CAPITULO 1

Antagonismo

Me desperté sobresaltada.

Era de noche, no había suficiente luz, pero podía vislumbrar el contorno del armario y la pantalla de la tele en medio. Me di la vuelta rodando sobre mi costado en la cama. Pude ver a mi hermano durmiendo en la cama contigua, estaba todo revuelto y le colgaba un brazo por un extremo. Me levanté y lo acomodé, le puse la cobija encima. Vaya, es como en un libro que acababa de leer recientemente, es imposible ver a un niño durmiendo y resistir la tentación de acariciarle la cabeza y arroparlo. Suspiré al recordarlo y me estremecí cuando el sueño que me había despertado volvió a mi cabeza con más nitidez.

Miré el reloj digital sobre el buró que separaba nuestras camas, todavía no eran las cuatro, pero sabía que no lograría dormir otra vez y todavía faltaban dos horas para que empezara el movimiento rutinario de la casa. Así que decidí matar el tiempo tratando de recordar todos lo detalles de mi sueño.

Me resultó algo difícil pues venían a mi mente retazos, unos más lúgubres que otros. Alguien me observaba, podía sentir su mirada y cuando volteaba para confirmarlo no veía a nadie que me estuviera mirando, pero la atención procedente de algún lugar seguía presente. No lo sentía como una amenaza, era mas bien un aviso. Y esa sensación me hizo experimentar poder. Es algo extraño, porque estoy habituada a sentirme poderosa, por encima de los demás, pero siempre lo reprimo, sé que no está bien sentirse de esa manera, además no me gusta menospreciar el esfuerzo de los demás. Sin embargo, en ese instante, deseaba que esa parte de mi naturaleza saliera con toda su intensidad, y la mirada que sentía, me invitaba a que mostrara mi verdadero ser. De repente, la escena cambió, en realidad la escena seguí siendo la misma, sólo que yo la veía de distinta manera. No podía distinguir bien los objetos, pero ahora los notaba más claros. Como si todos los colores se hubieran apagado, y todo quedara en una escala de grises, con luminiscencias. Ahora ya no veía las cosas, las sentía, de un modo distinto, como si todo a mi alrededor estuviera vivo y yo podía ejercer control sobre ellos, dominándolos, manipulándolos, doblegándolos a mi voluntad. Entonces me desperté.

Empecé a acomodar la cama tardándome más tiempo del habitual, me metí al baño, con el firme propósito de quitar de mi mente aquella sensación de satisfacción que tenía en mi interior. Fijé la vista en el reflejo que el espejo ofrecía de mi imagen, la piel se me había puesto aún más blanca de lo habitual por el baño de agua fría y digamos que el contraste que ofrecía mi pelo castaño hasta la cintura, no daba pie a que tuviera más color en la piel. Me vestí con mezclilla y para variar un poco, elegí una camisa polo blanca, nada del otro mundo, ni que me hiciera resaltar mucho.

Mientras yo luchaba en mi interior por sosegar completamente mi obvia grandeza, subjetiva o no, todos empezaron con la rutina diaria. Yo ya estaba lista por lo que fui al estudio y empecé a leer La Última Promesa. Pude sentir el olor de los huevos cocinándose, y me imaginé a mamá haciendo malabares para preparar comida para cuatro en sólo 20 escasos minutos.

Mi mamá es de esas personas que les gusta tener el control de todas las cosas, y se molesta cuando no tiene la razón. Yo la conocía bien. Conozco bien a todas y cada una de las personas que me rodean, sé cuales son sus verdaderos sentimientos, cómo pueden llegar a pensar, y sobre todas las cosas, sus debilidades. Bien era o porque era en extremo observadora, o era mi pequeño don particular, tal vez yo buscaba las debilidades de las personas, o era mera casualidad que yo me tropezara con aquello que les hacía daño. No lo sé.

Cada quien se fue a lo suyo, y yo obviamente, me fui a la escuela, ese día no me sentía con ánimos de iniciar las discusiones habituales, por lo que cuando me negaron el llevarme el coche o siquiera que me fueran a dejar, no chisté, ni nada, lo cual dejó extrañados a todos. Lo que ellos no sabían era que si me enfadaba podía herir a alguien con mayor facilidad que cualquier otra persona. Y yo luchaba constantemente por mantenerme apartada de esas emociones, me importan mucho las demás personas como para desearles algún mal de mi parte. Así que como la media popular, tomé el tranporte urbano.

Mi escuela no era nada del otro mundo. Estaba dividida en dos secciones, y además en la planta alta se encontraba primero y quinto semestres, y abajo estaba tercero. Imagino que habrán hecho esa separación con tal de que las mayores enseñen a los de nuevo ingreso a comportarse correctamente, aunque dudo que eso sea humanamente posible. Allí tenía mi grupo de amigos. En cierto modo, me causaba gracia pensar que ellos creían conocerme, pero yo sólo les mostraba la parte de mí que quería que conociesen. Amigos al fin y al cabo, cumplían con hacerme compañía, y no entendía la razón de que les gustara pasar tanto tiempo a mi alrededor, dado que yo puedo llegar a un punto en el que me vuelvo muy roñosa y para nadie deseo que esté presente cuando me comporto así, y aun así se quedaban a mi lado, creo que tiene que ver mas con el concepto de que me quieren tal y como soy y por lo tanto soportan todos mis berrinches, pero ellos no entienden cómo soy en verdad, nunca a nadie le he mostrado todo el mal que soy capaz de hacer, me limito mucho, demasiado, para no hacerles daño y ellos no lo entienden.

Estuvimos en clases, y de verdad que ese día no parecía que iba a haber muchas cosas extraordinarias, y menos para mí que evitaba a toda costa las emociones fuertes que podrían hacerme perder el control, pero tuve la dicha, o mejor dicho el sufrimiento, de tropezarme con un muchacho. ¡Y qué chico!

-Maldita sea-dije cuando dos cuadernos se me cayeron al tropezar, no caí, lo cual fue una fortuna, pero era inevitable que algo no se me cayera con semejante torpeza. Vi dos manos que se apresuraban a levantarme. ¿A quién se le ocurre ayudar a alguien que está pasando semejante vergüenza?. Y para mi ocurrencia se me ocurre mirarlo directo a los ojos para que viera mi enfado-¡Maldita sea!

-¿Qué? Lo siento, ¿te lastimé?

-¿Tú? ¿Pero por qué?- que estúpida soy, mirar sus ojos fue lo peor que pude haber hecho jamás. No tenían nada de exraño, ni siquiera falta de melanina que los hiciera más atractivos con otro color. No. Sus ojos eran grandes, cafés. Pero la expresión qué tenían, el brillo delataba una felicidad enorme, algo con lo que yo solamente soñaría. Podría jurar que estaba viendo su misma alma allí mismo. Detuve mis cavilaciones para escuchar su contestación.

-¿Cómo? Lo siento si te lastimé es que sostengo a las personas con más fuerza de la necesaria, pero creí que contigo a penas si la empleé. Dime ¿te encuentras bien? ¿con qué te tropezaste?- vaya sus palabras además sonaban sinceras, realmente estaba preocupado por mí.

-¿Eh? Claro. Es que, bueno para mí no es raro tropezarme con nada, por lo regular se me atora un zapato con el piso- puso caro de no entender- aunque éste sea totalmente plano- hice ademán de señalar toda la extensión del piso- como puedes notar.

-Ah bueno, procura tener cuidado.- Me sonrió como nunca nadie me había sonreído jamás. Me entregó los libros y empezó a alejarse.

Yo también empecé a caminar, tratando ahora con más cuidado todavía de fijarme por donde pisaba. Vaya que sería de verdad embarazoso que volviera a tropezar y en esta vez caer. Tal era mi concentración en el piso que no escuché cuando alguien se acercaba a mí por detrás.

-Te molesta si te acompaño hasta...- me miró para que yo terminara la frase.

-Mi mamá por lo regular pasa por mí después de la escuela. La espero allí-me apresuré a decir, señalando un árbol que quedaba cruzando todo el estacionamiento de la escuela-. Camino por la acera, ya sabes, para evitar además que me atropellen.

-Decidí que mejor sería si evito que algo malo te suceda, ¿está bien?- me ofreció de tal modo que no podía negarme.

-¿Y por qué tanto interés?- Empecé a caminar y él iba a mi lado.

-Bien, digamos que ésta será mi obra buena del día- y volvió a sonreír. Pero qué sonrisa tenía aquel chico.

-Entonces eres una especie de misionero, o algo así- dije devolviéndole la sonrisa y alzando una ceja además.

-Por supuesto, estoy estudiando para convertirme en sacerdote, y tengo que registrar una serie de actos nobles durante el día y ayudar a los desvalidos figura claramente en la lista.- Una respuesta muy suspicaz, y por demás noté que tenía un gran sentido del humor. Él caminaba con la espalda recta, sus piernas eran bastante largas y un paso suyo eran tres pasos míos, pero él se adaptaba a mi andar.

Para mi torpeza, justo cuando iba a darle una contestación un tanto sarcástica, se termino el pavimento y comenzó el jardín, y en ése pequeño cambio me tropecé y caí. Metí las manos para no pegarme en la cara, y caí de rodillas, con la cabeza baja. Después de asegurarse que no estaba malherida y cuando vio mi cara toda roja por la vergüenza, soltó una carcajada y se apresuró a tenderme la mano para ayudarme a levantarme.

-Os perdono, hija mía- añadió aprovechándose de la posición en la que me hallaba con una gran sonrisa. Agarré su mano y me levanté, mi pantalón estaba todo lleno de tierra, pero gracias al cielo que mi blusa blanca no se manchó.- Me alegro de haber efectuado la decisión correcta, quién sabe qué habría sido de ti si no hubiera estado cerca para ayudarte.

Yo estaba un tanto molesta, y sorprendida. ¿Por qué tenía que estar tan cerca de mí? Estaba sintiendo todas esas emociones que tanto evitaba, y todas al mismo tiempo, me hacían perder la cabeza, y todos los estribos. Era sólo una parte muy pequeña de mí la que no quería contestarle de mala manera y quería seguir bromeando, pero no era suficiente como para detenerme.

-Bien, en primera no habría caído de no ser porque tú me distrajiste al estar hablándome, pude haber sorteado ese obstáculo con facilidad si no hubieras roto mi concentración de mirar por donde voy caminando- lo miré con toda la frialdad con la que fui capaz, y pude sentir que mi cara enrojecía aún más por el enojo. Él me miró bastante sorprendido por mi reacción, y no supo que contestar, lo cual dio pie a que yo siguiera exteriorizando mi perdida de control.- Vaya, supongo que esperas que en todo caso te de las gracias, aunque yo en verdad no lo deseo, porque tú eres el culpable de que me haya caído-. Mis palabras la sacaron de su ensimismamiento.

-Ok. Puede que te haya distraído, pero no me culpes por algo que pudo haber pasado aunque ni siquiera caminaras por terreno escarpado.

Y así terminó nuestra gran conversación. Lo odié. No por el hecho que había mencionado, sino porque me hizo perder totalmente el control, y aun más porque se quedó a mi lado, esperando que llegara mi madre. Siempre le había dicho que se tardara un poco más en venir a recogerme, pues me gustaba disfrutar de unos momentos para mí bajo la sombra del árbol, pero ella nunca me hacía caso, y tenía que elegir precisamente ése día, en el que deseaba con todo mi ser alejarme de aquel compañero, para tomar en cuenta mis peticiones. Nos quedamos en silencio. Yo por mi parte repudiándolo, y podía verlo a él que me miraba, pero no demostraba enfado alguno, su mirada era de curiosidad, y no entendía por qué. Parecía más bien que aquel individuo se alegraba de la manera en la que le había contestado, no le causaba gracia, pues no tenía ni rastro de sonrisa, pero sus ojos, ésos malditos ojos, tenían grabados ahora mil preguntas que quería hacerme. Por supuesto que yo también quería preguntarle mil cosas, pero mi autocontrol no estaba recuperado del todo, y dudaba que si abría la boca, no le iba a espetar una sarta de palabrotas incitándole a que se fuera de mi lado.

Por fin mi madre llegó, y como era su costumbre sonó el claxon. Estando yo en frente de ella, no entendía para que anunciaba su llegada, y únicamente pude dirigir mi furia ahora hacia ella, que cuando vio mi mirada desapareció el interés que mostraba hacia mi compañía.

-Nos encontraremos luego-aseveró él, y lo hizo sonar como una promesa, como si deseara verme de nuevo. Suspiré tratando de controlarme.

-Espero, de todo corazón, que no sea así- le contesté con toda la amargura de la que fui capaz.

Cuando subí al coche mi madre me dijo enseguida

-Y ¿quién era ése?- dijo como quien no quiere la cosa.

-Yo qué diablos sé- y en efecto, desconocía su nombre, no sabía quién era, ni de dónde venía, pues estaba segura que no era estudiante de mi escuela.

-Y ¿por qué te acompañaba?- preguntó con verdadero interés.

-Mira mamá, de verdad lo ignoro. Me tropecé y me ayudó con los libros, dijo que se quedaría conmigo por si caía de nuevo.

-Es muy amable de su parte- añadiócon una sonrisa. En ese momento nos dirigíamos a la casa. Mi hermana iba en el asiento trasero, y no había dicho ni una palabra, porque era ella quien más me entendía, sabía que estaba de un humor de perros y ella de verdad no quería socavar más mi autocontrol.

-En absoluto, ma.- Lo dije de tal forma que ella entendió que no quería hablar más del tema y seguimos el trayecto a la casa en silencio.

El panorama se veía normal, no había lluvia, pero tampoco estaba el calor habitual de siempre. Había trayectos en los que sólo se podía observar árboles, y en otros las casas y los comercios estaban tan juntos entre sí que en conjunto parecían como si fueran una gran plaza comercial, sólo que los clientes viven dentro. Me puse el ipod para tratar de relajarme, me gustaba mucho escuchar las canciones de El Fantasma de la ópera, Think of me, Angel of music y The point of no return eran mis favoritas, claro que yo no podía cantarlas como las oía, pues si pudiera creo que me dedicaría a cantar en vez de estar estudiando para Psicóloga, lo cual era un arma de doble filo, me encantaba ayudar a la gente, y escuchar es una de mis mejores cualidades, pero tengo que estar siempre en calma para no perder los estribos.

Odiaba esa parte de mí. Me sentía como si tuviera dos personas dentro de mí en lugar de una, una buena y otra mala, siempre luchando por ver cual ganaba. La mayoría de las veces podía mantenerme serena, pero nunca faltaba algo o alguien que me hiciera perder los estribos y me hiciera desear herir a alguien. Y no encontraba limitantes en terminar mi cometido porque sabía, siempre sabía cómo herir, lastimar muy profundo. Se me daba por conocer las debilidades de las personas, bien era o porque las notaba sin querer o porque dentro de mí las andaba buscando para no sentirme vulnerable ante los demás, lo cual era algo muy ilógico. Yo confiaba en las personas porque sabía que las conocía y que en el momento en el que yo lo desease harían lo que yo les pidiera por voluntad o a la fuerza. Sé que puedo someter a quien yo quiera, y no porque en verdad sea fuerte, sino porque me siento poderosa, y además no sólo siento que soy mejor que los demás, sino que sé que lo soy, y me siento superior. Mi grandeza. Mi parte noble, mi parte malvada. Es más mi naturaleza maligna que mi naturaleza buena, pero mis intenciones siempre se inclinan hacia mi parte más noble, y en contraste todo mi ser desea mostrarse tal cual es. Me sentí cansada, agotada, no por esfuerzos físicos, mi cansancio era mental. El bien y el mal dentro de mi, y ése día la batalla la había ganado el mal.

Qué horror.