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Capítulo veintidós.

Aplastado

Durante el mes pasado, había perfeccionado el acto de tropezarme "accidentalmente" contra Edward. Fingía aún más torpeza de la que ya tenía por naturaleza. Y lo hacía con tanta frecuencia, que parecía que estaba borracha, pero su roce era mi adicción. Lo peor de todo era que su desinterés en el contacto físico ni siquiera me disuadía a dejar de hacerlo. El hecho de que no estuviera interesado en mí hacía que mi obsesión pareciera menos mala, que se pareciera menos a una traición.

Pronto me di cuenta de que no solo era adicta a su tacto; era adicta a Edward. Así que me detuve. No más torpezas, no más roces innecesarios en nuestros pequeños trayectos de la cafetería a clase. No me podía mimar más porque ya no era solo deseo… era amor.

Y entonces, empezó.

En el lapso de una semana, por su propia cuenta y sin ninguna intervención intencional o accidental por mi parte, Edward me tocó el brazo cuatro veces y el hombro una vez. Y cada ocasión en la que alguna parte de su cuerpo rozaba el mío, apretaba los dientes con fuerza e insertaba la lengua entre medias para evitar mirarle como si fuera mi salvador personal. Por encima de todo, no podía hacerle saber lo crucial que se había convertido para mi propia felicidad.

A pesar de ser imposible, a veces estaba convencida de que estaba loco por mí. Tenía contadas las veces en las que perdía la razón y me permitía pensar que, de alguna forma, él me quería a mí.

A parte de nuestro contacto físico, estaba la forma en la que sonreía cada vez que decía un chiste, incluso con chistes los malos, o la forma en la que era capaz de ver más allá de la máscara que me ponía para el resto de mis compañeros. Se enfadaba cada vez que me menospreciaba a mí misma. Se burlaba de mi monovolumen con una voz tan graciosa e irresistible que me olvidaba de lo mucho que odiaba que se metieran con mi Chevy. Descubrió que mis caramelos favoritos eran los ositos de gominola, y cada vez que tenía un mal día, me encontraba una bolsa encima de nuestra mesa de la cafetería. Los amigos hacían este tipo de cosas… pero había algo en la forma en la que me miraba mientras lo hacía, que me hacía sentir que era algo más.

La mayor indicación fue su reacción cuando entré en el colegio con una nueva redacción para Dartmouth antes de las vacaciones de Acción de Gracias. Siguiendo su consejo, centré el tema en mi complicada pero preciosa relación con Renee. Después de su última crítica, volví a casa y volqué toda mi alma. Fue más fácil de lo que había pensado, probablemente porque la relación que mantenía con ella era una de las pocas en las que no me encontraba en un perpetuo estado de dolor y confusión. Al final, había escrito acerca de lo que era crecer con mi madre y cuidar de ella a la vez, de cómo la odiaba y adoraba, de cómo iba a por lo seguro para equilibrar sus temerarias maniobras, y de lo mucho que quería entrar en Darmouth en homenaje a ella, para obtener la oportunidad que nunca tuvo.

Después de leerlo, Edward solo me miró y asintió. Sus ojos brillaban. —No te rechazarán después de leer esto, Bella. Te lo prometo.

De forma desesperada, deseaba que se refiriera a sí mismo en lugar de al comité de admisiones de Dartmouth. Lo quería tanto, que sin pensar, me incliné hacia él, esperando que Edward me imitara. Cuando lo hizo, mi respiración aumentó y me olvidé de que estábamos en medio de una cafetería llena de gente con su hermana sentada a nuestro lado.

A pocos centímetros de mi rostro, su boca dijo con suavidad. —Tu madre estaría increíblemente orgullosa de ti si la dejaras leer esto. —Sus labios se torcieron en una sonrisa significativa. —Pero no lo harás, ¿verdad?

La luz artificial creaba reflejos dorados en su pelo. Con una fuerza hercúlea, separé mis ojos de su cabello y respondí. —No seas estúpido. Me moriría si llegara a leerlo… No la he descrito exactamente de forma muy positiva.

Él resopló, pero sus ojos eran amables. —No has escrito nada falso, Bella. Lo que has hecho es capturar la esencia de lo que ella es sin endulzar sus errores. Has sido honesta, y por ello, ilustras lo mucho que te importa. Creo que se sentiría increíblemente honrada por lo que has escrito.

—Um, —me encogí de hombros, intentando ocultar lo atónita que me había dejado con sus alabanzas. —Todo lo que he escrito es tan personal… Una cosa es que un grupo de renegados arrogantes de New Hampshire lo lean, pero no me puedo imaginar a nadie que conozca viéndolo. Me daría tanta vergüenza, y nadie sabe que me siento así… —Me detuve cuando nuestros ojos se encontraron y nos dimos cuenta de que Edward, y solo Edward, era, otra vez, el único que sabía aspectos de mí que normalmente me guardaba… Partes de mí que ni siquiera quería contarle a Jake.

Me entretuve con la re-edición de la redacción, mientras Edward se giraba hacia Alice y comenzaban una conversación extrañamente altisonante sobre una excursión de caza.

Después de leer mis palabras por millonésima vez, sentí como Alice me observaba cuando ella y Edward dejaron de hablar.

—¿Qué pasa, Alice?

—Solo estaba pensando… ¿Qué vas a hacer este fin de semana?

—Ehm… Es Acción de Gracias, así que… nada. Prepararé la comida para el jueves, y después Charlie y yo estaremos alimentándonos a base de sobras durante los tres días siguientes. —No añadí que probablemente Jake y yo nos quedaríamos a ver películas de Navidad el día después de Acción de Gracias. Teníamos la misma tradición no-oficial cada año. Además, era prácticamente cierto que iba a estar sola con Charlie, ya que después de unas cuantas porciones de pavo, Jake solía quedarse dormido en el sofá durante horas mientras yo lloraba con ¡Qué bello es vivir! (*)

—Genial, —dijo, y su rostro se iluminó. —Estaba pensando que tú y yo deberíamos hacer algo. Podrías venir y…

—Alice. —El tono de Edward interrumpió la simpática invitación de Alice como un trozo de hielo.

Su sonrisa no vaciló. Ignorando a su hermano, continuó. —Podríamos jugar a juegos de mesa. Me encantan Mall Madness y Balderdash (**)… Oooh! ¡O al ajedrez! ¿Te gusta el ajedrez?

—Sí. De hecho, yo…

—Tenemos otro compromiso este fin de semana, Alice. ¿O no te acuerdas? —Edward miraba fijamente a su hermana, que puso los ojos en blanco.

—Oh, venga ya, Edward. Podemos ir de caza cualquier otro día.

Casi gruñó cuando le respondió. —No hay nada que prefiera hacer este fin de semana que no sea ir de caza, así que deja de interferir con planes que llevan hechos desde hace años.

—Deja de ser tan aguafiestas, Edward. —Alice se giró hacia mí y continuó. —Ignórale, Bella. Me encantaría quedar contigo en lugar de ir a Goat Rocks con él. —Alzó el dedo gordo y señaló a donde Edward estaba sentado, hosco y en silencio, girando la tapa de la botella que yo había dejado en la mesa.

Mi corazón dio un vuelco. Si me hubiera querido como yo le quería a él, hubiera bienvenido cualquier escusa para verme más que estos cuatro días a la semana. Me hubiera dejado entrar un poco más en su vida al enseñarme su habitación y la extensa colección de CD a la que siempre aludía. Sin embargo, había dejado claro que no me quería cerca de su casa ni de su familia… ni de él. No te preocupes, Edward. Lo he pillado. Me sentí tan increíblemente idiota al pensar que deseaba mi compañía con la misma urgencia que yo.

Mis ojos escocían de la humillación cuando murmuré. —No, no pasa nada. Probablemente debería asegurarme de que Charlie no se atragante con algún huesecillo, o algo así. Y he oído que va a hacer muy bueno el sábado, así que deberíais aprovechar el día. —Sonreí débilmente y me levanté. —Eh… debería irme. Tengo que corregir la redacción en el aula de informática antes de que se me olvide lo que pensaba poner. Adiós, Alice. Teo veo en Inglés, Edward.

Empecé a andar y no me giré cuando respondió, —adiós, Bella. —Su voz sonaba igual de sincera que siempre, pero esta vez no me engañó. Silenciosamente, recé para que sus dedos no me volvieran a tocar, sabiendo que él no sentía nada mientras a mí se me partía el corazón.

Mi depresión por el sutil rechazo de Edward me dominó los pensamientos el resto de la semana, Acción de Gracias y duró hasta el viernes siguiente. Por razones obvias, los Quileutes no cocinaban pavo ni relleno, así que Billy, y por lo tanto Jacob, no vinieron a comer el jueves, dejándonos a Charlie a mí, solos. Con solo nosotros dos y con comida para alimentar a todo un equipo de fútbol desnutrido, el día siempre parecía un poco surrealista.

Me alegré cuando llegó el viernes y pude finalmente escapar del inquietante silencio. Necesitaba una distracción y un recordatorio de dónde caían mis lealtades, así que visitar a Jake en La Push era la opción perfecta.

—¿Estás segura de que no quieres ver Milagro en la calle 34 en casa de tu padre, como siempre? —Preguntó por cortesía, aunque ya estaba abriendo la bolsa de puré de patatas que había guardado en mi coche.

—No, seguro. Además, ¿cuántas veces se puede ver a esa gente preguntándose si Kris Kringle es realmente Papá Noel? Es algo tan obvio; no se puede fingir una barba así. —Me metí en la boca una patata y busqué en la cocina de Billy una servilleta.

Nos llenamos las bocas durante media hora. A pesar de que el silencio era justificable, tampoco era exactamente cómodo. Había demasiadas cosas que no estábamos diciendo, temas que ninguno de los dos nos atrevíamos a tocar.

Lo más irónico era que Jake pensaba que estaba siendo inteligente; pensaba que estaba pisando aguas seguras cuando me preguntó, —¿cómo va la redacción para Dartmouth?

Me tragué la salsa de arándano y me encogí de hombros. —Ya está hecho. —Chasqué la lengua y esbocé una débil sonrisa. —Bien por mí.

Él me siguió el juego, solo sonriendo con la parte inferior de la cara. —¿Y cuándo voy a poder leerla?

Las cosas que antes eran seguras se habían convertido en imposibilidades. —Eh, ya la he enviado. Estaba harta de re-editarla todo el rato, —murmuré, imaginando el lugar exacto donde estaban los tres folios, al lado de mi teclado.

—¿No lo has guardado en el disco duro, o algo? —Preguntó por falta de nada mejor que decir. No creo que ni se diera cuenta de que no había dejado de mirar la comida desde que nos habíamos sentado.

—Probablemente. Recuérdamelo la próxima vez que vengas, —dije, esperando que se olvidara. Un año antes, él habría sido el único al que le dejaría ver algo tan personal, pero ahora sentía que tendría que explicarle demasiadas cosas.

—Vale. —Tomó un trago de leche de su tazón. —¿Y te gusta cómo salió?

—Supongo.

—Eso está bien.

—Sí.

Si un extraño pasara a nuestro lado, nos vería como la pareja más joven de mediana edad. Personificábamos a un matrimonio que sufría en la cena para guardar las apariencias y que permanecía junta por el bien de los niños. Durante las pausas de nuestra incómoda conversación, el único sonido que nos rodeaba era el ruido de los tenedores chocando contra nuestros platos. Nos sentábamos el uno frente al otro en la mesa de roble sin reconocer la presencia del otro. Capté mi propio reflejo en la ventana de la cocina, observando lo que el transeúnte vería… y me disgustaba.

Jake volvió a hablar. La pequeña parte de él que se negaba a darse por vencido era la que alimentaba la conversación. Me encantaba eso de él, y odiaba que mi involuntaria apatía lo estuviera matando. —Sam y Leah han roto, —dijo, su voz llena de dolor, finalmente coincidiendo con la expresión facial que, sin saberlo, había estado mostrando desde hacía semanas.

No estaba sorprendida por sus noticias, teniendo en cuenta la desgarradora escena que todos vimos en la fiesta de Halloween. —Eso es horrible. ¿Cómo lo está llevando?

—Nadie ha muerto, todavía. Pero si empiezan a desaparecer personas, ella es la primera en mi lista de sospechosos.

—Jake…

—Eh, no me juzgues. No la has visto… si piensas que antes era mala, joder, intenta hablar con ella ahora. —Al ver cómo fruncía el ceño, su tono de voz se suavizó. —Aunque supongo que lo entiendo. —Se me formó un nudo en el pecho, pero por suerte, Jake tenía la cabeza en otra parte. —Sam está loco por su prima. La persigue a todas partes.

—¡No! ¿La chica de la playa?

—Esa misma. Pero ella no le da ni la hora.

—Pues claro. ¿En qué estaba pensando?

—Ni idea. Últimamente está un poco gilipollas.

Me había convertido en una persona tan egoísta que no pude evitar pensar con ironía las cosas que Sam y yo teníamos en común. —¿De verdad?

Jake vaciló, empujando comida invisible con el tenedor. —Digamos que el asunto con Sam y sus compinches ha empeorado.

—¿Compinches? Pensaba que solo era Paul.

—Y ahora también Jared. Los dos deben estar alimentado el ego de Sam como locos, porque la semana pasada se volvió todo un engreído y se me acercó para darme otra de sus "charlas" donde me decía que tenía que ser más responsable y un mejor ejemplo para los demás. Se parece a mi padre. —Jake reprimió un escalofrío y desvió los ojos.

Le conocía demasiado bien y sabía que había algo más que le preocupaba. Estaba escondiendo algo. —¿Y eso era todo lo que Sam quería? Lo que te dijo era raro, pero tampoco fue para tanto, ¿no?

Hizo una mueca y miró hacia la ventana. —No fue todo lo que dijo, Bella. —Sus mejillas se ruborizaron levemente cuando se giró hacia mí. —Él… te mencionó.

—¿Perdona? —No tenía ni idea de por qué Sam Uley me mencionaría a mí. En los tres años en los que había estado con Jake en La Push, no había cruzado más que un par de palabras con él.

—Esto es realmente estúpido, ¿vale? ¿Te acuerdas que te dije que Sam se había vuelto un poco extraño estos últimos días? ¿Que se creía un especia de guardián de La Push?

—Sí… —Si tener la menor idea de lo que estaba pasando, solo podía asentir con la cabeza y seguirle el juego.

—Bueno, supongo que eso también incluye a cualquier persona relacionada con los Quileutes. Lo que te incluye a ti. —Se bebió la leche que le quedaba y siguió con sus disculpas. —Sabe que vas al instituto con los Cullen, y me dijo… me dijo que te advirtiera de que tuvieras cuidado.

El calor me subió a las mejillas, y toda la ira que quería liberar sobre Sam Uley me hirvió la sangre. No sabía qué era lo que más me enfurecía, si el hecho de que Sam pudiera sentirse con el derecho de interferir en mi vida cuando no era más que una extraña para él, o que los ridículos prejuicios hacia los Cullen se hubieran extendido en La Push más de lo que había pensado.

—¿Y a él que le importa, Jake? ¿Qué provecho saca haciendo cosas así? Ni siquiera le conozco.

Estaba claro que Jake estaba avergonzado ante aquella situación, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros. —Está loco, Bella. Yo no me preocuparía demasiado.

La ira me nubló la vista, y todo lo que podía sentir era una exasperante frustración. Edward y Alice eran dos personas increíbles y amables que me habían acogido como amiga y que me hacían sentir feliz en el instituto por primera vez en años… No, por primera vez en mi vida. Como se atrevía. —¿Y qué es lo que tiene en contra de los Cullen, exactamente? ¿Está enfadado porque todos son guapos y ricos, y él solo es un idiota que abandonó la universidad para meterse en la vida de los demás?

Lo que dije fue maleducado, pero no me importó. No solo Sam había hablado mal de dos personas que me importaban, sino que también había arrastrado a Jake hacia el centro de su propio infundado odio.

Jake observó mi rostro enrojecido, y su expresión se tiñó de confusión. —¿Por qué dejas que te afecte tanto? ¿A quién le importa lo que Sam piense?

—A mí, Jake. Me importa porque te está diciendo que controles a tu novia, como si fuera un perro indomesticable que necesita una correa.

—No fue así, Bella. Parecía preocupado…

—Para. Deja de hacer eso. ¿Por qué le defiendes?

—No le defiendo. Era yo el que se quejaba de él, ¿recuerdas? —Jacob alzó el tono de voz para igualarlo al mío, pero parecía más perdido que irritado.

Respiré hondo. —Sí, Jake. Lo siento… Es que Alice y Edward son mis amigos, y no puedo creer que alguien que ni siquiera les conoce hable tan mal de ellos. Es estúpido.

Jake jugueteó con las puntas de su pelo oscuro. —Si te hace sentir mejor, solo dijo que tuvieras cuidado. En realidad no dijo mucho más de los Cullen. —El susurro de Jake debería haberme preocupado, pero aún estaba demasiado distraída.

—La próxima vez que te venga con esas tonterías, dile que los Cullen son unas personas amables y dulces en las que confío y…

—Te equivocas, Isabella.

En algún momento durante mi arrebato, Billy había entrado en la cocina sin que me diera cuenta. Me giré hacia él.

Su fría y casi cruel expresión desmentía la incondicional bondad a la que me tenía acostumbrada. Sus labios se curvaron hacia abajo, enfatizando las arrugas que rodeaban su boca y convirtiéndole en un extraño en lugar de en el segundo padre que había conocido durante casi toda mi vida. Cuando habló, la severidad de su voz me produjo un escalofrío. —Los Cullen son exactamente el tipo de personas con las que nunca deberías hablar. Bajo ninguna circunstancia. Intenté advertir a tu padre, pero su orgullo puede destruiros a los dos, así que te suplico que me escuches, Bella.

Pero su voz no sonaba suplicante. Debería haberme sentido intimidada ante su hostilidad, pero lo único que hice fue resoplar mientras él insultaba al chico al que amaba en secreto.

Moviendo la silla de ruedas hacia donde yo estaba sentada, Billy continuó. —Son capaces de cosas horribles, y si tuvieras sentido común, te alejarías de ellos y pasarías el resto de tu tiempo aquí, en La Push. A pesar de lo que puedas pensar de Sam Uley, él es lo mejor que ha pasado aquí desde hace mucho tiempo, y puede protegerte.

—Papá… —Empezó Jacob, avergonzado.

Le silencié colocando mi mano sobre la suya. Esto no tenía nada que ver con él; esto era entre Billy y yo. Seguí fulminando al amargado y equivocado hombre que tenía delante. —Si les conocieras no estarías escupiendo estos insultos y ridículas acusaciones. Alice y Edward Cullen, y su padre, me han tratado con amabilidad, y bajo ninguna circunstancia me harían daño.

Billy me observó con los ojos entrecerrados. —No sabes con lo que estás tratando… porque si lo supieras, —entrecerró aún más los ojos, —nunca te pondrías a ti, y a Jacob, en esta situación. Crece de una vez, Bella, y escúchame. Aléjate de ellos. Hazlo por ti, hazlo por tu padre. Por mi hijo. Al crear una amistad con ellos pones en peligro a todos los que quieres. Deja de ser tan egoísta y piensa en los demás.

—Papá, por favor, no…

—No pasa nada, Jake. —Mi voz sonaba tranquila, pero sentía como el pulso de mi cuello me palpitaba con rapidez.

—No, Bella. —Me dio un golpecito en la mano, y se giró para observar a su padre. —Papá, no tienes por qué preocuparte; Bella solo se sienta con ellos para comer… Casi ni se conocen.

Los músculos de mi estómago se encogieron. No podía mirar a Jacob cuando, en apenas un susurro, le dije. —Eso no es verdad. Ya te lo he dicho… somos amigos. —La palabra dolía, pero era la verdad.

Billy se acercó aún más y me cogió del brazo con firmeza. —Si de verdad piensas que esa gente son tus amigos, —escupió la palabra con asco, —entonces es que eres una niña increíblemente ingenua que no tiene ni idea de que está jugando con fuego.

Las aletas de la nariz se me dilataron, y lancé una mirada significativa hacia la mano que me sujetaba el antebrazo. Dejé que el frío perforara mis palabras. —Prefiero ser una ingenua antes que un cruel y amargado viejo que juzga injustamente a gente que ni siquiera conoce.

Billy me soltó inmediatamente.

Jake no me miró cuando dijo fríamente, —Bella, es mi padre. —Escondió la cabeza entre las manos para que no pudiera ver lo mucho que mis inconscientes palabras le habían dolido.

Di un respingo, avergonzada. —Lo siento tanto, Jake. —Alargué un brazo en su dirección, pero él se apartó, todavía negándose a mirarme.

Billy me observó, más decepcionado que enfadado, y después salió bruscamente de la cocina. Antes de desaparecer por completo, dijo, —si supieras lo que yo sé, Bella, te lo pensarías dos veces antes de relacionarte con nadie de esa familia.

No se me pasó por alto su cortante énfasis en la palabra "relacionarte".Me pregunté si la culpabilidad era lo que me estaba convirtiendo en una paranoica, o si en realidad era tan transparente… Pero a pesar de todo, era posible que Billy lo supiera. O que al menos lo sospechara. La sorpresa de descubrir que el padre de Jake era consciente de mi traición fue demasiado; las lágrimas brotaron de mis ojos, mojando mis mejillas y endureciendo mis pestañas, mientras me daba cuenta de cuánto sufrimiento le estaba causando a Jacob y a Billy, a pesar de lo enfadada que estaba con él.

Después de que la puerta de la habitación de Billy se cerrara con fuerza, Jake y yo nos quedamos en silencio, físicamente juntos, pero emocionalmente separados.

Sin girar la cabeza en mi dirección, Jacob me tendió un pañuelo para limpiarme la cara. No podía dejar de llorar, así que no me molesté en intentarlo. Procuré mantener mis sollozos lo más silenciosos posible, sabiendo que me merecía todo el dolor; no quería quitarle a Jake su más que justificada hostilidad.

Después de unos instantes no pude soportar más el silencio. —No puedo ni explicar cuánto lo sie…

—Bella, no.

Apreté los labios, mordiéndome el labio inferior para que no viera cómo me estaba esforzando por no perder los nervios. Estaba en su derecho al enfadarse, pero yo no me merecía ningún tipo de desahogo.

Jake descargó toda la fuerza de sus ojos marrones sobre mí. Estaban inyectados en sangre, llenos de conflicto. —Podrías haberlo dejado estar. Sabes que no tienes que tomarle en serio. Pero le contestaste… luchaste cuando no tendrías que haberlo hecho.

Quería decirle que tenía razón porque yo le había hecho cosas mucho peores. Pero no podía. No por esto, no cuando su padre me decía que había algo peligroso y desagradable en las personas cuya compañía valoraba tanto. No podía permitir que Jake justificara lo que Billy me había dicho, aunque debería.

que tenía que hacerlo, Jake. Ya te lo he dicho, son mis amigos. Son gente maravillosa que ha hecho que mi vida sea más feliz. No podía… no podía dejar que hiciera algo así. Decir ese tipo de cosas cuando los Cullen no han hecho nada para merecerlo. —Se quedó mirándome con una expresión pétrea.

Empujando la silla hacia atrás para que se deslizara ruidosamente contra las baldosas, Jacob se levantó y dando furiosas zancadas hasta el otro lado de la cocina, tiró los cubiertos contra el fregadero con tanta fuerza que su plato se rompió en dos. Con un tono mordaz, preguntó, —¿así que no te arrepientes de nada?

—No debería haber llamado a Billy… lo que le llamé, pero no me voy a disculpar por defender a personas que me importan.

Se quedó al otro lado de la habitación, mirándome como si fuera la primera vez que lo hacía. Me sentía diferente ahora que la primera vez que entré en esta cocina, así que era posible que él también lo notara.

—Nunca te he visto así de antipática. Puedes defender a la gente todo lo que quieras, pero no puedes hacer… eso. Lo que le has dicho a él, se lo has dicho por unas personas que apenas conoces. Sé que mi padre es un poco raro con algunas cosas, pero ha estado ahí para ti desde siempre. Y tú has conocido a estas personas, a los Cullen, hace solo unos meses. No lo entiendo… No, no te entiendo.

—Les estaba atacando, y mí también. ¿Se supone que tenía que darle la razón?

—Sí. Porque es mi padre. Porque no es tan importante.

Apreté la mandíbula y busqué las llaves del coche. —Es importante para mí, Jake.

Las vi en la encimera que estaba detrás de él. Cuando empecé a moverme hacia él, se retiró hasta que se dio cuenta de que no me estaba acercando para abrazarle. Agarró las llaves con la mano y las mantuvo lejos de mí. —¿Por qué es tan importante? ¿A quién le importa lo que un par de viejos y Sam Uley piensan de los Cullen?

Me estiré para coger las llaves, pero Jake las sostenía por encima de mi cabeza, fuera de mi alcance. —Me importa. Me importa cuando la gente miente sobre las personas con las que estoy cerca. Antes de que los Cullen llegaran no tenía a nadie con quién hablar. Me sentía sola, como si algo estuviera roto dentro de mí. No… no encajaba. Pero entonces conocí a Alice y a Edward, y de pronto, ir al colegio no era lo peor del mundo. ¿No lo entiendes? ¿Cómo puedo dejar que Billy les trate así después de todo lo que han hecho por mí? También lo haría por ti. Jake, si alguien empezara a esparcir ridículas mentiras sobre ti, haría lo mismo.

Jacob me dejó las llaves sobre la palma. No me soltó la mano cuando habló. —Lo sé, Bella. Pero nos queremos. A veces tienes que saber cuándo dibujar una línea. No tienes que saltar sobre mi padre porque te moleste que haya malinterpretado a unos amigos tuyos. Papá no estaba haciendo daño a nadie; pensaba que te estaba protegiendo.

No me podía creer lo que estaba sugiriendo. Incluso aunque las intenciones de Billy habían sido buenas, sus acciones no. No había estado bien que le hablara con tan poca educación, pero Billy había tenido el descaro de hablar mal de personas inocentes, de instarme a dejar de lado su amistad. Y, de algún modo, Jake pensaba que no había ningún tipo de daño en las mentiras de su padre. Por primera vez, la acogedora cocina de los Black me hizo sentir claustrofóbica.

Agarrando las llaves de mi monovolumen, me giré hacia la puerta y caminé, tambaleante, por el jardín. Jake echó a correr detrás de mí, sus largas piernas cogiéndome ventaja.

—No deberías conducir así. Estás tan enfadada que apenas puedes enfocar la vista.

Sacudí la cabeza, sin mirarle a los ojos. —Necesito llegar a casa. No puedo estar aquí ahora mismo.

Para mi sorpresa, asintió. —Quizá sea lo mejor... Ten cuidado.

Entré en el coche y encendí el motor, obligándome a contener la segunda oleada de lágrimas hasta que estuviera lejos de Jake.

Antes de que pudiera mover el coche, oí un ruido en la ventana. Mi corazón dio un vuelco ante la idea de que Jake pudiera decir algo que nos despertara de esta pesadilla.

En cambio, murmuró. —A tu neumático le falta aire. Puedo inflarla un poco…

—Olvídalo. Pararé en una gasolinera.

—Vale. —Se giró hacia la casa sin más.

Las lágrimas brotaron con tanta rapidez que casi saboreé la sal tan pronto como salieron de mis párpados. Estaba furiosa con Jake, aunque en realidad sentía que no tenía derecho. Mi enfado por el comportamiento de Billy no tenía nada que ver con estar enamorada de Edward; si Billy hubiera insultado solo a Alice, hubiera reaccionado igual. Sin embargo, enfadarme con Jake por tan poca cosa era inapropiado, especialmente al caer por otro cuando debería ser suya. No importaba lo inconsiderado que fuera, lo que yo había hecho era mil veces peor.

Me recordé que Jake era todo lo que tenía. En realidad, era más de lo que merecía. Me aterrorizaba el no quererle, al menos no tanto como debería. Mis manos temblaron contra el desgastado cuero del volante.

Una parte de mí quería dar marcha atrás, volver y pedir perdón. Pero la otra, mi lado más feo, me dijo que siguiera conduciendo. Necesitaba espacio, tiempo para pensar. Edward no me quería, ¿pero me daba eso el derecho de mantenerle ocultos mis sentimientos a Jake? ¿No tenía mi novio derecho a saber que, cuando hablaba de Edward, la amistad era solo el principio de lo que realmente deseaba? ¿Deseaba Jake saberlo, considerando que no iba a pasar nada entre Edward y yo?

Estaba tan concentrada en el principio de mi crisis nerviosa, que no me di cuenta de los extraños sonidos que venían de debajo del coche. La rueda. Mierda.

Eran las once de la noche en el fin de semana de Acción de Gracias. Mi única opción era la gasolinera abierta las 24 horas a las afueras del pueblo, la misma gasolinera que Charlie me dijo que evitara a toda costa. Estaba de camino a casa, pero era frecuentada por camioneros solitarios y, debido a su localización justo en la salida 101, solía haber carreras ilegales de las que Charlie siempre se quejaba porque nunca llegaba a tiempo para pillarles.

Afortunadamente, llegué justo a tiempo ya que la rueda estaba prácticamente deshinchada. Mis ojos aún estaban borrosos de la avalancha de lágrimas que aún no habían cesado por completo, pero me las arreglé para quitar el tapón de plástico de la válvula de aire y conectar la manguera sin demasiados problemas, aunque sollocé durante todo el proceso.

Mientras esperaba que la presión volviera a crecer, busqué en la guantera un pañuelo para secarme los ojos. Estaba considerando sonarme la nariz con un viejo mapa de Oregón cuando oí una serie de altos rugidos. Tres juegos de luces brillaron desde la distancia. A pesar de que cada vehículo debía de ir a unos cuantos cientos de kilómetros por hora, reconocí al instante el segundo coche, el BMW rojo que una vez me revolvió el estómago.

Y entonces vi el tercero.

Era fácil de distinguir, no solo porque iba disminuyendo de velocidad, sino también porque reconocería a ese Volvo aunque me volviera ciega. Por supuesto, Edward tendría que estar conduciendo su fantástico coche justo ahora, cuando estaba cubierta de mocos y temblando incontrolablemente.

Lo peor de todo es que si me veía, sabría que le había pillado mintiendo. Había insistido que él y su familia se iban de camping este fin de semana en un obvio intento para impedir que visitara a Alice. No quería escuchar sus excusas; solo quería fingir que no lo sabía, que éramos amigos sin ningún tipo de mentiras piadosas entre medias. Bueno, mentiras piadosas y una gran mentira que me involucraba a mí, completa e irrevocablemente enamorada de él.

No podía verle, no ahora. En un instante, arranqué la manguera de aire, tapé la válvula y arranqué el coche. Al menos la rueda estaba lo suficientemente hinchada para llegar a casa. Cuando su coche entró en el aparcamiento, mi monovolumen y yo salíamos en dirección contraria.

Estaba a seis, quizá ocho, kilómetros de distancia de Forks cuando el ensordecedor ruido de antes se hizo más alto e insistente. No me hacía falta examinarlo para saber que la estúpida rueda estaba tan plana como una tortita.

Decidí rectificar la situación con mis manos, no es que tuviera otra opción debido a la hora y al bosque que rodeaba la autopista. Reí irónicamente cuando recordé cómo Jake me había enseñado a cambiar las ruedas meses atrás… El mismo día que conocí a Edward, justo después de que mi mundo cambiara por completo.

Cogiendo el oxidado gato de la parte de atrás del coche, empecé a trabajar, dejando que las instrucciones de Jake se filtraran en mi cabeza. Pronto, y a pesar de estar trabajando a oscuras, había apoyado con éxito la parte delantera del vehículo con el gato. Sin embargo, no tenía ningún recuerdo de cómo quitar físicamente la rueda. Había aflojado las tuercas, pero ésta no se movía. Me tumbé, y la examiné a la luz de la luna, sintiendo los tornillos con la punta de los dedos con el fin de averiguar que paso me había saltado.

Después de unos minutos, decidí tumbarme bajo el coche y mirar detrás de la rueda… Sabía que probablemente mi idea era estúpida, pero estaba frustrada y necesitaba hacer algo antes de admitir que me había quedado tirada en la oscuridad, en una autopista y completamente sola.

Tan pronto como me metí debajo del Chevy y mi cadera rozó la llanta, supe que había cometido un terrible error. Cerca de mi cintura estaba el gato, oxidado y doblándose por el peso del coche. Desde mi posición en el lado opuesto de la rueda, me hubiera dado cuenta de que el gato estaba al límite de caerse. Pero ahora, desde abajo y tras la llanta, podía ver que cuando mi cadera la había rozado, también había cambiado la posición del gato. No iba a aguantar el peso.

Fue por turnos. El primer movimiento hizo que la parte inferior del monovolumen cayera unos cinco centímetros. Yo estaba paralizada contra el suelo. Mis piernas estaban libres, y solo mi torso estaba cubierto, pero daba igual. Aunque todavía no me hubiera aplastado, no tenía ninguna posibilidad; estaba atrapada. Lo único que me quedaba era cerrar los ojos mientras el segundo movimiento acercaba el coche unos centímetros más cerca a la punta de mi nariz.

Mis ojos comenzaron a escocer. Había llegado el momento. Siempre había imaginado que sería una caída grave o un golpe en la cabeza. Pero esto, a la merced de mi preciado monovolumen, era lo último que me había esperado. Me había despedido de Charlie antes de irme a casa de Jake y había hablado con Renee por la mañana. No me arrepentiría de esas despedidas. Pero Billy era otra historia. Y Jake…

Esperaba que el final llegara antes para que no pudiera pensar en ello. Respiré hondo, como si fuera a acelerar el proceso.

Cuando finalmente exhalé, abrí los ojos y vi cómo el coche se alzaba. El movimiento fue leve, pero rápido. Sobrenaturalmente rápido. Cerré otra vez los ojos.

Quizá ya esté muerta.

Sentí algo encima de mí, evitando que el coche aplastara mi cuerpo. Sin abrir los ojos, me agarré a lo que fuera que me estaba salvando la vida.

Era frio… pero familiar.

Era una persona.

Mis ojos se abrieron de golpe. Edward.

Mi respiración era débil, y solo podía imaginar el aspecto que tendría, cubierta de lágrimas y de grasa.

En cuanto a Edward, parecía horrorizado. Buscó mis ojos y colocó una mano debajo de mi cabeza con cuidado, levantándomela y acercando nuestros rostros.

—¿Bella? —Solo podía pensar en su cuerpo presionado contra el mío. —¿Bella? ¿Puedes oírme? ¿Estás bien?

En realidad, estaba bastante segura de que no. A parte de las palpitaciones de mi corazón por nuestra proximidad física, todo daba vueltas y me dolía la cabeza, como si mi cráneo estuviera encogiéndose y aplastándome el cerebro en el proceso. No recordaba golpearme la cabeza, pero…

—¡Bella! ¡Di algo! Por favor, necesito que te despiertes. Necesito que vivas. Dime que puedes oírme. Por favor. —Me acarició cuidadosamente el pelo; estaba tan cerca, que podría besarle. Podría echarle la culpa a una lesión en la cabeza… fingir que luego no me acordaba.

Tan pronto como cerré los ojos, una mano voló hacia mi rostro y otra me rodeó la cintura. Oí un estruendo y sentí una ráfaga de aire. Después, nos movíamos. Cuando re-abrí los ojos, estaba en sus brazos, cerca de mi parcialmente destrozado coche.

Estábamos solos. No había ambulancias. Su coche no estaba a la vista. Y sin embargo… mi monovolumen estaba volcado. Y yo estaba viva.

Me moví un poco para estudiar su rostro. Él me acunó contra el pecho, tan cerca que podía oler su dulce aroma sin intentarlo. Al darse cuenta de mi movimiento, apoyó una mano contra mi cara. —¿Bella? Di algo. Te lo suplico… di algo.

El borde del coche estaba abollado. Con la forma de una mano.

Mis ojos se agrandaron de la sorpresa mientras alzaba una mano para tocarle el rostro. —¿Qué eres?"

(*) ¡Qué Bello es Vivir! Es un clásico norteamericano de 1946, que siempre echan (o echaban) en la tele en las fechas navideñas.

(**) Mall Madness y Balderdash son dos juegos de mesa. El primero está relacionado con las tiendas. Y el segundo… no sé lo que es xD