La furgoneta se acercaba directo hacia mí. Yo estaba congelada en estado de shock, y no era la única, cada cara a la que miraba parecía estar en el mismo estado en el que yo estaba. Cerré los ojos cuando, en vez de ver la furgoneta, la sentí. No el dolor, por lo menos no al principio, pero sino su presencia, tan estúpido como eso suena. Luego, por supuesto llegó el dolor, y justo después de eso, estaba rodeada por una manta negra de oscuridad.

Me desperté, sintiéndome un poco mareada, en un cuarto blanco. Lo reconocí de inmediato como una habitación de hospital. En ese momento sentí algo frío agarrando mi mano, tomé un respiro rápidamente. Dolió muchísimo, ahí fue cuando noté los vendajes rodeando mi torso. Pero eso no era importante, no en ese momento. Un dios con cabello de color bronce estaba tomando mi mano. Edward Cullen estaba ahí, conmigo; eso fue suficiente como para hacer que mi corazón latiera el doble de su velocidad normal.

–Bella –susurró con su voz de terciopelo, y creo que me hubiera derretido en ese momento de ser posible. –¿Cómo te sientes? ¿Sientes dolor? ¿Necesitas que llame a mi padre? –Él hablaba tan rápidamente que casi no podía entender lo que me estaba diciendo. –Lo siento tanto, tendría que haberte salvado. ¡Tendría que haber hecho algo! Es mi culpa que estés aquí, y lastimada. –En ese momento la imagen se volvió borrosa, como en un sueño justo cuando estás por despertar, pero sentí como que me estaba durmiendo en vez de despertarme. Escuchaba voces, o bueno una, a lo lejos, llamándome.

Lo siguiente que recuerdo, era el fuego corriendo por mis venas. Rogaba por alguien que detenga el fuego, que me mate. No sé cuánto tiempo duró, pudieron haber sido años o meramente minutos, pero el tiempo pasó, y el fuego empezó a cesar. Podía escuchar la suave respiración de alguien a mi lado, murmullos que se disculpaban, y que decían que todo iba a estar bien. Mientras el fuego se extinguía, empecé a tener pensamientos más coherentes, y, sin necesidad de abrir mis ojos, podía decir que estaba en un cuarto con pisos de madera y que había una ventana abierta. Y estaba ciento por ciento segura que Edward estaba conmigo, que era su voz la que yo escuchaba. La sed que estaba sintiendo, era inusual, porque no era agua lo que necesitaba; era sangre. En cuanto el fuego se había ido, todo cayó en su lugar.

–Sé lo que eres.