Hola chicas bueno esta es mi primer historia los personajes no son míos son de Stephanie Meyer la historia es de Sophie Kinsella, bueno espero que les guste

Capitulo 1

Claro que tengo secretos…como todo el mundo, y en casi la misma cantidad que el resto de la gente, pero no grandes secretos tipo…"Se el código de acceso al Sistema de la CIA", no mis secretos son un poco mas comunes y ordinarios…por ejemplo unos cuantos, los primeros que se me viene a la cabeza:

1. Mi bolso de Kate Spade es falso

2. Me encanta el licor de fresa

3. No tengo idea de lo que significan las siglas OTAN.

4. Peso cincuenta y nueve kilos y no cincuenta, como cree Jacob, mi novio.

(En mi defensa cuando lo dije planeaba ponerme a dieta, aunque son solo 9 kilos…el no ha notado la diferencia)

5. Siempre he pensado en Jacob como Max Steel, si el monito de acción, guapo y musculoso

6. A veces cuando estamos "juntos", me dan muchas cosquillas

7. Perdí la virginidad con Mike Newton en el cuarto de invitados, mientras mis papas veían Ben Hur en el piso de abajo.

8. Charlie, mi papa me dio un vino para que lo tuviera 20 años en la bodega, Alice y yo lo bebimos la semana pasada.

9. El pez de mi mama, Phil, no es el mismo que el que dejaron antes de irse de vacaciones la última vez.

10. Cuando Tanya, mi compañera de trabajo, me irrita de verdad (todos los días…o casi), su planta se riega con mi jugo de naranja.

11. Una vez soñé con Alice mi mejor amiga, las dos jugábamos con pijamas diminutas.

12. Odio la tanga que llevo, es muy molesta.

13. Siempre he creído que al despertar mi vida empezara su gran historia, emocionante y asombrosa.

14. No tengo ni idea de lo que me esta diciendo el tipo de traje gris

15….Diablos, he olvidado como se llama, y acabo de conocerlo.

-Nosotros creemos en las alianzas logísticas formativas -dice con voz monótona y nasal-, tanto en línea ascendente como en descendente, sea por encima o por debajo de la paridad.

-Por supuesto -, contesto animadamente, en plan: «Es lo normal», sin que vea mi cara de ¡No te entendí!

¿Logística? ¿Qué querrá decir?

¡Dios mío! ¿Y si me lo pregunta?

No seas tonta, Bella. No te va a soltar de repente: « ¿Qué signifi­ca esa palabra?» Soy una

Colega, una profesional del marketing, ¿no? Se da por supuesto que sé de esas cosas.

De todas formas, si vuelve a mencionarlo, cambiaré de tema o le diré que soy después de la Doctrina Logística…si eso.

Lo importante es que muestre una imagen competente y de confianza en mí misma, Puedo hacerlo. Es mi gran oportunidad y no voy a cag…a desaprovecharla.

Estoy sentada en un despacho de la sede de Tree Oil en Volterra, y al mirar mi reflejo en el cristal de la ventana me doy cuenta de que tengo aspecto de supe ejecutiva. Me he alisado el pelo; llevo unos pendientes discretos, como los que recomiendan en los ar­tículos tipo «Cómo conseguir trabajo»; y me he puesto mi flamante traje nuevo de Jigsaw. (Bueno, está prácticamente nuevo. Lo encon­tré en una tienda de ropa de segunda mano a beneficio de la lucha contra el cáncer y le cosí el botón que le faltaba. Nadie diría que lo compré allí.)

He venido en representación de Vampire Corporation, empresa en la que trabajo. La reunión es para cerrar un acuerdo promocio­nal entre nuestra nueva bebida tonificante con sabor a grosella y Tree Oil, y he acudido en avión desde Phoenix con ese único propó­sito. (¡Con todos los gastos pagados!)

Siendo sincera es el primer negocio que hago, y pun­to. Llevo once meses en la empresa como auxiliar de marketing y, hasta la fecha, lo único que me han dejado hacer es pasar notas a limpio, organizar reuniones para otra gente, pedir bocadillos y re­coger la ropa de mi jefe en la tintorería.

Esto es algo así como mi gran oportunidad y abrigo la esperan­za de que, si la manejo bien, me asciendan. El anuncio decía: «Posi­bilidades de ascenso en un año», y el lunes tengo la evaluación anual con mi jefe, Eleazar. He buscado la palabra «evaluación» en la guía informativa de los empleados y pone que es «la ocasión ideal para tratar la posibilidad de pasar a una categoría superior».

¡Subir en la plantilla! La sola idea aviva en mí un viejo y familiar anhelo: demostrar a mi padre que no soy un absoluto desastre, y a mi madre, y a Lauren. Si pudiera llegar un día a casa y decir como si tal cosa: «Por cierto, me han ascendido, ahora soy ejecutiva de marketing»...

Bella Swan, ejecutiva de marketing.

Bella Swan, vicepresidenta adjunta (Marketing).

Sólo necesito que hoy todo salga bien. Eleazar me dijo que el trato estaba cerrado y que mi único cometido era asentir y estrechar ma­nos; que incluso yo sería capaz de hacerlo. Y hasta el momento, creo que todo va de maravilla.

Lo acepto, no entiendo el noventa por ciento de lo que dicen, pero tampoco sabía mucho cuando me presenté al examen oral de francés del último curso del instituto, y saqué notable.

-... cambio de nombre de marca..., análisis..., rentable...

El tipo del traje gris sigue con su discurso sobre unas cosas y otras. Con el mayor sigilo del que soy capaz, estiro la mano y vuelvo lentamente su tarjeta hacia mí, para poder leerla.

Aro Vulturi. Vale. Me acordaré. Vuturi, bulto…así lo recordare. Es fácil. Sólo ten­go que imaginar un…mejor me lo apunto.

Anoto «Cambio de nombre de marca» y «Aro Vulturi» en mi libreta y me revuelvo en la silla. ¡Dios, qué incómodas son estas bra­gas! Es decir, los tangas nunca me han parecido muy cómodos, pero éste es un auténtico suplicio. Aunque supongo que se debe a que es dos tallas menor de lo que debería.

Me imagino que cuando Jacob me lo compró le diría a la de­pendienta que peso cincuenta kilos, y ella supondría que uso dos tallas menos que la que de verdad compro. ¡Qué más quisiera yo!

(Estoy convencida de que la chica lo hizo adrede; seguro que sa­bía que era mentira.)

Así que al intercambiar regalos en Nochebuena, me encontré un precioso tanga de seda de color rosa pálido. Y ahora tengo dos opciones:

A: Digo la verdad. «Es algo pequeño. Más bien tiro hacia dos tallas mas y, por cierto, en realidad no peso cincuenta ki­los.»

B: Metérmelo con calzador.

Lo cierto es que no me costó mucho y casi no se notan las mar­cas rojas que deja. También tuve que cortar todas las etiquetas de mi ropa para que Jacob no me descubriera.

No es necesario aclarar que desde entonces apenas me he pues­to este tipo de ropa interior tan peculiar. Pero de vez en cuando lo veo en el cajón, bonito y caro, y pienso: «Venga, seguro que no aprieta tanto», y me lo encajo como puedo. Es lo que he hecho esta maña­na. Como no me hacía daño, hasta he creído que había perdido peso.

Ilusa.

-Por desgracia, desde el cambio de nombre de la marca..., he­mos reconsiderado... Pensamos que es necesario tener en cuenta sinergias alternativas...

Hasta el momento me he limitado a quedarme callada y asentir, convencida de que la historia de la reunión de negocios era de lo más fácil. Pero ante las palabras de Aro Vulturi mi subcons­ciente reacciona. ¿De qué está hablando?

-... dos productos divergentes... lo que resulta incompatible...

¿A qué se referirá con lo de la incompatibilidad? ¿Y con lo de re­considerar? Se me enciende una luz roja. Puede que no sea sólo pa­labrería. A lo mejor se trata de algo serio. Rápido, ¡presta atención!

-Nuestra evaluación de la sinérgica y funcional asociación que Vampire y Tree Oil han disfrutado en el pasado no puede ser más positiva -continúa el bulto…el Sr. Vulturi-, pero estará de acuerdo en que, evidentemente, llevamos caminos opuestos.

¿Caminos opuestos?

¿De eso ha estado hablando todo el tiempo?

Siento un espasmo en el estómago.

No puede estar...

¿Intenta romper el trato?

-Perdone, Aro -lo interrumpo con la voz más relajada que soy capaz de articular-. He estado escuchando con atención todo lo que ha dicho -aseguro con sonrisa amistosa, tipo: «Esto es una reunión de profesionales»-. Pero si pudiera..., esto..., hacer un re­sumen de la situación para que nos enteremos todos...

«Pero clarito», suplico sin que me oiga.

Aro Vulturi y el resto de los ejecutivos intercambian mi­radas.

-Estamos ligeramente descontentos con sus valores de marca.

-¿Mis valores? -pregunto asustada.

-Los del producto -me aclara, mirándome de forma extra­ña-. Tal como he explicado, en la actualidad estamos inmersos en un proceso de cambio de imagen y creemos que la nueva ha de ser la de una gasolina con conciencia ecológica, tal como demuestra el narciso de nuestro logotipo. Y opinamos que la de Vampire force, que se centra en el deporte y la competición, es demasiado agresiva.

-¿Qué?-exclamo desconcertada-. Pero... si es una bebida de frutas.

Esto no tiene ni pies ni cabeza. Tree Oil es una gasolina que produce humos y contamina el planeta. Vampire force es un refres­co con sabor a grosella. ¿Cómo va a ser demasiado agresivo?

-Los valores que promueve -afirma indicando los folletos que hay encima de la mesa-: pujanza, elitismo, virilidad... El pro­pio eslogan, «Muerde lo que quieras», la verdad, suena un poco hosco. No nosparece viable una iniciativa conjunta.

No. Esto no puede estar sucediendo. No puede estar dando marcha atrás.

Todo el mundo pensará que ha sido por mi culpa, que la he ca­gado y que soy una inepta.

El corazón me late con fuerza y estoy acalorada. No debo dejar que algo así ocurra. Pero ¿qué digo? No he preparado nada. Eleazar me aseguró que todo estaba arreglado y que yo sólo tendría que estre­charles la mano.

-Por supuesto, lo discutiremos antes de tomar una decisión -concluye él con una leve sonrisa-. Y como le decía, nos gustaría seguir en contacto con Vampire Corporation, así que, en cualquier caso, esta reunión ha valido la pena.

¡Está echando hacia atrás la silla!, No puedo permitir que se me escape esta oportunidad. Debo convencerlos.

-¡Espere! -exclamo-. Espere... un momento. Me gustaría co­mentarle algo.

¿De qué voy? Si no tengo nada que comentar.

Cojo una lata de Vampire force que hay en la mesa, para inspi­rarme. En un intento por ganar tiempo, me levanto, me dirijo al cen­tro de la sala y alzo nuestro producto para que todo el mundo lo vea. –Vampire force es... una bebida para deportistas.

Me callo y me contestan con un amable silencio. Me arde la cara. -Es..., esto..., es muy...

¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo?, Vamos, Bella, piensa. Piensa en Vampire force..., Vampire Cola..., piensa... ¡Claro!, Muy bien, voy a empezar otra vez.

-Desde el lanzamiento de Vampire Cola a finales de los ochen­ta, las bebidas de nuestra empresa han sido sinónimo de energía, entusiasmo y excelencia -digo con desenvoltura.

Gracias a Dios, es parte de la propaganda. La he copiado tantos millones de veces que me la sé de memoria.

-Los productos Vampire son un fenómeno de marketing -continúo-. Su perfil es uno de los más conocidos en todo el mun­do e incluso los diccionarios han incorporado su eslogan: «Muerde lo que quieras.» Hoy estamos aquí para ofrecerle a Tree Oil una oportu­nidad única para que se una a una marca mundial de calidad reco­nocida.

Envalentonada, comienzo a andar por la habitación gesticu­lando.

-Cuando un consumidor compra un refresco Vampire está di­ciendo que no se conforma con menos -aseguro dándole un brus­co golpe a la lata-. Espera lo máximo de su bebida tonificante, de su gasolina, de sí mismo.

¡Estoy que me salgo! ¡Es fantástico! Si Eleazar me viera en este mo­mento, me ascendería ipso facto. Me acerco a la mesa y miro a Aro Vulturi.

-Cuando un cliente abre esta lata, su elección le dice al mundo entero quién es él. Le estoy pidiendo a Tree Oil que haga lo mismo.

Al acabar dejo el bote con firmeza en medio de la mesa, agarro la anilla y, con sonrisa confiada, tiro de ella…entonces, el volcán entra en erupción.

La bebida gaseosa con sabor a grosella sale despedida con toda su fuerza, aterriza en la mesa, empapa los papeles y carpetas con un líquido rojo chillón y, ¡oh, no!, ¡por favor, no!, pone perdida la cami­sa de Aro Vulturi.

-¡Mierda!, quiero decir, lo siento mucho.

-¡Santo cielo! -exclama él enfadado, levantándose y sacando un pañuelo del bolsillo-. ¿Esta cosa deja mancha?

-Esto... No lo sé -contesto cogiendo el envase con gesto de impotencia.

-Traeré un trapo -dice uno de los presentes.

La puerta se cierra tras él y nos quedamos en silencio, interrum­pido sólo por el sonido de las gotas que caen al suelo.

Miro a Aro Vulturi con la cara roja y la sangre agolpada en mis sienes.

-Por favor, no se lo diga a mi jefe -suplico tras aclarar mi en­ronquecida voz.

Al final, la he cag…lo he arruinado

Mientras arrastro los tacones por la explanada del aeropuerto de Volterra, me siento completamente abatida. A pesar de todo, Aro Vulturi ha sido muy amable. Me ha dicho que estaba seguro de que la mancha se iría y me ha prometido que no le contaría a Elezara nada de lo sucedido. Con todo, no ha cambiado de parecer so­bre el trato.

Mi primera gran reunión. Mi primera gran oportunidad..., y ha terminado así. Me entran ganas de tirar la toalla, llamar a la oficina y decir: «Se acabó, no voy a volver nunca más, y, por cierto, fui yo quien atascó la fotocopiadora aquella vez.».

Pero no puedo. Es mi tercer trabajo en cuatro años. Tiene que salir bien. Por mi autoestima, por narices y también porque le debo cuatro mil dólares a mi padre.

-¿Qué le pongo? -me pregunta un chico italiano, y levan­to la vista, aturdida. He llegado al aeropuerto con una hora de tiem­po y he ido directa al bar.

-Pues... –estoy…Bella contesta-. Vino blanco. No, mejor un vodka tonic, gracias.

Cuando él se aleja, me dejo caer en un taburete. De repente aparece una azafata con el pelo recogido en una trenza de raíz y se sienta dos banquetas más allá. Me sonríe y le devuelvo una tímida sonrisa.

No sé cómo se las apaña la gente para triunfar en su vida profe­sional. De verdad que no lo sé. Es como mi amiga Alice. Siempre quiso ser diseñadora y ¡Taran!, ahora diseña los mejores interiores para la gente más rica del país. Pero yo dejé la universidad sin tener ni idea de lo que haría. Mi primer trabajo fue en una inmobiliaria y sólo lo acepté porque me gusta cu­riosear en las casas. Y porque conocí a una mujer con unas maravi­llosas uñas pintadas de rojo en una feria de empleo que me aseguró que había ganado tanto dinero que podría retirarse a los cuarenta.

Pero lo odié desde el primer momento. Los otros agentes inmo­biliarios en prácticas me cayeron fatal. Además, detestaba decir co­sas como: «Es encantadora.»

Así que a los seis meses anuncié que quería cambiar de profe­sión y que me iba a dedicar a la fotografía. Fue una etapa fantástica, como en las películas. Mi padre me prestó el dinero para hacer un cursillo y comprar una cámara. Iba a iniciar una emocionante ca­rrera creativa que inauguraría mi nueva vida... Pero las cosas no fueron así.

Es decir, para empezar: ¿sabéis cuánto cobra un ayudante de fotógrafo?, Nada de nada.

Miro mi triste expresión en el espejo que hay al otro lado de la barra. Además de todo lo que me ha ocu­rrido, el pelo, cuidadosamente alisado, está rizado de nuevo. Típico.

Fui endeudándome cada vez más y comencé a bus­car trabajos que pagaran. Por fin, hace once meses, empecé como auxiliar de marketing en Vampire Corporation.

El camarero me sirve el vodka tonic y me mira risueño.

-Alegre esa cara, seguro que no es tan grave.

-Gracias – le conteste, y tomo un sorbo.

Ya me siento un poco mejor. En el momento en el que vuelvo a coger el vaso, suena el móvil.

El estómago me da un brinco. Si es la oficina, fingiré que no lo he oído.

Pero en la pantallita aparece el número de casa.

-Hola -digo tras apretar el botón verde.

-Soy yo. ¿Qué tal ha ido?...siento que… -pregunta Alice

Es mi compañera de piso, y amiga de toda la vida. Tiene el pelo negro y es la persona más hiperactiva que conozco

-Ha sido un auténtico desastre -respondo desconsolada.

-¿Qué ha pasado? ¿No has conseguido cerrar el trato?

-No sólo eso, sino que he derramado una lata de refresco de grosella encima del director de marketing de Tree Oil.

Veo que, un poco más allá, la azafata intenta disimular una son­risa, y me ruborizo. Estupendo, ahora ya se ha enterado todo el mundo.

-Vaya -exclama Alice, y noto que está pensando en algo posi­tiva que decirme-. Bueno, al menos se ha fijado en ti. Seguro que tardará bastante en olvidarte.

-Supongo -contesto malhumorada-. ¿Tengo algún mensaje? -Esto..., no. O sea, ha llamado tu padre, pero..., ya sabes, no era... -responde de forma evasiva.

-Alice, ¿qué quería?

-Al parecer, tu prima ha ganado un premio empresarial o algo así -me informa con tono de disculpa-. Lo celebráis el sábado, junto con el cumpleaños de tu madre.

-Fantástico.

Me hundo aún más. Lo que me faltaba. Mi prima Lauren, restre­gándome en las narices un trofeo de plata a la «mejor agente de via­jes del mundo; no, del universo».

-También ha llamado Jacob para saber qué tal te había ido -añade rápidamente-. Es un amor; me ha dicho que no que­ría llamarte al móvil durante la reunión, por no molestar.

-¿De verdad?

Por primera vez en todo el día me siento un poco más animada. Jacob, mi novio. Siempre tan encantador y atento.

-Es un cielo. Ha estado reunida toda la tarde por un asunto muy importante, pero ha cancelado su partido de basketball para po­der salir a cenar contigo esta noche.

-¡Ah! -exclamo sintiendo un placentero escalofrío-. Estu­pendo, será fantástico. Gracias, Alice.

Cuelgo y tomo otro trago de vodka; estoy de mejor humor. Mi novio.

Tal como dijo Julie Andrews, cuando el perro muerde y la abeja pica..., me acuerdo de que tengo novio y, de repente, las cosas no parecen tan simples.

Y no es un novio cualquiera. Es alto, guapo, inteligente, y el Mar­keting Week dijo de él: «Una de las personas más brillantes en estu­dios de mercado.»

Sigo bebiendo despacio y dejo que los recuerdos de Jacob re­voloteen en mi mente para consolarme. La forma en que brillan sus cabellos negros brillante a la luz del sol, su perpetua y blanca sonrisa, el detalle que tuvo el otro día al actualizarme el software del ordenador sin que se lo pidiera, cómo...

Me quedo en blanco. Esto es ridículo; tiene muchas cosas bue­nas. Piernas... largas. Sí, y espalda ancha. Y lo bien que me cuidó cuando tuve gripe. ¿Cuántos novios harían algo así?

Soy muy afortunada. Sin duda.

Guardo el móvil, me paso la mano por el pelo y miro el reloj que hay detrás del mostrador. Todavía dispongo de cuarenta minutos.

No es mucho tiempo. Empiezo a ponerme nerviosa y apuro el vod­ka de un trago.

«Todo irá bien -me digo por enésima vez-. Todo irá de mara­villa.»

No estoy asustada. Sólo... ok, lo estoy.

Otro secretito…

16. Me da miedo volar.

Nunca se lo he dicho a nadie. Es lamentable. Y no es que tenga fobia ni nada que se le parezca. No es que no pueda subir a un avión, pero..., si no es absolutamente necesario, prefiero estar en tierra.

Nunca he sido miedosa, pero en estos últimos años cada vez me altera más. Sé que es irracional, que hay un montón de gente que vuela todos los días y que es casi más seguro que quedarse en la cama.

Pero, aun así, no me gusta.

Puede que me tome otro vodka.

Para cuando llaman a embarcar, me he bebido dos más y estoy mucho más optimista. Alice tiene razón: al menos he dejado huella. Como mínimo, se acordarán de mí. De camino, aprieto con fuerza el asa del maletín y, una vez más, me siento casi como una mujer de negocios segura de sí misma. Un par de personas sonríen cuando paso a su lado; esbozo una amplia sonrisa y me invade una cálida seguridad, al fin y al cabo el mundo no es tan malo. Es cues­tión de ser positiva. Todo es posible en esta vida, ¿no? Nunca se sabe con lo que puedes toparte a la vuelta de la esquina.

Llego a la puerta de embarque y me encuentro a la azafata de la trenza de raíz pidiendo las tarjetas.

-Hola -saludo sonriendo-. Qué coincidencia.

Me mira detenidamente.

-Esto...

-¿Qué?, ¿Por qué parece estar violenta?

-Perdone. Es que... ¿se ha dado cuenta de que...? -balbucea señalando mi blusa.

-¿Ocurre algo? -pregunto con amabilidad. Miro hacia abajo y me quedo helada. La blusa de seda se me ha abierto mientras caminaba: tengo tres botones desabrochados y voy enseñándolo todo.

Se me ve el sostén. El rosa de encaje. Por eso me sonreía la gente. No porque el mundo sea un lugar agradable, sino porque soy la mujer del sujetador del color de niña.

-Gracias -tartamudeo y me abotono con dedos temblorosos y la cara roja por la vergüenza.

-No ha tenido un buen día, ¿verdad? -aventura ella compren­siva, y estira la mano para recoger mi billete

-Perdone, pero no he podido evitar oírla.

-No pasa nada -digo forzando una sonrisa-. No, la verdad es que no ha sido un buen día.

Nos quedamos en silencio un momento mientras ella com­prueba mi tarjeta.

-¿Qué le parece si le doy un ascenso a bordo?

-¿Qué? -pregunto sin entender lo que está diciendo. -Venga conmigo, se merece un respiro.

-¿SÍ? Pero... ¿puede cambiar a la gente de lugar así sin más?

-Si hay alguno libre, sí. Es cuestión de sentido común, este vuelo esta algo desocupado-me mira con sonrisa cómplice

-No se lo diga a nadie, ¿vale?

Me acompaña a la parte delantera del avión y me indica un asiento grande, espacioso y cómodo. Me cuesta creerlo.

-Esto es primera clase, ¿verdad? -susurro mientras me acli­mato al silencioso y lujoso ambiente. A mi derecha hay un elegante hombre tecleando en un portátil y en otra fila dos ancianas se po­nen los auriculares.

-Preferente, en este vuelo no hay primera -me corrige ella,y después vuelve a adoptar un tono normal

-¿Está todo a su gusto?

-Es perfecto, muchas gracias.

-De nada.

Sonríe de nuevo y se aleja; yo guardo el maletín debajo del asiento de delante.

¡Guau! Esto es maravilloso, una pasada. Amplias butacas, repo­sapiés y todo lo demás. Va a ser una experiencia placentera de prin­cipio a fin. Busco el cinturón de seguridad y me lo abrocho con aire de indiferencia mientras intento no hacer caso de las protestas de mi atemorizado estómago.

-¿Le apetece un poco de champán?...Es mi amiga la azafata. ¡Champán!

-¿Y usted, caballero? ¿Quiere un poco?

El hombre que está junto a mí no ha levantado los ojos. Lleva vaqueros y una playera gris que se ajusta a su cuerpo, y mira por la ventanilla. Cuando se da la vuelta para responder, veo unos ojos verdes, barba de dos días y unas grandes ojeras, entre la piel mas pálida que he visto

-No, gracias. Un brandy, por favor.

Tiene una aterciopelada, seria pero suave al oído, y un exquisito acento ingles. Estoy a punto de preguntarle amablemente de dónde es, pero él gira la cabeza de in­mediato y fija la vista en el exterior otra vez.

Lo que me parece estupendo porque, para ser sincera, yo tam­poco estoy de humor para hablar.

Ok, la verdad es que esto de volar no me gusta nada, ya sé que voy en clase preferente, rodeada de lujo, pero sigo te­niendo un nudo en el estómago.

Mientras despegábamos he contado muy despacio con los ojos cerrados, y ha servido. Pero me he quedado sin ánimos en el trescientos cincuenta. Así que aquí estoy, tomando champán y leyendo un ar­tículo de Cosmo titulado: «Treinta cosas que hacer antes de cumplir treinta años.» Intento con todas mis fuerzas dar la impresión de que soy una relajada ejecutiva de marketing que viaja en clase preferen­te, pero cualquier ruidillo me sobresalta y la menor vibración me deja sin aliento.

Revestida con una falsa calma, saco las instrucciones de seguri­dad y les echo un vistazo. Salidas de emergencia, posición de segu­ridad... Si fuese necesario utilizar los chalecos salvavidas, ayude pri­mero a los ancianos y a los niños. ¡Ay, Dios mío!

¿Por qué leo estas cosas? ¿Cómo va a tranquilizarme mirar foto­grafías de gente que salta al océano mientras el avión explota a su espalda? Vuelvo a poner el impreso en su sitio y tomo un trago de champán.

-Perdone, señora -me dice una azafata pelirroja de cabello ri­zado-. ¿Viaja por negocios?

-Sí-contesto con naturalidad, y me aliso el pelo con un cierto orgullo.

Ella me entrega un folleto sobre servicios para ejecutivos en el que hay una foto de profesionales charlando animadamente ante un portafolio que muestra un ondulante gráfico.

-Es información sobre nuestro nuevo salón en el aeropuerto de Phoenix para pasajeros de clase preferente. Disponemos de ins­talaciones para conferencias y salas de reuniones. ¿Le interesa?

Soy una alta ejecutiva que vuela en clase preferente. ¡Suena bien!

-Es posible -respondo mirando el papel con indiferencia-. Sí, quizá me vendría bien una de esas salas para... organizar a mi equipo. Es muy numeroso y, claro, necesita mucha... organización. En cuestiones de negocios -especifico aclarándome la voz-. So­bre todo en... logística.

-¿Quiere hacer una reserva? -pregunta con amabilidad. "Diablos, genial Bella haber ahora responde"

-Esto..., no, gracias. Es que se han ido todos a casa. Les he dado el día libre.

-De acuerdo -dice un tanto perpleja.

-Puede que en otro momento -añado enseguida-. Por cier­to, ¿ese ruido es normal?

-¿Qué ruido? -pregunta ladeando la cabeza.

-Ése. Esa especie de chirrido que procede del ala.

-Yo no oigo nada -asegura con mirada comprensiva-. ¿La pone nerviosa volar?

-No -contesto de inmediato soltando una risita-. En abso­luto. Es... pura curiosidad. Era sólo por saberlo.

-Voy a ver si me entero -dice con delicadeza-. Aquí tiene, se­ñor. Es información sobre nuestros servicios para ejecutivos en Phoenix.

El ingles coge el papel sin decir una palabra y lo guar­da sin mirarlo. La azafata continúa avanzando; el avión hace un movimiento brusco y ella se tambalea un poco.

¿Por qué ha dado una sacudida?

¡Cielo santo! De repente me invade el pánico. Esto es una locu­ra. Estoy sentada en una caja grande y pesada de la que no hay es­capatoria, a cientos y cientos de metros del suelo.

Sola no lo conseguiré. Tengo la imperiosa necesidad de hablar con alguien. Alguien que me tranquilice. Alguien fiable…Jacob.

Instintivamente, saco el móvil, pero la azafata aparece al ins­tante.

-Me temo que no está permitido utilizarlo a bordo -me expli­ca con una radiante sonrisa-. ¿Le importa apagarlo, por favor?

-¡Ah! , perdone.

Pues claro que no puedo usarlo. Sólo me lo han dicho unos cientos de miles de veces. Seré tonta. Da igual. Estoy bien. Guardo el telé­fono en el bolso e intento concentrarme en el la película que nos han puesto.

Quizá debería seguir contando: trescientos cuarenta y nueve, trescientos cincuenta, trescientos cincuenta y...

¡Mierda! Doy un respingo. ¿Qué ha sido eso? ¿Hemos chocado con algo?

Vale, que no cunda el pánico. Ha sido un simple bandazo. Se­guramente le habremos dado a una paloma o algo así. ¿Por dónde iba?

Trescientos cincuenta y uno, trescientos cincuenta y dos, tres­cientos cincuenta y...

Ya está.

Ahora sí.

Todo parece hacerse añicos.

Antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, oigo un fuerte griterío.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Oh, no! ¡No, no! Estamos cayendo.

Caemos en picado. El avión desciende como si fuese una pie­dra. Un hombre ha salido despedido y se ha golpeado en la cabeza contra el techo. Está sangrando. Empiezo a respirar con dificultad. Me aferro a la butaca para que no me ocurra lo mismo, pero me siento impulsada hacia arriba, como si alguien tirara de mí, como si de repente la fuerza de la gravedad actuara al revés. No tengo tiem­po para pensar. No puedo... Las maletas comienzan a volar a nues­tro alrededor, las bebidas se derraman, una asistente de vuelo se ha caído y se agarra a una butaca...

¡Madre mía! Bueno, parece que la cosa se calma un poco. Así está mucho mejor.

¡Joder! No... No puedo...

Miro al ingles y veo que aprieta el reposabrazos tanto como yo.

Me estoy mareando. Creo que voy a vomitar.

-Señoras y señores, les habla el capitán -se oye por los altavo­ces, y todo el mundo se agita en su asiento.

El corazón me late con violencia. No puedo escuchar, ni pen­sar.