera imaginado que esa habitación se encontraba dentro de una casa tan limpia: a diferencia del resto de las habitaciones, ésta se encontraba muy desordenada. Había trozos de pergamino, corazones de manzana y bolsas de frituras regados por el suelo; múltiples manchas de tinta ensuciaban la alfombrilla que se encontraba a los pies del armario que, abierto de par en par, dejaba ver un montón de camisas blancas y túnicas negras arrojadas dentro sin mucho cuidado. En la mesita de noche, al lado del reloj, había muchos periódicos desparramados por doquier, y, sobre ellos, una jaula llena de plumas y excremento de ave, donde dormitaba incómoda una bella lechuza blanca.

De repente, el ave despertó, recorrió con su ambarina mirada el cuarto de su amo y dirigió su vista hacia la cama. En ella descansaba un muchacho delgado, de cabello negro azabache, y una bella mirada esmeralda que se escondía detrás de sus cerrados párpados. Sobre su frente, oculta por un mechón de cabello, se encontraba una cicatriz en forma de rayo. Aquella marca era más que una simple cicatriz, era la razón por la cual aquel chico no era normal, ni siquiera entre los suyos, entre esa gente que odiaban las personas con las que vivía. El muchacho dio un respingo, pero no se despertó: se dio la vuelta y siguió durmiendo. En su rostro se hacía visible la tristeza.

- ¡Nooo! - gritó entre sueños, y se incorporó rápidamente. En aquella penumbra no podía distinguir nada, a no ser por la esfera brillante proveniente del reloj. A tientas, encontró sus gafas y se las puso. Su respiración sonaba agitada y su corazón latía rápidamente. La lechuza ululó preocupada, pero en ese momento, Harry Potter no le prestó atención. Se puso de pié, encendió la lámpara de noche, se aproximó al armario y se miró en el espejo que había en una de sus puertas. Como solía hacer después de una de sus pesadillas, se examinó la cara, pasando casi enseguida de sus facciones a la cicatriz, que estaba enrojecida. Acto seguido, se frotó los ojos con la mano izquierda y trató de recordar lo visto en sueños. Una mujer rogando por su vida, un hombre que la atacaba, un rayo de luz verde… a un lado, una figura que se encogía en un rincón, asustada. Aquél hombre la había levantado por la muñeca, y le había hecho algo que Harry no lograba recordar; después, un grito desgarrador lo había despertado.

La lechuza ululó nuevamente, y esta vez, Harry volteó a mirarla.

-¿Qué ocurre Hedwig? ¿Te asusté? - Le dijo mientras abría la puerta de la jaula- lo siento pequeña, no fue mi intención - se disculpó mientras la acariciaba. En respuesta, recibió un picotazo cariñoso en el dedo.

Mientras mimaba a su mascota, Harry se puso a pensar en el sueño que había tenido. No pasó por alto el hecho de que la cicatriz había vuelto a dolerle, sensación que en las últimas semanas no había experimentado. Voldemort había hecho de las suyas de nuevo. Había asesinado a una mujer, estaba seguro de eso, y le había hecho algo terrible a otra persona. No pudo dejar de pensar que esa escena le recordaba mucho a su madre. Él también la había visto cuando los dementores se le acercaban, ella también suplicaba, pero porque le perdonaran la vida a él. Sintió una ira incontrolable recorrerle las venas, y de pronto, otra imagen apareció en sus pensamientos: el recuerdo de su padrino cruzando aquel velo negro transformó esa ira en una enorme tristeza. Hedwig se dio cuenta de eso, y miró con sus hermosos ojos llenos de preocupación a su amo.

-Tranquila, estoy bien- mintió -, no te preocupes- le dijo adivinando sus pensamientos. Se levantó y abrió la ventana para que su lechuza pudiera salir a cazar, cosa que hizo enseguida. Dejó la ventana abierta para que Hedwig pudiera entrar en el momento que le apeteciera. Miró el reloj y se dio cuenta de que eran la una menos cuarto de la madrugada. Pese a eso, no sentía sueño, por lo que no intentó dormir nuevamente. Se sentó en la orilla de su cama y tomó uno de los muchos periódicos que había. Después lo arrojó al piso. Todos y cada uno de esos periódicos estaba lleno de disculpas y alabanzas hacia él. Le parecía patético que, después de haberlo difamado durante un año, los reporteros de "El Profeta" intentaran que se olvidara de ello con unas cuantas palabras adulantes. Lo único que le alegraba era que, después del incidente ocurrido en el Ministerio, Dumbledore por fin lograra limpiar el nombre de Sirius.

Al fin eres libre Sirius pensó, pues aunque había logrado escapar de Azkaban, no podía pasear con libertad debido a que la gente lo creía culpable de un asesinato que no había cometido. Le alegraba que su nombre al fin estuviera limpio. Harry tomó una carta que había recibido del profesor Lupin y la leyó. En ella sólo decía que esperaba que estuviera bien, y que un grupo de miembros de la Orden irían a recogerlo al día siguiente, cosa que lo alegró, después de haber estado encerrado en esa casa durante un mes. Dejó la carta en el mueble y, dado que no tenía nada más importante que hacer hasta que los demás habitantes de la casa despertaran, se puso a recoger la basura de su alcoba. Una vez acabada la tarea, se dispuso a arreglar el baúl del colegio. Introdujo los pergaminos, los frasquitos de ingredientes, el caldero, la tinta y las plumas. Introdujo también un montón de pesados libros que mantenía ocultos debajo de una tabla suelta en el piso. Era el único lugar en el que se encontraban a salvo, pues si sus tíos los hallaban, los quemarían como si se tratara de la época medieval con tal de acabar con esos escritos de hechicería. Suspiró: había algunos inconvenientes en el hecho de ser un mago, sobre todo si se vivía con los Dursley.

Ya terminados los quehaceres, miró nuevamente el reloj. Las tres de la mañana. Faltaban cuando menos cinco horas más para que sus tíos se despertaran. Podía contar con que la tía Petunia estaría despierta muy temprano para, como de costumbre, espiar a los vecinos mientras hacía el desayuno. De modo que, aunque no tenía nada de sueño, intentaría dormir un poco.


-¡Chico, baja ya! ¡El desayuno se enfría!- rugió la furiosa voz de tío Vernon. Los ojos de Harry se abrieron perezosamente. Una vez más tomó sus gafas para mirar el reloj: las nueve treinta de la mañana. Al parecer, tenía más sueño del que pensaba. Pero pese haber dormido seis horas más, no había descansado nada. Durante esas seis horas no hizo más que soñar con el velo negro, e imaginarse a él intentando atravesarlo, sin éxito, para mirar nuevamente a su padrino. Al final, se había rendido, y lloraba frente al arco de piedra, derrotado.

-¡Potter, no pienso repetirlo otra vez!- gritó su tío.

-Ya voy- contestó mientras se levantaba. Se puso los jeans deslavados y la camisa negra que había usado el día anterior y bajó a comedor, donde ya estaban su tío Vernon, con periódico en mano, Duddley, mirando el televisor, y su tía Petunia, sirviendo el jugo de piña y apio que la nutrióloga del colegio de Duddley les había ordenado tomar, preocupada por el peso de éste.

-Ya era hora, siéntate a comer- ordenó su tío de mal talante.

-Si- respondió cansinamente

-Toma tu jugo- le espetó tía Petunia alcanzándole un vaso.

-Yo no quiero esa cosa- dijo Duddley mirando con asco el jugo.

-Pero tesorito, es por tu bien-trató de convencerlo su madre.

-No me importa, no quiero, quiero malteada de chocolate.

-Mira, si te lo tomas, te daré doble porción de postre, ¿te parece?

-Mmm, ¿qué hay de postre?

- Yogurt natural cielito- le respondió su madre, esperanzada de que le apeteciera la idea.

-¡Puaj!, yo no voy a comer esa cosa

-Deja de quejarte, alégrate de que la nutrióloga no te prohibió comer- le dijo Harry un poco harto.

- Tú no te metas- gruñó tía Petunia-. Que dices cielito, ¿vas a tomarlo?- agregó endulzando de nuevo su tono de voz.

- Está bien- cedió Duddley, y volvió a dirigir sus porcinos ojos hacia el televisor.

-Y tú, más te vale que te acabes la ensalada- dijo cortante tía Petunia, dirigiendo la mirada hacia el plato aún lleno de su sobrino.

-No tengo hambre- respondió Harry.

-¿Qué no tienes hambre?- dijo tío Vernon, participando por primera vez en la conversación- ¿Qué no tienes hambre? ¿Estás loco chico? No has probado bocado en dos semanas.

-No me importa, no tengo hambre.

-Mira, si este es un truco para que esos…

-Vernon, ¡chist!- le advirtió tía Petunia.

-Esos… amigos tuyos se pongan en contra nuestra…

-No es ningún truco, simplemente no tengo hambre.

-Harry- le dijo su tía. Últimamente lo llamaba por su nombre, temerosa de lo que él pudiera contarle a esa gente- tienes que comer o vas a caer enfermo, y luego esa gente dirá que fue culpa nuestra.

-No tengo hambre y no voy a comer.

-Bien, pero luego no vengas a rogarnos por comida- le espetó tío Vernon- y mas te vale que no vallas con tus "amigos" a decirles que te tratamos mal cuando tú eres el que se rehúsa a comer, no quiero verlos por aquí, ¿entendido?

-Bien- contestó Harry al tiempo que se levantaba, y pensó que era momento de decírselo- pero vas a tener que verlos por aquí de todos modos.

-¿Qué… qué quieres decir?- dijo tía Petunia con la voz quebrada, mientras Duddley, por primera vez, no le prestaba toda su atención al televisor.

-Que vendrán hoy a recogerme, me iré con ellos esta tarde.

-¡Pero qué…! ¡¿Por qué demonios no habías dicho nada muchacho?!

-Ya te lo dije, ¿no? con permiso- contestó Harry sin inmutarse, y salió del comedor con dirección a su cuarto, sin prestarle atención a los gemidos de horror de su tía.

Pasó ahí toda la mañana, echado boca arriba en su cama, mirando el techo. Le pareció que el tiempo corría muy lento, constantemente echaba miradas al reloj, y cada vez que lo hacía, habían pasado solo unos cuantos minutos. Al fin, oyó la señal que había estado esperando toda la mañana: el sonido del timbre, pasos, seguidos de un grito ahogado y la voz de la tía Petunia que decía No puede ser… ¿ustedes aquí?

Harry tomó su baúl, su escoba y la jaula de su lechuza y bajó por las escaleras. Al llegar al vestíbulo no vio a nadie ahí, así que se dirigió a la sala.

-¡Hola Harry!- saludó Tonks alegremente.

-¿Cómo estás?- preguntó Lupin.

-Bien, gracias.

-¿Estás listo muchacho?- lo cuestionó Ojoloco Moody

-¿No quieres que suba a ayudarte como la otra vez?- sugirió Tonks.

-No, gracias, ya tengo todo listo- contestó señalando su baúl.

-Perfecto, en ese caso, creo que debemos irnos- terció Lupin- con su permiso- dijo a los asustados Dursley.

- ¿A dónde vamos?- preguntó Harry, pues en la carta no se especificaba a dónde lo llevarían.

- Al cuartel, muchacho, no hay lugar más seguro para ti en estos momentos- dijo Moody.

-Oh- fue su única respuesta.

-Hasta luego- dijo Tonks de forma muy amable, pero al parecer, Petunia no tenía ni la más mínima intención de despedirse de una persona que tuviera el cabello de color rosa chicle.

- Nos veremos en un año, y más les vale ser puntuales en el andén para recoger al chico- amenazó Moody.

-Adiós- dijo Harry

-Bien, Tonks, ¿nos haces el honor?- preguntó Lupin, una vez salieron de la casa a una nublada tarde de verano y se hubieron alejado un poco de Privet Drive.

-Claro- respondió una anciana que se encontraba en el lugar donde unos segundos antes estaba parada Tonks. Levantó su varita y, con un estruendo, apareció el autobús Noctámbulo.

-Buenas tardes, bienvenido al autobús Noctámbulo, mi nombre es…

-Ya nos sabemos el resto Stan, cuatro a las afueras de Grimmauld Place- dijo el profesor.

- Está bien, ah, hola Harry, quiero decir, Neville- saludó Stan guiñándole un ojo. Harry esbozó una leve sonrisa.

- Subiremos al segundo piso, avísanos cuando lleguemos.

-Claro señorita Nimphadora.

-Dime Tonks, Stan, sabes que odio mi nombre.

Harry y ella se encaminaron hacia las escaleras, escogieron cada uno una cama y se sentaron en ellas.

-¿Qué tal el verano Harry?

-Bien- dijo sin prestarle mucha atención.

-¿Qué tal los muggles? Se nota que son algo antipáticos, ¿cierto?

-Ajá-dijo mientras miraba por el cristal de la ventana. Afuera había comenzado a llover, y tal pareciera que para el chico no había nada más importante que mirar las gotas de lluvia caer.

-Harry, ¿te encuentras bien?- preguntó su amiga.

-¿Eh? ¿Qué?-dijo saliendo de su ensimismamiento.

-Que si te ocurre algo, te ves muy pálido y delgado, y esas ojeras tan grandes no mejoran tu aspecto.

-Ah, eso. Si, estoy bien.

-Harry, sé que es duro, pero… Sirius ya está en un lugar mejor. Ya está descansando. Piénsalo, no podría decirse que tuvo una vida muy feliz, además, murió para salvar a los suyos, y al final su nombre quedó limpio.

-Si, lo sé…

-Sé que lo hechas de menos, yo también lo extraño mucho, era mi tío después de todo, pero piensa que él no querría que te deprimieras, al contrario, le gustaría que estuvieras muy orgulloso de lo que hizo por ti, por todos nosotros.

- Si, tienes razón, pero…

- Que bien, ya se acomodaron- dijo Lupin, que acababa de alcanzarlos.

-Si, ¿y Ojoloco?

-Ya lo conoces, se quedó para asegurarse de que tomáramos la ruta más segura, o la menos peligrosa, como él dice.

-Alerta permanente- Tonks imitó a Moody y Lupin rió.

-¿Feliz de salir de Privet Drive, Harry?

-Si- respondió

Lupin miró a Tonks, quien con una mirada le dijo todo lo que él quería saber.

- Estás triste por ir a casa de Sirius, ¿verdad?

¿Es que nadie podía dejar el tema de Sirius en paz?

-Si, lo estoy

-Voy a bajar por un poco de chocolate, pagamos por una taza cada uno-se excusó Tonks, para dejarlos solos.

-Todos lo extrañamos Harry, puedes apostarlo. Yo en especial, aunque no lo parezca. Él era mi amigo. Tan bueno como James. Debo decir que ellos me comprendieron y me apoyaron como nadie más lo hizo.

Harry volteó a mirarlo: era cierto, él era amigo de Sirius, y también de sus padres. Era el último de los Merodeadores que quedaba, a excepción de Colagusano, pero para él, ese tipo estaba muerto desde el momento en que traicionó a sus padres. En ese momento se percató de que el profesor Lupin estaba reprimiendo el llanto.

-Descuide profesor, no está solo, yo también lo apoyo.

-Muchas gracias Harry, eres idéntico a tu padre, tienes tan buen corazón como él, y como tu madre- Harry no sabía que responder, ya se sabía ese comentario del parecido con sus padres de memoria, pero la forma en que el profesor Lupin lo decía siempre lo conmovía. Para evitar que el profesor se diera cuenta, se dedicó de nuevo a mirar la ventana. Hasta que se oyó una voz que los llamaba.

-Grimmauld Place, chicos, debemos bajar.

-Gracias Tonks, vamos Harry, te ayudo con tus cosas-dijo mientras cargaba el baúl de éste.

-No es necesario, yo puedo, no se moleste.

-No es molestia Harry- y levantó el baúl, demostrando una vez más que hacía uso de una fuerza que parecía no tener.

-Nos vemos luego Ha… Neville- se despidió Stan, antes de que el autobús partiera.

-Hasta luego.

-Deprisa, no debemos entretenernos ahora, podría haber mortífagos en cualquier lado, o dementores- dijo nervioso Ojoloco.

-Pero si por aquí no hay nadie- dijo Harry mirando el desierto paisaje.

-Recuerda muchacho, supongo que el otro yo te lo dijo alguna vez…

-Alerta permanente- recitó Harry

-Exacto, aquí es.

Se detuvieron enfrente de las casas número 11 y 13. Harry cerró los ojos y pensó en el número 12. Al abrirlos, frente a él apareció una casa enorme. Moody tocó la puerta, de inmediato, ésta se abrió.

-Tú primero chico

Harry cruzó el portal, y se vio dentro de aquella casona que hacía de cuartel general a la Orden del Fénix. Aquella casa que había sido de su padrino y que traía tantos recuerdos para él.