IN VINO VERITAS

CAPITULO XVI


Dos años después...

Scorpius entró en In Vino Veritas con paso apresurado. Todavía llevaba su bata de médico debajo del abrigo. Buscó a Harry con la mirada y le localizó junto a la puerta de la cocina, hablando con un hombre que llevaba un uniforme verde con la marca Heineken a la espalda. El joven doctor esperó a que Harry terminara y después se acercó a él.

-Acabo de tener una conversación de casi treinta minutos con mi muy histérica madre -soltó a bocajarro, antes de que Harry pudiera siquiera saludarle-. ¿Sabías que papá ha vendido el consorcio Malfoy? Estoy intentando hablar con él pero no responde.

Harry miró su reloj. En Londres eran las cuatro de la tarde.

-Creí que no te importaban los negocios de la familia -dijo, un poco sorprendido por la vehemencia de Scorpius que, al igual que su padre, no tenía por costumbre perder los nervios en público.

-¡Y no me importan! -bramó el joven-. Pero papá no hace cosas así, ¿comprendes? Papá siempre... -Scorpius buscó desesperadamente las palabras que definieran lo que estaba tratando de decir.

-Tu padre nunca hace nada sin haberlo pensado fríamente y haber analizado cada pormenor meticulosamente -le ayudó Harry.

-¡Tú lo has dicho! -exclamó Scorpius- ¿Cómo estaba la última vez que hablaste con él? ¿Te pareció demasiado cansando? ¿Tuviste la sensación de que se ahogaba un poco cuando hablaba? -movió sus manos frenéticamente- ¡Es muy capaz de habérnoslo ocultado a todos si ha tenido algún problema con su corazón!

-Scorpius, te estás agitando por meras suposiciones. Recuerda que tu madre está ahí también. Y tu abuela. Te hubieran llamado inmediatamente -le tranquilizó Harry, tomando al joven del brazo y llevándole a su mesa-. Tony, un capuchino y una tila, por favor.

-¡No necesito ninguna tila! -gruñó Scorpius, que se volvió hacia el sufrido camarero- Que sean dos capuchinos.

Después se quitó el abrigo y se sentó frente al marido de su padre. Harry y Draco habían sido de las últimas parejas que se habían casado en Greenwich, una localidad del estado de Connecticut que se encontraba tan sólo a media hora en tren o coche desde Manhattan. Desde agosto del año en curso, y después de otros tantos de repetidas promesas de sus sucesivos gobernadores de que Nueva York se convertiría en el quinto estado en aceptar matrimonios entre personas del mismo sexo, por fin el senado neoyorkino había dado luz verde a la tan esperada ley.

-Mira, hace tiempo que quiero hablar de esto contigo, Harry -dijo Scorpius adoptando un tono circunspecto-. Papá no puede estar tomando un avión cada dos por tres para venir hasta aquí. Son muchas horas de vuelo y aunque no lo reconozca, para él es estresante. Y no es lo más recomendable para una persona con su problema. Además, ahora estáis casados. Se supone que los matrimonios viven juntos, ¿no?

Harry suspiró. Si alguien deseaba que Draco no volviera a tomar un avión en su vida, sin duda era él.

-Estoy completamente de acuerdo -convino-. ¿O crees que me hace feliz tener a tu padre a cinco mil kilómetros de distancia?

-¿Entonces? -preguntó su ahora hijastro.

Harry negó con la cabeza, mientras Tony dejaba los dos capuchinos en la mesa.

-Sabes que tu padre no podía dejarlo todo alegremente y venirse a Nueva York como si no tuviera ninguna responsabilidad, Scorp. Y sabes también la de problemas que le dio tu madre antes de que llegaran a un acuerdo de divorcio.

Sí, Scorpius ya sabía todo eso. El divorcio de sus padres había ocupado la portada de El Profeta inglés durante semanas. Incluso la abuela Narcisa había apoyado a ex nuera y había acusado a su hijo de ser un irresponsable y un promiscuo. Y un mal padre, por supuesto. Aunque, como era costumbre en la familia, de puertas para adentro. Pero la sangre no había llegado al río. No después de que Draco hubiera asegurado generosamente el futuro de su ex mujer.

Sin embargo, después de aquellos tormentosos meses hasta llegar al divorcio, su padre y su madre ahora tenían una relación que sin llegar a ser excelente, era bastante correcta. Seguramente Harry tenía razón y su madre le hubiera llamado inmediatamente si su padre hubiera tenido algún problema, pensó el joven.

-Yo no entiendo mucho de esas cosas, pero una corporación como la de tu familia no se vende en dos días, Scorp. A tu padre le ha costado tiempo y largas y duras negociaciones hasta lograr llegar al punto en el que está ahora.

-¿Y por qué no me ha dicho nada? -se resintió Scorp.

-¿Y cuándo te has preocupado tú de los negocios de tu familia? -Harry esbozó una sonrisa burlona- A excepción hecha de cuando te hechizó tu abuelo...

Antes de que pudiera responder, el busca de Scorpius empezó a sonar con insistencia. El joven médico lo sacó de mala gana del bolsillo de su bata.

-Mierda, tengo que irme -dijo, mirando al aparato como si quisiera espachurrarlo contra el suelo-. Si hablas con papá, dile que intentaré llamarle mañana. Esta noche tengo guardia -Harry asintió-. ¿Puedo desaparecerme en los lavabos?

-Si los del servicio de limpieza han terminado... Y Scorpius -el joven detuvo su pequeña carrera hacia los servicios-, no le calientes la cabeza a tu padre, que nos conocemos.

Scorpius puso los ojos en blanco y después sonrió antes de apresurar sus pasos de nuevo hacia los servicios del bar.

Harry terminó su capuchino preguntándose por qué Draco no le había llamado para decirle que finalmente había cerrado la venta. Después de meses de sufrir con él cada paso de ese estresante camino, no le parecía lógico. Tal vez Draco quería hablar primero con su hijo, pensó. Seguramente habría de por medio cuestiones de herencia y cosas por el estilo. Aunque sabía que Scorpius no había llegado tan nervioso y alterado al bar por cuestiones de dinero, sino porque temía que su padre hubiera vendido sus empresas por problemas de salud. Tanto Scorpius como su novio tenían sus carreras bien encauzadas y la cuestión económica ni siquiera era ya una preocupación para Mike en esos momentos.

-Hola, Harry.

Harry salió de su ensimismamiento para encontrarse con Mike. El joven se sentó sin esperar invitación y le sonrió con aire nervioso.

-Si buscas a Scorp, acaba de aparecerse no hace ni dos minutos -le informó Harry.

-¡Joder! No sabía que iba a venir.

Harry estudió detenidamente esa reacción. Mike parecía hasta sobresaltado.

-Hubiera sido un verdadero desastre encontrarme con él -explicó.

-¿Y eso por qué? -preguntó Harry, intrigado.

Un ligero rubor cubrió el rostro de Mike.

-He ido de compras -confesó, mientras buscaba algo en el bolsillo interior de su tabardo-. Y quiero pedirte un favor.

Sacó una pequeña cajita de joyería y la abrió con dedos un poco temblorosos. Dentro había dos magníficas alianzas de oro, que tenían que haberle costado al joven doctor una pequeña fortuna.

-¡Vaya! -exclamó Harry, que lo que menos esperaba era encontrarse ante lo que parecía una inminente proposición de matrimonio- Son preciosas, Mike.

-¿Verdad que sí? -sonrió orgulloso, el joven- Quiero que los guardes.

Harry le dirigió una mirada sorprendida.

-Oh, vamos, ya sabes cómo es Scorp -se justificó Mike-. Con él no hay nada que esté a salvo. Parece que se huela cuando pretendes esconder algo y no para hasta descubrirlo.

El moreno soltó una pequeña carcajada.

-Ya sabes lo que dicen, de tal palo, tal astilla -le recordó. Después se puso serio-. Así que vas a pedirle a Scorp que se case contigo.

Mike asintió con una gran sonrisa.

-En Navidad vendrán mis padres y mis hermanos -explicó el joven, emocionado-. Es la primer vez que vienen aquí, ya sabes -Harry asintió-. Y el Sr. Malfoy estará también, así que...

-Respira, Mike -se rió Harry-. ¿Se lo has dicho ya a tus padres?

Mike negó con la cabeza.

-Todavía no se lo he pedido a Scorp.

-¡Como si fuera a decirte que no! -se burló el dueño del bar.

-Ya, pero... -Mike cerró el pequeño estuche y le dio unas cuantas vueltas entre sus manos. Después alzó los ojos otra vez hacia Harry, con ese leve rubor de vuelta en su rostro-. Este fin de semana ninguno de los dos tiene guardia -explicó-. Primero había pensado llevarle a un restaurante caro, de esos que a él le gustan. Pero después pensé que esa era la manera más rápida de que se oliera algo, porque esos sitios no son del tipo que yo elegiría para ir simplemente a cenar un sábado. Y no me dejaría en paz hasta averiguar lo que me traía entre manos.

Harry, Merlín y cualquiera que conociera a Scorp sabían que así sería.

-Así que he pensado que... -Mike miró a Harry un poco avergonzado- Por favor, no quiero que pienses que estoy menospreciando el bar, pero...

Y, de pronto, Harry estaba tan emocionado como Mike.

-¿Se lo vas a pedir aquí? -preguntó, entusiasmado- ¡Oh, por Dios! Tengo que grabarlo para que Draco lo vea.

Evidentemente aliviado, Mike se rió con ganas, liberando la tensión que había mantenido hasta ese momento, pensando que Harry pudiera ofenderse.

-¿Y en qué habías pensado exactamente? -preguntó Harry en tono conspirador, mientras le hacía una señal con la mano a Tony para que se acercara.

Durante la siguiente hora, los tres se dedicaron a planear la sorpresa que recibiría Scorpius el siguiente sábado.

Cuando por fin Mike se marchó, dejando a Harry con el estuche de los anillos en su propio bolsillo, el moreno no podía sentirse más feliz. Sobre todo porque, por una vez, Scorpius no sería el enredador sino el enredado. Iba a levantarse para volver a la cocina y resolver algunos asuntos con Tony, cuando su móvil empezó a vibrar sobre la mesa. El nombre de Draco parpadeaba en la pequeña pantalla. Bien, parecía que ese iba a ser un día completo.

-¿Adivina dónde estoy? -oyó Harry justo apretar el botoncito para descolgar.

-La adivinación nunca fue lo mío, cariño.

-¡Sonoma!

-¿Qué coño haces en California, Draco? -preguntó Harry sorprendido, haciéndole todavía en Londres. Y de repente comprendió- ¡Oh Dios, mío! Lo has hecho, ¿verdad?

-¡No puedo esperar a que vengas y lo veas, Harry!

Draco sonaba tan entusiasmado que Harry no pudo por menos que sonreír.

-Cuéntame -dijo.

-1.850 hectáreas, 700 plantadas con los mejores viñedos del valle.

-¡Por el amor de Dios!-gimió Harry ante la confirmación de lo que se temía- Ya te dije que no sabemos nada sobre plantar, cosechar y mucho menos de hacer vino, Draco. ¡Sólo sabemos bebérnoslo!

A pesar de todo el entusiasmo de Draco, al otro lado de la línea, siguió desbordándose.

-Tienes que ver el rancho, ¡Merlín bendito! Te encantará Harry, es lo más hermoso que he visto en mi vida. ¡Tenemos hasta caballos!

-¡No me jodas!

El tono de voz de Draco cambió de repente a uno mucho más profundo, seductor.

-Estoy deseando que llegues para hacerlo. No me hagas esperar, Harry.

El moreno cerró los ojos y tragó con fuerza. Hacía dos meses desde que Draco había estado en Nueva York la última vez. Y sólo había podido quedarse una semana. Su mano había encallecido y el consolador estaba a punto de quedarse sin sus deliciosas protuberancias.

-Una gran y cómoda cama rústica -seguía hablando Draco desde Sonoma- con una grandiosa y hogareña chimenea donde crepitan unos enormes y gruesos troncos -sin ninguna necesidad dado el clima-, y mi gran, gran...

-¡Cállate, Draco! -suplicó Harry. Tomó dos profundas bocanadas de aire. Casi podía ver la tremenda sonrisa de satisfacción de su marido-. Pero me temo que vas a tener que esperar un poco y ser tú quien mueva tu hermoso culo a Nueva York.

-¿Y eso por qué? -preguntó Draco, bajando de golpe su nivel de entusiasmo- ¿Ha sucedido algo?

-Me temo que sí -y antes de que su marido empezara a pensar en algún desastre, se apresuró a añadir-. El sábado Mike le va a pedir a Scorp que se case con él. Pensé que te gustaría, no sé, ver la cara de idiota que se le va a quedar a tu hijo...

o.o.o.O.o.o.o

Hermione dejó las tibias sábanas tras depositar un beso en el hombro desnudo del hombre que dormía plácidamente en la cama. Ron y ella habían decidido darse una segunda oportunidad, y esta vez Hermione se había prometido que no iba a fastidiarla. Por Ron, por sus hijos y por ella misma. Es más, iba a hablarle a su, de nuevo, futuro marido de todo aquel asunto en cuanto estuviera segura, muy segura, de lo que sospechaba.

Bajó silenciosamente las escaleras para dirigirse a su despacho, abrigada con un grueso batín y las pantuflas que le había regalado su hijo la pasada Navidad, que llevaban un hechizo para mantener los pies siempre a la misma cálida temperatura. Era muy agradable.

Hermione abrió la puerta de su despacho y se dirigió a la mesa, siempre llena de libros y papeles hasta los bordes, y apartó algunos para hacerle sito a su "carpeta secreta". En dos años, había conseguido reunir un buen legajo de informes, recortes de periódico y algunas fotografías. Las últimas la habían hecho jadear de emoción.

Había sido un trabajo lento, porque sólo podía dedicarle una pequeña parte de su tiempo privado. No obstante, Hermione era una mujer paciente, que había ido arañando de su ocupada agenda cada minuto que le había sido posible para dedicarlo a su labor secreta. Ni siquiera se lo había mencionado a Kingsley, a pesar de que el mago le habría sido de mucha ayuda en más de una ocasión. Pero Hermione no quería hacer el ridículo si todo acababa siendo producto de su ansiosa imaginación, como pensaba en sus etapas de desánimo, cuando durante largos períodos se había quedado encallada, sin conseguir avanzar.

Todo había empezado poco después de haber devuelto el cuerpo de Harry a su lugar de reposo. Estaba tan triste y abatida tras todo lo sucedido, que una noche especialmente melancólica había cogido el saco de raso donde habían guardado lo que Harry consideraba sus tesoros: el mapa de los merodeadores, su capa de invisibilidad y la carta de puño y letra de su madre junto a las pocas fotos que tenía de sus padres. Había descubierto con sorpresa que estaba todo menos la capa. Su primer pensamiento había sido que, al igual que la varita, Lucius la habría sacado y extraviado. Después había recordado que a diferencia de ésta, que habían colocado entre las manos de Harry, la bolsa que guardaba los demás objetos tenía varios hechizos de seguridad ideados por ellos mismos. Hechizos que sólo ella y Ron o el mismo Harry habrían podido remover, como hizo ella en ese momento. Evidentemente, ni Ron ni ella lo habían hecho antes. Y Harry estaba muerto...

El asunto de la capa había estado martilleando en su cabeza sin cesar durante días. Pero cuando en la siguiente ocasión que se había visto con Ron él había preguntado, Hermione le había restado importancia. Esta vez no pensaba involucrar a nadie más que a ella misma. Sin saber por dónde empezar, había decidido centrarse en Draco Malfoy. El mago aparecía como un denominador común en las diversas situaciones que se habían dado a lo largo del último año. El novio de su hijo había aparecido en el Ministerio junto al misterioso poseedor de la varita de Harry; después se había preocupado que el chico no hablara más de la cuenta, preparándole el revulsivo del veritaserum; tampoco había que olvidar aquel asalto a la mansión de Scorpius Malfoy, cuyo objetivo parecía habar sido el novio; después Malfoy le había confesado que también era gay y que él y Harry habían sido amantes en algún momento; finalmente, ese pareció ser el motivo de que el loco de su padre hubiera robado el cadáver de Harry que, para terminar, habían encontrado en uno de los sótanos de la mansión Malfoy. Rocambolesco. No había otra palabra.

Hermione había empezado a seguir con lupa todos y cada uno los movimientos de Malfoy. Guardaba todos los recortes de El Profeta sobre el divorcio que el pobre hombre había tratado de llevar con la mayor discreción posible, pero que una esposa herida y resentida no le había permitido. Las malas lenguas, porque no había nada peor que una reunión de sangre puras dispuestos a descuartizar a uno de su clase, decían que Malfoy dejaba a su mujer porque tenía una amante y su esposa le había descubierto. Y puesto entre la espada y la pared por la despechada esposa, Malfoy había preferido a su entretenida. Lenguas todavía más viperinas, habían dejado entrever que tal vez esa entretenida cargaba un peso extra entre sus piernas, aunque dichos rumores sólo se basaban en las extraviadas palabras de la alcohólica cuñada, durante una noche en la que se había auto inmolado bajo litros de champan. Y de todo el mundo era sabido que sólo los niños y los borrachos decían la verdad...

A pesar de todo, Malfoy había acabado resolviendo su divorcio satisfactoriamente y meses después, incluso se le había visto hablando con su ex esposa amigablemente. Pero nadie podía dar fe del presunto amante, a pesar de que los círculos más chismosos habían hecho lo imposible por descubrir quién era. Después, lo que había llamado la atención de Hermione había sido los continuos viajes de Malfoy a Estados Unidos. Por lo que pudo averiguar, los Malfoy no tenían negocios allí, así que le resultaba bastante extraño que el mago viajara tan frecuentemente a ese país, a pesar de que su hijo se encontrara allí.

Ese había sido el momento en que Hermione había contratado un reputado y discreto servicio de detectives.

El mago encargado de su caso había descubierto que Malfoy estaba liado con un tipo que tenía un bar en Manhattan, un tal James Norton. Cómo podía haberle conocido Malfoy, era un verdadero misterio. No era el tipo de establecimiento al que aristocrático mago entraría de motu propio. El detective daba fe de que tanto el hijo de Malfoy como su novio conocían la relación y que cuando Draco viajaba a Nueva York, los cuatro se reunían con frecuencia y los dos jóvenes trataban al tal Norton como parte de la familia. Sin embargo, todavía no había podido tomar ninguna fotografía -las cámaras mágicas eran demasiado aparatosas como para pasar desapercibidas-, ni acercarse lo suficiente como para no levantar sospechas de Malfoy. Como el vigilado era Malfoy, el detective sólo viajaba a Nueva York cuando éste lo hacía. Hermione había empezado a cuestionarse si, al igual que en otras áreas en los que los muggles llevaban clara ventaja sobre los magos, vigilancias y seguimientos, cuando no se trataba de cuestiones estrictamente mágicas, no estarían un poco fuera del alcance de los magos detectives.

Meses después habían empezado los rumores de que Malfoy quería deshacerse de sus empresas, un verdadero imperio financiero. ¿Por un tipo muggle que regentaba un bar? No, se dijo Hermione, aquello no encajaba en sus esquemas. Malfoy podía haberse convertido en un mago tolerante y abandonado sus prejuicios. Pero seguía siendo un Malfoy.

La noticia de que Malfoy finalmente se había casado con Norton, la había dejado helada. Según el detective la ceremonia había tenido lugar en Greenwich y había sido de carácter íntimo y con muy pocos invitados: el hijo de Malfoy y su novio, los padres de Norton y algunos amigos. Nada había trascendido a la comunidad mágica inglesa. Como siempre, las fotografías mágicas que el detective había podido tomar desde lejos, no eran muy buenas. Malfoy había puesto de nuevo aquella especie de barrera que hacía que las figuras aparecían desenfocadas y fuera imposible reconocer los rostros con exactitud. Hermione había podido identificar fácilmente a Malfoy, a su hijo y a su novio porque ya les conocía, pero no a los otros invitados. Tampoco había habido más suerte con el que ahora era el nuevo esposo de su ex compañero de escuela. Cada vez que el detective había intentado acercarse a él, se había encontrado con aquel halo de protección mágica que distorsionaba su imagen si intentaba fotografiarle o que le impedía acercarse lo suficiente como para captar más detalles que los evidentes: que no era un hombre demasiado alto y que su pelo era negro. Y Hermione no dejaba de preguntarse por qué Malfoy sentiría la necesidad de proteger a su pareja de esa forma. Así que había decidido cambiar de estrategia.

RAV Investigative & Security era una agencia neoyorquina de investigación privada. Muggle. Hermione la había encontrado en internet y había contactado con ellos para encargarles la investigación del dueño de In Vino Veritas. Y quería fotografías. Mucha fotografías. Si estaba en lo cierto, Malfoy sólo se estaba protegiendo contra medios mágicos, pero no muggles. Y no podía dejar de desconcertarle que Malfoy sintiera la necesidad de salvaguardar a un muggle que, por muy amante suyo que fuera, seguramente despertaría un escaso interés en el mundo mágico. Además de que, como mago libre de su anterior matrimonio, podía relacionarse o casarse con quien quisiera. Hermione no podía olvidar algo que le había dicho Malfoy, algún tiempo después de haber conseguido el divorcio, un día que habían coincidido en el Ministerio. Casualmente la acompañaba Ron, quien la había invitado a comer. Algo que Ron había empezado a hacer con cierta frecuencia desde que el asunto de la desaparición del cuerpo de Harry había terminado. Su ex marido no había estado muy contento de ver a Malfoy, pero se había comportado correctamente. Malfoy, por su parte, había intercambiado un educado saludo con ambos, pero había mantenido las distancias.

-La vida no suele darte segundas oportunidades, Granger -le había susurrado antes de dirigirse a una de las chimeneas del atrio y después de darle una mirada bastante explicita a Ron-. Así que hay que aprovecharlas.

Y Hermione reconocía que le había hecho caso. Mucho después, se había preguntado si Malfoy también habría tenido su propia segunda oportunidad.

Cuando por fin las ansiadas fotografías habían llegado de Estados Unidos, Hermione no había podido contener su nerviosismo. Se había pasado cinco minutos enteros mirando el sobre, sin atreverse a abrirlo. Y cuando por fin lo había hecho, no estaba muy segura de que lo que había visto no fuera lo que sus ojos realmente querían ver.

James Norton era un hombre de mediana edad. De la edad de Malfoy; de su propia edad. No era excesivamente alto, pero sí atractivo. Su pelo negro estaba veteado con alguna que otra cana en el flequillo. Lo llevaba un poco largo y se veía también algo revuelto. Aunque Hermione no estaba segura de que no fuera por el viento o algún gesto con la cabeza que el hombre hubiera realizado antes de que le tomaran la fotografía. Parecía que no le gustaba demasiado rasurarse, porque lucía un barba de dos o tres días que en lugar de darle una imagen de dejadez, le daba un aire bastante seductor. Al contrario de la mayoría de hombres de su edad, no exhibía la típica barriga cervecera ni se adivinaba ningún tipo de flojedad propia de la vida sedentaria de la mayoría de los americanos. Parecía en forma. Tal vez iba al gimnasio o era de esos tipos que hacían jogging por Central Park cada mañana. No fue hasta que llegó a una fotografía que era un primer plano del rostro de Norton que pudo ver nítidamente sus ojos. En ese momento algo se había quebrado dentro de Hermione y había roto a llorar.

Los detectives muggles habían demostrado ser mucho más eficientes que los magos. Tal vez porque para ellos era mucho más fácil acceder a información muggle, vía ordenador, que para los magos. Por ejemplo, habían averiguado que el bar lo había abierto la antigua pareja de Norton, quien había muerto de cáncer unos años antes. Y que económicamente, había tenido algún que otro bache en los años que siguieron a su fallecimiento, que Norton había solventado con capital propio. Después, la actual pareja del dueño de In Vino Veritas, lo había enderezado de forma que el último año el bar había dado beneficios.

Hermione repasó el último sobre que había recibido justamente el día anterior. El hijo de Malfoy y su novio se habían casado. Tenía que reconocer que Scorpius Malfoy era un hombre afortunado, porque Davenport era malditamente guapo. Malfoy, el padre, parecía el hombre más feliz del mundo mientras contemplaba a los recién casados. Esbozaba una sonrisa que Hermione no le había visto nunca. Al igual que el hombre que estaba a su lado, tomando fotografías de la pareja. Ese hombre al que Malfoy besaba en otra instantánea y que ahora era su marido ante la ley muggle. En el sobre había también una nota del detective al que la agencia había destinado el trabajo. En ella se especificaba fecha y hora de la boda, nombre de los invitados y otros datos que para Hermione eran irrelevantes. Lo interesante estaba al final.

Tal vez sea de su interés saber que, a pesar de llevar tantos años viviendo en Estados Unidos y tener la nacionalidad de ese país, el Sr. Norton y su padre son ingleses. Otro dato curioso, es que el Sr. Malfoy casi nunca se dirige al Sr. Norton como Jimmy, el nombre de pila por el que familiarmente todo el mundo le conoce, sino como Harry, nombre que no consta en ninguno de nuestros registros. ¿Tiene algún sentido para usted?

¿Qué si tenía sentido? No todas, pero muchas cosas empezaban a tener mucho sentido ahora para Hermione.

o.o.o.O.o.o.o

Draco sabía que había tomado la mejor decisión de su vida. Sus ojos se entrecerraron y los protegió con la mano a modo de visera cuando su mirada intentó abarcar los kilómetros de vides que se extendían ante él. Harry era sólo una figura apenas reconocible que se movía junto a otras entre las cepas. Volvería sudoroso, con las manos sucias y llenas de tierra y esa expresión de felicidad que para Draco no tenía precio. Con medio siglo a sus espaldas, Harry volvía recordarle al adolescente del que se había enamorado. Sus ojos tenían ese brillo vivaz y entusiasmado que los iluminaba cuando por aquel entonces atrapaba la snitch. Excitado y desbocado como en sus mejores tiempos, cuando impregnaba a Draco de esa energía contagiosa que exudaba por cada poro de su piel. Y Draco se dejaba arrastrar en ese torbellino de vitalidad con suma complacencia.

Harry había dejado In Vino Veritas en manos de Tony. Al principio, viajaba con frecuencia a Nueva York para ver cómo marchaban las cosas. Ahora, Draco dudaba de que ni siquiera se acordara de la existencia del bar de vinos si el camarero, ascendido a gestor, no le llamara de vez en cuando para que atendiera asuntos que tenían que pasar irremediablemente por sus manos, pero que indefectiblemente terminaban por acabar en las de Draco. Además, en In Vino Veritas, podían degustarse toda la variedad de vinos que producía la finca.

Mientras Draco se había sumergido en las finanzas y reorganización de la explotación, Harry, no muy seguro de qué hacer al principio aparte de tener a Draco lo más cerca posible, había acabado revolviendo con sus manos en la tierra y disfrutando como un niño. Aún estaba lejos de ser un experto, pero aprendía con entusiasmo los secretos de la uva y era capaz de defenderse hábilmente en la parte del negocio en la que Draco no había querido entrar con más profundidad de la necesaria.

-¿Desea que hable con el banco sobre la nueva línea de crédito, Sr. Malfoy?

Draco renunció a su contemplación y abandonó con pereza el balcón que se abría, ancho y luminoso, en la estancia que había destinado a su despacho. ¡Bendito sol californiano!

-No, lo haré yo mismo el lunes -dijo. Su rostro se iluminó con una sonrisa experimentada-. Dejémosles que sufran un poco más.

Sharon también sonrió. Draco tenía bueno ojo para elegir a sus colaboradores y no se había equivocado al mantener en la plantilla a aquella mujer recién llegada a la cuarentena, que ejecutaba con mano férrea sus decisiones. El antiguo administrador, así como sus colaboradores más estrechos habían acabado de patitas en la calle a un mes escaso de que el nuevo dueño se hubiera hecho cargo de la finca. Tres empleados habían sido despedidos algunas semanas después. Dos por sus exageradas tendencias homofóbicas y el tercero por carecer completamente de ellas y haberse mostrado inadecuadamente interesado en Harry. Y Draco había aguantado lo justo que los ojos de ese tipo no se despegaran del trasero de su marido cada vez que éste andaba cerca.

-¿Le importa si hoy me voy un poco antes? -preguntó Sharon-. Van a ponerle la ortodoncia a Cynthia y me gustaría estar presente. Es un pequeño trauma para ella.

-Tómate la tarde libre -respondió Draco. Después sonrió, más para sí mismo que para Sharon-. Tengo planes personales para esta tarde.

-Gracias, Sr. Malfoy.

-Antes de irte, dile a Tara que comeré aquí, por favor.

-¿Con el Sr. Norton?

Draco suspiró.

-Si logro arrancarle de los viñedos... -murmuró mientras cogía un móvil que estaba sobre la mesa y marcaba el número de Harry.

No tardó en escuchar el mensaje de su buzón de voz. Draco suspiró y dirigió una mirada resignada hacia el balcón. Volvería a intentarlo más tarde.

Eran casi las seis de la tarde cuando la puerta de su despacho se abrió. Draco sabía perfectamente quién acababa de entrar, porque nadie se habría atrevido a hacerlo sin llamar antes. Pero se negó a apartar la vista de lo que estaba leyendo porque se sentía enojado. No le disgustaba comer solo si no había más remedio; pero ese día estaba especialmente molesto con Harry por no haber dado señales de vida desde el desayuno. Un par de gotitas mojaron la manga de su camisa antes de que su nariz se llenara con el aroma a jabón y loción para después del afeitado. Podía imaginar, tan claramente como si estuviera dispuesto a concederle el placer de su mirada, a Harry inclinado sobre su hombro, con el pelo mojado y evidentemente mal escurrido ya que goteaba sobre él, seguramente con una de esas sonrisas risueñas que Draco en ese momento no estaba muy inclinado a compartir. Sintió el cariñoso beso sobre su pelo mientras un brazo muy tostado por el sol se deslizaba delante de él y la mano de Harry dejaba una cajita de plástico transparente sobre la mesa.

-Gusanos blancos -dijo la cálida voz del moreno junto a su oreja-. Pero hemos tenido suerte. No llega a medio centenar de cepas afectadas.

Draco arrugó la nariz con expresión de asco. Y, una vez más, tuvo claro el por qué los números eran lo suyo. Las larvas, cuyos movimientos eran casi imperceptibles dentro de la caja, no debían tener más de 40 mm. Eran de un tono desagradablemente lechoso. De haber tenido un microscópico a mano, Draco habría podido apreciar el blando cuerpo arqueado y una cabeza gruesa, provista de fuertes mandíbulas. Podían morder hasta conseguir daños de 20-40 cm. de profundidad, provocando en las cepas una vegetación raquítica e incluso la muerte.

-Supongo que Frank tiene una solución para esta... cosa -gruñó Draco con repulsión.

Harry tenía una mano apoyada en la mesa y la otra en el respaldo de la silla de Draco. La camiseta de algodón blanco se pegaba a su torso, todavía algo húmedo, casi como una segunda piel.

-Hemos estado rociando las cepas con algo que olía absolutamente vomitivo, a pesar de la mascarilla -explicó Harry, simulando una arcada-. Todavía tengo la nariz llena de ese tufo. Mañana rociaremos otra vez.

Draco dejó escapar el aire con una leve mueca al notar el plural en la última frase de Harry.

-Pagamos muy bien a nuestros empleados para que hagan su trabajo -dijo suavemente, a pesar de su contrariedad-. Mañana es sábado y quiero que pasemos este fin de semana juntos, Harry.

La mano del moreno revoloteó entre el sedoso y peinado pelo rubio, alborotándolo con alegría.

-No hagas eso -se quejó Draco.

Harry repeinó obedientemente con los dedos lo que había alborotado.

-¿Qué te pasa? -preguntó- ¿Mal día?

Hizo girar la silla de Draco para que este quedara frente a él.

-Tal vez te esté haciendo falta un fin de semana en Nueva York -insinuó-. Hace meses que no pisamos un buen club...

Draco negó despacio, echándose un poco hacia atrás en la silla, que se balanceó suavemente, para ver mejor a su compañero.

-Todo lo que me hace falta lo tengo aquí -dijo-. Lo único que deseo es un fin de semana tranquilo y relajado.

-¿Algo no va bien? -preguntó Harry, examinando su rostro detenidamente, como si buscara señales de una palidez distinta a la habitual o rastros de humedad en su piel.

Draco sabía que esa era la discreta forma de preguntarle si había habido algún pinchazo en el brazo que anunciara un inoportuno dolor en el pecho; si su respiración había sido demasiado fatigosa en algún momento o había sufrido un mareo que le hubiera llevado hasta el desmayo. Para su mortificación, Scorpius le había hecho a Harry una detallada lista de síntomas y le había explicado cómo actuar en caso de que el corazón de su padre decidiera dar otro susto. También le había hecho directamente responsable de que Draco siguiera la dieta adecuada y de controlar cualquier exceso. Al parecer de Draco, su hijo no era más que un gran bocazas que lo que tenía que hacer era ocuparse de sus propios asuntos.

-No tan relajado Potter... -masculló, adivinando por dónde iban los pensamientos del moreno.

Harry sonrió más con los ojos que con los labios y Draco reconoció inmediatamente el brillo malicioso que iluminó su mirada.

-Pues podemos empezar a no relajarnos ahora, si quieres -propuso.

Harry se apoyó en el respaldo de la silla para sentarse sobre el regazo de Draco y se inclinó para depositar una serie de pequeños besos por todo su rostro. Éste cerró los ojos y se dejó querer. Cuando Harry alcanzó por fin sus labios, se entregó a su beso liberando la ansiedad que había mantenido a raya desde el mediodía.

-¿Sr. Malfoy?

La voz de Sharon inundó el despacho a través del intercomunicador, interrumpiendo la pasión del momento. Extrañado, Draco apartó un poco a Harry para poder llegar al botón y oprimirlo. Pensaba que ella ya se habría ido.

-Dime Sharon -respondió.

-Parece que tenemos un pequeño problema abajo.

-¿Qué clase de problema?

-Hay un tipo en la entrada que quiere ver al Sr. Norton a toda costa -explicó ella-. Pero parecía un poco alterado y Jack no le ha dejado pasar. Entonces se ha puesto hecho una furia y ha empezado a gritar. La mujer que le acompaña nos ha dado una bolsa. ¿Quiere que se la traiga?

Harry se levantó del regazo de Draco, con el corazón latiéndole a mil por hora.

-Sí, por favor -respondió de nuevo Draco.

Sharon entró en el despacho a los pocos segundos con una bolsa de raso negro en la mano, que entregó a Harry con expresión circunspecta. Éste la tomo, mortalmente pálido.

-¿Llamamos a la policía? -preguntó Sharon, un poco nerviosa.

-¿Ese tipo es pelirrojo y bastante alto? -preguntó Draco.

-Y corpulento -añadió ella-. Jack y Steven apenas pueden con él. ¿Llamo a la policía ya?

Draco miró a Harry, que seguía de pie con la bolsa en la mano, tan blanco como si toda la sangre hubiera abandonado su cuerpo de repente. Se acercó a él y puso la mano en su hombro, sacudiéndole suavemente.

-¿Qué quieres hacer? -preguntó.

Sharon miró a su jefe como si se hubiera vuelto loco. Porque para ella era más que evidente lo que había que hacer. Después sus ojos se movieron hacia Harry quien, con la cabeza gacha, tenía la mirada fija en la bolsa que ella misma le había entregado, parecía incapaz de tomar una decisión. A través de la puerta del despacho, que había quedado abierta, empezó a llegar el jaleo de la pequeña refriega que estaba teniendo lugar abajo.

-¡Potter, baja aquí si eres hombre! ¡Te juro que cuando acabe contigo desearás estar muerto de verdad, maldito cabrón!

Sharon dirigió una apremiante mirada hacia Harry, ya junto al teléfono, su mano sobre el auricular para llamar a la policía en cuanto uno de los dos hombres se lo indicara.

-Déjalos subir -dijo finalmente Harry, haciendo que la mujer soltara un jadeo de sorpresa.

-Pero...

-Que suban, Sharon -ordenó Draco-. Y que el personal se quede abajo.

Ella parpadeó unos momentos con aturdimiento, con la mano todavía sobre el auricular del teléfono, preguntándose si realmente aquellos dos hombre estaban en sus cabales. Finalmente, la inmutable mirada de Draco la instó a obedecer. Cuando ella hubo desaparecido por la puerta, Draco se dirigió hacia su mesa y abrió el cajón donde siempre guardaba la varita.

-¿Tienes tu varita contigo? -preguntó a Harry a sabiendas de que la respuesta más probable sería no.

El moreno negó con la cabeza, su mirada fija en la puerta, con la expresión de estar preparándose para un tsunami.

-Tampoco sería capaz de utilizarla... -musitó.

Draco se guardó la suya en el bolsillo. Sólo por si acaso las cosas se ponían excesivamente feas.

o.o.o.O.o.o.o

-Podías haber buscado otro destino para tu jodida segunda luna de miel, ¿no, Granger?

Ella se encogió de hombros, llevándose su taza de té a los labios.

-No es bueno empezar un matrimonio con secretos, Malfoy. Volver a empezarlo, en nuestro caso -su voz sonó algo pastosa, todavía impregnada de vino.

El mago suspiró, mientras negaba con la cabeza

-El hombre, o la mujer en su caso, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, ¿verdad?

Ella también sonrió, dejando la taza en la mesa. Todavía tenía los ojos chispeantes de vino.

-Lo mismo digo. Además, la culpa es tuya, Malfoy -dijo.

-Oh vamos, Granger. No me culpes de tus errores -ironizó Draco-. Tengo suficiente con los míos.

Ella dirigió su mirada feliz hacia el sofá, donde Ron y Harry dormían abrazados la borrachera. Había cinco botellas de vino vacías sobre la mesa. Harry todavía tenía su copa en la mano, y parte del vino que había habido en ella estaba sobre su camisa. La de Ron estaba en el suelo.

-Bueno, fuiste tú quien me dijo que la vida no solía dar segundas oportunidades. Y que, de ocurrir, no había que dejarlas pasar.

Draco, que había optado por el café para despejarse un poco de su colaboración en el vaciado de las cinco botellas, se sirvió otra taza. Eran las tres de la mañana.

-Tengo que empezar a medir mis palabras cuando tú andes cerca -masculló.

Draco miró hacia Ron, que en ese momento dejó escapar un sonoro ronquido y se rascó los huevos con mucho entusiasmo.

-Siempre supe que no eras tan lista como querías hacernos creer -Draco hizo chasquear la lengua con desagrado, cuestionando la elección de la Ministra-. Te gustan del tipo primitivo, ¿verdad?

Hermione sólo sonrió. Ron sabía utilizar mucho mejor los puños que las palabras. ¿Y qué? Ella ya tenía palabras de sobra por los dos. Y si le había dejado vapulear a Harry de lo lindo, antes de que Malfoy fuera capaz de detenerle, era porque se lo merecía. Aunque Harry no se había defendido. Y después le había rogado a Malfoy que no se metiera, dispuesto a afrontar lo que sus amigos quisieran decirle. ¡Y vaya si se habían desahogado a gusto!

-¿Crees que deberíamos despertarlos? -preguntó la bruja.

Draco miró otra vez hacia el sofá. Cuando esos dos despertaran tendrían una resaca de mil demonios. A Harry, además, le dolerían todos los moretones que debía tener repartidos por el cuerpo, rostro incluido. El muy gilipollas no había dejado ni que le curara los de la cara, como si fuera una especie de penitencia que debía cumplir o algo así. De no haberse metido Granger por en medio, Draco habría maldecido a Weasley hasta dejarle sin puños por siempre jamás.

Después de los golpes, había llegado la segunda parte, la de recriminaciones y disculpas. Y Draco había esperado pacientemente a que el antiguo trío resolviera sus diferencias, varita en mano por si acaso. Pero no fue hasta que Weasley se había echado a llorar como un idiota y después le habían seguido los otros dos, que Draco había decidido que ya tenía suficiente y se había ido a buscar un par de botellas de vino.

-No, déjalos -respondió Draco-. Al menos calladitos no le hacen daño a nadie.

Había que oír cómo se les había desatado la lengua a esos dos cuando iban ya por la segunda botella. Hermione soltó una risita.

-Así que te gusta dormir con la mano en el culo de Harry, ¿eh? -dijo en tono malicioso.

-Así que le has puesto nombre a lo que tiene Weasley entre las piernas, ¿eh? -se burló Draco a su vez- Pero, ¿pichurrina, Granger?

Ella enrojeció por completo y empezó a negarlo fervorosamente. Draco soltó una gran carcajada y le recordó:

-In Vino Veritas, querida Ministra -dijo señalando con la mano las botellas de vino vacías-. En el vino está la verdad.

FIN