Alma gemela

Oh, Hildergarde, le he conocido. Al joven Victor, a quien mis padres me han prometido. Tiene corbata de poeta, pero no parece acostumbrado a recibir la luz del sol muy directamente. Es gracioso que tengamos eso en común, ¿verdad?
Sin embargo, yo ya no me tiendo sobre la hierba a pensar en almas gemelas, por lo que carezco del color en las mejillas que ostentan las mujeres que mi madre señala de fáciles.
Volvió a frustrar mis intentos con el violín, rompiendo el instrumento que heredara de mi venerable abuelo, Hildergarde, sólo porque le comenté que Victor había accedido a enseñarme.
Todo lo que hice fue agradecerle por elegirlo. Jamás pensé que llegaría a ser feliz con un matrimonio arreglado y ahora que todo es como lo he soñado, quisiera compartirlo, pero ella no está dispuesta.
¿Sabes, Hildergarde? Supe que era mi alma gemela gracias a una historia que tú me contaste cuando era una niña aún.
Era sobre la princesa que dormía, hechizada por una malvada bruja, en lo profundo de un bosque maldito y a la que sólo un beso del hombre correcto despertaría. Eso decía una leyenda expandida por varios Reinos a la redonda del de la Princesa.
Ella –que en realidad había sido amiga de la hechicera en cuestión- sólo fingía encontrarse dormida. Tenía una flor preferida, cuyo aroma resaltaba por encima de cualquier otra y afirmó que se casaría con el príncipe que la trajera prendida de la capa…